Capitulo 1
Era un día algo caluroso en Vercelli, ciudad perteneciente a la Región de Piamonte en el Norte de Italia. Se trataba de una ciudad no demasiado grande que se hallaba entre Turin, que era la capital, y Milán. El verano tocaba a su fin y durante la noche ya no hacía tanto calor como en semanas anteriores, el otoño se acercaba y la verdad era que para Albert esa estación resultaba ser la que más le gustaba. Vivía solo hacia las afueras de Vercelli, le gustaba la ciudad porque no era demasiado grande, aunque para ir a trabajar prefería coger el coche. Salió cojeando ligeramente de casa, en dirección a su pequeño vehículo de segunda mano. Aunque el centro de acogida para niños sin familia en el quedaba clases de dibujo no estaba lejos, su cojera le impedía caminar rápidamente y por esa razón iba en coche. Además, aquel día era caluroso y el sol le producía dolor de cabeza. Se quitó sus gafas corrientes y se puso unas de sol para conducir mejor mientras sintonizaba las noticias en la radio.
Vivía en una casa pequeña de dos plantas y se la había alquilado a una pareja de amigos suyos que vivían en una calle paralela. Por esa razón no le costaba mucho dinero. Dando clases a los niños del centro no ganaba demasiado, así que hacía trabajos por libre para imprentas de la ciudad. Tenía 24 años y desde hacía 13 estaba solo en la vida. De niño, su familia y él se fueron a vivir a Italia, a Turín por ser la más importante de la zona cercana a la frontera con Francia. Había nacido en París, aunque nunca se quedaban a vivir mucho tiempo en el mismo sitio. Ya en Turín, su madre murió y su padre se fue dejándolo solo con 10 años de edad. La única compañía, y bien poco agradable, había sido su tío. Un elemento alcohólico, drogadicto y puede que hasta chulo. Por supuesto le quitaron la custodia inmediatamente, y como en Francia no tenía más familia le llevaron a Vercelli donde estaría con otros niños en un centro llevado por la Iglesia. Pero él sabía por qué su madre había muerto, y la razón de que su padre le abandonara, y también quién era su tío en realidad Él le había roto la pierna de una paliza hacía 13 años y desde entonces cojeaba sin remedio y sin posible solución.
Por suerte para él, las autoridades italianas y Francesas no le repatriaron a su país natal, al fin y al cabo allí tampoco le quedaba nada, ni siquiera buenos recuerdos. Su infancia fue cruel, pues de todos es sabido que los demás niños son bárbaros con los que tienen defectos. Y él tenía varios, el más acusado era su tartamudez. Con el paso de los años y al hacerse mayor, ésta fue desapareciendo aunque no del todo. Todavía había veces en las que se ponía tan nervioso que creía que se estaba tragando la lengua. A eso se le sumaba la cojera, una cara siempre llena de pecas, y para colmo el llevar gafas para corregir la miopía. No tuvo una infancia precisamente feliz, pues sus defectos hacían reír a los demás críos. Siempre estuvo muy acomplejado, y sólo con el paso del tiempo pudo olvidar lo feo que se sentía. Todavía se daban ocasiones en las que se creía feo y desgarbado, aunque en general ya no le importaban esas cosas.
Los curas que llevaban el centro eran siempre muy amables, y estaba en deuda con ellos por sus esfuerzos para con él. Le ayudaron a estudiar Bellas Artes y tras eso le dieron trabajo. Intentaba enseñar a los niños, no sólo manualidades o a dibujar, sino a respetar a los que no son afortunados. Aquellos niños eran a veces muy difíciles de educar, pues venían siempre de familias rotas y desestructuradas, bien por la muerte o por el abandono familiar. Muchos de ellos, como le pasó a él particularmente, ya eran demasiado mayores para ser adoptados y al final se quedaban solos en la vida y tenía que formar la suya propia. Por eso él quiso estudiar lo que más le gustaba y trabajó duro para sacarse la carrera. Trabajando los veranos o cuando podía. Estudió mucho, practicó mas todavía hasta que hacía un año que lo había conseguido al fin. Desde entonces se marchó a vivir solo gracias a la ayuda de sus amigos Valeria y Fabrizio, que estaban ya casados y esperaban un hijo, ya que ellos habían dejado la pequeña casa en la que vivían para comprarse otra más grande. Se la habían alquilado barata porque sabían que su trabajo para el centro no era de ganar mucho dinero. Poco a poco estaba formando su verdadera vida. Aunque... se sentía solo al volver a casa pues nadie le recibía en ella. Pasaba mucho tiempo con Valeria y Fabrizio pese a ello les envidiaba sanamente porque se tenían el uno al otro. En cambio él no tenía a nadie más, pues nadie le despedía por las mañanas, ni le recibía por las tardes. Ni una madre, ni un padre, ni un hermano... y mucho menos un amor. Porque no sabía lo que era el amor, siempre había estado demasiado ocupado para esas tonterías. Además, ¿Quién le iba a amar a él? Era un solitario, un cínico sin remedio y tenía muy mala leche. Pero en el fondo...
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Estaba a punto de llegar al Centro de Acogida cuando el autobús que estaba delante de su coche se detuvo en una parada y se apeó bastante gente. Esperó a que éste saliera y de nuevo se detuvieron en un semáforo. Aquella zona estaba un poco vacía y plagada de solares, algunos ya en construcción. Al fondo se veía la iglesia y detrás estaba el Centro. El autobús se puso en marcha siguiendo de frente, en cambio él giró a la derecha, y sin poder evitarlo mojó de agua con barro, y de pies a cabeza, a un pobre hombre que caminaba por la acera. La noche anterior había llovido bastante aunque por la mañana amaneció bien despejado. Detuvo el coche en doble fila y se apeó. Aquel hombre lo miró con cara enfadada. Cojeó hasta él para pedirle disculpas.
-Lo s-siento mucho caballero, no le vi- éste le miró mientras se limpiaba la cara con un pañuelo.
-Ya es demasiado tarde para sentirlo, ¿No le parece?- dijo con el ceño fruncido. A AIbert le sentó fatal el comentario.
-He dicho que 1-1o siento, no puedo hacer más.
-¡Me ha manchado la ropa, los zapatos y la maleta! ¿No puede hacer más dice? ¿Cómo voy a ir así por la calle? -Albert también frunció el ceño.
-Mire, debería dar gracias a Dios de que me he detenido. Otro s-se hubiese dado a la fuga.
-No pronuncie el nombre de Dios en vano, él no tiene que ver con su imprudencia al conducir.
-Muy bien, entonces que lo pase usted muy bien con su bonita camisa- Albert se dio la vuelta cabreado- ¡Y yo no soy un imprudente, que lo sepa!- dijo sarcástico.
-¡Debería tener más cuidado y ser menos sarcástico!- le gritó el hombre mojado.
-¡La próxima vez intentaré salpicarle menos, no se preocupe más!- Albert abrió la puerta del coche y se metió dando un portazo después. Por el retrovisor lo miró antes de ponerse en marcha de nuevo. Se sintió muy mal porque realmente lo había empapado bien. Sí no hubiese sido tan soberbio desde el principio lo habría acompañado a su casa o a dónde fuera para que pudiera asearse.
-¡Qué le den!- le miró por última vez y después se marchó definitivamente.
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Davidé no se 1o podía creer, tenía muy mala suerte, y ésta cada vez iba a peor. Después de llevar casi 10 años viviendo en Roma, en la que se sentía muy a gusto le enviaban a Vercelli, en el Norte. ¡En contra de su voluntad! Y como no, su propio padre lo había criticado por quejarse. ¡Estaba harto de él! Y que Dios le perdonara pero no lo podía evitar. Tenía ya 32años y ese energúmeno de su padre todavía lo trataba como un niño. El viaje en avión no fue mucho mejor y casi se matan por el camino, aunque Dios no había decidido que fuera su hora todavía. Después el viaje en autobús tras una noche de lo peor en el aeropuerto, se le habían revuelto tanto las tripas en el avión que el autobús no fue precisamente una ayuda, más bien al contrario. Cuando por fin llegaba a Vercelli y se apeaba del bus, un chico en coche le mojaba de pies a cabeza. Si hubiese sido un día corriente, en el que nada le hubiese sucedido, sabe Dios que no habría sido esa su reacción, pero necesitaba descargar la furia contenida y al final la pagó con aquel chico rubio. Éste tenía razón al decir que cualquier otro se hubiese dado a la fuga, en cambio quiso ayudarle y en vez de aceptar su ofrecimiento, le había ofendido de aquella manera.
-Dios mío, no tengo mucha suerte hoy. Sí lo vuelvo a ver, le pediré disculpas.
Volvió a limpiarse la camisa cómo pudo y continuó caminando bajo el sol, esta vez más apartado de la carretera por si las moscas.
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Albert aparcó el coche tras el colegio del centro y se bajó cojeando hasta llegar a la entrada. Los niños correteaban de un lado para otro como locos.
-¡Niños! ¡Basta! ¡Regina, no hagas eso!- apartó a la niña de la papelera, pues la había volcado para arrojar el contenido al suelo-¡Vete ahora mismo a tu clase, y no lo hagas más!
-Pero es que Carlo me tiró la muñeca ahí.- gimoteó. Albert la buscó entre los papeles para hallarla con un, chicle pegado al pelo sintético. Se lo arrancó y tras peinarla se la devolvió a la niña. Ésta le abrazó y le dio un beso muy fuerte en la mejilla.
-Ahora vete a clase, seguro que tu señorita está preocupada si no vas.
Mi señorita dice que eres muy mono. ¿Pero tú no eres un mono verdad? No lo pareces.- Albert enrojeció como un tonto.
-No, no lo soy. Soy un chico, no un o-orangután. Aunque pensándolo mejor, sí que lo soy.- se levantó con ella en brazos y se puso a imitar a los monos del ZOO. En ese momento apareció una de las profesoras y se dirigió hacia ellos.
-¡Albert! ¿Te parece bien jugar con la niña en horario escolar? Vamos Regina- la cogió de la mano.
-Lo siento Bella, t-tienes r-razón. - se disculpó. Desde niños siempre la había llamado Bella.
-Por cierto, hoy viene un profesor nuevo.
-No lo sabía.
-Claro, como has estado de baja nada más empezar el curso. Pues sí, el profesor de música se marchó y el párroco Don Lorenzo pidió que al nuevo maestro. Pero la va a tener más clara el pobre con estos monstruitos.
-Tienes razón, algunos son muy d-difíciles. Bueno, me voy a preparar las clases, seguro que nin-ninguno me ha hecho los deberes que les mandé. Ciao Bella!!- Ésta lo miró alejarse con las mejillas arreboladas. Se conocían desde que Albert llegó a aquel lugar de niño, y siempre le había parecido muy mono. Ella se hizo profesora infantil y al igual que él no tenía familia, pero secretamente deseaba formarla con él. Era un hombre tan guapo, tan bueno, tan especial. Lo cierto era que todas las profesoras, exceptuando las monjas (aunque eso no lo podía saber) estaban locas por él. Era alto, esbelto, con el pelo ondulado por encima de los hombros siempre recogido en una coleta muy pulcra, rostro pecoso, labios rojos y unos ojos verde esmeralda que quitaban el sentido. Yesos pequeños defectos que poseía, como el llevar gafas, la cojera y su tartamudez lo hacían más adorable si cabía.
-Señorita Bella- la niña le zarandeó la mano para hacerla reaccionar.
-OH!! Vamos dentro. Lo siento.
-Es un mono.- dijo la niña, y Bella rió con ganas.
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Después de las clases, Albert se fue al comedor con los profesores que no estaban de guardia ese día. Normalmente se sentaba solo si Bella no estaba, y a ella sí que le tocaba guardia en el comedor de los alumnos. Así que prefirió sentarse a solas en una mesa cercana a la ventana. El día se empezó a nublar de nuevo, puede que hasta lloviese. Suspiró mirando por la ventana mientras recordaba a aquel hombre al que había mojado entero, se sentía mal por ello. Unas compañeras se sentaron en la mesa de al lado y como no tenía otra cosa que hacer mientras comía se dedicó a escuchar su conversación. Versaba sobre el profesor nuevo. ¡Sí que estaba causando revuelo!
-Pues Marcella lo ha visto esta mañana, pobre chico. Estaba mojado de pies a cabeza. Al parecer un coche le mojó entero, que lástima.- A Albert se le atragantó la comida y tosió hasta escupirla. ¡No podía ser que...!
-AH! Entonces yo también lo he visto, claro. Estaba hablando con el Padre Lorenzo esta mañana. Pues si quieres que te diga la verdad, estaba como un tren.- dijo muy bajito, así que Albert agudizó el oído para enterarse mejor. ..
-¿En serio? Marcella me ha dicho lo mismo. Que es alto, guapo, morenazo y con unos ojos pardos que... Yaya, el sueño que toda italiana quiere llevarse a la cama.
-Sí, y qué lo digas. Y qué labios tan carnales, y qué voz tan agradable y sensual, para morirse de placer.
Albert tragó lentamente la ensaladilla, aunque no le supo a nada. Así que ese hombre era el mismo al que había puesto perdido en la calle. Tendría que enfrentarse a él de nuevo. La verdad es que no se había fijado demasiado en su aspecto físico en aquellos momentos, aunque ahora que lo pensaba sí que era alto y moreno y con unos ojos muy pardos y vivos. En fin, bajo el barro no se podía apreciar demasiado tanta supuesta belleza.
-¡Eh! Mira, está ahí, y viene con el Padre Lorenzo. ¡Por Dios, sí que está bueno! -Albert se levantó como un rayo con la bandeja en la mano e intentando no mirar hacia la puerta de entrada del comedor. De reojo sí que vio al Padre Lorenzo presentando al nuevo a los demás profesores.
-Albert, ¿Te encuentras bien?- una de sus compañeras lo miró extrañada.- Estás muy rojo.
-E...Es que... N..no mmme encuentro bien. L-la v-verdad es que nnno.- se puso a tartamudear como un idiota. Cojeó hacia el lado opuesto pero no pudo librarse. El Padre Lorenzo lo vio y tras llamarlo tuvo que quedarse quieto como un palo. Los dos hombres se acercaron a él.
-¡Albert! ¿Ya estás curado del catarro? Supongo yo que sí. Te presento a Davidé, el nuevo profesor de música.- Albert levantó la cabeza más rojo que la grana y miró al nuevo profesor. Éste lo miró con la ceja levantada y después echó una carcajada al aire.
-Vaya, Padre Lorenzo, él es quien me ha puesto perdido esta mañana, ¿No es casualidad?- por supuesto, Davidé ya no iba mojado, de hecho llevaba una ropa muy parecida al padre Lorenzo, aunque algo más moderna. Unos pantalones negros y una camisa gris de manga corta. Albert intentó hablar sin que su garganta consiguiera emitir un sonido entendible. Se quedó prendado mirando los ojos de Davidé, enmarcados en unas pestañas kilométricas. Después Davidé le sonrió con una amabilidad increíble, aunque aquellos labios le parecieron más eróticos que otra cosa.
-¿Te encuentras bien Albert?- dijo él. Entonces soltó la bandeja casi sin darse cuenta y le manchó los pantalones a Davidé. Éste se echó a reír ante la mirada alucinada del Padre Lorenzo.
-No me lo puedo creer, otra vez.
-L-lo ssient-to y-yo nnno no q-quuería, dde ve... vee... verdad- cada vez tartamudeaba más y más. "¡Qué ridículo más espantoso estaba haciendo!" Al no aguantar más que todos estuvieran mirándolo no se le ocurrió otra cosa que darse la vuelta y salir corriendo.
-Lo siento Davidé, siempre ha sido un chico peculiar. A veces no me creo que tenga ya 24 años y sea profesor. Aunque con los niños es muy responsable.
-¿Qué le sucede en...?- se señaló la boca.
-Es algo tartamudo y cuando se pone nervioso no consigue articular palabra.
-Debería ir a hablar con él. Con su permiso.
-Claro, claro, pero no se te olvide venir a comer. Esta tarde quiero presentarte a los niños.- Davidé salió tras un Albert muy avergonzado.
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El chico rubio se sentó en el banco de uno de los pasillos y miró a un Cristo colgado de la pared. Suspiró. ¿Pero cómo podía comportarse así ante un hombre? Bueno, primero lo manchaba entero y luego le arrojaba la ensaladilla a los pantalones. Lo lógico hubiera sido pedirle disculpas y ya está, pero con aquellos ojos tan profundos había perdido el sentido de la realidad.
-¡Albert!- la voz de Davidé le hizo saltar como un resorte de nuevo. "Tranquilidad Albert, ¡Sólo es un compañero nuevo al que le has fastidiado el día!"
-¡Lo siento! No debí tirarte la ensaladilla encima.
-Pero si yo sé que no lo hiciste con malicia. Siento haberme puesto así esta mañana, pero he tenido un viaje horrible y no estaba de humor. Tú viniste a pedirme disculpas y yo no las quise aceptar. En alguien de mi condición eso es imperdonable. Por favor, siéntate -los dos se sentaron sobre el banco.
-Lo siento mucho de verdad.- Davidé volvió a sonreírle con aquella boca.
-He venido desde Roma, y el vuelo no fue muy bueno. No he podido dormir bien, comí fatal y el autobús daba tumbos. Por eso cuando me salpicó el barro me enfadé tanto. Soy humano como cualquiera y tengo un límite. Dio la casualidad de que la pagué contigo, pero ya estoy mejor, lo de la ensaladilla no me ha molestado. Mírame a los ojos Albert, conmigo puedes hablar de lo que desees, confesar lo que te apetezca. Quiero ser para todos vosotros un buen compañero. Dios nos dice que debemos llevarnos bien y perdonar. Así que olvídate de lo de esta mañana y de la ensaladilla de antes. -Albert le miró a los ojos tras las gafas. Davidé ya se había fijado en aquellos ojazos verdes que eran tan tímidos y a la vez las cejas cínicas los hacían muy atractivos.
-Hablas como un sacerdote- dijo Albert, después se echó a reír ante tal tontería. Davidé le secundó.
-Porque lo soy. - el otro se acalló de pronto, sorprendido.
-No es verdad, me estás mintiendo, me estás tomando el pelo.
-Yo no puedo mentir, soy cura. -Albert se fijó de nuevo en la ropa y tragó saliva. Era verdad, llevaba ropa de sacerdote.
-No 1o pareces...
-¿No? ¿ Y por qué?- preguntó divertido.
-No sé... -"No, con esa sonrisa tan erótica no puedes serlo" ¡Eso no podía decírselo!
-Bueno, me disculparás, pero debo irme con el Padre Lorenzo. Ya nos veremos mañana en la hora de la comida.
-Tengo guardia, lo siento.
-Entonces yo también la tendré y así hablaremos, ¿Vale? Hasta mañana.- Albert asintió anonadado.
-Adiós. -1o vio alejarse. -Dios mío... -musitó mientras se llevaba la mano al corazón y estrujaba la camisa con los dedos. Le latía allí en el pecho a mil por hora. Qué comprensivo era, qué agradable, qué amable, qué guapo... - Pero... es un sacerdote... Dios mío...
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Albert volvió a su casa aquella noche, abrió la puerta y la cerró tras de sí. Encendió las luces y miró hacia el comedor.
-Otro día más, otro lunes más y nadie sale a recibirme. - luego sonrió. Dejó las llaves en la mesilla del teléfono, percatándose de que tenía dos mensajes en el contestador. Accionó el botón para escucharlos mientras iba a la cocina para hacerse la cena. La voz de Valeria le hizo sonreír.
"Albert, Fabrizio y yo hemos pensado que ya que estás bien del catarro y no me puedes contagiar, te vengas a cenar hoy a casa. Te echaba de menos, siento no haber podido visitarte, pero con el embarazo no me podía permitir el contagio. Un beso"
El segundo mensaje también era suyo:
"AH!! ¿A quién se le ocurre tener catarro en verano? Eres raro hasta para eso Albert, ¿No te da vergüenza? Si al final vienes llama primero"
Marcó el número de sus amigos y le cogió el teléfono Fabrizio.
-Fabrizio, dentro de un rato iré a vuestra casa.
-Vale, no tardes. Y tráete el postre.
-Si quieres también llevo la cena- dijo sarcástico.
-AH!! Y una botellita de champaña no estaría de más.
-Fabrizio, luego iré, cuelgo que me están llamando por la otra línea. - ¿Quién le llamaría a casa? Casi nunca nadie lo hacía. Se le pasó por la cabeza que fuera Davidé y creyó después que era idiota por pensar semejante barbaridad. Aun así contestó con nervios.
-¿Diga?
-¿Está Albert Aumont? - se llevó una tonta decepción al escuchar una voz de mujer.
-Soy yo.
-Le llamamos de la Editorial Milano, usted nos envió un currículum hace no mucho junto a sus trabajos. Nos han gustado mucho y sería muy agradable si aceptara una entrevista. Soy la directora del Departamento artístico, Barbara Gilardino.
-¿E-entrevista?- tragó saliva emocionado. Aquella editorial era la más importante de Milán.
-Sí, y si no le es posible desplazarse ahora podemos ir nosotros. Estamos de veras muy interesados en sus trabajos y diseños, es lo que estábamos buscando. La entrevista se la hacemos para conocerle, pero en realidad le estoy ofreciendo el trabajo directamente. Aunque tendría que trasladarse a vivir a Milán. ¿Qué me dice?
-Y-yo... Acepto la entrevista con m-mucho gusto.
-¿Le parece bien pasado mañana? Iré personalmente a su casa.
-S-sí, gracias.
-¿A las 18:00 le va bien Albert?
-Muy bien Sra. Gilardino. ¿Quiere que vaya a recogerla a algún sitio?
-no se moleste, voy en mi coche. Encontraré la casa. Buenas noches.
-Buenas noches.- colgó con expresión alucinada total. Fue a la cocina y sacó del congelador unos helados y tras coger las llaves se fue a casa de sus amigos.
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-¡Helado! Eres un cielo Albert, justo lo que me apetecía- Valeria lo miró con sus intensos ojos negros. Estaba de 5 meses, así que la tripita ya era más que evidente.
-Lo que pasa es que eres una glotona.- entraron en el comedor mientras Fabrizio ponía la mesa.
-Albert, ¿qué tal tu vuelta al cole?- el hombre le pasó unos cubiertos mientras todos se sentaban a la mesa.
-Me ha pasado algo que os dejará patidifusos, luego os reiréis de mí.
-Que mal concepto tienes de nosotros.- Albert la miró con una expresión cínica, sus cejas le dieron más énfasis a la mirada.
-Bueno, empezaré por la parte dramática. Iba en el coche cuando mojé a un pobre caminante, de los pies a la cabeza- ellos mantuvieron la expresión pétrea.
-No le veo nada divertido, pobre hombre.
-Sí, pero es que después me peleé con él. Más tarde en el colegio, me lo volví a encontrar porque resulta que es el nuevo profesor de religión y de música.
-Ya, sigue sin tener gracia.- en el fondo estaban aguantando la risa estoicamente.
-Entonces le tiré, sin querer, la ensaladilla de la comida en los pantalones cuando el Padre Lorenzo me lo estaba presentando- Valeria hizo una mueca para aguantar la risa.- Después no sabía ni qué decirle y eché a correr como un niño pequeño. ¡Qué vergüenza pasé! - Valeria dejó caer la cabeza sobre la mesa y comenzó a reírse de lo lindo. Fabrizio no aguantó más e hizo lo propio.- ¿Lo veis, os estáis riendo de mí? Pero me da igual.
-Es que es genial, genial- Fabrizio se secó las lágrimas con la servilleta.- Contigo me mondo, en serio.
-Ya lo veo. Lo gracioso es que Davidé, que es como se llama el profesor nuevo, está muy bueno.- Valeria lo miró con los ojos desorbitados.
-¿Qué?- Fabrizio también alucinó. Albert no solía decir aquellas cosas.
-Lo que has oído, nunca en mi vida había visto unos ojos pardos tan profundos y unos labios tan sensuales. Alto, moreno, voz bonita, buena persona, agradable, en fin... ¡Un culo de infarto!
-¡Albert, que estoy cenando!- Bromeó Fabricio.- No digas esas mariconadas.
-Vaya, estás empezando a darte cuenta de que el amor existe. ¿No decías que no te interesaban esas cosas?
-Y no me interesan, a mí quién va a aguantarme. Además, como me gustan los hombres lo tengo más difícil de lo normal.
-Pero a lo mejor tú también le has gustado. Conocerlo tras ponerlo perdido es muy romántico- dijo Valeria soñadora.
-Valeria, Davidé es un cura.- Fabrizio empezó de nuevo a reírse sin poder evitarlo. Albert lo miró ceñudo.
-Lo siento, es que te pasan cosas muy raras. Ya no me río más. ¿Cenamos o no?- empezó a servir la sopa a cada uno.
-La verdad es que cuando supe que era sacerdote no me lo podía creer, no lo parece. Bueno, habla como un sacerdote, sin embargo esa sonrisa tan carnal no parece la de un casto cura. Lo cierto es que es tan guapo que no... Cuando las demás se enteren se van a llevar una enorme decepción, estaban locas por él.
-No te vayas a enamorar, ¿Eh?- le aconsejó Valeria.
-¿Me tomas por idiota? Es un sacerdote, y aunque no lo fuera. Alguien c-como yo n-no ttiene p-posibilidades con a-alguien commmmo él...- en toda la conversación no había tartamudeado ni una sola vez, tan sólo al hablar de sí mismo y su baja auto estima era cuando la lengua lo traicionaba.
-Albert, ¡No te enamores de él!
-¡No! Y d-déjame en paz.
-Vale, no te enfades. Yo sólo te aconsejo. Y tómate la sopa que se enfriará.
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Luego pasaron al segundo plato, que era lasaña de atún con tomate y pimiento.
-Está muy buena Fabrizio, cocinas muy bien. Cuando me busque un novio se parecerá a ti. Tiene que saber cocinar y...
-Y ser tan bueno en la cama como mi Fabrizio- terminó ella la frase.
-¡Valeria!- éste enrojeció de pies a cabeza. Albert se partía de risa con ellos.
-Este hijo que me has hecho- se tocó la tripita.- Fue con mucho amor y en una noche fantástica.
-No hace falta que le des detalles.
-No quiero saberlo, déjalo- añadió Albert. - ¡AH! Una gran noticia. ¿Os acordáis que envié unos trabajos a la editorial más importante de Milán?- ellos asintieron.- Pues me han llamado esta tarde para hacerme una entrevista. Dicen que están interesados en mi trabajo.
-¡Es genial Albert!
-Aunque puede que me traslade a vivir allí, y me da pena dejaros...
-Pero Albert, Milán no está tan lejos de aquí, nos podemos ver a menudo. Además, tienes que vivir tu propia vida. Tal vez allí encuentres también alguien que te ame como te mereces... - Valeria y Fabrizio sonrieron, pero él no estaba muy seguro de aquello último.
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Volvió a casa y tras ducharse se tumbó en la cama. Utilizaba la habitación pequeña como alcoba para no sentirse tan solo. Cuanto más grande era la habitación, más vacío había en su corazón. La cama también era de tamaño normal para una sola persona. No necesitaba más. El cuarto más grande era su estudio de diseño, dibujo y pintura. Antes de marcharse a dormir corrigió algunos trabajos de los niños. La luz de la farola se filtraba por la ventana e iluminaba la pared de enfrente, allá en el lugar que tenía un crucifijo colgado. No lo veía bien pues era miope, sin embargo conocía el icono perfectamente. Le recordó a Davidé y también las palabras de Valeria.
"No te enamores de él"
-Que tontería... Porque él no sólo es un hombre como yo, sino que es sacerdote también. - pero el corazón le dolió ante aquello. Un sacerdote, un sacerdote...
"No te enamores de él"
A lo mejor ya era demasiado tarde... W