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Entre Colmillos de León y Cuernos de Carnero por DanyNeko

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Luego de la batalla en Dark Nebula, las cosas han estado un poco extrañas por aquí.

Por supuesto, yo ya estaba completamente recuperado, así que me fui de la casa de Madoka. Kyouya Tategami no es carga de nadie, no señor.

No obstante, regreso casi diario… o mejor dicho, cada noche.

Poco después de irme, supe por Benkei que Ginga empezó a tener pesadillas; según le dijo Madoka, usualmente se despertaba en la noche y/o en la madrugada gritando y se quedaba paralizado e ido.

Y por supuesto que yo tenía que hacer algo al respecto. Se trata de mi Ginga después de todo.

Siempre he sido hábil para moverme por esta ciudad, así que nunca era difícil colarme al taller de Madoka por las noches para recostarme al lado de mi lindo pelirrojo y velar por sus sueños.
Las pesadillas no desaparecieron, pero era bastante fácil para mi calmarlo, incluso sin tener que despertarlo. Cuando él empezaba a removerse tomaba sus muñecas y las apretaba contra el lecho, susurrando en su oído para que sintiera que no estaba solo; de vez en cuando un toque fugaz en sus mejillas o un beso hacia el truco, y entonces Ginga se calmaría y daría la vuelta hacía mí, para acurrucarse en mi pecho.

Era verdaderamente agradable, sentirlo tan vulnerable, frágil y buscando refugio en mí me daba una paz increíble, terminaba por dormirme allí a su lado, con mis dedos paseando por su cabello de fuego… aunque muy pocas veces me quedaba hasta que él despertaba.

Anoche no llegué a dormir con él, había estado lloviendo pero ese no era problema, en realidad me había pasado la tarde entrenando con Leone y ‘una siesta’ se me fue de las manos, así que me dirijo a la casa de la mecánica con la intención de entrar por la puerta, como se debe.

Antes de poder siquiera acercarme, escuché a esos tres diciendo que Ginga no estaba, que se había ido incluso sin comer su plato favorito.

Qué extraño, ama las hamburguesas.

Todos estaban hablando de la batalla con Ryuuga de hace unas noches atrás. Sabía mejor que nadie que mi dulce pelirrojo aún no se reponía de esa batalla, ni siquiera hemos hablado al respecto nosotros solos, pero mientras los escuchaba sabía que ellos no comprendían bien la magnitud del golpe que había recibido Ginga.

Yo tampoco lo comprendía totalmente, hay muchas cosas de él que no sé, pero claramente lo entendía mejor.

Después de todo, nuestros espíritus bladers son afines.

Escuché pasos.
No sabía si era Ginga pero igual me mantuve oculto mientras los otros tres seguían hablando sobre Ryuuga y qué tendrían que ver con Ginga.

Y entonces lo oí gritar al bajar las escaleras.

Tuve que ahogar una risilla cuando lo escuché pelearse con Benkei por la hamburguesa que había dejado, aunque era obvio que él también los había escuchado y quería cortar el tema.

O, al menos, es obvio para mí.

Otros tres niños llegaron, creo que eran los amigos de Kenta.

Tsk! Ya había demasiada gente aquí. Tendré que esperar a que se vayan.

—Ginga, por favor enfréntame.

Ahora, eso era interesante. Lo habían retado.
¿Qué dirás, mi caballo alado?

Admito que me irritó escucharlo dudar, y supe enseguida que no había caso, a pesar de que aceptó. Su espíritu no estaba en ello, se le notaba tan solo en la voz.

Fue algo sencillo, en la pequeña arena que Madoka tenía para las pruebas con beys. Mi predicción fue correcta y Ginga perdió. ¡Había sido patético de ver! Había hecho un lanzamiento terrible en serio, Pegasus fue rechazado de un simple empujón.

Benkei sacó a esos niños a gritos.

—Ah… ah… Lo siento… mi dedo resbaló —por favor Gin, terrible excusa.

Y fueron peores​ las que le dio a Benkei para volver a irse. Parece que ni siquiera pensaba las palabras.

Se regresó por donde vino y solo entonces me asomé por la puerta desde la que había estado mirando. Me recosté contra el marco viendo su bufanda desaparecer —Nah, no tiene caso —los tres voltearon a verme —esa batalla con Ryuuga fue importante… más importante de lo que podríamos imaginar. Al ser derrotado, su espíritu se derrumbó —traté de explicarles, él necesitaba que lo dejaran en paz por un rato, Kenta sobre todo era el que más se daba cuenta de que no estaba bien, pero de la misma forma quería andar de metiche.

— ¿Qué podemos hacer para ayudarlo?

No miré a la chica al contestar, seguía con la vista fija por donde mi Ginga se había ido —Nada, tiene que lidiar con eso solo —dije claro y firme.

Después de eso me di la vuelta y salí, no sin antes gritarle a Benkei que no me siguiera.

No es que fuera hipócrita, o que solo hubiese hablado para alejarlos de mi chico. Yo, al contrario de ellos, puedo permanecer a su alrededor sin exigirle nada, así que me dirigí tras él. Si lo conozco tanto como creo, puedo adivinar a dónde se fue.

Mis instintos de león no se equivocan. Confié en ellos y me llevaron a mi presa.

No faltaría mucho para que el sol empezara a descender cuando alcancé a Ginga en la rivera del rio que atraviesa la ciudad, cerca de uno de los puentes principales.

Estaba tumbado en el césped, mirando al cielo.

Se veía adorable pero el aura de congoja a su alrededor irrumpía con esa bella estampa.

Aun así, me dirigí hacia él sigilosamente y, con una de las puntas de su bufanda, cubrí sus ojos de un movimiento.

—Ah.. ¿Qué? ¿Ky-Kyouya? —se revolvió un segundo antes de poder quitarse la tela blanca y se alzó en sus antebrazos para mirarme. Simplemente le dirigí una sonrisa de lado a lo que él mostró un pequeño y adorable sonrojo, junto a su bella sonrisa —estoy feliz de verte —susurró.

— ¿Cómo dormiste anoche? —consulté casualmente, sentándome a su lado y apoyando las manos hacia atrás para reclinarme un poco, siempre sin dejar de mirarlo.

—Mmm, no muy bien —explicó a regañadientes y cabizbajo. Sabía bien que mentirme era inútil —me desperté un par de veces en mitad de la noche —suspiró.

Levanté una mano para tomar su mentón —lo siento —susurré y, en un rápido movimiento, tuve sus labios pegados a los míos por primera vez en todo el día.

Ginga tensó los hombros y emitió un adorable ‘meep’ antes de relajarse y corresponder mi beso. Nuestros labios se frotaron largos segundos, intercambiando ligeras succiones y uno que otro mordisco de mí parte.
Eso me encantaba.
Constantemente sentía la necesidad de clavar mis dientes en sus apetecibles labios y, para mi sorpresa, cuando lo hacía, no debía contenerme de lastimarlo, yo mismo disfrutaba de solo presionar ligeramente o tirar de ellos. Era todo lo que necesitaba.

Y se sentía tan bien.

Ginga puso una mano en mi pecho cuando el aire empezó a faltarnos y yo solté su boca, no sin antes tirar de su labio inferior. Lucía muy bien hinchado, rojizo y brillante de saliva entre mis colmillos.

—Ky-Kyouya —Ginga aún se mostraba algo tímido frente a nuestras interacciones íntimas, pero nunca me rechazaba ni mostraba desagrado así que no le doy importancia, es solo cosa de que se acostumbre. Deslicé mi nariz por el puente de la suya en un gesto meramente tranquilizante.

Después de mirar a nuestro alrededor y cerciorarse de que nadie nos veía, se decidió a recostar su cabeza en mi pecho, su cuerpo se relajó contra mi costado y sus manos descansaron en mi regazo.

Creo que lo he malacostumbrado a acurrucarse contra mí por las noches.

O más apropiado es decir que nos he malacostumbrado, porque mi mano voló automáticamente a su pelo para acariciarlo; también mi nariz se hundió en sus mechones rojos, disfrutando de su aroma natural, perfectamente mezclado con el olor del césped bajo nosotros.

Maldición, esto se siente tan bien.

Ginga era completamente mío.

.

Terminamos por recostarnos en el césped, él sin dejar su lugar sobre mi pecho, pero con las piernas hacia un lado.

No habíamos dicho nada en un buen rato. Cómodos el uno con el otro, simplemente disfrutando de nosotros -no teníamos un nombre a nuestra ‘relación’ y así estaba bien ¿qué tiene de especial cualquier clase de título de todos modos?- en algún punto, Ginga había sacado a Pegasus de su cinturón y empezó a juguetear con él en una mano. Cuando dejó de hacerlo, sospeché que empezaba a quedarse dormido, pues su respiración era muy suave y acompasada.

No me importaba si se dormía allí, sobre mí. Muy poco me costaba llevarlo a casa de Madoka y acostarlo, quedándome allí con él para dormir el resto de la noche.

Sin embargo, mi agudo oído pudo captar pasos acelerados que se acercaban a nuestra dirección, demasiado sospechoso para tratarse de un peatón cualquiera.
Me tensé en alerta y Ginga pareció notarlo porque se movió un poco, aparté mi mano de su pelo y la llevé a su hombro por si necesitaba sacudirlo para que se espabilara.

No obstante, no fue necesario, estaba murmurando mi nombre en pregunta y levantándose de mí pecho para mirarme cuando escuchamos el grito con su nombre.

Ginga se volvió, nervioso, para responderle a Kenta, pero yo no le tomé importancia, era un niño a fin de cuentas y, tal como nos había encontrado, simplemente parecía que estuviéramos charlando, tumbados uno al lado del otro.

Igual que esta mañana, Ginga no parecía procesar bien lo que decía antes de abrir la boca, así que puse cuidadosamente una mano en su espalda baja, de modo que el niño no lo notara, para que se calmara en cuanto lo oí decir algo como “¿quieres dar un lindo paseo por el rio?”

El renacuajo pareció dudar un poco, seguramente al tomar en cuenta mi presencia, pero me sorprendió que aun así abrió la boca — ¡Ya basta de tonterías! —exclamó —no voy a creer tu farsa de ‘estoy bien y nada anda mal’

Lo sentí tensarse ligeramente a través de mi mano para luego oír su risa nerviosa — ¿de qué estás hablando, Kenta? No es una farsa.

Sabía que nos miraba a ambos como un partido de ping-pong, yo simplemente me quedé en el suelo como estaba, con una mano tras mi cabeza y la otra en la espalda baja de mi pelirrojo. No iba a intervenir en nada que se dijeran esos dos a menos que Kenta realmente presionara a Ginga para decir algo que no quisiera.

El enano le soltó la perorata sobre como él estaba ocultando sus sentimientos, de que si ya no confiaba en sus amigos y se largó a llorar diciendo que todos estaban preocupados por él.

Seguí allí sin decir una sola palabra y dejé al niño hablar, notando como Ginga se estremecía o sobresaltaba ligeramente, seguramente sintiéndose conmovido por el discurso del enano.

—Lo siento —finalmente lo escuché hablar, así que abrí un ojo para mirarlo. Sus ojos dorados lucían realmente bonitos a la luz del atardecer —amigos como tú son de lo más valioso que hay… permanecen contigo a pesar de todo —oh por favor. Si Ginga también se ponía de sentimental iba a darme diabetes.

Kenta se mostró alegre ante su respuesta.

—Lo único en lo que he estado pensando es en encontrar y vencer a Ryuuga… ha sido mi único objetivo —la mención de ese lunático atrajo toda mi atención, me senté a la par que Ginga se volvía para mirar al rio.

Entonces, soltó la sopa.

Nos contó de la aldea en la que había nacido y crecido con su padre, Ryo Hagane, la aldea Koma.
Habló de lo mucho que quería y admiraba a su padre, que era un gran blader, y le dio a su Pegasus.
Hubo algo sobre una especie de ceremonia en la montaña junto a la aldea, la cual Doji y Ryuuga interrumpieron sin escrúpulo alguno para robarse el bey prohibido, Lightning L’ Drago. Entonces, esos dos hicieron un desastre en la montaña cuando Ryuuga tomó a L’ Drago y peleó contra el padre de Ginga.

El señor perdió y… el interior de la montaña empezó a caerse a pedazos.

Me vi en la necesidad de colocar mi mano sobre el hombro de Ginga cuando llegó a esa parte, su padre le dijo lo peligroso que era el bey prohibido, le hizo prometer que lo recuperaría de las manos de esos indeseables… y le dio a Pegasus antes de que el derrumbe lo alcanzara.

—Y así comenzó mi viaje, para ser más fuerte… para poder derrotarlo.

Kenta estaba llorando de nuevo por la historia, los ojos de Ginga -que estaba sentado en medio de ambos- eran vidriosos pero se negaban a soltar las lágrimas.

—Lamento no haberles hablado de esto hasta ahora, chicos —suspiró, a lo que yo simplemente apreté su hombro reconfortante.

—No —negó el enano —yo soy el que debería disculparse, por obligarte a hablar de esto.

Yo gruñí —por eso les dije que no se entrometieran —le dije, aunque para mis adentros estaba contento de saber todo eso sobre mi querido pelirrojo.

Ginga levantó las manos y me miró con una sonrisa nerviosa —calma, está bien, Kyouya —yo solo bufé —en realidad, me alegra haberlo compartido con las personas que quiero —soltó como si nada, apoyando sus palmas en el césped para mirar hacia el cielo, ya nocturno.

—Ginga… —Kenta le sonrió, yo tuve que desviar la cara cuando sentí un ligero calor en mis mejillas por el comentario de mi chico —ay, ya sé ¡Hay que hacer una batalla bey! — ¿ese niño no sabe cuándo callarse de verdad?

— ¿Eh?

—Quiero competir contigo ahora —insistió.

—Óyeme enano ¿no crees que ya te echan de menos en tú casa? —señalé con fastidio.

—Kyouya tiene razón, es un poco tarde —me apoyó, mirando a la luna llena en el cielo —hay que hacerlo mañana, Kenta.

El crío no se molestó en ocultar su decepción —Bueno… nos vemos mañana —se paró y subió de regreso al camino. Ginga se levantó igual, para despedir al enano, y yo con él —es una promesa ¡Combatiremos mañana!

—Sí, descansa —lo despidió agitando una mano para luego verlo irse corriendo.

Cuando estuve seguro de que el niño no se daría media vuelta para añadir algo más, me le acerqué por detrás a Ginga y cruce mis brazos hacia adelante por su cintura. Sentí su sobresalto por lo que sonreí — ¿Kyouya? —estábamos en la posición perfecta para descansar mi cabeza en su hombro, y eso hice, apreciando el calor de su cuerpo contra el mío.

— ¿Estás seguro de que quieres eso?

Mi chico se lo pensó un poco —no lo sabré si no lo intento ¿cierto? —solo tarareé un poco en respuesta. Ginga ladeó el rostro para besarme la mejilla y me sonrió —tengo un poco de sueño —ahogó un bostezo con la mano derecha.

—Regresemos al taller entonces —luego de presionar un beso en su cuello lo solté de mi abrazo y tomé su mano para tirar de él.

Ginga vaciló un poco antes de entrelazar nuestros dedos y caminar a la par mía con su eterna sonrisa —Sí, Kyouya.

Por alguna razón, no podía quitarme cierto presentimiento de la boca del estómago…

Pov’s Ginga.

Lo siento Kenta… lo siento, Kyouya.

Tengo que hacer esto.

.

Caminé con Kyouya hasta la casa de Madoka, entramos en silencio al sótano para preparar el sofá-cama donde duermo.
Estaba nervioso porque Kyouya se quedara a dormir pero lo disimulé lo mejor que pude.

Nos turnamos para tomar un baño y me acosté primero en el lecho, solo en camiseta y pantalón. Al poco rato Kyouya se recostó a mi lado, de perfil; también había dejado a un lado sus botas y la gabardina verde, su pelo aún tenía algunas perlas de agua por aquí y por allá, acentuado el aire salvaje que lo caracterizaba.

— ¿Te ocurre algo? —me preguntó en voz baja, mirándome atentamente. Apoyaba la cabeza sobre su mano para mirarme desde arriba.

—Nada realmente —murmuré de regreso, lo más sereno y convincente que pude, pero cuando le vi fruncir el ceño, supe que tenía que distraerle, así que levanté una mano hacia su mejilla y acaricié lentamente la cicatriz debajo de su ojo… desde que lo conocí  me he preguntado la historia detrás de esas marcas.

Él se dejó acariciar con un ligero tarareo en el fondo de su garganta que podía escuchar solo por el sepulcral silencio de la noche. Era como el ronronear de un gran gato, ese pensamiento me hacía sonreír.

Seguí rozando su pómulo con mi pulgar y el nacimiento de su cuello con el resto de mis dedos, su piel bronceada se me hacía encantadora y atractiva, y mis ojos cayeron irremediablemente en su boca. Un colmillo ligeramente afilado se asomaba apenas por entre sus labios… tentador.

Desde que Kyouya me había cuidado (y besado) tras la batalla con Ryuuga nos habíamos vuelto más y más cercanos e íntimos. Los besos nunca faltaban cuando podíamos estar a solas y siempre había contacto físico: un roce de manos, un brazo pegado al otro, una mano en el hombro o en la cintura, una caricia de pelo…

Y realmente me gustaba. Kyouya era fuerte, tenía una personalidad valerosa, autónoma y confiada. Su espíritu bey ardía de forma maravillosa, tanto que me hacía querer entrenar constantemente para ser un rival digno.
Pero, aparte de los combates bey, Kyouya me hacía sentir seguro, protegido… era una sensación muy agradable y me hacía feliz.

Me gustaba estar con Kyouya.

Incluso ahora, dudando de mí mismo y mis habilidades, Kyouya me tenía paciencia y no me presionaba al respecto, aun cuando generalmente es lanzado, competitivo e impaciente.

Realmente lo aprecio.

Por eso tengo que hacer algo al respecto. No puedo quedarme de brazos cruzados y lamiéndome las heridas mientras Doji y Ryuuga están allí fuera con L’Drago y sus planes malvados.

Y, si quiero ser un digno compañero de Kyouya, debo reponerme pronto.

Lo siento Kyouya… tengo que hacer esto.

Levanté el cuello y junté mis labios con los suyos. Su boca, cálida como siempre, me recibió hambrienta. Acaricié sus labios unos segundos pero me incomodaba la posición así que me hice para atrás, Kyouya lo entendió y se inclinó hacia abajo para mantener nuestras bocas unidas.
Ladeé la cabeza para acoplarme a su ritmo y él deslizó su mano libre por mi camiseta naranja hasta alojarse en mi cintura, libre de los cinturones.

Su lengua lamió lentamente mi labio superior para después chuparlo. Cuando quise darme cuenta, mis manos se habían deslizado por su camiseta, acariciando su pecho y bajando hasta su abdomen, sintiendo perfectamente la tibieza de su piel liza y los abdominales duros. No pude evitarlo y los delineé a detalle con las yemas de mis dedos.

Vanidad aparte, mis viajes constantes mantenían mi cuerpo en buena forma, pero nada como el de Kyouya, aunque seguramente el riguroso entrenamiento de Doji en el Cañón Lobo y las instalaciones de Dark Nebula tenían algo que ver.

Kyouya nos dejó tomar aire un segundo pero regresó pronto a reclamar mi boca. Esta vez trazó mis labios lentamente con su lengua, provocando que me estremeciera por lo sensible que se sentían —Ky-Kyouya —susurré, y al parecer le agradó, porque me dio un beso rápido y volvió a succionar mis labios, esta vez el inferior, raspándolo cuidadosamente con sus colmillos en el proceso.

Me avergonzaba un poco el hecho de que no podía evitar gimotear de vez en cuando, pero a Kyouya no parecía molestarle para nada. Llevé una de mis manos a su pelo, acariciándolo y soltando la coleta que llevaba; le quedaba realmente bien pero la visión de su pelo libre y suelto, adornando sus facciones como la melena de un león, me hizo querer besarlo con fuerza, morder yo sus labios y tocarlo más de lo que ya lo había hecho.

Jamás me había sentido así de atraído por nadie. Esto era completamente nuevo y me encantaba.

—Mghh… Ginga —quedé fascinado al oírlo susurrar mi nombre cuando di rienda suelta a uno de mis deseos y mordí su labio superior con cuidado.

Su mano subió de mi cintura, trazado mi torso hacia arriba, por el centro, con dos dedos; me provocó escalofríos y que la piel se me erizara con violencia… incluso el simple contacto con la tela me fastidió los pezones cuando estos se endurecieron.

Fue una sensación curiosa, nunca me había pasado así ni con la brisa fría que soplaba por la noche en las montañas de mi aldea.

Creo que Kyoya lo notó cuando dejó de besarme, porque me dirigió una sonrisa ladina, enseñando los colmillos, y luego bajó la cabeza hacia mi pecho, parándose a dejar un beso en mi mentón, una lamida en mi garganta y otro beso justo sobre el cuello de mi playera, la cual luego jaló con sus dientes para exponer parte mi pecho.
Entonces sopló justo sobre uno de mis pezones, su aliento caliente me hizo temblar de nuevo y justo cuando iba a preguntarle qué hacía, envolvió el pequeño botón endurecido con sus labios para un suave chupón.

La sensación de eso no fue como nada que hubiese experimentado antes, el aire se me escapó de la garganta -por suerte, en una exhalación muda- mientras que mi espalda se arqueó ligeramente de forma instintiva, a la vez que presioné su pelo hacia abajo.

Fue como… una ligera explosión de gozo.

Tuve que morderme el labio cuando, antes de soltarme por completo, su lengua dejó una suave lamida en mi pezón. Dejó entonces que la tela de mi camiseta se acomodara de nuevo y subió su rostro de vuelta frente al mío, relamiéndose los labios como si hubiera probado algo delicioso.

—Parece que eso te gustó —no sabía si era una pregunta o una afirmación, pero aun así asentí con la cabeza, no pudiendo vocalizar otra palabra aparte de su nombre —shhh, shhh. Tranquilo —rozó su nariz contra la mía de forma tranquilizante antes de volver a tumbarse de perfil en la cama —podemos seguir jugando después, ya es muy tarde —finalizó, ocultando un bostezo en mi hombro.

Kyouya bostezaba como un león.

—Dulces sueños, Kyouya —le sonreí, acomodándome en su abrazo.

—Descansa Ginga… no creo que esta noche tengas pesadillas —me dio un beso rápido y pude ver sus fieros ojos azules cerrarse al sueño.

— ¿Sabes qué? …Yo tampoco lo creo —añadí con una sonrisa y me permití cerrar los ojos, a la espera de que Kyouya se durmiera.

Mi decisión ya estaba tomada y no había vuelta atrás.

Continuará ...


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