Categoría: ORIGINALES
Clasificación: No menores de 18 años

 

Había pasado toda su niñez creyendo que Ashvin era una mujer. En aquel entonces, teniendo el consentido príncipe Savitri sólo ocho años, le gustaba ver a esa niña de largo cabello rojo yendo y viniendo por sus aposentos haciendo la limpieza y preguntándole, muy solícitamente qué quería comer. Hasta que un día, teniendo él trece años le había dicho:

-Estaba pensando, Ashvin, que después de la cena podrías pasarte un rato por mi habitación para darme el postre tú misma.

Guardaba Savitri intenciones nada inocentes y Ashvin que era mayor que él la cazó al vuelo. Aflautando la voz (porque ya con quince años le estaba costando horrores ocultar su masculinidad), le había respondido, muy nervioso:

-Lo siento, Alteza -e hizo una inclinación-, debo servir a los visires de su Majestad.

Savitri había pasado toda esa noche gimoteando de rabia, insultando a los funcionarios de su padre y adjudicándole los más insólitos parentescos y los más antiguos oficios. Tenía trece años, ya un adolescente, y comenzaba a sentir de manera más intensa la siempre presente atracción que Ashvin le provocaba.

Pero una noche, una de esas noches que el príncipe dedicaba a otorgarse a sí mismo un consuelo ficticio, incierto y momentáneo, decidió dar un paso más. Ya tenía quince años y no era ningún niño. Claro que estuvo a punto de olvidar todo y quedarse en su cama, como un cobarde, pero ese pensamiento, el de creerse un miedoso, le hizo hacer acopio de todas sus fuerzas, correr las cortinas de perlas de su lecho y echar a correr pasillo arriba por el palacio.

Él sabía donde estaban los aposentos de las esclavas, habría tenido que ser un tonto para no saberlo, y el sólo hecho de atravesar los jardines del palacio para entrar en aquel desconocido territorio fragante a prohibida y sensual feminidad se le hacía tan irresistible que por un momento estuvo tentado de echarse tras un árbol a satisfacerse de nuevo, para luego seguir su camino... Pero se reprimió. Si esa noche iba a pasarla con Ashvin, o con cualquier otra esclava dispuesta a darle placer por un rato, no tenía que agotar tan pronto y tan vanamente las inexploradas reservas de su pasión.

Cómo de grande y violenta habrá sido su sorpresa cuando se dio cuenta, muy excitado, que había llegado a los hammam y que las esclavas salían de las aguas completamente desnudas o apenas cubiertas con pequeñas túnicas de satén que evidenciaba a la perfección aquellas curvas mojadas y suaves. Savitri se mordió los labios para evitar soltar sin quererlo un jadeo de voluptuoso contentamiento. Oh, aquellos cuerpos... algunos más pálidos que otros, o más curvilíneos, o más mojados... hicieron que por un momento se olvidara de Ashvin, el verdadero propósito de aquella correría nocturna.

Pero pronto se quedó solo allí, tras los arbustos, muy consciente de que todas aquellas bellezas ya no estaban bajo las tibias aguas del hammam. Y Savitri se dio cuenta entonces. Había visto cabellos rubios, cabellos negros, cabellos castaños... pero ninguna cabellera pelirroja. No había visto a Ashvin, su preciosa y deseada Ashvin. Y eso le hizo perder la calma.

Pero de repente tuvo que volver de nuevo al silencio cuando el continuo sonido de unos pies descalzos se hizo oír en las cercanías del lugar, cada vez más claramente. Era Ashvin, envuelto en una túnica un poco más larga que las de las demás mujeres. Dándole la espalda, se metió al agua.

''Ahí la tienes, Savitri'', se dijo el príncipe, ''llegó tarde o tal vez sepa que estás aquí, caliente como un ajo, y te está aguardando allí, en el agua, desnuda. Toda para ti...''

Sí, eso debía ser. Y Savitri sintió como su sexo se ponía en ebullición, despertando orgullosamente de su reposo de poco más de una hora. Metió la mano bajo los anchos pantalones de oscuro satén y comenzó a acariciarse lentamente, sin prisas, sólo mirando a Ashvin e imaginando que estaba junto a ''ella'' bajo las sábanas y que la cama se sacudía de tanto ajetreo. Entonces comenzó a masturbarse más rápidamente, sintiendo su mano mojarse con los primeros fluidos. Mierda, no podía ver bien a Ashvin y Savitri quería verle todo el cuerpo, desnudo, memorizar cada detalle para usar esas imágenes en futuras masturbaciones. Casi veinte minutos estuvo así, estimulando apasionadamente su miembro ansioso de carne, hasta que en un momento, sintiendo que le llegaban los espasmos  del orgasmo, emitió un ronco jadeo junto con el primer chorro de semen.

Ashvin, sin duda lo había oído. Asustado, se puso de pie y desnudo como estaba salió del agua. Entonces Savitri lo vio. Vio, detrás de una enrulada mata de vellos color cobre, un sexo casi tan grande como el suyo. Conmocionado por el horror y sin preocuparse por si Ashvin lo veía, echó a correr hacia el palacio.

La semana que le había seguido a aquel trágico incidente el príncipe había permanecido en un alarmante estado de hipersensibilidad. Se sobresaltaba por cualquier cosa y miraba hacia todos lados, como asustado y avergonzado de que supiesen que se había masturbado pensando en un hombre.

''¡Pero yo no sabía que era hombre!'' se decía continuamente. Le pidió a su padre que le asignaran otra esclava.

''¡Yo no sabía que era un hombre!''

Y ese fue su consuelo por cuatro años.

 

Experimentó el sexo con mujeres, exóticas bellezas que muchas veces también pasaban por los brazos de su padre y conoció con ellas los placeres que indudablemente sólo se podía gozar con ellas. Más de unas vez se acostó con alguna esclava. Aguardaba a que cayera la noche y se inmiscuía en sus viviendas, esperaba a ver a alguna sola caminando por los jardines, la tomaba por un brazo con delicadeza y la arrastraba bajo algún árbol donde el césped fuese suave y esponjoso. Las tomaba allí mismo, sin intercambiar más sonido que los jadeos y algún gemido. Con una fornicó en dos ocasiones, todo un récord, a pesar de haber sido sólo casualidad. Se llamaba Ossira y tenía quince años, cuatro menos que Savitri. Era delgada y menuda, no hablaba mucho y era bastante complaciente. Se parecía a Ashvin. En el segundo encuentro, Savitri se atrevió a decir aquello que venía atormentándolo desde hacía meses, incluso años:

-¿Conoces a esa esclava pelirroja?

La chica frunció su bello ceño.

-¿Ashvin?

-No sé su nombre. Tiene cabello rojo y ojos verdes. Quiero hacerlo con ella mañana, ¿podrías facilitarme las cosas?

La esclava, entre incómoda y nerviosa por no poder negarse a un pedido del príncipe, balbuceó:

-Verá, su Alteza. Ashvin... no es una mujer -susurró, vigilando con atención los dedos de Savitri que jugaban a dibujar círculos sobre la piel de su vientre.

-¿Cómo has dicho? -exclamó él, fingiendo una mueca de extrañeza no tan terrible, para que la muchacha no se alterara.

-Eso, mi señor... Pese a su apariencia femenina, Ashvin es un hombre.

-¿Y por qué está aquí si no es mujer?

-Fue vendido por los traficantes de esclavas, que seguramente también le creyeron una chica.

-¿Qué más sabes de él? ¿Cómo se porta con ustedes?

La muchacha se apresuró a dejarlo en claro:

-Oh, muy bien, su Alteza. Jamás ha intentado nada con nosotras, ¡es como si fuese una mujer más!

El príncipe no pudo reprimir una ancha sonrisa. Eso, se dijo, era algo que tendría que verificar él mismo.

 

 

Por fin, se dijo, encendiendo una barrita de incienso, esa sería la noche, después de cuatro años. Lo había hecho con todas esas mujeres bajo los árboles, pero con Ashvin quería hacerlo en su dormitorio, detrás de las cortinas del lecho, bajo las perlas. Apagó todas las lámparas menos una. Cuando la última llama murió, tocaron a la puerta. Estuvo a punto de decir ''pase'', pero quiso ser él quien abriera el portón para luego poder cerrarlo por dentro.

Los ojos verdes de Ashvin se asomaban bajo un velo de color celeste muy claro y si no hubiese sido por ese detalle, por esos ojos que tantas veces había admirado y amaba cuando niño, Savitri no habría estado seguro de que aquella figura embozada fuera Ashvin.

-Pasa...

Tenía veintiún años y era más bajo que él, que Savitri. No sólo era más bajo, era más delgado, más pequeño...

-Esta noche te tendré en mi cama, ¿me das tu consentimiento?

Ashvin tardó un par de segundos en asentir, pero al final lo hizo, lentamente, como si la túnica le pesara. Savitri no acostumbraba pedirle permiso a las esclavas, pero teniendo en cuenta de que iba a poseer a un hombre, las palabras salieron antes de que se detuviera a pensárselo.

-Muy bien, desvístete.

El esclavo obedeció. Iba desnudo bajo la túnica, tal como Savitri se imaginaba. Oh, pero su cuerpo... era mucho más bello que hacía cuatro años, si eso era posible. De una asombrosa y suave palidez, sin ningún lunar ni ninguna mancha. Los pezones eran de un pálido color marrón rosáceo, pequeños y enhiestos. Los huesos de la cadera se dibujaban sensualmente y ahora el vello que rodeaba al sexo era más abundante y espeso. Las piernas eran delgadas y elásticas y los muslos, femeninos.

-Túmbate -apremió, ansioso. Entonces contempló, brutalmente excitado, como el exquisito cuerpo de Ashvin se recostaba en lecho, boca abajo, brindándole a sus ojos un apetitoso espectáculo. Savitri se subió a la cama y se ubicó sobre el esclavo. Él aún llevaba unos ligeros pantalones de seda, y sentía que la tela se le adhería a la húmeda piel de su cuerpo.

Apretó las nalgas con verdadero deleite y fue subiendo las manos por la espalda hasta llegar al cuello. Allí las paseó por los hombros y luego, por toda la longitud de los brazos. Notó que temblaban.

-¿Estás bien? -inquirió.

-Sí -contestó Ashvin, con voz temblorosa.

-Date la vuelta.

Por supuesto, el esclavo obedeció nuevamente. Se giró sobre la cama y ya allí observó como asustado al príncipe que estaba sometiéndole tan a gusto y con tanta frialdad. Sus ojos se empañaron y su boca se tensó.

-¿Qué te ocurre? -exigió Savitri, tomándole fuertemente del mentón. Ashvin abrió los ojos y se encontró con los del príncipe, tan negros, tan fríos. Jamás los había tenido tan cerca y, dejándose llevar por un deseo largo tiempo postergado, se atrevió a ser él mismo quien tomara la iniciativa y besó a Savitri con la boca abierta, con hambre. El príncipe fue tomado por sorpresa, mas correspondió el beso con mayor ardor aún, invadiendo esa mojada y ardiente cueva que era la boca de Ashvin, frotando la lengua contra la suya en una sensual y excitante caricia.

-Eres ardiente -alabó Savitri, tendiéndose sobre su espalda. Ashvin se le subió encima y comenzó a besarle el cuello y el pecho, deteniéndose en las tetillas que mordió con delicadeza, prodigándole al príncipe una agradable sensación de disfrute.

Se había mantenido con los ojos cerrados, tan concentrado en esa lengua y en esos dientes que le recorrían tan divinamente que se sobresaltó cuando Ashvin deslizó hacia abajo los finos pantalones de satén, dándole respiro al sexo ya erecto que clamaba por algo de atención. Casi ronroneó al momento en que Ashvin comenzó a lamer delicadamente todo el largo del miembro ya duro, desde la base hasta la punta, deteniéndose sólo para soplar un poquito el glande y seguir de nuevo con las intensas lamidas. Savitri creía que no aguantaría más.

-Métetelo en la boca, vamos -suplicó más que ordenó, completamente subyugado ante ese efebo divino que lo estaba llevando al éxtasis. Jadeó profundamente cuando el absorbente placer de estar hundido en esa boca deliciosa le llegó de golpe y con una rapidez estremecedora. Ashvin jugaba a subir y bajar con su miembro, chupándolo ávidamente, masturbándolo de vez en cuando con la mano para volvérselo a meter entero hasta el fondo de esa caverna sofocante. Pero, tan de repente como había comenzado, Ashvin se detuvo y Savitri pudo verlo echarse a su lado, con las piernas abiertas, deseando furiosamente ser poseído. Lo miró, con los ojos verdes anhelantes y lujuriosos, la boca abierta y húmeda en una súplica muda, el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración acelerada y la lengua lamiendo de los labios el néctar que había estado saboreando directamente de su manantial.

Savitri se echó sobre él como una bestia hambrienta y manoteó de la mesilla la botella de aceite de pachulí que le había pedido a su sierva. Apresurado, la destapó y, separándole más las piernas a su esclavo vertió todo el contenido entre esas nalgas de marfil, separadas por una rendija rosada y jugosa. Enfebrecido, Savitri hundió un dedo en esa cavidad, invadiéndola lentamente, deleitándose con su estrechez y su tersura. Ashvin se sacudió y dejó huir un gemido, algo entre un agudo lamento y un suspiro de placer. Savitri comenzó a moverse con más ganas, introduciéndose más profundamente, haciendo más presión y Ashvin sollozaba con los ojos cerrados, arqueando la espalda y mordiéndose los labios.

-Voy a meter otro.

Y así lo hizo y entonces tuvo pronto tres de sus dedos enterrados en ese bello cuerpo masculino que se dejaba poseer tan complacientemente. Cuando los sacó, Ashvin gritó y abrió los ojos de golpe. Lo que vio casi le hizo gritar de nuevo: el príncipe se inclinaba hacia su entrepierna. Al segundo, el esclavo estaba gimiendo peor o mejor que antes. Ashvin se revolvía sin parar y sollozaba sin recato alguno, sintiendo la gloriosa lengua de Savitri masajeando la carne que rodeaba aquella palpitante carnosidad, dando vueltas, girándose, haciendo malabares sólo para hacerle disfrutar. Y Ashvin lo estaba disfrutando, sin duda alguna.

-¿Estás listo?

El esclavo sólo jadeó como respuesta, sabía que Savitri lo haría aunque dijera que no lo estaba. Pero él sí estaba listo, estaba más que listo. Aguardaba frenéticamente el sentirse plenamente poseído, penetrado, arrasado por completo por ese hombre insaciable y arrebatado. Esperó, pero aquel maravilloso premio no llegaba... comenzaba a desesperarse.

-¿Te he preguntado si estás listo? -insistió el príncipe, con la voz temblorosa.

-¡Sí! -gritó y lo hizo con tanta urgencia que no pudo evitar reírse de sí mismo y de su propia desfachatez. Savitri se contagió de esa risa y tumbándose sobre él, pecho con pecho, vientre con vientre, le dijo:

-Vaya, si me lo pides así, preciosura... ¿sabes? Te hubiera comido entero aquella noche que te pedí que te quedaras conmigo, ¿te acuerdas? Yo tenía trece años -Ashvin le contempló, trémulo, y Savitri le besó en los labios lentamente, con suavidad-. Eres más hermoso que cualquier esclava, a pesar de que eres hombre... -agregó luego, y entonces sí Ashvin recibió con fruición toda aquella dilatada y pegajosa pasión que arremetía lentamente hacia su interior para adentrarse con suavidad y sin daños, hasta llegar a los rincones más lejanos y explorar los recovecos más remotos...

-Qué estrecho... -farfulló Savitri. Sí, era estrecho, pero eso lo hacía sumamente placentero. Se sentía deliciosamente comprimido, estrangulado para ser exactos. Cuando sintió que ya no podía hundirse más, ya fuera porque había tocado fondo o porque ya no quedaba más que meter, comenzó con las embestidas, provocando que Ashvin gritara de la sorpresa. Comenzó un leve movimiento de vaivén hacia adelante y hacia atrás, haciendo que la piel de los muslos de ambos se encontraran con el choque y que su sedosa y oscura almohadilla de vellos le produjera a Ashvin una agradable sensación de hormigueo.

-¿Y? ¿Te gusta? -preguntó el príncipe, resollando, arremetiendo más rápidamente, apoyando los brazos a los costados del cuerpo de su esclavo. Le siguió a la pregunta el más lascivo concierto de gemidos que Savitri había oído jamás.

-¡Es genial! -farfulló Ashvin, aferrándose a la espalda del príncipe-. Jamás he... estado mejor...

Y esa impetuosa declaración fue seguramente el motivo por el que Savitri aumentó salvajemente la velocidad de las penetraciones hasta que, luego de casi diez minutos de un coito escandaloso y feroz, Ashvin no aguantó más y un clímax brutal se apoderó de él como un espíritu furioso, haciéndole casi ahogarse por los gemidos que luchaban por escapar todos al mismo tiempo. Savitri sintió de pronto que toda esa ardiente carne lo asfixiaba, liberándole luego, para después volver a estrujarlo con igual fuerza... y se dio cuenta de que eso era el orgasmo de Ashvin y entonces el suyo propio fue precipitado de golpe, y él no quiso huir: se corrió dentro de ese blando túnel hasta que no hubo más que derramar. Y finalmente se tumbó sobre él, sobre su esclavo, hasta que las respiraciones se recompusieron.

 

-Vuelve mañana, a la misma hora -le ordenó Savitri a Ashvin, cuando el joven atravesaba la puerta, ya totalmente vestido. El chico se quedó estático, ¿había oído bien? ¿Cómo era posible que el príncipe deseara repetir la experiencia? Él jamás lo hacía con ninguna mujer más de una vez.

-¿C-cómo ha dicho... su Alteza?

-¿No me has oído? Quiero que vengas mañana también, sin excusas, ¿has entendido?

-S-sí... Alteza.

Y, aunque estaban tras el velo de la túnica, Savitri pudo imaginarse esos labios sonriendo y esas mejillas acompañando la sonrisa. Cuando Ashvin ya iba a voltearse, el príncipe le tiró del brazo y lo acercó a su cuerpo. Corrió con cuidado el velo y, lentamente, recorrió con la lengua y los labios toda la tibieza de esa preciosa sonrisa. Le puso el velo otra vez y le besó de nuevo, por encima de la tela.

-Ya puedes irte, Ashvin.

 

Savitri cerró la puerta y se tiró sobre la cama pesadamente. La noche siguiente, sólo tenía que esperar hasta la noche siguiente. No faltaba mucho para que Ashvin, aquella ninfa divina de su niñez, volviera a sus aposentos y suplicara por él.

No... en realidad faltaba mucho, faltaba demasiado... Veinticuatro horas, un poco menos tal vez. Para él, que había aguardado cuatro años, el número le parecía monstruoso. Voló hacia la puerta. Con suerte, Ashvin todavía no había llegado a los jardines. Sonriendo, corrió hacia la salida del palacio.

Él no quería esperar hasta mañana, quería volver a poseerlo ya mismo, de nuevo. Sólo suyo, gimiendo y suplicando en su lecho, detrás de las cortinas... y bajo las perlas.

Notas finales del capítulo:
 

Hola! 

Aquí Nimphie! ¿Cómo están?

Espero que re bieen!!

Disfruté muchísimo escribiendo este one-shot. Últimamente se me ocurren un montón de one-shots... este se me ocurrió ayer a la noche y lo escribí en un poco más de dos horas.  Como tenía mucho sueño, no lo subo hasta ahora.

Estos días estuve leyendo muchos cuentos gay escritos por hombres en una página que se llama   http://www.todorelatos.com   y creo que ahora estoy más pervertida que antes, si eso es posible XD los cuentos que escriben los hombres son más groseros y directos, dicen las cosas como son y no se andan con metáforas rebuscadas -son geniales!-... pásense por esa página y después me cuentan XD Igual, si son sensibles tengan cuidado.... hay mucha porquería ;)

 

Bueno, espero de corazón que este cuento les haya gustado :)

Muchas gracias por leer!

 

Kisus!!

 

*+*+Nimphie Gothlover*+*+


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