Imposible amor
Primera parte
Capítulo primero
Era ya el año 1709, y hacía 5 largos años que vivía con su familia en Ville-Marie, en Nueva Francia. Tan sólo hacía unos meses de la muerte de su madre, que en paz descansara, y vivía en una casucha junto a su padre y tío, hermano de su difunta madre. Su vida era sumamente penosa, pues su padre y él mismo se dedicaban a trabajar la tierra, aunque por fin su progenitor, llamado Gerard, había conseguido abrir una pequeña tienda de comestibles. En Francia habían sido una próspera familia de comerciantes, pero la llegada de su tío alcohólico les había fastidiado la existencia definitivamente. La única opción era escapar del país, ya que unos matones, que buscaban a su maldito tío, les destrozaron todo lo que poseían y amenazaron con matarlos si no pagaban las deudas de su pariente, el cual marchó con ellos en el viaje al nuevo mundo y a las colonias francesas. Su tío, por supuesto, no trabajaba y lo único que hacía era beber y gastarse el dinero de la familia.
No tenía hermanos o hermanas, pues tras ser parido por su madre, ésta no pudo volver a dar a luz nunca más. Siempre había sido una mujer de salud débil y de mente perturbada. Su padre Gerard la quería tanto que jamás dejó de cuidarla hasta el final, pese a estar ella mal de la cabeza. Sin embargo, él mismo, siempre se había sentido sumamente solo, ya que al no tener hermanos se crió como hijo único, y a eso se le debía añadir que su madre nunca jamás le prodigó su afecto. No le dio el pecho de bebé, ni le cuidó (todo lo hizo su padre y la ya fallecida hermana de éste), ni siquiera le dirigía la palabra. Siempre se había sentido culpable, ya que de pequeño pensaba que su madre no le amaba porque por su culpa había tenido un mal parto que no le permitió tener más hijos, sin embargo, momentos antes de morir, ella le había hablado por primera y última vez. Después espiró, tras haberle confesado la verdadera y terrible razón de que no pudiera quererlo. Y entonces entendió tantas cosas, y a la vez hubiese preferido no conocerlas, pues desde entonces algo en él había muerto por dentro. Su padre estaba muy deprimido últimamente, decirle la verdad lo hubiese matado, así que por ello jamás le confesaría a nadie su terrible secreto. Quería y respetaba a su padre, era lo único que tenía en el mundo. Si le confesaba la verdad, entonces sería totalmente repudiado por él y no tendría a dónde ir. No, una persona como él no tenía futuro alguno. Las gentes de Ville-Marie que le conocían le tomaban por un retrasado o algo así.
Se miró en el espejo que tenía delante y le dolió profundamente el corazón. Su largo pelo amarillo caía lacio y feo sobre su cara pálida, demacrada por la depresión y la desgana, llena de feas pecas y esa nariz tan, tan... grande. La ropa le venía algo pequeña, pues ya tenía 20 años y era alto y delgaducho. Últimamente no tenía muchas ganas de alimentarse. A veces pensaba incluso en dejar de comer definitivamente para desaparecer de la faz de la tierra, sin embargo debía ayudar a su padre, pues él no tenía la culpa de nada. Se dio la vuelta cojeando hacia la puerta. La cojera era fruto de una paliza que su tío le había propinado hacía ya unos cuantos años, antes de llegar a Nueva Francia. En cuanto a su timidez, le impedía superar su tartamudez. La gente le veía como un monstruo alto y flacucho, demacrado, tarado e hijo de una loca. Los niños se reían de su cojera y de su tartamudez, lo que le hacía sentir miedo de ir a la colonia y que se rieran de él. Volvió a mirarse al espejo y las lágrimas ya caían de sus ojos verdes. Un ruido en la puerta le hizo limpiárselas rápidamente con la manga.
-Albert, ¿Estás preparado?- su padre apareció de pronto.
-Sí, padre. Enseguida salgo...
-Te espero en la carreta.- cerró la puerta tras de sí. Albert suspiró afligido. Era día de ir a la iglesia, de estar rodeado de gente que le miraría como un bicho raro. Normalmente se quedaba en casa arando el huerto, mientras su padre iba a la tienda a trabajar y su tío desaparecía varios días (que era lo mejor que les podía pasar). Se miró por última vez en el espejo para cerciorarse de que tenía la cara bien tapada por su feo cabello amarillo, tras lo cual salió muy desganado de casa.
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No habían dicho nada en todo el camino, ninguno de los dos. Albert porque sentía la angustia de hablar con su padre, y éste porque desde la muerte de su esposa ya no tenía muchas ganas de decir nada. Gerard sentía mucho que su esposa nunca hubiese querido al hijo de ambos, por eso lo había intentado criar con amor. Sin embargo en aquellos días no se sentía con ánimo de hablar con su hijo de nada y notaba que a éste le sucedía igual cosa. Hubiese querido alentarle, pues notaba que Albert estaba cada vez más deprimido y más demacrado, sin embargo él mismo se sentía tan mal por la pérdida de su esposa, que ya tenía bastante con lo suyo propio. Aun así intentó conversar con Albert de algo, pues el silencio se volvía a cada instante más y más pesado.
-¿Sabes que ha venido un fraile Franciscano desde los Estados Pontífices?
-¿Un fraile Franciscano? ¿Qué clase de fraile es?- Albert no tenía ni idea, a decir verdad no creía en Dios ni en la iglesia, ni en nada. Pero se lo tenía que tener bien calladito.
-Pues verás, los frailes Franciscanos son de la orden de San Francisco de Asís, que fue un hombre que decidió consagrarse a la oración, a la pobreza y a la soledad. Otros se le unieron, también monjas, y crearon así la Orden de los Franciscanos, o Frailes Menores. Ayudan a los infelices y a los pobres.
-¿Y por qué habrá venido aquí desde tan lejos?
-Tal vez le hayan enviado. He oído que en otras partes del continente muchos Franciscanos van a enseñar la doctrina cristiana a los indígenas. - Gerard se encogió de hombros. - Aunque ignoro la razón que lo ha traído aquí.
-Oh... - no dijeron nada más durante el resto del camino, así que Gerard se dio por vencido.
Albert se imaginó al Franciscano como un hombre mayor y gordo (había visto muchos curas gordos de llevar una vida plena). No le gustaba la Iglesia porque predicaba estupideces sin sentido. Pero lo que más le disgustaba era cómo muchos pagaban un tributo a ésta incluso antes de cometer el pecado, para así ser perdonados en nombre de Dios con antelación. De todas maneras, si realmente Dios existía, debía de estar partiéndose de risa. ¡Cuánta gente pecaba y pecaba! Pero sobre todo cuántos sacerdotes, curas, religiosos, monjas, cardenales, etc., incluso cuántos Papas, había cometido tantos pecados de esos que no se debían cometer. ¡Odiaba la religión cristiana y todas su estúpidas vertientes, reformas y contra reformas! No eran todos más que una panda de egoístas. La gente no hacía otra cosa que morirse por las calles mientras ellos llevaban una vida de lujos y excesos. Le daba igual que aquel fraile viniera de una orden pobre, seguro que estaba gordo de atiborrase tanto y con cara de ese cerdo que no se privaba de los placeres de la vida.
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Su padre estaba atando al caballo mientras él le esperaba en la puerta de la iglesia. Los niños, jóvenes y mayores le miraban todos con la misma cara de asco y esa sonrisa socarrona en la boca. Bajó la cabeza avergonzado de sus facciones horrendas, monstruosas, mientras cojeaba intentando llegar a la puerta de la iglesia. Debido a su cojera, tropezó en un escalón y empujó sin querer a una feligresa que lo miró furibunda.
-¡Mira por dónde vas!
-L-lo s-siento s-señora, yo n-no... - unos niños, que habían estado mirándolo como un bicho raro, se echaron a reír al escucharlo tartamudear. Albert notó como las lágrimas de la vergüenza le quemaban en los ojos. No quería otra cosa que salir corriendo, pues la terrible punzada de dolor que sintió le destrozó el corazón. Bajo todas aquellas perversas y despectivas miradas, se sentía un despojo. Se giró dispuesto a salir corriendo todo lo deprisa que se lo hubiese permitido su cojera, cuando se dio de bruces contra otro feligrés. Ya nada podía ir peor.
-¡Lo s-siento...! -Se quedó estupefacto al ver contra quién se había chocado.
-No tiene importancia, ninguna importancia.- aquel hombre lo cogió por los brazos con amabilidad y Albert se fijó en su sonrisa amable. Era más alto que él, delgado y joven, con el cabello oscuro cortado de forma monacal, y el alto de la cabeza rapado del todo. Iba vestido con un sayal de color marrón, y en la cintura una simple cuerdecita para atar la túnica. No lo había visto nunca antes, así que supuso que era el fraile nombrado por su padre. Se quedó realmente estupefacto, porque esperaba encontrarse un feo y viejo gordo, y se había dado de bruces contra un joven hermoso y de mirada parada y dulce.
-¿Pretendías escaparte de la casa de Dios?- habló con un extraño acento extranjero.
-N-no yo...
-Entonces, entremos. No tienes nada que temer mientras yo esté aquí.- era tan suave hablando que resultaba sumamente convincente. Notaba su mano en la espalda y eso lo tranquilizó. Se sentó junto a su padre, más rojo que un tomate y con el corazón a cien por hora.
-¿Te sucede algo, hijo?- Albert negó con la cabeza mientras miraba de soslayo al fraile Franciscano. El Padre Louis, que estaba al lado de éste, comenzó a hablar.
-Congregación, quiero presentaros al sobrino de un gran amigo mío, que es cardenal en la Santa Sede. Es Fray Davidé, fraile Franciscano. -Albert pensó en lo bonito de su nombre. - Ha venido y se ofrece a vosotros para ayudaros en todo lo posible.- con un gesto le indicó a Fray Davidé que hablara.
-Estoy muy contento de estar aquí. Mis sinceras disculpas por mi mal francés, pero intentaré mejorar. Vengo de una congregación humilde, muy humilde, que viaja para ayudar a los más necesitados. He renunciado a las riquezas de mi familia, y a ascender como mi tío el cardenal, porque para mí lo más importante es prestar toda mi ayuda a los más necesitados. - miró directamente a Albert, que lo miraba a su vez con rostro anonadado, sin importarle que se le viera su fea cara. -El corto período que viva aquí, ayudaré a quien me lo pida con gusto. Y no permitiré que nadie sea dado de lado por sus defectos- miró a la mujer que había insultado a Albert, la miró con dureza y ella se avergonzó- A los ojos de Dios, todos somos personas que merecen misericordia. - su rostro duro volvió a cambiar y aquella dulce sonrisa reapareció, y Albert se dio cuenta que iba dirigida a él.- Estaré aquí para ayudaros, no lo olvidéis nunca.
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Tras aquello, la misa continuó como de costumbre y todos salieron de la iglesia animadamente. Era una novedad que un fraile se pasease por allí. Albert lo buscó frenéticamente entre el gentío, empero su padre lo estiró del brazo para atraerlo hacia la carreta.
-P-padre, espere...
-Vámonos a casa hijo, es tarde. - miró por última vez hacia la gente, sin éxito.
Mientras, el Padre Louis y Fray Davidé departían.
-¿De veras no quieres quedarte en mi casa?
-Se lo agradezco profundamente Padre, sin embargo estoy tan acostumbrado a la soledad que me impide vivir con nadie más. Sólo a veces con hermanos Franciscanos, pues compartimos todo. Estaré muy bien en la cabaña en la que he vivido estos dos días aquí.
-Pero...
-No insista Padre Louis, pero muchas gracias. Por cierto, ¿Quién es ese muchacho rubio de allí?- señaló a la ya alejada carreta de Gerard y Albert.
-Ah... es Albert, el único hijo de Gerard Aumont, el dueño de una pequeña tienda de comestibles. Son una familia muy desgraciada. La mujer de Gerard murió hace 4 meses, pero la pobre no estaba cuerda. Albert ha salido en todo a la familia de ella. Tanto física como mentalmente. El tío del chico es como él pero mucho más mayor. Ese hombre es un borracho y un pecador sin remedio. Acabará derecho en el infierno. Y el chico, cojo, tartamudo y analfabeto. Ninguna familia querría casar a su hija con él, porque lo ven como un ser extraño. Ya no tiene remedio.
-Todo tiene remedio en este mundo.- musitó con dulzura.- Menos la muerte...
-Olvídate de ellos Fray Davidé, muchas otras personas te pedirán ayuda. Ellos nunca lo harían, son muy orgullosos.
-No hace falta que me la pidan para que yo se la dé.
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Fray Davidé entró en la cabaña, que era muy pequeña y estaba algo alejada de Ville- Marie. En 1642 se fundó la ciudad, y pese a que los ingleses se habían quedado con tierras por allí, Ville-Marie seguía siendo francesa y la colonización estaba mucho más extendida que al principio. Además, el río San Lorenzo se encontraba muy cerca.
Fray Davidé no necesitaba gran cosa para vivir. Comía lo necesario, ni más ni menos, y no poseía más pertenecias que su sayal y algunas ropas más, y no dudaría en darlo todo si encontrara a alguien tan pobre que no tuviera unas prendas dignas o se muriera de frío. Era feliz así, nada podría cambiar eso. Con la pobreza no pretendía fustigarse ni nada parecido. Simplemente eso era lo que siempre había querido. De niño fue criado con lujo, pues su familia no eran cualquiera. Como era el hijo menor, le dieron a optar entre casarse, posiblemente con una mujer de riquezas parecidas y a la que probablemente no podría amar, u ordenarse bajo la tutela de su tío el cardenal. La sorpresa fue mayúscula para sus padres cuando les dijo que pretendía ser ni más ni menos que Franciscano. En definitiva, ser fraile Franciscano era lo peor que les podía haber hecho, pues un Franciscano no posee nada más que su pobreza. ¿Es qué no pudieron comprender en su momento que lo único que deseaba su corazón era servir a Dios y a los necesitados de la mejor forma posible? Ya hacía 10 años desde aquello, y nunca más había vuelto a poner un pie en la casa familiar. Su única relación familiar era con su tío, el cual lo había apoyado siempre.
En aquellos instantes, pensó en Albert Aumont y se propuso ayudarlo en todo lo posible. Había visto claramente cómo lo miraba la gente. ¡Qué vergüenza de congregación! Si miraban así a un pobre muchacho con pequeños defectos, cómo mirarían a un leproso. Recordaba vívidamente aquellos ojos verde esmeralda, los más verdes que había visto jamás, mirándole con las lágrimas a punto de desbordarse por su cara pecosa. Se sintió muy bien cuando lo tocó, pues retuvo definitivamente aquel inminente llanto del que se sabe repudiado por todo el mundo.
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Lloró desconsoladamente sobre la almohada de su catre, intentando que su padre no lo escuchara, igual que desde hacía meses. El sol pronto se pondría y por fin la oscuridad se cerniría sobre él. No cenaría, pues tenía el estómago tan pegado que hubiese sido imposible tragarse ni un simple mendrugo de pan. ¿Qué es lo qué le había sucedido aquella mañana? Aquel fraile tan sólo lo había tocado un instante, y por arte de magia todos sus dolores de corazón habían desaparecido. Después, de vuelta a casa, aquellas malas pesadillas e inseguridades le habían vuelto a presionar el pecho, y con más fuerza.
-N-necesito su ayuda... - musitó para sí mismo.- Quiero escapar de esto... Porque aquí n-no tengo futuro... - Era feo y analfabeto, porque no sabía ni cómo escribir su nombre. De niño su tía le enseñó un poco a leer y escribir, sin embargo murió muy joven y nadie más de la familia era tan inteligente como ella. A pesar del tiempo transcurrido, fue la única mujer que le quiso. Ya ninguna otra le querría. Las muchachas del pueblo se reían de él y ninguna familia casaría a sus hijas con un engendro. Su padre no se lo había dicho, pero sabía que el hombre intentó casarlo sin éxito. Lo prefería, pues si tenía que decir la verdad, ninguna chica le atraía en lo más mínimo, y menos sabiendo que se reían de él por sus defectos. Era consciente de que no era hermoso como lo fue su difunta madre, a pesar de ser su hijo. Ella tenía el cabello de un rubio tan precioso que el sol brillaba en él radiante. Era muy pálida y pecosa, con unos ojos verde esmeralda tristes pero hermosos, enmarcados por pestañas oscuras. Su boca era carnosa y roja, sensual. Y su cuerpo esbelto y delgado la hacía parecer una Diosa. No era de extrañar que Gerard la amara tanto, a pesar de que estuviera loca. A veces, cuando su padre no estaba, ella le miraba con una frialdad que helaba el corazón. Y cuando su hermano mayor aparecía por la casa, ella se volvía más fría. Tampoco a él le dirigía la palabra. Ahora ya entendía las razones. Su tío, de joven, y según palabras de Gerard, había sido un hombre muy atractivo, aunque de eso ya no quedaba nada, pues era un borracho asqueroso y una mala persona.
Continuó llorando un rato más hasta que se calmó él solo. Escuchó de pronto que Gerard le llamaba a gritos.
-¡Albert!- corrió en pos de su padre.
-¿Sí?
-Ve a por más vino, no queda. ¡Ve a la tienda!
-Está b-borracho padre, no voy a traerlo.
-¡VETE AHORA MISMO!- chilló como un energúmeno. Estaba borracho, cosa habitual en las últimas semanas. La perdida de su mujer lo había trastocado definitivamente.
-¡No iré! ¡No q-quiero q-que se c-conviert-ta en un borracho como...!
-¡VETE AHORA MISMO, RETRASADO MENTAL! ¡TODA LA GENTE DE ESTE LUGAR TIENE RAZÓN, ERES UN RETRASADO!- aquello dejó a Albert de piedra. Se le encogió el corazón definitivamente hasta casi desaparecer en su pecho. Cojeó hacia la puerta mientras resistía el embate. Su padre jamás le había insultado así.
-Ahora m-mismo se lo traigo, padre...
-¡Y NO TARDES!
Corrió desesperadamente por el camino de piedras, y debido a su poco control de la pierna derecha y estar cegado por las lágrimas, cayó de bruces ya muy cerca de la tienda de su padre. Unos niños que jugaban por allí, se acercaron corriendo para ver al cojo y reírse de él un rato.
-¡EH! ¡COJO! - "No les escuches", se dijo.
-¡D-dejadme!- se levantó enfadado.
-Tú comes ratas, por eso hablas mal. ¡Abre la boca, enséñanosla! ¡Ratas, come ratas! ¡COME RAAAAATAAAAS!
-¡COME RATAAAAAAAAAAAS! - todos empezaron a chillar como locos entre risas ruines.
-¡TONTO! ¡RETRASADO! -un niño le tiró una piedra que le impactó en la sien, lo que le hizo ver las estrellas. Otra le dio en la espalda
-Por favor, basta... - gimió. Le dolía tanto el golpe en la cabeza que fue incapaz de levantarse y defenderse.- Basta... - sollozó con amargura. Sintió una patada en el costado y otra en la pierna mala. Si Dios existía, por favor, que le dejaran en paz.
-¡BASTA!- una voz conocida de acento italiano chilló con fuerza. Los niños echaron a correr despavoridos. Unos brazos fuertes le levantaron del suelo abrazándolo con extrema dulzura.- Ya ha pasado Albert, no volverán a hacerte nada. Qué niños tan mal educados. Esto es vergonzoso. ¿Estás herido?- una mano cálida y suave le apartó el pelo ensangrentado de la cara. Albert estaba aturdido por el fuerte impacto recibido en la sien y parecía como ido.
-Albert, ¿Me oyes?
-Ayúdame... - fue lo único que atinó a decir, lo siguiente fue desmayarse entre los brazos de Fray Davidé.
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Abrió los ojos y se tocó la cabeza. Llevaba una especie de paño alrededor de ésta, para taponar la herida. Al levantarse vio las estrellas y tuvo que recostarse de nuevo. No estaba en su cama ni en su casa.
-¿Cómo te encuentras Albert?- éste miró en dirección a la voz y quedó perplejo.
-¿Dónde estoy?
-En la casita en la que vivo solo ahora. Estábamos cerca, así que te traje aquí.
-Tú eres el f-fraile f-fr-fr...
-Franciscano.
-Eso... Gracias por ayudarme. He d-dejado que unos n-niños me apaleen... es p-patético...
-Te dieron en la sien, podrías haber muerto.
-Es lo m-mejor que me p-podría haber pasado hoy.
-No quiero oírte decir eso. Hay mucha gente enferma que daría lo que fuera por vivir tu vida. No la menosprecies.
-No le deseo m-mi vida a nadie. - Fray Davidé sonrió con amabilidad.
-Antes me has pedido ayuda, así que te la prestaré. Hoy te puedes quedar aquí a dormir. Demos gracias a Dios porque estés vivo.
-Dios d-dejó de existir para mí.- era la primera vez que se lo decía a alguien y encima a un fraile.
-Si no crees en Dios, cree en mí, hago lo que puedo aunque no me pueda comparar con Él.
-Has hecho más por mí, que nadie n-nunca. - Davidé sonrió para sí mientras se levantaba.
-He preparado un caldo, debes comer, te encuentro muy delgado. - en muchos meses, era la primera vez que Albert sentía hambre y comió con avidez. -Albert, ¿Quién te ha hecho eso en la espalda? ¿Tu padre?- éste se quedó helado. Claro, Fray Davidé le había despojado de la sucia camisa y había visto las marcas de la última paliza de su tío.
-¡No! Mi padre jamás me ha pegado.
-Entonces tu tío, borracho.
-¿C-cómo sabes tantas cosas d-de mí?
-Se lo pregunté al Padre Louis, simplemente. Entonces fue tu tío. - Albert asintió tragando saliva.- No dejaré que te hagan daño nunca más.
-No tengo nada con l-lo que pagarte...
-No quiero nada a cambio. No necesito nada tampoco.
-Eres distinto a cuantos hombres he c-conocido...
-Sólo soy un fraile Franciscano. Nadie más... Y ahora, duérmete. - sintió su mano cálida posarse sobre sus cansados y enrojecidos ojos. Se durmió al instante. Davidé le cogió de la mano. Estaba llena de cayos por el trabajo en la tierra. Aun así era esbelta y cálida. Lo miró dormitar. Le habían dicho que su madre y él eran de aspecto casi igual, así que esa mujer debió ser realmente hermosa. Se levantó de la cama y continuó con lo que había estado escribiendo, hasta que horas más tarde escucho la débil, pero masculina voz de Albert a sus espaldas.
-Ven a la cama... -la última vez que había escuchado aquello fue de muy niño, cuando su madre todavía estaba orgullosa de él, empero no había sonado del mismo modo en sus oídos. La voz de Albert fue lasciva, o no... no lo fue, pero a él se lo pareció.
-No, Albert, duerme tú en ella.
-Ven a la cama... Davidé... - éste se giró del todo y lo miró dormitar. Lo había llamado por su nombre de pila, sin apelativo. El corazón le latió con fuerza. Se levantó ansioso para recostarse al lado del herido, que se hizo a un lado. La luz de la vela terminó por apagarse, y entonces Davidé ya no pudo contemplar aquel rostro pecoso y esbelto, sin embargo lo tenía grabado en la retina a fuego. Hacía mucho, desde niño, que no compartía el lecho con nadie, pues estaba completamente dedicado a su causa y soledad. Finalmente se durmió, con la convicción de que podría ayudar a aquel chico.
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Se despertó aquella mañana con un terrible dolor de cabeza. Aun así, nunca había dormido tan bien. El rostro de Davidé estaba justo enfrente suyo. Éste ni siquiera se había metido dentro del catre y había dormido con su hábito y todo. Tenía unas pestañas larguísimas y unos labios tan sensuales que le dejaron alelado. Sintió en los suyos propios algo nuevo, como un consquilleo sensual, como un anhelo que estiraba de él hacia el fraile. Hacia sus labios... para convertirse en un beso sincero. Davidé se despertó entonces y vio a Albert tan cerca de él que al apartarse turbado se cayó de la cama.
-¡Fray Davidé!
-¡Estoy bien! Ja, ja... no pasó nada.
-Lo siento, es culpa mía.
-No hombre, me he caído yo solo de espaldas. Ja, ja.
-T-tengo que irme a casa, m-mi padre debe de estar muy enfadado c-conmigo. Ayer él... estaba b-borracho y... me dijo cosas terribles. Me d-dijo que yo era un retrasado mental... y él nunca antes...
-Eso lo hace el alcohol. Seguro que está muy arrepentido. Pobre Albert- le acarició el cabello rubio.
-Ayúdame, por favor- se agarró a su sayal como si le fuera la vida en ello- Acompáñame-me a ver a mi padre.
-Cómo quieras...
-Yo no soy un retrasado mental, sólo t-tartamudeo, sólo cojeo... ¿Por qué me ven cómo un ser horrible al que despreciar?- se puso a sollozar descontroladamente- Yo q-quiero salir de esto. Sé que no soy un hombre hermoso, que no sé leer ni e-escribir, p-pero por qué me odian todos, por qué me odian, ¿eh? Tengo 20 años, no soy un niño. M-mi madre no me quería, mi padre ya no me ama, mi t-tío me pega, los niños agreden, a las mujeres le doy asco y n-nunca me amará nadie en toda m-mi vida, p-pero yo soy una persona... aunque sea el hijo del demonio... no he hecho nada malo, sólo nacer... - sus sollozos fueron tales que no pudo seguir hablando y se hundió en el habito de Fray Davidé hasta casi ahogarse. Éste creyó morirse de pena. Había asistido a muchas personas enfermas o necesitadas, pero jamás a alguien tan necesitado de afecto. Pero él no podía darle ese afecto. Se sintió un ser despreciable por pensar en aquello. Negarle el afecto a quien lo necesitaba... qué terrible.
-Yo te ayudaré. Te voy a enseñar a leer y a escribir, te ayudaré con tu padre y con tu tío, aprenderás a hablar correctamente, te voy a cortar ese pelo enmarañado que llevas, y voy a buscar un trabajo para ti, y si no lo encuentro, hablaré con tu padre y vendrás conmigo a Roma.- Albert lo miró estupefacto. - Tal vez pueda hacerte creer en Dios y acabes siendo fraile como yo, si quieres... - el chico se quedó sin palabras, pero aquel corazón que la noche anterior se contrajo hasta casi desaparecer, se abría ahora como una rosa húmeda por la lluvia y palpitaba en su pecho con una fuerza arrebatadora.
-Gracias... - fue lo único que pudo decir y en un susurro. Se sentía considerablemente perturbado, pues la rosa de su pecho latía y latía como sólo late en alguien terriblemente enamorado. Albert se dio cuenta en ese instante que aquello que sentía no era sólo agradecimiento puro, sino una pasión desbordadora y a la vez aterradora. Tenía delante a un hombre enfundado en su hábito, era un fraile Franciscano que había renunciado a todo, no solamente al amor, sino a todo menos a su pobreza y a su bondad. Se percató de que se había enamorado por primera y última vez en su vida, y además de otro hombre. La rosa de su pecho se contrajo de nuevo, aunque esta vez de angustia.
-¿Estás mejor?- Albert le sonrió como pudo.
-Sí... - pero no estaba bien, no después de lo había sentido por él...
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