Crepúsculo difuso, gris; la fina línea entre la noche y el día. Lo observa sin verlo realmente.
Un cigarro entre sus labios blancos; un bosque de rascacielos a sus pies. Sonríe. Es una sonrisa cargada de sarcasmo, como si el aire le hubiera traído el eco de un chiste de humor negro. Una mano sobre la rodilla, la otra dejada caer inerte al vacío. Bajo sí, el alfeizar donde está sentada. Aún más abajo, la ciudad. Se podría decir que está por encima de todas estas cosas, pero sería mentira. Podría decir que está en la privilegiada posición de una diosa oscura, que es la guardiana aburrida de la noche, pero sería mentira. Objetivamente, es sólo una niña. O quizás una mujer. La línea que separa la infancia de la adultez, en tiempos de nadie, se ha evaporado. Ya no queda ni blanco ni negro, sólo gris. Y ella es esa ambigüedad personificada, tanto en físico como en mente.
Tira el cigarro y lo ve perderse en el vacío, ser tragado por las tinieblas de la calle de allí abajo. Ha vuelto a quedarse mirando la nada con ojos infinitos. El viento juguetea con las puntas de su cabello corto y negro, despeinándolo más de lo que ya está de por sí. Vuelve a reír. Quizás ha vuelto a oír algún chiste inaudible para los humanos. O quizás no.
Se pone en pie sobre el alfeizar. La madera tiembla un poco bajo sí, dudosa, como si quisiera caer al vacío también. Ella mira la noche; la noche se ha cansado de mirarla a ella. Y finalmente, cuando siente que no puede dejar que el tiempo escape más de sus manos, vence a duras penas la tentación de saltar desde la ventana y regresa al interior del edificio. Sólo un par de hojas secas la despiden, revoloteando en el lugar justo donde antes estaba sentada, demarcando su ausencia.
* * *
Corre. Tiembla. Y está asustada, para que negarlo. Apenas puede respirar.
Puede sentirles correr a ellos también, a su espalda, persiguiéndola. Quizás. O quizás no es a ella. Quizás sólo quieren… sólo…
Se muerde el labio inferior y la piel le sabe a metal. Ya no sirve de nada engañarse a sí misma: van a por ella. La quieren a ella.
Al llegar al final de la calle, dobla a una esquina y se escurre en un callejón oscuro. Tiene la esperanza de que sus perseguidores no hayan reparado en esa maniobra. Cruza calles, se difumina en el tiempo y el espacio, llora, tiembla, se asfixia y no grita porque no tiene tiempo. Huye, huye, huye. Aunque sabe que es inútil para ella, una chiquilla tonta y torpe, sobrevivir en una ciudad como esa. Y el destino se ha encargado de demostrárselo.
Apenas recuerda ya como ha llegado a esa situación. Sólo conserva vagas imágenes en su cabeza, espejismos nublados. Un calmado paseo por el centro, quizás. La total ausencia de los otros ciudadanos en la ciudad, quizás. Un grupo de ojos lujuriosos fijos en ella desde una esquina. Risas. Rápidos golpes que más tarde había comprendido que era el martilleo de su corazón. O quizás eran sus pasos. Quizás.
Quizás no había sido una buena idea salir sola por la ciudad. Al fin y al cabo, las cosas habían cambiado en los últimos años.
Quizás esos hombres se contentarían con perseguirla como niños persiguen un gato moribundo para rematarlo. O quizás querían algo más. No lo sabía. No sabía nada de nada.
Tropieza, pero no es consciente de ello hasta que el suelo viene a su encuentro a toda velocidad. No sucede a cámara lenta, no percibe su entorno con la claridad de una película. Es confuso, rápido, seco. Y de pronto no es más que una muñeca de trapo tirada en mitad de un charco de lluvia. Indefensa. No se levanta, no hace ningún otro movimiento. Está cansada, asustada, y demasiado desesperada para luchar.
Ahora que ya no está tan concentrada en mantener la conciencia y correr, deja que el sopor se apodere de sus extremidades. Siente la mente nublada. Oye, pero no escucha. ¿Qué oye? Golpes, el martilleo de varios pasos. Gritos, pero esta vez, de frustración. Más golpes, uno de especialmente sonoro. Un disparo. Y más gritos. Y más lejanos cada vez.
Silencio.
Poco a poco, con miedo, abre los parpados de plomo. Las sombras se balancean ante ella, el contorno de una pared de ladrillo es todo su campo de visión. Ladrillos sin color, teñidos de grafittis. Comprende que no se ha movido un milímetro y está exactamente como ha caído: tumbada en el suelo, en posición fetal y el cabello derretido sobre su faz como cicatrices de oro. Cierra los ojos. Quiere morir.
Una mano de hierro, fría, mortal, le atrapa el mentón. Con gestos calculados mecánicamente, le voltea el rostro hacia el cielo. Un cielo que de pronto es completamente negro con una brizna de verde esmeralda.
No es hasta pasados unos segundos que comprende que ese cielo es, en realidad, un par de ojos rasgados y desconfiados que la observan. Quizás algo más. Quizás un rostro blanco. Quizás unos labios pálidos que se tuercen en una sonrisa sarcástica mientras la mirada sigue recorriendo cada uno de sus rasgos.
Y finalmente, una voz. Fría, grave, pero indudablemente femenina.
─Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? ─silencio─. ¿De donde coño sales tú, criatura? ¿Cuál es tu nombre?
La niña abre los labios para responder, pero estos están petrificados. Su garganta es una mar de hielo, no puede articular ninguna palabra. Sólo roncos sonidos de los que, con mucha imaginación, se puede descifrar un nombre:
─Le… na…
Los labios vuelven a torcerse y las palabras son veneno al entrelazarse con el silencio de la calle.
─Creo que acabas de librarte de una de buena, Lena.
* * *
Se llama Lena. No aparenta más de quince o dieciséis años. Y otro dato: es rubia. Mal asunto. Las chicas rubias son las que corren más peligro en la ciudad. Ella lo sabe. Ella sabe todo lo que hay que saber para sobrevivir en una tierra muerta.
Se ha desmayado apenas pronunciar su nombre. Ahora la mira sin pizca de emoción, y seguidamente, alza la vista a un cielo encapotado por la contaminación. Una tormenta se aproxima, quizás. Otra vez, vista a la niña que duerme a sus pies; tan solo un manojo de bracitos rasguñados, un vestido blanco echo jirones y una cascada de oro cenizo sobre el rostro. Pura fragilidad. ¿Debe llevársela consigo o dejarla allí a su suerte? Sin duda la primera opción es mucho más complicada; la segunda, más apetecible, y la tienta de un modo muy humano. No más problemas, no más contacto con gente. Una vida en solitario, con un delicioso egoísmo por único compañero. Es tentador, sí.
¿Pero realmente es capaz de dejarla ahí tirada y fingir que jamás la ha salvado?
Al instante sabe que no podría contestar con un “no”. Demonios, no tiene otra opción. A pesar de que en ocasiones es una puta delincuente, aún alberga sentimientos humanos tras esa coraza de indiferencia. Y esa niñata es jodidamente parecida a una amiga que tuvo durante la infancia. Una amiga que, por cierto, está muerta ya; el gobierno se la cargó.
De primeras intenta volver a despertarla sacudiéndole un hombro con suavidad. Luego, al no obtener resultado, con más contundencia. Nada. La niña sigue tan inmóvil como una muerta.
Profiere un largo suspiro y, sin ver otra opción, pasa un brazo por debajo de los hombros de la chica y el otro por debajo de las rodillas. Se inclina hacia delante y se incorpora con ella en brazos. No puede evitar observar con glacial impasibilidad como la pequeña deja caer la cabeza sobre el pecho de la otra y los bracitos, inertes, cuelgan a ambos lados de su cuerpo de porcelana. Internamente, la imagen le produce remordimientos. Demasiado parecida, se dice. Demasiado parecida a su amiga muerta.
Así, con una desconocida en brazos, se aleja del callejón esquivando el lugar donde aún reposan los bultos estáticos de los hombres que se ha cargado de un disparo segundos antes. Sin darse cuenta, salvándola a ella, esa tal Lena.
Sin darse cuenta, complicándose más la vida.