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Amor Yaoi
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Rivales por FiorelaN

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Notas del capitulo:

No es mi primer fanfic yaoi, pero ya no existen aquellos que escribí hace como ocho años. Este fanfic es una remasterización de “Miedo a las tormentas”, un fanfic súper viejo que no logré terminar en su momento, aunque le cambié muchas cosas y agregué otras más.

Este es un KyoyaXGinga, sino te gusta, a chupar limón a otro fanfic.

 

Aclaraciones:

—Diálogos—

“Pensamientos”—

 

¡Disfruten!

Prólogo

Habían pasado apenas unos meses desde la derrota del Dios de la Destrucción, Némesis. La mayoría de los bladers había continuado con su vida cotidiana. Los miembros del equipo Wang Hu Zhong continuaban en China entrenando duramente en el Templo Beylin para mejorar sus habilidades, y, como era de esperarse, formaron una alianza con el Puño Beylin, formando nuevos lazos de amistad. Los demás bladers, como Julian, Wales, Sophie y Klaus en Europa, Nile y Damure en África, Tsubasa, Ginga y Madoka en Japón habían comenzado a trabajar en diferentes actividades informativas para la WBBA. Todos, desde sus puntos geográficos, cooperaban de alguna forma. Por otro lado, Masamune continuaba mejorando junto a Zeo, Toby y Rey en Estados Unidos. En cuanto a Chris, había sido contratado por la WBBA para trabajos especiales de investigaciones. Kyoya, por otro lado, había estado entrenando duramente junto a Benkei en un lugar remoto y desconocido, donde perfeccionó aún más en profundidad sus técnicas, pero hacía unos días que había regresado a la ciudad por pedido de Ryo, quien le había pedido colaborar con la WBBA, pero éste se negó. Allí encontró a Madoka, quien le ofreció retocar a Leone, y éste accedió algo reacio. Finalmente, decidió quedarse un tiempo en la ciudad al saber que Ginga también se encontraba ahí para poder desafiarlo y tener una batalla con él.

A partir de ese punto, descubriremos qué es lo que sucede más adelante, pues comenzarán a pasar cosas inesperadas entre los personajes y descubrirán las verdaderas razones de sus acciones anteriores a la batalla con Némesis, dando respuestas a varias dudas con respecto a sus sentimientos.

 

Continuar hacia el capítulo 1…

 

Capítulo 1: “Ojos zafiro”

 

La paz y la calma que colmaban su ser entero en aquel día tan pacífico y soleado, en la maravillosa ciudad, acompañaban su andar sereno y tranquilo por las calles.

Estaba inmerso en sus pensamientos mientras se dirigía al local de su amiga mecánica para recoger su bey Pegasus, quien había estado en mantenimiento para afinar su balance. Pensaba en ciertas cosas que le habían sucedido a lo largo de todo ese tiempo, desde que conoció a sus amigos hasta ese día. Habían ocurrido tantas cosas en el planeta que habían tenido que enfrentar y superar juntos. Nada era igual desde que conoció a ese maravilloso grupo, en especial a su gran y ferviente rival, Kyoya Tategami.

Había habido ciertos episodios entre Ginga y Kyoya que hacían que Ginga analizara a fondo en sus pensamientos algunos comportamientos de su amigo, pues así lo consideraba, aunque Kyoya no lo quisiese admitir. También veía a todo el grupo como sus grandes amigos. Analizaba el por qué tan fervientemente Kyoya deseaba derrotarlo, aunque pareciese normal que Kyoya deseara vencer a un oponente tan fuerte y se sintiese frustrado al no conseguirlo hasta el momento. Tal vez se había obsesionado con la idea de vencer a Ginga o con el mismo Ginga. Ginga se preguntaba: Obsesionado estaba, pero… ¿con la idea de vencerlo o con su persona? No estaba viendo demasiada sanidad en la idea de obsesión por ninguna de las dos cosas, pero así era Kyoya con un objetivo. También notaba que, ante otros rivales suyos, Kyoya se mostraba posesivo con el joven de cabellos rojizos. ¿Posesivo del puesto número uno en vencerlo o posesivo con el propio Ginga? Aunque, al final, quitó de su mente tales ridículas preguntas, pues se dijo a sí mismo que era sólo una impresión propia de notar a Kyoya posesivo y, si lo era, solamente era posesivo con el primer puesto de rivales en el beyblade.

Ya no se encontraba tan lejos del lugar donde debía llegar, pero un viento un tanto frío comenzó a soplar y trajo rápidamente a la ciudad unas oscuras nubes tenebrosas que cubrieron el cielo tan pronto que no pudo siquiera alcanzar a despedirse del último fragmento azul que había mostrado el cielo.

—Oh, no. Debo darme prisa o comenzará a llover—dijo y comenzó a correr para apresurarse.

Pero, inmediatamente, mientras sus pies se dirigían acelerados hacia la tienda de Madoka, el cielo se iluminó y eso hizo que Ginga se detuviese en seco. Seguidamente, el cielo se estremeció en un ensordecedor estruendo que paralizó el cuerpo del jovencito pelirrojo. Una corriente eléctrica de nerviosismo y frío congelante recorrió toda su espalda, estremeciendo todo su ser por completo. El miedo se había apoderado de su frágil cuerpo sin permiso. Luego de eso, el mismo miedo hizo que comenzara a correr de nuevo mientras lanzaba algunos gritos al aire aterrado.

El cielo se abrió y el agua comenzó a caer como si se tratase de una fuente infinita que se había roto, derramando su interminable contenido sobre aquella ciudad y sobre Ginga, empapándolo por completo en el corto trayecto que le quedaba.

Llegó a la tienda e intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada por alguna razón que desconocía. Se puso a pensar en la idea de que tal vez su amiga no estaba y eso lo desesperó. Lo único que pudo hacer al volver a oír un fuerte rayo caer a la tierra fue…

—¡Madoka! ¡Ábreme, por favor! —gritaba despavorido mientras azotaba la puerta con los puños.

Desde la perspectiva de alguien que pudiese verlo, parecía que a Ginga lo venía persiguiendo un asesino que deseaba clavarle un hacha en la espalda, y eso era porque Ginga miraba hacia atrás y hacia todos lados frenéticamente mientras golpeaba la puerta desesperado.

—¡MA-DO-KA! ¡ABREME! ¡TE LO SUPLICO!

En ese instante, comenzó a gritar aún más fuerte. De pronto, se oyó el ruido de las llaves girar en la cerradura y Ginga continuaba gritando.

—¡Aaaaaaaaah! ¡Ábreme ya!

La puerta se abrió. Madoka, quien parecía que había estado durmiendo, pues se tallaba los ojos, no entendía nada de lo que estaba pasando. De pronto, otro rayo estremeció la tierra al caer y Ginga, apenas se abrió la puerta, entró desesperado a la tienda y se dirigió directamente hacia el sótano.

—¿Ginga? ¿Qué es lo que te sucede? ¿Por qué golpeabas así la puerta mientras gritabas como loco? —le decía Madoka mientras iba detrás de él luego de cerrar la puerta.

Encontró a Ginga en el sofá del sótano en posición fetal agarrándose la cabeza con las manos mientras apretaba los dientes.

—¿Qué tienes? —preguntó preocupaba y confundida.

—¡No me gusta este día! ¡Es horrible! —gritó en respuesta sumamente aterrado.

—¿No te gusta la lluvia?

—¡No me gustan las tormentas! ¡Sólo quiero que deje de llover y salga el sol! ¡Las detesto!

—Estás todo mojado. Vas a resfriarte si te quedas así—le dijo casi a modo de regaño—Voy a traerte una toalla y veré qué puedo prestarte para que te cambies. No puedes quedarte con esa ropa mojada. Ya relájate, estás adentro, nada va a pasarte. No temas.

Madoka se dirigió escaleras arriba para ir a buscar lo prometido a Ginga.

Los truenos ya no se oían con tanta intensidad desde el sótano, pues tampoco caían tan cerca. Ginga comenzó a relajarse un poco y se quedó sentado en el sofá sintiéndose más aliviado por el hecho de estar en un refugio y no allí afuera, expuesto a la tempestad.

Comenzaba a recuperar su calma lentamente, aunque seguía con inseguridad y miedo naturales de su astrafobia, es decir, fobia a las tormentas, pero ya sabía que se encontraba en un lugar seguro y alejado de cualquier cosa mala que pudiese pasar.

Recorrió con su vista todo el lugar y llegó hasta el escritorio de su amiga, donde vio a Pegasus, tan solitario sobre aquel escritorio. Se puso de pie y lo tomó con su mano, donde permaneció alrededor de un minuto, pues Ginga miró con detenimiento cada perfecto y maravilloso detalle de su increíble bey, pues Madoka no sólo le había ajustado el balance. Al parecer, lo había dejado impecable. Finalmente, lo guardó en su portador.

Desde el sótano, pudo oír el ruido de la campanilla de la puerta de la tienda cuando alguien la abría, pero no le dio importancia, ya que podía ser algún cliente. Un momento más tarde, comenzó a oír cómo alguien bajaba por las escaleras. Ginga se encontraba nuevamente sobre el sofá, sentado. Dirigió sus ojos hacia las escaleras, pero, al ver a la persona que estaba bajando, se dio cuenta de que no era Madoka, como había supuesto, pues era otro jovencito de cabellos verdes que muy bien conocía.

—¿Kyoya? —preguntó sorprendido al verlo—¿Qué haces aquí? —inquirió curioso.

Kyoya estaba empapado de la punta de sus rebeldes cabellos hasta su calzado. Había dejado un rastro de agua por donde pisaba. Bajó completamente al sótano y quedó frente a Ginga. La figura de Kyoya completamente empapado lo hacía ver bastante atractivo para la mirada de cualquiera y Ginga acababa de descubrir en ese mismo instante, al ver a Kyoya de esa manera, mirándolo, que ese chico era increíblemente irresistible para su persona.

Ginga se quedó estupefacto mirando a Kyoya y no pudo evitar sonrojarse y olvidarse por un momento de absolutamente todo a su alrededor. Lo miraba de abajo hacia arriba y miraba sus ojos zafiro que parecían tener algún poder hipnótico. Kyoya pudo darse cuenta enseguida de que Ginga no apartaba la mirada de su persona y comenzó a sentirse algo incómodo.

— ¿Qué es lo que tanto miras? —preguntó con cierta molestia.

— ¿Eh? —reaccionó Ginga y sacudió su cabeza.

Kyoya se dio cuenta de la humedad de los cabellos rojizos de Ginga, su ropa empapada que se pegaba a su delgado y delicado cuerpo, sus ojos que no dejaban de mirarlo y el sonrojo que se había pintado en sus mejillas. Eso hizo que apartara la vista y mirase hacia otro punto del lugar, pues no resistía ver a Ginga de esa manera. Quería aplacar cualquier sensación que le produjese el jovencito pelirrojo, pues no debían existir tales sensaciones en su interior.

—He venido hasta este lugar solamente para buscar a Leone. Madoka insistió en que necesitaba algunos retoques—contestó a la anterior pregunta de Ginga.

—Ya veo… Te has mojado mucho. Llueve como nunca afuera—comentó Ginga.

—Es sólo agua.

En ese instante, oyeron pasos en la escalera y, al ver hacia ese lugar, vieron a Madoka bajar con una toalla en las manos.

—Ginga, aquí te traigo la toalla—dijo Madoka mientras terminaba de bajar las escaleras, pero, en ese instante, vio a Kyoya—Kyoya, también estás aquí. ¿Vienes por tu bey?

—No tengo otra razón por la cual venir a este lugar—respondió cruzándose de brazos.

—Ay, bueno—dijo Madoka entregándole la toalla a Ginga.

Madoka se dirigió hacia su escritorio y abrió un cajón donde se hallaba Leone completamente reluciente. Le entregó el brillante bey a su dueño y Kyoya lo observó unos segundos para después guardarlo en su bolsillo. Después de eso, Kyoya se dirigió hacia las escaleras.

—Espera, Kyoya—lo detuvo Madoka—Afuera llueve demasiado, ¿por qué no te quedas un poco? También puedo traerte una toalla para que te seques y podrías hasta quedarte a comer con nosotros. No querrás enfermarte—le sonrió amablemente.

—Es cierto, Kyoya. Por favor, quédate con nosotros, digo, para que no te enfermes—le dijo Ginga con una sonrisa.

Kyoya se quedó pensativo un instante. Deseaba quedarse, pero su orgullo impedía que siempre diera la respuesta que realmente quería dar. Al mirar el rostro de Ginga tan sonriente, no pudo evitar apartar su mirada con una expresión de irritación intentando dominar los sentimientos que el pelirrojo le causaba. Hasta que por fin soltó.

—Está bien—escondió su agrado tras un falso hastío, como si sólo aceptase para que lo dejaran de fastidiar—Pero no crean que pasaremos un gran momento entre amigos. Tampoco es que me afecte demasiado un poco de agua.

—Pero podrías resfriarte, además de que está comenzando a hacer algo de frío—dijo Madoka.

—Sí, sí…—dijo harto Kyoya.

—Te traeré una toalla para que te seques. Ya vuelvo.

Kyoya se quedó parado cerca de las escaleras mirando hacia la nada.

—Qué bien que hayas decido quedarte con nosotros, Kyoya—dijo alegremente Ginga sonriendo.

—Sí, como digas—contestó con indiferencia.

Ginga se comenzó a secar la cara con la toalla y, enseguida, después de hacerlo, se comenzó a quitar la bandana que siempre llevaba en su cabeza. Jamás Kyoya lo había visto sin ella y no pudo evitar mirar de reojo cómo los cabellos húmedos de Ginga comenzaban a caer delicadamente sobre su angelical rostro que se volvió a empapar con el agua que estos chorreaban. Inmediatamente, Kyoya apartó la vista apretando los dientes y marcando el músculo de su mandíbula. Ginga prosiguió a llevarse la toalla hacia sus cabellos y comenzó a frotarla contra ellos. Los cabellos de Ginga quedaron completamente despeinados, haciendo que el muchachito se viera increíblemente adorable. De nuevo, Kyoya no pudo evitar mirarlo de reojo sin que Ginga lo notara, pero, para su mala suerte, Ginga volteó a ver a Kyoya y se percató de que éste lo estaba mirando. Kyoya apartó rápidamente la mirada e hizo parecer que era imaginación de Ginga el haberse encontrado con esos ojos azules tan intensos. Las pulsaciones de Kyoya se aceleraron un poco ante esa situación de descuido.

—Aquí estoy de nuevo, chicos—dijo Madoka bajando las escaleras—Aquí tienes, Kyoya—le entregó la toalla.

—Sí—dijo simplemente y le arrebató la toalla de las manos.

—Tan delicado como siempre—se quejó Madoka.

Kyoya comenzó a secar sus cabellos empapados, los cuales quedaron bastante despeinados, y su cara rápidamente ante la mirada de Ginga, el cual se sonrojó un poco más al ver a Kyoya algo despeinado. Ginga comenzó a prestar especial atención a cómo Kyoya llevó la toalla hasta el cuello y comenzó a secarlo casi en cámara lenta para los ojos de Ginga, y a velocidad normal ante los ojos de Madoka. Ginga apartó un poco la vista, ya que resultaba un poco obvio el haber estado mirándolo con cara de hipnotizado ante cada movimiento que hacía el jovencito de cabellos verdes.

—Ten—dijo Kyoya entregándole la toalla a Madoka.

—Muchas gracias, Madoka—le dijo Ginga también entregándole la toalla.

—De nada—les sonrió—Voy a preparar la cena, les haré un delicioso Ramen caliente para combatir el frío y viene muy bien en un día lluvioso como este.

—Delicioso. Gracias, Madoka—le sonrió Ginga poniéndose nuevamente la bandana.

—¿Por qué no se dan una ducha caliente mientras yo preparo la comida y les seco la ropa? De esa forma no se van a enfermar Deben tener el cuerpo frío. Una ducha caliente resolverá el problema—les sugirió sonriente la muchacha de ojos celestes.

—Está bien, no es mala idea. Gracias por todo, Madoka. Eres la mejor—le sonrió Ginga.

—¿Qué dices, Kyoya? —le preguntó Madoka.

—Con tal de que no sigas fastidiándome, está bien—contestó cerrando los ojos y se cruzó de brazos.

Kyoya deseaba con toda su alma una ducha caliente, porque estaba comenzando a sentir bastante frío y la ropa húmeda y fría pegada a su cuerpo comenzaba a darle una sensación extraña.

—De todas formas, he pasado por cosas mucho peores que un tonto resfriado por haber estado bajo la lluvia—añadió molesto.

—Muy bien. Suban al departamento—dijo Madoka antes de subir de nuevo las escaleras.

Ginga se puso de pie y comenzó a dirigirse hacia las escaleras junto con Kyoya, quien también había comenzado a subirlas después de que Madoka se fuera.

En ese preciso instante, un rayo cayó demasiado cerca y, al parecer, cayó sobre los cables de luz que había justo fuera de la tienda, lo cual provocó un apagón en toda la tienda y que Ginga gritara tan fuerte que casi dejó sordo a Kyoya, además de que, casi por instinto, se abalanzó hacia su cuerpo, haciendo que éste se diera contra de la pared y casi tropezara en los escalones. Ginga estaba abrazado a Kyoya como si fuese un niño pequeño. Kyoya se quejó de dolor al golpear su cuerpo contra la pared y sintió a Ginga abrazado a él temblando de miedo. Fue inevitable no sentir algo más, además de molestia hacia Ginga por lo que acababa de provocar. Su corazón se aceleró un poco por el contacto de sus cuerpos tan pegados y empapados. Pronto, sus cuerpos comenzaron a sentir el calor del otro y eso provocó en Kyoya una sensación que jamás experimentó. Pero, inmediatamente, reaccionó.

—¡Apártate de mí! —se arrancó a Ginga bruscamente—¿Es en serio? ¿Qué te pasa?

—L-Lo siento, Kyoya…—se apenó Ginga todavía temblando de miedo y palideciendo al darse cuenta de lo que había hecho.

Kyoya se dio cuenta de que, a causa del estruendoso rayo, Ginga se había asustado de esa forma, lo cual le parecía increíble. Jamás había pensado que alguien como Ginga, que no se asustaba ante ningún rival, aunque éste amenazase con destruir todo el mundo, les tuviese miedo a los truenos.

—No puedo creer que le tengas miedo a un simple trueno—dijo mientras sonreía de forma burlona—No me digas que también le tienes miedo a la oscuridad.

—Yo… bueno, tan sólo un poco—dijo aún más apenado.

—Qué patético eres, Ginga. Esperaba un poco más de ti, ¿sabes? No creí que eso fuera contigo —le dijo algo decepcionado—Iré a ver qué pasa con la electricidad.

Kyoya decidió continuar subiendo las escaleras, pero sintió un leve tirón en su gabardina.

—Espera, te acompañaré. No quiero quedarme solo aquí—le suplicó.

—Ya deja de comportarte como un niño—se jaló la gabardina para que Ginga la soltase.

—No soy un niño. Sólo tengo miedo ¡Es normal sentir miedo! ¿Acaso tú no le temes a nada? —le dijo Ginga molesto e irritado como un niño pequeño haciendo berrinche.

Aunque estaba oscuro, Kyoya sabía perfectamente dónde se encontraba Ginga, así que lo tomó de los hombros y lo dio contra la pared estando ambos aún a mitad de las escaleras. Ginga se quejó de dolor un poco, sintiendo aún más miedo y, además, sorpresa por la reacción de Kyoya.

Kyoya estaba muy cerca del cuerpo de Ginga por el reducido espacio y tenía aprisionado a Ginga contra la pared sosteniéndolo de los hombros. Ambos estaban en absoluto silencio. La respiración de Kyoya lentamente comenzaba a acelerarse y la de Ginga estaba completamente acelerada por el miedo. Ginga tenía los ojos apretados y estaba completamente inmóvil. Kyoya lo sabía. Estaba a su merced, completamente indefenso. Lo había capturado como un león capturaba a su presa y Ginga era su presa, y no tenía ninguna escapatoria.

Kyoya comenzó a acercar el rostro a Ginga, quien le parecía completa y absolutamente irresistible, aunque intentaba mantener el control negando esos sentimientos. Kyoya se sentía como un león hambriento a punto de devorar a su presa, pero era un león que debía contenerse con todas sus fuerzas, aunque le costase lo que fuera.

Ginga no podía ver cómo Kyoya acercaba su rostro al de él, pero podía comenzar a sentir su cálido aliento algo agitado sobre sus propios labios.

—Ky-Kyoya…—dijo Ginga jadeando un poco.

—Hay algo que debes entender—comenzó a decir y Ginga sintió repentinamente el cálido aliento de Kyoya en su oído derecho—Yo no le temo a nada ni a nadie, ¿lo comprendes?

—S-Sí… Kyoya…—respondió tembloroso.

Kyoya soltó a Ginga inmediatamente. Desapareció en la oscuridad, pues Ginga no lo encontró al estirar sus brazos. Era como si se hubiese esfumado.

Ginga se quedó atónito y confundido ante la situación que había experimentado. Jamás había visto a Kyoya actuar de esa forma y jamás pensó en que él podría hacer una cosa como esa, pero… ¿Qué hizo? Sólo le dijo que él no le temía a nada ni nadie, ¿o lo perturbaba el hecho de que lo había sujetado y aprisionado para decírselo? Acercarse tanto hasta el punto de sentir su respiración en su boca y luego susurrarle al oído esas palabras. Estaba realmente confundido. ¿Por qué Kyoya haría eso de esa manera?

Ginga hacía bastantemente que había comenzado a sentir un profundo sentimiento de amistad por Kyoya. Exactamente se dio cuenta de aquel profundo afecto que le tenía cuando éste fue a buscarlo a la aldea Koma junto a los demás; cuando tuvo su apoyo en la batalla contra Reiji y chocaron sus puños; cuando derrotaron a cada enemigo que se les cruzó por delante, juntos. Siempre estuvieron juntos. Kyoya siempre estuvo ahí para ayudarlos en todo momento.

Ginga pensó en ese instante, entonces, que Kyoya debía sentir algún afecto por el grupo de amigos también para estar siempre que han necesitado de su fuerza. Algún afecto por ellos; por él. Estaba empezando a convencerse de que Kyoya lo quería, pero… ¿de qué forma? Como un compañero de batallas, como un amigo, como un hermano, o… como Ginga lo quería. Pero disipó esos pensamientos. Kyoya jamás querría a Ginga como Ginga lo quería porque Ginga…

—Porque yo lo amo…—dijo en un susurro casi imperceptible.

Sólo la oscuridad de aquel lugar fue testigo de esa confesión. Jamás se había atrevido a pensar en esa posibilidad y en aceptar sus sentimientos. Lo que Ginga sentía por Kyoya era amor.

Es en ese momento en el que Ginga, finalmente, decidió aceptar lo que sentía y dejar de negarlo, porque lo único que conseguía con el hecho de negarlo, era sufrir y nada más que eso. El hecho de aceptarlo alivió su corazón, además de darse cuenta de que la situación que había vivido en esa escalera fue lo que detonó el aceptar ese amor, pues Kyoya lo había hecho sentir sensaciones tan intensas que ya no había forma de negarlas o hallar ninguna tonta explicación que excusara sus reacciones. Aunque es cierto que Kyoya le provocó bastante miedo, también le provocó una incontrolable sensación de no querer separarse de él cuando lo tuvo tan cerca y el hecho de estar arrinconado por Kyoya, sentir su aliento tan cerca, tan cálido, eran cosas que no quería dejar se sentir y no deseaba que terminase nunca.

Terminó de subir lentamente las escaleras. Había estado tan inmerso en sus pensamientos que se olvidó de todo lo que le hacía tener miedo, excepto de Kyoya. Pero nuevamente volvió a la realidad, aunque ya no había tantos truenos, la lluvia era incesante, pues hasta adentro se escuchaba el impacto de las gotas caer sobre el pavimento.

Pudo ver que la puerta que había detrás de los mostradores de la tienda estaba abierta y la luz de una linterna se movía hacia varias direcciones. Caminó hacia esa dirección y entró.

—Hola, chicos. ¿Qué sucede con la luz? —preguntó.

—He llamado a mi padre y no puede venir. Pero me ha dado instrucciones del panel de energía que hay aquí. Me dijo que debemos revisar si los interruptores están hacia arriba—explicó Madoka alumbrando hacia un panel que tenía varios interruptores.

—Ya veo—contestó.

Kyoya movió algunos interruptores que estaban bajos hacia arriba y, de pronto, todo se volvió a iluminar.

—Genial—dijo Ginga sonriendo.

—El rayo debió hacer que el medidor de energía se protegiera de la descarga desactivando las luces para proteger cualquier aparato que estuviese conectado y todas las lámparas—explicó Madoka.

—Sí, eso debió ser entonces—dijo Ginga.

—Bueno, ahora podrán ir a tomar esa ducha y después a comer. Dejen su ropa afuera del baño para que yo pueda secarla—dijo antes de dirigirse hacia el departamento de arriba.

Pronto ambos la siguieron y se encontraron con el comedor de aquel departamento. Madoka caminó hacia un pasillo que tenía tres puertas y se detuvo frente a una.

—Este es el cuarto de huéspedes, pueden quedarse aquí hoy si continúa lloviendo todo el día y mañana pueden irse si así gustan—les dijo abriendo la puerta—Luego traeré un colchón extra que tengo guardado para emergencias y unas cobijas más para uno de los dos. Esta habitación sólo tiene una cama.

—No creo que vaya a quedarme mucho más tiempo—dijo Kyoya cruzándose de brazos.

—Pues como quieras—le respondió Madoka yéndose hacia el comedor.

Ginga entró en la habitación y vio que había una cama, como había dicho Madoka.

—Si quieres, puedo dormir en el colchón extra de Madoka—sugirió Ginga.

—Como dije, no tengo intenciones de quedarme demasiado en este lugar. Además, puedes dormir donde se te dé la gana. Es tu problema—contestó Kyoya metiéndose en la habitación y dirigiéndose hacia la ventana para observar hacia afuera.

Ginga se comenzó a sentir algo triste por las respuestas de Kyoya, aunque nunca le habían afectado de tal manera, pues sabía cómo era él, pero el saber al cien por ciento de que lo amaba, oír esas respuestas y saber que Kyoya no deseaba permanecer en aquel lugar con Madoka y con él lo hacían pensar que realmente Kyoya no disfrutaba demasiado de la compañía de sus colegas bladers. También sabía que ese comportamiento era porque Kyoya siempre había sido un león solitario.

Kyoya miró hacia la puerta de la habitación y vio que Ginga había decidido abandonar el lugar para dejarlo sólo, pero, antes de que saliera, Ginga sintió cómo Kyoya lo sujetó fuertemente de la muñeca. Ginga abrió los ojos sorprendido y no pudo evitar sonrojarse. Volteó la cabeza levemente hacia atrás para chocarse abruptamente con los ojos azules de Kyoya, que lo estaban mirando fijamente, ojos zafiro con una mirada penetrante que apuñalaba sus orbes miel cual daga afilada, una mirada que lo perturbaba, que hacía que todo su ser se estremeciera y temblara.

—Kyoya…—susurró.

El muchacho de ojos azules lo jaló lentamente hacia él, sin dejar de hacer presión en su muñeca hasta el punto de causarle dolor a Ginga, pero éste no se quejaba. Entonces, procedió a soltarlo y se dirigió hacia la puerta para cerrarla lentamente sin que hiciese ruido y colocó el cerrojo.

—¿Qué estás… haciendo? —preguntó Ginga sumamente sorprendido y con un sonrojo y nervios que crecían en gran manera a cada instante.

Las acciones de Kyoya lo habían desconcertado increíblemente. Ya no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

El corazón de Ginga se había acelerado y se aceleró aún más cuando Kyoya comenzó a avanzar lentamente hacía él, sin dejar de clavarle esa mirada zafiro penetrante y cautivadora, aunque aterradora al mismo tiempo. Kyoya parecía un león que se acercaba acechante para atrapar a su presa. Ginga comenzó a temblar aún más y su confusión lo estaba matando.

—¿Otra vez tienes miedo, Ginga? —Preguntó Kyoya dibujando una sonrisa de autosuficiencia en sus labios— ¿Acaso es a mí a quien temes esta vez?

Ginga no podía responder, estaba paralizado y tampoco sabía demasiado qué decir. Su corazón estaba tan desbocado que parecía que se le iba a salir del pecho.

Kyoya quedó frente a Ginga, muy cerca de él y sujetó sus muñecas con fuerza, haciendo que le sea imposible escaparse de él. Lo había capturado como a una presa, ahora sólo quedaba devorarla hasta que no quedara nada, como lo haría un león hambriento.

Acercó tanto su cuerpo al de Ginga que casi su pecho se había pegado al del adorable niño de cabellos rojizos. Ginga estaba demasiado sonrojado y su respiración era incontrolable.

—¿Qué te sucede, Ginga? —preguntó Kyoya amando la sensación de poder y control que estaba ejerciendo sobre aquel muchachito indefenso.

—Ky-Kyoya…—dijo agitado Ginga.

Kyoya pudo sentir el aliento de Ginga que salía caliente y dulce de su boca al comenzar a jadear y el hecho de que había pronunciado su nombre sólo aumentó más los deseos incontrolables que había tratado de ocultar, porque, al igual que Ginga, Kyoya sentía la sensación incontrolable de permanecer cerca de ese adorable jovencito. Ya lo había visto aquella vez que había rechazado ayudarlos a vencer a Némesis y no pudo evitar volver, porque no pudo olvidarse de Ginga en ningún momento. Se había ido lejos para borrarlo de su cabeza y borrar todo lo sucedido desde que lo conoció y comenzar una vida nueva, pero Ginga siempre volvía e invadía todo su ser con sólo oír su nombre pronunciado por otras personas. Así que volvió para ayudarlos solamente porque no podía dejar a Ginga solo y no podía evitar estar lejos de él, pues Kyoya también había descubierto que amaba a Ginga, pero hacía lo imposible para negarlo. Deseaba estar cerca de él como un rival al cual vencer y pensaba que tal vez venciéndolo se olvidaría por fin de él, borraría de su cabeza y de su corazón el nombre de Ginga, pero, al parecer, ese día ya no pudo controlarlo más. La oportunidad hace al ladrón o al león.

—¿Sabes, Ginga? Hay algo que no he podido conseguir desde el momento en el que te presentaste en las bodegas de los cazadores de duelos—comenzó a decir Kyoya— y eso es el hecho de que no sales de mi cabeza ni por un instante…

Ginga abrió aún más los ojos sintiendo que no podía ser el hecho de haber oído a Kyoya decir esas palabras. No sabía qué contestar ni cómo reaccionar, sólo estaba inmóvil.

—He hecho de todo para quitarte de mi cabeza y nada funciona. Haga lo que haga, tú no sales de allí. Siempre estás ahí, martirizándome y torturándome… Y vivo preguntándome… ¿Cuándo será el día en que pueda derrotarte y, finalmente, librarme de ti? O es que quizá aun así… ¿no podré hacerlo? —acercó aún más su rostro al de Ginga.

—Ky-Kyoya… yo…—intentó decir algo Ginga, pero Kyoya lo interrumpió.

—Cállate, no deseo oírte—le dijo casi susurrando y, al decir esas palabras, rozaba los labios de Ginga, clavando su mirada en ellos, sintiendo cómo su corazón de león comenzaba a desbocarse al igual que el de su presa.

Besó levemente los labios de Ginga, como probando el sabor de su presa sin cerrar los ojos, sin dejar de mirar esos labios que lo llamaban a gritos.

Ginga estaba inmóvil y sumamente sorprendido. Con cada acto que Kyoya hacía, Ginga se sorprendía aún más, pero comenzó a darse cuenta de lo que sucedía. Kyoya estaba haciendo esas cosas que sólo hacía en los sueños de Ginga. Cuando cerraba los ojos y dormía, Kyoya lo besaba y eran felices juntos. Precisamente eso era lo que estaba sucediendo. Pudo darse cuenta de que lo que había imaginado mil veces y lo había negado aun mil veces más estaba sucediendo. Pero… ¿qué sentía Kyoya? Aún no lo tenía del todo claro.

Kyoya rozó sus labios con los de Ginga nuevamente y volvió a dar otro leve beso, hasta que decidió aprisionar suavemente los labios de ese niño pelirrojo tan adorable, con los suyos. Ginga, por su parte, sólo cerró los ojos luego de ver que Kyoya también los había cerrado. Simplemente, dejó de pensar y comenzó a disfrutar de lo que Kyoya estaba haciendo.

El beso comenzó a tornarse un poco más intenso. Kyoya aflojó el agarre de las muñecas de Ginga para no hacerle más daño y llevó una de sus manos a la barbilla de Ginga para elevar más su rostro y besarlo aún más intensamente, pero suave, lento y delicado. Acto seguido, comenzó lenta y cuidadosamente, como pidiendo permiso, a rozar sus labios por dentro con su lengua hasta que Ginga, por instinto de sentir que todo lo que le estaba sucediendo era irresistible, abrió su boca, dando paso a que Kyoya prosiguiera, a lo que éste pudo adentrarse aún más a esa cálida, dulce e irresistible cavidad que lo estaba llevando al borde de la locura. Pero Kyoya se detuvo en ese preciso instante.

Ginga estaba complemente ruborizado. Abrió sus enormes ojos color ámbar que se encontraron con los ojos zafiro de Kyoya, que lo hicieron sentir más seguro y relajado, pero una pregunta demasiado curiosa invadió la mente de Ginga, pues necesitaba saberlo. Lo que había sucedido en ese momento era importante para él, pero quería saber si para Kyoya también lo era.

—Kyoya… deseo saber una cosa—dijo Ginga haciendo que Kyoya sintiera su aliento tan cerca de sus labios.

—Dime—respondió simplemente mirando sus ojos y después sus labios nuevamente, los cuales volvió a besar leve y brevemente.

—¿Qué es lo que…? —sintió cómo las piernas se le aflojaban—¿Qué es lo que sientes? —sintió miedo al soltar esa pregunta.

—¿Y tú, Ginga? ¿Qué sientes? —le devolvió la pregunta acariciando su barbilla con el dedo pulgar.

Ginga no esperaba que Kyoya le devolviese la pregunta y no sabía qué responder, pero supo en ese instante que, si no contestaba, jamás sabría la respuesta. Como condición, Kyoya le había puesto que debía responder él primero a su propia pregunta.

—Yo… yo… te quiero, Kyoya—posó una de sus manos sobre el pecho de Kyoya.

Kyoya simplemente lo miró a los ojos y sonrió levemente.

—Debes ir a ducharte o te resfriarás—le contestó y se separó de él.

—Pero, Kyoya…—dijo, pero fue interrumpido.

—Dúchate tu primero. Yo esperaré aquí—dijo quitándole el cerrojo a la puerta y abriéndola para que Ginga saliera.

Sin decir más nada, Ginga se quedó con la curiosidad. No quería presionar a que Kyoya le diese una respuesta ahora, o tal vez Kyoya no sentía lo mismo que él y sólo era mera atracción. Salió de la habitación y se dirigió hacia el baño.

Estando dentro del baño, Ginga decidió dejar de pensar un poco en todo lo sucedido, aunque le resultaba muy difícil dejar de sentir el cálido y suave tacto de los labios de Kyoya sobre su boca, el agarre de sus manos y las caricias a su barbilla.

Se despojó de toda su ropa y abrió levemente la puerta para sacar la ropa afuera y volvió a cerrar la puerta. Madoka se asomó al pasillo y vio la ropa de Ginga afuera, así que se acercó y la recogió para meterla en la lavadora para que se lave y seque de paso. Kyoya escuchó desde adentro de la habitación lo que había hecho la jovencita y, al ver que ella ya no se acercaba al pasillo, se dirigió hacia el baño y allí mismo se desnudó por completo y abrió lentamente la puerta para no hacer ruido. Entonces, cerró la puerta detrás de él y le colocó el cerrojo para asegurarse de que su presa no escapara.

Se encontró con el cuerpo desnudo de Ginga, envuelto en una nube de vapor, detrás de un muro de cristal que separaba la ducha del resto del baño. La imagen le resultó increíblemente irresistible y encantadora.

Comenzó a acercarse y, sin que el otro jovencito se diera cuenta, movió el panel de vidrio de la ducha y entró, quedando detrás de Ginga, y cerró el panel. Se acercó cual león acechando a su presa por detrás para atacarlo y estiró su mano para acariciar la tersa piel de la espalda del niño de cabellos de rubí. Ginga se asustó y se estremeció al sentir el contacto de una mano fría e, inmediatamente, se dio la vuelta para encontrarse con Kyoya. Se apresuró a taparse con sus manos su pecho y su entrepierna, a lo que Kyoya rio levemente y, entonces, empujó a Ginga contra el frío azulejo mientras sus cuerpos se empapaban con el agua caliente y sus cabellos se empapaban hasta chorrear por todo su cuerpo aquella deliciosa agua.

—Ky-Kyoya…—susurró sorprendido de lo que nuevamente estaba ocurriendo mientras sentía que moría por la mezcla de emociones que sentía en ese instante.

—Me preguntaste qué sentía…—le dijo acercando su rostro al de Ginga—Prefiero mostrártelo, más que decírtelo.

En ese instante, Kyoya comenzó a besar lenta y delicadamente a Ginga mientras el agua de la ducha se les metía cual intrusa por la comisura de los labios. Kyoya separó a Ginga del azulejo y llevó sus manos a la espalda de aquel delicado jovencito para calentar lo que el azulejo había enfriado. Ambos se comenzaron a perder en aquel beso tan dulce y delicado. Ginga llevó sus manos, tímido, al pecho de Kyoya y las dejó reposando sobre sus pectorales mientras que el dueño de esos ojos zafiro recorría su espalda, como tratando de dibujar un mapa con las yemas de sus dedos, pegándolo cada vez más a su cuerpo.

Kyoya, sin poder soportarlo más, abrazó la cintura de Ginga y lo elevó haciendo que éste, inevitablemente, tuviese que abrazar las caderas de Kyoya con sus piernas. Kyoya lo sostenía con sus brazos encadenados a esa cintura tan fina y delicada mientras hacía aún más intenso el beso. Ginga rodeó el cuello de Kyoya con sus brazos y se apretó increíblemente a su cuerpo sin poder creer lo que estaba sucediendo. En las cálidas y delicadas caricias del chico de cabellos verdes había más que sólo deseo. Había ternura y un notable afecto. En esos besos tan dulces y delicados, tan lentos, tan intensos, Ginga notaba todo lo que Kyoya no podría expresarle con palabras, pues las palabras no alcanzarían. Ginga se había dado cuenta de que Kyoya había elegido la mejor manera de responderle la pregunta.

Kyoya separó sus labios brevemente de la boca de Ginga. Estando ambos agitados, Kyoya preguntó:

— ¿Ya lo tienes claro?

—Quiero oírlo de tus labios, aunque sea sólo una vez…—le suplicó enterrando sus dedos en sus cabellos verdes.

Kyoya sonrió levemente con picardía. Acercó sus labios a los de Ginga nuevamente y, mirándolo a los ojos, le dijo:

—Te amo.

Ginga abrió sus ojos sumamente sorprendido porque jamás había pensado oír tales palabras de la boca de Kyoya, quien ya no podía seguir negándose a sí mismo sus sentimientos. Ni siquiera había pensado que Kyoya accedería a decir esas palabras si él se lo pedía. Esa vez, fue Ginga quien posó sus delicados labios sobre la boca de Kyoya, quien le correspondió automáticamente, pero separó su boca de la de él para llevar sus labios a otro lugar. Comenzó a besar su cuello suave y delicadamente. Ginga solamente se sonrojaba cada vez más y se estremecía con el contacto de la piel ardiente de Kyoya.

No sabía hasta dónde deseaba llegar Kyoya, pero no le importaba demasiado continuar embriagándose en la dulzura de sus actos. Kyoya comenzó a morder su cuello y se dirigió así, cual león hambriento, clavando sus colmillos en el hombro de Ginga, haciendo que éste soltase gemidos en su oído, lo cual provocaba aún más a la bestia salvaje que Kyoya llevaba dentro.

El apasionado joven de ojos zafiro miró los ojos miel de Ginga, quien veía en esos ojos azules embriaguez y locura. Kyoya mordió el labio inferior de Ginga suavemente y lo besó brevemente. El corazón de Ginga quería saltar de su pecho y el de Kyoya quería devorar por completo el ser de Ginga.

Bajó delicadamente al suelo caliente por el agua a Ginga, quien se sorprendió de ese acto.

—Te ayudaré a jabonarte la espalda—le dijo con una sonrisa pícara y tomó jabón líquido de un bote.

—E-Está bien—dijo sonrojándose más de lo que ya estaba.

Kyoya lo puso de espaldas a él y comenzó a dar suaves caricias a su espalda mientras se la jabonaba. Pudieron disfrutar de un cálido y agradable momento entre besos y caricias, algo que ninguno de los dos podía creer en ese instante. Les resultaba como un cuento de hadas, al menos, para Ginga.

Luego de ese momento en la ducha, al terminar ambos ya de ducharse, Kyoya abrió levemente la puerta para ver si no había rastros de Madoka por ningún lado y, comprobando efectivamente que no se veía a la chica por ningún lado y que tampoco estaba ya su ropa en el suelo, salieron ambos del baño con una toalla cada uno en sus caderas y se dirigieron hacia la habitación, donde entraron y Kyoya colocó el cerrojo en la puerta.

La habitación se sentía más cálida, pues Madoka había encendido la calefacción de la casa, así que no sentían frío al estar casi desnudos.

Ginga se sentó al borde de la cama y miró a Kyoya, quien estaba parado y recargado en la puerta.

—¿Vas a quedarte hasta mañana, Kyoya? —preguntó curioso.

—Si tú quieres—contestó simplemente.

—Claro que quiero… Quiero que te quedes conmigo—dijo mientras se ponía de pie y caminaba hacia Kyoya.

Kyoya miró los ojos de Ginga y sus labios, extendió una mano y posó el dedo pulgar sobre su labio inferior, pero el rostro de Ginga no permaneció tan alegre como venía estando, más bien, se tornó triste.

—¿Realmente te parezco patético, Kyoya? —preguntó bajando la mirada.

—¿Eh? —no se esperó la pregunta.

—Al saber que yo tenía miedo a los truenos y a la oscuridad, me llamaste patético y parecías decepcionado…

El corazón de Kyoya se estremeció al oír aquellas palabras y al recordar lo que salió de su propia boca y al saber que había provocado un daño en Ginga.

—Ah, eso. Sólo olvídalo—dijo sin más quitando la mano del rostro de Ginga.

—Pero realmente deseo saber si…—fue interrumpido.

—He dicho que lo olvides—le dijo tornándose serio.

En ese instante, oyeron unos golpes en la puerta.

—Chicos, aquí tienen su ropa lista—dijo Madoka detrás de la puerta—La comida también está lista.

—Eh... ¡Muchas gracias, Madoka! —agradeció Ginga.

—Sólo pon la ropa en el suelo y vete—dijo Kyoya muy borde.

—Está bien. Los estaré esperando—les dijo antes de retirarse.

Kyoya le quitó el cerrojo a la puerta, la abrió, recogió la ropa y volvió a poner el cerrojo. Entonces, le entregó la ropa a Ginga y él dejó la suya sobre la cama para seleccionarla y comenzar a vestirse. Ginga comenzó a hacer lo mismo, pero permanecía con aquella cara que no le agradaba a Kyoya. Así que el chico de cabellos verdes se le acercó, ya con sus pantalones puestos, pero con el torso aún desnudo.

—Ya deja de pensar en lo que dije y olvídalo. ¿Acaso no te he demostrado ya todo lo que necesitabas saber? Lo que sea que te estés preguntando, la respuesta es “no”—le dijo con una mirada seria pero que transmitía todo lo que Ginga necesitaba saber y esa mirada estaba cargada con una disculpa.

Ginga por fin sonrió y terminaron de vestirse, salieron de la habitación y se dirigieron hacia el comedor, donde Madoka ya tenía la comida servida sobre la mesa.

—¡Delicioso! Ya quiero comerme todo esto—dijo alegremente Ginga mientras se sentaba a la mesa.

Delante de él, tenía un delicioso plato de Ramen caliente, cuyo vapor ascendía hacia su cara, haciendo que percibiera el delicioso aroma. Por otra parte, Kyoya se mostró indiferente al haberse sentado a la mesa junto con los otros dos y simplemente había comenzado a comer muy tranquilo.

El joven de cabellos esmeralda miraba de vez en cuando al otro jovencito, quien estaba tan alegre comiendo y rellenando sus mejillas rosadas con el alimento, haciéndolo ver muy adorable ante sus ojos, pero dejaba de verlo por largos ratos para que Madoka no se percatara de su necesidad de observarlo.

Ginga, por su parte, había comenzado a pensar en una sola cosa al recordar todo lo que había sucedido.

“¿Qué va a suceder ahora? Es decir… ya nada será como antes. Lo que ha sucedido no puede pasarse por alto por parte de ninguno de los dos. He descubierto que aquel sentimiento tan intenso que tenía en mi interior hacia Kyoya era más que sólo una amistad, era… amor. También descubrí que él me ama, bueno, él me lo dijo, y no solamente eso, sino que me lo demostró de una forma maravillosa. Me demostró en un corto tiempo todo lo que se había estado guardando, aunque quiero seguir experimentando todos sus sentimientos en todo mi ser. Quiero que Kyoya y yo estemos juntos, pero aún no sé muy bien si él quiere algo… más serio o si podremos estar juntos como yo deseo que lo estemos. Tengo dos importantes dudas… ¿Qué somos? Y, además… ¿Kyoya quiere que alguien más sepa de esto? Él es muy cerrado y siempre piensa que no debe meterse en la vida de los demás y mucho menos que nadie se meta en su vida. No lo sé. No creo que deba estar pensando en esto ahora. Todo es demasiado reciente, pero no puedo evitarlo y no puedo evitar mirarlo para buscar sus ojos y hacer que note mi preocupación. Quiero contarle todo lo que me inquieta y quiero contarle hasta el más mínimo detalle de lo que siento ahora mismo, pero sé que eso podría llegar a abrumarlo y podría resultarle pesado de mi parte”—tal como lo estaba pensando, así lo estaba haciendo. Había comenzado a mirar de esa forma a Kyoya.

Kyoya se dio cuenta de que Ginga había cambiado su rostro por otro más serio y de que lo había comenzado a mirar tan fijamente que era muy obvio que algo le sucedía. No pudo evitar sentir curiosidad por saber qué era lo que lo inquietaba y qué era lo que deseaba decirle con esos ojos y con esa expresión tan pensativa.

Madoka se había detenido en la acción de comer para prestar atención al pelirrojo.

—Ginga, ¿te pasa algo? —le preguntó curiosa.

—¿Eh? Ah… Nada, Madoka—le respondió con una sonrisa terminando su comida rápidamente—¡Ay! Estuvo delicioso. Muchas gracias.

—De nada—devolvió la sonrisa—¿Qué te pareció a ti, Kyoya? —se dirigió hacia el peliverde.

—No estuvo mal—esbozó una media sonrisa.

—Me alegro de que les haya gustado—les dijo sonriendo amablemente y comenzando a recoger los platos.

—¿Necesitas ayuda, Madoka? —preguntó Ginga.

—No, gracias. Puedo hacerlo. Además, no quiero que me rompas nada—le respondió recordando alguna vez que Ginga, queriendo ayudar, le había roto unos platos.

—Como quieras—dijo sonriendo y levantándose de la mesa.

Kyoya también se había levantado de la mesa y comenzó a caminar hacia la habitación.

—Ah, Kyoya—lo detuvo Madoka—en un momento, iré a llevarles el colchón extra.

—No, gracias. No lo necesitamos—dijo simplemente sin detenerse para después abrir la puerta y detenerse frente a ella—No será la primera vez que duerma en el suelo—entró en la habitación finalmente.

—Pero…—intentó decir Madoka, aunque Kyoya ya no estaba a la vista.

—Déjalo, Madoka. Nos las arreglaremos—le sonrió Ginga sabiendo perfectamente por qué Kyoya no quería otro colchón.

—¿Estás seguro, Ginga? No me gustaría que duerman incómodos.

—No te preocupes, sabes cómo es Kyoya. No cambiará de parecer. Además, estaremos bien. Ya has hecho demasiado por nosotros—dijo finalmente y comenzó a caminar hacia la habitación.

—Bueno, como quieran…—dijo mientras lo observaba retirarse.

Ginga abrió la puerta lentamente y entró en la habitación, la cerró y colocó el cerrojo. Al hacer eso, su corazón comenzó a latir fuertemente. Se quedó unos instantes observando la madera de la puerta sin pensar en nada más que en el hecho de que iba a pasar la noche entera a solas con el chico de sus sueños.

Sus mejillas se ruborizaron y no se atrevía a darse la vuelta, pero fue en ese instante cuando supo que no hubo necesidad de hacerlo para poder estar cerca del chico al que temía acercarse, pues su adorado ojiazul había puesto las manos sobre sus hombros y había acercado la boca a su oído.

—Me mirabas demasiado en la mesa, ¿acaso te gusto? —bromeó.

Ginga se sonrojó aún más al oír esa pregunta tan inesperada y juguetona. No pudo evitar sonreír avergonzado.

—S-Sí…—contestó muy nervioso—Pero… no era por eso por lo que te observaba.

—Ya lo sé, ¿qué te sucede? —preguntó comenzando a olfatear esos rojos cabellos.

Ahí estaba la pregunta que había estado esperando en la cena, pero no podía ser posible en ese momento. Sintió mucho miedo de preguntar, pues tal vez se estaba apresurando, pero el momento era ahora. Kyoya no iba a dejar pasar el hecho de que algo le estaba ocurriendo a su querido pelirrojo y no era tan tonto como para creerse cualquier cosa que le dijera para salir del paso. Así que tuvo que atreverse a preguntar.

—¿Q-Qué es lo… lo que… s-somos, Kyoya? —cerró los ojos al hacer esa pregunta sintiendo miedo por la respuesta.

Kyoya guardó silencio unos momentos, pero después de reflexionar y comprender que eso era lo que había mantenido tan pensativo a Ginga durante la cena, aunque a él le parecía tonto el que él pensara en esas cosas sin tanta importancia, pero iba a concederle el privilegio de resolver todas sus dudas solamente porque era aquel adorable muchachito que lo hacía desbocarse como una fiera salvaje cuando lo tenía cerca.

Kyoya suspiró y finalmente preguntó:

—¿Qué es lo que tú necesitas que seamos?

—Yo… no quiero que te sientas… atado. Sé que te gusta ser libre—contestó sintiendo algo de tristeza.

—Aún no puedes entenderlo, ¿verdad, Ginga? —le dijo haciendo que éste se diera vuelta quedando ambos frente a frente.

Ginga no comprendía o, más bien, no estaba seguro de lo que Kyoya realmente quería y lo que más necesitaba en ese instante era oír las respuestas de la misma boca de su amor y, como una salvación, recibió sobre sus ojos la penetrante mirada de aquellos zafiros.

Kyoya tomó las manos de Ginga y las llevó a su propio pecho, lo cual hizo que el corazón de Ginga se desbocara al sentir el pecho de su amado peliverde, del que podía sentir cada uno de sus fuertes latidos en sus delicadas manos.

—No hay libertad que valga la pena si tú estás lejos de mí…—cerró los ojos y dibujó una media sonrisa en sus labios—Ya te lo he dicho… Ya intenté alejarme de ti para olvidarte, para arrancarte de aquí—apretó más las manos de Ginga sobre su pecho— y no lo conseguí. Es por eso… que ya no deseo estar lejos de ti—volvió a penetrar esos ojos dorados con sus zafiros.

Los ojos de Ginga estaban muy abiertos y, además de eso, los habían inundado unas lágrimas que habían comenzado a deslizarse lentamente por sus mejillas. Al ver eso, Kyoya no pudo evitar rodear el cuerpo de Ginga con sus brazos y apretarlo contra su pecho, haciendo que la cabeza del jovencito reposara en él y oyera sus latidos.

—Ginga…—dijo y apartó un poco al otro joven de él para mirarlo a los ojos.

Ginga esperó a ver qué era lo que tenía para decirle Kyoya con esos irresistibles labios que deseaba besar hasta morirse.

—Tú…—miró hacia otro lado. Sabía que no era bueno para esos momentos algo incómodos y para hacer ese tipo de preguntas, pero suspiró y miró los ojos de aquel bello chico pelirrojo— ¿Quieres ser mi…? —fue interrumpido.

—Sí—respondió ansioso—Sí quiero, Kyoya.

Había adivinado esa pregunta que sabía que le costaría completar a su amado de ojos zafiro. Kyoya se sintió increíblemente feliz por dentro al saber la respuesta y al haber recibido ayuda de Ginga para sobrellevar ese incómodo momento, el cual había decidido afrontar para despejar toda duda de su adorado pelirrojo. Así que, sin más, atrapó los labios de Ginga y los besó delicada y suavemente para después separarse de él, tomó su mano y fueron ambos hacia la cama, donde Ginga se acurrucó en el pecho de Kyoya, estando ambos ya bajo las cobijas.

Un fuerte estruendo estremeció todo el lugar e iluminó la habitación, que yacía a oscuras desde que habían apagado las luces hacía unos instantes. Ginga se había estremecido de miedo y se apretó contra el pecho de Kyoya, arrugándole la camiseta entre sus dedos, aunque se sintió avergonzado por el hecho de sentir tanto terror, pero la calma por fin le llegó a su ser, pues había comenzado a sentir las delicadas caricias a su espalda realizadas por las manos de su novio y sintió un dulce beso en sus cabellos.

Finalmente, con tanta calma y seguridad en su interior, Ginga por fin se durmió en los brazos de Kyoya y éste también se quedó dormido.

 

Continuará…

 

Notas finales:

Nota de autor:

¡Hola! Espero que hayas disfrutado la lectura. Nos veremos en el siguiente capítulo. Recuerda que habrá actualizaciones todos los lunes.

No olvides dejar tu comentario para que yo sepa lo que te ha parecido. Recuerda que no siempre habrá fanfics de tu agrado, sé respetuoso con los autores y las autoras.

¡Hasta pronto!

Fiorela.


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