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Un lugar como el hogar por Marbius

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Notas del fanfic:

Ah, un prompt nada original pero que a mi parecer le quedó como anillo al dedo a este pareja que tanto me gusta :)

I'll never give you away

'Cause I've already made that mistake

If my name never fell off your lips again

I know it'd be such a shame

When I take a look at my life

And all of my crimes

You're the only thing that I think I got I right

I'll never give you away

'Cause I've already made

Already made that mistake.

 

5 Seconds of Summer - Lover of Mine

 

1.- “¿Cuándo volverás a casa?”

 

Siempre había sido Shouto el que presagiara casi desde la salida de su primer single que los colocó en los primeros puestos de popularidad que el eslabón más débil no era otro más que Katsuki. Por supuesto que Katsuki lo había mandado al carajo y le había demostrado que él iba en serio con Class A, y lo ratificó con tres discos consecutivos que llegaron a los primeros lugares de venta en Japón. Class A se había convertido en una banda que gustaba a todos por igual sin importar su demografía, pues detalles como el sexo y la edad pasaban a segundo término cuando sus canciones sonaban en la radio y su fama subía como la espuma.

Por desgracia, Shouto no había estado bastante desencaminado en sus augurios funestos. No en balde era él el manager de la banda, y conocía a sus cinco integrantes tan bien como los cinco dedos de su mano derecha. Había sido él quien desde un inicio catalogara a cada miembro según su función en Class A.

Su primer contacto había sido Momo a los teclados, pianista de profesión, el dulce meñique que le confería a la banda delicadeza y elegancia con sus sonidos de acompañamiento. Denki jugaba el papel del dedo índice, señalando la dirección hacia la cual se dirigían dispuestos a todo. Tras el micrófono y con el bajo, Kyoka era el pulgar; la líder de la banda, que autorizaba o vetaba cada una de sus decisiones. Tokoyami asumía el papel del dedo anular, comprometido como nadie a ser la mejor segunda guitarra. Por último, estaba Katsuki, el temible dedo de en medio tras la batería, que como Shouto había calificado en más de una ocasión, cargaba consigo la fuerza de la banda, y era también la ofensa principal con la que tenían que lidiar los fans y los medios al conocer a Class A.

Furioso ante la frialdad con la que su manager había explicado su razonamiento y clasificación para los miembros de la banda, Katsuki se había esmerado como nunca en demostrarle cuán equivocado estaba, pero en realidad era su orgullo hablando cuando no le correspondía, porque Shouto había dado justo en el clavo.

—Eres un jodido dedo medio alzándose desafiante, admítelo —había repetido Shouto en más de una ocasión, y Katsuki lo había negado con cada oportunidad, pero los años y la convivencia habían terminado por obligarle a dar la razón a regañadientes.

A Shouto, no a Katsuki, que a finales de su sexto año en Tokyo había tenido que dar su brazo a torcer y admitir que era el miembro más problemático de la agrupación.

Luego de tres discos y una prometedora carrera que no hacía sino elevarse más allá de los límites que alguna vez habían considerado inalcanzables, Katsuki había despertado de pronto antes que nadie una mañana de febrero en que la banda tenía programado presentarse en un programa de variedades y empezado a hacer sus maletas.

Aturdido por la repentina realización de que no toleraba ni un minuto más de lo que hacía como carrera de vida, Katsuki empacó sin parar sus pertenencias más esenciales en una ligera maleta de hombro y apenas si reaccionó cuando desde la cama de al lado Tokoyami le preguntó qué hacía.

Katsuki no podría afirmar que eran amigos. No era personal. Tokoyami tocaba de maravilla la guitarra y le confería a la banda el toque preciso para que sus canciones no quedaran catalogadas simplemente como pop, pero era un tipo que no se metía en los asuntos de los demás y que en realidad convivía más con Denki que con él. Guitarristas los dos al fin y al cabo.

—Me marcho —respondió Katsuki sin perder ni un segundo en doblar una de sus camisetas más viejas y queridas.

—¿Lo sabe Shouto?

—No.

—¿Lo sabe alguien más?

—No.

—¿Estás dejando la banda?

—No... No lo sé con exactitud —replicó Katsuki, que se tomó un momento para pasarse las manos por el cabello y despeinárselo más—. ¿Puedo confiar que no darás alerta de mi partida hasta que salga del hotel?

Tokoyami se lo pensó unos segundos desde su cama y asintió. —¿Sabes a dónde irás?

—A casa.

—Necesitarás dinero. —Y no era una pregunta, sino un hecho, una oferta...

—Pf —desestimó Katsuki, que dinero era lo que menos le hacía falta.

—Si quieres al menos desaparecer por un par de días, harías bien en no dejar huellas. Una tarjeta de crédito es fácilmente rastreable. Es mejor moverte con efectivo.

Katsuki se palpó los bolsillos, pero no tenía caso. Shouto se encargaba de todo, finanzas incluidas, y aunque bien podría pasar por el banco y sacar unos cuantos miles de yenes, sería tiempo perdido del que en esos momentos no disponía.

Saliendo de su cama y rebuscando en sus pantalones de la noche anterior, Tokoyami le ofreció el contenido de su billetera. —Ten.

Observando los billetes, Katsuki preguntó: —¿Por qué?

No creía tener problemas con Tokoyami. Con nadie de la banda, de hecho. No al grado en que le ofrecieran dinero para marcharse justo un par de horas antes de tener que aparecer en televisión. Si aquella era la manera que tenía Tokoyami de expresar cuán poco le agradaba tenerlo en la banda, estaba jodido.

—Para qué son los amigos —dijo Tokoyami en su lugar, y al tomar Katsuki el dinero, usó su otra mano para sujetarlo por la muñeca—. Tú nunca has dado la impresión de estar en paz contigo mismo.

—No es asunto tuyo.

—Puede que no. Pero vuelves a casa, y cualquiera que sea ese lugar o dónde esté localizado, tienes asuntos pendientes por resolver ahí. Haz lo que tengas que hacer, y luego vuelve.

Katsuki chasqueó la lengua pero no denegó nada.

—Te daré 48 horas de ventaja antes de revelarle a Shouto tu paradero. ¿Crees que sean suficientes?

«No, ni un millón de años serviría», pensó Katsuki, pero en su lugar apretó la mandíbula.

—Tendrán que bastar.

Sólo entonces lo dejó ir Tokoyami, y el reloj empezó a correr una cuenta regresiva.

 

Musutafu no era la clase de ciudad que destacara por algo en particular. Su única virtud era encontrarse localizada a una hora en tren de Tokyo, y quizá por esa misma distancia que ahora resultaba tan corta, era que Katsuki se sentía avergonzado mientras miraba por la ventanilla y recordaba su ausencia que se prolongaba desde hacía seis años atrás, desde el verano en que había ganado una beca para estudiar en una prestigiosa escuela de música y había puesto un pie por última vez en el único sitio que podía catalogar de patria.

Al marcharse, Katsuki había dado por sentado que estaría de vuelta a finales del verano. Que a finales de agosto contemplaría de nuevo su silueta en el valle, rodeada de árboles y representando lo que para él era un hogar.

En cambio su retorno se había postergado cuando Momo se acercó a él después de clases y le preguntó qué tan bueno era con su instrumento. Katsuki no recordaba la respuesta que le había dado, quizá algo presuntuoso que a su yo adulto haría avergonzarse, pero Momo no se había sentido amedrentada, y en un mismo aliento le había preguntado si no estaba interesado en unirse a la banda que conformaba con unos amigos. La respuesta usual de Katsuki habría sido negarse. Él tocaba la batería porque le venía en gana, sin ninguna pretensión en particular. Un hecho que más de uno de sus maestros había intentado cambiar sin éxito porque al parecer tenía talento, pero Katsuki no lo consideraba así. En su opinión, el talento era tan común como la sal de mesa, y la única razón por la que se destacaba del resto de idiotas que con él acudían a clases de batería era su entrega al instrumento, las largas horas de estudio y práctica hasta ser el mejor.

Momo había vuelto una segunda vez a invitarlo a la banda que ella y sus amigos componían, y en esa ocasión había traído consigo a Denki, que no se cortó de retar a Katsuki con respecto a sus habilidades y si realmente éstas estaban a la altura de su música.

Una cosa había llevado a la otra, y Katsuki se unió a ellos de manera temporal mientras tenía duración el campamento de verano al que asistía. Pero claro, rara vez los planes salen como uno se los plantea, porque a mediados de agosto los abordó Shouto Todoroki con la intención de ofrecerles un trato en el sello discográfico de su familia y el resto, era como se dice, historia.

La vida le había ofrecido a Katsuki una oportunidad para triunfar, y él la había tomado a manos llenas, pero más veces que no se cuestionaba éste a qué precio. La fama y la fortuna les habían sonreído por igual, pero Katsuki creía visualizar muecas que se burlaban de él y sus aspiraciones pasadas. A la vuelta de los años, le experiencia le había enseñado que ni el reconocimiento ni el dinero traían la felicidad, no cuando de antemano ya la conoces y sabes que la has dejado ir...

—Maldito Deku... —Gruñó Katsuki entre dientes, la cabeza apoyada contra el cristal mientras observaba los campos de arroz convertirse de nuevo en ciudad.

Estaban por llegar a Musutafu, y al menos en el caso de Katsuki, a punto de confrontar el pasado que creía haber dejado atrás.

 

Aquel era un febrero particularmente helado. Ese año las temperaturas más bajas habían roto algunos récords en Japón, y Katsuki no podía estar más agradecido de su abrigo, guantes y bufanda en esos momentos. También de su gorro de lana, que se caló más allá de las orejas y que acompañó con unas gafas de sol para disimular su presencia.

Costaba creerlo, pero la popularidad de Class A era tal que Katsuki no tenía problemas para ser reconocido en las calles de Tokyo. Su rostro, junto con el del resto de los integrantes de la banda aparecía ya en numerosos videos musicales que sobrepasaban los millones de reproducciones, y lo mismo podía decirse del rating en cualquier programa en el que se presentaran.

Daba igual si Musutafu no era Tokyo, porque era la ciudad natal de Katsuki, y no tenía éste duda de que no bastaría demasiado para que alguien de sus primeros dieciocho años de vida cruzara su camino con él y lo reconociera.

De momento, Katsuki sólo quería aclimatarse a la ciudad y decidir un plan de acción para los próximos días.

Por descontado que se quedaría con sus padres, quienes seguro que conservaban su vieja habitación igual que si se hubiera marchado ayer y no tantos años atrás.

Reajustando la correa de su maleta atravesando su pecho, Katsuki se cuestionó no por primera vez por qué le había costado tanto desandar sus pasos y volver a casa.

Sus padres habían sido como cualquier otros. Masaru era el padre sumiso que servía como ancla para una esposa cuya energía era la chispa que mantenía el motor de aquel matrimonio en constante marcha. Eran felices, una pareja bien avenida a la que en opinión de Katsuki lo único que hacía falta eran un par más de críos sobre los cuales desbordar el exceso de su afecto.

Aquel no había sido el caso en la familia Bakugou. Katsuki había crecido como hijo único, un típico ejemplar independiente y un tanto precoz para sus años. Un crío que en cada etapa de su vida había visto alentados sus intereses sin parar. Ya fuera a los seis años cuando decidió ser mangaka y conseguir una publicación en la Shounen Jump, a los doce cuando estaba convencido de que participaría como atleta de carrera en los próximo juegos olímpicos, o a su entrada a la preparatoria cuando afirmó que sería el mejor baterista de Japón y conformaría una banda, Mitsuki estuvo a su lado alentando sus pasatiempos y dando todo de sí para ver sus sueños hechos realidad.

Así había sido siempre, pero en algún punto sobre la marcha, Mitsuki cambió. Y Katsuki con ella.

Tras llamar a casa y anunciar que no volvería a finales de agosto porque se quedaría en Tokyo el resto del año para probar suerte con la banda, Mitsuki se había mostrado entusiasmada por sus planes y dispuesta a apoyarlo. Masaru también, pero la fan #1 de Katsuki (después de Deku, claro está) siempre había sido su progenitora, y de ahí fue que éste reconoció el más levísimo cambio de matiz cuando apenas dos meses después al llamar a casa para contar las últimas novedades de su carrera (“hemos empezado a grabar un demo, nuestro primer single ya está sonando en las radios”), Mitsuki se mostrara dubitativa respecto a su futuro.

—¿Cuándo volverás a casa? —Preguntó a la menor oportunidad, y Katsuki replicó con irritación.

—No sé. A finales de años quizá, si la agenda no está demasiado apretada. Qué más da, pronto seremos famosos. Deberías estar feliz por mí.

Su entusiasmo tuvo un frío recibimiento, y eso contribuyó a que las llamadas semanales de Katsuki pronto perdieran su periodicidad. Luego fueron quincenales y después mensuales. En la actualidad, era un milagro que Katsuki llamara a casa un par de veces al año, y casi siempre era para un saludo rápido, informarse de los pormenores, y cortar la comunicación antes de que el tono casi siempre melancólico de Mitsuki lo impregnara todo.

Katsuki creía que no era su culpa. Al menos no del todo. Él había cambiado, sus padres también, y en la actualidad eran poco más que desconocidos a los que los unía un viejo amor del que no planeaban desprenderse por nada del mundo.

Mientras caminaba con rumbo al barrio donde la casa de su familia se encontraba localizada, Katsuki prestó atención a los sonidos y aromas que eran idénticos a los de su infancia. Si cerraba los ojos, era como viajar al pasado y rememorar el tiempo que había pasado ahí, creyendo que para él no había nada mejor que Musutafu y lo que la pequeña ciudad tenía para ofrecerle.

De todo corazón había creído Katsuki que crecería y envejecería en su ciudad natal, pues había poco fuera de sus limitaciones que le interesara. El cambio obviamente había llegado con su carta de aceptación en un curso intensivo de verano para perfeccionar sus habilidades tras la batería, y el resto no requería de mayores explicaciones tomando en cuenta el tiempo que le había tomado volver.

Él, que se había jurado volver, lo hacía por fin, pero con bastantes años de retraso.

—Y por eso, nadie espera mi retorno —masculló Katsuki para sí, a medias disfrutando de la libertad de la que gozaba en esos instantes.

Subiendo a través de una calle empinada que era el atajo perfecto hacia la casa de sus padres, Katsuki consultó la hora (apenas las 8:30) y se preguntó si valía la pena comprar un remedo de desayuno en alguna tienda de conveniencia o esperar. Sus padres con toda certeza se encontrarían ya de camino a sus trabajos, y aunque Katsuki todavía conservaba su llave y podía entrar a la casa sin problemas, no se sentía con ánimos de cocinar nada. En el pasado, relajarse en la cocina había sido uno de sus pasatiempos preferidos, pero ahora apenas si recordaba cómo sostener un cuchillo.

«Tienda de conveniencia será», pensó Katsuki al elegir la primera que se cruzó por su camino y entrar. Aquel local no existía cuando él todavía vivía en Musutafu, pero era idéntico a cualquier otra locación del país, así que con absoluta convicción de dónde se encontraban los onigiris repletos de curry extra picante que tanto le gustaban, se dirigió hasta el fondo de la tienda en el pasillo de alimentos empacados al alto vacío.

Parado frente al anaquel e indeciso acerca de comprar dos o tres (más valía pensar en el almuerzo), Katsuki no tuvo tiempo de reaccionar cuando una cría de aproximadamente cinco, quizá seis años, entró corriendo al pasillo en el que él se encontraba y frenó de golpe justo a tiempo para estrellarse contra su pierna. A Katsuki se le cayó la bolsa de onigiri que sostenía, y lo mismo hizo la cría al caer de culo y expresar su queja con un puchero.

—¿Estás bien? —Preguntó por compromiso. Al menos la cría no lloraba, y si conseguía ponerla en pie y actuar como si nada hubiera pasado, de paso se libraría de tener que lidiar con la furia de una posible mamá preocupada por el golpe.

La cría se incorporó con ayuda de Katsuki. —No fue nada.

—¿Eri-chan? —Llamó una mujer desde el pasillo de al lado, con toda seguridad la mamá de la cría, pero a Katsuki no le pasó por alto que hasta cierto punto reconocía ese timbre de voz.

—Oh, mierda —gruñó para sí, y la niña, Eri-chan, le reprendió.

—Papá dice que está prohibido decir palabrotas.

Dispuesto a dejar los onigiris para luego (o nunca; Katsuki no tenía planes de volver a esa tienda y los peligros que entrañaba), se dio media vuelta con intenciones de escabullirse, pero quiso su mala suerte que justo por ese pasillo apareció la mamá de Eri-chan, que no era otra sino Ochako Uraraka. La mejor amiga de su ex.

—Ahí estás, Eri-chan, y-... —Ochako se sobresaltó, porque a pesar de la indumentaria que Katsuki llevaba, ellos habían crecido juntos y era imposible no reconocerse—. ¿K-Katsuki?

—Ochako —replicó él con más frialdad de la que pretendía.

—Me caí, tía Ochako —dijo Eri, acercándose a la mujer y abrazándose a su costado—, pero este onii-chan me ayudó a levantarme.

—Ah, qué bien —dijo Ochako con rapidez, y dio un paso atrás—. Bueno, fue un gusto verte, Katsuki, pero tengo que marcharme.

Tras sus gafas de sol, Katsuki entrecerró los ojos. Aquello no le olía nada bien, pero no conseguía descifrar la repentina actitud nerviosa de Ochako. Por el comentario que había hecho antes la cría, Ochako no era su mamá sin su tía, pero hasta donde sabía, los Uraraka sólo tenían una hija, ¿así que de quién era realmente Eri?

—Se nos hace tarde, tía —confirmó Eri la necesidad de Ochako en salir cuanto antes de la tienda, y al levantar el rostro para mirarla, Katsuki comprendió.

Con dedos trémulos, se quitó las gafas de sol y contempló sin impedimento alguno a la niña que tenía frente a él y que de pronto le resultó fácilmente reconocible.

—No —intentó ponerse Ochako frente a Eri, pero era demasiado tarde, porque Katsuki ya había tenido un buen vistazo de la niña y unido las piezas del rompecabezas.

Sin lugar a dudas, Eri era una versión con apenas cambios de él mismo a esa edad, salvo por el cabello largo (aunque del mismo tono dorado de los Bakugou) y los ojos mucho más redondos que los suyos (idénticos a los de Izuku) pero con una pupila rojiza justo como la de su familia.

No había que ser un genio para llegar a la conclusión más obvia, y Ochako se mordió el labio inferior con saña.

—Ni se te ocurra decir nada —le previno, extendiendo un brazo en actitud protectora sobre Eri—. No te incumbe en lo absoluto.

—Tienes que estar de broma...

—Mira —enfatizó Ochako, desviando los ojos hacia Eri, que no comprendía la clase de situación en la que los adultos se encontraban pero intuía que no podía ser del todo buena por el aire enrarecido que se respiraba entre ellos—, no me corresponde a mí darte explicaciones de lo que pasó. Si quieres la historia completa, tendrás que hablar con Izuku y hacerlo en sus términos.

—¿Y dónde está él exactamente?

—En la guardería —respondió Eri con ligereza—. Papá trabaja con los niños más pequeños. Yo ya soy niña grande y por eso papá me dejó al cuidado de la profesora Mina.

—¿Así que Mina también está involucrada? —Preguntó Katsuki con los dientes apretados.

—Oh, te sorprendería saber quiénes están al tanto y prometieron guardar el secreto —respondió Ochako, levantando el mentón y dejando claro que no iba a dejarse amedrentar por él—. Si sabes lo que te conviene, te mantendrás alejado, pero si no...

—¿Si no qué? —Gruñó Katsuki, y el efecto no fue el esperado. Ochako se mantuvo firme en sus trece, pero Eri le tomó la mano y escondió el rostro contra su pierna.

Al instante lamentó Katsuki su lapsus. Él era mejor que eso, él había aprendido a controlar mejor su carácter gracias a Izuku, e incluso después de su rompimiento había intentado conservar esa enseñanza sin importar qué.

—Tus padres están al tanto de lo que ocurre —dijo Ochako, más conciliadora que antes y acariciando la cabeza repleta de cabello rubio de Eri—. Empieza hablando con ellos, y después quizá puedas tomar la decisión correcta. Yo por mi parte le diré a Izuku que te vi y estás de vuelta en Musutafu, pero no puedo prometer más que eso.

—No estoy de vuelta, sólo... Vine, y ya está —masculló Katsuki, cuestionándose a qué precio su capricho de retornar a Musutafu les iba a costar sufrimiento a todos los involucrados.

—En ese caso, no molestes a Izuku si no piensas hacer nada. Él ha reconstruido su vida alrededor de tu ausencia, y no necesita ningún recordatorio de la falta que le haces. —Una pausa—. Me alegro que estés bien, Katsuki, pero no del todo porque hayas vuelto ahora que las aguas están en calma. Ven, Eri-chan.

—Sí, tía —aceptó la niña, que mirando una vez por encima de su hombro con esos ojos que no dejaban lugar a dudas de quiénes eran sus dos padres, le hizo un gesto tentativo con su manita.

Ya fuera que se tratara de un saludo, Katsuki lo interpretó como una despedida, y decidió ahí mismo que no podía dejar que fuera la definitiva.

Olvidando los onigiris que pensaba comprar, salió de la tienda con la firma intención de aclarar qué demonios ocurría. Qué había ocurrido en su ausencia.

Qué era de Izuku, y por qué carajos no le había informado que era padre de una niña que tenían en común.

 

Katsuki no encontró cambios mayores en el hogar de su infancia. Sus padres habían remodelado la cocina y cambiado el televisor, agregado además una nueva unidad de aire acondicionado a la planta baja, pero era todo. El resto seguía tal como lo recordaba.

A medias había atinado con el estado de su habitación, pues si bien se encontraba tal y como la había dejado al partir tantos años atrás, también ahora era una especie de bodega donde cajas y más cajas se apilaban en los espacios libres. Con un presentimiento en la base del estómago mientras se cuestionaba por qué todo eso no estaba en la habitación de al lado, Katsuki terminó yendo ahí para investigar y se topó con que el cuarto que sus padres utilizaban de bodega era ahora una especie de habitación infantil pero sin mucho uso. Había una cama individual de cobertor rosa pálido, un par de muñecas, y en el armario unos cuantos cambios de ropa que revelaban sin más qué uso se le daba. Y para quién. Pues la puerta tenía una pizarra en donde con letra infantil la misma Eri (¿quién si no?) había escrito su nombre.

Aquel era el cuarto de Eri, pero no donde pasaba la mayor parte de su tiempo, a juzgar por lo prístino de su condición y que faltaban cosas esenciales, como su mochila, uniforme y otros enseres de tipo personal.

Ansioso por obtener respuestas, Katsuki marcó al número de su papá, y Masaru contestó al cabo de un par de tonos para marcar.

—¿Hola, Katsuki?

Éste articuló un gruñido.

—¿Todo bien, hijo? No esperaba tener noticias tuyas tan pronto. Llamaste apenas la semana pasada. ¿Cómo va todo en Tokyo? Te vimos anteayer en ese programa de amenidades, buenas respuestas.

Katsuki se cubrió los ojos con una mano, y dejó que su corazón guiara sus siguientes palabras.

—¿Por qué no me lo dijeron?

—¿Katsuki?

—Estoy en casa, papá, y... ¿Por qué?

Pero el silencio que siguió a la línea lo explicó todo.

 

Masaru prometió volver a casa lo antes posible, pero fue Mitsuki quien arribó primero a su hogar y encontró a Katsuki sentado frente a la mesa de la cocina y con la mirada perdida.

—Así que te has enterado —dijo con cansancio al dejar su bolsa colgada en el respaldo de la silla, y sin preguntar, empezar a preparar tres tazas de té.

Mientras la observaba moverse de aquí a allá en la cocina, abriendo cajones y gabinetes en lugares completamente diferentes a los que recordaba para encontrar las tazas y el té, Katsuki apreció los cambios ocurridos en su progenitora desde la última vez que la viera. Mitsuki todavía se conservaba joven y activa en sus movimientos, pero ahora disimulaba las canas con un tinte que se asemejaba bastante a su tono natural pero no del todo. Había subido uno o dos kilos a lo sumo, pero no le sentaba mal. No para ser abuela al menos, y la noción de aquella información provocó en Katsuki la necesidad de golpear la mesa con los dos puños y exigir una respuesta.

—¿Por qué, uh? —Preguntó alzando la voz—. ¿Por qué soy el último en enterarse?

Mitsuki primero llenó la tetera con agua y la colocó en la estufa antes de darse media vuelta y cruzada de brazos mostrar mucho más autocontrol que él.

—Porque Izuku así lo pidió.

—¿Entonces es Deku el que toma todas las decisiones?

—Tratándose de Eri y como su único padre, sí.

—Oh, corta esa mierda. Ambos sabemos que esa cría es mía. Tiene mis ojos y mi cabello, y de no ser porque es una niña sería idéntica a mí a esa edad.

—¿Entonces la conociste?

—Estaba con Ochako en la tienda. Por un segundo creí que podría ser su hija, pero entonces... —Katsuki cerró los ojos unos segundos y los apretó con fuerza. Sobre la frente, una banda de tensión le hacía sentir al colapso de una jaqueca—. ¿Por qué?

Su pregunta podía aludir a muchas interrogantes.

¿Por qué nadie le había informado que era padre?

¿Por qué todos parecían de acuerdo en robarle ese derecho?

¿Por qué era un secreto del que tenía que enterarse de la peor manera posible?

Mitsuki lo entendió, y englobó una única respuesta que por supuesto no dejó a Katsuki complacido.

—Te marchaste para no volver. E Izuku fue demasiado bueno contigo al ofrecerte una salida fácil al lío en el que lo metiste y dejaste solo. Dijiste que querías probar suerte con una banda y que sus oportunidades de conseguirlo eran minúsculas, pero Izuku creía en ti. Incluso a costa de su propia felicidad.

—Eso no lo justifica. En lo absoluto.

—Puede ser. Pero te marchaste, Katsuki. Perdiste tu oportunidad de elección cuando no volviste a finales de diciembre como habías prometido. Izuku te esperó por el resto de ese año, pero ni siquiera llamaste... No escribiste a casa ni una vez. ¿Sabes lo vergonzoso que fue explicarle a Izuku que no había ninguna tarjeta por Año Nuevo de tu parte, uh? ¿O que tampoco preguntabas por él cuando llamabas a casa?

Katsuki apretó los dientes, y Mitsuki le dio la espalda para colocar el té en las tazas.

—Antes de que la tomes en su contra y tomes cualquier decisión, habla con Izuku primero.

—Eso pienso hacer —gruñó Katsuki—, esto no puede quedarse así porque-...

—No adoptes el papel de víctima —le interrumpió Mitsuki, que al silbido de la tetera comenzó a servir el agua en las tazas—. Izuku ha sido quien consiguió salir adelante con un bebé a cuestas, y ha hecho lo mejor posible por Eri a pesar de sus limitaciones.

—¿Es que no lo ayudaron? ¿Qué clase de abuelos son ustedes? ¿Y qué pasa con Inko?

Mitsuki se dio media vuelta, y depositó frente a Katsuki su taza humeante de té.

—Lo mismo puedo preguntarte a ti, ¿dónde estabas y por qué te fue tan fácil marcharte para no volver?

—Yo... —Pero Katsuki no tenía una respuesta.

La oportunidad se había presentado, y él sin más la había tomado.

 

Al principio es una especie de broma, un reto personal en el que en realidad no quiere participar. Katsuki cree que su talento en la batería es especial, al menos en Musutafu donde son pocos los que practican ese instrumento en particular, pero Tokyo es una ciudad enorme, y en caso de exponerse, corre el riesgo de descubrir que no es tan genial como piensa, como Izuku afirma de corazón que es.

Sin embargo, acepta grabar un video y enviar su solicitud a la Escuela de Música Plus Ultra como parte de un campamento de verano. Cada año la escuela ofrece una plaza por cada instrumento, y el alumno seleccionado pasa tres meses en Tokyo con todos los gastos cubiertos mientras asiste a clases y se prepara para un recital de fin de curso. Katsuki lo sabe todo gracias al folleto instructivo que Izuku colocó en sus manos y que ahora mantiene escondido bajo su almohada y repasa cada noche antes de dormir.

Con apenas dos días antes del cierre de la convocatoria, Katsuki consigue enviar su solicitud y en apariencia desentenderse del concurso. Mentalmente, en realidad pierde un par de noches de sueño antes de que Izuku consiga distraerlo con su vida cotidiana.

Aquel es un año de hacer planes. Después de su graduación en marzo, los dos ya tenían plazas en una universidad local, pero Izuku no ha parado de mencionar que después de la graduación está interesado en ingresar en la Academia de Policía. La lista de requisitos no es corta, pero eso no lo desanima, del mismo modo en que provee de una entereza inquebrantable para apoyar a Katsuki a conseguir sus sueños.

Es con esa misma sonrisa en el rostro que a mediados de mayo, cuando Katsuki recibe la noticia de haber sido aceptado como alumno becado para el verano, que Izuku lo alienta a asistir.

—¡Nunca tendrás una oportunidad como esta en la vida, Kacchan! —Dice con entusiasmo, más feliz por la misiva que el propio Katsuki.

—Mmm, no sé... Tres meses suenan a demasiado tiempo —es la respuesta de Katsuki, que todavía no puede creer su suerte.

—El tiempo en Tokyo pasará volando.

—Ya, pero no podré verte.

—Oh, vamos —le alienta Izuku, sentándose a su lado en la cama y apoyando su mentón sobre su hombro—. Quizá pueda escabullirme algún fin de semana y visitarte.

Es una idea, pero ambos saben que no es factible. Izuku ha conseguido un trabajo para ese verano ayudando a limpiar una playa que se ha convertido en vertedero, y si quiere conseguirlo antes de septiembre, primero tendrá que dar todo de sí para hacerlo realidad.

Katsuki habría preferido quedarse en Musutafu y que Izuku hubiera rechazado esa oferta, pero la suma de ambos factores es la que le da el empujón final.

Respondiendo a su invitación en la Escuela de Música Plus Ultra con una aceptación de pasar con ellos el verano, sella así su suerte y la de Izuku.

También de la pequeña Eri que ninguno de los dos sabe todavía que ya está en camino.

 

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