Virus
Autor: Nimphie

Categoría: ORIGINALES
Clasificación: No menores de 13 años

Aclaraciones del capitulo:

 

 

             


 

    Ezequiel Bruno

 

    -Lavinia...-susurré. Los gritos atravesaban mis oídos-. Lavinia... -No lo soportaba más. Lavinia me miraba, con sus ojitos verdes, cansados, tristes. Maulló, más bien sollozó-. No te preocupes, Lavinia..., volverá. Estoy seguro de que tu amiga volverá. ¿Extrañas mucho jugar con ella? ¿Por eso te encuentras mal? No llores, Lavinia..., por favor.

    La puerta se abrió, dando un estrépito. Lavinia y yo nos sobresaltamos.

    -¡Aquí tienes el maldito dinero! ¡No sé porqué no lo sacrificas de una vez!

    Un par de billetes cayeron al suelo, lentamente. La puerta volvió a sacudirse.

    -Lavinia -le dije, algo animado-. Mira, el dinero para tus medicamentos.

    Ella cabeceó, desganada. Desde que la gatita del vecino había dejado de visitar nuestro jardín, Lavinia se encontraba triste, casi no comía. ¿Sacrificar a Lavinia? ¿Eso es lo que hacían con los enfermos crónicos? ¿Con los que padecían una enfermedad para el resto de sus vidas? ¿Por qué no hacían eso conmigo, entonces? Yo estaba enfermo, enfermo para siempre. No había cura para el mal que me atormentaba. Sólo había paliativos, inyecciones y pastillas. Pastillas que debía tomar a diario. Y debía hacerlo para poder sobrevivir. Porque, si yo moría... ¿Qué sería de Lavinia?

 

 

    Ella había heredado esa enfermedad de su madre, como me había sucedido a mí. Antes, cuando yo era un niño, no comprendía porqué me llevaban casi todos los días a hospitales y clínicas.

    -Para que no te mueras -gruñía mi padre-. Para que no te mueras como la puta de tu madre.

    Mi madre. No conocí a mi madre. ¿Habría sufrido el desprecio, la depresión, las fiebres, las fatigas, los dolores de garganta, la fría sensación de la aguja penetrando su piel..., las pastillas raspando su garganta...?

     Antes mi Lavinia estaba sana..., o eso creía yo. El virus no se manifestó sino después de un mes. Ella se quejaba. Y un día sus párpados se inflamaron. Yo estaba aterrado. Gasté todos mis ahorros para llevarla al veterinario. Un hombre gordo, con barba y rostro bonachón la inyectó dos veces. Yo, al ver la aguja, me alarmé.

    -¿Qué sucede? -me dijo el médico, con una sonrisa- ¿Tan grandecito y le tienes miedo a las inyecciones? No te preocupes, es subcutánea -agregó, divertido. Yo le miré sin ninguna expresión en mi rostro.

    -Si le tuviera miedo a las inyecciones -le dije-, simplemente hoy no estaría vivo.

    El veterinario no replicó. Era médico, convivía con el dolor.

    Rápidamente, me cambié de ropa. Debía comprar el antibiótico para Lavinia. Sin él, ella empeoraría. Y el cuadro respiratorio podría desembocar en una neumonía. Pero no permitiría que eso sucediese.

    -Consigue un trabajo si quieres seguir teniendo ese animal -gritó mi padre, cuando me dirigía hacia la puerta-. No tengo más dinero para gastar en remedios, ya tengo suficiente contigo.

    Dios. ¿Qué debía hacer? ¿De verdad no pensaba darme dinero para los medicamentos de Lavinia? Debía encontrar un empleo urgentemente. No iba a permitir que la condición de Lavinia empeorase. No iba a dejar que el virus avanzara. Sin proponérmelo, comencé a lagrimear ¿De qué podía trabajar? No podría conseguir un empleo serio, con una buena paga. Y allí tampoco me contratarían, pues debería hacerme exámenes médicos que revelarían mi enfermedad.

    Cerré la puerta, atravesé el jardín delantero y salí de mi casa.

    -¿Qué te pasa, Ezequiel? -me dijo una voz. Avergonzado, me sequé las lágrimas y me volteé.

    -Mnn, nada -era mi vecino Diego, el dueño de la amiga de Lavinia. Lo sabía porque a veces lo veía refrescándose en la piscina. Era alto, tenía el pelo castaño y los ojos café. Era bastante guapo. Realmente me gustaba ese chico.

     -¿El gatito negro es tuyo, no?- me preguntó, con una ancha sonrisa.

     -Sí..., es hembra -le respondí, dudando. Tal vez se había dado cuenta de su enfermedad, de sus ojitos hinchados. Y si era así, seguramente no dejaría jugar a su gata con Lavinia. Sin embargo..., no era justo-. Mi gata está enferma. Trata de que la tuya no se acerque mucho a ella, podría contagiarse.

    El chico me miró, y alejó esa idea con su mano como a un enjambre de mosquitos molestos.

    -No te preocupes, mi gato tiene todas sus vacunas -me dijo, sonriendo- ¿De verdad no te ocurre nada? -insistió-. Estás pálido.

    Mierda. Mareos, tengo mareos. Es la falta de sueño..

    -Ezequiel...!

    -Sólo..., sólo fue un mareo, no es nada serio, Diego. Tengo que ir a comprar el antibiótico de Lavinia.

    -¿Lavinia?

    -Mi gata.

    -Oh... ¿Quieres que vaya contigo? No tengo nada que hacer.

    Lo miré, se veía preocupado ¿Por qué?

    -De acuerdo.

    Caminamos, lentamente.

    -Mi gato se llama Kiki -dijo de repente.

    -Sí, lo sé -respondí.

    -¿Cómo lo sabes? No se deja poner el collar -me preguntó, mirándome atentamente.

    - Oí que la llamabas así el otro día, cuando estabas tomando sol.

    -¿Me observabas?- Diego intensificó su mirada. ¿Qué quería decir con eso? ¿Y por qué carajo sonreía?  Creo que me sonrojé-. Tú... ¿Vives con tu padre, verdad? -dijo, percibiendo mi incomodidad.

    -Sí..., no tengo madre.

    -Lo siento.

 

    Pagué casi cincuenta pesos el medicamento de Lavinia. Y como le dije a Diego, debía conseguir un empleo. Además de poder pagar los gastos de mi gata, podría tener mi propio dinero.

    Volvíamos a nuestras respectiva casas, bordeando la plaza y el club de paddle.

    -¿Por qué no trabajas en Bocatti's? -propuso, con una sonrisa.

    -¿Bocatti's, el local de comidas rápidas? -repliqué. No comprendía lo que Diego quería decir- ¿Repartir pizza? -susurré-. No tengo moto..., ni licencia..., tengo dieciséis años...

    -¡No, no, no! ¡Buscan un mesero! -aclaró. ¿Por qué gritaba tanto..., por qué estaba tan entusiasmado? ¿Por qué...? -. Si quieres ser repartidor, primero empújame por las escaleras. ¡Estás hablando con el repartidor número uno de Bocatti's!

    -¡Vaya! -exclamé, burlándome.

    -¡Hey! -se quejó, fingiendo estar ofendido. Me revolvió el cabello con la mano, dirigiéndome una mirada feroz- ¡La semana pasada entregué diez pizzas en tan sólo tres horas!

    -¡Vaya! -ahora sí que no me burlaba-. Ten cuidado de no matarte, por favor.

    -No necesitas ser mayor de edad, ni tener experiencia. El dueño de Boccatti's se está volviendo loco sólo con un mozo.  Necesita uno más. La chica que trabajaba antes renunció el otro día... ¿Irás a solicitar el empleo?

    -¿Tengo que hacer un curriculum?

    -Nah. Sólo preséntate, yo hablaré bien de ti hoy.

    -De acuerdo.

    -¡Excelente! Te llevaré en mi moto. ¡Llegaremos en cinco minutos!

 

    Me había bañado, perfumado, vestido con más esmero y me había cambiado las zapatillas descascaradas por unos borsegos negro.

    -¿Toda esta producción para servir mesas en Bocatti's?  ¡Estás despampanante, chico!- gritó Diego, apoyado en su moto-. ¡Apúrate, vamos!

    Me dio su casco, pero lo rechacé. Estaba aturdido. ¿Despampanante?

    -Súbete, agárrate de mí.

    -Nunca enduve en moto.- le dije, mientras me acomodaba tras él, algo emocionado.

    -¿Jamás?

    -Jamás.

    -¿Jamás jamás?

    -Jamás jamás.

    -¿Jamás jamás jamá...?

    -¡Bahh, cállate! -rezongué, dándole un leve golpecito en la espalda. Arrancó la moto, con su sonido estridente, y enseguida Diego se procuró un lugar en la avenida. En un momento frenó tan de repente, que yo ahogué un grito y me sostuve fuertemente de su cintura.

    -¡Hey! ¡Te dije que te agarraras bien! Sin miedo, que no te morderé..., si tú no quieres, claro.

    -¿Qué dijiste?

    -¡Nada! ¡Que te sostengas!

    Me sentía tan bien con él... Sí, Diego me encantaba. Yo no podía estar más feliz.

 

    Apenas me hube presentado al dueño de Bocatti's un agitado señor de cabello muy blanco y evaluadores y pequeños ojos turquesa, éste susurró ''muy buena presencia'' y me lanzó por la cabeza un delantal negro, gritando:

    -¡Te tomaré una prueba! ¡Si no rompes nada y no recibo quejas quedarás contratado!

    Yo, boquiabierto. Diego, observándolo todo, se rió y levantó ambos pulgares.

    -¡Genial! -exclamó- ¡Seremos compañeros!

    -Pero no me ha dicho mi horario de trabajo, ni cuánto me pagará, ni nada...!

    -Jaja..., él es así. No te preocupes. Te pagará bien..., el señor Cullen es buena gente. Y..., la chica que estaba antes trabajaba de cuatro a diez de la noche.

    -¿Diez de la noche? Es algo tarde para volver caminando cuando ya hayan empezado las clases...

    -No te preocupes -repitió Diego, y me guiñó un ojo-. Te llevaré en la moto.

 

    -Una especial completa de jamón con una cerveza de litro, señor Cullen. Y un licuado de banana y una porción de torta de chocolate.

    -Bien, tienes buena memoria, eso me gusta. Procura no coquetear con las mujeres. ¿Cómo dijiste que te llamabas? -me preguntó mi futuro jefe, desde el otro lado de la cocina.

    -Ezequiel Bruno -respondí, sorprendido. Ni se me había pasado por la cabeza flirtear con las chicas. La visión de Diego entrando y saliendo del restaurante era suficiente para mí.

    -Ezequiel ¿Qué edad tienes?

    -Dieciséis años.

    -¿Dieciséis? -repitió y levantó la mirada. ¿Sucedía algo?

    -Pensé que eras mayor de edad. Pensé que tenías la misma edad que Diego.

 

    Volvíamos. Era el décimo día desde que había comenzado a trabajar en Bocatti's. Un viento cálido nos despeinaba, a mí y a Diego. El semáforo indicó que nos detuviésemos. Yo no lo había advertido antes, pero mientras estábamos parados allí, vi las miradas de algunos transeúntes. ¿Qué...?

    -Creo que nos miran porque estamos bastante apretaditos -rió Diego, girando apenas su rostro. Su nariz chocó con la mía y yo me aparté. Él se rió más. Yo me separé; sin ganas desenredé mis brazos de su cintura-. No lo hagas -susurró-. No me molesta. Es más, creo me está gustando, jaja.

    ¿Le agradaba? ¿Acaso Diego era homosexual? Yo no estaba completamente seguro de que yo lo fuese. Pero no me preocupaba. Sabía que no podía darme el lujo de tener una pareja, ya fuese mujer u hombre. Sabía que mi enfermedad era una perpetua condena. Diego me gustaba, sí. Siempre lo observaba mientras tomaba sol en su jardín y me imaginaba qué hermoso se sentiría ser querido por él, ser su amigo. Era lo que había deseado, ser sólo su amigo. Debía alejarme de él si no quería que las cosas tomaran un rumbo desfavorable... Pero ¿Podría hacerlo?

 

    -¿Me dejas pasar un rato? -me preguntó el vigésimo noveno día, sonriendo. ¿Cómo negarme a esa sonrisa? Era mucho más de lo yo había deseado.

    -Sí... Está bien.

    -Oki. Iré a dejar la moto a casa ¿Me esperas aquí, bombón?

    Me mordí el labio. Había comenzado a usar esa palabra conmigo hacía tres días.

    -Sí.

    Suspiré profundamente. Tal vez sería una buena oportunidad para confesarle a Diego mi condición. No quería hacerlo. Era imposible quererlo. Necesitaba a Diego a mi lado. Lo necesitaba como a una droga. Como a los medicamentos que tomaba para sobrevivir...

   -¡Aquí estoy! ¿Me extrañaste, ternurita? -dijo luego, apareciendo junto a mí-. ¿Qué te pasa? ¿Por qué esa carita tan triste? -Me preguntó, agarrándome de la barbilla. Utilizaba con frecuencia los diminutivos...: ternurita, carita, chiquito, cosita. A veces me llamaba bebé. Yo sabía que me aventajaba en tres años y en casi diez centímetros, pero ¿Era para tanto?

    -Nada..., pensaba en Lavinia -mentí rápidamente, abriendo la puerta.

    -¿Cómo está tu gatita?

    -Bien. Si toma las medicaciones estará bien -como me sucede a mí-. Y ahora podré comprarle sus remedios y la comida de la mejor calidad -agregué, animado.

    -¡Pues me alegro mucho! -exclamó, feliz, abrazándome por detrás, mientras metía la llave. Aguanté la respiración.

    No abrí la puerta principal, sino que me dirigí al pasillo que llevaba al jardín de atrás. Mi padre siempre le ponía los pasadores a la puerta. Entraríamos por la cocina. De pronto dejé de oír las pisadas de Diego, y yo también me detuve. Él miraba hacia arriba, esbozando una pequeña sonrisa que me derritió. Parras. Las parras le servían de techo al pasillo, racimos de uvas colgaban y las ramas se entrelazaban mutuamente, abrazándose.

    -Los antiguos dueños de la casa... -expliqué, mientras Diego se acercaba a mí, lentamente. Sentí sus manos en mi cintura otra vez-, eran italianos..., y..., ah...

    Me empujó delicadamente contra la pared, aproximándose y pegándose a mi cuerpo. Me miró, con sus preciosos ojos ardiendo, miró mi boca, subió hasta mis ojos. Yo temblaba.

    -¿No conoces la tradición? -susurró con su voz grave, sensual. Señaló las uvas; sí, la conocía-. Hay que besarse.

    Con su mano izquierda me estrechó la cintura y con la derecha recorrió mi espalda hasta llegar a la nuca. Empujó, acercándome a su cuerpo. Me contempló unos instantes, y ladeó la cabeza. Separó sus labios, y apresó los míos entre los suyos.

    Me encontraba paralizado por la sorpresa, y me daba cuenta de que mis propios brazos colgaban inertes a mis costados. ¿Qué debía hacer? Indeciso, apoyé mis manos en sus caderas. De pronto sentí su lengua batallando para entrar en mi boca, ansiosa, y yo le permití el paso, sin dudar, entregándome a él... Diego rió dentro del beso, sentí la vibración de su voz en mi boca, su lengua moviéndose en todas direcciones, su saliva mezclándose con la mía. Su cuerpo, tan cerca del mío..., la recia fortaleza de su sexo, bajo los ligeros shorts... Se sentía tan bien... Ardía. Diego ardía. Yo ardía.

    Agarró una de mis manos y la guió hacia él, hacia su trasero. Dios, jamás había estado en una situación así con nadie, me sentía tan avergonzado de no saber qué hacer. Él me soltó, poco a poco, sin ganas de hacerlo, mas dándose cuenta de que me encontraba demasiado nervioso, demasiado perturbado. Me había dejado llevar. Y estaba aterrorizado.

    Me sonrió y me acarició el rostro. ¿Me quería, verdad? Sino ¿Porqué habría hecho eso? Yo también lo quería, no podía negarlo. Pero no deseaba hacerle daño. Debía ponerle fin a esto.

 

    -Lavinia..., ven..., ven con tu papá -susurró Diego, haciéndole señas. Ella estaba escondida debajo de mi cama-. Vamos, nena. Ezequiel tiene que darte la medicina para que puedas jugar con Kiki.

    -Lavinia, vamos -insistí yo, jeringa en mano. Con esfuerzo, me metí bajo la cama y la arrastré hacia mí. Ella, nada contenta, se resistió cuando le abrí la boca para darle el antibiótico-. Ya está ¡No pasó nada! ¡Nada!

     Me levanté, satisfecho, para lavar la jeringa y vi que Diego observaba atentamente mi mesa de luz. Me estremecí.

    -¿Todos estos son los remedios de Lavinia? -preguntó, entre apenado y confundido,

    - No -respondí-. Esos son míos.

    Él me miró, sorprendido. El desconcierto de reflejaba en sus ojos café.

    -¿Tuyos? ¿Estás enfermo?

    -Sí.

    Él examinó con la mirada las medicinas y las jeringas. Zidovudina, didanosina, lamivudina. Al parecer no los conocía.

    -¿Qué te inyectas? ¿Insulina? ¿Eres diabético?

    -No -suspiré desesperado-. Tengo VIH.

    Me senté en la cama, pesadamente. Sentía la mirada de Diego sobre mí. No quería alzar los ojos. No quería ver el horror reflejado en el rostro que amaba. Sin querer, me puse a llorar.

    -Estoy enfermo, enfermo para siempre. Como Lavinia. Seguramente ella podría entenderme, saber lo que siento, todo lo que sufro. Porque le sucede lo mismo que a mí. Yo heredé el virus de mi mamá... No tengo sida, la enfermedad está controlada -levanté la mirada, mas sin ver a Diego-. Quiero que dejemos de vernos, por favor..., no quiero...- callé. Él se arrodilló frente a mí. Tomó mis manos entre las suyas, y las besó con ternura. Las acarició. Dolía. Yo lo amaba. No podía dejar de amarlo. ¿Cómo podría? Lo había amado en silencio durante tanto tiempo...

    Diego me abrazó. Lloré contra su pecho, lo estreché contra mí. Lo necesitaba. Un silencio despiadado nos envolvió por unos minutos que se me antojaron eternos. Y Diego habló, con su grave voz llena de emoción:

   -No voy a dejarte. Jamás lo haría. Te quiero ¿Entiendes? ¡Te quiero!

 

    Fue esa noche cuando me enteré de que Diego empezaría la carrera de medicina, en la Universidad de Buenos Aires. Me sorprendí mucho..., a decir verdad.

    -¿No te esperabas esto, cierto? -le pregunté, gateando sobre la cama. Me incliné hacia la puerta y giré la llave. Mi padre no llegaría hasta la mañana. Miré a Diego. Estaba cabizbajo.

    -No -susurró, sinceramente. Alzó la mirada-. Aunque a veces..., no sé..., sospechaba que te pasaba algo y que no querías decírmelo... -guardó silencio por un momento. Me miró-. Ezequiel ¿Me quieres?

    Se me encogió el corazón. ¡Yo lo amaba!

    -Sí -respondí, y se me quebró la voz. Lo observé, me sonreía.

    -Debí decírtelo antes. Perdóname..., yo..., tenía miedo. Me daba cuenta de que las cosas comenzaban a... -gesticulé con las manos, no encontraba las palabras.

    -Sabías que me gustas.

    Asentí tímidamente.

    -En la escuela..., todos saben que estoy enfermo. Me tienen lástima y...

     Me calló con un gesto.

    -Aunque tengas esta enfermedad -interrumpió-, no puedo dejar de quererte. Olvídate de la escuela, de los idiotas de tus compañeros. Recién empiezan las vacaciones. Vamos a disfrutarlas, tú y yo solos. Al diablo lo demás.

    Sentí que me ahogaba. Sentí que alguien me presionaba el pecho con tremenda fuerza, quitándome el aire, impidiéndome respirar. Y comprendí que era el llanto, otra vez. Intensificado. Un llanto desesperado. Eran las lágrimas que había retenido durante meses e incluso años...

 

     Diego Do Campo

 

     Jamás había visto llorar así a alguien. La única comparación posible que se me ocurría era la de los bebés, cuando gritan porque tienen hambre o porque los arrancan de los brazos de  la madre. Sabía que no podía hacer nada, porque comprendía que debía desahogarse..., sin embargo, me dolía tremendamente verlo en ese estado, con los ojitos azules enrojecidos de tanto llorar y la cara empapada. Después de un par de minutos, se tranquilizó. Y yo lo abracé otra vez. Le sequé las lágrimas con un pañuelo de papel y le besé los labios una, dos, tres veces.

     -¿Estás mejor, mi amor? -le pregunté, acariciándole la mejilla. Él se estremeció y asintió.

     -¿De verdad quieres..., estar con alguien como yo? -me preguntó. No había pena en su voz, sólo un leve temblor. Supe que hacía esa pregunta seriamente y quería una respuesta sincera. Se hallaba preparado para el rechazo. Pero yo estaba realmente enamorado de él y nada ni nadie me impediría estar a su lado. Acompañarlo. Hacerlo feliz. Muchas veces lo había visto en su jardín, sentado sobre el césped. Hacía ya varios años... Él, aquel niño menudito que jugaba solo, con unos autos de juguete. Siempre me había preguntado porqué siempre estaba solo. Me daba cuenta de que él también lo sentía. Nunca le veía una sonrisa, sus ojos siempre estaban fijos en algún sitio lejano. Con el paso de los años, fui creciendo y a la vez, preguntándome si aquel chico padecía algún trastorno psicológico. Luego, me di cuenta de que sufría de depresión. Quería acercarme a él. O al menos verle contento. Rescatarle. Fue una noche cuando se me ocurrió cómo.

     Volvía del trabajo a la medianoche, ya que había hecho horas extra, cuando escuché un maullido agudísimo. Me lamenté en voz alta: por el barrio había muchos gatos callejeros, raquíticos, muertos de hambre y con parásitos.

     Salió a mi encuentro un gatito minúsculo, de no más de un mes de vida. Me gustó tanto que me bajé de la moto y fui a mirarlo, a acariciarlo. Me causó gracia su evidente parecido con mi vecino. Pequeño, de pelaje negro, con ojos azules, de aspecto indefenso. Precioso. Intenté averiguar si era macho o hembra, pero era tan recién nacido que me fue imposible. Me afligí muchísimo al darme cuenta del destino que le deparaban las calles a un animalito tan desamparado como aquel. Seguramente moriría atropellado o descuartizado por los perros. Pero entonces, como ya dije, una idea se me cruzó por la mente...

     ''-Si me prometes que te vas a quedar quietito -le dije al gato-, te voy a llevar a mi casa''.

     Luego del aviso, lo agarré, lo metí en mi mochila y conduje lo más rápido que pude. Llegué al cabo de un par de minutos. Guardé la moto en el garage y me dirigí hacia el jardín, con la mochila en la espalda, y el gatito aún temblando allí adentro.

     No tardé mucho en llevar a cabo mi plan. Saqué el animalito de la mochila y lo dejé en el jardín de mi vecino. El gato comenzó a maullar desesperadamente, tal como lo había estado haciendo cuando yo lo había encontrado.

     Entonces no tardó en aparecer él, mi milagro personal. La luz que yo suponía que era de su ventana aún estaba encendida. Ezequiel; ya un adolescente, esbelto, tan sexy. Me mordí el labio, iba solo con unos shorts, descalzo; no llevaba camiseta. A mis diecinueve años yo ya tenía mis gustos relativamente bien definidos y aquella parcial desnudez masculina se me antojaba brutalmente tentadora hasta el punto de estremecer mi virilidad. Creo que hasta suspiré...

     Ezequiel tenía un libro en la mano. Al parecer el concierto de maullidos le había interrumpido la lectura.

     ''-Ehh..., gatito, gatito... -canturreó-. Chiquitín, gatito...''

     Y siguió hablándole al gato, él, mi amor platónico. Por primera vez le había visto una sonrisa.

     Esa noche caí en la cuenta de que: uno, le había salvado la vida a ese animal; dos: mi vecino tendría compañía felina las veinticuatro horas del día; y tres: estaba perdidamente enamorado de él.

     ¡Cómo poder abandonarlo ahora, cuando sabía que él también me quería, cuando había correspondido a mi beso, cuando me había dicho que sí! Me sentía abrumado por ese torrente de emociones: el de la enorme felicidad y el de esa profunda tristeza al saber la realidad que le atormentaba, al haber descubierto, por fin, el motivo de aquella injusta soledad, de aquellos ojitos vacíos y perdidos que amaba. Me sentía aterrorizado. Aterrorizado porque estaba al tanto de que estaba más feliz que triste. La balanza no estaba en equilibrio... Al fin me decidí a hablar:

     -Quiero estar contigo, ya te lo dije. Correré los riesgos.

     Abrió los ojos azules como platos.

     -No..., por favor... -balbuceó. Supe que me había malinterpretado. Había hablado sin pensar-. Tú te mereces algo mejor que yo -dijo-. Un chico normal, sano, con el que puedas estar sin preocuparte...

     -Te refieres a lo de tener relaciones -no era una pregunta, era una afirmación. Asintió, avergonzado-. No hablemos de eso si es lo que te inquieta. No es un tema que deba surgir justo después del primer beso -él no replicó, tampoco quería hablar-. Si te digo que estoy demasiado feliz ¿Me creerías? -le pregunté, estrechándolo entre mis brazos.

     -Yo también estoy contento -se atrevió a revelar-. Debería sentirme culpable... ¿Es egoísmo?

     -No. Quiero creer que es amor -le dije y lo estreché con mayor fuerza-. ¿Me dejas quedarme a dormir contigo? Me escabulliré por tu ventana al amanecer, como en las películas -se rió suavemente. Me encantaba su risa.

     -Claro que sí.

     -Gracias. Prometo portarme bien.

     Le observé mientras se quitaba la ropa. Necesité bastante autocontrol para no abalanzarme sobre él y arrastrarlo a la cama conmigo. Sólo dormir. Era algo que siempre había deseado. Me quité la camiseta, las zapatillas y las medias.

     -Dime que esto no es un sueño -susurró, recostándose a mi lado. Me mordí el labio, sonriendo.

     -No estás soñando, estás bien despierto ¿Lo ves? 

     -¡Ay! -se quejó cuando le pellizqué la mejilla.

     -¿A qué hora llega tu padre? -le pregunté.

     -En la mañana -su padre es policía.

     -Entonces tenemos la casa para los dos solos. Esto es demasiado perfecto. ¿Me dejas besarte?

     No esperé a que me respondiera. Le tomé la barbilla con una mano y con la otra le acaricié el cabello. Me respondió el beso, casi tan torpemente como antes. Lo hice con más lentitud, con más delicadeza que en el pasillo. Quería que lo disfrutara. Le separé los labios con la lengua y la metí en su boca, cálida, mojada. Lo sentí estremecerse cuando le acaricié los hombros. Me volvía loco, no podía evitarlo...

     -¿Serás mi enamorada el próxima día de San Valentín? -le pregunté, dándole repetidos besos en los labios. Era una propuesta, claro. Le estaba pidiendo que fuese mi pareja. No me agradaba la palabra novios para referirse a dos chicos.

     -¿Enamorada? -replicó, ceñudo, enfatizando la letra a. Suspiré. Se veía bonito enfadado. Me entraban ganas de comérmelo a besos. Chasqueé la lengua-. ¿Qué quieres decir? -insistió. Al parecer eso iba a ser más difícil de lo que siempre había imaginado.

     -Te estoy preguntando si quieres salir conmigo..., como pareja.

     Se puso colorado hasta las orejas y tuve que aguantarme la risa.

     -Sabes que te quiero -me susurró, con sinceridad-, me gustas hace mucho. Y si tú quieres..., me encantaría salir contigo como pareja.

     Nos sonreímos mutuamente. Yo me incliné y le tomé del mentón. Él sabía lo que iba a hacer incluso antes de que lo hiciese. Le empujé con cuidado hasta recostarlo y lo besé otra vez. Él se mantenía quieto, expectante. Yo estaba sobre su cuerpo, de rodillas, rodeándole.  Mi boca abandonó la suya para bordear su barbilla y rodar por su cuello. Ladeó la cabeza, para hacerme sitio y junté los labios sobre su piel al percibir allí el acelerado vibrar de los latidos de su corazón. Volvió a invadirme esa profunda tristeza que había sentido momentos atrás. Pero no dejé que me arrastrara, abrí la boca y le besé el cuello, con hambre, mordiendo apenas. Lo oí gemir en mi oído y me volví loco. Ahogó un suspiro cuando le lamí el lóbulo de la oreja y la apresé con los dientes. Se estremeció.

     -Está bien. Suéltate. Disfruta de lo que sientes -le susurré, dándole repetidos besitos.

     -Estoy nervioso -sollozó. Era de terror la forma en la que esa tierna vulnerabilidad sólo contribuía a hacerme sentir más y más acalorado. Hasta a mí me causaba gracia. Le abracé y me recosté sobre él. Se quejó.

     -Pareces uno de esos muñequitos que hacen ruido cuando les apretas la panza.

     -Jaja. Qué divertido...

     -¿Es mentira? -repliqué y me moví sobre su cuerpo con descaro.

     -Ah...!

     -¿Lo ves? Haces sonidos muy eróticos -le dije, con una sonrisa, bordeando sus labios con el pulgar-. Y pones una cara muy sexy -. Abrió los ojos y me miró, avergonzado. Yo me reí y él se contagió la risa.

     Me incliné y apagué la lámpara. Le escuché gimotear de nuevo cuando nuestras entrepiernas volvieron a rozarse.

     -Vamos a dormir. ¿Sí?

     -No creo que pueda dormir...

     -Intentémoslo.

     Me acomodé a su lado, para que estuviese cómodo y le rodeé con un brazo.

     Esa fue primera noche que pasé junto a él. Abrazados por la trémula oscuridad y por la

cálida noche que apenas comenzaba. Hundí el rostro en su cabello e inspiré la suave fragancia de su pelo. Y en esos momentos, mientras su respiración se hacía más tranquila y acompasada, comprendí que su felicidad siempre sería mi felicidad y su tristeza, mi tristeza. Yo estaría junto a él, lo protegería y me encargaría de robarle más besos y más sonrisas.

     Escuché un sutil ronroneo proveniente de algún rincón del dormitorio. Vi unos ojos ambarinos brillar en medio de la oscuridad. Allí, en el suelo, se encontraba Lavinia. Ella maulló y se estiró cuan larga era.

     Levantando apenas la cabeza, la miré. Apoyé la mano en la cintura de Ezequiel. Contrariamente a lo que había dicho, estaba dormido.

     Volví a mirar a la gata y, en voz muy baja le susurré:

     -Gracias.

 

                                FIN

Notas finales del capítulo:
 

Gracias por leer!

Bueno, como habrán notado Ezequiel sí tiene problemas psicológicos T.T... -si no se dieron cuenta, vuelvan a leer las primeras líneas-

Como ya dije arriba, comencé a escribir esta historia el verano pasado, pero como no sabía cómo seguirla, la abandoné.

No sé, quizás si la historia les gustó haga un capítulo extra, pero no sé si daría... La situación es complicada.

Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo lleno de bishies y repleto de YAOI!!

Bueno, espero que les haya gustado ^___^

                   Kisus!


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