"Lluvia de sangre"
ªLa luna... brillaba al trasluz de las tupidas nubes, intensa, desafiante en el espacio oscuro. El trueno quiso rugir cruel en el cielo pero no lo consiguió, quedándose pequeño y extrañamente lejano...
Para la tormenta todavía no era su turno... aunque... los haces de luz parpadeaban en una intermitencia que anunciaba pronta lluvia, se olía la humedad en el ambiente y todo el panorama de la ciudad, con sus sombras y luces, era maravillosamente tétrico. Era la noche profunda y ni siquiera el nuevo trueno podía cortar esa profundidad repleta de tonos grises y azureos metálicos, porque para la tormenta... aun no era su turno... aunque sí lo era para el vampiro.
Anduvo sigilosamente, cosa que no le costaba ningún esfuerzo, sobre el empedrado de una calle muerta de Roma, preguntándose sobre qué aspecto tendría ésta cuando la luz la bañaba en los días soleados... repleta de gente que paseaba sin miedo, o corría con esas extrañas prisas humanas, tal y como le sucedía al pobre e inepto infeliz que caminaba apresuradamente por una callejuela en la que apenas había algún coche aparcado sobre la estrecha acera. Podía leer sus pensamientos con absoluta claridad, aunque lo cierto era que ni ese mismo hombre los tenía muy claros, siendo éstos de lo más desordenados. No paraba de rezarle a Dios... no le gustaba para nada andar a esas horas por las calles desiertas, no hacía mucho que había sufrido una mala experiencia con unos gamberros que le habían atacado y burlado. El vampiro leyó también que era un sacerdote, y le encantó sobremanera. Apresuró el paso para asustarlo un poco antes de... pero no le dio tiempo.
Ecos de voces llegaron a los oídos de los únicos dos seres que se encontraban en aquella calleja. El sacerdote se dio la vuelta pero fue demasiado tarde para cambiar el rumbo de su dirección, aquella pandilla de voces y ecos ya lo habían cogido. El vampiro se escondió en el hueco de un portal y simplemente observó la escena mientras la tormenta se acercaba a pasos agigantados.
–¡Eh! mirad chicos, el cura del otro día. ¡Eh, viejo! –agarraron al hombre por el brazo y lo zarandearon con visible violencia.
–Dejadme en paz por Dios, no os he hecho nada.
–Eres un viejo y los viejos no nos gustan, y los apestosos curas menos. Te advertimos que no queríamos verte más por aquí, y el viejo que no nos hace caso la paga.
Se lo pasaron como una pelota y el vampiro decidió intervenir. Se acercó silbando como quien no quiere la cosa, plantándose tranquilamente ante aquella jauría de cerdos.
–Vaya, veo que estáis montando una fiestecilla y no he sido invitado– dijo el vampiro con voz cristalina y a la vez profunda, observándolo todo tras sus redondas gafas de cristal rojo sangre.
–¿Y tú quien coño eres tío? Nadie te ha dado vela en este entierro.
–¿Qué nadie me ha dado vela en este entierro? Eso ya lo decidiré yo, sobre todo porque los entierros bajo la lluvia son los que más me gustan.– Su risa vampírica resonó contra las paredes de las casas. Uno de los hombres se adelantó hasta él con una navaja y el vampiro dejó se la clavara en el vientre, sólo por puro divertimento.
Sintió “algo”, una pequeña punzada de dolor que ni siquiera produjo un cambió en su imperturbable expresión fría. Apretó el brazo del estúpido agresor haciéndole crujir el hueso. Éste lanzó un grito ahogado pero no pudo moverse un ápice. El vampiro lo miró con una sonrisa llena de sarna, y terminó de romperle la articulación. Cayó al suelo aullando de dolor. Los presentes, asombrados, miraron al no muerto arrancarse la inmunda navaja del cuerpo y lamer la sangre de la hoja.
–Mi sangre está deliciosa... qué lástima que no podáis apreciar ese detalle.– lanzó el arma blanca, con visible aburrimiento, por encima de su hombro. – En fin– continuó hablando– ¿El próximo para enterrar? Éste ya está listo– señalo al hombre tendido sobre el empedrado. Luego dio un paso hacia delante y los demás echaron a correr sin preocuparse de su supuesto compañero.
–Malditos humanos cobardes... los mortales son alucinantes.
–Dios mío señor, ¿Está usted bien?– le preguntó el viejo sacerdote con visible preocupación.
–Sí señor, perfectamente bien, aunque pronto lo estaré mejor... mucho mejor– susurró con sonrisa burlona que el pobre cura no comprendió en absoluto.
–¡Está sangrando!– gritó espantado.
–La sangre es bella, no es mala– alargó la mano y le acarició el cuello, el sacerdote dio un brinco hacia atrás poniéndose a temblar.
–¿Crees en los vampiros pequeño mortal? Será lo último que veas en tu insulsa vida querido mío, ni a Dios, ni a los ángeles, ni al mismísimo demonio, sólo me verás a mí, a un vampiro que va a chuparte hasta la última gota de tu preciosa sangre.
Asió con facilidad al aterrado mortal y lo apretó contra él, sintiendo cómo temblaba de puro horror y miedo, con la expresión desencajada. Éste comenzó a gritar en nombre de Dios a trompicones, pero al vampiro no le produjo más que risa. Plantó los labios contra el cuello de su víctima y susurró;
–Dicen que tan sólo la auténtica fe en Dios puede repelernos y aun no he conocido quien lo logre. Estás simplemente perdido, tu sangre solamente es... m í a...
Hundió los afilados colmillos en la carne y pronto sintió como la sangre caliente pasaba deslizante por su garganta, suave y dulce, salada y amarga... Repleta de vida, rebosante de calor. El corazón le latía fuerte con esa sangre renovadora, en cambio el de su víctima había reventado, muriendo... cesando sus débiles latidos... y antes de que se apagaran se apartó de él. El vampiro tenía la piel caliente, y el muerto... fría.
Lo recostó junto al inmundo delincuente que se había desmayado de dolor o impresión, nunca se sabría.
–Adivina cerdo a quien van a echarle toda la culpa de lo sucedido en esta calle.– Sonrió con burla, le hacía todo tanta gracia. Se palpó el rostro y lo sintió ligeramente subido de temperatura. Fue a mirarse en el espejo retrovisor de un coche. Sí, ya no estaba tan pálido, pero le duraría poco aquel maravilloso efecto. Como siempre... duraría poco.
–Un no muerto es un no muerto... sin remedio... – se dijo. Una gota le cayó en la mejilla y un trueno resonó allá en la cúpula de nubes. La luna apenas ya era visible, con una luz débil ahora tras el manto gris.
La lluvia cayó en gotas gordas, espesas y con notable olor a tierra húmeda. Era el tiempo en el cual la anunciada tormenta reinaría.
–Dios, creo que te has enfadado conmigo... Ja, Ja... Aunque me caiga un rayo en la cabeza, sabes que no conseguirás acabar conmigo.
ªªªªªªª
El ser inmortal que vivía en las noches corrió riendo, siendo mojado por una lluvia fea y dura, que formaba rápidamente charcos en el empedrado sobre los que saltar y mojarse como un niño que desafía las iras maternas en los días de otoño lluvioso. Sólo que él ya no tenía una madre que le riñera por esa travesura, su madre, de la cual no recordaba el nombre ni le importaba, estaba muerta hacía siglos y los gusanos la habían devorado.
Danzó largo rato por la ciudad de Roma corriendo bajo el manto tupido de agua, jugando con los rayos... Se sentía extrañamente eufórico, deseoso de decirle a ese Dios que la humanidad había inventado, que no había conseguido vencer a un inmortal. De decirle que la sangre que le daba fuerzas aquella noche, como en las anteriores, era de uno de esos estúpidos sacerdotes suyos. Por eso buscó alguna iglesia cercana donde expresar lo que sentía. ¡Diversión, diversión!
Y sí, halló una que le gustó, no demasiado grande. En todo caso se suponía que Dios estaba en todas partes. Entró con sigilo, chorreando el suelo de piedra como un pez salido del agua y se sentó tranquilamente como si estuviese en su casa. Observó el Cristo crucificado, sufriendo clavado en la cruz. Y se burló de él...
–Realmente no sé lo qué pretendías conseguir con eso de colgar medio muerto de una cruz, pero seguro que no te ha salido demasiado bien... porque es gracioso... el mundo sigue estando lleno de escoria, como en tu época. – sonrió con malicia. Pronto saldría el sol, por lo que se dispuso a salir de aquel lugar estúpido que los fieles adoraban tanto, cuando escuchó el eco de unos pasos provenientes de algún lugar del sagrado recinto. Le entró la curiosidad y optó por quedarse a ver de quién podía tratarse. Comer antes de irse a dormir le encantaba.
Era un hombre joven y alto, vestido de sacerdote y cuando éste se dio cuenta de la presencia de otra persona en los bancos arqueó las cejas sorprendido. ¿Quién sería aquel hombre?, se preguntó primeramente. Decidió acercarse hasta él. Tal vez era un feligrés que quisiese algo. Observó que iba mojado de pies a cabeza y chorreaba sobre la madera del banco y la piedra del suelo. No vestía como un pobre, al contrario, pero era extrañamente pálido, incluso sus labios estaba faltos de color. Tal vez se encontrara mal o enfermo. Se sentó a su lado con preocupación.
–Perdone pero... ¿Se encuentra mal? Parece enfermo... – el vampiro no lo miró, pero le gustó su voz cálida y agradable aunque había algo en ella que la quebraba. Pese a ello, su acento era de un italiano delicado.
–Me encuentro bien, no quería más que decirle algo a nuestro amigo– señaló al Cristo del altar.
–¿Quiere confesarse?, yo soy sacerdote.– Esta vez lo miró con malicia y sonrisa sarcástica a más no poder.
–Soy un vampiro y los vampiros no nos confesamos. No terminaríamos jamás de relatar todos nuestros abominables pecados... ¿Qué te parece?– El sacerdote no dijo una palabra, ni una, en cambio se puso a pensar en lo que el hombre rubio le había dicho y a observarlo detenidamente. Aquel hombre vampiro era extremadamente pálido, de facciones seductoras y unos ojos verde esmeralda que brillaban extrañamente en la semi oscuridad del lugar...
–Se supone que los vampiros no pueden entrar en las iglesias y todas esas cosas... –El inmortal soltó una carcajada que resonó por toda la iglesia.
–Eso mismo creí yo una vez, y descubrí que podía hasta dormir en ellas. Cosas de leyendas ancestrales. Sé que no te lo crees, que sea un no muerto claro, pero te voy a demostrar que estás equivocado...
–Sí que te creo.– dijo sin más y sonrió de una forma turbadora que hizo latir más deprisa el corazón del vampiro. Lo miró con detenimiento, sus facciones eran suaves y a la vez fuertes, sus labios amplios, con esa sonrisa turbadora, y esos ojos pardos e imponentes en los que podía verse reflejado, y lo que vio no le gustó. Un estúpido vampiro con una pinta horrible, mojado, despeinado y pálido.
Apartó la mirada sonrojándose tanto que le volvió el color a la cara, intentó sondear su mente, cosa que por alguna razón no consiguió. Y no poder leer aquella mente le enfureció bastante, pues no solía ser algo habitual. Volvió a mirarle y se acercó a aquel hombre que no corría aterrorizado.
–Sé que no te lo crees estúpido mortal– le informó enseñándole los colmillos…– sin embargo el mortal no mudó la expresión ni salió despavorido como otros, cosa que perturbó considerablemente al no muerto. Le gustó tanto, le gustó tanto que no huyera de él. Y su propio corazón cada vez latía más fuerte. Tenía que tocarlo, tenía que apretarlo contra él y beber su sangre maravillosa, así que le agarró de los brazos y los estrujó. Quería asustarlo pero no podía conseguirlo, por lo que se sintió impotente y tembloroso.
–¿No vas a chillar, ni a gritar? Voy a matarte, ahora... Ante tu Dios... Y ni él ni nadie podrá pararme.
–Te creo... creo que eres un vampiro. – repitió sin más palabras y se quedó quieto, imperturbable, de alguna manera cansado.
El inmortal olió su sangre, sintió esa extraña suavidad y paz que emanaban cuerpo y piel. Le daba tanta paz, sentía que con él podía hablar, podía...
–Si es que vas a matarme quisiera saber tu nombre, vampiro...
–Albert... – Éste se dio cuenta que le había dicho su nombre ensimismado, si pensar en que se lo estaba confesando a la par que olía sus cabellos oscuros y cortos. Se enfureció tanto consigo mismo que apartó al cura de un empujón que lo lanzó hasta el suelo.
–Has tenido suerte estúpido, tengo que irme porque el sol está apunto de salir– Se dio la vuelta y echó a andar deprisa
–¡Albert!– lo llamó el joven sacerdote y el vampiro se dio la vuelta sin pensar.– ¿Volverás Albert?
–Quién sabe. – Volvió a girarse y desapareció tras el portón, bajo la tupida cascada de gotas de agua.
ªªªªªªª
El sacerdote se quedó echado sobre el suelo mirando el techo abovedado de la pequeña iglesia, pensando en lo extrañamente solo que parecía sentirse Albert... Había estado a punto de sentir esos labios suyos en el cuello... Pero... ¿Había querido que lo hiciera? Jamás había sentido algo tan extraño al estar con alguien... ¿Pero en qué estaba pensando por Dios? Notó un horrible picor en la garganta y la tos que tanto temía le hizo convulsionarse sin poder parar. Se llevó la mano a la boca y una sangre roja unida con baba, le manchó la palma, como siempre. Le dolía el pecho y vomitar sangre le preocupaba demasiado... Pero tenía miedo de ir al médico... si ese vampiro le hubiese matado, ya no sufriría más. Se avergonzó de aquel horrible pensamiento y miró a Cristo crucificado con visible vergüenza.
–Lo siento Dios mío, a veces me siento... tan desgraciado, tan solo... tan enfermo...
Se levantó para limpiar el rastro de agua que Albert hubo dejado en el suelo y el de sangre que él mismo había vomitado sobre la fría piedra. ¿Volvería Albert? Tal vez pudiesen ser amigos...o tal vez... le diera lo que más ansiaba…
ªªªªªªª
Albert corrió hasta el Hotel. Se había ensimismado en aquella iglesia como un idiota y ahora el Sol le pisaba los talones para destruirlo. Por suerte las nubes espesas y la lluvia no dejarían pasar demasiado esos rayos dañinos de luz cegadora. Nada más llegar a la habitación por completo oscura, se echó sobre la cama. Estaba en el mejor hotel de toda Roma, en la mejor suite, así que nadie se atrevería a molestarlo. Era más que rico. Vivir tanto tiempo significaba amasar una gran fortuna con mucha facilidad. Pero por más que lo intentó no pudo dormirse ni a tiros. Su mente no cesaba de pensar por sí sola, no quería dormirse. Aquel sacerdote... aquel hombre tan perturbador que no había huido de él, aquellos ojos pardos que lo miraban sin miedo, y aquella bella sonrisa que no era una burla hacia él, repleta de sinceridad y sencillez.
Albert se abrazó a la almohada con fuerte dulzura y suspiró...
–Volveré... –susurró– Pero no probaré tu sangre, no podría soportar que murieras... No te tocaré siquiera porque tengo miedo de... de... matarte si lo hago. Ojalá supiera tu nombre para poder susurrarlo en sueños... ¿Qué me está pasando?
Al fin la modorra le llegó apenas sin percatarse de ello y tuvo el extraño sueño de un entierro bajo una espesa lluvia de sangre roja... La voz de Dios atronadora, se reía de él porque nadie le quería y nadie le querría nunca... Como siempre le había sucedido. El vampiro al que nadie quiere, el vampiro solo, durante largos años... solo. Dios le decía " Siendo el ser más despreciable del mundo, él no va a amarte, yo he ganado" Y Albert se despertó tras la puesta del sol, encontrando la almohada manchada por sus lágrimas de sangre... tan a solas como se había sentido siempre.
ªªªªªªª
El sacerdote se moría de sueño pero no quería dormirse, porque... ¿Y si venía Albert? Aunque probablemente no volvería. Realmente le creía, creía que era un vampiro, aunque no sabía por qué. Tal vez por su aspecto extrañamente sobrenatural, o esos movimientos tan rápidos y fugaces que le había visto hacer, o sus ojos iridiscentes... incluso su voz tenía un matiz distinto. Le hacía sentir una gran curiosidad, jamás había conocido a alguien parecido.
Miró el reloj de muñeca, la una de la madrugada... Suspiró y se levantó del peldaño del altar para irse a su habitación. El padre Marcelo hacía ya rato que estaba roncando. La garganta le escocía y respirar le empezaba a doler, aparte de esos molestos malestares se encontraba también muy cansado. Se había empezado a encontrar mal poco antes de volver del Perú, de las misiones, pero sabía que no tenía ningún virus raro... no... No era eso, lo que sufría era otra cosa. La misma enfermedad que su madre... y ella había muerto relativamente joven de tuberculosis y sabía que a él le pasaría lo mismo... moriría joven, más tarde o más temprano. Pero si Dios lo quería así, así sería. Aunque se iría feliz de haber ayudado a toda esa gente que le había necesitado. Antes de volar lejos, para siempre, tenía encontrarse a su prima Isabella, a la que había querido tanto, a la que no había podido ver en trece años...
ªªªªªªª
Escondido entre las sombras siniestras de una iglesia, sin él saberlo, se hallaba Albert observando largo rato a aquel sacerdote joven que estaba sentado al pie del altar... esperándole tal vez. Seguía sin poder leer sus pensamientos pero notaba en él un aire melancólico, como el de alguien lleno de resignación. No se había atrevido a ir y hablarle. Le hubiese dado vergüenza incluso mirarlo a la cara. Estuvo a punto de correr hacía aquel hombre cuando éste se levantó y desapareció entre unas sombras como las que él mismo utilizaba para no ser visto. Y no volvió...
Albert el vampiro se echó a la calle, esa noche ninguna tormenta amenazaba con descargar su furia. La luna menguaba reinante en la cúpula del cielo, y la noche despejada se dejaba salpicar por las estrellas. Para el vampiro... las estrellas eran maravillosas. Los ojos de un vampiro... ven la belleza incluso más allá de la muerte.
Divisó una apresurada muchacha que caminaba con paso rápido y decidió seguirla. Aquella noche todavía no había probado la deliciosa sangre italiana. Una muchachita linda que correría despavorida en cuanto él fuese a por su sangre. Y así se dispuso a hacerlo riéndose entre dientes de la fragilidad mortal que tenía la humanidad y de como se podía disfrutar con ello.
–Discúlpeme señorita...– dijo plantándose de un salto ante ella. La pobre muchacha pegó un respingo al tenerlo de pronto ante ella. Se quedó helada y Albert le acarició la mejilla con sus suaves dedos pálidos.
–P–por favor... no me haga daño...– tartamudeó con mirada aterrorizada, temblando su cuerpo de pies a cabeza.
–Lo intentaré querida niña, intentaré no hacerte demasiado daño, hoy me siento más bueno de lo habitual...– la rodeó con los brazos por la cintura y abrazó con fuerza ese cuerpo rígido por el miedo.
La miró a los ojos sumiéndola en un sueño del que jamás despertaría. Besó la piel caliente de su cuello suave para luego hundir los colmillos en la carne blanda.
Por entre las pestañas de sus ojos cerrados comenzaron a deslizarse gotitas de sangre... Se estaba imaginando al sacerdote entre sus brazos, que aquella piel, fragante y cálida que sentían sus labios, era la de él y que su sangre era la suya, sagrada e intocable. Ese pequeño corazón apenas latía ya... de hecho... ya no lo hacía. Albert la dejó sobre la acera y enjugándose las lágrimas corrió lejos de allí, lejos de la vida que había arrancado sin piedad, pues ya hacía siglos que no podía sentir remordimiento
–Si supiese tu nombre mi querido sacerdote... podría susurrárselo a la noche...
Volvió a su habitación en el hotel y cerró la puerta de un golpe que casi resquebrajó el marco. Se sentía enfurecido por ser tan estúpido, por ser tan imbécil
–¿Qué te está pasando Albert? Pero si tan sólo lo has visto dos veces... no puedes encariñarte de un insignificante mortal.
Se fue hasta el espejo y volvió a ver esas horribles pecas que le salían cada vez que desangraba a alguien, se enfadaba o lloraba. Las odiaba, no permitiría que él las viese y que se riera de ellas...
–Además... vas a matarlo pronto, ¿Verdad Albertito? Tienes que matarlo, mañana mismo, ¡Tienes que matarlo!– se ordenó así mismo furioso– A ti nadie puede quererte, y tú lo sabes... ¡MÁTALO!– chilló proyectando su voz contra el cristal y éste estalló en añicos que rozaron la piel de su rostro produciéndole varios estigmas. Gotitas de sangre muy roja salieron de esas heridas antes de que éstas se cerrasen para siempre sin dejar ni rastro.
–Mátalo...
ªªªªªªª
–¿Albert…? –susurró medio dormido y casi inconscientemente. La almohada olía a sangre húmeda y reciente, la había vomitado hacía unos instantes.– Me duele.. Dios mío ayúdame, te lo ruego Dios mío, llévame contigo por favor. Se levantó desganado, el Sol todavía no había salido y era completamente de noche. Se encontraba tan mal...
¿Dónde estaba ese hombre que había sido hacía tiempo? Él era de constitución fuerte, alto y enérgico... pero ahora se consumía poco a poco. Se vistió y decidió bajar a la capilla, allí al menos se sentiría mejor hablando con su Señor. Todo se mantenía oscuro y silencioso a las cinco de la mañana. El retumbar de sus pasos era lo único que perturbaba la extraña paz de la iglesia. Algunos cirios permanecían encendidos chorreando la cera como lágrimas espesas y amarillas. Fue hasta las pequeñas velitas de donativos y encendió una por los que esa noche se sentían tan solos como él, y de esa pequeña llamita hizo prender otra por los que estaban enfermos... y otra por su madre que estaba con Dios, y para acabar... una por su padre.
–Señor, perdónale por todas esas cosas mafiosas que hace, por todo los sufrimientos que genera a otros y por sus pecados, al fin y al cabo... todos somos humanos...
Dejó las cuatro velitas prendiéndose y consumiéndose como los propios pensamientos tienen un principio y un final...
–En realidad... no todos somos humanos... – dijo una voz que ya conocía pero que de todos modos le hizo pegar un respingo, pues no le había oído entrar. Se giró y Albert, tan pálido, estaba allí de pie, semiescondido tras una columna.
El vampiro salió de las sombras y se acercó hasta ponerse a la altura del mortal. Albert era unos centímetros menos alto que el sacerdote, el cual debía medir 1,85 m. aproximadamente.
–Pensé que ya no vendrías más Albert. Ayer te esperé pero no apareciste.
–¿Qué te sucede en la voz?– Indagó el no muerto al escucharla tan ronca. Fue incapaz de no sentirse preocupado.
–Estoy muy enfermo, mucho...
–¿Y qué te pasa?– esa forma de decir que estaba enfermo le puso nervioso, muy nervioso.
–Tengo tuberculosis... O eso creo.
–A mí eso no me importa.– Mintió con una sonrisa cruel. –¿No tienes miedo de qué venga a matarte?
–La muerte ya no me da miedo. Si el Señor me llama iré con él.
–Dios no existe, si te mato no vas ir a ningún lugar en particular.– contestó enfurecido.
–Quién sabe, será lo que Dios quiera.– Se hizo un silencio atronador, de esos que resultaban violentos y en los que deseas hablar pero no te sale la voz. Un silencio en el cual tu corazón hace un ruido tan ensordecedor que sólo tú puedes escucharlo, que te hace temer que el otro pueda sentirlo también.
Así es como lo sentía Albert mientras fracasaba en su nuevo intento de leer aquella mente que tanto anhelaba sondear.
Pudo observar a su querido mortal tras los cristales rojo pasión de sus gafas de sol... Había cambiado algo en él, ya no era igual al mortal de hacía dos noches, estaba más pálido... más melancólico si cabe, con los cabellos despeinados y algo sucios.
Y a su vez, el mortal, observó al inmortal. Ya no iba mojado de pies a cabeza, y sus ropas modernas y a la moda estaban secas, con los cabellos también secos y bien peinados, rubios, voluminosos y que se le desparramaban sobre los hombros con gracia. Nunca había visto a un hombre occidental con los cabellos tan largos, y vaya... le hacia muy exótico... En conjunto era muy hermoso, más que una mujer.
Y.. era un vampiro.
–Me llamo Davidé– susurró.
–Me gusta... saber el nombre de mis víctimas, sobre todo cuando no me dejan leer sus mentes.
–¿Has intentado leer mi mente? ¿Me tomas el pelo?– dijo brusco, cambiando su actitud suave por una más dura. Tanto lo fue que Albert se sorprendió.
–No te tomo el pelo. De todos modos no puedo leerla a no ser que tú te dejes. Además, si tengo la ocasión te aseguro que la leeré sin dilación.– Albert sonrió maliciosamente.
–Eso es despreciable, los pensamientos son personales– Albert no pudo reprimir la risa y restalló en carcajadas, aunque se tapó de inmediato la boca con la mano para que no resonara contra las paredes.
–No me importa que te rías de mí, tú eres el patético. –el vampiro se enfureció consigo mismo más que con Davidé y alargando el brazo lo agarró por la camisa sacerdotal y lo levantó del suelo para sorpresa de éste.
–Suéltame... – Albert lo bajó lentamente y empujándolo violento hasta la pared de piedra fría sin soltarle la ropa. Se acercó mucho a él, necesitaba sentir el calor de su piel. Ansiaba su sangre caliente, su sangre viva. Mátalo, se dijo, mátalo. Pero no podía apartar la mirada de esos ojos pardos y tristes.
–No siento tu miedo, eres exasperante, te lo digo en serio querido Davidé– por fin había dicho su nombre, por fin...
–Mátame si quieres vampiro, Dios me está esperando.– Davidé se sintió morir teniendo a Albert tan increíblemente cerca, con ese olor dulzón que desprendían sus cabellos rubios. Cerró los ojos para no mirarlo. ¿Qué le pasaba ahora? Que Dios le perdonase por sentir algo tan prohibido, tan innatural, tan sensual.
–Mátame ya... – Albert no podía creerse que alguien como Davidé, que parecía tan mentalmente fuerte, deseara morir así sin más. Tal vez era desgraciado por alguna razón, y pese a todo no sentía miedo de dejar la vida. Realmente creía en su Dios, creía que iba a ir con él. Era un valiente cobarde y un cobarde valiente.
Lo envidió por ello, Albert no creía ni en sí mismo... Y olió en su aliento la sangre, demasiado fuerte ese aroma sangriento. No olía sólo la vida que corría por sus venas, sino también tras sus maravillosos labios entreabiertos, allí dentro. Extraño y a la vez maravilloso. Le soltó y pasó un brazo alrededor de la cintura de Davidé para deslizar después la mano libre por su cuello. El propio mortal ladeó la cabeza, esperando, temblando por vez primera...
Los cabellos oscuros de Davidé eran cortos, pero sí lo suficientemente largos como para tapar su frente, sus orejas... Apartó ese cabello y notó que su maravillosa víctima temblaba más al cercar los labios a su cuello y al apretarlos contra él notó ese corazón bombear deprisa. Intentó morderle pero no pudo, no podía matarlo, su vida era demasiado preciosa para él, porque, porque...
De pronto Davidé comenzó a toser violentamente y empujó al vampiro con todas sus fuerzas, dándose la vuelta para que éste no lo viera vomitar la sangre espesa y oscura que se le derramaba por la boca sin poder evitarlo. El no muerto quedose perplejo por todo aquello, por esa reacción. ¿Qué le estaba pasando a Davidé? Olió la sangre reciente, y se dio cuenta de que sus cabellos rubios y la ropa de su hombro estaban manchados de sangre... la sangre de Davidé, esa sangre que quería probar y no se atrevía.
–Davidé...
–Déjame en paz cobarde, no te has atrevido a matarme.
–¿Y tú te llamas sacerdote? No sé lo qué te pasa por la cabeza pero no me importa, estúpido mártir.
–Entonces no te metas en mi vida, lárgate, no quiero verte más.– como le herían sus palabras, como le herían las palabras de Davidé. Se sintió un cobarde, lo era de verdad, un maldito cobarde.
–Un día te mataré ¿Me oyes?, tal vez no hoy ni mañana, pero te mataré– Chilló él vampiro enseñando los colmillos afilados. Davidé se dio la vuelta con los ojos llenos de cristalinas lágrimas, con la sangre manchándole la ropa, las manos, la cara. Albert se sintió morir al verlo en ese estado. El fuerte olor de la sangre le atraía, así que retrocedió varios pasos para no abrazarlo de nuevo.
–Tendrás que darte prisa vampiro, porque me estoy muriendo y quién sabe si mañana no esté ya con Dios. ¡¡FUERA!!, vete cobarde.– se dio la vuelta y volvió a perderse entre las sombras, lejos de Albert.
–Davidé... tú no puedes morirte, no puedes... – Miró al Cristo crucificado con odio.–¡No va a morirse! ¡Yo ganaré!– Se llevó sus propios cabellos, manchados de esa sangre tan sagrada para él a los labios y la probó. Tan maravillosa...
ªªªªªªª
Davidé se echó sobre el lecho tras limpiarse la sangre con las sábanas blancas, manchándolo todo escandalosamente. Pero qué le importaba eso ya.
–Dios mío, perdona mi furia, yo sí soy un cobarde. Antes tenía miedo de seguir viviendo y de pasar este horrible sufrimiento, quería morirme... pero ahora... ahora no sé si quiero morirme o seguir adelante... Albert, vuelve por favor, quiero verte otra vez, quiero verte.– estalló en sollozos porque su vida había dado un horrible giro en cuarenta y ocho horas.
Había pasado de ser un sacerdote normal, un hombre corriente que sabía, resignado, que cualquier día moriría, a un hombre que había encontrado la manera rápida de dar fin a su sufrimiento como quería estar con Albert... y a la vez morir... su cabeza era un lío, un enjambre de abejas que chirriaban en sus oído gritándole que estaba loco y perdido...
–No quiero escuchar tu voz... no quiero verte más... porque ya no podré dejar de pensar en ti... Dios mío, perdóname por no poder evitar sentir lo que siento...
–Davidé... – le susurró al fin a la noche– Davidé, soy un cobarde, ya lo sé... pero te me vas de las manos. ¿Qué hacer ahora? En mi vida había llegado a sentir algo tan intenso, no me tienes miedo, no te importa que te diga que voy a matarte. Pero nadie me puede querer... y tú menos Davidé, porque también eres un hombre.
ªªªªªªª
El día se sucedió para el mortal, de forma desesperada. Le pidió a su compañero, el padre Marcello, que diese las misas por él porque se sentía muy enfermo ese día.
–Se lo ruego padre, sé que es mi obligación y que debería cumplir con mi deber, querría hacerlo, pero me siento incapaz– dijo con voz por completo quebrada.
–Está bien muchacho, yo me encargaré de todo, se te ve muy pálido la verdad. Rogaré por ti en la misa.
–Gracias padre.
–Tienes una carta de la misión en la que estabas en Perú. –se la sacó del bolsillo, bajo la sotana. Era un cura de la vieja escuela.
–Muchas gracias padre.– Davidé se volvió a su celda y sentándose sobre la cama abrió la carta y comenzó a leerla.
Caro Davidé:
Soy Adela, aquí te echamos mucho de menos, nos gustaría mucho que volvieras con nosotros. Tú lo llevabas todo muy bien, este año sin ti no ha sido tan bueno. Los niños preguntan mucho por el padre Davidé, preguntan mucho por ti porque te echan de menos. Yo también Davidé. Me gustaría volver a hablar contigo como lo hacíamos antes, hay muchas cosas que querría contarte. No te molesto más.
Un beso de de todos:
Adela.
Davidé reprimió el llanto y estrujó el papel entre sus dedos.
–Si supieses todo lo que me sucede, si lo supieses. Y os echo tanto de menos, no sé lo que estoy haciendo aquí, no lo sé. Yo solo quería descansar un poco, pero ni siquiera puedo estar tranquilo. No puedo volver aunque querría, no quiero que me veáis morir poco a poco.
Se quedó sentado con la cabeza entre las manos esperando la noche. No podía comer ni beber, se moría de los nervios. ¿Y si el vampiro no volvía jamás? ¡Mejor! era lo mejor... sí...
Se tendió sobre la cama y sin querer, cayó sumido en un sopor que duraría todo el día y parte de la noche.
Un no muerto anduvo sin hacer ruido por la iglesia, buscando a quien deseaba encontrar... pero fracasó. En cambió divisó a otro sacerdote mayor y se acercó a él. Éste pegó un respingo que deleitó mucho a Albert.
–Discúlpeme padre Marcello...
–¿Cómo sabe mi nombre? No lo había visto nunca por aquí.– El párroco estaba visiblemente nervioso y crispado, asía su rosario con mano temblorosa, estrujándolo.– Además, la iglesia ya está cerrada, no entiendo cómo ha entrado usted aquí. Debería marcharse.
–No se ponga nervioso, tengo mis métodos para entrar en los sitos cerrados... sólo estoy buscando al padre Davidé... ¿Está aquí? Quisiera verlo.
–No está, se encuentra enfermo. Se ha quedado en su celda... y ahora váyase, no son horas estas de andar por ahí.
–¿Y dónde está su celda? Me gustaría verlo ahora.
–No se puede hacer eso. Váyase, vuelva mañana, de día la capilla está abierta.– Se dio la vuelta y empezó a guardar algunas cosas del altar. Albert se empezó a exasperar considerablemente. Odiaba a muerte que le impusieran las cosas. Eso le era insoportable.
Se acercó con sigilo al viejo y le hizo pegar otro respingo. Albert insistió.
–¿Dónde vive? Dígamelo ahora.
–A–al lado de la p–parroquia, justo al lado.– contestó nervioso al tener tan cerca a aquel individuo perturbador.
–Gracias padre. Su colaboración ha sido un absoluto placer para mí.
–Sí, sí, buenas noches y que dios le bendiga.–balbució deseando que le dejara en paz.
–Sí, que Dios nos bendiga a todos.– y se marchó con una risilla que puso los pelos de punta al mortal.
Se subió al tejado de un salto y lo recorrió como sólo un gato y un vampiro saben hacerlo. Adivinó cuál era el cuarto de su mortal y abrió la ventana, adentrándose en él. Era un habitáculo no demasiado grande y sencillo. Aún así podía ver cosas que le gustaron, cosas que no podía leer en la mente de él, cosas de Davidé...
Él dormía silenciosamente sobre su lecho. Abrió un cajón de la cómoda y escudriñó lo que había en su interior. Primero fueron un puñado de fotografías, así que optó por cogerlas y mirarlas todas, a la luz de la calle que entraba por la ventana. Tenía una foto con los que debían de ser sus padres y una hermana. Davidé no debía de tener más de diez años. Su padre era alto como él ahora, pero muy serio, marcado su rostro por facciones duras. Recordó las palabras de Davidé cuando este encendió una velita por su progenitor... debió de ser un padre muy duro. Su madre era muy guapa aunque aparentaba estar enferma. La que debía ser su hermana pequeña también se parecía mucho a Davidé, sobre todo en esa melancolía suya. No daban la impresión de ser una familia feliz, más bien todo lo contrario.
La siguiente foto le enseñó una imagen de Davidé abrazado a una chica. Debían ser unos quinceañeros. Le dio la vuelta y leyó: Isabella y Davidé, año 1969. En ella parecían... enamorados, y eso le sentó como una patada. Estuvo a punto de romperla pero se contuvo, no podía destruir un recuerdo... además, estaba en el corazón de Davidé, eso no podría borrarlo jamás.
En otra imagen el sacerdote posaba en grupo junto a mucha gente, parecían amigos suyos y no estaban en Italia. Le dio la vuelta: No nos olvides nunca, todos te queremos. 1980.Tal vez era un sacerdote de misiones.
En el pasaporte leyó sus datos. Había nacido en Sicilia, el 17 de marzo del año 1954, por lo que tenía 28 años y su nombre completo era Davidé Ferreri. Había estado en Perú durante varios años. ¿Qué le habría hecho volver? La fotografía parecía muy feliz. No tenía muchas cosas más, lo esencial. Se acercó a él tras dejarlo todo en su lugar exacto y se arrodilló junto a la cama. Dormía de cara a él, tan suave, con esa carita... No es que fuera lo que se dice atractivo, pero tenía unas facciones que le hacían guapo, esas facciones le volvían maravilloso... guapo... diferente, con los cabellos negros enmarcándole revoltosos el rostro. Sus pestañas eran largas y tupidas, y sus labios... amplios y generosos. No pudo evitar acariciarle la piel tan tersa... o apartar esos cabellos. Podría haberse quedado así toda la noche, ensimismado, soñando como un tonto, mirándolo, memorizando cada rasgo de su cara...
–Davidé... – le susurró, pero éste seguía dormido profundamente, qué cansado debía estar. Su mente no expresaba nada, cuando al fin podía leerla... nada... Se acercó mucho más, tanto que olió la sangre de su boca y aunque aquella noche se había alimentado mucho más de lo normal, expresamente para no experimentar un impulso de sangre al ver al mortal, lo sentía igualmente. Porque no era un impulso normal, era muy distinto, mucho más particular.
Cada vez que un pobre infeliz caía en sus redes, no paraba de pensar en que era a Davidé a quien desangraba, a quien apretaba contra él... Y al irse a dormir cuando el sol se levantaba, pensaba constantemente en él y en su presencia, soñaba con su voz, quería poseerlo y apretarlo entre sus brazos... ¿Era eso el amor? ¿Lo era? Una vez casi llegó a sentir algo así, pero no pudo desarrollarlo, el destino no le brindó esa oportunidad.
Tenía que ser amor... era mirarlo y temblarle todo el cuerpo, era sentirlo y querer abrazarlo, acariciarlo, besarlo... besarlo mucho. Deseaba tanto besarlo, sentir sus labios con sabor a sangre. Albert, el que jamás había besado a nadie de verdad. Es lo que hacían los enamorados y él estaba perdidamente enamorado, perdidamente loco...
Se sentó en la cama cuidadosamente y se recogió los cabellos en una coleta para no rozar con ellos a Davidé, contuvo la respiración y se inclinó precavido... tan cerca de él que sintió un escalofrío. Le acarició la nuca... seguía muy dormido...
–Te quiero, oh mi amor, mi mortal, te quiero… – estaba tan cerca de él que podía sentir el aliento caliente sobre sus propios labios de vampiro... Por fin se armó de valor y plantó, suavemente, un beso sobre esos labios que tanto anhelaba poseer, notándolos blandos y cálidos, con sabor a deliciosa sangre...
Cuando estaba a punto de estrujarlo contra su pecho, de intensificar su beso, Davidé gimió y Albert pegó un respingo asustándose de tal modo que lo hizo salir por donde había entrado, aterrado de miedo. ¿Y si se había dado cuenta?
No podría mirarlo a la cara nunca jamás. Porque estaba seguro de que Davidé no le correspondía. ¿Qué tenía él que ofrecerle a alguien como Davidé? Nada... nada en absoluto. Era un vampiro despreciable, el patito feo de los vampiros, el hijo de puta más grande del mundo.
–Déjale en paz Albert– se dijo– déjale tranquilo... ¡Pero no puedo!, yo le quiero, yo le quiero mucho, te quiero mucho Davidé. Te quiero... – susurró sentado en el tejado, abatido, destrozado. – El destino es una auténtica mierda.
ªªªªªªª
Davidé había sentido un escalofrío que le hizo despertar de golpe. Fue una sensación inusual, fría, y ahora los labios le hacían cosquillas. La ventana estaba abierta... ¿ Quién la había abierto?
El padre Marcello no entraría sin permiso... en realidad era una bobada, posiblemente la habría abierto por la mañana él mismo. Se levantó y antes de cerrarla miró a la calle con una extraña esperanza de ver a Albert mirándole desde abajo... Sin embargo todo estaba desierto y en calma... ni siquiera los gatos maullaban ya...
Se volvió a la cama, pero sus pensamientos no le dejaban dormir. Cerraba los ojos y no cesaba de pensar en el vampiro, tan seductor, tan atrayente, querría apartarle el pelo de la cara para ver esos rasgos tan angelicales y a la vez crueles. ¿Cuántos años tendría? ¿Un joven de no más de veinte? También parecía tan solo ¿Tendría a alguien? La sola idea de que hubiera alguien en su vida le hacía sentirse mal, porque no quería, no quería que lo hubiese... Dios santo, eso era egoísmo, ¡Eran CELOS! Y estaba mal, muy mal. Estaba mal todo lo que su pensamiento ocupaba. Estaba mal pensar en un hombre como él lo hacía, de esa forma tan sensual y prohibida. Quería abrazarlo y sentirse abrazado por el vampiro, quería volver a sentir sus labios fríos sobre la piel, sentirlos en su boca, bajando hasta un lugar mojado y prohibido. Que pensamientos tan horribles y malos, endemoniadamente ilícitos. Si al menos Albert fuese una mujer, pero no lo era, ellos eran dos hombres... y se sentía atraído por un hombre. Pero era tan extraño ese sentimiento, no solamente veía a un hombre, también a un vampiro. Y eso lo hacía diferente y distinto ¿Verdad? Pero no, todo aquello estaba mal, muy mal. Ya había amado una vez, hacía mucho en su adolescencia... a su prima Isabella. Después se hizo sacerdote. ¿Y de qué le había servido si todo había empeorado? Su enfermedad cada día avanzaba a peor, y ahora le gustaba un vampiro, le gustaba mucho... ¿Podría un vampiro hacer el amor?
Se levantó de la cama de un salto, tapándose la boca.
–Pero que clase de pensamientos tengo por Dios... es horrible, esto es horrible.– de repente comenzó a toser violentamente y al poco rato su palma ya estaba manchada de sangre...
ªªªªªªª
Tras vomitar toda aquella sangre había vuelto a dormirse muy debilitado. Estaba perdiendo mucha sangre, demasiada, tenía que ir al médico. Puede que contase con esa oportunidad que su pobre madre no tuvo, tal vez todavía no estaba irremediablemente condenado.
Bajó hasta la iglesia cuando aun no era de día. Deseó que Albert no apareciera, lo deseó en serio. Se estaba repensando lo de volver a Perú con todos los que le esperaban. Si no volvía a encontrarse con el vampiro mejor que mejor.
–Señor, ayúdame a superar este bache– Se santiguó y cuando iba a encender otra velita para los que están solos y enfermos, como él, Albert se le puso detrás como una aparición, como un espíritu silencioso, y pese a que no lo veía notaba su presencia y podía percibir su olor dulzón.
–Dios no existe– le escuchó decir.
–Existe para los que tienen fe, y yo la tengo... así que para mí es muy real.
–Te odió sacerdote, como siempre fracaso en mi vano intento de sondear tus pensamientos...
–Te dije que... ¡No me gusta que intentes leer mis pensamientos! Es patético.– Davidé echó a andar sin mirarlo, y se sentó en unos bancos, ante el altar. Albert hizo lo mismo sólo que de cara al mortal. Se miraron con expresión fría, incluso cruel. Pero Davidé no pudo evitar sonreír, necesitaba sonreírle. Albert se derritió por dentro, esa sonrisa tan maravillosa e increíble que tenía su amor mataría de placer a cualquiera.
Y Davidé lo miró... Observó esos cabellos rubios que caían en una onda perfecta tapándole parte de la cara, tampoco podía ver aquellos espectaculares ojos verdes, tan iridiscentes en la oscuridad, porque esas gafas de cristal rojo se lo impedían.
–Davidé... – susurró Albert
–Creí que te había perdido de vista para siempre.
–Eso es lo que a ti te gustaría, pero no te voy a dar ese gusto, no tengo muchas cosas que hacer, y tú eres un mortal muy raro...
–No, yo soy muy corriente, lo que me pasa es que me muero Albert... ya no tengo miedo a la muerte. No se trata más que de eso.
–Tú no vas a morirte– Contestó Albert con dureza, pero Davidé no replicó, lo único que hizo fue cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo el vampiro ya no estaba ante él y verlo a su lado le asustó.
–¿Cómo has hecho eso?
–¿El qué? ¿Lo de ser tan rápido? es algo que todos los vampiros pueden hacer en menor o mayor medida. Tampoco he sido tan rápido, lo normal. Simplemente tu percepción, la percepción humana, no es lo suficientemente aguda como para percibir nuestros movimientos.
–Eres tan extraño... a veces me, a veces me... – se calló de golpe, era mejor no decir nada al vampiro.
–¿A veces qué? Sé que soy odioso, me encanta serlo...
–Perdóname Albert por haberte llamado cobarde... el cobarde fui yo...
–Es divertido reírse de los demás.
–¿Y por qué lo haces? ¿Sólo por qué es divertido?
–Porque soy... – comenzó a decir tras llevar sus frías manos al cabello de Davidé– el hijo del diablo... y he venido para perturbar tu paz y tu vida, para susurrarte al odio que Dios no existe y no ha existido jamás.
Davidé no se movió, dejó ensimismado que Albert le peinara suavemente.
–Los sacerdotes no cuidáis demasiado vuestro aspecto. Ya está, listo.– apartó las manos y Davidé casi le agarró de las muñecas para sentir sus dedos otra vez, pero supo reprimir ese impulso.
–Albert, si como tú mismo afirmas Dios es inexistente... tampoco es real el Diablo. Así que no creo que seas precisamente su hijo.
–Soy un vampiro, un vampiro malo. Si supieses a cuanta gente he matado no podrías mirarme nunca más a la cara, de hecho... estoy seguro de que te repugnaría mucho. Y no me arrepiento de nada.
–Lo dudo... Y también dudo que me repugnaras tanto como afirmas. De todos modos sigo sin entender qué tiene que ver ser un vampiro con el Diablo.
–No me repliques niño, qué sabes tú.
–¿Y tú? Yo creo que no tienes ni idea.
El vampiro enrojeció de ira y acercándose al mortal le apretó de nuevo contra él, furioso.
–He dicho que no me gusta que me repliquen niño, ¿Te enteras?
El cura observó ensimismado algo en el rostro del no muerto. Algo que hacía un momento no estaba, algo que había salido en el puente de su nariz, en sus mejillas... tan maravillosamente gracioso... tan infantiles.
–Te han salido pecas– Susurró sin mala intención, pero al otro no le hizo ni pizca de gracia y sintió tanta irritación por esas despreciables pecas que se enfureció de tal modo que le hizo perder el control, mordiendo a Davidé en el cuello con deseo.
Davidé cerró los ojos dejándose abrazar, sonriendo, oliendo el cabello de Albert. La sensación fue tan excitante que se le pasaron por la cabeza escenas en las que Albert y él hacían el amor. Pero el vampiro sólo se percató de que lo estaba matando y ese pensamiento le aterrorizó produciéndole pánico. Se apartó de él y con su propia sangre le cerró las heridas del cuello. Davidé estaba pálido, pero no moriría, no moriría.
–Albert... mátame ya por favor, pero no me dejes así... me duele el pecho, no puedo comer ni beber y vomito sangre continuamente... me muero de verdad.
Albert lo abrazó y comprendió que se le iba de las manos. Lo amaba tan desesperadamente que la vida sin él era ya inconcebible, una vida imposible. Se había jurado que no lo haría más... que no haría un vampiro nunca jamás, pero se le moría poco a poco entre los brazos.
–¿Quieres ser un vampiro?– musitó esperanzado.
–¿Quieres ser humano, Albert?– preguntó a su vez.
Albert sintió una rabia inmensa, tan grande que despreció a quien más amaba en el mundo, le despreció tanto que acabó por dejarlo solo en el banco, observado por el Cristo. Y se largó sin mirar atrás, sin volver la vista. Aquella pregunta horrible, aquella pregunta despreciable y cruel. ¿Qué si quería ser humano? Por Dios, claro que quería ser humano. Volver a serlo, un sueño imposible que jamás iba a hacerse realidad, jamás. Querría tanto correr bajo la luz del sol, ser bañado por ella. Estornudar al mirar hacia el cielo azul... Ya no lograba recordar ese tono precioso, ya no lograba recordar lo que se sentía con un estornudo. Querría poder comer, beber y emborracharse como cuando era humano hacía tanto tiempo. Querría andar con Davidé, todo el día... toda la noche y poder hacer el amor con él. Hacer el amor una y otra vez sólo con él...
¿Qué si quería ser humano? Sí... Pero si él no podía ser humano junto a Davidé, Davidé sería vampiro con él. Quisiese o no quisiese, le importaba bien poco. Y después de hacerle vampiro... le susurraría que le amaba, que le deseaba, que le quería y que estarían juntos para la eternidad.
– Davidé... serás mi vampiro... lo serás mi amor. Volveré a darte la vida que Dios ansía tanto llevarse con él...
¡Y yo ganaré!
ªªªªªªª
El párroco Marcello lo había encontrado semi inconsciente en los bancos de la iglesia. Quiso llamar a un médico, pero Davidé le rogó que no lo hiciese, que le dejase descansar porque ya sabía lo que tenía.
–Pero hijo, te veo muy mal, y sé que te sucede algo más que esta enfermedad tuya. ¿Quieres confesarte?
–Sí... lo necesito padre Marcello, lo necesito de veras. Creo que voy a explotar si no se lo cuento a alguien. He intentado encontrar las respuestas en Dios pero creo que me ha dicho que mire dentro de mí... pero no puedo, me siento muy mal, me siento sucio.
–Bien Davidé, no entiendo qué te ha sucedido tan de repente, quisiera suerte útil si me dejas. Cuando llegaste aquí de las misiones parecías más animado, más fuerte. Se te veía sano, lleno de fe en Dios Nuestro Señor y fe en ti mismo. Pero de un tiempo a esta parte te has ido mermando... ¿Es qué tu fe ya no es tan intensa?
–Sí que lo es padre, lo es... cuando mi padre me metió en el seminario lo hizo a la fuerza... pero me gustó pensar que yo podía servir a Dios, que podía ayudar a quien me necesitaba. Creo que lo conseguí en esas misiones. Fui muy, muy feliz de ayudar de una manera o de otra a las personas que estaban necesitadas. Ver sufrir con impotencia... me corroía las entrañas, me hacía sufrir. Esa muerte me da miedo, la muerte ajena, pero no la mía. Y sigo teniendo fe en todo ello. No, no es un problema de fe en ese sentido.
–¿Quieres dejar de ser sacerdote acaso? ¿Es eso?
–No lo sé... ya he dicho que no se trata de falta de fe, ser sacerdote no me hace daño, aunque sea joven. Si al menos dijese que tengo toda la vida por delante, si pudiera decirlo... tal vez dejara de ser un siervo de Dios, el problema está en que no tengo toda esa vida delante de mí, esperando a que la disfrute. Me muero como mi madre se murió, de la misma enfermedad... y creo que es demasiado tarde. La sangre me ha perdido por completo...
–Tienes que tener fuerza para seguir viviendo, a Dios no le gustan los que se rinden tan fácilmente.– Davidé sonrió desquiciado.
–Sí... soy un cobarde al que le aterra el dolor físico. Pero me siento tan débil e impotente, necesito tanto irme con Dios. Él lo sabe muy bien, demasiado bien. No tengo miedo de ver la cara de la muerte, de hecho yo... me he enamorado de su rostro de ángel cruel, me he enamorado de la muerte. Y esta mañana, frente a Jesucristo, frente a la cruel cruz de la que yace pendido... la muerte casi me lleva con ella, pero no quiso... yo, que le había rogado que me matase de una vez, que me desangrara y de que... – Marcello le acalló tomando su temperatura corporal con la mano sobre la frente.
–Estás delirando, tienes fiebre, te traeré paños fríos.
–Es cierto lo que digo, no llame al médico hoy, se lo ruego... Hágalo mañana…
–Está bien. Enseguida vuelvo...
Marcello retornó raudo con un cazo de agua fría. Davidé había vuelto a vomitar algo de sangre sobre las sábanas.
–Tendrías que comer algo, has perdido muchísima sangre.
–Lo sé pero... me cuesta mucho tragar los alimentos y el agua... me escuece la garganta...
–No hables más, será mejor que duermas algo.
–Es que no le he contado lo peor...
–¿Hay más? Te escucho.
–Es que me he enamorado, me he enamorado como un imbécil de quien no debería.– Marcello puso una expresión de gravedad.
–Bueno, en principio no deberías enamorarte de nadie... pero eso a veces no se puede evitar, Dios no te castigará por amar a alguien. Yo también amé una vez a una mujer, sin embargo mi amor por Dios fue más fuerte que todos esos impulsos de la carne.– al joven le entró una risilla histérica que desconcertó al viejo.
–Es que, es que eso es lo malo padre Marcello, que... que... yo no estoy locamente enamorado de una mujer, sino de un hombre... y no es un hombre normal.
–Recalco que estás delirando– contestó serio el viejo cura, demasiado serio.
–No estoy delirando, se lo juro por Dios.
–¡No blasfemes! Esta conversación se está poniendo fea, no digas idioteces. Repito que deliras.
–Estoy enamorado de un hombre, y parece un ángel de la muerte.
–¿No será rubio y con el pelo largo? Maldita sea, me estás diciendo la verdad.
–Sí... es así... parece un ángel...
–Yo que tú – comenzó a decir en tono duro y cruel– iría al médico y luego pediría un permiso para irte y no volver más por aquí, lo que me has estado diciendo es inconcebible, es pervertido, va en contra de la naturaleza y en contra de Dios y de la Iglesia. Necesitas aclararte, así que descansa y cúrate– pero sus últimas palabras también sonaron duras.
Dicho esto se puso en pie y sin mirar a Davidé, que lloraba desesperanzado, cerró la puerta de golpe y cada vez que volvía a entrar a la habitación, sólo porque era su deber, no decía ni palabra por mucho que el enfermo le rogara que le hablara.
Ni siquiera en su fe lograba encontrar esas respuestas tan anheladas. Se encontraba solo, solo como nunca antes en su vida. Y volvió a llegar la noche, y Albert apareció... seductor, cruel y con rostro de ángel... Un ángel de sangre... un ángel de la muerte ª
ªªªªªªª
Tras vomitar toda aquella sangre había vuelto a dormirse muy debilitado. Estaba perdiendo mucha sangre, demasiada, tenía que ir al médico. Puede que contase con esa oportunidad que su pobre madre no tuvo, tal vez todavía no estaba irremediablemente condenado.
Bajó hasta la iglesia cuando aun no era de día. Deseó que Albert no apareciera, lo deseó en serio. Se estaba repensando lo de volver a Perú con todos los que le esperaban. Si no volvía a encontrarse con el vampiro mejor que mejor.
-Señor, ayúdame a superar este bache- Se santiguó y cuando iba a encender otra velita para los que están solos y enfermos, como él, Albert se le puso detrás como una aparición, como un espíritu silencioso, y pese a que no lo veía notaba su presencia y podía percibir su olor dulzón.
-Dios no existe- le escuchó decir.
-Existe para los que tienen fe, y yo la tengo... así que para mí es muy real.
-Te odió sacerdote, como siempre fracaso en mi vano intento de sondear tus pensamientos...
-Te dije que... ¡No me gusta que intentes leer mis pensamientos! Es patético.- Davidé echó a andar sin mirarlo, y se sentó en unos bancos, ante el altar. Albert hizo lo mismo sólo que de cara al mortal. Se miraron con expresión fría, incluso cruel. Pero Davidé no pudo evitar sonreír, necesitaba sonreírle. Albert se derritió por dentro, esa sonrisa tan maravillosa e increíble que tenía su amor mataría de placer a cualquiera.
Y Davidé lo miró... Observó esos cabellos rubios que caían en una onda perfecta tapándole parte de la cara, tampoco podía ver aquellos espectaculares ojos verdes, tan iridiscentes en la oscuridad, porque esas gafas de cristal rojo se lo impedían.
-Davidé... - susurró Albert
-Creí que te había perdido de vista para siempre.
-Eso es lo que a ti te gustaría, pero no te voy a dar ese gusto, no tengo muchas cosas que hacer, y tú eres un mortal muy raro...
-No, yo soy muy corriente, lo que me pasa es que me muero Albert... ya no tengo miedo a la muerte. No se trata más que de eso.
-Tú no vas a morirte- Contestó Albert con dureza, pero Davidé no replicó, lo único que hizo fue cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo el vampiro ya no estaba ante él y verlo a su lado le asustó.
-¿Cómo has hecho eso?
-¿El qué? ¿Lo de ser tan rápido?, es algo que todos los vampiros pueden hacer en menor o mayor medida. Tampoco he sido tan rápido, lo normal. Simplemente tu percepción, la percepción humana, no es lo suficientemente aguda como para percibir nuestros movimientos.
-Eres tan extraño... a veces me, a veces me... - se calló de golpe, era mejor no decir nada al vampiro.
-¿A veces qué? Sé que soy odioso, me encanta serlo...
-Perdóname Albert por haberte llamado cobarde... el cobarde fui yo...
-Es divertido reírse de los demás.
-¿Y por qué lo haces? ¿Sólo por qué es divertido?
-Porque soy... - comenzó a decir tras llevar sus frías manos al cabello de Davidé- el hijo del diablo... y he venido para perturbar tu paz y tu vida, para susurrarte al odio que Dios no existe y no ha existido jamás.
Davidé no se movió, dejó ensimismado que Albert le peinara suavemente.
-Los sacerdotes no cuidáis demasiado vuestro aspecto. Ya está, listo.- apartó las manos y Davidé casi le agarró de las muñecas para sentir sus dedos otra vez, pero supo reprimir ese impulso.
-Albert, si como tú mismo afirmas Dios es inexistente... tampoco es real el Diablo. Así que no creo que seas precisamente su hijo.
-Soy un vampiro, un vampiro malo. Si supieses a cuanta gente he matado no podrías mirarme nunca más a la cara, de hecho... estoy seguro de que te repugnaría mucho. Y no me arrepiento de nada.
-Lo dudo... Y también dudo que me repugnaras tanto como afirmas. De todos modos sigo sin entender que tiene qué ver ser un vampiro con el Diablo.
-No me repliques niño, qué sabes tú.
-¿Y tú? Yo creo que no tienes ni idea.
El vampiro enrojeció de ira y acercándose al mortal le apretó de nuevo contra él, furioso.
-He dicho que no me gusta que me repliquen niño, ¿Te enteras?
El cura observó ensimismado algo en el rostro del no muerto. Algo que hacía un momento no estaba, algo que había salido en el puente de su nariz, en sus mejillas... tan maravillosamente gracioso... tan infantiles.
-Te han salido pecas- Susurró sin mala intención, pero al otro no le hizo ni pizca de gracia y sintió tanta irritación por esas despreciables pecas que se enfureció de tal modo que le hizo perder el control, mordiendo a Davidé en el cuello con deseo.
Davidé cerró los ojos dejándose abrazar, sonriendo, oliendo el cabello de Albert. La sensación fue tan excitante que se le pasaron por la cabeza escenas en las que Albert y él hacían el amor. Pero el vampiro sólo se percató de que lo estaba matando y ese pensamiento le aterrorizó produciéndole pánico. Se apartó de él y con su propia sangre le cerró las heridas del cuello. Davidé estaba pálido, pero no moriría, no moriría.
-Albert... mátame ya por favor, pero no me dejes así... me duele el pecho, no puedo comer ni beber y vomito sangre continuamente... me muero de verdad.
Albert lo abrazó y comprendió que se le iba de las manos. Lo amaba tan desesperadamente que la vida sin él era ya inconcebible, una vida imposible. Se había jurado que no lo haría más... que no haría un vampiro nunca jamás, pero se le moría poco a poco entre los brazos.
-¿Quieres ser un vampiro?- musitó esperanzado.
-¿Quieres ser humano, Albert?- preguntó a su vez.
Albert sintió una rabia inmensa, tan grande que despreció a quien más amaba en el mundo, le despreció tanto que acabó por dejarlo solo en el banco, observado por el Cristo. Y se largó sin mirar atrás, sin volver la vista. Aquella pregunta horrible, aquella pregunta despreciable y cruel. ¿Qué si quería ser humano? Por Dios, claro que quería ser humano. Volver a serlo, un sueño imposible que jamás iba a hacerse realidad, jamás. Querría tanto correr bajo la luz del sol, ser bañado por ella. Estornudar al mirar hacia el cielo azul... Ya no lograba recordar ese tono precioso, ya no lograba recordar lo que se sentía con un estornudo. Querría poder comer, beber y emborracharse como cuando era humano hacía tanto tiempo. Querría andar con Davidé, todo el día... toda la noche y poder hacer el amor con él. Hacer el amor una y otra vez solo con él...
¿Qué si quería ser humano? Sí... Pero si él no podía ser humano junto a Davidé, Davidé sería vampiro con él. Quisiese o no quisiese, le importaba bien poco. Y después de hacerle vampiro... le susurraría que le amaba, que le deseaba, que le quería y que estarían juntos para la eternidad.
- Davidé... serás mi vampiro... lo serás mi amor. Volveré a darte la vida que Dios ansía tanto llevarse con él...
¡Y yo ganaré!
ªªªªªªª
El párroco Marcello lo había encontrado semi inconsciente en los bancos de la iglesia. Quiso llamar a un médico, pero Davidé le rogó que no lo hiciese, que le dejase descansar porque ya sabía lo que tenía.
-Pero hijo, te veo muy mal, y sé que te sucede algo más que esta enfermedad tuya. ¿Quieres confesarte?
-Sí... lo necesito padre Marcello, lo necesito de veras. Creo que voy a explotar si no se lo cuento a alguien. He intentado encontrar las respuestas en Dios pero creo que me ha dicho que mire dentro de mí... pero no puedo, me siento muy mal, me siento sucio.
-Bien Davidé, no entiendo qué te ha sucedido tan de repente, quisiera suerte útil si me dejas. Cuando llegaste aquí de las misiones parecías más animado, más fuerte. Se te veía sano, lleno de fe en Dios Nuestro Señor y fe en ti mismo. Pero de un tiempo a esta parte te has ido mermando... ¿Es qué tu fe ya no es tan intensa?
-Sí que lo es padre, lo es... cuando mi padre me metió en el seminario lo hizo a la fuerza... pero me gustó pensar que yo podía servir a Dios, que podía ayudar a quien me necesitaba. Creo que lo conseguí en esas misiones. Fui muy, muy feliz de ayudar de una manera o de otra a las personas que estaban necesitadas. Ayudar a vivir, ver morir con impotencia... me corroía las entrañas, me hacía sufrir. Esa muerte me da miedo, la muerte ajena, pero no la mía. Y sigo teniendo fe en todo ello. No, no es un problema de fe en ese sentido.
-¿Quieres dejar de ser sacerdote acaso? ¿Es eso?
-No lo sé... ya he dicho que no se trata de falta de fe, ser sacerdote no me hace daño, aunque sea joven. Si al menos dijese que tengo toda la vida por delante, si pudiera decirlo... tal vez dejara de ser un siervo de Dios, el problema está en que no tengo toda esa vida delante de mí, esperando a que la disfrute. Me muero como mi madre se murió, de la misma enfermedad... y creo que es demasiado tarde. La sangre me ha perdido por completo...
-Tienes que tener fuerza para seguir viviendo, a Dios no le gustan los que se rinden tan fácilmente.- Davidé sonrió desquiciado.
-Sí... soy un cobarde al que le aterra el dolor físico. Pero me siento tan débil e impotente, necesito tanto irme con Dios. Él lo sabe muy bien, demasiado bien. No tengo miedo de ver la cara de la muerte, de hecho yo... me he enamorado de su rostro de ángel cruel, me he enamorado de la muerte. Y esta mañana, frente a Jesucristo, frente a la cruel cruz de la que yace pendido... la muerte casi me lleva con ella, pero no quiso... yo, que le había rogado que me matase de una vez, que me desangrara y de que... - Marcello le acalló tomando su temperatura corporal con la mano sobre la frente.
-Estás delirando, tienes fiebre, te traeré paños fríos.
-Es cierto lo que digo, no llame al médico hoy, se lo ruego... Hágalo mañana...
-Está bien. Enseguida vuelvo...
Marcello retornó raudo con un cazo de agua fría. Davidé había vuelto a vomitar algo de sangre sobre las sábanas.
-Tendrías que comer algo, has perdido muchísima sangre.
-Lo sé pero... me cuesta mucho tragar los alimentos y el agua... me escuece la garganta...
-No hables más, será mejor que duermas algo.
-Es que no le he contado lo peor...
-¿Hay más? Te escucho.
-Es que me he enamorado, me he enamorado como un imbécil de quien no debería.- Marcello puso una expresión de gravedad.
-Bueno, en principio no deberías enamorarte de nadie... pero eso a veces no se puede evitar, Dios no te castigará por amar a alguien. Yo también amé una vez a una mujer, pero mi amor por Dios fue más fuerte que todos esos impulsos de la carne.- al joven le entró una risilla histérica que desconcertó al viejo.
-Es que, es que eso es lo malo padre Marcello, que... que... yo no estoy locamente enamorado de una mujer, sino de un hombre... y no es un hombre normal.
-Recalco que estás delirando- contestó serio el viejo cura, demasiado serio.
-No estoy delirando, se lo juro por Dios.
-¡No blasfemes! Esta conversación se está poniendo fea, no digas idioteces. Repito que deliras.
-Estoy enamorado de un hombre, y parece un ángel de la muerte.
-¿No será rubio y con el pelo largo? Maldita sea, me estás diciendo la verdad.
-Sí... es así... parece un ángel...
-Yo que tú - comenzó a decir en tono duro y cruel- iría al médico y luego pediría un permiso para irte y no volver más por aquí, lo que me has estado diciendo es inconcebible, es pervertido, va en contra de la naturaleza y en contra de Dios y de la Iglesia. Necesitas aclararte, así que descansa y cúrate- pero sus últimas palabras también sonaron duras.
Dicho esto se puso en pie y sin mirar a Davidé, que lloraba desesperanzado, cerró la puerta de golpe y cada vez que volvía a entrar a la habitación, sólo porque era su deber, no decía ni palabra por mucho que el enfermo le rogara que le hablara.
Ni siquiera en su fe lograba encontrar esas respuestas tan anheladas. Se encontraba solo, solo como nunca antes en su vida. Y volvió a llegar la noche, y Albert apareció... seductor, cruel y con rostro de ángel... Un ángel de sangre... un ángel de la muerte ª