Ya era el tercer cigarrillo que se fumaba y Micky no aparecía. Estaba empezando a ponerse nervioso: Micky nunca le hacía esperar. Se apoyó sobre el auto y exhaló el humo lentamente. ¿Dónde estaba Micky? Verificó la notita para comprobar si no se había equivocado de hora o de fecha. O de lugar. No. No era tan estúpido. Hoy. Detrás de las vías abandonadas. A las once en punto de la noche. Todo era correcto. Tal vez algo le había ocurrido.
A las doce menos cuarto alcanzó a ver una figura menuda que se acercaba al lugar corriendo rápidamente. Era Micky.
-¿Por qué te tardaste? -le preguntó, abrazándole posesivamente. Le agradecía a Dios que nada le hubiese sucedido.
-Me detuvo la policía. Hubo un asalto en un bar, ¿entramos al auto, Gabe? Tengo frío...
Entraron. A Gabriel le gustaba que le llamase Gabe, especialmente durante el sexo. Gabe tiró el cigarrillo por la ventanilla.
-Oh, si no lo querías me lo hubieras dado a mí.
Gabriel frunció el ceño y le dirigió una mirada reprobatoria.
-Eres muy joven para fumar -le dijo.
Micky le miró atentamente.
-Soy muy joven para fumar... -susurró-. ¿Y para acostarme contigo?
Gabriel sintió una punzada de culpa. No era la primera vez que la sentía y suponía que no sería la última.
-Micky...
-Ya, discúlpame. No quería hacerte sentir mal, ¿me perdonas? -pidió y se hizo un ovillo contra su cuerpo, abrazándole y escondiendo la cabeza en su pecho. Y Gabriel le dijo que lo perdonaba, por supuesto.
-¿Cuántas ave maría tengo que rezar... Gabe?
Gabriel profirió una risita forzada. Le acarició el pelo a Micky, ese pelo castaño y lacio, largo hasta los hombros, que a veces llevaba atado en una colita. Tenía húmedo el cabello de la nuca y Gabriel se dio cuenta de que se había bañado justo antes de acudir a la cita. Y sintió envidia se ese agua y de esa ducha, porque habían visto a Micky como él, Gabe, jamás lo había visto. Sus encuentros siempre eran furtivos y alejados del centro pueblo. Nunca habían podido ir a un hotel porque todos los habitantes del lugar sabían quién era Gabriel. Todos lo habían visto al menos una vez. En la comunión del sobrino, en el bautismo del nieto o en el casamiento de tal o cual prima.
-El año que viene tomas la Confirmación...
-Sí... Me gustaría que fueras mi padrino, ¿no se puede, cierto?
-Mnnn, no, lo siento -y Gabriel se sintió mal, porque de verdad lo sentía.
-Entonces quiero ser tu monaguillo en el matrimonio del domingo, ¿puedo?
-Por supuesto.
Micky emitió una especie de ronroneo suave, en señal de agradecimiento, y Gabriel tuvo que tragarse las lágrimas que se agolpaban en sus ojos por eso, porque ya no podía soportar llevar sobre sus hombros la carga de esa cosa que venía llevando hacía casi un año. ¿Qué cosa? Eso, ese escándalo... Y esa cosa tenía dos nombres para él, porque él mismo estaba dividido en dos partes, dos partes iguales que tenían el mismo peso y que por lo tanto, ninguna ganaría nunca, ninguna vencería a la otra diciendo basta, y él siempre se mantendría dividido en esas dos partes, intentando mantenerse a flote. Y esas dos partes iguales se llamaban Amor y Escándalo. Porque para cualquiera que hubiese espiado esa escena esa noche, eso era un escándalo. Y para él, que bien sabía lo que sentía aunque jamás lo había sentido antes... eso era amor. Y no podía creer que algo como el amor también pudiese ser también un escándalo. Y mientras Micky jadeaba en su oído, ganaba el amor, gritando que, si lo que hacía era un pecado, que viniera el mismísimo Dios a arrancarlo de los brazos de ese ángel lujurioso que se mantenía aferrado a su espalda como si en ello se le fuese la vida...
-Gabe...!
Un escalofrío repugnante le subió por la espina dorsal al momento en que sintió que se corría. Soltó un profundo y desesperado suspiro y se estremeció al sentir él mismo el orgasmo de Micky.
Sencillamente hermoso.
Hermoso, sí... sublime, se dijo, sosteniendo a Micky contra su cuerpo, mientras ambas respiraciones se recuperaban. Recostó al chico sobre ambos asientos.
Micky entreabrió sus ojos celestes y, sin decir palabra, moduló un te quiero tímido. Gabriel lo contempló extasiado porque no podía concebir tanta belleza en un sólo ser y se horrorizaba de sí mismo por amarlo muchísimo más que al Dios que tenía crucificado sobre el altar...
-¿Cómo está Abril?
-Mejor. Ya no hace pis con sangre.
-Qué bueno -y, acariciándole los hombros con ternura, dijo-: me contó un angelito que le diste todos tus ahorros a Isaac para que pudieran comprarle los medicamentos...
-Qué angelito metiche...
Gabriel esbozó una sonrisa y sacó un par de billetes del bolsillo de su sobretodo.
-Toma. Para que te compres el skate.
Ya eran las dos y media de la mañana cuando Micky se fue. Lo habría llevado en el auto de no ser porque ambos sabían que no debían verlos juntos a esas horas. Contento e íntimamente satisfecho, Gabriel fue a sentarse al asiento del conductor. Pateó los dos preservativos usados que estaban sobre el pasto, cubriéndolos con un poco de tierra. Se puso el sobretodo. Comenzaba a sentir frío, especialmente a causa de la transpiración que se secaba sobre su cuerpo.
Entonces abrió la puerta del auto al ver una figura oscura que se acercaba torpemente hacia él.
-¿Mick...? -pero no pudo terminar el nombre. Cuando logró darse cuenta de que estaba en el suelo, ya era demasiado tarde para él.