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novio de invierno

Autor: Alicia

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Notas del capitulo:

Me parecio una buena historia, me gusto y espero que lo difruten, si les gustan dejen un comentario o un slaudo, publicare los lunes y terminare lo prometo

Capítulo 1

 Un aumento...? ¿De verdad me estás pidiendo un aumento? — preguntó Claudia mirando atónita al joven—. Creo que somos más que generosos contigo. Te damos un salario, pensión y alimentación completa, ¡y recuerda que sois dos!

Ken se sintió tremendamente avergonzado ante aquella respuesta, pero insistió:

—Pero trabajo seis días a la semana, y además también hago de niñero por las noches...

—No puedo ni siquiera creer que estemos teniendo esta conversación —contraatacó Claudia, roja de ira—. Te ocupas de los trabajos de la casa y cuidas de los niños. ¿Por qué no ibas a cuidarlos? De todos modos, tienes que cuidar de Jake por las noches... no esperarás que te paguemos un extra por eso, ¿no? No sé cómo puedes ser tan desagradecido después de todo lo que hemos hecho por ti...

—Es que me cuesta mucho llegar a fin de mes —la interrumpió Ken humillado.

—¿Sí?, pues no entiendo qué haces con el dinero —replicó su jefa secamente—. Lo que sí sé es que mi marido, George, se va a quedar de piedra cuando le cuente cuáles son tus exigencias.

—No son exigencias —contraatacó Ken tenso—, son peticiones.

—Pues petición denegada —contestó Claudia airada, caminando resuelta hacia la puerta de la cocina—. Estoy muy enfadada y muy decepcionada contigo, Ken. Aquí tienes un trabajo muy bueno. ¡Dios, ojalá alguien me pagara a mí por quedarme en casa y llenar el lavavajillas! Os tratamos, a Jake y a ti, como si fuerais de la familia, te cuidamos cuando estabas embarazado... y te diré una cosa: ¡ninguno de nuestros amigos habría considerado siquiera la posibilidad de meter en casa a una niñero embarazado y soltero!

Ken no respondió, no había nada más que decir. No quería arriesgarse a que Claudia estallara y lo echara. Ninguna niñera trabajaba la cantidad de horas que trabajaba Ken aunque, en realidad, no era solo un niñero, por mucho que Claudia insistiera en ello. Había entrado en casa de los Dickson como niñero aceptando una miseria en lugar de un salario digno, pero sus horas de trabajo habían ido en aumento hasta convertirse también en sirvienta. En aquel momento se había sentido tan agradecido de tener un techo bajo el que cobijarse que no había puesto ninguna objeción.

Lo cierto era que, cuando había estado embarazado, había sido muy inocente. En aquel momento, los Dickson habían sido para el como una parada de autobús: Ken había creído que, en cuanto tuviera al niño, podría encontrar un trabajo mejor. Sin embargo, poco a poco, aquella idea había ido desvaneciéndose al comprender el dinero que costaba mantener a un niño y, más aún, lo que costaba alquilar una casa en una ciudad tan cara como Londres. No había tenido elección.

—No se hable más —murmuró Claudia graciosamente desde el umbral de la puerta, consciente de que quien calla otorga—. ¿No crees que deberías ir metiendo a los niños en el baño? Son más de las seis y media, y están armando un buen alboroto.

Eran más de las ocho cuando Ken consiguió por fin meter a los niños en la cama. George y Claudia habían salido a cenar hacía tiempo. Sophia, de seis años, y Benedict y Oscar, los gemelos de cuatro años, eran niños encantadores, ricos en juguetes y pobres en cariño y atención por parte de sus padres. George era juez, y nunca estaba en casa, y Claudia era una mujer de negocios que pocas veces abandonaba la oficina antes de las siete.

Tenían una casa espaciosa, bonitamente amueblada, un Porsche y un Range Rover, pero Claudia era tan tacaña, que había ordenado instalar un contador de gas en la habitación de Ken, sobre el garaje. El dormitorio no disponía de calefacción central y, en origen, había sido un trastero, así que hacía un frío helador.

Ken arropó bien a su hijo, tratando de que asomara solo la coronilla de cabellos negros rizados, cuando sonó el timbre de la puerta. Salió al pasillo y corrió escaleras abajo a abrir antes de que el timbre despertara a Sophia, que tenía un sueño muy ligero. Se retiró un mechón de cabello rubio  del rostro y presionó el intercomunicador.

—¿Quién es?

—¿Ken...?

Ken dio un paso atrás, alarmado. Sedosa, sexy, aquella voz ronca tenía cierto acento conocido. Hacía más de dos años que no escuchaba aquella voz, y reconocerlo la llenó de pánico. El timbre volvió a sonar, impaciente.

—¡Por favor, no llames así... vas a despertar a los niños! —exclamó por el intercomunicador.

—Ken... abre la puerta —ordenó choi .

—No... no puedo... no me está permitido abrir por las noches, cuando estoy solo —musitó el, diciendo la verdad—. No sé qué quieres de mí ni cómo me has encontrado, pero me da igual. ¡Vete de aquí!

Minho presionó otra vez el timbre con insistencia. Ken, de mal humor, se apresuró al porche, corrió las cortinas, y abrió.

—Gracias —respondió Minho con frialdad.

Atónito ante su sola presencia, Ken abrió la boca. El pulso le latía furiosamente.

—No puedes entrar...

—No seas ridículo —contestó él arqueando una ceja.

Ken miró involuntariamente sus ojos, del color chocolate por lo que había soñado tanto tiempo atras, y se estremeció ante la respuesta de su cuerpo. Era Minho Choi en persona: de pie, delante de la puerta de los Dickson, con su metro noventa de estatura y su aire de sofisticación y devastadora masculinidad. La chaqueta de etiqueta destacaba sus anchos hombros, y los pantalones de confección impecable acentuaban las estrechas caderas y las largas, larguísimas piernas. Cada línea de sus bellos y exquisitos rasgos expresaba confianza en sí mismo, y sus cabellos eran negros, espesos y brillantes. Ken no podía creer que fuera real, que estuviera de verdad delante de el.

—No puedes entrar —repitió restregándose las manos sudorosas en la pernera de los vaqueros.

—Ken... tengo sed —musitó Sophia medio dormida, desde las escaleras.

Ken se dio la vuelta sobresaltado y corrió al pasillo escasamente iluminado.

—Vuelve a la cama, yo te llevaré un vaso de agua.

Minho entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Ken se volvió hacia él y lo miró con ojos suplicantes, pero no dijo nada. No quería desvelar y alertar a la niña de la presencia de un extraño en casa. Se mordió el labio lleno de frustración y corrió a la cocina por un vaso de agua, que subió al dormitorio. Claudia y George habían salido a tomar una cena rápida, y podían estar de vuelta en cualquier momento. Se enfadarían si veían que había dejado pasar a un extraño.

Confuso, acostó a Sophia y se apresuró a bajar de nuevo las escaleras. Minho seguía de pie en el vestíbulo. No le hubiera extrañado encontrarlo sentado en uno de los sofás de piel del salón. La gente extendía alfombras cuando pasaba Minho, jamás lo dejaban de pie en el vestíbulo o delante de la puerta. Su imperio electrónico, de éxito internacional, generaba una enorme riqueza que le confería un poder y una influencia inmensas en el ámbito de los negocios.

Ken captó la mirada desinhibida de Minho, que escrutaba su esbelta figura, y vaciló en el último escalón. Sus espectaculares ojos cafes lo observaban provocativamente, recorriendo desde sus pies hasta los ojos. Ken se quedó sin aliento, se detuvo en seco. Su corazón latía tan aprisa y estaba tan sofocado, que sentía mareos.

—No te retendré mucho tiempo —le informó Minho con una sonrisa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Ken con un susurro, tratando de recobrarse de aquel instante de aturdimiento—. ¿Has venido por mi padre?, ¿está enfermo?

—No, que yo sepa Kim-bum está perfectamente bien —contestó Minho frunciendo el ceño.

Ken se ruborizó. Comprendía perfectamente el desconcierto momentáneo de Minho. Sin duda, el infierno se helaría antes de que Minho Choi hiciera de chico de los recados de uno de los sirvientes de su abuelo. Rebelándose momentáneamente contra las rígidas reglas de Claudia, Ken abrió la puerta del salón y lo invitó a pasar.

—Podemos hablar aquí —dijo tenso, tratando de fingir que todo era normal.

Sin embargo, con Jake arriba, durmiendo, y Minho abajo, comportándose como un cortés y frío extraño, era imposible. Quizá Minho tuviera miedo de que el volviera a echarse en sus brazos, pensó horrorizado. Ken bajó el rostro ruborizado, pero los humillantes recuerdos siguieron acudiendo a su mente como misiles que encontraran fácilmente su objetivo.

Había vivido obsesionada con Minho durante más años de los que deseaba recordar, y no había sido precisamente una de esos adolescentes que se sientan a soñar esperando a que ocurra el milagro. A los diecinueve años, ya había tramado todo un plan para conquistarlo, y había roto todas las reglas con el único objetivo de pescarlo. Había olvidado quién era él y quién el. Y, finalmente, había conseguido lo que buscaba: Minho se había lanzado sobre el tan deprisa y con tanta pasión, que la cabeza le había dado vueltas y más vueltas.

El silencio se hizo tenso. Nervioso, Ken levantó la cabeza y vio a Minho observándolo. Estaba atrapado sin remedio, tenía el pulso acelerado, sudaba. Ken se pasó una mano por los largos cabellos que caían en torno a su rostro y se los apartó de la cara. Los ojos de Minho siguieron de cerca aquel movimiento en cascada de cabellos brillantes. Las pestañas negras velaban su mirada penetrante. De nuevo los labios de Minho parecieron endurecerse y ponerse tensos.

—¿Cómo has descubierto dónde vivía? —se apresuró Ken a preguntar al comprender que el silencio se hacía insoportable.

—Mi abuelo me pidió que te buscara...

—¿El señor Choi? —inquirió el frunciendo el ceño incrédula.

—He venido únicamente a ofrecerte su invitación —continuó Minho con sencillez—. Choi quiere que vayas a pasar la Navidad con él.

—¿La Navidad? —repitió Ken confuso.

—Quiere conocer a su bisnieto.

Aquel último y sorprendente anuncio dejó a Ken con la boca abierta. Sus rodillas parecieron fallar, de modo que se sentó en un sillón. ¿ Minho sabía que tenía un hijo? Jamás habría supuesto que el señor Choi quisiera compartir aquel secreto con su nieto.

¿Choi quería conocer a Jake? Dos años atrás, la había exhortado a deshacerse del bebé. La noticia de que la hijo del mayordomo estaba embarazado de uno de sus nietos lo había enfurecido. Aquel caballero flemático al que lo aterrorizaba el escándalo había tratado por todos los medios de facilitarle la huida de Deveraux Court.

—Los viejos sienten que van a morir —explicó Minho con una mirada indescifrable, fija sobre el—. Y, francamente, de lo que se muere es de curiosidad. Es evidente que si te humillas agradecido ante él eso redundará en tu propio provecho.

—¿Humillarme? —repitió Ken airado.

—Conozco el trato que hiciste con el viejo , Ken. Conozco toda la historia —alegó Minho severo.

—No sé de qué estás hablando —contestó Ken incrédulo, tenso.

—Sabes muy bien de qué estoy hablando —contraatacó Minho —. Los robos, Ken —se apresuró Minho a recordarle—. El viejo te pilló con las manos en la masa, confesaste.

Ken levantó la vista. La angustia y el resentimiento eran evidentes en la expresión de su rostro.

—¡Me prometió que jamás se lo diría a nadie!

Ken deseaba morirse allí mismo. Choi le había prometido mantenerlo en secreto y, más que nada, Ken deseaba ocultárselo a Minho. No podía soportar la idea de que él pensara que era un ladron, que había robado pequeños objetos de arte de la mansión , donde vivían y trabajaban su padre y su madrastra.

—Después de tu partida, no volvió a desaparecer nada, y eso resulta bastante significativo. El viejo  tenía pocas esperanzas de mantener en secreto la identidad del culpable.

—Así que entonces mi padre debe saberlo también —musitó el mortificado.

—Yo jamás he hablado de ese tema con él —replicó Minho tenso.

Jamás había sufrido humillación más amarga en su vida. Ken bajó los ojos y observó los zapatos italianos de piel de Minho. Odiaba a Minho por creer y aceptar sin más que el era un ladron. ¿Era ésa la razón por la que se había referido a Jake como si el niño no tuviera nada que ver con él? ¿Tan ofensiva le resultaba su falta de honestidad, que se sentía incapaz de reconocerlo como a el omma de su hijo?, se preguntó Ken rabioso. El señor Choi quería conocer a su bisnieto. ¿Acaso él no tenía el menor interés de conocer al niño? Ken era incapaz de pensar con claridad, nada de lo que oía tenía el menor sentido para el.

—Quiero que te marches —contestó Ken tembloroso—. No te he pedido que vengas.

—Esa respuesta es completamente irracional, estoy convencido de que pronto cambiarás de opinión —aseguró Minho —. Choi habría llamado a la policía de no haberle contado que estabas embarazado. Tuviste suerte de escapar sin una condena judicial. Esos robos tuvieron lugar durante un largo período de tiempo, no fueron el resultado de una tentación repentina.

Ken cerró los ojos brevemente. Cuando, en el calor del momento, había confesado, lo había hecho creyendo así lo correcto , en todo caso, no tenía ya nada que perder. Después de todo, había perdido a Minho y había aceptado abandonar Deveraux Court antes de que su estado se hiciera patente. Tras el rechazo de Minho, se había sentido desolado, y era excesivamente orgulloso como para presentarse ante él y contarle cuáles eran las consecuencias de su fin de semana de pasión.

—Wallace está dispuesto a olvidar el pasado por el bien de tu hijo —continuó Minho.

—Mi hijo tiene un nombre... se llama Jake —contestó Ken.

—Sería una estupidez, en tu posición, hacer caso omiso de la oferta de paz. Estoy convencido de que Wallace está dispuesto a mantenerte.

—No quiero nada de ninguno de vosotros —contestó Ken profundamente ruborizado y disgustado, levantando la vista—. Pero me gustaría saber por qué Wallace cree de pronto que es su deber ofrecerme dinero.

—Es obvio que se debe a que su nieto menor, ha dejado de lado su deber de manteneros al niño y a ti —contestó Minho con ojos duros como diamantes, sosteniendo la mirada de Ken en una franca y dura colisión.

Ken se quedó helado. ¿Por qué iba a ser deber de JongHyun mantenerlos a el y a Jake? De pronto comprendió, pero todo aquello no logró sino confundirla aún más. Era evidente que Minho creía que JongHyun, su primo, era el padre de Jake, pero, ¿por qué?

Ken estaba encendido de ira. Saber de dónde se había sacado Minho esa idea era lo de menos. Estaba demasiado enfadado por la opinión que Minho debía de tener sobre su moral. De modo que Minho la veía como un ladron y una buscon. Al fin y al cabo, solo una joven promiscuo habría mantenido relaciones íntimas con los dos nietos de Wallace en cuestión de tres meses. Minho parecía feliz de creer que el se había acostado con su primo inmediatamente después de acostarse con él, y más contento aún de pensar que el niño era de su primo.

—Ken, no he venido aquí a discutir contigo ni a hablar de temas personales que, francamente, no tienen ninguna relación conmigo —explicó Minho en tono de reproche—. Te he traído la invitación de Wallace, pero no tengo tiempo para altercados... Tengo una cita, y llego tarde.

Por una décima de segundo, Ken sintió como si lo hubiera acuchillado. ¿Una cita? ¿De modo que el apenado viudo había vuelto por fin a la circulación? ¡Bravo por él! Y, por supuesto, los sórdidos problemas personales de Ken no tenían ningún interés para él. En realidad, para un hombre como Minho; sincero, inteligente y apasionado solo en la cama, escapar del escándalo de verse relacionado con una ladron era algo de lo que se podía felicitar.

—Ken...

ken se volvió. Estaba pálido. Sentía la necesidad de aplastar a Minho, de castigarlo por su deliberado distanciamiento de el, de hacerle daño, de herirlo por fingir que entre ellos no había habido jamás nada más que una intrascendente amistad.

Los rasgos de Minho, duros y oscuros, parecían impacientes. Él insistió:

—Wallace te espera el jueves. Supongo que puedo decirle que aceptas su invitación...

Ken apartó los ojos de Minho. Sentía un torbellino de emociones en su interior, pero la más fuerte era la ira.

—Debes de estar de broma —sonrió amargamente—. No tengo ningún deseo de pasar las navidades con tu abuelo, y estoy seguro de que él tiene menos ganas aún de pasarlas conmigo.

—Pensé que te tentaría la idea de hacer las paces con tu propia familia.

Una risa irónica resonó en la habitación. ¿Hacer las paces? Minho no sabía de qué estaba hablando. Jamás había tenido con su padre más que una relación tensa y difícil. Solto y con un hijo, y etiquetada de ladron, ¿qué bienvenida imaginaba Minho que le iban a dar?

—Me marché de Deveraux Court... sabiendo que no volvería jamás. No me dio pena, y no quiero volver ni de visita. Esa fase de mi vida terminó para siempre.

Los ojos cafes de Minho , le miraron directos y desinhibidos, se fijaron en el examinando su perfil.

—Supongo que he tenido muy poco tacto mencionando esos robos.

—Jamás esperaría ningún tacto ni consideración por tu parte —alegó Ken conteniendo las lágrimas, decidido a no desmoronarse delante de él—. Pero me niego a que me manejen. Estás loco si has creído que voy a presentarme ante tu abuelo con el sombrero en la mano, como pidiéndole caridad. Yo solo me las arreglo muy bien.

—Trabajas de sirviente ... siempre juraste que no trabajarías de sirviente.

Ken vaciló, apretó los puños. Sirviente. Pero no de Minho que, desde la cuna, se había visto rodeado de criados sin rostro que lo habían servido bajo la democrática e igualitaria etiqueta de «personal doméstico». Ken giró la cabeza bruscamente, ruborizado y tentado de abofetearlo.

—¡Dios...! ¡Solo el más estúpido y egoísta de los orgullos podría obligarte a rechazar tan magnánima invitación! Wallace podría hacer mucho por tu hijo. Piensa en el niño. ¿Por qué tiene que sufrir él por tus errores? —exigió saber Minho—. Tu deber, como madre, es tener en cuenta su futuro.

Una ola de dolor e ira embargó a Ken, que se volvió hacia él con ojos brillantes .

—¿Y qué hay del deber de su padre?

La boca sensual y generosa de Minho se torció en una mueca antes de responder:

—Cuando te acuestas con una persona tan irresponsable y egoísta como JongHyun, debes saber que, si algo sale mal, estás solo.

Minho estaba enfadado, comprendió Ken de pronto. La tensión era patente en sus rasgos, en la fría condena que reflejaba su brillante mirada. Ken vio aquella mirada y no supo que decir , por momento soñó con que fuera celos, pero seria mas arrepentimiento o asco. Lo que fuera le ponía furioso. Así que no perdió la oportunidad para aguijonearlo un poco.

—Lo creas o no, yo creí, en ese momento, que el padre de Jake era fuerte como una roca —explicó Ken—. Estaba enamorado de él. Creía que jamás me dejaría en la estacada.

—Tenías solo diecinueve años... ¿qué podías saber de los hombres y de sus motivaciones? —respondió Minho con impaciencia, mirando el reloj y caminando hacia la puerta—. Tengo que marcharme.

La brusquedad de su marcha sorprendió a Ken, que se apresuró a seguirlo hasta el porche. Al abrir la puerta él la escrutó abiertamente, sin previo aviso, y Ken sintió que el tiempo volvía peligrosamente atrás haciéndole recordar intimidades del pasado. Minho... respondiendo con una asombrosa y primaria pasión a sus flirteos, tumbándola en la hierba, junto al lago, presionando los labios contra los de el con una voracidad explosiva. Ken se sintió cohibido, violento y ruborizado.

Las mejillas de Minho parecieron oscurecerse resaltando los pómulos. Un brillo divertido e irónico se reflejaba en sus ojos. Minho levantó una mano y dejó que su dedo moreno acariciara suavemente la trémula línea de sus aterciopelados, generosos labios, provocando en el una cadena de sensaciones estremecedoras, dejándolo clavada en su sitio, inmóvil.

—Qué desperdicio que te dediques al servicio doméstico,Ken —comentó dándose la vuelta e internándose en la noche antes de que el pudiera reaccionar—. Piensa en lo que te he dicho, Wallace está ansioso por conocer a ese niño... te llamaré mañana para que me des tu respuesta.

—No, no me llames, no serviría de nada. Estoy decidido, no tengo nada que considerar —contestó Ken tenso—. De todos modos, no tendría tiempo. Los Dickson tienen mucha vida social, y la casa siempre está llena de invitados en Navidad.

—¿Será posible que de verdad hayas cambiado tanto? —murmuró Minho—. Pensé que estarías deseando salir de esta casa, que te marcharías sin mirar atrás, igual que te marchaste de la casa de mi abuelo.

Ken se enfadó. Naturalmente, Minho había supuesto que la perspectiva del dinero la decidiría rápidamente a aceptar la invitación, pero se equivocaba. ¿Se equivocaría el también con respecto a él? Jamás le había dicho a Minho que Jake era hijo suyo... en una ocasión, en mitad de una disputa, había estado a punto, pero al final había guardado silencio. ¿Por qué? En lo más hondo de su alma, le mortificaba recordar que, aquella noche, le había dicho a Minho que podían hacer el amor con toda seguridad. Había mentido, y lo había hecho con plena conciencia, a propósito, con conocimiento de causa.

Ken lo observó caminar a grandes zancadas hacia el Ferrari negro. Estaba helado en el umbral de la puerta, temblando. Tras la tensión del encuentro, su cuerpo comenzaba a reaccionar. De pronto, se encendió una luz. Ken oyó detenerse el Range Rover de George. Claudia salió del coche de un salto.

—¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —exigió saber echando una mirada inquisitiva hacia Minho, de pie entre las sombras, sin dejar de dirigir su ira contra Ken mientras caminaba en su dirección.

—Vine a traerle un mensaje a Ken —contestó Minho fríamente.

—¿Dejas que un extraño entre en mi casa cuando mis hijos están durmiendo en la planta de arriba? —preguntó Claudia con un ataque de ira.

—Cariño... —intervino su marido—... no creo que debas calificar al señor  Choi de extraño.

—Mi padre trabaja para el señor  Choi —contestó Ken tratando de ser breve—. Lo conozco desde hace años.

Claudia se detuvo y miró a su marido, esperando que le dijera qué hacer. George estrechó la mano de Choi. Consciente de que había hecho el ridículo, Claudia le lanzó a Ken una mirada llena de reproches.

—Hablaremos de esto en privado.

—Si no te importa, ahora me voy a la cama —contestó Ken con calma—. No quería que el señor  Choi tocara el timbre, así que tuve que dejarlo entrar.

Ken subió las escaleras, consciente de que no podría evitar otra regañina de Claudia, pero demasiado nervioso por la visita de Minho como para preocuparse. Lo había hecho sentirse airado, enfadado, extraño, hipersensible... Seguramente se debía a que había sentido vergüenza al recordar cosas que ninguna mujer o doncel, con una pizca de orgullo, habría deseado recordar. Eso era todo, se repetía en silencio.

Decidido a conformarse con aquella explicación, Ken se metió en la cama luchando contra el deseo de tomar en brazos a su hijo y apretarlo contra sí para reconfortarse. Habría sido un gesto egoísta, y el no era una madre egoísta... ¿o sí?

Soportaba a una jefa que hubiera podido acabar con la paciencia de un santo, y todo para que Jake pudiera comer bien, vivir en una casa cómoda y jugar en un espacioso jardín con muchos juguetes. No tenía nada suyo, hasta la ropa que llevaba su hijo había pertenecido a los gemelos. Pero Jake era demasiado pequeño como para darse cuenta. Aquel año, no obstante, Ken quería ofrecerle unas verdaderas navidades. Esa era la razón por la que había pedido un aumento. No obstante, el recuerdo de ese suceso apenas podía captar su atención en ese momento.

Le resultaba casi imposible de creer que Wallace Cho quisiera invitar a la hijo de su mayordomo a su mansión. ¿Pensaría instalarla en la casa principal, o esperaría que se instalara en las húmedas y lóbregas dependencias de la planta baja de su padre y madrastra? Y, si el abuelo de Choi le ofrecía ayuda económica, ¿sería el tan débil como para aceptarla?

Incómodo ante la idea, Ken dio vueltas y más vueltas en la cama sin poder dormir. La cuestión, de todos modos, era irrelevante. Claudia montaría una escena si el le pedía unos días vacaciones en Navidad. Y, mientras Jake no tuviera edad para ir a la guardería, los Dickson podían estar tranquilos.

A pesar de todo, Ken siguió despierto recordando la primera vez que vio a Minha, a los trece años. Cada Navidad y cada verano Minho había ido a visitar a su abuelo, y aunque su inglés era perfecto, seguía siendo, esencialmente, Coreano. Su padre había sido un rico CEO coreano que se había casado con la hija de Wallace. Exótico, fascinante, y extravagantemente guapo, Minho se convirtió, como era natural, en el objetivo del primer flechazo amoroso de Ken. Él, en cambio, con ocho años más que el, jamás había reparado en su existencia.

El verano en el que Ken tenía catorce años Minho llevó a su novia a casa de su abuelo. Aquella novia tenía un risita sofocada de lo más irritante. Ken, profundamente divertido, observaba a Minho hacer una mueca cada vez que ella reía. Pero al año siguiente aquella risa desapareció. Petrina Phillipides, una perfecta muñeca de porcelana, una rica griega de sedosos cabellos negros, llegó al verano siguiente a visitar a Minho acompañada de una vieja niñera que hacía las veces de carabina. Y Ken observó incrédulo cómo Minho se enamoraba de ella. ¿Cómo no se daba cuenta Minho de que Petrina era una niña mimada, una engreída sin cerebro?

No, Minho había estado ciego, y al verano siguiente Petrina tuvo aún más motivos para mostrar su vanidad. Llevaba el anillo de compromiso de Minho. Ken estaba horrorizado, pero ni siquiera entonces se dio por vencido. Después de todo, muchos compromisos se rompían antes de llegar al altar, razonó ilusoriamente.

Sin embargo, cuando Wallace salió de viaje para asistir a la boda de Minho Ken se mostró inconsolable. Para entonces tenía ya diecisiete años, y comenzaba a estar harto de languidecer por un hombre que siempre había estado fuera de su alcance y que, finalmente, se había convertido en el marido de otra mujer. Ken comenzó entonces a salir con chicos. Su figura elegante y esbelta, sus rasgos agradables y su melena rubia no dejaron de procurarle admiradores.

A las navidades siguientes Petrina estaba ya embarazada. Pocos meses después, se convirtió en la insensible madre de una niña preciosa. Minho adoraba a su hija. Ken sintió su corazón palpitar al ver a Minho prodigar amor a Jenny, su hija. Petrina, en cambio, se mostraba indiferente y petulante, y dejaba a la niña al cuidado de la niñera en cuanto la decencia se lo permitía. Estaba visiblemente molesta porque fuera su hija, y no ella, el centro de atención de todas las miradas.Ken, mientras tanto, no dejaba de preguntarse por qué Minho no habría esperado a que ella creciera.

Pero aquel mismo año la tragedia se cebó en la familia de Minho. No se celebró la Navidad en Deveraux Court. Minho permaneció en Corea. Su mujer y su hija habían muerto en un accidente de tráfico. Al verano siguiente, sin embargo, Minho volvió, solo y melancólico, instalándose en el Folly, junto al lago, y rehuyendo toda compañía.

Y Ken, haciendo gala de su total y completa estupidez, decidió que había llegado el momento de aprovechar la oportunidad, que tenía que ser entonces, antes de que Minho volviera a Corea y se enamorara locamente de alguna otra mujer o otro doncel , ahora o  nunca.

 

 

—Ahora que sé quién es Minho Choi  —comentó Claudia la tarde siguiente, de buen humor—, comprendo que no pudieras dejar a un hombre tan importante en la puerta. Pero él es la única excepción, Ken. No vuelvas a abrir la puerta nunca más mientras estamos fuera.

El dinero lo era todo, reflexionó Ken.

 Claudia había llamado por teléfono a todas sus amigas contándoles cosas como: «No puedes ni imaginarte quién estuvo anoche en mi casa... era el hombre más encantador... debe tener millones... Sí, el padre de nuestra niñero trabaja para él... tengo la sensación de que los Choi no son tan clasistas como nosotros...»

Ken cerró de golpe la puerta del lavavajillas reflexionando sobre las estúpidas palabras de su jefa. Claudia no podía ni imaginarse lo clasistas que eran los Choi. Cuando, al despertar de su estado de embriaguez, Minho se había dado cuenta de que estaba en la cama con la hijo del mayordomo, se había levantado más veloz que el rayo. Ni siquiera entonces, sin embargo, se había sentido Ken preparada para el rotundo rechazo que acabaría con aquel breve episodio de intimidad y que la dejaría sin esperanza... ni orgullo.

El timbre de la puerta sonó. Ken se encaminó hacia el vestíbulo y se detuvo en seco delante del porche. Por la ventana lateral podía ver la gorra del chófer de una impresionante limusina. Contuvo el aliento y abrió. Minho, tremendamente atractivo y elegante con un traje gris, camisa de seda blanca y corbata azul, la miraba. Estaba guapísimo. El corazón de Ken palpitó. Una intensa y excitante emoción la paralizó.

—No esperaba que volvieras —susurró el.

Minho esbozó una efímera sonrisa y desvió la vista por encima de su hombro.

—¿Señora Dickson?

—Llámame Claudia, por favor...

Minho pasó por delante de Ken como si fuera invisible y estrechó la mano que Claudia le tendía.

—¿Min...? —musitó Ken confuso.

—He venido a hablar con tu jefa, Ken. Si nos disculpas...

—Vamos al salón —intervino Claudia sonriendo satisfecha—. Prepara café, Ken.

Molesto e incrédulo ante aquella respuesta, Ken se dirigió a la cocina a preparar café. Luego, volvió al salón.

—Lo lamento mucho, pero me temo que no podemos prescindir de el ahora mismo. Vamos a tener invitados en navidades y... —estaba diciendo Claudia.

Ken abrió la puerta y se quedó de pie en el umbral, furioso al comprender que la habían excluido de una discusión que la concernía directamente. ¿Cómo se atrevía Minho a hacer algo así?

—¿Cuándo tuvo Ken sus últimas vacaciones? —preguntó entonces Minho, de pie junto a la chimenea.

—Eh... pues... —tartamudeó Claudia, que no estaba preparada para esa pregunta.

—En realidad, Ken no ha tenido nunca vacaciones en esta casa, ¿verdad, señora Dickson? —continuó Minho con un brillo de ironía en los ojos.

—¿De dónde demonios te ha sacado esa idea? —contraatacó Claudia irritada.

—Minho... —comenzó a decir Ken en voz baja.

—Las condiciones de trabajo de Ken son vergonzosas, son la comidilla del vecindario —continuó Minho serio—. En realidad decir que es una esclavo en esta casa es incluso generoso.

—¿Cómo... cómo dice? —preguntó Claudia sorprendida.

—¡Minho, por el amor de Dios! —intervino Ken horrorizado.

Pero Minho, sin embargo, ni siquiera la miró.

—Se ha aprovechado de que era un adolescente, de que estaba embarazado. Lleva más de dos años trabajando sin cesar, trabaja más de ocho horas diarias, y a cambio le paga una miseria. Hay que ser responsable con los empleados, es un deber, y usted lo ha olvidado. Y no eres ni pobre ni tonta, así que no hay circunstancias atenuantes que puedan justificar tu falta de escrúpulos —acabó, tuteándola.

—¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono? ¡Fuera de mi casa! —exclamó Claudia roja de ira.

—Ve a hacer tu maleta, Ken —murmuró Minho sin parpadear, comenzando a esbozar una sonrisa—. Te espero en el coche.

—Yo no voy a ninguna parte... —comenzó a decir Ken.

—Así que soy la comidilla del vecindario, ¿eh? —comentó Claudia mirando a Ken con una expresión acusadora—. ¡Cuando pienso en todo lo que hemos hecho por ti!

—No has hecho nada por el excepto utilizarla en tu propio beneficio —intervino Minho irónico.

—¡Estás despedido! ¡Quiero que ese niño y tú salgáis de esta casa ahora mismo! —gritó Claudia.

Notas finales:

si puedo y me alcansa el tiempo publico los viernes

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