Eran apenas las ocho de la mañana cuando Vivian Demurral despertó en aquella pequeña y calurosa habitación. Abrió los ojos perezosamente; lo primero que observó fueron las manchas de humedad que circundaban el techo. A su izquierda, la pared se descascaraba dejando grietas profundas y pequeños médanos blancos sobre el piso de madera.
-Disgusting! -fue el saludo matinal que le dedicó a esa cueva. Asomándose por la amplia ventana, aquel país ajeno le sonreía burlonamente haciendo gala de una majestuosidad implacable ¡Qué sol y qué calor! Era increíble que, mientras allá, en su país natal, los tejados estuviesen cubiertos de nieve, allí, del otro lado del globo terráqueo, tuviera que dormir con la ventana abierta a causa de las altísimas temperaturas de principios de diciembre.
¡Pero qué precioso paisaje exhibía aquella ventana y qué agradable la fresca brisa que hacía bailar las cortinas! Y entonces Vivian sonrió, sí, con una sonrisa entre tímida y sarcástica. Tímida porque se sentía casi avergonzado de angustiarse sólo por el estado de la habitación en la que apenas pasaba seis horas, cuando allí afuera danzaba para él la mismísima Naturaleza en todo su esplendor..., y sarcástica por eso..., ¡Porque el techo se caía a pedazos, caramba! ¡Porque no había noche que no se entretuviera dándole formas a las manchas de las paredes! Había una que parecía un pato..., otra que se asemejaba a una nube...
En ese momento, Vivian saltó medio metro en el aire, sobresaltado, al oír la puerta abrirse de par en par y sin previo aviso.
-¿Ya se despertó, míster? -exclamó la voz de Cruz, ese muchachito de quince años, hijo de los posaderos.
¡Pero qué modales los de este chico, por Dios! pensó Vivian, no por primera vez.
''¿Y no era evidente que estaba despierto, Cruz?''
Entonces Cruz hacía morritos, avergonzado, y fruncía el ceño.
-¡Y güeno, míster, yo venía pa decirle que ya está listo el desayuno! -avisó el chiquillo, casi gritando, entre ofendido y enojado.
-Thank you, gentleman -respondió Vivian, sonriéndole abiertamente.
-''Ouquei''
-What? ¿Qué dijo, Cruz?
-¿Yo? ¡Nada!
-Se dice ''you are welcome'', Cruz.
Y Cruz bajaba la cabeza, nervioso y muerto de vergüenza.
''¡Era que Cruz nunca iba a aprender nada! ¡Cruz era un burro! ¡Un burro así de grande, gigante! ¡Y no sabía paqué el míster Vivian se esforzaba en enseñarle cosas de su tierra si él nunca iba aprender nada de nada!''
Y Vivian, íntimamente conmovido, se sonrió.
-¿Y ahora de qué se ríe, míster? -replicó Cruz, contrayendo más el entrecejo. El míster, más divertido si eso era posible, tiró de su brazo y el chico cayó sentado sobre la cama.
''De nada, Cruz. La risa de Vivian era sólo porque le causaba gracia que él, con sus quince añitos, le llamase ''míster'', cuando sólo le aventajaba en cinco años...''
-¡Ah! Entonces... ¿Qué edad tiene usté, míster? -preguntó el niño.
-Yo tiene veinte anios, Cruz. Cinco máis que vos.
-Ah ¡Qué viejo, míster!
-¿Vieco? -repitió Vivian, atónito. Y entonces Cruz comenzó a reírse a carcajadas.
''¡Míster Vivian no era para nada viejo, no! ¡Míster Vivian era ''requete joven''! ¡Él sólo estaba bromeando!''
-Aoh..., thank God -suspiró el extranjero.
-¡Güeno, míster! ¡Apuresé que ya está listo el desayuno y si llega tarde mi mama se va a enojar con usté!
-OK. Gracies, Cruz...
-''Iú ar güelcom''
Vivian se sorprendió al oírle; el niño emitió una risita aguda y salió del dormitorio corriendo.
¡Qué chico tan cute!
Y así era, sin duda alguna, para Vivian Demurral. A él no sólo le atraían la belleza, la alegría y la juventud del primogénito de aquella ''Mrs'' robusta y risueña y de aquel hombre embrutecido por el trabajo duro que cuando sonreía parecía tener treinta años y cuando se ponía serio, más de sesenta... A Vivian también le llamaba poderosamente la atención aquella pueril y extraña inocencia que el chico parecía poseer, casi como en una exageración de virtuosidad.
¡Y cómo no ser así! pensó ¡Si aquel niño vivía en un entorno en el que era casi imposible corromperse o sucumbir ante un vicio peor que pasarse las noches en vela, caminando por los campos y admirando el verano naciente y aquel cielo tachonado de estrellas! Así le había ocurrido a él, y Doña Elvira, la madre de aquella belleza morena que observaba con atención, le había explicado pacientemente que era peligroso andarse por la noche merodeando por esos lugares y que, si no quería encontrarse con algún zorro o algún puma, sería mejor que utilizara las tardes para salir de paseo.
¡Qué difícil le había resultado a él, amante de la noche y sus delicias, tener que renunciar tan pronto a algo que apenas acababa de descubrir! Y era que Vivian jamás había podido disfrutar de unas vacaciones que no fueran sino en cualquiera de las playas de su país y que, para él, eran todas iguales. El mar, unos metros de arena, la ciudad. Nada más. ¿Cómo pretendía esa señora, que pasaba todos sus días rodeada de esa maravilla verde jade salpicada oro..., cómo pretendía que él, que había vivido en un laberinto de rascacielos interminables, dejara de deleitarse con ese paisaje paradisíaco que convidaba al retozo y embriagaba los sentidos?
Y así, con el ceño fruncido ante el recuerdo de aquella no lejana reprimenda, Vivian caminó hacia el pequeño baño de su habitación y comenzó a afeitarse con rapidez. ¡Caramba! ¡Si hasta ese viejo espejo daba lástima! El extranjero apenas podía distinguir el verde de sus ojos entre aquel sembradío de manchas negras...
Cuando Vivian llegó a la cocina, tuvo que adivinar que su taza de café con leche y el plato con las tostadas estarían, sin duda, detrás de aquellas cajas de cartón que estaban sobre la mesa. Y así era, claro, pero lo más extraño era que la cocina estaba desierta. Faltaban la risita cristalina de Cruz y el semblante amable de Doña Elvira Fuentes. El hombre de la casa, Don Osvaldo, estaría ya completamente abocado a las tareas diarias.
Curioso, Vivian abrió con cuidado una de las cajitas que estaban allí, casi encima de sus tostadas, para asomar al menos un ojo y descubrir qué ocultaba. No pudo saberlo al primer intento y para lograr su objetivo la abrió de par en par y observó, entre conmovido y risueño, lo que con suerte y un poco de imaginación serían adornos de algún árbol de navidad.
-¡Ah! ¿Ya vio, míster? Hoy es ocho de diciembre -dijo la voz de Cruz-. Vamos a armar el arbolito ¿Allá en su tierra también arman arbolito, míster? -preguntó, robándole una tostada untada con mermelada casera y dándole un generoso mordisco.
-Aoh, yeah..., también hacemos arbolito, sí...
Volvieron a la memoria de Vivian todas aquellas frías mañanas, empolvadas de nieve, cuando él contemplaba la muy atareada servidumbre de su casa llenar de luces doradas un enorme pino blanco y enroscar ramos de muérdago artificial en torno a las barandas de las escaleras.
Y en ese momento, anunciada por un taconeo curioso, apareció la vasta silueta de Doña Elvira, con el sudor resbalando de su frente y arrastrando la vieja maceta de un pequeño pino enclenque.
-¡Eh! ¿Qué hace usté molestando al míster? ¡Vengasé para acá a ayudar! -exclamó, cansada, irguiéndose y cruzando los brazos sobre el pecho.
Pero entonces el extranjero se apresuró a aclarar que ''Cruz no le molestaba para nada, no señor... Y por cierto ¿Dónde podía él, Vivian, comprar algunas cosas que le andaban haciendo falta?''.
-Y pues en Güenos Aires, míster ¿Ánde sino?
A Vivian no le costó convencer a ese anciano campesino de que le sacara de La Preciosa para llevarle en su coche a la Provincia. En primer lugar, porque el destino del viejo era ese, la Provincia; y en segundo lugar porque Vivian, astuto, rápidamente desembolsó un par de billetes que tenían dibujados dos próceres para él desconocidos, pero que, a juzgar por cómo los observó el campesino, debían ser muy importantes...
Y allí se hallaba entonces, en la parte trasera de ese carro traqueteante, maloliente a heno, estiércol y zorrino.
-Bloody hell... -maldijo en voz alta al advertir, muy cerca de él, algo que parecía vómito de gato. Suspirando resignado, sacó del bolsillo su reproductor de mp3, se colocó los auriculares, recostó la cabeza sobre un montón de paja y cerró los ojos, rogando para que, cuando los abriera de nuevo, el carro ya hubiese detenido su marcha...
Su reloj decía que eran la cuatro menos cuarto y eso significaba que ya habían pasado seis horas. ¿Cuánto tiempo habría permanecido allí, dormido? ¡Y ese viejo odioso no lo había despertado!
Echando chispas, Vivian se puso de pie, se sacudió los jeans y observó, por primera vez en tres semanas, calles asfaltadas y veredas de baldosa.
Bien, aquel pueblo -pronto descubrió que no sabía su nombre- dejaba bastante qué desear. Pudo apreciar un pequeño restaurante, una tienda de ropa femenina, un bazar y un edificio del Correo Argentino. Decidió pasar primero por el restaurante, comer algo ya preparado y luego abocarse a lo que había planeado esa mañana, mientras contemplaba al alegre Cruz armar ese arbolito de Navidad que habría hecho palidecer de disgusto a los sirvientes de la Demurral Manor...
A la empleada del bazar le pidió ''per favor'' que envolviera para regalo aquel juego de ollas de acero que sabía él, observador minucioso, que Doña Elvira recibiría agradecida. La muchacha, un tanto intimidada ante la presencia de ese mozo pálido y rubio, lo suficientemente alto como para desfilar por una pasarela de Milán, eligió un papel verde brillante y coronó el paquete con un moño rojo.
En una tienda de ropa, en cambio, Vivian tuvo problemas para hacerle entender al muchacho que quería una shirt...
-¿Shit? -replicó el dependiente, confundido.
-Aoh, no! -exclamó Vivian, rojo de indignación- ¡Shirt! Aoh..., for heaven's sake... This! -gritó, señalando una camisa negra de bambula.
Y también se tardó su tiempo eligiendo un par de jeans y buscando unas zapatillas All Star que combinaran con la camisa...
Le costó mucho pensar en un regalo para Osvaldo Fuentes, a quien sólo había visto como máximo cinco veces. No tenía idea de qué podría necesitar, a parte de buenos modales o una dieta adecuada... Y por ese motivo le compró lo primero que vio en una tienda de electrodomésticos: un radio reloj, que era barato y, lo que era más importante, era pequeño y no pesaba casi nada. A estas alturas, Vivian ya estaba lleno de paquetes y ansiaba más que nada hallar un taxi que le pudiese llevar otra vez a La Preciosa, que le devolviera rápidamente a su paraíso perdido...
A pesar de que sabía que Vivian no estaba allí, Cruz abrió la puerta del dormitorio sigilosamente. Era curioso porque, cuando el forastero sí se hallaba en su habitación, el niño entraba de repente y abriendo la puerta con estruendo. Mas parecía que ahora, la ausencia del rubio extrajero no motivaba en el muchacho el suficiente entusiasmo como para efectuar una de aquellas entradas gloriosas.
Fuese por el motivo que fuese, así lo hizo Cruz y para el que lo descubriese ''con las manos en la masa'': ''él sólo quería barrer la basurita esa, el polvo que caía de las paredes ¿Que no veían que ahí tenía la escoba, caramba?''.
Pero bien sabía él que ese no era su propósito. Lo atraían a esa habitación la fragancia de lo prohibido, el anhelo de encontrar algo maravilloso con qué alimentar su curiosidad. Y lo halló rápidamente, con ojo ágil, allí arriba del viejo escritorio de madera. Era una computadora. Una computadora ''rara'', de esas que sólo tenían los millonarios, la gente importante como los reyes y los ''ampresarios''. Una computadora chiquitísima, minúscula, que cerrada parecía el maletín de aquel viejo que les cobraba todos los meses el alquiler de la posada.
Era, como bien se sabría, una laptop o notebook, pero Cruz, que nada conocía de esas cosas, no encontró en ella nada que mereciese su preciosa atención.
-Vaya porquería -exclamó, resentido ante la negativa de la computadora de mostrarle sus secretos mejor guardados. Y, con un floreo de la mano, golpeó con suavidad aquel aparato de plástico negro en el que brillaba maléficamente una lucecita roja...
¡Magia! El monitor de la laptop se encendió de golpe y exhibió ante Cruz algo que para él, sin embargo, no era ningún secreto...: Era el lago Solecito, ubicado a menos de un kilómetro de la posada. El lago, sí, con sus aguas claras, reflejando el color oscuro de las rocas y el verde esmeralda de los pastos; el lago con los árboles de fondo y el cielo coronando la postal del paisaje.
¿Y por qué tendría el míster una foto del Solecito allí en su computadora? Debería gustarle mucho. Pero, silencio..., ahora, lo que era más importante: ¿Podría Cruz desentrañar los misterios que ocultaba la laptop de Vivian?
¡Seguro! ¡Él había visto muchas veces al míster allí, frente a su computadora, apretando botoncitos a diestra y siniestra! ¡Él sabría usarla perfectamente, sí señor!
Y, con la emoción del niño que sabe que osa hacer algo prohibido, tomó con la mano derecha el aparato de la lucecita roja y lo sacudió con vehemencia. No sucedió nada. Volvió a moverlo con brío, pero seguía sin suceder nada. Algo desilusionado, observó con atención... Algo se movía allí, entre las rocas...
Pronto Cruz descubrió que el puntero obedecía a las órdenes del mouse y, envalentonado seguramente por ese hallazgo impresionante, lo sacudió mucho más que antes, presionando botones una y otra vez. Podría decirse que tuvo suerte... Hizo doble clic sobre uno de los íconos del escritorio y se abrió para él una carpeta con más fotos...
Cierta ''miss'' rubia en bikini, preciosa, sonreía desde la pantalla abrazando a un Vivian en traje de baño. Sonrojado, Cruz paseó la mirada por le curvilínea silueta de la mujer la que, sin que él lo advirtiera, tenía los mismos ojos que Vivian, su mismo cabello y su misma sonrisa...
Un grupo de chicos, todos de la misma edad, saludaban a Cruz, vistiendo el mismo traje negro con idéntico escudo en el saco. Eran todos varones y entre ellos, Cruz pudo identificar a Vivian, con el pelo al viento y apoyado sobre el hombro de uno de sus compañeros...
Un joven bellísimo, de rasgos casi femeninos, estaba recostado sobre un lecho de sábanas blancas. Vestía sólo unos jeans claros, con detalles en roto y deshilachado. Los ojos azules brillaban en su rostro pálido y el cabello húmedo le caía sobre la frente. Cruz abrió sus ojos hasta que le dolieron al advertir, petrificado, que el chico tenía la mano dentro de sus pantalones y que miraba hacia el frente mordiéndose el labio, como en una indecente propuesta...
El mismo joven, sólo que ahora de perfil y los ojos cerrados, haciendo gala de la perfección de su rostro y de un cuello blanco de seda. Tenía la boca semi abierta, como si estuviese suspirando y las manos juntas y apoyadas sobre una pared...
Y el resto de las fotos eran similares, una peor que la otra o una mejor que la otra dependiendo del cristal con el que se las mirase... Y Cruz estaba indignado... ¿Cómo no estarlo? ¡Ese chico era demasiado lindo!
-¿Cruz...? -preguntó Vivian, entrando en su dormitorio, sorprendiéndose al observar a Cruz allí, frente a su laptop-. ¿Qui está haciendo, Cruz?
Y Cruz, con el rostro ardiente de pueril embarazo, juntó el entrecejo y frunció los labios, en una muequecita que hacía morir de risa a Vivian...
''¿Cruz? ¡Nada! ¡Él sólo quería barrer la mugre del dormitorio del míster, pero entonces, sin querer, había tocado la computadora y...! ¡Ahí estaba! ¿Quién era ese?''
-¿Ese? Who? ¿Quién, Cruz?
Y como el niño señalara la pantalla con el mentón, en un gesto desdeñoso, Vivian palideció al observar allí la belleza mojada de Kyle Russo, aquel muchacho de la sesión de fotos de Blaustern's con el que había compartido algo más que los estudios fotográficos...
''Ese chico era un modelo, Cruz. A ese joven le pagaban para que vistiera ropas de marca o desfilara en pasarelas, hiciera comerciales en televisión o en revistas ¿Comprendía, Cruz?''
-Ah... ¿Y por qué está así? Todo..., raro...
-¿Ra-raro?
-¡Así! ¡Todo en pelotas!
Vivian volvió a mirar la foto de Kyle. Naturalmente, para Cruz, quien con seguridad nada sabía de modelos, pasarelas o sesiones de fotos, resultaba curioso y ''raro'' observar a un joven en una actitud tan provocativa. Y Vivian le sonrió y cerró la ventana de la foto.
''Ser modelo era un trabajo como cualquier otro, como cuidar los potrillos o pastorear el ganado. Si Cruz fuese modelo también tendría que vestirse así y posar para las cámaras, tal como lo hacía ese muchacho.
-¿Yo? ¿Andar así desnudo como ese? ¡Ta loco!
Y Vivian tuvo que aguantarse la sonrisa al imaginarse al niño posando para él tal como lo había hecho Kyle Russo... Pero no lo logró, seguramente, porque al instante Cruz replicó, muy ofendido:
-¿Y de qué se anda riendo ahora, míster?
-¿Yo? Mí no ríe de nada -respondió, dándose la vuelta.
-Ah ¿Qué es eso, míster? ¿Qué se trujo de Güenos Aires?
¡Cierto, los regalos!
''Eran regalos, pero eran para la noche de Navidad. Hasta ese día, Cruz no podía abrir ninguno de los suyos.''
''¿Regalos con ''ese''? ¿Entonces eran muchos?! ¡Cruz quería verlos, quería verlos ahorita mismo! ¡Por favor, por favor!''
Entonces Vivian, no pudo hacer más que entregarle la bolsa, enternecido. Le era imposible negarle nada a Cruz. Y eso le preocupaba un poco.
-¡Ah! ¡Qué linda, míster! -exclamó, contemplando desde todos los ángulos, la camisa negra de bambula. Y, quitándose la remerita raída que llevaba, Cruz se embutió en aquella con celeridad-. ¡Me queda ''pintada''! -agregó, contentísimo-. ¿Y eso otro, también es pa mí?
-Aoh..., yeah.
-¡Vaqueros!
-Aoh, yeah..., jeans, yeah...
Vivian alzó las cejas al contemplar, sin una pizca de disgusto, cómo el muchachito se sacaba sin reparos ni vergüenzas esos pantalones salpicados de barro y que le quedaban algo grandes... Ciertamente Cruz, con sus ''quince añitos'' no tenía nada que envidiarle a Kyle Russo..., o a Daniel Hoffman o a Ion Pavlov... Estaba, como quien diría, ''a punto merengue''. En otras palabras, tal vez con las de Vivian, Cruz estaba ''eatable''..., pero el extranjero estaba consciente de que se hallaba frente a alguien cuya mente vagaba, desafortunadamente, muy lejos de aquellos pensamientos sensuales y que, por supuesto, no tenía ni las más mínima intención de provocar en él nada más que una sonrisa de aprobación. Por esos motivos, Vivian sólo se sentó sobre su lecho, muy turbado, observando la exquisita forma en que aquel cuerpo elástico se estiraba y se encogía, daba volteretas frente al espejo y luego se paraba frente a él, diciendo:
-¿Me quedan re bien, no míster?
-Aoh, yeah...
-Me quedan un poquito abajo..., creo que por allá mi papa tiene un cinturón.
-Aoh, yeah...-¡Aoh, yeah, aoh, yeah! ¿Que no sabe otra cosa andemás del aoh yeah, míster?
Y Vivian levantaba sus ojos verdes, que brillaban cargados de picardía.
-Ahm..., ahora sí que yo sabe algo máis, Cruz... -le dijo, con una sonrisita maliciosa, guiñándole un ojo.
-Ah ¿Y qué sabe, míster? -preguntó el niño, contagiado con esa risa. Vivian lo tomó del brazo y lo sentó sobre sus piernas.
-Yo sabe que Cruz podría ser modelo también...
-¿Yo? ¿Modelo?
-Aoh, yeah...
Y Cruz se encongía de hombros y cruzaba los brazos sobre el pecho.
-¿Y por qué, míster, ah?
-Porque Cruz es moi lindo.
-¿Ah, sí? ¿Más lindo que ese? -preguntó, señalando la laptop con la cabeza, otra vez. Vivian se tomó un par de segundos para responder...
''Aoh, yeah... Cruz era mucho más bello que el joven de aquella foto''.
Y Cruz abría los ojos negros al máximo... ¿Podría ser cierto lo que decía Vivian? ¿Él era más lindo que ese chico? Y ese pensamiento, por un momento, significó para él una alegría tan inexplicable como perturbadora...
II
Vivian hubiera jurado que la Posada Fuentes era la primera que había visto aquella calurosa tarde de mediados de octubre. Y le parecía extraño que ahora, dos meses después, hubiera tres ranchos más que luciesen idéntico cartel de ''Posada''.
Lo que él no sabía era que a ningún turista extranjero se le hubiese ocurrido caer de improviso por aquellas tierras en busca de una habitación donde dormir las noches de aquella temporada de verano. Y por ello, los campesinos habitantes de esa zona se sorprendieron enormemente al enterarse de que aquel joven rubio, al que veían todos los días paseando por la zona y sacando fotos, fuese nada más y nada menos que eso, un turista...
Pero luego de un par de meses, lo único que les sorprendía era saber que aquel forastero seguía viviendo allí, en la ''casucha e' los Juentes'', y que al parecer no tenía ni la más mínima intención de mudarse de allí, a pesar de comprobar con sus propios ojos que los ranchos de los alrededores eran ''más aporpiados pa alguien de su laya''.
Ahora bien, lo que no sabían los campesinos era que a Vivian ni se le hubiese pasado por la cabeza abandonar aquel rancho a pesar de las comodidades que pudiesen ofrecerle los otros. Y que, su sencillez y humildad, junto con otros factores externos, hacían que Vivian, pese a todo, se encontrase a gusto con Doña Elvira, con Don Osvaldo y con..., Cruz.
Uno de aquellos factores externos era, sin lugar a dudas, el paisaje maravilloso que rodeaba aquella casa. Era la más cercana a ese lago donde, Vivian sabía, Cruz llevaba a abrevar un pequeño rebaño de blancas ovejas lanudas, olorosas a pasto fresco y a queso rancio.
Motivado seguramente por la idea de encontrar al niño allí, en medio de sus tareas de pastor, Vivian caminó cuesta arriba con paso seguro, llevando en la mano izquierda una gorra de visera y en la derecha, su cámara de fotos...
Enormemente grata fue su sorpresa a llegar y observar allí a Cruz solo, sin sus ovejas, mas entregado al sencillo placer del agua...
El niño estaba recostado sobre una roca, vistiendo sólo unos pantalones cortos. Estaba sumergido en el lago hasta los tobillos y el sol le daba de lleno en el rostro. Malicioso, Vivian encendió su cámara digital y la dirigió hacia donde se hallaba el niño. Y en menos de un segundo captó para siempre aquella imagen.
Alertado quizás por algún sonido curioso, Cruz giró la cabeza y miró hacia arriba. Algo en su interior se sacudió cuando observó allí, entre los arbustos, la esbelta silueta de Vivian. Y esa inexplicable alegría hizo que se incorporara sobre la roca hasta sentarse...
-¡Míster! -le gritó, haciéndoles señas, porque sin duda pensaba que el otro no lo había visto.
Vivian lo interpretó como una invitación. Bajo rápidamente desde la cima de la ladera hasta llegar hacia la orilla del lago, donde lo aguardaba Cruz.
-¿Qué anda haciendo, míster? ¿Sacando fotos? -le preguntó el chiquillo, sonriéndole.
-Yeah..., sí -respondió Vivian. No sabía el motivo, pero esa blanca sonrisa le había dejado sin palabras.
-Ah... ¿Quiere meterse al agua? Está bien fría -invitó el niño.
Vivian lo meditó por un momento.
-¿Qué pasa, míster? ¡No me diga que no sabe nadar! -exclamó Cruz, divertido, provocándole instintivamente.
-¡Yeah, mí sabe nadar!
-¡Entonces muestre, míster!
Y Vivian, entrecerrando sus ojos verdes, mirando al niño con una sonrisa desafiante, se quitó la remera blanca que llevaba, envolvió con ella la cámara de fotos, y se metió al agua. Estaba condenadamente fría..., pero Cruz no advirtió el gesto de disgusto de Vivian. Se hallaba más concentrado contemplando cada línea de aquel torso armonioso, los músculos de sus brazos, el vientre plano y la espalda ancha. Vivian se dio cuenta y, agradablemente sorprendido, mantuvo su mirada en esos ojos negros que le recorrían, traviesos.
-Cruz -susurró suavemente. El niño se alarmó y sonrojado, apartó la vista. Pero Vivian no era ningún chiquillo y, envalentonado por ese gesto, se atrevió a hacer la pregunta que venía masticando desde aquella tarde, cuando había hallado al niño en su laptop-: ¿Me deja Cruz sacarle algunas fotos?
El niño se alarmó al instante, recordando las imágenes de aquel joven precioso de ojos azules y semblante seductor..., entonces ¿Que el míster quisiera sacarle fotos significaba que era cierto? ¿Él era más lindo que aquel muchacho?
Bajando la mirada, y con un encogimiento de hombros, Cruz respondió un tímido ''bueno''. Y eso bastó para Vivian. Sonriendo, triunfal, agarró la cámara.
-Mira per acá, Cruz.
Y con la actitud propia de un profesional le fue solicitando al niño una sonrisa, un gesto serio, un rostro pensativo... también le pidió que cambiara de pose, que bajara de la roca y se metiese en el lago, que jugase con el agua y que volviera a la roca, completamente mojado. Y aquella sin duda sería la mejor foto de todas. Vivian se sintió perturbadoramente satisfecho al observar esa piel tostada, donde brillaban las gotas de agua, acariciadas por el sol. Entonces cambió de mano la cámara y se inclinó hacia el niño, para peinarle el cabello con los dedos. Y Cruz se estremeció visiblemente al sentir la mano de Vivian en su cabello, acariciando sus hombros y en la tela de sus shorts, alisando las arrugas.
-¿Tiene frío, Cruz? -preguntó, tomando la cámara nuevamente.
El niño, todo estremecido, sacudió la cabeza negativamente y volvió a posar para Vivian...
Esa misma noche Vivian Demurral se hallaba en su habitación, frente a su computadora, bajando las fotos que le había tomado a Cruz. Y al darse cuenta de que se quedaba contemplando por varios minutos cada foto, volvió a preguntarse a sí mismo aquello que se había preguntado esa tarde... ¿Qué le ocurría? ¿Acaso Cruz le gustaba? Esa, se dijo, era una pregunta estúpida. El niño siempre le había gustado. Él, que ya tenía sus gustos bien definidos, desde el principio se había sentido atraído por la hermosura del chico. Pero nada más ¿O no? Le dolió pensar en ello, porque ¿Qué oportunidad podría tener con un niño tan puro? ¿Cómo podría acercarse a él sin manchar esa inocencia?
De repente sintió la garganta seca y salió de su dormitorio para ir en busca de un vaso de agua fría, pero al instante se detuvo al oír voces provenientes de la cocina. Era extraño, pues los Fuentes se acostaban temprano. Cruz seguramente ya estaría plenamente dormido. Y aquellas voces alteradas, nerviosas, les pertenecían a los padres del niño, Doña Elvira y Don Osvaldo.
-Dijo que nos va a dar sólo un mes de plazo -susurró la voz afectada del hombre.
Entonces Vivian se enteró de la difícil situación que atravesaba la familia: le debían dinero al propietario de la posada y al dueño de la sembradora y la cosechadora. No podían prescindir de las maquinarias porque eso significaría perder el dinero de la venta de las cosechas. Y sin ese dinero, no podrían pagar el aquiler. Era un círculo vicioso y por lo que pudo oír Vivian, Cruz no tenía idea de nada.
III
La Navidad se acercaba y el extranjero se pasaba horas enteras meditando acerca de lo que había oído aquella noche. Por algún motivo que no lograba comprender ansiaba ayudarles, principalmente a Cruz.
-¿Qué le pasa, Vivian? -le preguntó el niño.
-¿Eh? ¿Qué?
-Ta muy callado, míster.
A Cruz le llamaba la atención, puesto que junto a él el extranjero se mostraba siempre alegre y conversador, se entristeció un poquito al pensar que Vivian se hubiese cansado de su compañía y de su ignorancia. Pero enseguida el míster le dirigió una sonrisa y, acompañando sus palabras con una caricia tímida, susurró:
-Mí solamente pensaba en que tendré que irme de vuelta a New York.
Y Cruz casi ahogó un grito... ¿Vivian iba a irse? ¡¿Cuándo?!
-¿Se va, míster? -inquirió, con voz muy bajita- ¿Cuándo?
''Vivian no lo sabía, pero seguramente tendría que volver a Estados Unidos cuando comenzara el nuevo año. Ya se había tomado demasiado tiempo de vacaciones''.
-¿Es muy lejos su tierra, Vivian? -quiso saber el niño.
-Yeah... so far away.
-¿Hay que tomarse un avión, no?
-Yeah, a plane...
Entonces Cruz apoyó la cabeza en su hombro, rogando, sin saber porqué, que aquel día no llegase nunca, que míster Vivian no se fuera. Porque si Vivian se iba..., no sabía qué podría llegar a sucederle.
Una cabeza morena se asomó por la puerta del dormitorio. El rostro esbozó un gesto de extrañeza.
-A comer -anunció Doña Elvira.
La cena transcurrió en un completo mutismo, en un inusitado silencio. Era cosa de la que sorprenderse porque siempre durante las comidas podían oírse los alegres comentarios de Cruz, contando sus aventuras por el campo. ''Que su oveja preferido había parido dos corderitos así de chiquititos, fijensén''; ''que ya comenzaba a haber duraznos en el árbol que habían plantado cuando él tenía dos años''; ''que pensaba sembrar amapolas porque una de las chicas de la plantación le había regalado unas semillitas a cambio de que le cuidara la yegua una tarde''...
Pero nada. Ni una sola palabra se asomó a los labios del niño. Y sus ojos permanecieron clavados todo el tiempo en el mismo punto de la pared..., para sorpresa de los padres. Y para sospecha de Vivian.
No podía explicárselo de otra manera, pensó el extranjero, mientras se colocaba una toalla alrededor de la cintura. A Cruz le entristecía su partida. Ese pensamiento significó para él un asomo de esperanza. Luego suspiró. No podía dejarse llevar por esos sentimientos tan nuevos como extraños.
En ese momento la puerta se abrió con un sonido seco. Vivian se sobresaltó. Allí, en el marco de la puerta, la esbelta figura de Cruz.
-Mís..., ter -la palabra murió en sus labios cuando apreció la semi desnuda palidez de Vivian. El hombre, aún alarmado, le invitó a pasar. El niño cerró la puerta y se dio la vuelta cuando vio que se quitaba la toalla para comenzar a ponerse los pantalones. Un espejo pervertido le invitó a contemplar eso que sus ojos le habían negado.
Luego se giró nuevamente y sus ojitos fueron a posarse en la cámara de fotos que el míster tenía allí sobre su mesa y al advertirlo, Vivian susurró:
-¿Quiere que le saque fotos, Cruz?
Y esta vez el niño no vaciló en su respuesta:
-Sí.
Obedeció, sumiso, todos los pedidos de Vivian.
-Sonría, Cruz.
Y el niño forzó una sonrisa, intentando olvidar la tristeza que invadía su espíritu, al parecer sin ningún motivo...
-Siéntase a la cama..., mira per la ventana.
Y Cruz posó sus ojitos apenados en las estrellas que les espiaban hacía más de media hora. Entonces Vivian decidió exigirle a su nuevo joven modelo sólo un poquito más... Porque, seguramente, esa sería la última vez que podría disfrutar del paisaje prohibido que era ese cuerpo, ya en edad de flirteos y romances. Recostó a Cruz sobre la cama y le peinó con los dedos, rozando a propósito las morenas mejillas y el cuello suave. Alargó un brazo hacia él, que permanecía perturbadoramente atento a cada gesto, a cada movimiento, y le desabrochó un par de los botones de la camisa. Embozado, sosteniendo aún la tela, le sostuvo la mirada varios instantes.
-¿Q-qué... qué pasa, Vivian? -preguntó el niño, inquieto.
-Mí pensaba en que yo tendré unos preciosos ricuerdos de Cruz. Unas hermosas fotos -respondió, afectado, sin soltarle, sin apartar los ojos.
-¡Entonces saquelás, Vivian! -gimoteó el chiquillo. El extranjero frunció el ceño y ubicó su cámara. Contempló, hechizado, un semblante para él seductoramente triste, unos ojos ofuscados y unos labios anhelantes.
-Charming... -susurró sin pensarlo.
-¿Q-qué..., qué dijo, míster? -inquirió Cruz, nervioso, con la voz ahogada. Estaba a punto de llorar. Vivian apoyó la cámara sobre la mesa de luz.
-Mí dijo que Cruz es hermoso -entonces se inclinó hacia él y le abrazó. Cruz soltó una especie de quejido y le respondió, también, rodeándole con sus bracitos. Se estremeció de repente al sentir el peso de Vivian sobre su cuerpo.
-No se vaya, Vivian, no se vaya... -le repetía el niño, aferrándose con fuerza a su espalda-. No se vaya..., por favor -enterró el rostro en su cuello pálido y respiró el aroma de su cabello aún húmedo, deleitándose con la frescura aterciopelada de esa piel recién lavada. Y sin pensárselo, sin preguntarse a sí mismo si lo que hacía estaba bien, respondiendo sólo a sus más íntimos impulsos, Cruz besó ese cuello tibio, deslizando sus labios por los hombros de Vivian y las manos por su columna, haciéndole temblar cuando un escalofrío para nada desagradable le recorrió la espalda.
Vivian no se atrevía a creerlo. Logrando hallar un par de segundos de cordura pudo sentirse desahuciado al pensar que esa relación que comenzaba a forjarse, eran tan peligrosa como imposible...
-No se vaya, míster..., por favor, quedesé...
Vivian lo soltó y comenzó a acariciar su boca suave con la punta de sus dedos, contemplándoles con ansiedad. Se moría por probarlos. Cruz antreabrió sus labios, como invitándole a concretar su deseo. No se atrevía a más. Entonces Vivian, tomándole el rostro con ambas manos, lo besó en la boca con una delicadeza inusitada. El niño, por reflejo cerró los ojos y separó los labios, respondiendo instintivamente a ese beso seco y silencioso. Vivian, al advertirlo, se atrevió a reclamarle más y Cruz se manto estático y mudo, atento, entregándose por completo a esa boca, muchísimo más experta que la suya.
Vivian se sintió íntimamente conmovido al darse cuenta que Cruz no sabía besar. Exacerbado, le desabrochó la camisa por completo y el niño dejó caer la cabeza sobre la almohada, rindiéndose, muerto de miedo, de sorpresa y de anhelo. Pero Vivian se inclinó hacia la mesita de noche y rápidamente tomó su cámara de fotos. La luz del flash parpadeó por un instante.
-No se vaya, Vivian -susurró el niño.
El extranjero no le respondió. Un silencio cruel se apoderó del dormitorio. Entonces, Cruz, con los ojitos inundados, se levantó de la cama de un salto y salió de allí a toda prisa.
Un par de noches más tarde, Vivian estaba acostado en su cama, bocarriba, contemplado muy de cerca por las estrellas que parpadeaban en la ventana. Hasta ese momento no lo había advertido, pero no hacía mucho había comenzado a observar de distinta manera cada una de las cosas que le rodeaban. En síntesis, apreciaba la belleza camuflada de esas ovejas grises y olorosas, el agradable y acogedor ambiente que se respiraba en su habitación... y, por sobre todas las cosas, los paisajes le parecían cada día más hermosos.
Y esa noche supo porqué y se dio cuenta de que no había vuelta atrás. Se había enamorado de Cruz. Entonces todo se había derrumbado. En su corazón palpitaba el dolor de la tremenda impotencia que sentía ante la perspectiva de mantener con el niño una relación amorosa. Era imposible. No por Cruz, porque esa noche se había dado cuenta de que el chico no era tan inocente como aparentaba. Sino porque el destino amenazaba cruelmente con separarlos. Él tenía que volver a Estados Unidos, retomar su vida diaria, continuar con sus tareas.
Entonces se preguntó a sí mismo: ¿Qué le aguardaba en Nueva York? Su departamento, su trabajo... ¿Algo más? ¿Quién le esperaría en el aeropuerto? ¿Habría alguien allí, ansiando su llegada? O peor... ¿Había alguien ahora, en esa ciudad fría y distante, que le echase de menos?
Su madre había muerto y su padre jamás había existido. Su hermano mayor le hablaba de vez en cuando, para consultarle qué hacer con tal o cual propiedad o simplemente para preguntarle, muy serio, cuándo decidiría presentarle una mujer. Y Vivian le susurraba, afectado, que jamás le vería en pareja con una mujer. Porque él era lo que Johann detestaba que fuera. Homosexual.
Una lágrima solitaria dibujó sobre su mejilla una trayectoria sinuosa.
Y esa noche, cuando hubo cerrado los ojos, Vivian Demurral ya había tomado una decisión. Se abrazó a la almohada, imaginándose que era el cuerpo de Cruz y concilió un sueño tranquilo, agradable y un tanto húmedo.
-¿Dónde está Cruz, ''Donia Alvira''? -le preguntó el extranjero, luego de, por tercer día consecutivo, desayunar completamente solo.
-¿Ah? Debe andar por áhi, Vivian. No sé qué le anda pasando a este chico, anda muy raro ¿Sabe? -comentó la mujer, entrecerrando los ojos, en un gesto de sospecha- ¿Usted sabe algo, míster?
-¿Yo? -vaciló él-. No, siniora -mintió, bajando los ojos-. I have no idea...
Pero Doña Elvira lo observó mientras se marchaba, desconfiada y suspicaz.
Lo encontró en la orilla de lago, comiendo con ganas los primeros frutos de aquel duraznerito que estaba justo frente a la ventana de Vivian. Él soltó un suspiro prolongado, sin proponérselo, y al darse cuenta se rió de sí mismo, de lo tonto que se estaba volviendo por culpa de ese amor que le quitaba el sueño por las noches.
Se acercó sigilosamente hacia él y le rodeó la cintura con los brazos. El niño se agitó, sobresaltado.
-¡Míster! -exclamó, con la boca llena de durazno. Tragó abruptamente.
-Cruz -le susurró al oído, dándole repetidos besos-. Cruz -repitió.
El niño se estremeció y giró sobre sí mismo hasta quedar frente a él.
-¿Qué pasa, míster? -preguntó, con los ojos clavados en el suelo. Vivian le tomó el rostro con ambas manos y le besó en los labios, lamiendo el jugo de durazno.
-Mí decidió no volver a New York.
Cruz levantó la mirada, incrédulo. Vivian se regocijó al contemplar en esos ojos, en ese rostro, un gesto de repentina sorpresa y profunda alegría.
-¿De verdad?
-Sí.
-¿Por qué?
Vivian le dirigió una pequeña sonrisa. Le tomó de la mano y lo guió hacia las rocas. Sin soltarle la mano, se sentó a la sombra de un árbol. Cruz le imitó, sentándose a su lado.
-Yo no sé porqué mí debería regresar. Mí no quiere regresar. No quiero separarme de Cruz.
El niño le oía en un silencio de éxtasis.
-¿De verdad, Vivian? -inquirió-. Pero su familia se va a enojar con usté...
-Mí no tiene una familia, yo sólo tiene..., a brother..., hermano.
-¡Pero es su familia, míster! ¡Un hermano ya es familia!
-A él no le importa yo.
Cruz juntó las cejas, sin comprender. Vivian le acariciaba con delicadeza.
-¿Por qué...?
Vivian le apretó la mano. Dijo algo que se oyó como ''veruensa''.
-¿Vergüenza? ¿¡De qué?!
-De mí. De que yo sea gay.
Vivian suspiró profundamente y apoyó la espalda en el árbol; cerró los ojos. Cruz le contemplaba atentamente, abatido.
-Es malo -dijo, al fin.
-What?
-Su hermano, míster..., es malo.
-Ah..., yeah... I dunno.
-Sí, míster..., no le haga caso -murmuró el niño, acercándose a él, abrazándole con timidez-. Su hermano es malo, es tonto...
El extranjero se rió suavemente ante esas palabras tan pueriles y tiernas.
-Quedesé -pidió, mirándole a los ojos, con una sonrisa-. Quedesé conmigo.
Vivian le acarició la mejilla con la palma de la mano; inclinándose apenas, rozó su nariz contra la de Cruz.
-¿Y Cruz? ¿Qué piensa de mí?
El niño se sonrojó al instante y apartó la mirada. Vivian no pudo hacer más que agrandar su sonrisa y morderse el labio para evitar reírse ¡Cruz era tan bonito!
-¿Yo? Y yo que sé...
Entonces Vivian imitó uno de aquellos gestos que el niño hacía con frecuencia, haciendo pucheritos, fingiendo una tristeza graciosa.
-¡Nah! ¡No me ponga caras! -se quejó Cruz, ruborizado.
-Pero dice, Cruz...
-¡Y bueno! ¡Usté me parece re lindo, míster!
Y más colorado que antes, si eso era posible, el niño se puso de pie rápidamente y, riendo, intentó salir corriendo.
-¡Hey!
Vivian se levantó de un salto y comenzó a perseguirle, divertido. Cuando logró alcanzarle, lo tomó de un brazo. Lo agarró y ambos cayeron el piso, llenándose la ropa de tierra y pasto. Muertos de risa y cansancio, rodaron por la hierba hasta que Vivian lo atrapó entre el suelo y su cuerpo.
-Mís..., ter... -gimoteó Cruz, respirando entrecortadamente, con los ojos cerrados.
-Yeah?
-Salgasé de encima, míster -pidió con un hilo de voz. Vivian sonrió, malicioso. Y, con intenciones nada inocentes, se movió disimuladamente sobre él.
-Why should I do it? -dijo, pasándole la mano por debajo de la remerita de algodón, acariciando con fruición esa piel tersa, tibia-. You're wildly cute... I would like to fuck you all night long until I get exhausted.
-¡Vivian! ¡Dejemé! -chilló el niñó, muerto de vergüenza. Efectivamente, el hombre ya había notado el creciente bulto de sus pantalones de tela basta.
-Hey..., don't feel ashamed... I'll slay that pain away.
-¡Míster! ¡No me hable en inglés que no le entiendo un carajo!
IV
Aquellas relaciones efímeras que había mantenido le parecían ahora tan superficiales... Pero de cada una había aprendido algo y ahora esa experiencia le servía para darse cuenta de la magnitud de sus sentimientos.
Cruz estaba sentado en el alféizar de la ventana, retorciéndoce las manos con nerviosidad, mientras él le miraba a veces con ojos tiernos, a veces con ojos salvajes.
-Cum 'ere, m'boy -le pidió Vivian, bostezando, palmeando el espacio vacío que había en su cama.
-¿Qué? -preguntó el niño.
-Vení per acá, Cruz.
-¿Y pa qué, ah? ¿Me quiere hacer cosas raras? -replicó el muchachito, juntando las cejas y cruzándose de brazos.
-Aoh... -susurró el hombre, fingiendo entristecerse-. Mí sólo quiere dormir con Cruz. Le prometo que no lo haré nada.
-Mnn..., no le creo.
-Why?
-¡Porque siempre me dice lo mismo y nunca lo cumple! Siempre terminamos haciendo cosas..., raras. Yo sé que lo que hacemos no es normal, Vivian..., no soy tarado ¿Sabe?
Vivian se levantó de la cama y fue al encuentro de Cruz, allí, en la ventana.
-Que sea..., raro no significa ser malo... ¿Eso le desagrada?
El niño vaciló por un instante. El extranjero esbozó una sonrisa triunfal.
-¿No le gusta, Cruz? -preguntó otra vez, mirándole fijamente a los ojos.
-¡No es eso! ¡Es que...!
-What?
-Hoy mi mama le cambió las sábanas, míster. No quiero ensuciarle la cama.
Vivian lo meditó ¿Qué intentaba decir Cruz? La única vez que habían llegado a un contacto íntimo había sido hacía dos semanas, en el lago Solecito. Se habían puesto de acuerdo para nadar juntos y habían acabado besándose, ocultos entre las rocas que estaban cerca de la cascada.
-Si no quiere ensuciar la cama... Podés usar, ahm..., a..., preservativo.
Cruz levantó la mirada, con los ojos abiertos como platos y el rostro rojo.
''¡Él no se refería a eso! ¡¿Y no había dicho Vivian que no harían cosas raras?! ¡Un preservativo! ¡Cómo no! ¡Como si él, Cruz, fuese una mujer que pudiese quedarse preñada! ¿Y de dónde los había sacado el míster, ah?''
Vivian quedó aturdido con aquella sarta de preguntas y exclamaciones. Le llamó poderosamente la atención la frase de las mujeres preñadas.
-¿Entonces? ¿A qué se refiere Cruz? ¿Por qué no va a quedarse a dormir?
-¡Es que estuve ayudando en la plantación de amapolas y estoy todo chivado, Vivian!
El extranjero lo contempló por un momento, sin comprender.
-¿Shivad...?
-¡Transpirado! ¡Y lleno de roña por tos lados!
''¡Ah! ¡Ahora comprendía!''. Y le dedicó una media sonrisa.
Entonces apoyó las manos en la cintura del niño, ejerciendo una leve presión.
-Entonces Cruz solamente necesitará un baño...
Echado boca abajo en la cama, Vivian oía atentamente el constante sonido del agua de la ducha. Aguardaba expectante, deseoso. Quería que Cruz terminara de una vez su baño para poder, al fin, disfrutar de él ¡Vivian estaba perdido! ¡Estaba muerto, loco de amor por Cruz! Él lo sabía y se sentía extrañamente feliz por ello. No obstante, le inquietaban un poco las actitudes del niño..., mas sabía que eran completamente normales, porque Cruz era eso, un niño.
El extranjero se levantó de la cama de repente, quedando frente a la puerta del baño. Tras esa puerta estaba Cruz, se dijo. Cruz estaba allí, en el agua, desprotegido, desnudo. La simple imagen mental le hacía perder la calma. Sin pensárselo más, Vivian se quitó la remera y abrió esa puerta.
El ambiente denso y húmedo provocado por el ininterrumpido fluir del agua caliente le recibió, haciéndole sonrojar al instante.
-¡Míster! -chilló Cruz-. ¡Salgasé! ¿Qué hace?
-I'm sorry, Cruz... I won't.
Cerró la puerta lentamente. Y recostó la espalda sobre la pared.
-¡Míster! -insistió el niño, pataleando-. ¡Le digo que se vaya!
-¿Por qué? Mí no hago nada. Sólo mirando...
-No me gusta ¡Me da vergüenza!
Vivian sonrió y se mordió el labio. Qué diferente era aquel niño de todos aquellos modelos importados. Suspiró, desesperado.
-No debe tener veruensa, no. Cruz es hermoso. A mí le gusta mucho Cruz.
-¡Que no me mire...!
Pero Vivian no podía obedecer. Le era imposible no deleitarse con ese paisaje de ensueño. Quería tocarlo, acariciarlo, besarlo, chuparlo, vaciarlo, atravesarlo, sacudirlo...
Hacerle todo lo que le había hecho a aquellos modelos... Deslizaba sus ojos ansiosos por las mechas mojadas que le caían sobre la frente, por la línea armoniosa de sus labios, la piel morena de su cuello, sus mejillas ardientes, la sensual curva de su espalda, sus muslos elásticos...
-Mnngh..., fuck -se lamentó. Comenzaba a excitarse y estaba claro que no podría satisfacerse allí. No en ese lugar.
Cruz chasqueó la lengua. Se le había escapado de las manos la pastilla de jabón. Y no quería inclinarse para tomarla otra vez. Entonces Vivian lo hizo: fue hasta él y le alcanzó el jabón, de color rosa oscuro, como sus mejillas, como sus pezones, como su sexo ya despierto.
-Cruz...
Le abrazó por detrás, con el jabón en la mano derecha y la boca abierta saboreando el hombro, dejando que su pelo le hiciera cosquillas en la mejilla, mordiendo la piel fresca y suave. Lo sostuvo, le enjabonó el pecho, el vientre, los muslos... Besó su cuello, mientras el pequeño ladeaba su cabecita y cerraba los ojos para concentrarse en su propio disfrute.
Cruz soltó un ahogado gemido cuando Vivian sujetó su miembro, y fue incapaz de mantenerse en pie luego de haberse corrido en su mano, presa de un placer jamás experimentado.
-Vivian... -sollozó Cruz, sosteniéndose de los brazos de Vivian. Le temblaban las piernas e intentaba recobrar la respiración inhalando fuertemente por la boca. Se sentía agotado y soltó un lamento estrangulado al darse cuenta de que, debido al ambiente saturado de ese baño, aún le faltaba el aire...
Doña Elvira estaba notablemente inquieta. Vivian jamás le había observado romper un plato, condimentar mal las comidas o mirar continuamente por la ventana de la cocina, hacia el camino de tierra que llevaba hacia las casas vecinas.
Era veinticuatro de diciembre y por esas fechas de fin de mes era cuando se pasaba Valentín Cuevas a solicitar el dinero del alquiler de la casa. Doña Elvira rogaba una y otra vez que Cruz se fuera a pasear con el míster por ahí, como hacían siempre, y no sabía porqué carajo el chico se mantenía ahí sentado, en la cocina, canturreando una canción infantil y comiendo duraznos ¿Que no podía comerse los duraznos afuera, caramba? Y el otro, el yanqui ése... ¿No tenía nada que hacer más que mirar a Cruz con esa cara de tonto que ponía cada vez que lo miraba?
-¿Qué anda haciendo usté tan despeorcupado? -le dijo a su hijo. El niño levantó sus ojos oscuros y frunció la boca, en una muequecita que a Vivial le habría encantado fotografiar- ¿No tenía nada que hacer, pues? Vayamé a buscar un poco de menta pa hacer té.
Y entonces el muchachito se levantaba de la silla, obedientemente. Y el extranjero lo imitaba y lo seguía cual perro guardián. Doña Elviera le hubiese llamado la atención de no ser porque a los dos los prefería lejos de allí.
-No sé qué le anda pasando a mi mama, Vivian -susurró el niño, acomodándose sobre una roca, dispuesto a tomar sol-. Está más jodona...
-¿No va a buscarle la menta?
Cruz chasqueó la lengua.
''¿Pero que no había visto Vivian que el frasquito de la menta estaba lleno hasta los topes? Evidentemente a su madre le había salido mal esa excusa. Y Cruz no había querido hacérserlo notar. No lo había creído necesario''.
-Debe tener asuntos que hablar con mi papa y no quiere que yo le escuche.
-Maybe -respondió Vivian. Seguramente, se dijo, aquello que la madre de Cruz quería hablar con su marido, estaba relacionado con lo de las deudas.
-¡Obvio! ¡Deben querer hablar cosas de pareja! ¡Cosas de novios! -bromeó, quitándose la remerita y dejándola a un lado- ¿No quiere tomar sol, Vivian? Usté que es tan blanco...
A Vivian le costó mantener su sonrisa.
-Mí nunca hacerme el bronceado...
-¡Entonces pongasé a acá! ¡Pa que le de el sol de frente!
Vivian se recostó sobre la roca, al lado de Cruz, que parecía a punto de caer dormido.
-¿Vivian? -susurró, con los ojos cerrados.
-Yeah?
El niño calló.
-Dice, Cruz -insistió el extranjero.
Y Cruz entre nervioso y tímido, efectuó la pregunta que le había estado acuciando desde aquella extraña primera experiencia sexual:
-¿Yo qué soy pa usté, Vivian?
-¡Ya está por llegar, Osvaldo! ¿Qué le vamos a decir? -se lamentó Doña Elvira, mirando atentamente a su consorte con ojos desesperados, suplicando una respuesta que le devolviese la calma, al menos por un instante.
-¡Y yo qué sé! ¡Ya le dije que se espere hasta la cosecha pero ese hombre está loco, Elvira! ¡Plata, plata, plata! ¡Como si se juera a morir si se espera un mes más!
Entonces Doña Elvira se retorcía los dedos, haciéndoles crujir.
-Nos va a desalojar -murmuró.
-¡Y qué querés que haga, mujer! ¡Ya hice todo lo que podía! ¡No puedo pedir más plata prestada!
-Ya sé.
-Esto no habría pasado si Cruz se hubiese ido con Cuevas a La Blanquecina a trabajar en los establos ¡Pero claro! ''¡Que el niño tiene que estudiar! ¡Que el niño tiene que ir al colegio!'' ¿¡Cuando vas a entender que esas son cosas de ricos!?
Y Doña Elvira callaba. Sabía que su marido tenía razón, al menos en la mitad de lo que decía. Hacía medio año, el dueño de la posada le había ofrecido a Cruz un puesto de trabajo en su hacienda, pero la madre, con palabras tímidas y hablar despacio, se había negado a dejarle marchar.
-¡Todo por hacerle caso a la maestra esa! ''¡Que el niño es muy inteligente!'' ¿¡Ella nos va a pagar toda la plata que debemos, Elvira!? -gritó el hombre, fuera de sí, haciendo temblar la mesa-. ¡Esa mujer no tiene ni la más puta idea de los problemas de los pobres! ¡Porque ella es una señorita de ciudá!
-Basta, Osvaldo, por favor...
-¡Por favor nada! ¡Mirá como estamos ahora por tu culpa! ¡Y por hacerle caso a esa estirada!
Y, volcando una silla, el marido salió de la cocina hecho una furia, rumiando maldiciones e insultos contra aquella maestra...