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Diez mil por qués

Autor: Eurus

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Notas del fanfic:

  [ Desamor, drama y amor no correspondido. KaiShin/ ShinKai; (Los personajes pertecen al mangaka Gosho Aoyama.©) inspirado en la canción "Diez mil por qués"]

 

¡SI NO TE GUSTA, NO LO LEAS!

Shinichi llamó a la puerta de la oficina de Kogoro Mouri, el detective privado, el padre de su amiga Ran.


Tras esperar un rato no obtuvo respuesta. Le resultó extraño. ¿Qué día era? Jueves. Claro, los jueves Kogoro iba a jugar al mahjong.


Lo cual significaba que Ran estaba sola. La casa no era pequeña pero tampoco tan grande como para no oír la puerta desde el interior de cualquier habitación. A lo mejor estaba en su cuarto escuchando canciones tristes y no lo había oído. A lo mejor le daba miedo abrir la puerta sin su padre presente, aunque sabía defenderse –Shinichi sonrió–. O a lo mejor sabía que era él y no quería abrirle. Seguramente era lo tercero...


Llamó nuevamente, esta vez más fuerte. Nada. Se atrevió a hablar:


—¿Ran? Ran, por favor, si estás ahí, abre la puerta.


Se dispuso a llamar de nuevo tras esperar dos minutos cuando la puerta se abrió al fin, pero sólo un poco, lo suficiente para ver entre la oscuridad del piso los ojos cristalizados de la chica. Shinichi sintió como si su corazón se encogiera, pero no lo mostró en su rostro.


«Nunca olvides tu cara de póker. Sí, me lo decía mi padre todo el tiempo»


Maldición...


Cerró los ojos y suspiró, reuniendo el poco valor que quedaba en él. No pienses en él. No pienses.


—¿Qué quieres? —preguntó su amiga, seca, haciéndole abrir de golpe los ojos


Bajó la vista y buscó con la mirada las manos de Ran, pero estaba demasiado oscuro. Pensó que si daba un paso adelante ella retrocedería y la luz de la pequeña lámpara de la entrada bañaría por completo su cuerpo, pero ella sólo apartó la mirada de él, frunció el ceño y se sonrojó. A Shinichi le dieron ganas de sonreír. Seguía queriéndolo. Esa era una noticia tan buena y a la vez tan mala para él...


—¿Puedo pasar? —preguntó, apoyando la rodilla en la puerta, que empezó a empujar lentamente en su favor.


Automáticamente Ran cerró la puerta en todas sus narices. Estuvo a punto de perder la esperanza cuando de nuevo la puerta se abrió. Ahora Ran estaba totalmente iluminada. Su pelo liso y castaño aún no había crecido desde que se lo cortó. Tenía marcas de lágrimas en las mejillas. Iba vestida con un jersey blanco cuyas mangas le quedaban muy largas –Mierda, mierda, mierda, mierda pensó. Estuvo a punto de tirarse de los pelos– y unos vaqueros ajustados. Ella era delgada ya de por sí, pero estaba... Esquelética, se le notaba en el rostro. Y en la cintura.


Shinichi casi salió de ahí corriendo. Apenas podía seguir respirando con normalidad delante de ella sabiendo la razón por la que estaba así.


Esperó a oír su voz de nuevo, para lo que estuvo que esperar lo que a él le pareció una eternidad.


—Adelante —le dijo ella. En agradecimiento, Shinichi asintió con la cabeza mientras sonreía con tristeza.


Cerró la puerta detrás de él y se quedó un rato más mirando a su amiga. Todo era tan irreal. Ella, él mismo, el otro él...


Que no pienses en él, maldito.


—¿Qué tal...? —Su pregunta le pareció tan estúpida que gruñó dándole una patada al suelo antes de rectificarla— ¿Qué estabas haciendo, Ran?


Ella se señaló los ojos, sin mostrar ninguna expresión en el rostro. Shinichi se mordió el labio.


No me hagas sentirme peor...


Fuera a donde fuera, siempre hacía daño.


—Ah, bien...


—¿Bien...? —repitió ella, con apenas un hilo de voz. Una sola palabra con la fuerza de un huracán que atizó las entrañas de Shinichi. Era tan imbécil. Ella lo sabía y seguía a su lado. Bendita sea...


«—Las personas a las que queremos son más valiosas que cualquier diamante; hay que cuidarlas y guardarlas en el lugar más seguro posible, ¿sabes qué lugar es? —Shinichi sólo se sonrojó, mientras él subía el dedo índice por su abdomen hasta llegar a su pecho— Aquí, en el corazón. Donde tú me tienes y yo te tengo a ti, ¿verdad, Kudo?»


—¿Sabes cuándo estará «bien»? —exclamó, rompiendo a llorar. Delante de él. Destrozándole el alma aún más. Si hubiese intentado abrazarla lo habría rechazado, pero quería hacerlo. Agarró el final de su jersey y lo subió hasta el codo. Shinichi no quiso mirar— Estará bien cuando esto no sea por un gilipollas que ha jugado con mis sentimientos...


Sus cortes. Sus jodidos cortes


Él se mordió el labio de nuevo.


«—¡Joder, eso duele! —se quejó, apartándolo de un empujón.


Él achinó los ojos.


—Quejica.


—No, en serio, creo que me ha salido hasta sangre. —Se llevó la mano a la boca, y efectivamente, notó un líquido fresco metálico en sus labios. Eso era lo que pasaba al experimentar que alguien inexperto te mordiera el labio— Te odio. —Sin saber muy bien porqué, comenzó a reír.


—¿Y riéndote no te duele? Eres increíble. Yo también te quiero»


—Lo siento muchísimo, Ran... —Sabía que no iba a cerrar ninguna herida pero necesitaba decírselo. Y bien cerca. Así que se acercó a ella, que no se movió— Lo siento muchísimo, Ran. Soy más impredecible de lo que jamás pensé. Pero desde que empecé a salir con Kaito, créeme, siempre que pensaba en ti, que no eran pocas veces —Eso era mentira. No pensaba en ella lo suficiente—, me sentía fatal. Reitero, lo siento muchísimo.


—Entonces... ¿Sabías que estaba ena...?


—Claro que lo sabía —la interrumpió. Colocó cada una de sus manos en cada uno de los brazos de ella, y las bajó hasta encontrar sus manos. Bajó la mirada—. Eres... Eres mi mejor amiga.


—Era.


~*~


—¿Pero qué coñ...?


Él estaba ahí. Con la espalda apoyada en la farola que había justo en frente de la casa de Ran, iluminado, al igual que las gotas finas de una llovizna que volvía la tarde lúgubre, por la luz de esta. Mirándolo. Y parecía dolido. Y claro que lo estaba, joder, lo había visto todo...


Los fríos ojos azules que lo habían helado más de una vez le cortaron la respiración.


Esto no estaba en mis planes...


—Kaito... —logró murmurar, haciendo el intento de cruzar la calle e ir hacia él, cuando pasó una moto a toda velocidad que salpicó gracias a un charco de agua a Shinichi, empapándolo por completo. Miró su ropa y suspiró pesadamente.


Ese era el menor de sus problemas. Tenía que hablar con él. Una vez pasó el vehículo, alzó la vista buscando a Kaito, pero había desaparecido de su campo de visión. Habría torcido para la derecha. Siempre va por la derecha. No había truco o secreto de él que se le resistiera.


Esta vez cruzó la carretera, y una vez en la acera contraria, corrió hacia la ya nombrada dirección, torció la esquina y, ahí estaba, dándole la espalda, dirigiéndose a la parada de autobús más próxima.


Justo cuando se disponía a hablar, Kaito se giró a él. Pero no lo miró. Tal vez encontraba más interesante su ropa mojada que establecer contacto visual con él.


Se suponía que Kaito estaba en Osaka, y su retorno había sido cuando menos repentino.


Resulta que hacía unas cuantas semanas habían tenido su segunda y más grande pelea. Kaito aprovechó el hecho de haber acabado secundaria para irse a vivir con Shinichi, cosa que sólo él y su amiga Aoko Nakamori sabían (su madre estaba en París, nunca se tendría porqué enterar, y los padres de Shinichi también estaban fuera), pero la cosa no fue nada bien. Con los nervios de vivir bajo el mismo techo que su novio, Shinichi por las noches no podía dormir. Y normalmente, cuando uno no puede dormir, comienza a darle vueltas a la cabeza. Descubrió muchas cosas, mientras otras simplemente las recordó. Una de las cosas que recordó y que más lamentó comentarle a Kaito fue que él era un ladrón muy buscado y que él no lo había entregado, pues el día que al fin lo capturó, el propio Kaito hizo de su propiedad su corazón.


Al oír esas palabras de la boca de Shinichi, Kaito se preocupó, y en algún que otro momento entró en pánico, pasándose días sin dirigirle la palabra a su novio. Comenzó a perder la confianza. Y el que se quedaba sin dormir ahora era él. Temía que en cualquier momento Shinichi cogiera el teléfono y dijera «Tengo a Kaito Kid». En lo más profundo de su ser le destrozaba no confiar en el que engañó a la policía haciéndole creer a todo Japón que Kid había muerto, y luchaba contra ese sentimiento, sin mantener su famosa pokerface.


Hasta que un día, cada uno por su lado, explotó. Kaito con que lo suyo era imposible, que tenía miedo y Shinichi con que había escurrido el bulto, que ambos se merecían ir a la cárcel y que por culpa de él le estaba haciendo daño a Ran.


«¿Aún piensas en esa flacucha...? ¿Con quién estás saliendo, con ella o conmigo? Deja de confundirme y dime a la cara si quieres cortar conmigo, joder»


Entonces todos los muebles de la casa comenzaron a volar por los aires, y no precisamente por una ilusión del joven mago Kaito...


—Vaya, Kaito, no imaginaba que fueras a pasar tanto tiempo fuera... —dijo, poniendo en sus labios la sonrisa más sincera que podía sacar. Kaito aún no lo miraba. Era raro. Él siempre iba preparado para todo; estaba lloviendo, pero no llevaba paraguas. Se estaba mojando, y no tardaría en acabar tan empapado como él. Las gotas de lluvia que se quedaban atrapadas en las greñas de su flequillo se escurrían por su frente y pasaban por sus mejillas. Parecían lágrimas. A lo mejor la gran mayoría lo eran— Te dejaste todo en mi casa.


—Por eso pensaste que no iba a volver, ¿verdad? —escupió Kaito, dejándole una vez más sin habla. Lo estaba diciendo demasiado en serio para ser él— Por eso te has ido con la morenita. —A Shinichi le pareció que lo miró por apenas una décima de segundo— Sigues engañándote después de todo este tiempo...


—¿Cómo puedes saber si me estoy engañando o no? No sabes lo que siento ahora mismo. Yo te quiero Kaito.


Pues no, Kaito no lo creyó. No podía. Ya no creía en sus “te quiero”. No creía en esas miradas que le dedicaba llenas de ternura. No creía en esas caricias que sólo él le daba, delicadamente, como si estuviera hecho de cristal. No creía en ese fatídico amor.


El mago de ojos claros se encogió de hombros y giró sobre su eje.


—Me quieres volver loco —musitó, casi inaudible.


Y con eso, Shinichi se colocó a su lado. Iban a ir a casa. La misma casa. Kaito había vendido su casa. Le mintió a su madre diciéndole que se iba a independizar. Lo había dejado todo, sólo por él. Y cómo se arrepentía en esos momentos. Cómo le había dolido ver a su novio besuquearse con una chica, ¡una chica, y estaba saliendo con él!


Pero en el fondo, él amaba a ese detective de pacotilla. Tan en el fondo que ni él sabía dónde.

Notas finales:

Es el primer fanfic que subo, espero que os guste <3

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