Categoría: ORIGINALES
Clasificación: No menores de 18 años

 

Prólogo: Hace trescientos años

Lo amé como sólo se puede amar a un sueño. Yo, era joven, un niño. Era hijo de campesinos humildes y vivíamos, como la mayoría de la gente del pueblo de Les Monicquès, a costas de los Monroe, los indiscutibles dueños de cualquier cosa que osáramos poner en nuestra mesa.

Cuando cumplí diecisiete años, el señor Raoul Monroe me contrató para que me encargara del campo de crisantemos.

-Eres demasiado pequeño para que te mande a cuidar el ganado -había dicho él aquella tarde, mientras el sol se derramaba sobre su cabello rubio como una lluvia de oro líquido-. ¿Cómo te llamas?

-Augustin, señor.

-Augustin -repitió él, saboreando mi nombre como si fuera un trago de brandy, acariciando las sílabas con sumo deleite-. ¿Qué trabajo podría darte, Augustin? -preguntó, pero yo sabía que no esperaba una respuesta de mi parte. Se levantó de su gran escritorio de caoba y giró a su alrededor, con las manos a la espalda. Me contempló largamente y yo deseé haberme vestido mejor para la ocasión... Observó, sin hacer ningún comentario, mis pantalones raídos, mi camisa remendada...-. Podría enviarte a cuidar las flores, ¿qué te parece?

-Humm... cualquier trabajo que pueda ofrecerme estará bien, señor.

No sabía cuán alta podría ser aquella remuneración, pero no me atreví a cuestionarle, siendo que de él y sus decisiones dependían mi familia y nuestro futuro. Él sonrió.

-Eres demasiado bello para que te envíe a ordeñar vacas, las flores te sentarán mucho mejor.

 

Así fue como me encontré a cargo de los crisantemos del señor Monroe. Trabajaba a la mañana y un poco a la noche y lo mejor era que ganaba la misma cantidad que un herrero o un albañil. Pero sin embargo, sabía que sucedía algo extraño con respecto a mi patrón y es que jamás había visto que un jefe tratara así a un empleado. El señor Raoul Monroe parecía estar excesivamente interesado en mí. Al principio pensé que temía que un crío como yo le echara a perder sus crisantemos, pero luego me di cuenta de que su obsesión nada tenía que ver con las flores. Su objetivo era yo. ¡Yo! ¡Un chico, un campesino!

-¡Augustin! -me llamó una noche de verano, cuando me encontraba regando la última hilera de fragantes y orgullosos crisantemos. El señor Raoul conocía mi horario casi tan bien como los saldos de sus cuentas bancarias.

-Señor Monroe... -susurré, nervioso.

Sí, lo admito... porque negarlo sería en vano. A mí también me atraía él. Me gustaba el señor Monroe y su altiva presencia; él, siempre caballeroso, siempre serio, siempre con la mirada perdida en las manchas de mis viejas ropas, colándose por mis poros...

Esa noche la luna se balanceaba por entre las nubes, hamacándose en un trapecio de estrellas. El viento era cálido y la noche rezumaba toda la tímida fragancia de los crisantemos en flor. Esa noche el señor Monroe me llevó a su mansión, oculta por los alerces del cementerio de Les Monicquès. Me llevó a sus aposentos, a su cama, a sus brazos. Me desnudó de mis harapos y me vistió de besos. Y luego, cuando la luna se ocultó, avergonzada por el espectáculo, me hizo el amor hasta que en mis entrañas explotó toda su pasión, perfumada, violenta y caliente.

Desperté al alba. La ventana estaba abierta y por allí me escabullí como un ladrón hasta que llegué al campo de crisantemos que me aguardaba sediento.

Pasé todo el día colgado de los carámbanos de los recuerdos. Todavía sentía la presencia del señor Monroe a mi lado, arriba mío, en mi interior. Mi cuerpo estaba con las flores, pero mi alma había quedado sepultada entre sus sábanas.

Me había dicho que iría a buscarme esa noche, otra vez, pero ya era demasiado tarde y, seguro de que su olvido podía deberse a sus ocupaciones de patrón atareado, dejé allí los crisantemos. Pero las ansias por estar a su lado siguieron en mi corazón, en mi bolsillo, y burbujeando en mis venas como en una conspiración líquida y tortuosa.

Bordeé los alerces y me encontré en el cementerio. Era el camino más corto para poder llegar a mi jacal. Pero ya allí, cuando estuve rodeado de tumbas y estatuas, decidí haber tomado el camino más largo...

-Hola, niño... ¿tú eres la nueva muñequita de Raoul Monroe, verdad?

No conocía la voz de mi interlocutor, pero había algo en sus palabras que la hacía bailar con una música terrible y grotesca. Había algo en esa voz que me había helado la sangre.

-¿Quién es usted? -repliqué, volteándome. Me sorprendí cuando observé allí, bajo el alerce desnudo, la pálida figura de un joven un par de años mayor que yo. Era alto y tenía el cabello de un color tan claro que podría haber competido con el resplandor de la luna... o con los huesos de los muertos que dormitaban su sueño eterno allí, en los sepulcros.

-Me llamo Menfis, y soy el viejo amante de Raoul Monroe.

-¡Mientes! -grité, tapándome los oídos con las manos. El joven gritó y soltó una prepotente risa que hizo que mi sangre congelada se fundiera y se volcara sobre mi corazón encogido de dolor.

-No miento -exclamó él-. Puedes averiguarlo por ti mismo. Ve ahora a la mansión  y averígualo por tu cuenta. Y si lo ves en la cama con otro hombre, vuelve aquí, Augustin, que juntos pensaremos la mejor venganza para Raoul Monroe. Maldeciremos su casta maldita hasta la séptima generación.

Por supuesto, obedecí... y por supuesto, era verdad. Allí, en el lecho que había compartido con mi amo la noche pasada, estaba él junto a uno de los sirvientes de la plantación de tabaco. Grité, pero cuando corrí para volver a reunirme con el fantasma de Menfis, sólo sentí el peso de algo que reventaba en mi interior y luego, la explosión de la cálida sangre que bendecía mi muerte.

 


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