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Until you fall por Marion_SxN

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Notas del fanfic:

Hola!!! Me presento, Marion Black es mi seudónimo y les traigo este fic basado en una serie que vi poco pero que sus personajes me atrajeron. Mi pareja favorita de Yu-Gi-Oh! Es la de Seto kaiba y Joseph Wheeler.

El fic es en calidad de Universo Alterno.

Hay un ligero Ooc y Oc's que derivan en otra historia en la que estoy trabajando.

Espero que lo disfruten.

Otras advertencias: Tiene lenguaje soez.

Estaba aburriéndose como nunca, las fiestas eran tan tediosas pero su obligación como empresario era asistir a cada una de ellas y comportarse de manera correcta con todas las personas de la recepción, aunque estas sean insoportables. Las normas de etiqueta era una característica propia de la cual se jactaba.

Se hallaba parado junto a las escaleras de mármol de la mansión de un asalariado hombre que solía invitar a empresarios a su fiesta de vísperas de navidad. Estaba seguro que la principal intención del sujeto era poder atar a algún muchacho adinerado a alguna de sus hijas, las cuales eran considerablemente atractivas pero ninguna lograba captar su atención.

Su hermano seguramente se hallaba hablando con los invitados, ya sabía comportarse como un adulto y poder llevar una conversación racional e interesante incluso con personas que le superaban la edad. Sus veinte años no eran normales, era mucho más maduro que cualquier muchacho de esa edad.

Se aflojó con disimulo la corbata que empezaba a apretarle, le dio un sorbo a su Champagne. El traje blanco de Dior llamaba la atención de las mujeres, sabía que le iba el blanco un motivo por el cual prefería vestir así en las fiestas, siempre combinándolo con negro o azul, sus colores predilectos y en este caso una camisa Gucci. Su mirada desinteresada  parecía ser un imán para las mujeres, todas buscándolo por su dinero, muchas de ellas se aventuraban a meter en sus bolsillos los números telefónicos personales con la intención de que éste las llamara.

Los ojos azules eran inusuales para un japonés y su cabello chocolate iba a la perfección con su tez pálida, su sonrisa arrogante era muy rara de ver pero tan esplendida cuando aparecía, su cuerpo estilizado adornado con hombros anchos y extremidades largas lo volvían una hermosa personificación de “El David”; especialmente con su pose de majestuosidad.

Mientras observaba hacia el frente algo iluminó su vista, como si algún brillante o un espejo estuviera rebotando la luz en sus ojos, giró su mirada para saber de donde procedía el resplandor y con la vista entrecerrada logró distinguir unos cabellos dorados. Cuando por fin el objeto dejó de iluminarlo notó que era el aro que llevaba un joven que acababa de entrar al salón, sus cabellos del color del oro sobresaltaban a la perfección en su traje blanco con corte antiguo de Versace y  zapatos beige lustrosos Hush Puppies, todo haciendo juego con el porte que poseía. Movía sus manos con ciertos ademanes que ningún japonés poseía, articulaba las palabras de una manera poco habitual y poseía un gesto en su rostro que asemejaba a una sonrisa atareada o distraída.

Kaiba estaba seguro nunca haberlo visto, sus ojos ambarinos atraían las miradas hacia ellos pero el otro muchacho parecía no notarlo. Era muy raro ver a un muchacho occidental en esas fiestas y más uno rubio. Mientras sorbía su bebida una vez más se descubrió sin poder quitar la vista del chico, sintiendo un inesperado magnetismo.

-¿Qué estás mirando? - la voz de Mokuba provocó que inmediatamente su mirada se clavara en él. A pesar de ser hermano de Seto Kaiba el muchachito solo compartía el color de ojos del mayor, ya que su cabello era negro y ligeramente rebelde, siempre lo tenía sujeto con una coleta. La ropa que poseía le daba físicamente la apariencia que debería tener,  ya que en su rostro aun se hallaba la adolescencia que quería marcharse. Su traje de Armani color azul marino lo hacía lucir estilizado e incluso más alto, todo acompañado con sus zapatos Lottusse negro.

-Nada en especial... - contestó desinteresado el empresario mientras giraba la mirada hacia el frente.

-¿Estabas mirando al rubio? - una mirada de indagación se coló en las siempre duras facciones del CEO. El pelinegro contuvo una risita infantil— Joseph Wheeler es muy popular entre los empresarios y accionistas, siempre está rodeado de personas importantes pero no solo por su apariencia, es bastante inteligente. Recibió una beca para el instituto Saint Claude y después para una universidad muy importante...

Había dejado de escuchar a su hermano en cuanto Duke Deblin, un joven empresario extranjero que había conseguido hacerse exitoso en el país nipón, hizo su aparición en la sala. Observó como sonriente caminó entre la muchedumbre con dos copas de Champagne entregándole una al rubio y susurrarle algo al oído, el muchacho se rió con libre abandono cerrando sus ojos relajadamente mientras Deblin capturaba su cintura acariciándola en el proceso y la argolla de plata decoraba esta mano. La mano con la que el blondo tomó la copa llevaba un anillo en el anular.

Ahora entendía porque la sonrisa victoriosa, al parecer, el rubio era un invitado bastante cotizado y Duke al parecer era el afortunado amo.

El rubio sonreía discretamente y lleno de coquetería, una natural. Sus ojos se dirigían hacia los que conversaban a su alrededor, prestándoles atención a cada uno de ellos. Sus enormes pestañas se movían como el aleteo de una mariposa cada vez que pestañaba y unos hoyuelos se marcaban en sus pálidas y delicadas mejillas.

Desvió la mirada de la figura del melado y la dirigió a la puerta, no faltaba mucho para que sean las doce, esa era exactamente la hora en la que siempre se marchaba de las recepciones. No quería demorarse mucho allí, quería llegar lo más pronto posible para revisar sus citas de la mañana y quizás no había mucho por hacer pero quería estar organizado.

Luego de pasearse unos minutos más por la fiesta se dirigió hacía el anfitrión agradeciendo la invitación y el elegante banquete, llamó a su hermano y se dispuso a tomar su limusina regresando a su mansión. 

Su vista estaba en la carretera mientras su mente estaba en otro lado, hace no mucho tiempo en una revista de chisme salió un segmento donde se lo nombraba como el soltero más codiciado de todos, le atribuían el encanto de “Príncipe de hielo” pero es perfectamente consciente que solo miran su billetera y su posición social.

Hace dos años en la lista se encontraba Duke Deblin, uno de los números uno,  pero eventualmente salió de la lista ya que aparentemente cuando él estaba fuera de Japón anunció su compromiso y lo presentó en sociedad. Era la primera vez que veía a su pareja, después de todo no era muy habitual en él dar presencia en fiestas.

Las relaciones entre los hombres en Japón estaban aceptadas en la sociedad más aun no era de extrañarse si eran dos occidentales.

¿Cuánto le faltaría a él para mostrarse en sociedad acompañado de alguien?

Su hermano siempre reclamaba por su diversión por que se distienda de sus deberes como jefe de una empresa y comience a comportarse como lo que era, un muchacho joven que aún le queda por vivir.

La presión y la responsabilidad fueron sus materias esenciales cuando niño y el cariño fue lo que más le faltó. Solo estaba la presencia de su hermano como referente de lo que podía haber de amor en su camino y lo que hasta la actualidad conocía.

Quizás, solo quizás... Ese amor lo encontraría, aunque se niegue a aceptarlo, y lo guiaría por un camino nunca transcurrido, nunca explorado y hasta extraño que de seguro le gustará.

 

 

                                                               .                              .                              .

 

 

Se sentía traicionado, humillado. Arrojó al suelo la revista que había sido enviada anónimamente a su nombre, en ella la tapa mostraba la foto de un muchacho de cabellos ébanos saliendo de un hotel con un chico rubio y el enorme titular “Pescado infraganti”. Con un andar resuelto abrió la puerta de la habitación con una potente patada y se dirigió al enorme ropero de Roble. Rastreó dentro y localizó su ropa, sin ningún orden comenzó a meter todo dentro de una enorme valija; camisas, pantalones, toda su ropa se había convertido en una montaña de telas. Sintió su celular vibrar y al observarlo descubrió que era su novio o mejor dicho ex novio le cortó y lo apagó, sabía que iba a tratar de calmarlo con absurdas excusas y le iba a jurar que solo lo amaba a él. Creía ser inteligente pero por lo visto había sido un estúpido, hace cuando se habrán estado viendo a sus espaldas. Rió con amargura al darse cuenta que iba a ser la comidilla de la universidad, no solo eso sino que el mugre mundo del espectáculo y las revistas del corazón iban a hablar de él, de sus cuernos y la traición.

Una oleada de cólera lo hizo patear el equipaje con fuerza corriéndola hacia donde estaban los cajones, los arrojó al suelo desparramando su contenido, allí encontró sus medias y corbatas. Ya casi no le entraban en la maleta e iba necesitaba los zapatos, sacó otra valija más grande que la otra y continuó guardando sus cosas. Un nudo en su garganta hizo que tragara con fuerza, le dolía la garganta por reprimir el sollozo que amenazaba con salir de su boca pero aunque le doliera nadie merecía ni una de sus lágrimas, mucho menos el imbécil de su ex novio.

Había tenido un terrible día en la universidad, como acostumbraban un grupo de pandilleros habían llegado a molestar, tenía un pasado complicado con las malas juntas y detestaba a los embusteros, él había sido víctima de estos y no importaba cuantas veces les hubiese dado una paliza siempre volvían tratando de vengarse. Debido a que era un chico becado cada pelea significaba un riesgo ya que algún profesor podía descubrirlo y acusarlo con el director.

Se dirigió al estante donde estaban sus elementos de limpieza y tomó lo que le pertenecía,  se detuvo unos segundos observando una foto de quien pensaba iba a ser el amor de su vida y él, ambos abrazándose en Disneyland cuando fue por primera vez al parque. La tomó entre sus manos frunciendo el ceño y la arrojó al suelo iracundo estallando el vidrio de esta.

-Asqueroso traidor hijo de puta- refunfuñó metiendo lo que le quedaba en la mochila y en un bolso de tela, el mismo que tenía desde que se había mudado con su ex. Agarró los útiles de la universidad y sus libros.

Como pudo agarró sus maletas y caminó en dirección a la puerta, observó la casa que pensó iba a ser su hogar para siempre, le dio una última mirada con la desilusión marcada en sus cejas. Sobre la mesa junto a la puerta dejó con un sonoro golpe el juego de llaves que le pertenecían y el anillo de compromiso.

El pasaje que lo guiaba a la calle fue el más difícil que tuvo que transitar. Todos los recuerdos y las esperanzas que había albergado en su interior se desvanecían con cada paso que daba al exterior de la propiedad y ni el clima parecía compadecerse de él ya que el viento helado parecía cortarle la piel como filosas navajas. El taxista que lo estaba esperando apoyado en el vehículo al verlo llegar tomó la valija y lo ayudó a guardarla en el baúl. Una vez que terminaron ambos ingresaron al vehículo, el conductor se detuvo unos momento para acomodar el espejo retrovisor y observó al muchacho sentado en el asiento trasero del taxi.

-¿A dónde lo llevo, joven?- el taxista presentía que el chico estaba escapando ya que le había dicho que lo esperara mientras buscaba sus maletas. Quizás hasta había peleado ya que tenía el labio partido y la mejilla amoratada.

-Solo lléveme a la zona residencial a las afueras del centro- miró directamente al taxista por el espejo y agregó- Ahí le daré las indicaciones para llegar a la dirección.

-De acuerdo.

Con la partida del automóvil sintió que se estaba alejando lentamente de lo significó para él años de felicidad, su noviazgo había sido un madero que llegó en medio de una tempestad, lo había mantenido a flote cuando creyó que iba a hundirse en medio de un huracán. Creyó que iba a ser su futuro, su novio había sido todo para su vida y ahora simplemente era nada, solo un montón de recuerdos antes dulces y ahora únicamente un trago amargo en su vida.

Suspiró resignado mientras se dirigía a un futuro incierto, no tenía nada de dinero ahorrado y ni siquiera un lugar donde quedarse, por pura impulsividad se marchó. La universidad estaba cerrada ya que se acercaban las vacaciones, no tenía amigos que pudieran darle cobijo, todos vivían en departamentos compartidos o en los cuartos de la universidad. Cerró los ojos frustrado por toda la situación y desamparado por lo tener un lugar en el cual refugiarse aunque sea por esa noche. Abrió los ojos lentamente y observó su móvil, solo quedaba su mejor amigo, no quería molestarlo pero él mismo había insistido en que contara con él en cualquier situación. No lo iba a llamar, simplemente iba a esperarlo y ver si podía ayudarlo.

El cielo estaba completamente gris, parecía que iba a caer la primera nevada sobre la ciudad, el invierno estaba en todo su esplendor. Los faroles de las calles se encendieron mientras caía la noche. Sonrió tristemente pensando que era lo que deparaba el futuro.

 

 

                                                               .                              .                              .

 

 

Todo transcurría lento acompañado con el frío del invierno cerniéndose sobre la ciudad, las calles poco transitadas en la noche, las cafeterías llenas de personas que se juntaban dentro, las parejas caminando amorosamente por las avenidas eran un indicio del paso del tiempo. Su auto le permitía ver todo con lentitud mientras se dirigía a su hogar, estaba seguro que su vida no podía ser más monótona, hacía tiempo se había dado cuenta que su vida solo giraba en torno a la empresa y su hermano, ya había terminado la universidad un año atrás haciendo su segundo doctorado en ciencias políticas, aunque le hubiera gustado hacer otra carrera más ya no le daban los horarios con la nueva programación de su puesto como presidente. Su hermano estaba yendo a la mejor universidad, justamente a la que había ido él mismo cuando tenía dieciocho, una sonrisa se extendió al recordar cómo había reaccionado Mokuba cuando supo que iba a asistir a la misma universidad que él.

Justamente quiso ser un poco más espontaneo y giró el volante para dirigirse al campus a buscar a su hermano, quizás allí irían a su restaurante favorito, pasar una velada tranquila y después a comprar un pastel a la confitería más famosa “Romaní”.

La universidad estaba un tanto alejada de la ciudad, ya que el campus tenía unas hectáreas sobre las que estaban los cuartos que ocupaban los muchachos que vivían más lejos. Desde la distancia se podía observar la gran arcada en la puerta de ésta que acompañaba con el nombre del instituto, recientemente remodelada la calzada en la puerta tenía como elemento decorativo pedruscos similar a las del rio. Los arboles de cerezo que estaban a los lados del camino seguían ahí ansiosos por florecer en primavera.

A los ojos de Kaiba, no había cambiado mucho desde que se había recibido. Sonrió suavemente al pensar en que Mokuba iba a tener una educación satisfactoria y relajada, muy distinta de la que él había tenido.

Una vez en la puerta, bajó y al mirar al portón notó que ya habían empezado a salir los estudiantes, caminó hacia la entrada para esperar a Mokuba. Inmediatamente las miradas se posaron sobre él, su porte indiferente y abstraído solo lo hacía lucir más atractivo.

Un reflejo le iluminó el rostro encegueciéndolo unos momentos en los que al fin pudo enfocar exactamente de donde provenía, nuevamente sus ojos se posaron sobre una figura más que conocida, la cabellera rubia y los ojos dorados eran imposibles de confundir. Joey llevaba la camisa desfajada y la corbata floja mientras tomaba agua de las canillas junto al circuito de deporte, se limpió la boca con la muñeca mientras volvía al interior del edificio.

Kaiba se quedó ligeramente aturdido por condición del rubio, notó que su mejilla estaba hinchada y su labio inferior cortado, de pronto una mano en su hombro lo sacó de su estado de ensimismamiento, al girar descubrió a su hermano sonriéndole ampliamente.

-¡Viniste a buscarme! - sus ojos brillaron felices, le recordó cuando tenía ocho años, se sintió aliviado al saber que una parte de su hermano seguía conservando un poco de la niñez - ¿A dónde vamos a ir?

-Me conoces perfectamente ¿Eh, Mokuba? -  una sonrisa se extendió por su rostro y acomodó su mochila para subir al auto. Antes de subir, Kaiba miró hacía donde se había perdido el rubio, pensando en los motivos de su extraña mirada.

Trató de quitar al muchacho de su cabeza, después de todo él no era tan caritativo como para preocuparse por un chico al que no conocía. Su hermano comenzó a comentarle el ajetreado día que había tenido, los exámenes estaban cerca y los profesores habían comenzado a dar los temas, y las miles de palabras que tenían que escribir para los trabajos a entregar. Observó que su hermano estaba prolijo a pesar de ser muy hiperactivo, su cabello arreglado y su ropa dentro de sus pantalones y nunca deben faltar sus ¿nudillos cortados?

-¿Qué le ocurrió a tu mano? - preguntó casualmente el moreno.

-Me los lastime en deporte - era bastante evidente que le había mentido, era pésimo para mentir y lo sabía. No iba a inmiscuirse en el asunto, después de todo Mokuba tenía veinte y no doce.

Seto condujo por todo el centro para ir al restaurante favorito del adolescente. La vida de las personas era bastante cíclica, nunca podían estar en el mismo lugar, siempre moviéndose, pero Kaiba por el contrario llevaba una vida inerte y quieta, casi en silencio, agradecía tener a su hermano para poder devolverlo a la realidad. El auto se detuvo frente a un edificio con una decoración bastante elegante en la puerta, ambas puerta estaban custodiadas por dos columnas estilo romana, sus cortinas color vino solo la hacía más sobria.

Aparcaron en el estacionamiento del lugar y caminaron hacia la entrada principal, ambos caminaron al interior mientras conversaban amenamente. Hacía tiempo que Kaiba no conversaba tan largamente con su hermano, el trabajo y la universidad de Mokuba les impedía poder salir.

El interior del restaurante era elegante, rodeado de helechos que decoraban las esquinas, las luces doradas le daban un aspecto más impactante sumando al mármol negro del suelo y las cortinas de terciopelo bordo. Quizás para Mokuba la decoración era demasiado exagerada pero los platos eran especialmente deliciosos.

El menor de los Kaiba al entrar comenzó a mirar alrededor como buscando a alguien, Seto lo observó curioso y cuando iba a preguntarle, un mesero se acercó a ellos ofreciéndole una mesa:

—Tenemos la mejor mesa para usted señor Kaiba, justo en el lugar donde siempre pide.

—Gracias— respondió Mokuba adelantándose a su hermano y sonriendo, Seto ya estaba caminando hacia la mesa que le habían indicado.

Sentándose el menor de los Kaiba apoyó una servilleta en sus piernas y se sentó con los modales de un joven Lord, el mayor sonrió orgulloso del hermano que tenía, no solo era el mejor alumno, tenía los mejores modales a pesar de ser un muchacho de diecinueve años. Cuando un mesero se acercó a la mesa, dejó que Mokuba ordenara primero y luego tomó la carta para pedir, finalmente encontró el plato que quería y ordenó.

—Mokuba... ¿Estás buscando a alguien?- preguntó finalmente Kaiba sin verlo y observando su agenda electrónica.

—No... Solo estaba mirando para ver si había algún periodista.

Él solo entornó los ojos con desconfianza y simplemente se mantuvo en silencio, Mokuba estaba en todo su derecho de tener sus secretos. Se relajó y comenzó a platicar con su hermano como hace mucho no lo hacía. El más joven se veía relajado y tranquilo, sonriente muy distinto a como era él. Su personalidad parca y seria muchas veces le sirvió para alejarse de la gente que intentaba aprovecharse de él incluso se sentía satisfecho con solo tener el cariño de su hermano a pesar que éste insistía en que debía socializar más. Estaba bebiendo una copa de vino tinto, la cena era unos de los pocos momento en que se daba el placer de beber alcohol.

La cena había pasado con suma velocidad, luego del postre estaba levantándose para poder marcharse, sujetó su abrigo y Kaiba pidió la cuenta, una vez pagada la cuenta salieron al frio de la noche. Ese día anunciaban nieve y al parecer no se había equivocado, el suelo estaba cubierto con una alfombre de nieve y los pequeños copos caían lentamente sobre la ciudad. Las personas en la calle se detenían para poder apreciar el cielo con absoluta devoción.

Su saco no parecía estirarse lo suficiente para cubrir su cuello, se acercó al auto mientras era seguido por Mokuba que miraba hacía las nubes y frotaba sus manos por el frío.

Al subir al auto, el chico continuo mirando por la ventana, encantado con esos diminutos trozos de cielo que caían, una sonrisa se extendió por el rostro de Seto, una sonrisa que solo era para su hermano, encendió el auto y comenzaron la marcha a la mansión.

La nieve comenzó a acumularse lentamente en el parabrisas obligando a Seto a encenderlo y poder liberar su vista de ese blanco puro, el viaje se hizo bastante rápido dado que la gente comenzó a detenerse a mirar la encantadora danza de los copos, su vista fija en el camino se desviaba un segundo para observar como su hermano continuaba con la mirada en la calle, con el silencio cómodo que solo ellos sabían entender.

Al doblar en la esquina de la mansión comenzó a bajar la velocidad para detenerse súbitamente mientras su vista se hallaba un poco más alejada de la calle, exactamente en una silueta junto al portón gigante que daba paso al jardín. La mirada curiosa de Mokuba se detuvo en la cara de su hermano y siguió la vista hacia la persona que estaba sentada en la vereda con una considerable capa blanca de nieve sobre si, más de eso no sé podía observar. Seto giró su vista para advertirle a su hermano que se quedara en el lugar, iba a llamar a Roland para que estuviera atento. Cuando paso su mano al frente para soltarse el cinturón de seguridad, Mokuba abrió la puerta del auto con una sorpresiva velocidad sin siquiera darle tiempo al mayor de sujetarlo de la chaqueta.

Su vista siguió el camino de su hermano que se acercó corriendo a la persona que estaba en suelo, el chico en el suelo elevó la mirada a su hermano y ambos parecían intercambiar unas palabras. Mokuba le ofreció la mano y cuando el otro la tomó de un solo movimiento lo levantó para luego ambos enredarse en un poderoso y fraternal abrazo. Su curiosidad se intensifico más cuando el pelinegro se acercó al auto acompañado del sujeto que estaba en el suelo, al ponerse a la luz del auto identificó que era un muchacho, su campera abrigada cubierta de nieve penas cubría su cuello y la bufanda no alcanzaba a tapar su cara, su mirada se clavó intempestivamente en los ojos color ámbar del chico, sintió un extraño vuelco en su estómago al descubrir quién era. Ambos sostuvieron la mirada con intensidad, una sonrisa curvó su boca mientras que su labio partido se veía increíblemente natural en su rostro, su mejilla había comenzado a amoratarse.

Mokuba se acercó a la puerta que había dejado abierta y se agachó para poder ver a su hermano:

—Seto... Él es Joey Wheeler, al parecer se peleó con su novio y no tiene donde quedarse, no pudo localizar un lugar donde pasar la noche y se quedó esperando que volviera... Quería saber si puede quedarse esta noche en casa.

Miró fijamente a su hermano, sus ojos le estaban dando esa mirada suplicante que sabía acababa con sus defensas, fijó su vista en su acompañante quien estaba ligeramente sonrojado, no sabía si por el frío o por vergüenza. Dudó unos segundos pero había algo en la mirada del rubio que le conmovió, sin poder negarse y a sabiendas que el chico no tenía donde quedarse afirmó en silencio.

—Gracias, hermano—  Mokuba se lo había dicho con una sonrisa complacida, Joey se inclinó en el momento en que el menor de los Kaiba se levantaba.

La mirada del chico de cabello dorado lo atravesó, con una sonrisa más que agradecida y radiante.

—Muchas gracias, Kaiba-san— su voz era asedada y un tanto chillona quedando perfecto en él— Solo será por esta noche, se lo prometo.

—Adelántate, voy a ayudar a Joey con las valijas— cerró la puerta para comenzar a acercarse al portón mientras ambos chicos caminaban y conversaban casualmente.

Mokuba parecían llevarse bastante bien con Joey, mejor de lo que se llevaba con el resto de sus compañeros. Sonrió, estaba bien que su hermano tuviera una adolescencia normal, una a la cual a él se le fue negada. Llegó y ambos chicos cargaron el auto con las pesadas valijas y se montaron en los asientos traseros, mirando al frente en silencio.

Al llegar al interior, el jardín que se mostraba estaba cubierto de blanco, los arboles tenían copos y los hacían lucir como ramas de cristal, el suelo antes verde ahora tenía un mantel blanco y la tierra había comenzado a cubrirse de un color inmaculado. Parecía que la temperatura había empezado a bajar otra vez, ambos chicos miraban hacia el jardín mientras avanzaban al garaje que estaba techado.

El castaño fue el primero en bajar, se acomodó sus ropas tratando de tapar un poco el frío, tembló un segundo antes de pararse erguido y caminar como un digno feudal hacia el interior de su casa, uno de sus empleados le abrió la puerta y se introdujo con un ligero serpenteo, detrás de él entraron Mokuba y Wheeler ambos riendo ligeramente de una historia que contaba su hermano. El menor de los Kaiba era muy diferente al mayor, su actitud ligeramente rebelde y su mirada brillante era lo que más lo diferenciaba.

Un empleado se acercó a Seto y le ofreció una toalla caliente, el simplemente denegó con gesto de su mano y le dijo con la voz rasposa:

— Entréguela al invitado, estuvo más expuesto al frío que nosotros— caminó hacia el living y por un instinto misterioso, se giró para observar quedamente al rubio, una sonrisa se caló en el blondo mientras ponía la toalla en sus hombros.

Definitivamente Kaiba era débil a los gestos de ese muchacho. Observó al más joven de la habitación y parecía feliz por la visita de su amigo, se sintió satisfecho ya que Mokuba era su razón de vivir.

Se despidió de ambos muchachos por esa noche, seguramente al otro día los vería otra vez en el desayuno. Caminó hacía la escalera de madera, la cual estaba deliciosamente tallada y lustrada, una alfombra roja centrada en los escalones la hacían lucir aun más bella, las subió elegante y se introdujo en un pasillo a la izquierda, un pasillo largo y lleno de puertas. Las luces blancas iluminaban todo a la perfección, el piso era de madera con unas pinturas decorando sus paredes. Las puertas de madera de ébano lucían antiguas y hermosas, pero solo una fue digna de la atención de Kaiba, la de su propia habitación. Escuchó el eco de las risas joviales de ambos muchachos, sin sospechar era el comienzo de experiencias que él jamás había imaginado.

 

 

                                                               .                              .                              .

 

 

Ambos chicos observaron como el mayor de los Kaiba se marchaba escalera arriba a sus aposentos, el rubio frunció la boca hacia un lado, no era para nada como lo imaginaba. Lo conocía de algunas reuniones a las que había asistido, lo había apreciado a la distancia, su apariencia fría e inalterable lo volvía el centro de todas las miradas. No entendía como un chico tan hermoso estaba solo, y no es como si no tuviera pretendientes, se notaba a kilómetros que muchos de los que habían asistido a la recepciones dejaban colgando sus lenguas embobados cuando la estela de Kaiba los alcanzaba al pasar.

Tenía la nariz con un perfecto ángulo de noventa grados y los pómulos marcados con una recta, una frente plana y libre de imperfecciones, su mentón era suavemente romboide con una ligera hendedura en el centro, su bocas era delgada y el espacio sobre su labio superior se marcaba notablemente. Todo Kaiba emanaba un sex appeal irresistible pero a Joey lo que más le había atraído era ese magnífico color Cobalto de sus orbes, tan intransigentes e imperturbable. Fríos y severos como el material al que sus ojos se parecían tanto.

Sonrió irónicamente recordando que su ex novio también tenía ojos claros y también era lo primero que le había gustado. Aun amaba al imbécil de su ex, quizás no iba a recuperarse del todo jamás. Deblin había sido su primera ilusión, su primer novio, su primer beso, su primera vez, se había quedado con todas las primeras veces de Joey, él se había amoldado a todo el entorno de su pareja, a su manera de vestir y su manera de ser.

Joey seguía siendo Joey pero dentro de él sabía que iban a haber cosas que no iba a poder cambiar.

Mokuba regresaba cuando el rubio decidió dejar esos sentimientos depresivos a un lado y sonreír cuando éste se acercaba ofreciéndole una taza de chocolate caliente. Con un gesto ofreció que se acomode en una silla. El rubio tomó la silla y la arrastró a sí mismo.

-Toma- lo dejó en su mano y sus ojos melados observaron la mano del arisnegro.

-Lamento que hayas salido lastimado- se disculpó bajando sus cejas en una clara señal de tristeza.

-Sabes que de todas manera me iba a meter- Mokuba miró sus nudillos y cerró sus puños para luego abrirlos, acomodó su codo en el respaldo- Puedo moverla con facilidad.

-Realmente lamento molestarte, a ti y a tu hermano- sopló un poco el contenido antes de llevarlo con precaución su boca y sorberlo ruidosamente.

-No seas idiota, Joey- sonrió consolador y palmeó el hombro contrario- Puedes quedarte todo el tiempo que precises.

-Gracias, Mokuba, eres un gran amigo- sonrió con sincera alegría.

Tenía razón, Mokuba era un gran muchacho y un amigo excepcional, sabía que lo iba a ayudar. Ahora quedaba trabajar arduamente y juntar el dinero para alquilar un cuarto en algún hotelucho. Suspiró por venteaba vez en el día ahora que se hallaba junto a Mokuba podía dejar salir su frustración y apretó los puños.

- ¿Cuánto tiempo va a durar la pelea?- preguntó distraídamente con los ojos Cerúleos sobre el rubio.

-No va a haber una reconciliación- Joey miraba la taza y lo sacudía lento levantando el resto del chocolate del fondo- No voy a volver.

-¿Te cansaste?- había curiosidad en la voz del otro. Joey sonrió con puya pensando cuan equivocado estaba Mokuba, había acertado el verbo pero errado el sujeto.

-Yo diría que fue al revés- rió amargado- Hoy cuando volví de la universidad había un sobre a mi nombre, creí que era del instituto pero cuando lo abrí encontré dentro una revista...- tragó con dificultad- En la tapa estaba Duke con alguien más saliendo de un hotel... S-sé que habían fotos más incriminatorias en su interior pero con la portada fue suficiente. No lo pensé mucho ¿sabes? Solo quise largarme con todo.

-Vaya...- exclamó el otro, suspiró y descansó su cuerpo del todo en la silla.

-Ese bastardo, me metió los cuernos y ahora todo el mundo lo sabe, voy a tener que faltar a la universidad días, no van a dejarme en paz- apretó el pocillo en sus manos y gruñó- Van a hablar de mí en todos lados, en todos los programas. Me van a apuntar con sus dedos y van lamentarse por el pobre estúpido al le pusieron los ¡PUTOS CUERNOS! ¡TANTO TIEMPO CREYENDO QUE ERA UN HOMBRE LEAL, FIEL Y RESULTÓ SER UN IMBECIL! ¡UN TRAIDOR HIJO DE PUTA!

Una vez que terminó de gritar se dio cuenta que estaba de pie, le dolían los músculos y su garganta le escocía. Observó el rostro de Mokuba y se avergonzó al descubrir que estaba desconcertado. Había reprimido tanto durante tanto tiempo que cuando se sintió ligeramente relajado lo dejó salir todo.

-Lo siento, Mokuba, no  debió ser agradable escucharme maldecir- se sentó en la silla- No había maldecido con tanta furia en... Nunca había maldecido.

-Fue sorprendente, Joey- rió y apoyó las manos en los hombros del rubio sacudiéndolo- Empezaste tranquilo y de repente estallaste. Fue muy dramático.

-Deja de burlarte, Kaiba- acotó rojo hasta la médula soltándole un golpe en la clavícula. Joey le llevaba escasamente cinco centímetros al arisnegro pero la caja torácica de éste era más grande que la de él por lo que el golpe en el hombro apenas y lo movió.

-Ya, está bien- pasó el brazo sobre los hombros de Joey y comenzó a caminar hacia las escaleras- Vamos voy a mostrarte cuál es tu habitación y ve a descansar.

Sonrió luminoso, no podía pensar un mejor lugar que éste. Mokuba era grandioso, gentil y un excelente compañero. Tenía tanta suerte, quizás este sea solo un pequeño inicio, solo una pequeña porción de felicidad.

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

Espero que les haya gustado este primer capitulo. Voy a subir un capitulo por semana. Quisiera que me dejen en los reviews si les gusta. Digamos que es el primer Fic que tengo avanzado pero aún así deben darme tiempo de continuar.

Bueno, saludos lectores/ras, los veo la proxima semana.

Aclaro que los titulos de los capitulos es por el significado de las flores:

Amapola Blanca es "Consuelo".

 


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