La Farsa
Autor: Nimphie

Categoría: ORIGINALES
Clasificación: No menores de 18 años

 

     Era posible que fuera producto de su imaginación, disparada en medio de ese dulce sopor que le seguía a la satisfacción del sexo... pero Legión creía que en esos momentos, cuando veía dormir a Emeth, sus sentimientos hacia él se volvían más claros que nunca.

Primero aquella inquietud y desconcierto, luego el tierno asombro, y finalmente esa volcánica atracción. De todas maneras, lo cierto era que no podía pensar en sí mismo como en otra cosa que no fuera un comensal. Un comensal en aquel sentido científico en el que él quedaba disminuido a un aprovechador, a un oportunista. O tal vez a un parásito. Un parásito en la vida de Emeth, un ser despreciable y ruin del que el chico no podía deshacerse. ¡Pero Emeth no quería deshacerse de él! ¡Si hacía minutos había gritado que lo quería!

     Entonces él, Legión, no podía ser un parásito. Porque había descubierto que, a pesar de que Emeth no estuviera en sus cabales, a pesar de que no viviera el aquí y el ahora, a pesar de que sus ojos sólo observaran un mero reflejo de la realidad... él también lo quería.

 

     Llovía como nunca. No tenía a dónde ir y estaba seguro de que Judith le sacaría a patadas en el culo si se atrevía poner un pie en esa covacha que ella osaba llamar su residencia. Como si él no hubiese sabido que para poder quedarse con ese ruinoso piso había tenido que matar al vejete de su marido, un tipo ciego que la había palmado a las dos horas de balbucear incoherencias. Legión lo había visto, sí. Había visto como el viejo estiraba la pata. Primero se le había llenado la boca de espuma, como a un perro rabioso, después había salido un poquito de sangre. Y aquel había sido el final para ese desgraciado. Eso le había pasado por caer en las redes de Judith, que lo había engatusado con palabras tiernas, promesas de amor eterno y cogidas de película.

     Legión sabía que eso jamás le sucedería a él. Porque, primero: era demasiado inteligente como para dejarse atrapar por las telarañas de las mujeres, y segundo: la persona que deseaba para sí mismo no era del tipo que tuviese mucho con que llamar la atención. Aceptaba que Judith era atractiva... pero él las prefería pequeñas, dóciles y con cara bonita.

     Bueno, no podía ir a lo de Judith. Igualmente tampoco tenía dinero para alquilar una piragua y llegar al otro lado del Russalki. No estaba tan desesperado como para intentar atravesarlo nadando. Tendría que quedarse en la isla...

     El apodo de Legión se lo habían otorgado en un club nocturno donde había estado involucrado con la venta de drogas. Lamentablemente, hacía un año le había llegado la noticia de que Poussière había sido clausurado y luego demolido para construir un edificio de departamentos. La opción de volver allí a desempeñarse como intermediario en la venta de éxtasis, LSD, popper, mégara, entre otras, quedaba descartada.

     Tengo que conseguirme un trabajo si quiero dejar de vivir aprovechándome de los demás, se dijo. Eso de robar había estado bueno en su momento, pero tres años en la cárcel no era una experiencia que le hubiera gustado repetir. Y lo peor de todo era eso: había vivido sin esfuerzo real durante tanto tiempo, que ya había olvidado que el dinero limpio se ganaba con sudor. La sola idea de trabajar hacía que le entraran ganas de llorar a gritos. No obstante, eso de montar un numerito en pleno Jardín de Isis no era una perspectiva para nada tentadora. No era que hubiese mucho público en ese parque. Sólo había un par de jóvenes sentados en la entrada de la Universidad de Bellas Artes.

De todos modos, él se había jurado que jamás lloraría. Ya le había bastado con ser maltratado en el orfanato donde lo habían tirado cuando su madre murió de cáncer. En aquellos tiempos difíciles se había valido de la fuerza bruta, endureciéndose por fuera y por dentro. Si tenía que usar un cuchillo para salvarse el pellejo, lo usaría sin dudar. No le importaba mancharse las manos de sangre. No sentía culpa y no tenía debilidades. O al menos eso era lo que pensaba en aquel entonces, antes de conocer a Emeth.

     Resignado y ya cansado de caminar, se sentó en una banca del Jardín de Isis, intentando recordar algún sitio en donde fuese bienvenido... No había ninguno y no era de sorprenderse. Ese pensamiento le produjo un nudo en el estómago. ¿Si se hubiese muerto allí, en aquella maldita prisión, habría habido alguien en aquella oscura y corrupta ciudad que hubiese reclamado su cadáver? Tan absorto estaba en sus cavilaciones que tardó bastante en advertir que estaba siendo observado por alguien.

     -Seth...

     Un muchacho desconocido, joven, no muy alto, lo contemplaba atentamente y le cubría con su paraguas azul. Y sonreía. ¿Por qué carajo sonreía? Vestía unos jeans claros y una camiseta gris y tenía un largo pañuelo negro alrededor del cuello a modo de bufanda. Un niño bien, se dijo, al ver su aspecto impecable. El cabello rubio, cortado en capas y desmechado, enmarcaba un rostro pálido en el que relucían sus grandes ojos celestes.

     -¿Qu...?

     -¡Seth!

     El niño bien soltó el paraguas, que rebotó contra el piso con un ruido seco, y se echó en sus brazos, lleno de aparente alborozo. Legión se quedó de piedra y ahogó una exclamación. Respiró el aire húmedo, el hedor del pasto recién cortado y la fragancia del pelo. Respiró otra vez, para asegurarse. Era cierto: el húmedo cabello olía a vainilla y Legión se sorprendió de que aún recordase el aroma de la vainilla. Se le antojó un perfume muy inocente, pero extraño para que lo llevase un hombre. Siguió inspirando y percibió la esencia de una loción. El cuello cubierto y el pañuelo estaban impregnados de ese aroma. Alguna fragancia fina como Versace o Carolina Herrera. Pero... ¿Esos no eran perfumes de mujer?

     Lentamente y con pocas ganas, el niño bien lo fue soltando. Sin dejar de sonreírle, revolvió los bolsillos de sus jeans y sacó un pequeño paquete violeta. Se lo extendió, diciendo:

     -Para ti.

     Legión no entendía un comino. Primero le decía Seth, luego lo abrazaba, ahora le regalaba un chocolate. Titubeando, lo tomó. Hacía más de dos años que no probaba ninguna golosina y le pareció casi ridículo que ese chico intentase envenenarlo con un Milka Leger. Bueno, la víbora de Judith había envenenado al ciego con una manzana. Aún así, bajo la tierna mirada del niño bien, Legión rasgó el papel y se llevó el chocolate a los labios. Estaba endemoniadamente rico, delicioso para ser exactos; el dulce se le derretía en la boca y las almendras crujían bajo sus dientes. Qué manjar. De repente se sintió muy agradecido con ese niño bien...

     -Gracias -susurró, algo incómodo. El muchachito soltó una risa aflautada y cristalina. Le tomó de las manos y las meneó seguidamente en el aire, sin dejar de mirarle a los ojos, sin dejar de sonreírle con adoración.

     -Seeeth -canturreó, con una vocecita aguda-. ¿Vamos a casa?

 

     Seguía lloviendo, y al parecer al niño no le gustaba la lluvia. Caminaba rápido, cubriendo a ambos con el paraguas azul. A Legión le costaba seguirle el paso. Se alarmó. El chico le había tomado de la mano. ¿Por qué? No era idiota, no iba a perderse. No iba a huir. ¿No iba a huir? ¡Ese chico estaba loco! ¡Le abrazaba en medio de un parque, le regalaba golosinas! Le llamaba Seth. Evidentemente le confundía con alguien. ¿Con quién? ¿Quién era ese Seth que el niño bien parecía querer tanto? ¿Su hermano? No. Si Legión se parecía al tal Seth, no podía tratarse de un hermano. O tal vez eran adoptados, pero ¿desde cuandos los hermanos se llevaban tan bien? ¿Su padre? Tampoco. Legión no era tan mayor como parecer su padre. Como mucho le aventajaría en ocho años. Le inspeccionó de reojo. Era bajito y enjuto, de rasgos muy delicados y apariencia frágil y... afeminada. ¿Su pareja? Legión casi se meó del susto. Su pareja o un amigo con derecho a roce. Era lo más sensato.

     Se detuvo en la entrada de un altísimo edificio de departamentos. Legión lo contempló, apocado. Parecía muy elegante. Al parecer el niño bien tenía dinero. Excelente, se dijo una parte de sí. ¡No! ¿Robar otra vez?  Se estremeció al recordar sus primeros días en aquella horrorosa prisión...

 

Emeth frunció un poquito el ceño y suspiró lenta y pausadamente. Legión se lo quedó mirando bastante rato, observándole dormir.

Es imposible que un ser tan hermoso haya nacido para mí, se dijo, turbado. Después de todo, él no tenía nada de atractivo. Puede que tuviera un cuerpo aceptable y una estatura generosa, pero tenía los ojos muy juntos, la nariz demasiado larga y las facciones extremadamente duras. Eso le dio rabia. Le dio rabia porque él no se parecía en nada a ese tal Seth con el que Emeth, el niño bien, lo confundía en su locura. Lo había visto en una foto. Bueno, la verdad era que sí se parecían un poco. Pero todos los defectos que él, Legión, poseía, en aquel misterioso hombre llamado Seth se hallaban disminuidos e incluso, justificados.

Una tarde se había quedado solo en el departamento y la había aprovechado para husmear. En un álbum de fotos reciente le saludaba aquel tipo, un Seth de tinta y papel, ridiculizado en medio de un escenario junto con unas mujeres igual de ridículas. Body painting, pensó Legión entonces. Y era evidente que el autor de aquellas obras de arte estampadas en piel no era nadie más que Emeth.

Porque Emeth era pintor. Legión casi se había caído de culo aquella tarde lluviosa que entró por primera vez al departamento. Todo estaba pintado, desde las paredes hasta la puerta del baño, desde los azulejos de la cocina hasta las cortinas del dormitorio. Lápices, marcadores, tinta china de colores, acrílicos, acuarelas, óleos, aerosoles...

En el dormitorio se lucía el fresco más impresionante: era una escena de cuento de hadas totalmente disfrazada. Emeth era una Cenicienta gótica de cabello corto y pecho plano que había perdido su zapato de plataforma y Seth era un príncipe vampiresco que le contemplaba sentado desde el banco del Jardín de Isis. Junto al edificio de la Universidad de Bellas Artes, Legión pudo distinguir al hada madrina fumando su varita mágica. Era una de las modelos de la foto.

    Esa misma mujer había visitado a Emeth hacía una semana. El recuerdo todavía le producía a Legión un miedo y una angustia terribles:

-Emi, por favor -había suplicado el hada madrina, con un acento un tanto extraño en las consonantes-, no puedes seguir así, sajna ve... Seth está muerto, ¡y me alegro de que así sea, carajo! ¿Ya te has olvidado de todo lo que te hacía... y de lo que intentó hacerte?

Emeth garabateaba unas flores inventadas sobre la servilleta de papel.

-Yadi, basta.

-¡Basta, nada, Emeth! -gritó, y le arrebató la servilleta-. ¡Tú tienes que retomar tu vida! ¡Tienes que terminar tu carrera! ¡El catorce de febrero está la exposición y...!

-Yadiara... -interrumpió él-. ¿De verdad crees que necesito seguir estudiando?

Entonces Legión, que oía desde el dormitorio, se había imaginado a aquella mujer observando a su alrededor con fervorosa envidia... los cuadros de las paredes, los murales, los manteles, el espejo, el florero. Seguramente ella no tenía ni la mitad del talento de Emeth...

-Emi, me voy -dijo la áspera voz del hada madrina.

 

     Aquella noche, luego de un prolongado ejercicio sexual, Legión había dicho:

-¿Que quería... Yadiara?

-Molestar -había sido la escueta respuesta de Emeth y Legión se sintió íntimamente satisfecho. Entonces el chico había trepado por su cuerpo con movimientos ondulantes y sinuosos... le dedicó una larga y lasciva contemplación a su cuerpo desnudo y finalmente, aferrando su sexo con la mano derecha, dijo, entre risitas-: piensa que estás muerto.

 

 

Yadiara había mencionado una exposición de arte. Legión no comprendió completamente aquellas palabras hasta que esa mañana del catorce de febrero se levantó de la cama y observó por las ventanas del dormitorio el espléndido paisaje de Bríades. Toda la isla estaba revolucionada. O al menos la parte que él alcanzaba a ver.

Había muchas mujeres en el Jardín de Isis colocando luces y adornos florales; en el centro, un grupo de muchachos montaba un escenario. El tránsito de la avenida de la Universidad de Bellas Artes estaba cortado y las calles estaban repletas de improvisados puestos de flores, golosinas y tarjetas. En la distancia, Legión pudo ver varias piraguas que se acercaban a la isla desde el otro lado del Russalki. Parejas que llegaban a Bríades con ánimos de festejar el día de San Valentín.

Legión suspiró y corrió las cortinas. Emeth seguía durmiendo.

 

 

Toda la isla parecía ahora muy distinta: la gente corría apresuradamente, engalanada, los caballitos del fotógrafo descansaban cerca de la fuente de las ninfas y la proverbial tranquilidad se había hecho a un lado para dejarle paso a la algarabía nocturna.

 

Desfile de carrozas                                                           15:30 hs.

Concurso de disfraces                                                      17 hs.

Obra de teatro: "Doppelgänger"                                     19 hs.

Desfile de Laurie Laurent                                                20:30 hs.

Fiesta de la espuma                                                         22 hs.

 

 -Nos perdimos el desfile de ropa interior -se lamentó Emeth, señalando el nombre de Laurie Laurent-. Pero nos podemos quedar para la fiesta de la espuma -agregó con una sonrisita.

Una chica en patines vestida de bailarina de can-can, casi una niña, se les acercó llevando en la bandeja los licuados de frutilla con licor.

-Gracias -gritó Emeth, para hacerse escuchar por encima de la música-. Toma, cóbrate.

 

My milk shake brings all the boys to the yard,

and they're like,

It's better than yours,

damn right, It's better than yours,

I can teach you,

but I have to charge

 

Bailar es otra cosa que Emeth hace terriblemente bien, se dijo Legión, colocándose detrás de él, pegándose a su cuerpo. Bueno... ¿Existía algo que el niño bien hiciese mal? Para Legión, Emeth se había convertido en un regalo del cielo.

Cuando había empezado la fiesta de la espuma al mismo tiempo que el espectáculo de lásers, el volumen de la música fue elevado al máximo. Legión jamás había estado en una fiesta de tales magnitudes. Ni si quiera en Poussière. Era una extravagancia soberbia. Toda la multitud bailaba enardecida, saltaba emocionada bajo la lluvia de espuma. Compraban en la barra botellas de agua mineral a precios insultantes sólo para revolearlas por el aire y quedar aún más empapados. Un líquido frío y de olor fuerte le dio a Legión de lleno en el rostro. Se relamió.

-¡Me han tirado vodka! -le gritó a Emeth, muerto de risa. Se mantenían muy apretados, muy juntos, bailando al ritmo de esa canción escandalosa. Emeth giró sobre sí mismo y, riendo, le lamió el rostro de abajo hacia arriba. Legión podía darse cuenta: el chico parecía algo mareado por los tragos. Él, por su lado, sólo estaba un poquito más alegre de lo normal. Que viera las escenas en cámara lenta era culpa de las luces que danzaban en medio de la oscuridad de la noche, como bengalas o fuegos artificiales.

La camiseta blanca sin mangas que llevaba Emeth había brillado a causa de la luz negra, pero ahora, ya empapada, relucía sólo un poco con una fosforescencia sumamente pálida. La tenía bien pegada a la piel y Legión sentía unas ganas tremendas de arrancársela con tres zarpazos. Pero eso lo dejaría para más tarde.

-¡Estás caliente! -le dijo Emeth al oído, pasándole la mano por debajo de la ropa.

¡Como para no estarlo! ¡Estaba empapado de pies a cabeza y hacía un calor infernal! ¡Habría querido correr hacia el mar, desnudarse y lanzarse de cabeza al agua!

Emeth no paraba de reír escandalosamente a causa de aquella borrachera que todavía permanecía en estado embrionario.

-¡No es mala idea! -respondió, tomándolo de la camiseta. Y empujándolo con todas sus fuerzas logró en pocos segundos salir de la pista de baile, atropellando a las parejas a su paso. Sorprendentemente, nadie se quejó. Varios cayeron al piso, descostillándose de risa, otros se tambalearon en un vaivén de sutil embriaguez.

Emeth arrastró a Legión hasta las raíces de una palmera, donde le arrancó la camiseta y se quitó la suya. La música y los gritos desenfrenados aún se oían bastante cerca.

-¡Al agua! ¡Vamos al agua! -exclamó Emeth, buscándole a ciegas el cierre de los jeans. Legión jadeó y lo alzó en brazos como a un costal. Corrió hacia la orilla y se metió en el mar hasta que el agua le llegó hasta un poco más de la cintura. No había nadie en la playa, todos estaban en la fiesta. Faltaba poco para medianoche y la luna flotaba en el cielo como un globo de cumpleaños. Entonces Legión lanzó a Emeth hacia arriba con todas sus fuerzas.

-¡Ahhhhh! ¡Jajajaja! -chilló el chico, pataleando y cayendo con un fragor profundo, aferrándose al cuerpo de Legión para mantenerse en pie. Se sentía lánguido, flojo, como un títere o un muñeco de plastilina-. Seth... Ah, m-mierda, Seeth. Hagámoslo a-ahora, anda...

-¿Aquí? ¡Estás loco! -replicó Legión, mordiéndole el cuello con hambre-. ¡Espérate a que lleguemos al hotel...!

-Mngh... ¡N-no aguanto! -sollozó, buscando otra vez la bragueta desesperadamente, en medio del agua. Como no la encontró, tuvo que contentarse con frotar su entrepierna contra la de Legión y dejarse manosear y morder-. Vamos al hotel. N-no puedo... c-caminar más... llévame en brazos.

-¡Carajo, Emeth! ¿Qué mierda tenían esos jodidos licuados?

 

Emeth había insistido en que ese día quería ir a un hotel. A Legión le daba lo mismo. Hacerlo en el departamento, en un hotel, en el baño del centro comercial... mientras fuera con Emeth estaba todo perfecto. Bueno, lo que no le gustaba era que hubiese público, y eso de hacerlo en la playa le parecía peligroso, además de incómodo.

Lo alzó en brazos otra vez, porque, si bien no estaba borracho, decía estar mareado.

-Por Dios... -se lamentó el tipo de la conserjería, seriamente, al ver la escena de Legión totalmente mojado cargando a Emeth-. ¿Se encuentra bien?

-¡Jo! ¡Mejor que nun-ca! -exclamó Emeth, dificultosamente. Legión se mordió el labio-. Ten-nemos una reservación a n-nombre de Emeth... ¿Cuál era m-mi apellido? Arghh...

-Emeth Betsur.

-Han dejado todo el piso embarrado -replicó el conserje-. Señores, esto no es un motel.

-¡Oh, por favoor!-vociferó Emeth-. ¡Cogemos y nos vamos! ¿Ok? ¡Deme la tarjeta de una puta vez!

-Aquí tiene. Y no me falte el respeto o llamaré a seguridad, ¿me oye?

 

Emeth entró en la habitación tambaleándose.

-¡Qué caloor! -gritó, aunque el aire acondicionado estaba encendido. Por supuesto, era cierto, no era un hotel que frecuentaran parejas sólo para tener sexo y tal vez dormir.

Para sorpresa de Legión, Emeth se quitó rápidamente toda la ropa y apagó la luz.

-Vamos a la ducha -dijo, con su sonrisa pícara favorita-. Mi pelo es un asco... por culpa de la espuma.

Legión obedeció. Se sacó desde los pantalones hasta las medias y siguió al chico hasta el baño.

-¿Te gustaría hacerlo aquí? -propuso, abriendo el agua fría y métiendose.

-Como tú quieras.

-Sí, a la mierda la cama -dijo, echándole los brazos al cuello. Legión le correspondió el beso con tanto entusiasmo que Emeth tuvo que ponerse en puntitas de pie para poder seguirle el ritmo. Y Emeth abrió la boca con hambre, besándolo con pasión, mordiéndole los labios. Se separó y sacó la lengua y Legión la saboreó chupándola con avidez, acariciándola con la suya.

Legión lo tomó de la cintura y se apartó de la lluvia de la ducha. Era un poco incómodo. El chico se resbaló, o fingió resbalarse. Legión lo sostuvo, pero él se aferró a sus caderas y quedó arrodillado sobre el suelo de azulejos. Sin preámbulos, tomó con la mano derecha el miembro ya soberbiamente erecto y empezó a lamerlo desde la base hasta la punta. Luego comenzó a besar el glande, a envolverlo con los labios y a acariciarlo con la lengua hasta que al final ya succionaba fuerte y violento. El agua y la saliva ayudaban a que pudiese acariciarlo y masajearlo mejor, haciendo que se deslizara suavemente en su mano. Lo acomodó hacia arriba y lamió los testículos, subió otra vez por el pene, friccionando sólo con los labios.

Se detuvo y sonrió orgulloso al ver el hilillo de fluido que comenzaba a asomarse. Legión estaba en las nubes. ¿Cómo no estarlo? Jamás le habían tratado con tanta devoción, con tanto amor. En otras palabras: jamás se la habían chupado tan bien. Sólo un ejemplar del sexo masculino era capaz de llevar a cabo tal sobresaliente labor.

A pesar de todo, le dolía recordar que Emeth lo trataba de esa forma sólo porque, en medio de sus delirios, pensaba que era otro hombre. Y tenía miedo de que en algún momento el niño bien saltara fuera del sueño y lo despidiera de su vida.

Enterraré a Seth, exorcizaré a Emeth, se juró Legión, jadeando, mientras el niño bien desafiaba la profundidad de su garganta, devorando el pene con ansias y al mismo tiempo se masturbaba a sí mismo siguiendo el mismo ritmo de su mano izquierda y su boca.

-Ehh... para, me corro -advirtió Legión, a regañadientes. En otra situación no lo habría hecho. Pero deseaba que Emeth disfrutara de lo que había logrado. No quería ese placer egoísta. Por eso hizo que el chico se pusiera de pie otra vez y apoyara las manos en la pared, dándole la espalda.

Se inclinó y le lamió desde la entrada, subiendo por su espalda, hasta llegar a su cuello, mientras masajeaba las nalgas con fruición. Se apoyó sobre su cuerpo y lo tomó del pecho, pellizcándole las tetillas y frotando su sexo contra su trasero, danzando lentamente, excitándolo más.

Emeth no sabía de donde agarrarse: las manos se le resbalaban por los azulejos húmedos. Se aferró con la izquierda a una canilla, con la derecha, a la cortina de la ducha.

Legión se lamió dos dedos y los metió de una sola vez. El chico gimió al sentirlos masajeando su interior y el pulgar haciendo presión desde afuera. Si seguía así arrancaría las cortinas, por lo que con la mano derecha tomó la canilla del agua fría. Gimió otra vez y se estremeció cuando sintió cómo Legión sacaba los dedos. Separó más las piernas, todo lo que la bañera le permitía, y aguardó, anhelante, mordiéndose el labio y con los ojos cerrados para evitar que le entrara agua. Sin querer, abrió el agua fría y la lluvia se intensificó sobre ambos cuerpos.

-¡C-carajo...! -tosió Legión, tomado por sorpresa por aquella tormenta tibia que le azotaba el rostro. A ciegas ubicó su sexo en la entrada de Emeth y la acarició con la punta. Lo sintió vibrar y finalmente lo penetró con lentitud, entrando sin problemas y deleitándose con la exquisita manera en la que esa pequeña y caliente intimidad se dilataba para cederle cada vez más espacio.

Emeth agachó la cabeza. Ya no sabía por dónde respirar y las piernas comenzaban a fallarle. Aferrado como estaba a las canillas, tenía los ojos semicerrados y sólo veía su cuerpo oscilar de placer, su propias piernas temblar y las piernas de Legión, moviéndose al vaivén de las embestidas que comenzaban a sacudirle y a hacerle jadear. Inclinó más la cabeza y aspiró, con los dientes apretados. Pero le entró agua por la nariz y la boca y comenzó a toser desesperado...

-¡¡Emeth!!

 

Lo recostó sobre la cama. Emeth no dejaba de toser y de intentar en vano que aquel dolor horrible que le abrasaba las vías respiratorias desapareciera de una vez por todas. Porque ya lo había padecido una vez. Porque ya había sufrido aquella sensación de asfixia, de ahogamiento, de darse cuenta, desconsolado, de que le faltaba el aire y de pensar delirantemente cómo mierda el agua podía ser hache dos, o... o sea, tener oxígeno, si era evidente que sus pulmones se estaban llenando de agua...

-Seth -dijo, con la garganta ardiendo y los ojos encendidos-.  Seth...

-¿Estás bien...? -preguntó Legión, apenado, acariciándole el rostro-. Perdón, fue mi culpa -agregó en susurro. Y surgía en su rostro una expresión de tristeza tan sincera que Emeth intentó enfocar bien los ojos para examinar, para mirar al menos un poco mejor el rostro de ese maldito hombre que antes había amado y a cuyo funeral él mismo se había negado a asistir antes de dejarse arrastrar por aquella preciosa enajenación en la que Seth todavía lo quería y en la que las noches se transformaban en infiernos de lujuria, una lujuria inagotable y violenta que le dejaba tendido en la cama por horas hasta que los rayos de Febo lo despertaban, hiriéndole las retinas...

Pero este Seth es diferente, se dijo. Ese Seth se veía menos malicioso, menos violento y... menos atractivo. Sus manos eran ásperas, no suaves como antaño, el brillo dorado se había volatilizado de su piel y unas leves arrugas se le asomaban a los lados de los párpados. Seth nunca dejaría que le saliesen arrugas, pensó, consternado... Entonces, ¿quién era ese hombre?

-¿Estás mejor? -volvió a preguntar. ¡Por Dios, si hasta la voz era distinta! Ésta era más grave, más madura, más masculina.

-Sí -respondió. Y decidió seguirle el juego. Porque tenía que estar seguro. Le sonrió de esa forma en la que sólo él sabía sonreír. Legión se sintió aliviado y le devolvió la sonrisa.

-¿Quieres seguir... con lo que estábamos haciendo? -sugirió.

-Por supuesto.

Legión jadeó, excitado, y se situó sobre su cuerpo, rodeándolo con piernas y brazos. Le besó el vientre, jugó a intentar meter la lengua en su ombligo, subió por su tórax y le succionó ávidamente las tetillas, mordiendo apenas para no ocasionarle ningún dolor.

Emeth permanecía con los cinco sentidos en alerta roja. Expectante, no podía más que convencerse cada vez más de que ese hombre que le estaba haciendo el amor no era Seth. Era demasiado solícito, estaba demasiado preocupado de que él,  Emeth, disfrutara del momento. Lo besaba y lo acariciaba con un fervor y deseo insuperables y Emeth se sentía desfallecer no sólo por el hecho de que estaba sobre-excitado, sino también porque sentía vergüenza de estar jadeando de placer bajo un cuerpo para él ahora desconocido. No podía saber que él había explorado esa piel con el mismo deseo, con la misma pasión y con las mismas ansias de intoxicarse del aroma ajeno que era como el oxígeno para sus pulmones. Estaba siendo torturado.

-Fuerte -imploró. Ese fue su último intento. La última prueba.

-¿Q-qué? -replicó Legión, mientras acomodaba las piernas de Emeth sobre sus hombros.

-Házmelo fuerte, como a ti te gusta...

Legión se mordió la lengua. Se debatía entre el obedecer el pedido de Emeth y el deseo propio de tomarlo con calma para luego llevarlo al éxtasis de un sólo viaje. Pero él no era Seth, ¡él debía enterrar a Seth! Por eso decidió lo segundo: pondría en peligro esa farsa para salvaguardar su propia identidad. Él no quería ser Seth porque sabía, muy en el fondo, que ese hombre le había hecho mucho daño a Emeth.

-No tengo ganas hoy -declaró, besándole un tobillo-. Tú disfrutas más del sexo tranquilo. Y yo disfruto sólo viéndote disfrutar -se sonrojó por sus palabras y le causó gracia la expresión de Emeth al verlo ruborizado.

Se inclinó hacia adelante, alargó la mano y le revolvió el cabello rubio y lacio, mojado. Le recorrió el rostro con los dedos, delineando las cejas claras, bajando por las sienes y paseando por las mejillas. Todo en Emeth era perfecto. Emeth era su milagro personal.

Le bordeó el labio inferior y el niño bien abrió la boca y separó los labios. Sacó la lengua y lamió los dedos, humedeciéndolos con una saliva tibia y viscosa. Legión comprendió esa evidente y lasciva insinuación. Introdujo un dedo en esa templada y mojada celda de perlas y al instante Emeth apretó los labios, para que Legión tuviese que hacer sólo un poquito de presión para lograr meterlo completo. El pulgar y los otros dedos acariciaban las mejillas al tiempo en que sacaba y metía el dedo seguidamente, simulando una penetración.

Lo besó en la boca de nuevo, introduciendo la lengua hasta el fondo, sintiendo el filo de los dientes y haciéndole cosquillas en el paladar. Emeth jadeó. Había intentado buscar con la lengua el piercing de Seth y no había podido hallarlo.

Se sobresaltó. Aún tenía los ojos cerrados y apretó los dientes cuando el dedo que antes había buceado en su boca tanteó su entrada y comenzó a resbalar deliciosamente y sin dificultades. Pero antes había tenido allí adentro un sexo grande, firme y ardiente, y ahora ese humilde dedo era como un gusanito tímido y ciego perdido en un lugar donde podrían caber sin inconvenientes varios gusanitos más... sacudió sus caderas con brío y gimió en voz alta, deseoso de sentir algo que le hiciese justicia a su interior ya dilatado y listo para más. Y resopló, acalorado, al sentir como ese gusanito escurridizo salía, duro, caliente.

-Ahí voy.

Y sucedió de nuevo, por segunda vez en la noche. Emeth saboreó la lenta penetración cerrando los ojos y aguantando la respiración; y finalmente, cuando el miembro de Legión llegó hasta lo más profundo, exhaló con lentitud. Abrió los ojos. La mirada de ese hombre era indescifrable, en sus ojos se agitaba una desesperación contenida, un anhelo doloroso... Emeth no se lo podía creer. Era indecible, increíble que un sexo tan moderado pudiese causarle un placer tan exquisito. Cerró los ojos de nuevo, abrumado por ese torrente de sensaciones nuevas...

De repente, la suave colisión de la carne se volvió vertiginosa, urgente. Ese hombre comenzaba a moverse más rápido. Emeth se aferró a la cabecera de la cama. Y Legión se inclinó para utilizar el peso de su propio cuerpo en una última y rauda embestida. Jadeó, con la voz ronca, y su sexo resbaló hacia afuera, presuroso. No habían usado preservativo y se esforzó para eyacular sobre la mano izquierda, mientras la derecha masajeaba el pene en un vano intento de emular los exquisitos espasmos del orgasmo de Emeth.

-Lo siento -farfulló, al observar en el vientre del niño bien un poco del semen que se le había escabullido entre los dedos...

Y eso fue suficiente para Emeth. Apretó los ojos con fuerza y se cubrió el rostro con las manos. Emitió un sollozo profundo y gutural.

-¿Qu...?

Legión se alarmó, pensando que tal vez le había hecho daño.

-¿Qué pasa, Emeth? ¡Dime!

-¡Suéltame! ¡Tú no eres Seth! ¿¡Quién eres?!

Legión se quedó petrificado. Oh, no. La función había terminado, la farsa había llegado a su fin. Todo había acabado y él debería abandonar el escenario, dejando en él no sólo los días más preciosos de su miserable vida sino también el corazón y el alma...

-Es verdad, yo no soy Seth... -dijo, agachando la mirada. Sentía tanta vergüenza que no podía ver a Emeth a los ojos-. Pero te quiero. Te quiero más de lo que te puedes imaginar.

-¡¡Vete, lárgate!!

Emeth no podía parar de llorar, pero Legión no se atrevió a decir más. Él era el simple sustituto de un actor que se había marchado del proscenio. No tenía derecho alguno de permanecer en escena.

Se vistió en silencio, con el corazón desgarrado, observado atentamente por esos ojos celestes que amaba. Se embutió en su disfraz: la ropa interior, las medias, los pantalones y las zapatillas. Y, desobedeciendo aquel antiguo juramento, dejó que las lágrimas que se agolpaban en sus ojos corriesen libres por sus mejillas hasta llegar a las comisuras de sus labios.

Emeth estaba seguro ahora. Ese hombre no era Seth. Ese hombre se había dado por vencido, cosa que Seth jamás habría hecho. ¡Pero todo lo que ese desconocido hacía eran cosas que habrían avergonzado a Seth! ¡El sexo delicado, las palabras tiernas, la derrota... las lágrimas...!

Legión le echó una última mirada al cuerpo desnudo de Emeth, rogando que, si en el cielo existía algún Dios que estuviese oyendo su súplica, sólo le concediera el deseo de mantener en su memoria la imagen de ese chico durmiendo a su lado. Sin decir palabra, musitó un te quiero tímido. Ahogó un sollozo, y más lágrimas rodaron por su rostro.

¡Las lágrimas! ¡Ese hombre estaba llorando por él! Y entonces pudo rescatar, de entre sus recuerdos deteriorados, algunas palabras, algunas sensaciones, algunas memorias. Jamás había sentido tanta paz al hacer el amor con nadie y menos con un desconocido... Ese hombre no era Seth. ¡No era Seth! ¡Ese hombre lo había salvado del fantasma de Seth!

Legión giró el picaporte.

-¡Espera...! -exclamó Emeth. El corazón de Legión dio un brinco- ¿C-cómo te llamas?

Se dio vuelta, sin preocuparse por ocultar su rostro empapado. Vaciló. Y suspiró desesperado.

-Kevin.

-Kevin... -repitió Emeth, como intentando darle un significado a esa palabra. Frunció el ceño, ¿había oído bien?- ¿Kevin?

-Sí...

-Kevin... quédate conmigo...

En esa habitación de hotel la farsa había acabado. Allí el telón se había cerrado, pero desde el Jardín de Isis todavía podían oírse claramente la música y el escándalo.

Notas finales del capítulo:

Bueeno, espero q les haya gustado esta humilde historia. Si es así, háganmelo saber con un review, que siempre me pone muy feliz ^___^

 Besos!!


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