I.
Jueves, 6 de diciembre de 2007
A pesar de estar tan sólo a primeros de Diciembre, aquella noche de jueves estaba resultando muy fría. Los termómetros de las calles de Brooklyn marcaban apenas diez grados de temperatura. Eric observó su propio aliento desvanecerse en el aire mientras recorría los últimos metros de Ocean Avenue que le separaban del portal del edificio donde vivía su segundo y último cliente de la noche, Robert, un hombre bastante asiduo al bar donde Eric trabajaba, que últimamente solicitaba únicamente "visitas a domicilio". Teniendo en cuenta que éstas costaban nada más y nada menos que trescientos dólares, sin incluir el taxi de ida y vuelta que había necesitado desde Manhattan, Eric supuso que las cosas le estaban yendo bastante bien al bueno de Bob.
Una vez en el interior del portal se situó frente al portero automático y tocó el botón del quinto piso, puerta B. Se sabía la dirección de memoria pues era ya la sexta vez que iba hasta allí. A los pocos segundos un zumbido le indicó que la puerta estaba abierta, y Eric la empujó para poder penetrar al interior del vestíbulo. Sin encender las luces, se dirigió al ascensor.
Mientras el aparato recorría la distancia vertical hasta la quinta planta, el muchacho comprobó su imagen ante el espejo. Sus cabellos castaños, gracias a un poco de gel, resistían perfectamente el peinado, o mejor dicho despeinado, al que Nathan había dado forma únicamente con sus dedos, dejándole mechones desfilados en todas direcciones. El tono tostado de su piel aguantaba desde el verano gracias a unas cuantas sesiones de rayos uva. Se quitó la chaqueta vaquera que portaba, dejando al descubierto la fina camiseta azul de manga corta que llevaba debajo, perfectamente ceñida a su delgado pero fibroso torso. Los ajustados pantalones vaqueros de marca, bajo los cuales no llevaba ropa interior alguna, realzaban su joven y codiciado trasero. Como siempre, pensó que lucía perfecto.
Aún así, no pudo evitar que sus ojos grises le devolvieran una mirada cansada.
Miró su reloj de pulsera: faltaban apenas dos minutos para las doce. El ascensor se detuvo; Eric salió al descansillo de la quinta planta y en dos pasos se plantó frente a la puerta B. No le había dado tiempo a tocar el timbre y la puerta ya se había abierto, descubriendo la alta figura de Robert. Se trataba de un hombre de unos cuarenta y cinco años, moreno, con la piel de un color aceitunado y los ojos marrones de un tono tan oscuro que parecían negros. Su rostro enjuto y su nariz aguileña le hacían parecer un hombre poco agradable, pero Eric le conocía en lo más "íntimo" y sabía que podía ser de lo más amable. Iba vestido con una camisa color beige y unos pantalones de pinzas negros.
-Buenas noches, Eric. Pasa -le dijo en un tono muy bajo. Eric sabía porqué: los vecinos podían ser en ocasiones muy poco tolerantes con las visitas a medianoche. Sobre todo con ese tipo de visitas.
Eric pasó al interior de la vivienda mientras Robert cerraba la puerta tras él. El calor de la calefacción fue un gran alivio. Conocía el camino, por lo que se dirigió sin preámbulos al dormitorio principal a través del largo pasillo que se extendía desde el recibidor, seguido de cerca por su cliente. Toda la vivienda estaba decorada en un estilo antiguo, anticuado diría Nathan, con muebles victorianos y paredes pintadas de colores fuertes, como el marrón chocolate del salón o el rojo bermellón de la habitación principal.
-Puntual como siempre -comentó Robert a sus espaldas.
-No queremos quejas de ningún tipo -murmuró Eric, dejando su chaqueta vaquera colgada en un perchero de forja negro junto a la cama-. ¿Puedo ir al baño un momento?
-Claro que sí.
Después de quitarse también los zapatos y quedarse en calcetines, Eric salió para ir al baño, que estaba situado enfrente de la habitación en el lado contrario del pasillo. El cuarto higiénico contaba con un gran lavabo con encimera de mármol blanco y dos apliques dorados, además de los otros sanitarios básicos, y a través de una ventana de aluminio anodizado de cristal semitranslúcido se podía contemplar el gran patio de luces con el que contaba el edificio, abierto en uno de sus lados a una pequeña travesía de Ocean Avenue. Eric se lavó las manos y se refrescó la cara, y luego volvió al dormitorio.
Tumbado sobre la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, Robert le esperaba ya sin camisa. Eric sonrió mientras cogía el tubo de lubricante y un preservativo de sabores de su chaqueta y después se subió también, caminando a gatas sobre la colcha hasta llegar a él.
-¿Y bien? ¿Qué será hoy? -preguntó a cuatro patas sobre sus piernas.
-Ya sabes que soy un cliente muy fácil de satisfacer -Robert le devolvió la sonrisa-. Empieza con lo de siempre.
El muchacho asintió al mismo tiempo que empezaba a bajar la cremallera del otro. Un gran bulto destacaba ya por debajo de la ropa interior. Eric lo acarició, observando complacido las reacciones que aquel simple gesto provocó. Aproximó sus labios al bulto, prolongando la dulce tortura con suaves mordiscos que arrancaron sonoros gemidos por parte de Robert, hasta que finalmente liberó la erección de su prisión de tela.
Antes de empezar y mientras rasgaba el envoltorio del preservativo, Eric humedeció con generosidad sus labios con saliva. Era un pequeño truco que había aprendido en sus comienzos, cuya sencillez era inversamente proporcional a su efectividad. A continuación deslizó el preservativo de fresa por el miembro de Robert. Cuando estuvo bien colocado acercó los labios al glande, depositando pequeños y húmedos besos en la punta.
-Hazlo ya... -la voz de Robert, más que una orden, era una súplica.
Eric obedeció, y poco a poco se introdujo casi todo el miembro en la boca. Casi, porque la técnica de la "garganta profunda" era algo que por más que intentaba no conseguía dominar. Robert lo sabía y no le presionaba. Aprovechando que éste había cerrado los ojos, Eric sacó del bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros un objeto metálico que deslizó disimuladamente bajo el colchón, con la intención de recuperarlo nada más acabar si todo iba bien como siempre. Luego, ayudándose con las manos, deslizó una y otra vez sus labios por el miembro, sintiendo el sabor del látex en sus papilas, hasta que su cliente no aguantó más.
-Ven aquí...
Robert se había incorporado y agarrándole con algo de rudeza por los hombros le instó a tumbarse con el pecho pegado a la colcha, con la cabeza de lado y el culo en pompa. Al cabo de unos segundos notó los dedos de Robert acariciar su entrada pringados en lubricante. Inspiró hondo. Al cabo de un minuto Robert empezaba a penetrarle, y Eric dirigió su mirada hacia la ventana.
Había empezado a nevar.
Una hora después, de nuevo en el baño y vestido únicamente con sus pantalones vaqueros, Eric se limpiaba en el lavabo los restos de semen que habían quedado esparcidos en su pecho. Robert se había empeñado en eyacular sobre él, y ya que era uno de los pocos clientes que nunca se había quejado del sexo seguro incluso en las felaciones, Eric se lo había permitido.
Una vez se hubo aseado, Eric se colocó la camiseta y los zapatos. Seguramente Robert le permitiría ducharse allí, pero él prefería hacerlo en casa. Eran más de la una de la madrugada y tenía ganas de marcharse para dormir y descansar. Llevaba varios días atendiendo a una media de dos a tres clientes por noche, y no sabía si aguantaría mucho tiempo a ese ritmo, pero las navidades parecían ser fechas propicias para el negocio.
Estaba ya a punto de salir del baño, cuando el sonido del timbre le alertó. ¿Quién podría visitar a Robert a esas horas de la madrugada, a excepción de él mismo? Escuchó los pasos de su cliente, algo torpes, dirigiéndose al recibidor, y la puerta principal al abrirse.
-¿Quién eres tú? -era la voz de Robert, más asustada que enfadada. Eric tuvo un mal presentimiento.
-Aunque te diga mi nombre, no creo que me conozcas -la otra era una voz fría, con un extraño acento.
-¿Quién te manda, pues?
Por más que se esforzó fue incapaz de entender la respuesta de su interlocutor, ni la siguiente de Robert. La conversación se prolongó un poco más, hasta que un ruido seco, a la vez que elegante, dejó toda la vivienda en silencio.
Eric sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Estaba seguro de que aquello había sido un disparo, aunque no hubiese sonado tan fuerte como debería. Quizá habían utilizado un silenciador. Incapaz de pensar en nada más, se echó instintivamente hacia atrás, tropezando con un taburete que había junto a la bañera. El sonido que provocó no fue muy fuerte, pero sí lo suficiente para alertar al visitante. Eric escuchó unos pasos que empezaban a aproximarse por el pasillo. Dándose cuenta realmente por primera vez de que Robert seguramente había muerto y que él estaba en un buen lío, el muchacho corrió el pestillo de la puerta del baño y buscó desesperado la única salida posible que le quedaba: la ventana que daba al patio de luces. Si no recordaba mal de la anterior vez que se había asomado, la escalera de incendios quedaba a apenas un metro de aquella abertura. Sin pensárselo dos veces la abrió, y apoyándose en el taburete salió por ella con la máxima rapidez de la que fue capaz.
Al mismo tiempo que se quedaba colgado con un pie en una pequeña cornisa y las manos cogidas del hueco de la ventana, el picaporte de la puerta empezó a moverse frenéticamente de arriba abajo. Aquello puso aún más nervioso a Eric si era posible, quien terminó por arriesgarse a alcanzar la escalera con un peligroso salto que le costó un fuerte golpe en las espinillas con los peldaños de hierro.
-¡Joder...! -exclamó. Inmediatamente empezó a bajar a toda prisa por la escalera, al mismo tiempo que un fuerte estruendo le hacía saber que la puerta del baño había sido seguramente derribada. El corazón le iba a más de cien latidos por minuto-. Mierda...
No se detuvo a mirar atrás, ni cuando escuchó tras él la exclamación de sorpresa del hombre al descubrirle, ni mucho menos cuando el mismo ruido que había escuchado unos segundos antes, se repitió, esta vez seguido de un chasquido metálico. Había fallado y le había dado a la escalera.
De un salto Eric terminó de bajar, chocando con los antebrazos y las rodillas contra el rasposo pavimento, y a continuación empezó a correr lo más rápidamente que pudo hacia una de las esquinas del edificio para poder desaparecer cuanto antes de su ángulo de visión, saliendo a la travesía de Ocean Avenue y pronto a la misma avenida, pues pensó que cuanto más ancha la calle más posibilidades de encontrar gente y de que no se atrevieran a seguirle.
Sin entretenerse a comprobar si se había equivocado, Eric simplemente corrió y corrió como alma que lleva el diablo sin detenerse, girando esquinas siempre que podía para despistar a su posible perseguidor. Él no lo sabía, pero de esta manera había salvado su vida.
No supo cuánto tiempo había pasado ni cuánta distancia había recorrido, pero llegó un momento en que sus piernas no dieron para más y Eric terminó por detenerse. Le dolía terriblemente un costado por el esfuerzo. Por primera vez desde que había partido miró a su alrededor. No reconocía la calle, así que caminó un poco más en busca de algún letrero. Localizó uno en una esquina. Se encontraba en Church Avenue con Dahill Road. Era la primera vez que leía ambos nombres.
Apoyó las manos en sus rodillas y flexionó su cuerpo hacia delante, intentando recuperar el aliento. Observó sus pantalones rasgados y su camiseta un poco húmeda por la nieve que se había aferrado a la tela en pequeños copos. Poco a poco el dolor remitió y su respiración volvió a la normalidad, al igual que la temperatura de su cuerpo. El calor de la carrera desapareció, y en su lugar empezó a sentir el frío lógico por andar por la calle a la una de la madrugada, nevando, sin nada más encima que una camiseta de manga corta.
Se restregó los brazos con las manos a la vez que volvía a mirar con atención a su alrededor. No había ni un alma por la calle. A lo lejos le pareció distinguir una boca de acceso al metro, pero eso no le servía de nada, pues no llevaba ni un dólar encima, ya que por culpa de los pantalones estrechos se había acostumbrado a llevar la cartera en la chaqueta.
"La cartera... ", pensó asustado. Pero se tranquilizó en seguida al recordar que no llevaba ningún tipo de documentación dentro ni nada parecido, ni siquiera tarjetas del bar, por lo que no había manera posible de que ese tipo averiguara su identidad. Las llaves del apartamento tampoco tenían ningún llavero identificativo. Y cómo se alegró de haberse olvidado el teléfono móvil en casa aquella noche, pues también acostumbraba a llevarlo en la chaqueta, y eso sí que podría haber conducido al asesino hasta él.
Cansado, muerto de frío, y sin la más remota idea de cómo llegar a Manhattan que no fuera mediante una larguísima caminata, Eric se sentó en el primer portal que vio para reponer fuerzas.
Aún le costaba creer que todo lo que había pasado había sido real. Apoyó la cabeza en la pared del portal y cruzó las piernas. ¿Estaría Robert realmente muerto? Si era así, ¿por qué le habrían matado? Imposible saberlo. Lo único que sabía de él era su nombre -y éste seguramente era falso-; ni siquiera sabía a qué se dedicaba.
Hacía mucho frío. Un viento helado le golpeó en el rostro, provocándole un estornudo segundos después. Con la mente en blanco, Eric observó durante largos minutos cómo los copos de nieve caían sobre la acera y empezaban a cuajar. Le gustaba la nieve. La gente que estaba acostumbrada a convivir con ella a veces la odiaba, y podía entenderlo, pero para él, que no la había conocido durante quince años, seguía siendo una maravilla de la naturaleza.
-¿Hola?
Aquella inesperada voz le dio un susto de muerte. De un salto se levantó dispuesto a echar a correr otra vez, pero descartó la idea cuando contempló al hombre que tenía delante y que distaba mucho de parecer un asesino. Llevaba un abrigo verde de estilo aviador, bajo el que asomaba un jersey gris de cuello en pico, y unos pantalones rectos color crudo. De aproximadamente metro ochenta de estatura, tenía el pelo rubio oscuro, corto y liso, la tez clara y los ojos azules. Lucía una perilla también rubia y unas gafas con montura metálica muy fina, de color plateado. Aparentaba de unos veinticinco a treinta años. Era bastante atractivo.
-¿Esperas a alguien? -le preguntó.
-No...
El hombre se quedó esperando una explicación que Eric no atinaba a darle. Seguramente vivía en aquel edificio. ¿Cómo explicarle por qué estaba sentado en su portal a aquellas horas de la madrugada, en manga corta y sin dinero, ni teléfono móvil, ni tarjeta para el metro, ni nada?
-¿Entonces? -insistió.
Eric terminó por decir lo primero que le vino a la mente.
-Me han... me han robado... -fue lo único que se le ocurrió.
-¿Dónde? ¿Y cuánto hace, exactamente? -se interesó el hombre.
-No importa ya... No llevaba mucho dinero...
-Pero no puedes volver a casa. ¿Es eso?
-Exacto...
-Ya veo...
Aquel hombre parecía realmente preocupado por su problema, lo que Eric no terminaba de comprender, acostumbrado como estaba a tratar con gente que sólo iba a lo suyo sin preocuparse de nadie más.
-Si quieres, puedo dejarte mi móvil para que llames a tus padres. O mejor, sube a mi casa y llama desde allí, hace mucho frío aquí fuera y tú vas en manga corta.
-No vivo con mis padres... -replicó sintiendo un nudo en el estómago-. Vivo con un... compañero de piso.
-Ah... Bueno, igualmente él podrá ayudarte, ¿no?
-Supongo...
Mentía. Aunque consiguiera que le respondiera el teléfono si es que lo llevaba encima, Nathan no podría hacer nada por él, pues tenía que trabajar en el bar hasta las cuatro, pero en aquel momento habría dicho cualquier cosa con tal de entrar en algún sitio cerrado, a ser posible con calefacción. El hombre sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón y después de entrar le sostuvo la puerta.
-Ven, entra.
-Gracias...
De pronto las luces iluminaron el vestíbulo. Se notaba que era un edificio antiguo, pero parecía bien conservado. Ni siquiera tenía ascensor.
-Por aquí -dijo el hombre empezando a subir las escaleras. Eric le siguió-. Por cierto, me llamo Marc, ¿y tú?
-Eric.
El edificio no era muy grande, sólo había dos puertas por rellano. Marc se detuvo al llegar al tercer piso, y abrió la puerta de la izquierda.
-Quítate los zapatos, por favor -le advirtió antes de entrar. Él ya estaba haciendo lo propio.
-¿Cómo?
-Es por la moqueta.
Eric observó la moqueta color berenjena que ocupaba todo el suelo del apartamento. Se encogió de hombros y se quitó los zapatos, dejándolos a un lado del pequeño mueble chino del recibidor, y luego pasó al interior del apartamento, concretamente al salón, el cual estaba comunicado directamente con la cocina mediante una barra americana. En el lado contrario del recibidor un pequeño pasillo conducía a la habitación y al baño. En el salón, decorado con tonos fríos, una gran litografía de Buda colgada en la misma pared del sofá azul destacaba sobre todo lo demás. Marc, ya sin abrigo, le esperaba con un teléfono inalámbrico en la mano.
-Toma.
-Gracias... -Eric cogió el aparato y lo miró como si fuera la primera vez que veía uno. ¿Cómo le explicaría a Nathan lo que había pasado sin que su compañero pensara que había estado fumando hierba más de la cuenta?
-¿Quieres algo para beber?
-Un vaso de agua, por favor...
Mientras Eric pensaba, Marc se había metido ya en la cocina. El muchacho suspiró y marcó el número de Nathan. El buzón de voz saltó al primer tono.
"Ni siquiera lo tiene encendido..."
Eric se sentó en el sofá, y observó tranquilamente a su alrededor, deteniendo su mirada en la lámpara de pie con kanjis serigrafiados y la mesita baja repleta de fotos enmarcadas que tenía a su lado. No sabía qué hacer. Lo único que se le ocurría para no tener que pasar las dos horas siguientes caminando bajo la nieve, era pedirle dinero a ese tipo para el metro. Y nunca le había gustado mendigar dólares.
De pronto una de las fotos sobre la mesilla le llamó la atención. En ella aparecía Marc, vestido con un traje de esquí verde lima, abrazado a otro joven pelirrojo con el pelo corto rizado y los ojos marrones, en lo que parecían ser las famosas pistas de esquí de Vermont. A cualquier otro le hubiera parecido un abrazo normal de amigos, pero Eric, acostumbrado a ver más allá de las apariencias, supo que había algo entre ellos. Y pudo comprobarlo cuando descubrió otra foto en la que otro tipo con el pelo castaño vestido y peinado de manera poco convencional estaba besando a Marc en la mejilla.
Aquello lo cambiaba todo. Con un poco de suerte, aquella noche no tendría por qué pasar más frío...
-¿Has hablado ya con tu compañero? -Marc había entrado de nuevo al salón con un vaso de agua que ofreció a Eric. Luego se sentó en la butaca azul que había a juego con el sofá.
-No he podido localizarle... -Eric cambió totalmente la actitud que había mantenido hasta entonces y se reclinó en el sofá con las piernas cruzadas y una sonrisa arrogante-. Una pena...
Si Marc estaba sorprendido por ese cambio, no lo demostró. En lugar de eso se fijó por primera vez en los arañazos de los antebrazos de Eric, algunos tenían restos de sangre seca.
-¿Qué te ha pasado en los brazos?
Eric miró hacia donde Marc lo hacía y descubrió sus propias heridas de cuando había saltado de la escalera de incendios al suelo.
-Me he caído... -murmuró. Iba a seguir con su plan de seducción sin darle importancia, pero Marc se había levantado.
-Hay que curarte eso... -dijo antes de desaparecer del salón, seguramente en dirección al baño.
Regresó apenas un minuto después, con un poco de algodón y una botella de agua oxigenada.
-No hace falta, de verdad... -dijo Eric dejando el vaso de agua sobre la mesilla-. Son sólo unos raspones...
-Cualquier herida puede resultar grave si se infecta -replicó Marc a la vez que abría la botella y echaba unas gotas de su contenido en el algodón. A continuación restregó suavemente con él las heridas del joven.
-Escuece... -se quejó éste.
-Aguanta un poco. Ya está...
Eric se quedó embobado mirando a aquel hombre que le estaba desinfectando las heridas como un profesional. El jersey gris que portaba era más ceñido de lo que le había parecido en un principio bajo el abrigo, y le marcaba los desarrollados pero no demasiado gruesos músculos de los brazos. Ese Marc era realmente atractivo. De pronto tenía verdaderas ganas de seducirlo.
Marc terminó y después de tirar a la basura el algodón devolvió la botella de agua oxigenada a su sitio.
-Bueno, y si no localizas a tu compañero, ¿qué vas a hacer entonces? -preguntó cuando regresó al salón-. Yo podría prestarte algo para el metro si quieres, pero a estas horas es muy peligroso...
-Yo había pensado que, tal vez, podría quedarme a pasar la noche aquí -soltó Eric como si nada.
Los ojos de Marc se agrandaron un poco por la sorpresa.
-¿Aquí? -repitió.
-Sí... -Eric se levantó y con pasos felinos se aproximó a la butaca donde Marc estaba sentado, quedándose apoyado con las manos en el reposabrazos-. ¿No te fías de mí...? -inquirió aproximándose un poco más a su rostro.
-Aunque no me fiara, aquí no hay nada que robar... -Marc sonrió divertido-. Está bien, si quieres puedes quedarte y dormir en el sofá. Este apartamento tiene tan sólo una habitación.
De pronto Marc se levantó y Eric casi cayó de cabeza en la butaca. Por lo visto el hombre todavía no se había dado cuenta alguna de sus intenciones.
-¿A dónde vas? -preguntó.
-A buscarte ropa seca. ¿O prefieres dormir con la camiseta húmeda?
-Claro que no... -Eric exhibió una sonrisa ladina que Marc no pudo observar.
Sin pensárselo dos veces, el muchacho se sacó la camiseta y la dejó sobre la butaca. Rápidamente hizo lo mismo con los vaqueros y los calcetines. Y así, como Dios lo trajo al mundo, esperó el regreso al salón de Marc.
La cara de su anfitrión fue todo un poema cuando le vio.
-¿Pero qué haces? -exclamó, dejando la camiseta y los pantalones que había traído en un lado del sofá.
-Dijiste que me traías ropa, ¿no? -susurró meloso acercándose lo más que pudo a él. Marc dio un pequeño paso hacia atrás para alejarse de aquel adolescente pervertido.
-Sí, pero podías cambiarte en el baño, no hacía falta que te quedaras en pelotas en medio de mi salón... -le reclamó-. Vístete ahora mismo, por favor.
-¿Acaso no te gusta lo que ves? -como si de un modelo se tratara, Eric dio una vuelta completa sobre sí mismo, exhibiendo su cuerpo delgado y bronceado.
Marc dejó a un lado su sorpresa y su indignación para prestar más atención a las siguientes palabras del chico.
-He visto las fotos que tienes en la mesa con tus "amigos"... -continuó-. Eres gay, ¿verdad?
-Sí, ¿y qué? -Marc no tenía ningún problema en admitirlo pero aún le costaba entender aquella actitud.
-Pues que yo también lo soy... -Eric alargó la mano derecha para acariciar el pecho de Marc, fuerte y fibroso bajo aquel jersey gris-. Y si tú quieres, podemos pasar una gran noche...
De un manotazo Marc interrumpió su caricia. Eric se frotó el dorso de la mano y lo miró enfadado.
-¿Pero qué te pasa? -preguntó-. ¿Tienes pareja?
-No. Me pasa que no estoy tan desesperado como para irme a la cama con un crío como tú -contestó Marc.
-¿Crío? -repitió Eric, casi a punto de reír-. Tengo diecinueve años y, estoy completamente seguro, mucha más experiencia que tú.
Marc se cruzó de brazos y le miró con el ceño fruncido.
-¿Qué quieres decir?
-Lo que quiero decir es que soy un... profesional.
-¿Profesional?
-¡Prostituto, gigoló, chapero...! -Eric se impacientó-. ¿Necesitas también que te lo diga en otro idioma?
Después de aquello Eric tuvo que soportar la aguda mirada de arriba abajo que le dedicó Marc, pero no por lo que él creía.
-¿De verdad tienes diecinueve años?
Más relajado, Eric se aproximó de nuevo a él, agarrando suavemente su jersey con ambas manos. Podía sentir el calor tibio que desprendía aquel cuerpo. Observó el rostro impasible y los labios carnosos. Y por primera vez en mucho tiempo, tuvo deseos de besar en la boca a un cliente, o mejor dicho, posible cliente.
-Puedo tener la edad que tú quieras que tenga...
Poniéndose levemente de puntillas, pues Marc le sacaba aproximadamente unos cinco centímetros, Eric intentó juntar sus labios al mismo tiempo que una de sus manos se deslizaba por el abdomen en busca de la entrepierna del otro. Pero se quedó en eso, en un intento. Marc se echó atrás y le apartó por segunda vez las manos, aunque con más suavidad.
-Basta -murmuró.
Nunca antes una simple palabra le había dejado tan descolocado. ¿"Basta"? ¿Qué le pasaba a aquel tipo? Estaba desnudo en medio de su salón, a escasos centímetros de él, ofreciéndole pasar una noche de escándalo, ¿y le rechazaba? ¿A él? ¿Cómo era posible?
Eric se había quedado tan ensimismado en sus pensamientos que no se dio cuenta que Marc se había apartado de él para recoger la ropa que había traído hasta que la tuvo en sus narices.
-Ten, será mejor que te pongas esto o vas a coger frío.
Eric no se movió.
-Yo... creo que será mejor que me vaya -murmuró más bien para sí mismo.
-¿Y adónde irás? ¿A buscar otro cliente? -Marc le obligó a coger la ropa entre sus brazos-. Sinceramente, ahora que sé a qué te dedicas me quedaré más tranquilo si te quedas aquí.
Como un autómata, Eric empezó a vestirse con ese pijama verde que le quedaba grande y se volvió a poner los calcetines. Mientras tanto, Marc cerró la puerta principal con llave y le trajo un cojín y un par de mantas.
-El baño está al fondo a la derecha... Aquí puedes apagar la luz... Y bueno, eso es todo.
Eric asintió y se dejó caer en el sofá, aún aturdido por el rechazo. Marc echó un último vistazo al chico y se dio la vuelta para marcharse a su habitación, pero un comentario le detuvo.
-Sabes, no pensaba cobrarte nada más aparte de la cama...
-Ya... Buenas noches.
El muchacho no le respondió. En lugar de eso se quedó mirando hacia donde Marc había desaparecido.
-Tú te lo pierdes... -gruñó finalmente.
Se colocó de costado en el sofá y se tapó con una de las mantas que Marc le había traído. Afortunadamente el sofá era más cómodo de lo que se esperaba. Además estaba tan cansado que diez minutos después de cerrar los ojos ya se había dormido.
El reloj-despertador de su mesilla de noche marcaba las dos menos cuarto de la madrugada cuando Marc se metió en su habitación después de una rápida pero relajante ducha. Lo primero que hizo fue comprobar que el cajón donde había guardado la pistola estaba cerrado con llave tal y como lo había dejado, aunque desde que había dejado al chico en el salón que no se había escuchado ni un solo ruido. Después de su ruptura con Kevin había vuelto a las andadas y a traer desconocidos a su apartamento, por lo que se había acostumbrado a disimular su condición al llegar con ellos, pues muchos de sus ligues se echarían para atrás si supieran que era policía estatal de Nueva York, y además, que trabajaba como detective en la división de narcóticos.
Mientras se acomodaba para dormir, Marc se preguntó cómo habría reaccionado el chico si le hubiera contado a qué se dedicaba. La prostitución en los Estados Unidos era ilegal en prácticamente todos los estados, y Nueva York no era la excepción, por lo que seguramente habría salido por patas para no ser detenido.
Marc se preguntó también cómo era posible que un chico tan joven y en apariencia tan... normal, por decirlo de algún modo, terminara con ese tipo de trabajo. No parecía un marginado, ni tampoco un drogadicto, aunque él sabía que el consumo de algunas drogas de hoy en día podía no resultar tan evidente como con las de antaño.
Suspiró. No le serviría de nada divagar entre sábanas, mejor intentar hablar con él y sonsacarle algo al día siguiente. Cerró los ojos e intentó dormir. Aquel había sido un día muy largo.
