Categoría: ORIGINALES
Clasificación: No menores de 18 años

Aclaraciones del capitulo:
Juegos de Amor es un spin off de Juegos de Seducción por lo que se recomienda leer este fic con anterioridad para poder situar el argumento. Mi agradecimiento a Ariadne y Dorianne, mis Betas, a Lady Henry por sus oportunas correcciones y a todas las personas que han estado esperando pacientemente esta historia. Muchas gracias por todo.

 

Juegos de amor. 

                                      

Tácticas de juego.

 

Amor se llama el juego en el que un par de ciegos

juegan a hacerse daño.

Joaquín Sabina.

Cantautor y poeta.

Primera parte.

 

-¿No crees qué exageras, Karel? -inquirió Morgan examinando con mirada crítica el despacho de su amigo.

Las persianas de las paredes acristaladas y las de la ventana que daba al exterior estaban completamente corridas y la luz apagada, lo que sumía la estancia en una leve penumbra.

-Te estoy hablando -dijo Morgan-. ¿Me estás prestando atención?

Karel, sentado tras su escritorio en mangas de camisa, con el nudo de la corbata torcido, el primer botón desabrochado y los cabellos algo revueltos, encogió la cabeza entre los hombros tanto, que prácticamente desapareció detrás de la pantalla del ordenador portátil con el que estaba trabajando.

-Esta ambientación estaría bien si fueras a dormir una siesta -Morgan bostezó ruidosamente a la vez que se desperezaba estirando piernas y brazos, la silla en la que se hallaba sentando se inclinó un poco hacia atrás crujiendo peligrosamente-. Si no fuera porque son las nueve de la mañana y tú estás en mitad de uno de esos ataques de laboriosidad que tanto detesto.

Como respuesta, el publicista lanzó un gruñido, se removió inquieto en su asiento e intensificó el martilleo de los dedos sobre las teclas del ordenador.

-Venga Karel, ya han pasado tres semanas desde tu espectacular ataque de sinceridad -con aire aburrido, Morgan apoyó los codos en la mesa y la barbilla en la palma de sus manos-. Ya se ha dicho, hecho, inventado y bromeado todo lo que se podía y más. Tus compañeros de trabajo se han cansado hace tiempo de tu historia con el modelo. No es novedad. Han encontrado otros blancos contra los que lanzar sus dardos. Al fortificarte en tu despacho porque Noel ha venido por negocios a la oficina, le das nuevos motivos para cotillear.

El chasquido de las teclas repiqueteó enérgico y acelerado.

Morgan empujó la pantalla con un gesto rápido, cerrando el portátil sobre los dedos de Karel. Éste tuvo que retirar bruscamente los brazos para evitar el golpe.

-¡Animal! -le increpó encogiendo los dedos en un par de puños apretados-. ¿Pretendes dejarme manco? -preguntó molesto contemplándose las manos.

-Sabías que tarde o temprano sucedería -Morgan dibujó distraído con la yema de un dedo sobre el portátil-. Es lo más normal pensar que algún día el trabajo os haría coincidir en esta oficina.

-Lo sé -el publicista se recostó en el respaldo de su silla y cerró los ojos.

-¿Cuál es el problema entonces?

-Es demasiado pronto.

-¿Pronto para qué? -Morgan se levantó, fue hacia las persianas que cubrían las paredes acristaladas y apartó un par de listones para poder echar un vistazo al pasillo-. ¿Para que tus queridos colegas os vean intercambiando arrumacos y amorosas palabras?

Karel soltó un bufido irritado.

-Te diviertes enormemente con mis problemas, ¿verdad? -le espetó sin abrir los ojos.

-¡Bah! Sólo un poquito -confesó con una burlona mueca-. De todos modos no sé a qué viene tanto drama. Medio país ha visto vuestras fotografías haciéndoos el boca a boca en mitad del salón de recepciones del Kimberly Hotel. No creo que saludar a Noel en tu puesto de trabajo supere eso.

El publicista emitió un quejumbroso lamento a la vez que se cubría el rostro con las manos.

-¡Por todos los santos! ¿Quieres no recordarme lo de las fotos?

-¿Qué va a pensar el pobre de Noel cuando se dé cuenta de que pretendes ignorar su presencia? -inquirió con un tono exageradamente apesadumbrado.

-Ya lo sabe -suspiró Karel incorporándose en el asiento-. Cuando me dijo ayer que tenía una cita con Harpert se lo dejé muy claro. Nada de buscarme, de preguntar por mí o de asomarse a mi despacho. Y si me veía por los pasillos que hiciera como si no me conociera.

Morgan, todavía asomado entre los listones, arqueó las cejas sorprendido.

-¿Y qué contestó a eso?

Lentamente Karel levantó la tapa del portátil.

-Que de acuerdo -volvió a suspirar y esta vez con cierto nerviosismo-. Que ya me lo haría pagar con creces.

Morgan apretó los labios para ahogar una carcajada.

-Suena a sesión de sexo duro -canturreó mirándolo de reojo.

Los ojos del publicista parpadearon repetidas veces y un incipiente sonrojo se extendió por su rostro.

-Cierra la boca -murmuró con la cabeza hundida en el portátil.

-No deberías ser tan quisquilloso con Noel -comentó distraído, observando la oficina por la estrecha rendija que sus dedos abrían en la persiana-. Al menos te dijo que iba a venir. Yo ayer estuve con Kato y ni se dignó a referirlo. No ha sido hasta hace un rato, cuando los he visto pasar a los dos acompañados de Harpert, que me he enterado. Y para colmo ese pedazo de trozo de cera no se ha dignado ni a mirarme.

-¿Ayer te viste con Kato otra vez? -inquirió Karel, con cuidadoso tono.

-¿Cómo otra vez? -Morgan se volvió vehemente hacia él-. ¿Sabes cuántas veces nos hemos vistos en estas tres semanas? ¿Lo sabes?

El publicista se apresuró a negar con la cabeza y Morgan le mostró los dedos índice y corazón.

-Dos, dos veces en tres semanas. ¿Y sabes cuántas veces me ha llamado? -antes de que su amigo se dispusiera siquiera a abrir la boca se apresuró a responder-. Ninguna. Ese cabrón no me ha llamado ninguna. ¿Y cuántas me ha cogido el teléfono cuando yo lo he llamado? -se quedó un momento pensativo tratando de hacer memoria-. Bueno, no recuerdo cuantas pero muy pocas -refunfuñó.

Agarró un puñado de listones de la persiana y los estrujó para abrir un hueco por el que mirar.

-Da igual cómo o cuántas veces se lo pida. Le propongo ir al cine, al teatro, a un museo, a un restaurante, a dar un puñetero paseo. Pero siempre tiene una excusa, siempre está muy ocupado. Lo único que he logrado es que nos veamos dos veces en el Achicoria. Dos. ¿Y crees qué en esas dos ocasiones hemos aclarado lo nuestro?

Karel se encogió levemente de hombros, resignado a no tener participación activa en aquella conversación.

-No, claro que no. Es todo un experto en eludir los temas escabrosos. En mi vida he hablado de tantas banalidades. Por favor, si ni siquiera me deja cogerle la mano y ni te cuento la cara que pone si intento besarlo -agregó indignado.

-Me temía algo así -murmuró el publicista, vacilante.

-¿Por qué dices eso? -Morgan volvió la cabeza hacia él, desconfiado-. ¿Sabes algo? ¿Has hablado con Noel de nosotros?

-No -sacudió las manos en el aire con ímpetu-. No hablo de ti y de Kato con Noel. Nunca.

Morgan lo miró con curiosidad un instante antes de preguntar.

-¿Por qué motivo?

-Para evitar peleas -y antes de que insistiera, explicó-. Si hablamos de vosotros siempre terminamos discutiendo.

-No lo entiendo -negó.

-Es por Kato -eludiendo mirarlo directamente, cambió inquieto de postura-. Yo... bueno. Le acuso a menudo de hacerte infeliz con tanta indecisión y Noel trata siempre de justificarlo.

Morgan no pudo reprimir una sonrisa. Sintió de nuevo esa cálida ternura que de cuando en cuando Karel provocaba inconscientemente en él y sólo porque sabía cuál iba a ser su reacción, no se le aproximó para abrazarlo.

-Gracias "mamaíta" -le dijo con cariñoso tono.

-Déjate de bobadas -replicó comenzando a teclear, reticente a que sus ojos se encontraran.

Morgan fue a añadir un comentario jocoso más cuando notó movimiento en el pasillo. Al mirar descubrió lo que estaba esperando, a Kato y Noel cruzando ante el despacho.

-Ahí estás, maldito "hombre de cera" -musitó-. Karel, ha llegado el momento de ser un hombre o un ave de corral -se aproximó a la puerta y la abrió-. ¿Me acompañas?

El tecleo desenfrenado de los dedos del publicista fue lo único que se escuchó.

-Cómo quieras, gallina.

Salió al pasillo cerrando la puerta a su espalda. Tuvo que dar un par de rápidas zancadas para al alcanzar al modelo y su acompañante antes de que ambos empezaran a bajar por las escaleras.

-¡Buenos días! -saludó Morgan con un leve rastro de burla en su voz.

Noel, embutido en una cazadora tres cuartos de cuero de un lustroso color negro, se volvió hacia él con una mueca obsequiosa en los labios.

-¡Buenos días! -contestó.

Morgan atisbó por encima del hombro del modelo. Detrás de éste aguardaba Kato, el semblante relajado, la mirada indolente; nada en él recordaba al hombre que semanas antes había estado gimiendo lujurioso, abrazado con desesperada excitación a su cuerpo, luchando por apresarle la boca con sus exquisitos besos. Sintió la tentadora necesidad de evocarle aquel húmedo encuentro con algún sardónico comentario, pero en interés de unas gratas futuras relaciones se resistió.

-¡Buenos días a ti también!

El japonés se limitó a inclinar formalmente la cabeza con un gesto leve y lento que suscitó en Morgan unos incontrolables deseos de saltar sobre él y apretarle el cuello hasta que suplicara clemencia.

-¿Ya te vas? -inquirió dirigiéndose a Noel-. ¿No pasas a saludar a Karel? -apuntó con el pulgar en dirección al despacho del publicista-. Está ahí dentro. Posiblemente escondido debajo de la mesa.

-Eres injusto con él bromeando de esa manera -con relajada actitud, el modelo giró la cabeza hacia la planta inferior. La mayoría de los creativos y secretarias dispersos por la sala tenían puestos los ojos en él con más o menos discreción-. Para Karel aún es difícil enfrentarse a todo esto -comenzó a descender los peldaños-. Por eso voy a dejar mis saludos para la intimidad -se volvió hacia Morgan con una provocadora sonrisa-. Lo entiendes ¿verdad?

No creyó que valiera la pena responder, pero al ver que Kato hacia ademán de seguir al modelo, le detuvo interponiéndose en su camino.

-¡Ah, no! -negó con aire inocente-. Tú y yo tenemos que hablar.

El japonés alzó una ceja y frunció sutilmente los labios.

-Noel-san tiene asuntos importantes que tratar dentro de media hora. No podemos entretenernos con...-deliberó unos instante consigo mismo antes de completar la frase-, las ocurrencias de Morgan-san.

El aludido esbozó una sonrisa irritada.

-Cómo si me importara -gruñó, e inclinándose un poco hacia el japonés, declaró-. Vas a esperar a escuchar lo que te tengo que decir, o de lo contrario dejaré muy claro a mis compañeros de trabajo lo íntimos que nos hemos hecho de un tiempo a esta parte.

Kato se apartó de él con cierta sombra de enojo en su rostro.

-Yo no soy como Karel -puntualizó Morgan cruzando las manos sobre el pecho, triunfante-. A mí me importa una mierda lo que piense la gente. Si bajas las escaleras te meto mano aquí mismo.

El japonés inhaló con fuerza antes de volver el rostro hacia Noel, que se había detenido un par de escalones más abajo.

-Te espero en la puerta -le comunicó el modelo tratando, sin conseguirlo, de disimular el regocijo que la situación le provocaba.

Hasta que Noel no estuvo lo suficientemente alejado, Kato no se encaró con Morgan.

-¿Y bien? ¿Qué quiere ahora Morgan-san?

-¿Por qué no me dijiste que venías?

-Pensé que así habría menos posibilidades de que nos encontráramos.

-¿No querías verme? -se escandalizó.

-¿Sinceramente? -inquirió y sin esperar respuesta, añadió-. No.

-¿Por qué eres tan cruel? -protestó con resentimiento-. ¿Qué había de malo en que nos encontráramos?

-Esto -Kato señaló con la mano abierta el suelo-. Esta innecesaria escena.

-La culpa es tuya -la expresión en los ojos de Morgan se tornó hosca-. Estás continuamente esquivándome.

-Nos vimos ayer -replicó encogiendo cansadamente los hombros.

-Sí, por segunda vez y como en la primera ocasión para hablar del mal tiempo y los altibajos en la bolsa -sacudió desalentado la cabeza-. Ya te he dado suficiente tregua, ¿no crees?

El japonés apartó la vista.

-Necesito saber en qué situación nos encontramos -continuó Morgan, indiferente a su incomodidad-. Quiero creer que estamos juntos. Pero tú aún no me lo confirmas. Ni siquiera te interesa tener una cita conmigo. Únicamente nos hemos visto en dos ocasiones para tomar café y casi porque tuve que ponerme de rodillas para convencerte.

-Por favor, Morgan-san -Kato alzó la mano con gesto imperativo-. No podemos hablar de esto aquí. Por muy poco que le importe la opinión de los demás, es un tema muy delicado para tratarlo en estas circunstancias.

-¿Entonces?

-Tal vez podríamos vernos... -Kato se frotó dubitativo la frente.

-Esta tarde -confirmó tajante Morgan.

-Esta tarde será complicado -negó con la cabeza.

-No lo será.

-Tengo trabajo, mañana Noel-san...

-¡Kato! -le interrumpió autoritario.

El japonés arrugó el ceño ante la actitud imperativa de Morgan. Contempló su agitado rostro y constató que había en él más consternación que enfado.

-De acuerdo -aceptó resignado-. A las siete. En el mismo café. Ahora, si me disculpas, me esperan. Que pases un buen día, Morgan-san.

No replicó a su escueto y formal saludo, se sentía demasiado desilusionado para ser amable. Lo observó bajar las escaleras y reunirse con Noel en la puerta, tristemente esperanzado en que antes de marcharse le dirigiera una última mirada. Pero desapareció de su vista sin que hubiera hecho ni el intento de volverse.

-Sé que algo te ronda por la cabeza -musitó-. Lo sé.

Desde el día que se encontraron en el Achicoria tenía la sospecha de que Kato maduraba alguna idea en su mente. Comenzó a inquietarse cuando intentó iniciar una conversación sobre su relación y lo único que consiguió fue una educada petición por parte del japonés.

-Por favor Morgan-kun, dejemos ese tema para un poco más tarde. Cuando sea más oportuno.

No entendió lo de "más" oportuno. Al fin y al cabo estaban allí para abordar el tema. Pero decidió no insistir. Había logrado que aceptara verse con él; estaban sentados en la misma mesa, dialogando amigablemente. Tal vez debía darse medianamente por satisfecho, al menos de momento, y concederle un voto de confianza a la espera de que él mismo decidiera cuándo era la ocasión adecuada. Lo que no imaginó es que le sería tan complicado convencerlo de encontrarse nuevamente y que en esa segunda oportunidad seguiría igual de reticente a entrar en conversaciones comprometedoras. Aun así, no se había esperado un acto de indiferencia por parte de Kato como el que acababa de vivir. Para su disgusto, le había hecho recordar algunos de los momentos menos agradables de su relación.

-No volvamos al principio, por favor.

Notó una mano sobre el hombro y se giró a tiempo de ver el feliz rostro de Margaret.

-¿Hablando solo? -inquirió la mujer sonriendo ampliamente.

-Maldiciendo a mis enemigos -replicó con una mueca que trataba de ser burlona.

-Oye, ese era Noel Lean ¿verdad?

Morgan asintió con desgana.

-Ese hombre me pone loca -declaró alzando la vista al techo-. En Martinica soñaba todas las noches que le arrancaba la ropa a mordiscos.

-Quizás no deberías contarme esas cosas -negó.

-No te pongas celoso, corazón -le agarró una mejilla y tironeó de ella-. Contigo también sueño a menudo.

-Se lo contaré a tu marido -replicó pellizcándole a la vez uno de sus rechonchos mofletes.

-¿Quién dice que no lo sabe? -rió alegremente-. Por cierto. ¿Está Karel en su despacho?

Morgan asintió. Margaret giró ágilmente sobre sí misma, corrió hacia la puerta del publicista y tras un par de contundentes golpes la abrió asomando la cabeza al interior.

-¡Karel, tu novio es un bombón! -gritó, tan fuerte que Morgan la pudo escuchar perfectamente desde la escalera.

La respuesta del publicista fue algo parecido a un gorgojeo moribundo y un retahíla de estridente amenazas que la mujer coreó con fuertes carcajadas.

-Mierda, Margaret -se lamentó Morgan cruzándose de brazos y apoyándose en la barandilla de la escalera-. Ahora sí que habrá que sacarlo de debajo de la mesa.

 

 

 

El joven le sonrió.

-¿Otra vez por aquí, Morgan? -sacó de su mandil negro una libreta y un bolígrafo al que le habían mordisqueado repetidas veces el extremo-. Sabía que eras adicto a nuestra mezcla de café, pero ignoraba que no pudieras vivir sin ella.

Morgan se quitó el abrigo y se dejó caer con un resoplido en la silla que el camarero había retirado de la pequeña mesa para él.

-En realidad es por las vistas -movió la cabeza en dirección al ventanal de su izquierda desde el que se podía contemplar la calle-. Me he vuelto un mirón -colocó el abrigo sobre el respaldo de su asiento-. ¿Me traes un Lavazza tan cargado que tumbe a un elefante?

El camarero levantó sus rubias e hirsutas cejas.

-¿Te preparas para una noche de trabajo?

Chasqueó la lengua.

-Más bien para una dura contienda -replicó y aunque sonreía, su voz no acompañaba el gesto.

-Marchando un "tumba elefantes" para nuestro mejor cliente -canturreó el joven mientras se alejaba en dirección al mostrador situado al fondo del amplio local.

Morgan se acomodó cansadamente en su silla. Apoyando los codos en los reposabrazos consultó la hora en el enorme reloj circular de esfera cromada que había sobre el dintel de la puerta principal. Eran las siete menos diez minutos. Calculó que tenía exactamente nueve minutos antes de ver entrar a Kato haciendo gala de su perfecto sentido de la puntualidad. Entonces sucedería lo mismo que las veces anteriores. La numerosa clientela dejaría por un momento de beber y de charlar para observar a aquel oriental de inusual estatura, exquisita elegancia e impenetrable semblante, que impertérrito ante la admiración o desconfianza que pudiera suscitar, atravesaría el local sin prisa para ocupar el asiento ante él después de una escueta reverencia y un cumplido saludo.

-Interesante establecimiento -había comentado Kato después de un rápido examen visual la primera vez que entró en él.

Morgan se había sentido ingenuamente halagado ante la observación.

El Achicoria era su cafetería favorita. Hacía un par de años que conocía su existencia. En un principio le atrajo de ella la gran variedad de cafés importados que comercializaba. Kona de Hawai, Huehuetenango de Guatemala, Moka yemení o el costoso Blue Mountain procedente de Jamaica, eran algunos de los que podían encontrarse en su extensa carta. Más adelante comenzó a disfrutar de la cuidada molienda y de las mezclas exclusivas de la casa, así como de las distintas formas de presentación con que deleitaban a la clientela. Sin embargo, lo que terminó de conquistarlo fue la atmósfera distendida y cómoda que le recibía cada vez que lo visitaba y la original ambientación, que parecía haber sido escogida para su particular gusto. Las paredes estaban pintadas de distintas tonalidades, naranja, índigo, verde pistacho, haciendo juego con el mobiliario constituido por sillas, pequeñas mesas redondas, amplios sofás y mullidos sillones. Grandes ampliaciones fotográficas sin enmarcar de diferentes plantas, flores y frutos del café con un llamativo cromatismo, colgaban de las paredes e incluso de los ventanales. Al otro lado del mostrador, corto y espacioso, diversos expositores mostraban un número indeterminado de cajas de metal rojas ajustadas una contra las otras y con letreros en dorado con los nombres de los tipos de cafés que contenían. Debajo, se alineaban una decena de molinillos con sus depósitos de cristal atestados de oscuros granos de café, y dos grande cafeteras industriales. El personal, tres camareros y una encargada, se arremolinaba en el espació libre del mostrador, siempre en frenética actividad.

Morgan frecuentaba el establecimiento, si el trabajo no lo impedía, una vez por semana. Le gustaba hacerlo en solitario. Sentarse junto al ventanal del fondo, pedir un Lavazza o alguna variedad que aún no hubiera degustado, leer el periódico o simplemente disfrutar de su taza de café con la sutil música instrumental de fondo que solía animar el lugar junto el rumor de las distendidas conversaciones de la clientela. Si le apetecía tener compañía invitaba a Karel y en pocas ocasiones a alguna de sus amantes. Únicamente a aquellas con las que compartía amistad además de cama.

Citarse con Kato en el Achicoria no había sido sólo para aprovechar la comodidad y la intimidad que el local proporcionaba. Su principal intención era mucho más sentimental. Deseaba compartirlo con él, hacerle partícipe de un lugar que consideraba especial. Hablarle de la tranquilidad que le trasmitía, de lo delicioso que era el café, de la amabilidad de los empleados. Y no detenerse en el Achicoria. Quería mostrarle todo aquello que para él era querido e importante. Llevarlo a su galería de arte favorita, al restaurante donde le gustaba comer los viernes, al viejo cine al que sólo iba cuando ponían reposiciones de películas de Tarantino. Y también a la cancha de baloncesto donde los domingos jugaba con Karel y sus amigos Ben y Avery, a la mugrienta tienda de videojuegos cuyo dependiente siempre le ofrecía donuts de coco y a aquel pequeño café piano del Bronx en donde se podía disfrutar de un poco de buen soul y blues. Contarle cómo amaba su trabajo, cómo le fastidiaban sus jefes, lo feliz que le hacían las mañanas tranquilas de invierno adormilado entre las sábanas, lo mucho que amaba y extrañaba a su familia. Necesitaba abrirse a él, mostrarse tal y cómo era, para poder crear juntos esos instantes únicos en los que compartir lo que sus vidas encerraban. Pero Kato no se lo permitía. Con más o menos disimulo, continuaba cercenando todos los lazos que él trataba desesperadamente de crear entre ambos.

Meditabundo jugueteó con la pequeña bandeja que había en la mesa. Contenía varios cuencos con azúcar moreno, azúcar blanco, terrones y trozos ambarinos de azúcar rubia, sobrecitos pequeños de sacarina y un par de pequeñas cucharillas. Cogió una de ellas y la hizo girar entre los dedos.

Se había sentido tan inmensamente feliz cuando abandonó el apartamento del japonés. Frustrado físicamente sí, pero feliz. Kato finalmente había rendido sus murallas y cruzando el farragoso abismo de desavenencias, errores y desencuentros que los separaba, dando ese paso definitivo hacia él, ése por el que tanto había esperado. Dejando a un lado su impenetrable armadura se había entregado, mostrándole la fuerza, la pasión, el miedo que ocultaba tras su estudiada indiferencia, revelándose sin pudor, sin remordimientos como un ser terriblemente necesitado de sus atenciones, de su amor. Pero de algún modo no podía considerar lo ocurrido como algo real. A la luz del día, lejos de aquel momento idílico, Kato lograba con su distante actitud que todo pareciera una ilusión, si acaso un reflejo, una pista de lo que podría ser si quisiera, si realmente lo deseara.

El joven camarero apareció, interrumpiendo sus pensamientos. Con cuidado dejó sobre la mesa una humeante taza de café.

-Un Lavazza bien cargado -anunció y junto a la taza colocó una pequeña cesta con pastas en forma de perfectos corazones infantiles-. Y esto de parte de la encargada -sonrió guiñándole el ojo-. ¿Captas la indirecta?

Morgan miró hacia el mostrador. La mujer, dueña de una abundante cabellera dorada que se derramaba sobre sus hombros y de un rostro luminoso y risueño, le contemplaba, apoyada cómodamente en la barra, con unos grandes ojos castaños y una sonrisa jovial.

-Perfectamente -frunciendo exageradamente los labios, Morgan le lanzó un beso que la mujer fingió recibir en su mejilla-. Agradéceselo de mi parte, ¿quieres?

-Por supuesto -asintió animado mientras se marchaba-. Pero ella preferiría que tú lo hicieras en persona.

Tomó la taza y la acercó a los labios. Notó el calor y cómo el fuerte aroma impactaba en su nariz sofocando cualquier otro olor. Disfrutó de él unos segundos antes de volver a colocar la taza sobre su platillo en la mesa. Debería aguardar un poco si no quería abrasarse con el hirviente líquido.

Aquella idea le trajo a la mente otra que provocó que un cálido cosquilleo le recorriera el cuerpo haciendo que se estremeciera. Había otras cosas además del café recién hecho que podían quemar.

Se hundió un poco en la silla y pensativo contempló a través del ventanal la animada calle profusamente iluminada por la luz artificial de las altas farolas. 

Le había sucedido en numerosas ocasiones. Desde el fugaz escarceo en el apartamento del japonés, no sólo soñaba casi todas las noches con la tórrida escena, sino que sorpresivamente el recuerdo le asaltaba en momentos inesperados, asociado usualmente a las más dispares ideas. Como justo acababa de producirse, cuando el calor del café le había hecho rememorar los labios de Kato. Quizás porque ambos le resultaban deliciosos o porque de igual manera, los dos podían abrasar.

Eran considerables las veces que en el pasado había fantaseado con ese momento, divagando sobre cómo serían sus besos, su cuerpo, cómo sonaría su voz embriagada de placer. Para su asombro la realidad había superado con creces todas las expectativas. ¿Cómo habría podido imaginar la suavidad de su aterciopelada piel? Su terso rostro, sus firmes y apetitosos labios, y esa forma de agitarse entre sus brazos, de moverse contra su cuerpo.

Distraído, se llevó los dedos hacia el rostro y con las yemas acarició sus mejillas notando el cosquilleo sutil de la incipiente barba. Su piel no era como la de Kato, no poseía esa trémula tersura que la hacía tan deseable, ni sus miembros la misma sensual flexibilidad. La sustancial diferencia le abrumaba. Temía que sus manos fueran demasiado grandes y torpes y que su cuerpo resultara excesivamente musculoso para el gusto del japonés. Y también que sus caricias no fueran las esperadas, las correctas. Por primera vez desde su adolescencia, se sentía decepcionado de su aspecto físico y nada satisfecho de su experiencia.

Con los codos apoyados en los reposabrazos de la silla, dejó que su cuerpo se deslizara en el asiento un poco más hacia abajo.

¿Cómo sería el resto de su cuerpo? ¿Lo que no pudo ver oculto bajo el pantalón? Había detenido sus caricias justo en la simbólica frontera que creaba la cintura de la prenda y no precisamente porque tuviera la intención de alargar el juego erótico. El japonés lo había tachado de fanfarrón y no se equivocaba. El supuesto experto además de una tremenda erección había tenido dudas de no estar a la altura. ¿Sus manos habrían sabido tomar a Kato con la misma seguridad que él le tomó? ¿Acariciarlo sin inquietarse porque era la primera vez que tocaba de una forma tan íntima a otro hombre? ¿Habría sido capaz de llegar hasta el final o por el contrario se habría sentido confuso ante su supuesta nueva orientación sexual?

-¿Te encuentras bien, Morgan-kun?

La voz del japonés le sobresaltó. Lo vio de pie ante él ataviado con su largo abrigo negro de Armani, mirándole con interés y una tenue sombra de preocupación en sus oscuros ojos.

-Sí -balbució sin querer mover un sólo músculo-. ¿Por qué lo dices?

-Morgan-kun parece sofocado -comentó mientras se despojaba del abrigo, debajo lucía un elegante traje azul-. Tiene las mejillas algo enrojecidas.

Morgan se acomodó en su asiento. Al hacerlo notó la inoportuna tensión en su ingle.

-Tranquilo -inhaló con fuerza y tomó la taza de café-. Sobreviviré.

Nada más se hubo sentado Kato, el joven camarero, portando libreta y bolígrafo, hizo acto de presencia.

-¡Buenas tardes! -saludó alegremente-. Veo que nuevamente nos visita. Eso quiere decir que disfruta de nuestro local. Me alegro mucho. Permítame recomendarle nuestra...

El japonés le miró directamente cortando su discurso de bienvenida.

-Le agradezco la amabilidad -dijo y por su expresión displicente se diría que le estaba perdonando la vida-. ¿Me serviría un té? Té verde, por favor.

Las cejas del joven temblaron levemente.

-Claro. Pero teniendo a su disposición tantos tipos de café diferentes y de tanta calidad, sería una lastima...

La silenciosa mirada que le dedicó, lo hizo enmudecer nuevamente.

-No insistas, Rob -le aconsejó Morgan, sopló sobre su café antes de intentar probarlo-. Mi amigo es hombre de costumbres y gustos encasillados -al ver que Kato le dirigía la misma mirada cargada de aspereza le mostró la punta de su lengua-. Si no quiere disfrutar de lo bueno peor para él. Tráele ese té insípido que servís aquí.

-Morgan... -se lamentó el joven rascándose incómodo su rubia cabeza-. No digas eso, por favor. Nuestro té también es de calidad.

Esta vez fue el turno de Morgan de mirarlo en silencio.

-De acuerdo -suspiró con aire dócil-. Ya me voy.

Sonrió al verlo marchar. Bebió un sorbo del amargo café y contempló al japonés.

Sentado ante él con una pierna cruzada y acomodado relajadamente en su silla se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con un pañuelo de papel que sacó del bolsillo de su chaqueta.

-¿Te ha parecido correcto que te haya denominado amigo? -inquirió Morgan con la taza en alto-. ¿O habrías considerado más adecuado que te calificara de amante, pareja o enemigo?

El japonés detuvo el movimiento circular con el que frotaba los cristales. Los miró al trasluz y volvió a colocar las gafas sobre el puente de su nariz.

-Directo al tema -apuntó.

-Hoy no vas a conseguir que dé vueltas a tu alrededor como un tonto -aseguró-. Creo que ya he sido demasiado paciente. Merezco un poco de respeto por tu parte, ¿no te parece?

-Respeto y paciencia son dos palabras que suenan confusas en tu boca, Morgan-kun -replicó flemático.

Morgan le dio un par de tragos largos y lentos a su café. Dejó la taza sobre el platillo y tomó una de las pastas.

-Te lo mostraré para que lo entiendas -dijo en un tono de voz hueco.

Cerró el puño con fuerza sobre el dulce haciéndolo crujir. Al abrir la mano los trozos cayeron dentro del cestillo.

-Esto es lo que estás haciendo conmigo -sus pupilas fijas en Kato eran dos puntos de profunda tristeza-. Destrozarme.

El japonés apartó la vista volviendo el rostro hacia el ventanal.

-No puedo seguir con esta incertidumbre -confesó Morgan con firmeza-. Lo entiendes, ¿verdad? Te amo y necesito saber lo qué tú sientes por mí.

En su asiento, Kato cambió de postura con un movimiento rígido, cruzó los brazos y continuó con la vista puesta en el paisaje urbano desplegado tras el cristal.

-Lo del otro día en tu casa no fue suficiente -apoyó los brazos en la mesa para poder inclinarse un poco hacia delante, buscando acortar la distancia que los separaba-. Creí que sí. Pero tu comportamiento posterior no ha hecho sino confundirme. Es como si te hubieras arrepentido y no supieras de qué forma decírmelo.

Vio que los labios del japonés se fruncían levemente y que su entrecejo se estrechaba.

-¿Es eso? -insistió Morgan con la voz vibrante y ronca y las manos aferradas al borde de la mesa-. ¿Quieres qué dejemos lo que ni siquiera hemos empezado? Dímelo, por favor. Al menos ten esa deferencia conmigo.

Los párpados de Kato subieron y bajaron repetidas veces, sin que otro movimiento turbara su indescifrable expresión.

-¿Quieres qué ésta sea la última vez que nos veamos? -sus palabras, como un eco sordo y cavernoso, se elevaron sobre la música y el murmullo blando de las conversaciones-. ¿Es lo qué quieres?

Miró al japonés, y lo único que percibió en él fue un ligero temblor en sus apretados labios. Sintiendo que en su interior algo se retorcía dolorosamente, cerró los ojos y con energía se masajeó la frente.

El camarero llegó portando una bandeja, en ella había una tetera pequeña de aluminio y una taza alta. Tuvo el propósito de hacer patente su presencia con un inofensivo comentario, pero al ver la abatida pose de Morgan y la actitud adusta de Kato, optó por dejar el servicio de té sobre la mesa y marcharse con discreta corrección.

Fue el japonés quien terminó por romper el silencio al cabo de unos segundos.

-No quiero -dijo con cierta contenida inquietud en su voz.

Morgan alzó rápido los ojos hacia él.

-No quieres, ¿qué?

Con la vista puesta en la helada noche de New York, Kato respondió:

-Que esta sea la última vez.

-¿Y eso significa...? -preguntó expectante.

El japonés acercó los dedos a sus labios como si hubiera algo en ellos que necesitara ocultar.

-Que no quiero que me dejes.

Morgan contuvo la respiración. Había esperado mucho para poder escuchar algo parecido; palabras que significaran que podía por fin liberarse de la dolorosa incertidumbre, del cruel rechazo, que le permitieran desechar el pesimismo y la derrota. Palabras convertidas en un regalo para su maltrecho corazón. Sin embargo, una vez pronunciadas, no las sentía como el bálsamo que había estado necesitando, sino más bien como un arma de doble filo.

-¿Pero? -adujo.

Inquisitivos, sus ojos examinaron el rostro de Kato, y tras su pétrea máscara y aquellas insoldables pupilas, intuyó que algo impreciso se agitaba.

-Porque hay un pero, ¿verdad?

El japonés se volvió hacia él con un gesto resignado.

-Existen ciertas intimidades que desearía no tener que exponer abiertamente a nadie -apoyó los codos en la mesa y enlazó las manos-. Pero he llegado a comprender que con Morgan-kun mi libertad de decisión queda a veces seriamente limitada -tomó una larga bocanada de aire ante de volver a hablar-. Por algún motivo, en los últimos tiempos he sido más consciente de esa sensación de ausencia, de vacío, que desde hace mucho sé que me acompaña, pero que nunca había sentido tan patente. Me es posible convivir con ella, lo he hecho siempre, pero... sin entender muy bien por qué -cerró un momento los párpados y al volverlos a abrir evitó mirar directamente a los ojos del hombre que anhelante aguardaba sus palabras-, ya no quiero hacerlo. Deseo que Morgan-kun se sienta atraído por mí. Que intente llenar ese vacío. Sin embargo... -hizo una pausa y por un instante dio la impresión de que no encontraba el modo de continuar-, no sé si sólo Morgan-kun podría o si valdría cualquier otro.

Morgan se recostó contra el respaldo de su asiento. En su rostro no había rastro de enojo o sorpresa; su expresión era más bien ausente. Únicamente sus verdosos ojos parecían más hundidos, menos luminosos.

-No ha sido tan difícil soltarlo ¿verdad? -suspiró al cabo de un rato de observar en silencio al japonés.

-Te equivocas. No es algo agradable de confesar. Y entiendo que tampoco lo es oírlo - inclinó la frente contra sus manos ocultando el rostro-. La otra noche en mi apartamento después de la marcha de Morgan-kun, estuve meditando largamente sobre lo sucedido y me asaltaron las dudas -bajó un poco el tono, como si las palabras le pesaran y se le agarraran a la garganta-. Pensé que quizás estuviera actuado egoístamente y me acometió el temor de estar utilizando los sentimientos de Morgan-kun solamente para sobrellevar mi soledad. Decidí que lo más acertado era darme un tiempo para reflexionar; eludir encontrarnos era una consecuencia de esa decisión. No puedo decir que haya logrado eliminar mis dudas, pero es inapropiado seguir ignorando lo injusto y también cruel que es mantener en el desconocimiento sobre esta circunstancia a Morgan-kun. Además -añadió alzando por encima de las manos unos ojos salpicados de reproche-, has exigido conocer mis sentimientos. 

-Ya, ya -tomó la taza de café y bebió de ella con aparente naturalidad, pero al dejarla de nuevo sobre el platillo, su mano tembló ligeramente haciendo tintinear la loza -. Como siempre es culpa mía terminar cubierto de mierda.

-Morgan-kun... -regañó cansadamente-. No hables de ti mismo en esos términos.

-¡Qué importa! -gruñó agitando una mano en el aire-. Y dime, ¿qué debería hacer ahora? ¿Agradecerte tu sinceridad? La verdad, hubiera preferido que te decidieras a abrir la boca antes. Cuando nos vimos al día siguiente habría sido un buen momento, ¿no crees?

-Entonces no sabía aún qué decir exactamente... -murmuró.

-¿Y ahora sí? -inquirió susceptible. 

-Sé que debo dar a Morgan-kun la información necesaria para poder tomar una decisión -volvió a reclinar la cabeza sobre sus manos-. No quiero que terminemos caminando en diferentes direcciones. Pero en esta situación yo entendería...

Morgan frunció contrariado el entrecejo ante aquella frase a medio terminar, pero no hizo ningún comentario.

-Entendería que no quisieras comprometerte en una relación que por mi parte sería tan imprecisa -concluyó con la voz empañada de inseguridad-. Si decides...

-Nunca pensé que fuera a ser fácil -le interrumpió adustamente.

Kato no mostró su rostro, pero sus manos se enlazaron aún con más fuerza.

-Quizás porque te conozco mejor de lo que imaginas y de lo que yo mismo puedo prever, no me has tomado por sorpresa -hablaba sin acritud, pero sus pupilas se hallaban enturbiadas por un delator velo de decepción-. No es que no deseara escuchar que estás locamente enamorado de mí, pero he de admitir que me habría sonado un poco falso. Después de todo enamorarse no es algo de lo que uno pueda estar seguro de la noche a la mañana. Tiene su proceso descifrarlo, te lo aseguro. Resultaría comprensible que te hallaras en esa fase. Si fuera así puedo aceptarlo. Pero, ¿es así?

Agarró las manos del japonés y las bajó con un vehemente gesto. Tomado por sorpresa, Kato no se resistió, sino que se quedó completamente inmóvil permitiendo el caliente contacto de los dedos de Morgan.

-¿Quieres averiguar lo qué realmente sientes por mí o te conformas con fingir que sientes algo por mí?

El japonés volvió discretamente la vista hacia el local e hizo ademán de deshacerse de las manos que le apresaban.

-Te lo dije -Morgan aumentó sin remordimientos la tensión con la que lo retenía evitando que lograra soltarse -, no quiero de ti un poco de sexo de cuando en cuando. No busco que seas mi amante. De eso he tenido suficiente. Quiero tu amor. Necesito que te enamores de mí. Y si ese "vacío" tuyo pretendes llenarlo follando, lo dejamos aquí y ahora.

-No he hecho en ningún momento referencia al sexo -objetó en un tono incómodamente ofendido-. Malinterpretas mis palabras. Y por favor, suéltame. Comienza a ser embarazoso. 

-No malinterpreto nada -relajó un poco la fuerza de su agarre pero no aceptó soltarlo-. Para mi pesar te he entendido perfectamente. No sabes si soy un entretenimiento pasajero pero oportuno o si realmente me amas. Bien. Pues empieza a averiguarlo.

Inesperadamente lo soltó.

Al verse libre Kato retiró las manos con cautela ocultándolas bajo la mesa.

-¿Averiguarlo? -musitó distraído de la conversación por la sensación candente que el contacto de Morgan había dejado en su piel.

-Sí -asintió, a su boca acudió una lánguida sonrisa-. Y deberías de comenzar tus pesquisas tratando de conocerme mejor -apoyó el codo en el reposabrazos y la mejilla en su puño cerrado-. Dime, ¿realmente has intentado conocerme?

Aquella era una pregunta a la que Kato podía replicar afirmativamente con relativa eficacia y rapidez, acompañada de algunos ejemplos ilustrativos de los conocimientos que tenía sobre su persona. Pero el japonés sólo movió débilmente los labios, en un mudo gesto. A su mente había acudido la imagen de un tablero de Go y de una partida inacabada. Una hermosa partida de la que no había sabido disfrutar porque creyó conocer demasiado bien a su contrincante.

-Tengo una teoría -continuó Morgan, la opaca tristeza de su mirada parecía no querer disiparse a pesar de que la expresión de su rostro se había tornado cordial-. No te esfuerzas en conocerme porque temes que lo que descubras de mí te guste. Te guste demasiado -añadió al verle levantar una ceja disconforme-. Por eso me has estado evitando y no hemos tenido aún una cita decente.

-¿Morgan-kun ha escuchado algo de lo que le he contado? -se lamentó, arrugando la frente-. Son mis dudas sobre esta relación lo que me ha empujado a mantener la distancia.

-¿Unas dudas que quizás nazcan de lo poco que sabes de mí?- inquirió, retándole con los ojos a contestar.

Kato no mostró interés en aceptar su desafío. Tomó la tetera de aluminio y vertió la verdosa infusión en la taza. La acercó a los labios y aspirando desconfiado el aroma que se desprendía de ella, probó un pequeño sorbo. La expresión de su rostro cambió repentinamente tornándose molesta.

-¿Frío? -sugirió Morgan.

-Insípido -rectificó.

-Como todas las veces que lo has pedido -desaprobador sacudió la cabeza-. Si tienes un paladar tan delicado deberías haber aceptado la oferta de Rob de cambiarte al café. Te propongo una cosa. Sal conmigo este domingo y te prometo que te llevaré a donde preparan el mejor té de New York.

El japonés lo miró de soslayo, con desconfianza, mientras removía el líquido del la taza haciéndola girar con cuidado.

-Venga, acepta -le animó-. Tú y yo. El domingo. No será tan malo como piensas, te lo aseguro. ¿Quieres?

-Parece que no tendré más remedio -murmuró bajando la vista y mojando los labios en la tibia infusión-, si deseo conocer a Morgan-kun.

 

 

 

Morgan corría por Park Row esquivando a los viandantes que paseaban disfrutando de la inusual mañana de sol con la que la ciudad se había despertado, menos fría de lo habitual para un domingo de mediados de febrero.

No daba crédito a lo que le sucedía. Llegaba tarde a su ansiada cita con Kato. La última vez que había consultado el reloj, justo después de tropezar con el hombre anuncio apostado a la salida de la boca de metro de Brooklyn Bridge - City Hall, pasaban más de diez minutos de la una. Había perdido demasiado tiempo bromeando con los chicos en el vestuario después del partido de baloncesto. Asegurándose de que su barba quedaba perfectamente rasurada y que sus cabellos presentaba un aspecto impecable. Escogiendo la ropa que iba a vestir. Ultimando por teléfono los detalles finales de su cita. Como pago a tan negligente sentido organizativo tendría que soportar que Kato le dirigiera una de esas miradas de condescendiente arrogancia que tanto le gustaba lucir para él.

Esquivó a una señora que empujaba un carro de bebé y guiaba de la mano a un niño pequeño. El gesto le hizo aproximarse demasiado a dos chicas que paseaban y que al notar su cercanía se apartaron a un lado con una exclamación apurada. Morgan se giró hacia ellas disminuyendo su carrera lo suficiente para poder disculparse.

-Perdonadme, por favor -pidió alejándose de ellas.

Las muchachas cambiaron el gesto airado de sus rostros por una gran sonrisa cuando lo vieron volverse. La más alta, vestida con un ajustado abrigo rojo de lana, hizo un comentario jocoso sobre su trasero que arrancó una risa coqueta a la otra. Pero Morgan, alejándose de ellas rápidamente, no alcanzó a escucharlo.

Se sintió curiosamente extraño. No se reconocía. Hacía unos meses no hubiera dudado en tomarse tiempo para poner en práctica sus encantos y averiguar qué podían aportarle aquellas dos jóvenes. En cambio, su existencia había cambiado hasta el punto de preferir, antes que un rato de entretenido flirteo con dos hermosas mujeres, correr para no llegar demasiado tarde a una cita con un hombre que sin duda lo primero que haría al verlo sería recriminarle su falta de cortesía por hacerlo esperar y lo segundo, muy posiblemente, recordarle que aún no sabía cuáles eran sus sentimientos hacia él.

Al llegar frente a la verja abierta que daba acceso a la avenida principal del City Hall Park frenó en seco. Agarrándose a la reja de hierro tomó aire profundamente para poder acompasar la respiración. Al fondo, enhiesto junto a la fuente que se alzaba en mitad de una plaza circular cercada por altos manzanos desnudos de hojas, descubrió la inconfundible figura del japonés destacando entre los paseantes. Cuando sintió que sus pulmones volvían a llenarse y vaciarse con un ritmo más calmado, se dirigió hacia él sin apresurar el paso.

Le había partido el corazón. La última vez que se habían visto en el Achicoria, Kato le había roto de nuevo el corazón. Esa era la pura verdad. Fingió que su confesión no le afectaba y aunque fuera sincero al admitir que la comprendía, le supuso un gran esfuerzo no dejar entrever el daño que le infligía. No mintió al decir que no le tomaba por sorpresa, mas se guardó de exteriorizar lo mucho que odiaba haber tenido que escucharlo. Lo peor era que ante tanta sinceridad quedaba completamente desarmado y con una única opción, esperar. Y eso le hacía sentirse como un jugador de póquer, con la apuesta de su vida sobre la mesa, aguardando a que su contrincante levantara las cartas.

El japonés no lo vio llegar. De espaldas, con las manos en los bolsillos de su abrigo, observaba la cuadrada fuente de granito, espléndida con sus farolas de cuatro brazos situadas en cada esquina, la torneada columna de hierro en su centro sosteniendo la amplia pila y el cuidado remate formado por una pequeña esfera dorada y una cruz. Los cuatro chorros de agua que normalmente surgían de cada esquina en dirección a la columna para caer sobre la pila habían sido anulados y el fondo de la fuente convertido en un parterre de campanillas blancas, narcisos amarillos y prímulas púrpuras.

Morgan se detuvo a unos pasos sin hacer ruido.

Estaba nervioso, y eso le desconcertaba. Las primeras citas no le inquietaban, nunca. Pero era evidente que ésta sí y conocía bien la razón. Arriesgaba mucho en ella. No podía ser como cualquier otra, no debía limitarse a un mero encuentro mundano plagado de tópicas situaciones, una pobre replica de las numerosas citas de las que había disfrutado a lo largo de su juventud y madurez. Kato no era una de sus amantes de un par de noches, ni siquiera era una mujer. Una cena cara, un espectáculo elegante, una copa a solas; el conjunto le había servido siempre como buena carta de presentación para conquistar un cuerpo. Sin embargo en esta ocasión no era el cuerpo el objetivo, sino el alma. Y para seducirla sólo había hallado un medio, entregando la suya.

-El ayuntamiento corta el suministro de agua en invierno -explicó de improviso.

Kato se volvió hacia él al oír su voz. Tenía el rostro algo pálido y la expresión de sus ojos distante.

-Es para evitar que se congele y pueda dañar el sistema -Morgan salvó la distancia que los separaba y señaló la fuente-. Y para que la gente no la utilice como papelera, la convierte en un pequeño jardín.

-Buenas tardes, Morgan-kun -saludó.

Hizo el intento de consultar su reloj de pulsera pero Morgan le detuvo asintiendo vehemente con la cabeza.

-Lo sé -admitió, juntó sus manos dando una sonora palmada e inclinó la cabeza un poco hacia ellas-. He llegado tarde. Suplico que me perdones. Me entretuve porque quería estar atractivo y seductor para ti.

Los párpados del japonés se entornaron lentamente a la vez que su entrecejo se poblaba de diminutas arrugas.

-No te enfurruñes que es una broma -se apresuró a explicar-. Para romper el hielo. Por favor Kato, ¿dónde escondes tu sentido del humor?

-Ya que por fin Morgan-kun ha llegado, ¿podríamos ir a dónde sea que quiera llevarme? Hace una temperatura un tanto desapacible en este parque.

-Lo siento -se lamentó sinceramente, alargó la mano y le rozó la mejilla con los dedos-. ¿Tienes frío?

El gesto tomó por sorpresa a Kato que no acertó a apartarse antes del contacto como hubiera sido su intención. Notó las templadas yemas en su piel y una sensación caliente le ascendió por el rostro. Dio un paso atrás y ladeó la cabeza para alejarla de los suaves dedos. La sonrisa de Morgan le reveló que aquel era ya un movimiento inútil y también lo que significaba la incipiente quemazón en sus mejillas.

-¿Y ese sonrojo? -inquirió con divertida malicia. Sentía cierto deleite al comprobar que no sólo era él quien sufría con la asociación de ideas-. ¿Te has acordado de algo cuando te he tocado?

-Sí -Kato arregló las solapas de su abrigo que de por sí ya estaban perfectas-. De lo inadecuado de esta cita.

-Qué poco amable -protestó y ante el asombro incómodo del japonés lo agarró por el antebrazo y echó a andar tirando de él-. Si dices esas cosas creeré que no quieres salir conmigo. Y si no lo haces no podrás comprobar por ti mismo la estupenda tarde que he preparado.

-Morgan-kun, puedo caminar solo -le informó con estoicismo.

-He de admitir que va a resultar una cita tipo -continuó agarrándolo por el brazo sin atender a sus quejas-. Almuerzo, espectáculo y copa. Pero no por ello pienses que no disfrutarás.

-Morgan-kun, por favor -insistió-. Devuélveme mi brazo. Soy un adulto y me estás haciendo sentir como un niño. Sólo dime dónde vamos y te seguiré.

El aludido se detuvo y lo soltó despacio.

-Llevamos juntos apenas unos minutos y ya es la tercera vez que me tengo que disculpar -se rascó la cabeza sonriendo a medias, turbado-. Creo que estoy algo nervioso.

Kato lo contempló un momento con curiosidad.

-Dudo que Morgan-kun sepa lo que es estar nervioso -comentó con gélida tranquilidad-. Nada más actúa tan inconscientemente como es de esperar en un cabeza hueca como él. No podremos congeniar nunca.

Se quedó rígido ante sus palabras, como si acabaran de atravesarle de parte a parte.

-No pongas esa cara -le pidió el japonés con una esquiva sonrisa maliciosa y un tenue brillo de triunfo en sus profundas pupilas-. Es broma. Para romper el hielo.

Morgan lo observó con irritado resentimiento.

-¿No querías ver dónde escondía mi sentido del humor?

-Tu sentido del humor apesta -gruñó, le hizo una seña con la mano para que le siguiera y se encaminó hacia la salida del parque-. Aunque creo que tendremos que conformarnos con eso. Pero si de aquí al restaurante vuelves a hacer uso de él, yo posiblemente haga uso de mi pie contra tu culo.

 

 

 

-¿Esto es para Morgan-kun un restaurante?

Morgan sonrió feliz. Era la tercera vez que Kato hacía la misma pregunta en menos de medio minuto y en cada ocasión le había parecido percibir que había un timbre de terror detrás de cada palabra.

-Sirven comidas, ¿no?

El japonés señaló el deteriorado y mugriento carro de perritos calientes junto al que se habían detenido.

-Ahí no sirven nada comestible.

Morgan se volvió hacia el dependiente, apostado detrás del carro bajo la precaria protección de una sombrilla descolorida atada con cinta americana a una de las ruedas.

-No se lo tomes en cuenta Gilbert. Mi amigo es un poquito esnob.

El hombre, rechoncho y bajo, de rostro moreno, barba descuidada, desigual y oscura y ojos pequeños y nublados, los contempló a ambos con absoluta apatía. Lucía un delantal con los colores de la bandera estadounidense, salpicado de manchas de todas las tonalidades y densidades posibles y un gorrito romboidal demasiado pequeño para las dimensiones de su testa. Con su mano derecha sostenía unas pinzas metálicas y con la izquierda insistía en rascarse la barba.

-No -Kato movió la cabeza de derecha a izquierda-. No tengo la más mínima intención de tomar nada que salga de ese artefacto -se giró hacia el vendedor un tanto pesaroso-. Disculpe si mis palabras le ofenden.

El hombre levantó una de sus pobladas cejas y la volvió a bajar sin dejar la entretenida ocupación de rascarse.

-Kato, deberías de ser menos prejuicioso -le reprendió-. Estás ante una de las figuras más representativas de esta ciudad. ¿Sabes cuantos años lleva Gilbert vendiendo perritos calientes en la esquina del Municipal Building? -señaló con ambas manos el monstruoso edificio de granito bajo cuya sombra se encontraban-. Díselo tú, Gilbert.

El hombre levantó su mano izquierda y mostrándola abierta la sacudió tres veces en el aire.

-Quince años -tradujo Morgan-. Es el más veterano de todos los vendedores de perritos calientes de esta ciudad. ¿Pero sabes lo más increíble? Se alimenta de su propia mercancía y aún esta vivo.

Kato resopló contrariado e hizo ademán de marcharse.

-Espera, espera -se paró ante él-. Confía en mí, por favor. Te aseguro que nunca habrás probado algo igual en tu vida. ¿Verdad, Gilbert?

El dependiente dejó de seguir el vuelo de una mosca para mirar a Morgan.

-Es parco en palabras -aclaró dedicándole al hombre una limpia sonrisa-. Pero único haciendo perritos.

El japonés suspiró, encogiéndose de hombros.

-De acuerdo. Morgan-kun gana.

-Dos especialidades de la casa y dos grandes con pajita -se apresuró a pedir.

Como un autómata que hubiera estado desenchufado y al que acabaran de conectar nuevamente a la corriente eléctrica, el dependiente inició una frenética actividad en la que tras abrir y cerrar repetidas veces los contenedores del carro, trastear con el papel encerado, alcanzar y llenar los vasos de papel y vaciar los surtidores de ketchup y mostaza, entregó a Morgan dos atiborrados perritos calientes y un par de vasos de coca-cola con un pajita incrustada en sus tapaderas.

-Recuérdame cuánto es Gilbert -le pidió.

Pasó los perritos a Kato, que los recibió con asqueada precaución, para poder buscar su cartera. El dependiente movió a un lado y a otro su enorme cabeza.

-¿No me cobras? -sonrió-. ¿Por los viejos tiempos?

Como respuesta el hombre esgrimió una enorme sonrisa que dejó al descubierto una dentadura de dientes blancos y torcidos.

-Por los viejos tiempos -Morgan tomó los vasos y los dirigió hacia el dependiente en señal de saludo-. Gracias, amigo.

Miró a Kato, quien parecía bastante preocupado por un goterón de mostaza que amenazaba con caer de uno de los perritos directamente sobre sus dedos, y le indicó que lo siguiera. Caminaron rodeando el Municipal Building hasta llegar a una zona ajardinada con altos sicomoros. Morgan señaló un banco de hierro y listones de madera y ambos se sentaron. Con habilidad cambió un perrito de las manos del japonés por un vaso. Se recostó contra el recto respaldo y cerró los ojos suspirando. El sol se abría paso entre las deshojadas ramas de los árboles cayendo mansamente sobre ambos. Morgan alzó el rostro buscando el calor de los rayos solares.

-Me encantan estos días de invierno -murmuró, abrió la boca todo lo que pudo y antes de morder su conglomerado de pan, carne, cebolla y salsas, canturreó-. ¡Qué aproveche!

De un sólo bocado, gran parte del bocadillo terminó dentro de su boca. Mientras masticaba gruñidos de placer surgían de su garganta.

-Lo echaba tanto de menos -se lamentó-. Llevaba años sin comerme uno de los perritos de Gilbert -se volvió hacia Kato y le animó agitando su vaso-. Vamos, ¿a qué esperas? Pruébalo.

Kato contempló desconfiado aquello que sostenía entre sus dedos.

-Itadakimasu1 -dijo sin ningún entusiasmo.

Con sumo cuidado mordió un extremo. Masticó mecánicamente y tragó casi al instante.

-¿Nunca he probado nada igual? -inquirió sarcástico.

Morgan sorbió ruidosamente de la pajita de su vaso, dio un nuevo y contundente mordisco, y mientras masticaba sus labios se arquearon en una satisfecha sonrisa.

-Algo tan deplorable seguro que no -rió una vez hubo tragado-. Me apostaría la cabeza que en todo el tiempo que llevas viviendo en New York, nunca habías comido uno. ¿Me equivoco? -volvió a beber antes de inclinar la cabeza hacia atrás y cerrar nuevamente los ojos-. Realicé mis estudios universitarios en esta ciudad. Toda una gesta, te lo aseguro. Mi familia no podía hacer frente a los gastos que supone una carrera. Solicité una beca que no supe que me había sido denegada hasta que llegue aquí, así que tuve que buscar la manera de conseguir dinero. Karel y yo, él también se ahogaba en deudas, ejercimos un sin fin de empleos a media jornada, a cual más insufrible. Yo trabajé de mensajero durante algún tiempo, demasiado. Ya sabes, de esos que van en bicicleta y son las presas naturales de los taxistas neoyorquinos. Esta era mi zona -abrió los ojos y miró a su alrededor con aire nostálgico-. Mis días pasaban entre clases, horas de estudio y fatigoso pedaleo. Nunca tenía tiempo para detenerme a comer, así que entre servicio y servicio me acercaba al puesto de Gilbert y en menos de diez minutos engullía una de sus especialidades sentado en alguno de estos bancos.

Mordió el perrito tratando de no dejar caer nada de su contenido y masticó en silencio. Ladeó la cabeza hacia el japonés, que examinaba con suspicacia y detenimiento su comida.

-Pensé en llevarte a un lujoso restaurante, al Jean Georges o al Gordon Ramsay.  Pero luego se me ocurrió que para ti no debía de tener nada de especial comer en uno de esos lugares. Y de pronto me acordé de los perritos de Gilbert, y de estos bancos, frescos en verano, soleados en días de invierno como éste. Y se me ocurrió que quería estar aquí contigo.

Kato recorrió con la mirada el ajardinado entorno, los bancos ocupados por hombres y mujeres de aspecto relajado, los niños ataviados con gorras y bufandas correteando entre los parterres adornados con cuidadas flores, el juego de manchas difusas que las ramas empujadas por el aire derramaban sobre el adoquinado suelo.

No había nada de particular en él. Era uno de los muchos parques urbanos encajados entre cemento, hierro y hormigón que podían encontrarse en cualquier gran metrópoli del mundo. Anónimo, corriente, irrelevante.

Observó el rostro de Morgan, la tranquilidad que emanaba de sus delineados rasgos, el destello melancólico de sus pupilas, la suave curva de sus sonrientes labios, y supo que aquel lugar no era sólo un pedazo ínfimo de ciudad, sino también una imagen con detalles únicos perdida en la memoria del hombre sentado a su lado. Un momento del pasado asociado a un tiempo diferente, a sensaciones irrepetibles, un fragmento insignificante de un instante irrelevante atesorado en la memoria.

  -No tienes porqué comértelo -le aseguró Morgan con una comprensiva sonrisa-. Hay una pequeña cafetería cerca en la que podemos tomar algo más decente.

El japonés se reclinó en el respaldo del banco, dio un par de bocados a su perrito y silenciosamente masticó con la vista puesta en el cielo que se atisbaba entre las ramas.

-Es verdad. Nunca antes había comido uno -dijo antes de dar un nuevo bocado.

 

 

 

A su pregunta de ¿y ahora qué hacemos? Morgan había respondido, con una de esas indescifrables sonrisas tiznadas de burla que tan nervioso le ponían, que pensaba llevarlo a Italia.

-No es que haya creído ni por un momento que íbamos a viajar hasta Italia -gruñó el japonés-. Pero que ahora mismo estemos en un vagón de metro, realmente me desconcierta. ¿Qué es lo que trama Morgan-kun?

El aludido, agarrado con ambas manos a una de las barras horizontales ancladas al techo, puso cara de falso asombro.

-Ya te lo he dicho. Quiero invitarte a un espectáculo que sólo podemos ver en Italia -se dejó llevar por el traqueteante movimiento del vagón y su cuerpo osciló a un lado y a otro-. ¿Por qué no me crees?

-Temo que pueda ser peligroso dar demasiado crédito a Morgan-kun -comentó ajustando el nudo de su corbata con un gesto mecánico.

-¿Eso también forma parte de tu sentido del humor? -indagó, desconfiado.

-No.

Morgan torció el gesto.

-Serás...

Con un sonoro estrépito, el vagón comenzó a desacelerar a medida que se aproximarse a la estación. Kato aumentó la fuerza con la que se agarraba con la mano a una de las barras verticales, para evitar que la inercia de la frenada empujara su cuerpo hacia Morgan. El acostumbrado timbrazo sonó en el casi desértico vagón y a continuación una monótona voz de mujer proclamó la llegada a la estación seguida de la consabida advertencia de que los pasajeros tuvieran cuidado con el escalón.

-Canal Street -repitió Kato pensativo. Alzó una ceja con suficiencia y preguntó-. ¿Little Italy?

Morgan no pudo contener una socarrona risotada.

-Para ser un tipo tan culto y astuto, te ha costado trabajo darte cuenta, ¿no te da un poquito de vergüenza?

El japonés empujó sus gafas sobre el puente de la nariz con un rígido dedo índice, un gesto que dejaba muy evidente que no tenía propósito alguno de replicar a una provocación tan fútil.

Con una prolongada sacudida el vagón se detuvo. Las puertas se abrieron y ambos bajaron precedidos de un anciano y una joven que se dirigieron hacia el tramo ascendente de una empinada escalera mecánica que se iniciaba en el lateral derecho del amplio andén. Kato pretendió seguir sus pasos, pero Morgan se lo impidió agarrándolo por el brazo. 

-Por aquí -indicó apresurándose a soltarlo y señalando un túnel que se abría a la izquierda.

-¿No subimos? -se extrañó.

Morgan sacudió la cabeza mientras se aproximaban a la iluminada galería. El rugido de los vagones retomando su marcha ahogó sus pasos sobre el cemento.

-¿Tenemos que trasbordar a otro metro?

Volvió a negar sin despegar los labios.

-Qué incomoda afición al misterio tienes -protestó secamente.

-Deja de quejarte -le pidió relajando el ritmo de sus pasos para poder caminar a su altura-. Confía en mí.

-Por confiar en Morgan-kun tendré acidez de estómago durante lo que queda de día -adujo con expresión indolente. A medida que avanzaban sus ojos examinaban críticos las cóncavas paredes de azulejo blanco cubiertas en gran parte por aparatosos graffiti que mostraban marcas de múltiples intentos fallidos de limpieza-. Puedes decirme por favor qué hacemos vagando por el subsuelo de New York.

El túnel se bifurcó y Morgan le indicó que girara a la izquierda. De estar completamente solos pasaron a caminar detrás de un pequeño grupo de personas que andaban con premura.

-No sabía que fueras tan impaciente. Aguanta un poco más. Ya estamos llegando.

Kato vio al fondo de la galería a numerosas personas detenidas en una zona amplia donde el túnel nuevamente se bifurcaba en tres ramales más. A medida que se aproximaban al grupo, fue captando el sonido lejano de una melodía. Al principio no pudo identificar qué la producía, pero pronto logró distinguir los acordes de lo que debían ser violines y flautas, e integrada con elegancia entre las notas, una voz femenina. Por encima de las cabezas de la gente arremolinadas en semicírculo, vio el esbelto cuerpo de una joven vestida con un jersey de lana gris, amplio y largo, que lucía sobre sus cortos cabellos negros un pañuelo azul a modo de diadema.

Al llegar junto al nutrido grupo de curiosos, Morgan lo empujó con cuidado hasta un extremo, hacia una pared desde donde podían contemplar el lugar en toda su envergadura. A espaldas de la joven, subidos como ella en una elevación del suelo de algo menos de medio metro de altura, había dos hombres y una mujer sentados en sillas plegables. La mujer tocaba una flauta travesera, mientras que de los hombres, el que llevaba la cabeza cubierta con un sombrero hongo un violín y el otro un oscuro violonchelo.

El japonés observó al grupo y su público con cierto desconcierto.

Casi sorpresivamente la melodía que estaban interpretando concluyó y unos entusiastas aplausos repiquetearon en el techo abovedado. La joven se inclinó agradecida varias veces antes de que las palmadas remitieran y el sonido de las monedas al golpear unas con otras se dejara oír. Algunos de los espontáneos espectadores emprendieron la marcha en dirección a los túneles, pero la mayoría permaneció en sus puestos, atentos a las maniobras del grupo musical.

-Gracias, gracias -repetía la joven con cada inclinación, obsequiando con una sonrisa de sus carnosos labios a todo aquel que se acercaba para dejar unas monedas en la funda de violonchelo que tenía a sus pies.

Morgan aprovechó que alzaba la cabeza y examinaba impaciente su entorno, para levantar los brazos y agitarlos en el aire. Kato frunció el ceño ante el gesto con algo más que curiosidad.

La joven descubrió su presencia y su redondo y blanco rostro se tornó feliz a la vez que saludaba con la mano levantada. Acto seguido se volvió hacia los músicos que la acompañaban, que tras escuchar sus palabras volvieron la vista hacia Morgan y agitaron las manos hacia él con alegría.

-Muchas gracias -dijo la joven dirigiéndose al público-. Hoy tenemos una petición especial de un buen amigo que nos gustaría interpretar para todos ustedes. Pero para ello necesito a mi amiga Teresa.

De entre los espectadores surgió una mujer entrada en años luciendo un largo traje estampado, que nada más subir a al improvisado escenario se ruborizó. Algunos aplausos se dejaron oír mientras la joven colocaba ante ambas un atril sobre el que descansaba un cuaderno de música.

Fue la flauta, en respuesta a un gesto elegante de la joven, la que sutil y juguetona entonó los primeros acordes que se elevaron hacia la bóveda sumiendo en el silenció a todos los presentes. Kato reconoció el tema antes de que la voz de la muchacha se abriera paso entre las notas musicales, y esa sensación ambigua de felicidad y melancolía que siempre le invadía al escucharla se extendió caliente por su pecho.

La joven tomó la iniciativa, su voz fresca y vibrante, altiva, jugó con los acordes del violín y la flauta hasta que fue sustituida dulcemente por la de Teresa, más profunda, calida y sólida. A medida que las palabras brotaban de su garganta, su timidez iba dejando paso a una hermosa naturalidad. Hizo una pequeña pausa y el violín mansamente tomó protagonismo durante unos segundos, hasta que las dos mujeres, cogidas de la mano, unieron sus voces convirtiéndolas en una sola, plañidera y tierna, que se deslizaba acariciadora.

Kato contempló la escena sintiéndose envuelto en una extraña atmósfera de ensueño. La música, las poderosas voces, rompían la realidad, alejaban la estrechez de aquellas sucias paredes, evaporaban la presencia de la ciudad, de la mundana rutina y creaban una insustancial ensoñación frágil y hermosa que le conmovía el corazón.

Se volvió hacia Morgan y descubrió que éste le observaba con unos ojos invadidos de ternura.

-Lakmé -murmuró.

-Sí -asintió Morgan-. Lo sé.

No supo si fue debido a las voces de las dos mujeres llegando a ese punto álgido de la melodía que tanto le conmovía o el hecho de comprender por qué era precisamente el "Duo des fleurs" lo que escuchaba en un lugar perdido en las entrañas del metro de New York, pero notó que una lacerante e inusual presión le atenazaba la garganta y que todo intento de pronunciar una sola palabra quedaba sofocado.

Trató de continuar escuchando la trémula melodía sin revelar la emoción que le acometía, sin delatar como toda su asumida compostura podía diluirse fácilmente al ser sorprendido por la inesperada interpretación del que consideraba uno de los más bellos temas de la música clásica. Pero notaba la mirada de Morgan posada en él, los ojos de la persona que había orquestado aquel instante, que era capaz de intuir, por alguna razón desconocida, el sentimiento que las notas del "Duo des fleurs" podían provocar en su corazón, y no tuvo fuerzas para seguir sosteniendo su indiferencia.

Se recostó contra la pared e inclinó la cabeza hacia delante, permitiendo que la música fluyera por su piel abrazando su cuerpo, haciéndole temblar. Que su pulso se acompasara con cada nota, con cada vibrante palabra, que sus mudos labios acompañaran las voces entrelazadas. Hasta que la melodía, resbalando dócilmente, fue muriendo poco a poco en un quedo suspiro.

Los aplausos, repletos de emoción y reconocimiento estallaron ahogando los últimos acordes. Kato giró levemente el rostro hacia Morgan. Su semblante se hallaba completamente vencido por una expresión conmovida que acentuaba la belleza de sus marcados rasgos.

-No me mires así -pidió el japonés bajando la vista-. Resulta embarazoso.

-¿Por qué? -inquirió suavemente, inclinándose hacia él.

-Me disgusta perder mi dignidad en público.

-No has perdido ni un gramo de tu dignidad Kato, únicamente te has vuelto terriblemente hermoso.

El japonés cerró con fuerza los párpados.

-¿Morgan-kun es el amigo de la petición especial?

-Algo así.

-¿Y cómo supiste qué pedir?

-Un mago no revela nunca sus trucos -replicó negando lentamente con la cabeza.

Kato abrió los ojos pero permaneció con la mirada clavada en las lozas del suelo.

-Debería estar furioso con Morgan-kun. Tomarme por sorpresa de esta forma y colocarme en una situación tan incómoda.

-¿Y lo estás? -preguntó en un susurro.

Abstraído, negó con la cabeza.

-No imaginé que fueras a emocionarte tanto -confesó Morgan acercándose un poco más a él.

El japonés irguió la espalda, recolocó sus gafas, que se habían deslizado hasta la punta de la nariz y miró al frente.

-Yo tampoco.

Notó la cercanía de Morgan y un cosquilleo impreciso le recorrió la espalda hasta la nuca.

-Esa joven soprano tiene una voz con un gran potencial -comentó cruzando los brazos sobre el pecho.

Morgan sonrió apenas ante el gesto. Se apartó un poco y apoyó la espalda en la pared de azulejos.

-Se llama Claire -le informó-. Es interna en el hospital US Veterans. Durante la semana hace turnos dobles para poder venir todos los domingos a cantar. Es toda una institución entre los músicos callejeros. Hay gente que coge el metro a Little Italy únicamente para tener la excusa de pasar por aquí y pararse a escucharla.

-Podría dedicarse profesionalmente a cantar.

-Podría -asintió, observó como la joven se preparaba junto a los músicos para iniciar un nuevo tema-. Pero entonces tendría que renunciar a la medicina y eso la haría infeliz. Claire se puede considerar una persona con suerte. Es de las pocas que conozco que ha logrado encontrar la forma de mantener en equilibrio entre su vida y sus sueños. Quizás jamás interprete Madame Butterfly en La Scala de Milán, pero mientras pueda, cada domingo seguirá cantando en este viejo túnel y eso será lo que le permita continuar adelante.

-Parece que la conoces muy bien -comentó en un tono anodino.

-Somos amigos desde hace unos años -replicó lanzándole una mirada de reojo-. La conocí mientras preparaba una campaña de promoción de la red de metro para la MTA New York City Transit. A ella y a Michael el violinista, que usa bombín porque dice que le da un aspecto británico. Y a Yelena, la chica de la flauta, tan aficionada a la música como a comprar billetes de lotería. Y a Teresa, que no se atrevió a cantar en público hasta que logró librarse del hijo de perra de su marido.

Kato lo observó durante largo rato.

-¿Qué? -inquirió Morgan algo confuso por su silencio.

-Morgan-kun es alguien inusual.

La respuesta le tomó por sorpresa.

-¿Y por qué?

-Porque a Morgan-kun le gustan las personas.

Alzó las cejas y por un momento no acertó a decir nada.

-¿Es que a ti no? -inquirió con extrañeza.

-Muy pocas -admitió relajadamente con la vista al frente.

-Daría cualquier cosa por ser una de esas pocas -aseguró con dulzura.

Kato enderezó su espalda contra la pared y estrechó con más fuerza sus brazos a la vez que dirigía la mirada al frente ignorando el comentario de Morgan.

El violín junto al violonchelo entonaron una nueva melodía y la voz de Claire los acompañó con suavidad.

-Turandot... -murmuró Kato.

Morgan se giró hacia él recostando el hombro en los azulejos.

-La cruel princesa que cortaba la cabeza de los pretendientes que no descifraban sus tres acertijos, ¿verdad?

El japonés asintió casi imperceptiblemente.

-"Tu che di gel sei cinta" -añadió en un tono bajo que quedaba amortiguado por la música- La hermosa aria que la esclava Liú, antes de quitarse la vida para no delatar el nombre de su amado, el príncipe Calaf, canta a Turandot y en la que le asegura que ella también caerá rendida al amor.

-Creo que sé por qué te gusta la ópera -musitó Morgan inclinando la cabeza hacia la pared-. Eres un romántico.

Kato cerró los párpados y lentamente acercó su dedo índice a los labios llegando apenas a rozarlos.

Los ojos de Morgan se quedaron prendidos del leve y delicado gesto. Tan inesperadamente sensual le resultó, que el manso ritmo de su corazón se hizo precipitado y vehemente cómo si pretendiera derribar las paredes de su pecho. Sintió que le asaltaba un acuciante deseo de alargar la mano y tocar aquellos labios entreabiertos, de besar los cerrados párpados, de susurrar sin aliento en su oído lo hermoso que resultaba allí de píe arropado por la música. Pero se contuvo, conformándose tristemente con admirarlo en la escasa y tensa distancian que los separaba.

La melodía concluyó, pero antes de que los aplausos alcanzaran su apogeo, Claire volvió a elevar su voz con imponente grandeza, forzándolos a remitir. Los labios de Kato se movieron articulando un puñado de silenciosas palabras para acto seguido bosquejar una sosegada sonrisa. Morgan supo que también había reconocido aquel tema.

-Después de Turandot cantaré "O mio bambino caro" -le había dicho Claire con entusiasmo un par de días antes, cuando entre sorbo y sorbo de cerveza, habían preparan el pequeño recital-. ¿Le gustará a tu amigo?

-No lo sé -había sido su respuesta-. El repertorio lo dejo a tu elección. Yo poco entiendo de música clásica. Pero cantes lo que cantes, empieza con el "Duo des fleurs"

La joven le había dirigido una mirada intrigada y una sonrisa juguetona.

-¿Sabes? Si no me hubieras dicho que era una sorpresa para un amigo hubiera pensado que preparabas todo esto para conquistar alguna chica.

-"Conquistar" -caviló Morgan recreándose en la belleza casi irreal del japonés-. "Esa es una buena definición. Nada de seducir o enamorar. Esto es una batalla por derribar todas tus murallas y conquistar el baluarte donde ocultas tu maldito corazón"

Algo llamó su atención y le hizo desviar la vista de Kato.

Dos muchachas de unos diecinueve años, detenidas a unos metros, le daban la espalda al espectáculo y se dedicaban a mirarlos con una curiosa mezcla de vergüenza y descaro. Una de ellas sostenía en las manos una pequeña cámara digital. Cuando se percató de que Morgan la estaba observando se mordió los labios para refrenar una nerviosa sonrisa y movió la cámara en su dirección.

En un principio Morgan no comprendió qué trataba de decirle pero tras una rápida reflexión le devolvió la sonrisa. Se señalo a sí mismo con el dedo, luego a ellas dos y después hizo el gesto de pulsar el disparador de una cámara. Las muchachas se apresuraron a sacudir al unísono las cabezas a un lado y a otro. Ambas le señalaron a él y a Kato y volvieron a agitar la cámara.

-"¿Una foto a nosotros?" -pensó atónito moviendo la mano alternativamente de él al japonés.

Las muchachas respondieron a su gesto con una contundente afirmación de sus nerviosas cabezas.

Morgan se rascó el mentón, divertido ante la situación.

Era la primera vez que le pasaba algo así, pero estando junto a Kato no le chocaba del todo. La escena debía ser al menos insólita. Un asiático particularmente elegante, alto, con aquella larga cabellera azabache enmarcando un rostro masculino pero de rasgos delicados que podrían haber sido cincelados en hielo, junto a un afroamericano tan absorto en su contemplación como para olvidar el resto del universo.

Se encogió de hombros. ¿Por qué no?, parecía decir la sonrisa con la que acompañó el movimiento afirmativo de su testa. Las chicas no se hicieron de rogar y realizaron varias rápidas fotografías que se apresuraban a comprobar en la pantalla digital de la cámara entre risas y muecas. Una vez que consideró que ya se habían dado por satisfechas, Morgan se les acercó. Ambas se quedaron mudas y paralizadas cuando lo vieron aparecer junto a ellas.

-¡Hola! -saludó inclinándose un poco-. Ya que he servido de modelo, ¿se me permitiría echarle un vistazo a las fotos?

La joven que sostenía la cámara abrió sus almendrados ojos negros, tanto que sus párpados casi desaparecieron, y se mordió los labios.

-Vamos, Shelly -le animó la otra con un codazo-. Déjale que las vea. No te quedes pasmada ahora.

La chica la obedeció entregándosela con timidez.

-No soy muy buena haciendo fotos -comentó mientras Morgan las examinaba.

-Pero tú eres muy fotogénico -añadió la otra con tono de infantil coquetería-. Y muy guapo.

-¡Ann! -se escandalizó la chica de la cámara.

-Gracias -replicó Morgan.

-Y tu amigo también es muy guapo -continuó la joven a pesar de los gestos de espanto de su amiga-. ¿Sois pareja?

-¡Pero Ann!

Morgan le devolvió la cámara y buscó en el bolsillo de atrás de su pantalón vaquero la cartera que guardaba en él.

-Yo quiero pero él no se deja -sacó de la cartera una tarjeta y se la tendió a la chica llamada Shelly-. ¿Me harías un favor? ¿Mandarías una de esas fotos a mi correo electrónico?

-¡Claro! -exclamó-. Todas si quieres.

-Si tu amigo no se deja, nosotras sí que nos dejamos -interrumpió Ann.

-¡Por Dios, para ya! -su amiga se apresuró a taparle la boca, verdaderamente avergonzada.

-Ann, Shelly, si tuviera diez años menos, no me importaría tomarme en serio vuestra propuesta -dijo con una sonrisa amable -. Pero de momento seguiré intentando conquistar a mi amigo.

-Te prometo que te mando las fotos -le aseguró Shelly con las mejillas teñidas de rojo.

-Adiós, guapo -se despidió la otra chica acompañando sus palabras con una risa feliz.

Morgan se giró para regresar junto a Kato y al hacerlo descubrió que el japonés le estaba mirando directamente. Aún en la distancia que los separaba, pudo sentir su gélida mirada posada en él. Al aproximarse constató que la suavidad que sus rasgos habían ostentado hasta hacía un momento se había diluido para dar paso a una destemplada dureza que casi resultaba agresiva y que sus pupilas se habían transformado en un par de piedras oscuras. Llegó a su altura justo cuando el público rompía nuevamente en incondicionales aplausos ahogando cualquier otro sonido.

-He ido un momento... -comenzó.

Kato levantó la mano interrumpiéndolo a la vez que le volvía el rostro con displicencia.

-Morgan-kun no tiene porqué darme ningún tipo de explicación.

-¿No? -enarcó las cejas y su frente se estrechó en un gesto irritado-. Pues entonces dámela tú. ¿Por qué me estas mirando cómo si me mereciera que me escupieran? ¿Qué cosa horrible he hecho ahora?

-Nada que sea de mi incumbencia.

-¿Es por qué me has visto hablando con esas dos chicas? -inquirió señalando por encima de su hombro con el pulgar-. ¿Crees qué estaba ligando con ellas?

-Lo que hagas o dejes de hacer no es asunto...

-¿Me crees capaz de intentar seducir a una mujer en mitad de nuestra cita? -le cortó tajante-. ¿Qué clase de cabrón piensas que soy? 

-Morgan-kun, baja el tono -le ordenó más que le pidió.

Se acercó a Kato quedando frente a él a muy poca distancia.

-Bajaré el tono lo suficiente para que sólo tú oigas lo que tengo que decir -le informó secamente-. Si realmente piensas que puedo faltarte al respeto de esa forma, no quiero seguir contigo ni un minuto más.

-Morgan-kun pierde los nervios con mucha facilidad -gruñó apartando el rostro a un lado-. Si no he interpretado correctamente la situación pido disculpas. Pero conociendo la fama de Morgan-kun con las mujeres, ¿soy completamente culpable de haber pensado erróneamente que estaba interesado en esas jóvenes? De todos modos, reitero lo dicho. No tienes porqué justificar tus actos ante mí.

Morgan se frotó irritado la frente.

-¿Y ante quién si no, idiota? ¿Acaso no estamos saliendo? -resopló contrariado-. ¿O es qué soy yo el único que piensa que estamos juntos? -se giró dándole la espalda y al advertir que el publico había comenzado a dispersarse, añadió-. Claire ha hecho un descanso. Aprovecharé para agradecerle su amabilidad.

Dio un par de pasos, pero deteniéndose en seco, se acercó de nuevo a Kato.

-¿Sabes cuánto hace que no follo? -inquirió encarándose con el japonés.

Éste frunció los labios y entornó los párpados con desagrado.

-Morgan-kun -le reprendió.

-Desde que me di cuenta de que me había enamorado de ti. Y de eso hace ya mucho tiempo. Pero no cambiaría ni un solo segundo de estar contigo por un polvo con la mujer más deseable que pudiera encontrarme.

Sin esperar una replica se apartó de él con vehemencia y caminó hacia el grupo de músicos esquivando a los últimos espectadores rezagados. Pero antes de llegar a la zona elevada que les servía de escenario, notó una mano posarse suavemente sobre su hombro. Se detuvo y al volver el rostro descubrió a Kato a su lado.

-Lo lamento, Morgan-kun -aunque la expresión de su rostro continuaba siendo displicente, en sus ojos había un leve reflejo de arrepentimiento-. No peleemos, por favor.

Percibió una débil presión en su hombro antes de que el japonés retirara la mano.

-Me gustaría acompañarte a saludar a tu amiga Claire, ¿me lo permites?

Morgan suspiró hondo. Era frustrante comprobar cómo aquel hombre tenía la facultad de hundirle en la mayor de las miserias con sólo un par de palabras, pero aún más insoportable era tener que aceptar que con un único gesto podía hacerle olvidar de un plumazo cada muestra de descarnada insensibilidad.

-Vamos -invitó sin entusiasmo-. Seguro que le hace ilusión.

 

 

 

Kato recorrió con la vista la fachada tachonada de ventanales de la gran mole octogonal del Cityspire Center hasta llegar a su cúspide. La cúpula que coronaba el descomunal rascacielos de setenta y cinco plantas reverberaba tenuemente bajo los rayos mortecinos del atardecer. Sintió un desagradable escalofrío corretear por su piel y tembloroso se encogió en el interior del abrigo. Subió con un movimiento rápido el cuello de la prenda y metió las manos en los bolsillos.

-Aguarda un minuto aquí -le había dicho Morgan dejándole plantado ante una de las entradas de mercancía del edificio-. Tardo un momento.

Y sin darle una sola explicación más había empujado la puerta auxiliar junto a la de mercancías y había desaparecido de su vista. No tenía ni la menor sospecha de lo que estaba tramando y ante esa falta de información no sabía si inquietarse o simplemente tomárselo con resignación.

Después de saludar a la joven soprano, la cual no había dejado de mirarle con divertido interés durante la escueta conversación, habían permanecido un rato más deleitándose con los temas que interpretó tras su descanso. Pero en un momento dado y sin previo aviso, Morgan había exclamado algo sobre lo tarde que era y sin reparo alguno lo había arrastrado de nuevo a un vagón de metro y de allí a los pies de aquel rascacielos.

Para ahuyentar el frío y calmar su impaciencia, paseó arriba y abajo del acerado, pero al percatarse de que los transeúntes le miraban con curiosidad, decidió acercarse al edificio y tratar de pasar desapercibido al amparo de la fachada. Al cabo de unos minutos oyó un crujido de bisagras y la puerta auxiliar se abrió. Morgan asomó la cabeza y con la mano le hizo una rápida seña para que se aproximara.

Kato se quedó donde estaba esgrimiendo una mueca desconfiada en sus labios.

-No te quedes ahí parado -se quejó Morgan-. Llegaremos tarde.

El japonés caminó hacia él sin ganas.

-¿Tarde a dónde?

-Sorpresa -replicó agarrándolo por el brazo y tirando de él con fuerza hacia el interior.

La puerta se cerró con un sordo golpe metálico y Kato se encontró de pronto en un estrecho y mugriento pasillo alumbrado por polvorientos tubos fluorescentes colocados en la parte superior de las paredes. Un hombre entrado en años, bajo y flaco, vestido con un mono azul y una vieja gorra de un tono indeterminado por la suciedad, les esperaba apoyado contra una pila de cajas de cartón.

-Kato, te presento a Edwin.

El aludido levantó su negro y arrugado rostro hacia el japonés, sonriéndole con una enorme boca de gruesos labios.

-Encantado -dijo con un vozarrón profundo y retumbante y antes de que Kato pudiera evitarlo, le agarró la mano derecha y se la estrecho con una efusividad y fuerza que apunto estuvo de hacerle perder el equilibrio-. Eres un tipo muy alto, creía que los orientales eran más pequeños. Tuve un cuñado que era coreano y no me llegaba ni a la barbilla, pero cómo corría el tipo, una liebre. Y menos mal, que si no mi hermana lo hubiera capado cuando se lo encontró...

-Abrevia, Edwin -le pidió Morgan obligándole a darse la vuelta-. No queda mucho tiempo.

-Sólo quería ser educado con tu amigo -protestó. Echó a andar con un paso oscilante que ocasionaba que su cuerpo se inclinara a derecha e izquierda y que las llaves que colgaban de su cinturón entrechocaran entre sí-. ¡Ah! ¡Maldita impaciente juventud la tuya! Cuando llegues a mi edad se te quitaran las prisas, ya verás.

Morgan le indicó con un gesto a Kato que lo siguiera, pero éste, examinando con la mirada desencajada su mano, enrojecida por el fuerte apretón, sacudió con vehemencia la cabeza.

-No sé qué pretende Morgan-kun -masculló-. Pero me niego a seguir adelante.

-No seas niño -le sujetó por la solapa del abrigo forzándole a caminar-. Confía en mí.

-No quiero seguir confiando en Morgan-kun -suspiró dejándose llevar.

Llegaron a un amplió vestíbulo que olía a lejía y en donde se amontonaban cajas y embalajes de todo tipo, carros de limpieza y un número indeterminado de bolsas de basura. En un lateral se veían las puertas de dos grandes montacargas. Edwin tomó uno de los llaveros de su cinturón y tras escoger de entre todas una llave la introdujo en la botonera entre ambos elevadores. Las puertas de uno de ellos se abrieron y el hombre les indicó que entraran con él.

-Destino piso sesenta y ocho -anunció con su potente voz mientras volvía a hacer uso de otra llave para poner en marcha el montacargas-. Jill comienza su turno dentro de una hora, así que nadie os molestará durante un buen rato.

El elevador se estremeció y un crujido de engranajes anunció que acababa de comenzar una lenta ascensión.

-¿Dónde vamos, Morgan-kun? -inquirió Kato inspeccionando el sucio recinto con severa expresión.

-Por cierto, Edwin -Morgan se recostó relajado contra la pared-. ¿Qué tal está Dick? Supe que se casó su hija.

-Pagando las deudas del bodorrio -se quitó la gorra y comenzó a atusar los escasos y frágiles cabellos que salpicaban su cráneo-. Tenías que haber venido. Pusieron incluso de esas cosas asquerosas negras que les sacan a los salmones y que tanto le gusta a los rusos. Claro que yo se lo dije a Dick. Menos porquerías extranjeras y más cerveza nacional.

-Morgan-kun -llamó Kato volviendo hacia él un rostro tenso y poco amistoso.

-Oye, creo que tu amigo se está cabreando -dijo Edwin señalando al japonés con el pulgar-. Se le esta arrugando mucho la frente.

Morgan miró de soslayó a Kato tratando de retener la risa que trepaba por su garganta.

-No, qué va -discrepó agitando una mano en el aire-. Esa suele ser siempre su expresión.

-¡Ah! -el hombre, para desesperación del japonés, se le acercó hasta quedar a un paso de él-. ¿Sabes qué es bueno para tú problema? -comentó observando su cara con detenimiento-. La fibra. En serio. Cómprate un paquete de esos de cereales con fibra. Ya verás cómo en unos días se te alivia ese...

-Ya, ya -Morgan lo agarró por el hombro a tiempo de interrumpir su charla-. Tampoco hay porqué entrar en tantos detalles -vio que las mejillas de Kato habían adquirido una tonalidad cadavérica a juego con su gélida mirada y con disimulo fue empujando a Edwin hacia el otro lado de la cabina-. ¿Qué tal le va a Carlos? ¿Se jubiló ya?

Mientras su amigo entraba en una extensa disertación sobre los pro y los contra de la jubilación, espió de soslayó al japonés. Cruzado de brazos, inmerso en un torvo silencio, le observaba con unas punzantes pupilas que parecían capaces de despellejarlo en la distancia. 

Sintió un hormigueo de remordimientos. Tal vez estaba excediéndose. Al fin y al cabo, a su muy especial modo y con más o menos éxito, Kato había puesto de su parte durante todo el día con el propósito de complacerle. Para alguien como él, tan necesitado de asumir y mantener el control, debía de haber supuesto todo un reto dejarse llevar de un lado a otro como un muñeco. Desgraciadamente, por la ominosa expresión que lucía en esos momentos, parecía que su paciencia estaba llegando a un delicado límite.

El montacargas se detuvo con un seco frenazo que los hizo perder un poco el equilibrio y que cortó los comentarios de Edwin acerca de lo precarias que eran las pensiones con la administración Bush. Las puertas se abrieron y el hombre salió el primero a un pequeño vestíbulo de servicio. Morgan quiso seguirlo, pero al ver la pose tajante de Kato se quedó inmóvil.

-Por favor -suplicó dirigiéndole una lastimosa mirada que apenas rozaba la verosimilitud-. Por favor. Por favor. Sólo un poco más. Ya casi estamos.

Kato meneó agotado la cabeza.

-Temo que me voy a arrepentir de ser tan condescendiente.

-Ya verás como no.

Abandonaron el elevador y abrieron una puerta por la que había salido Edwin. Al otro lado encontraron un pasillo amplio, de paredes empapeladas y el suelo tapizado con una moqueta granate. Al fondo, una doble puerta acristalada en la que se leía en elegantes letras doradas Ecco Bella cortaba el paso. Edwin estaba a su derecha, ocupado en manipular un pequeño teclado numérico oculto tras un exuberante ficus de regio porte.

-Listo -anunció empujando una de las hojas de la puerta-. Cuando os larguéis sólo preocuparos de dejar la puerta cerrada, que de la alarma ya me ocupo yo cuando Jill termine la ronda.

-¿Alarma? -jadeó Kato.

-Bueno, disfrutad -Edwin le dio un par de sonoras palmadas en el hombro al japonés antes de marcharse pasillo a bajo-. Y tú prueba lo de la fibra -añadió mientras se alejaba-. Comprobarás que se te relaja el carácter.

-¿Qué es eso de una alarma? -se exasperó Kato-. ¿Dónde estamos?

-No le des tantas vueltas y entra -le pidió empujándolo.

-Morgan-kun -Kato se resistió a moverse-. Esto es descabellado hasta para ti -asomó la cabeza por el hueco de la puerta. Al otro lado se abría una sala amplia y diáfana, apenas iluminada por la amarillenta luz que un sol moribundo proyectaba a través de la sucesión de grandes ventanales hendidos en las paredes que conformaban la estancia. Escritorios y estantes se hallaban diseminados ordenadamente por todo el espacio, convertidos en sombras perfiladas bajo la escasa claridad-. ¿Qué es este lugar?

-Ahora creo que está ocupado por las oficinas de una empresa de cosmética -colocó ambas manos en la espalda del japonés y lo empujó hacia el interior-. Camina hacia el fondo y esquiva los muebles, no quiero que te golpees las rodillas.

-¿Oficinas? -se angustió Kato. Tan confuso se sentía que no se dio cuenta de que se adentraba en la sala impelido por las manos de Morgan-. Esto es allanamiento.

-No exageres. Imagínate que somos el servicio de limpieza.

-Pero no lo somos -se indignó, mientras hablaba sus ojos flameaban furiosos en la oscuridad-. No tenemos derecho ni motivos para invadir una propiedad privada.

-Kato, deja de cacarear -le guió hacia un lado para esquivar una silla-. Mira al frente.

-¿Cómo puedo aceptar esta situación? -su caminar reticente obligaba a Morgan a intensificar los esfuerzos para guiarlo al fondo de la sala-. Ni siquiera te dignas a explicarme el porqué de este desatino.

-Mira al frente y lo sabrás.

-He intentado ser comprensivo, paciente -se detuvo vehemente a poca distancia de uno de los ventanales, la cabeza vuelta hacia Morgan, taladrándolo con un par de pupilas afiladas, el cuerpo tan rígido como un bloque de granito, los puños cerrados, pálidos los nudillos por la presión que ejercían los dedos contra las palmas de la mano-. He colaborado hasta donde me ha sido posible en este innecesario encuentro porque era importante para Morgan-kun -siseó-. Pero el cariz absurdo e inapropiado que está tomando me supera. Basta ya de considerarme tu juguete.

-Kato -lo rodeó haciéndolo girar hacia el ventanal-. Mira y entenderás.

El japonés siguió el dedo con el que Morgan apuntaba hacia el exterior y súbitamente vio rendida a sus pies la alfombra crepuscular sembrada de diminutos puntos brillantes en la que se había transformado la ciudad. La silueta de los grandes rascacielos que la jalonaban elevándose como enhiestas columnas atrapaban en sus vidriadas fachadas los últimos rayos solares mientras una amalgama de luces artificiales emergía silenciosamente de la masa oscura e informe de Manhattan. Las avenidas que fragmentaban su faz, semejantes a gigantescas arterias, dibujaban el pulso del tráfico con parpadeantes reflejos anaranjados. Más allá, la bahía se había tornado plateada e inquieta, como si tratara de vencer la llegada de la noche y congelar la luz en su rizada superficie. Pero en la orilla opuesta, la tierra extensa e infinita que buscaba atropelladamente el horizonte, aún retenía con inútil terquedad algo de la exigua claridad solar que resbalaba por el cielo hacia su muerte. Alargadas nubes ensombrecidas confluían en la línea difusa del horizonte mientras el sol se precipitaba en una acelerada caída. De pronto, la amarillenta luz se tornó anaranjada y después de unos segundos roja como ascuas, tiñendo de fuego el punto donde tierra y cielo se abrazaban.

-El mundo está en llamas -susurró Kato extasiado.

-No parpadees -le advirtió Morgan murmurando quedamente cerca de su oído-. No pierdas ni un sólo segundo de tanta perfección.

El japonés apoyó la mano en el cristal como si así sus dedos pudieran tocar la mudable escena que presenciaba.

-Cuando nos encontramos en el despacho de la KL también contemplabas la ciudad desde un ventanal -rememoró Morgan, se apartó unos pasos de él, sentándose en el filo de un escritorio próximo-. Buscabas Matsushima, aun sabiendo que no la hallarías. Buscabas algo que te hiciera evocar su belleza y por ello mirabas hacia el mar. Pero te equivocabas de dirección. Esta ciudad no te mostrará nada hermoso si miras al océano desde ella. New York es una urbe que le da la espalda al mar. Es demasiado ególatra y egoísta. Está encogida sobre sí misma, contemplándose narcisistamente el ombligo. Para descubrir algo de su hermosura tienes que espiarla desde las alturas y mirar en su interior, sin prejuicios; entonces puede que tengas suerte y recibir de ella un pequeño regalo como ésta puesta de sol.

El cristal de la ventana reflejó una tierna sonrisa asomando a los labios de Kato.

-¿Quién es el romántico ahora? -preguntó.

Morgan se encogió de hombros.

-Todos tenemos nuestros inconfesables secretos.

-¿Y cómo descubrirte esta atalaya es también un secreto?

-Más bien una historia frívola -admitió con una leve risa-. Otro de mis muchos trabajos a media jornada para pagar la universidad. Trabajé en este edificio como limpiador a las órdenes del viejo Edwin durante dos años, cuando esto era un bufete de abogados. Un día entré en despacho situado en este mismo lugar. El tipo que lo ocupaba estaba tan ensimismado mirando por la ventana que no se dio cuenta de mi presencia. Me acerqué y entonces vi uno de los atardeceres más hermosos de mi vida. Después de ese día solía buscar cualquier tonta excusa para poder entrar en el despacho en el momento justo de la puesta de sol.

-Todas tus citas deben de quedar muy impresionadas cuando las traes aquí -comentó el japonés distraídamente.

El silenció tras sus palabras le resultó incómodo. Giró la cabeza y descubrió a Morgan observándole desde la penumbra. Su semblante era perceptible gracias a la luz de la ciudad que incidía en él directamente, lo que le permitió constatar la triste decepción que lo embargaba.

-Lo lamento -se disculpó Kato sintiendo que el arrepentimiento le invadía por sorpresa e hiriente, semejante a un latigazo caliente que le golpeara directamente en el rostro-. Ha sido una observación completamente inadecuada.

Los ojos de Morgan, apenas un brillo acuoso en su taciturno rostro, se volvieron hacia la ciudad.

-Llevo sin venir aquí desde que terminé la universidad -declaró con lánguido tono-. Antes no pensé nunca en compartir esta escena con nadie y después tampoco. Así me parecía como si sólo me perteneciera a mí. Hoy quería que te perteneciera a ti también.

-Gracias -replicó Kato con suavidad.

-Dáselas a Edwin, él nos ha abierto las puertas.

-Morgan, ¿no me vas a perdonar el estúpido comentario?

Le resultó extrañamente agradable oírle pronunciar su nombre sin estar acompañado del acostumbrado sufijo. Lo miró y ambos se contemplaron en la corta distancia, y por un momento tuvo la impresión de haber sido transportado en el tiempo hacia un pasado reciente. La erguida figura hermosa y serena, la mano apoyada delicadamente en el cristal, su expresión nostálgica, cálida, casi infantil, ya existía en sus recuerdos y también en sus sueños. Se levantó y fue hacia él. Rodeándole la cintura con el brazo, lo atrajo hacia sí amablemente, ciñéndolo con cuidada firmeza contra su pecho sin encontrar resistencia. Percibió que la leve respiración del cuerpo que abrazaba se hacía profunda y tensa, y que algo como un trémulo estremecimiento recorría los relajados miembros. Inclinó un poco la cabeza hacia delante y apoyó la frente en su hombro.

-He ansiado tanto volver a ver esa expresión en tu rostro -musitó, su mano se escurrió bajo el abrigo del japonés posándose sobre el vientre de esté-. Que consintieras en mostrármela nuevamente. Pero tú te negabas una y otra vez, como si supieras lo mucho que necesitaba verla.

-No hay nada especial en mi expresión -objetó en voz baja.

-Ya no sostienes la máscara -alzó su mano libre y cubrió con ella el rostro del japonés-. La has dejado caer.

Kato, sorprendido por el gesto, contuvo un momento la respiración. El contacto se convirtió en una caricia que le hizo cerrar los ojos, y que descendió hasta su cuello y de allí a su pecho.

-Aquel día en la KL también lo hiciste. Te quitaste la máscara sin saber que yo te observaba. Y entonces me enamoré de ti.

-No digas cosas embarazosas -pidió.

-Kyosuke -le susurró quedamente-, enamórate de mí.

No hubo sonido alguno que rompiera el silencio tras sus palabras, ni gesto que perturbara la sosegada atmósfera que los envolvía. Pero en el dorso de la mano con la que estrechaba la cintura de Kato, notó un suave cosquilleo. Los dedos del japonés le acariciaban lentamente con un ligero movimiento. Aquello fue suficiente para que la piel se le erizara y los latidos de su corazón se transformaran en mazazos contra su pecho.

-Gracias -musitó Kato-. Ha sido un día extraño pero agradable. No me importará repetir a menudo la experiencia. Prometo ser más colaborador.

-Kyosuke -alzó la cabeza y acercó con cuidado los labios a su oído-. ¿Qué posibilidades hay de que me dejes hacerte el amor aquí mismo? -preguntó dejando escapar un leve jadeó, rozando apenas con sus labios el tierno y caliente lóbulo de la oreja.

-Ninguna -respondió.

Había determinación en el tono de su respuesta, pero la manera profunda en que inhalaba delataba la inquietud que trataba de ocultar. Posó la mano sobre la que acariciaba y enlazó sus dedos con los de Morgan.

-Creí que habías dado a entender que no querías sexo si antes no te confirmaba mis sentimientos -comentó apaciblemente.

Morgan lo estrechó, intensificando la fuerza con que lo ataba a su pecho.

-Te amo tanto que haces que se diluyan todos mis buenos propósitos. Deja que te haga el amor. Permíteme soñar por unos minutos que me amas.

-Prometiste invitarme a tomar el mejor té de la ciudad, ¿recuerdas?

-Recuerdo a qué saben tus besos -musitó.

La punta de su lengua escapó de la boca para acariciar con detenido deleite la piel del cuello que tan tentadora se exponía a su alcance. Kato se volvió escurriéndose habilidoso entre sus brazos pero sin apartarse. Su rostro envuelto en sombras era impenetrable, únicamente se distinguía el reflejo cristalino de sus ojos. Alzó una mano y con el dorso acarició la mejilla de Morgan que quedó completamente paralizado.

-Yo también recuerdo tu sabor -dijo alargando el suave contacto-. Pero esa tal Jill llegará pronto y no quieres que nos vuelvan a interrumpir ¿verdad?

-Puedo bloquear la puerta -jadeó tratando de besar los dedos del japonés.

-Morgan-kun -regañó dulcemente-. Vayamos a tomar ese té.

-¿Cómo alguien tan hermoso puede ser tan desalmado? -musitó torciendo el gesto en un mohín infantil. Apartó el rostro de la mano que le acariciaba y apuntó hacia la nariz de Kato con el dedo índice-. De acuerdo. Tomaremos ese té. Pero no quiero oír ni una sola protesta acerca del establecimiento.

El japonés abrió la boca pero Morgan frenó su pretensión de hablar oprimiéndole la punta de la nariz con el dedo.

-Ni una.

 

 

 

Segunda Parte.

 

Kato contempló la estancia con desconfianza.

-¿Seguro que es el mismo apartamento? -preguntó masajeándose el mentón pensativo.

-¡Ya te he dicho que sí! -la voz de Morgan surgió vehemente de la cocina, cuya puerta se encontraba en un lateral del salón junto al pasillo que llevaba al dormitorio-. Deja de repetir lo mismo una y otra vez. No me he mudado, sólo hice limpieza.

El japonés examinó receloso la habitación. Ojeó las estanterías metálicas alineadas a lo largo de las cuatro paredes sin pasar por alto los libros y variopintos objetos que contenían, todos ellos perfectamente ordenados en sus baldas. El cómodo sofá de tres plazas y oscura tapicería ocupando el centro de la estancia, el televisor de amplias dimensiones sobre un módulo con ruedas, la mesa cercada por cuatro sillas de respaldo alto. Se aproximó a la ventana y echó un rápido vistazo al equipo de música y la colección de cd y videojuegos apilados en un estante bajo ella constatando su perfecta disposición y pulcritud.

-Puedes quitarte el abrigo.

Al oír la voz de Morgan se giró hacia él a tiempo de verlo depositar sobre la mesa baja de cristal situada ante el sofá una bandeja con una taza alta y humeante, una tetera de aluminio y un vaso de cristal con un par de hielos nadando en un ambarino líquido.

-Si temes que algún ratón pueda roer tu costoso Armani puedes estar tranquilo -se dejó caer en el sofá apoyando relajadamente los brazos en el respaldar-. El último roedor me abandonó hace meses asqueado por el olor a limpio.

Kato se quitó lentamente el abrigo y plegándolo lo depositó sobre el respaldo de una de las sillas que rodeaban la mesa. Morgan lo observó de arriba abajo con malicioso descaro.

-¿Cómo es que siempre usas traje? -inquirió valorando mentalmente el elegante corte de la chaqueta y los pantalones-. ¿No te apetece salir de cuando en cuando de esa encorsetada rutina y disfrutar del maravilloso mundo de la informalidad? -tironeó de la camiseta azul que lucía-. Un estilo más descuidado te sentaría bien.

-Me siento cómodo en mi encorsetada rutina -replicó.

-Hablando de comodidad -Morgan le sonrió a medias-. Quítate también la chaqueta.

Más que obedecer, el gesto natural con el que se deshizo de la prenda parecía haber sido decidido con bastante antelación.

-Y ahora la camisa -propuso mordiéndose el labio inferior, socarrón.

El japonés levantó una ceja y ladeó un poco la cabeza. Morgan percibió en sus ojos esa expresión autoritaria e inflexible que tan a menudo le mostraba, sobre todo cuando pretendía advertirle silenciosamente que estaba a punto de rebasar la intangible línea que separaba lo aceptable de lo en absoluto admisible.

-Veo que no tengo más remedio que aceptarlo -Morgan asintió con un leve cabeceo-. Tú marcas la pauta -dio un par de golpecitos con la palma de la mano al cojín de su derecha-. Pero al menos, siéntate. No creo que eso vaya en contra de lo que sea que has decidido qué va a pasar esta noche.

El japonés se acercó, sentándose cuidadosamente en el extremo del sofá.

-Así que aquí es donde se supone que sirven el mejor té de la ciudad -comentó dejando entre ver una nota irónica en el tono de su voz-. Debí haber imaginado que como el resto del día, la realidad no tendría nada que ver con las promesas de Morgan-kun.

-Deberías probar a ser menos quisquilloso  -Morgan tomó la taza por el asa y se la tendió-. No lo has probado aún, así que no protestes antes de tiempo.

Kato la recibió con ambas manos, manteniéndola entre ellas unos segundos.

-No he reconocido el apartamento -comentó contemplando meditabundo el casi transparente líquido-. Ha sufrido un cambio impensable. Tenía mis dudas mientras me empujabas escaleras arriba de que fuera a encontrar este lugar en condiciones aceptables de salubridad.

-Ese comentario es sumamente desconsiderado incluso viniendo de ti -gruñó tomando la copa de bourbon y acercándola a los labios-. No vivía en la inmundicia antes de conocerte y no lo hago ahora. Me gustaba mi pequeño universo caótico. Pero un día decidí que quería un cambio. Desde entonces entre estas cuatro paredes sólo coexiste el orden y el aroma a limpiador con esencia de limón.

Miró a Kato por encima de su copa y tras un largo trago, añadió:

-Desde el día que entraste en mi casa por primera y última vez y me trataste como basura.

Retiró el vaso de su boca y manteniéndolo en el aire, lo agitó haciendo girar el licor. El tintineo de los hielos chocando contra el cristal fue lo único que se dejó oír mientras ambos se contemplaban mutuamente en los ojos del otro.

-Ese día me demostraste hasta que punto estabas dotado para hacerme daño.

El japonés aspiró el leve aroma a flores que ascendía desde la taza enredado en el cálido vapor y se mojó los labios en el té con precaución.

-Pido disculpas -dijo inclinando formalmente la cabeza.

-Bueno -volvió a dar un par de sorbos al ambarino licor con relajada actitud-, ha pasado ya tiempo de aquello, pero nunca es tarde para una sincera disculpa.

-Pido disculpas por haber insinuado que Morgan-kun vivía en un lugar insalubre -explicó enarbolando una mirada indolente-. No por haber hecho sentir a Morgan-kun, según tus propias palabras, como basura.

-¿Te he escuchado bien? -se indignó-. ¿No te arrepientes en absoluto de lo déspota que fuiste conmigo?

-Aquel día yo me sentí manipulado, infravalorado y humillado. Creo que podemos considerar que estamos en paz.

Morgan advirtió desconcertado, el timbre de rencor que salpicaba sus palabras.

-¿De verás te hice sentir así? -inquirió con la desagradable sensación de los remordimientos recorriéndole la epidermis.

-¿No era lo qué pretendías? Con esas estupideces de hacer que la grúa se llevará mi coche y el manifiesto chantaje, ¿cabía esperar que me sintiera de otro modo?

Morgan se inclinó hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas y sujetando el vaso con ambas manos.

-No lo había pensado -musitó enarcando con fuerza las cejas.

En verdad en aquel entonces no lo había hecho. Y rara vez, más adelante. La mayor parte del tiempo se había limitado a enumerar, anotar y contabilizar las veces que el humillado e infravalorado había sido él. Las múltiples ocasiones en que se supo despreciado, maltratado por las palabras hirientes, los gestos despectivos. Vuelto hacia sí mismo no llegó, o más bien no quiso, detenerse a valorar el impacto de sus propios actos en la persona de Kato. Lo había hostigado insensiblemente, inmune a sus quejas, a los múltiples esfuerzos con los que trató de apartarlo de su vida. Lo acorraló, lo manipuló con la egoísta determinación de conseguir saber todo de su persona, de llegar hasta el lugar más recóndito de su ser. Le había reprochado innumerables veces su frialdad, su dura actitud hacia él, le había hecho figurar siempre como el personaje perverso del folletín, sin recapacitar ni una sola vez sobre su propia mezquindad aún siendo consciente de ella.

-Te lo he hecho pasar mal ¿verdad?

-Parece ser que ha sido algo mutuo -replicó con indiferente serenidad.

-Y ahora estamos en este punto -Morgan apuró de un único y brusco trago el contenido de su vaso lo que causó que su boca se crispara-. Hace un rato tú me hablabas de volver a salir juntos y yo te suplicaba que hiciéramos el amor. Y para llegar hasta eso hemos tenido que recorrer un camino en el que no hemos dejado de herirnos. ¿Así funciona? ¿En eso consiste enamorarse?

Dejó el vaso en la mesa con un golpe seco y un reniego.

-No me contestes -le ordenó secamente poniéndose en pie-. Seguro que tu respuesta me haría sentir peor de lo que ya me siento. Voy a por la botella de bourbon.

Kato siguió su caminar enérgico por el rabillo del ojo hasta que salió de la habitación.

Ahí estaba de nuevo, el temperamento visceral de Morgan brotando innecesariamente de su interior. Para su disgusto eran numerosas las ocasiones en las que había sido testigo involuntario del carácter vehemente de aquel hombre, las suficientes como para terminar aborreciendo esos previsibles arranques y desdeñarlos como infantiles e inapropiados. Le irritaba y aún así, por algún motivo extraño, había terminado por acostumbrarse a esa partícula incómoda de su personalidad llegando incluso a pensar que de esfumarse, podría terminar por echarla de menos.

Miró el vaso vacío sobre la mesa y los hielos derritiéndose en su interior.

El disgusto a destiempo de Morgan era una perdida de tiempo. De nada valía ya lamentarse de hechos pasados. El arrepentimiento o la culpabilidad no borrarían el sufrimiento en mayor o menor medida que se habían causado siguiendo los dictados de sus conciencias.

-"No" -pensó mientras bebía pequeños sorbos de té-. "En eso no consiste enamorarse. Es Morgan-kun quien lo ha convertido en una contienda" -apoyó los labios en el borde de la taza-. "O más bien ambos"

Pasó la lengua por sus labios paladeando el sabor intenso de la bebida. Identificó el té blanco como ingrediente principal y solapado, un ligero toque a rosas y algo más.

-Melocotones -susurró.

-¿Qué dices?

Morgan había regresado con una botella en la mano y vertía su contenido en el vaso.

-Nada -negó-. Sólo que tiene un leve sabor a melocotones.

-¿Te gusta?

Se sentó manteniendo las distancias. Su entrecejo continuaba tenso, pero su voz sonaba apaciguada.

-Es un buen té -respondió Kato.

Se inclinó hacia delante para dejar la taza sobre la mesa. Con un rápido gesto, Morgan le tomó la mano antes de que la retirara. El japonés le dirigió una mirada extrañada y un tanto molesta.

-Recuerdo haber mencionado en más de una ocasión lo odioso que he sido contigo -habló Morgan con una expresión decidida en su semblante-, pero no haberte pedido perdón -acercó la mano de Kato a sus labios y besó delicadamente la punta de sus dedos-. Perdóname por haberme enamorado de ti.

El gesto, las palabras, le tomaron por sorpresa causándole una inquietante desazón que volvió rígido su cuerpo. A través de la piel percibía la calidez que la firme mano de Morgan le trasmitía y en las yemas de los dedos la humedad tibia de su boca. Su mente tomó la decisión de poner en marcha los mecanismos necesarios para atajar aquel contacto, pero ningún músculo de sus miembros se movió. Continuó inmóvil, como perdido en la escena inusual de su mano sostenida tiernamente por la de Morgan y el extremo de sus dedos hundidos entre los carnosos labios; concentrado, ya no en la voz de su conciencia que tenaz le recordaba lo aventurado que era permitir que aquel hombre asumiera el mando, sino en la idea de lo grato que resultaba sentir que una pequeña parte de su cuerpo era estrechada de esa manera. En lo confortable que sería sentirlo no sólo un instante, no apenas unos segundos, unos minutos, sino más, mucha más.

-Perdóname, por favor.

Alzó la mirada hacia su rostro y vio el cansado desconsuelo en sus ojos. Sus pupilas le pedían perdón, su boca, sus palabras le suplicaban perdón por amarle, le rogaban que le eximiera del peso de la culpabilidad por los actos nacidos de sus sentimientos, los mismos que les habían llevado a ambos hasta aquel preciso momento, hasta la decisión de Morgan de retener su mano como si se tratara del objeto más valioso de su vida. Pero no podía, no quería hacerlo. Perdonarlo significaba mostrarse conforme con su culpa, con el hecho de que Morgan aceptára su enamoramiento como un sentimiento erróneo, inadecuado e inaceptable. Era convertir la ternura de aquellos dedos sosteniendo su mano en un gesto inútil y pueril. Y por extraño e incongruente que le resultara, su conciencia se rebelaba con obstinación contra esa posibilidad.  

-No -tiró un poco de su mano para apartarla de los labios de Morgan, pero sin intención de soltarse de él-. No te perdono.

-Kato... -musitó, la tristeza de sus ojos se hizo más densa y profunda.

-¿Crees que con mostrar tu arrepentimiento será suficiente para correr un tupido velo sobre lo que queda a nuestras espaldas?

El cuerpo de Morgan se encogió igual que si el mundo acabará de descender sobre sus hombros.

-Eres el culpable de todo -continuó imperturbable el japonés-. Así que hazte cargo de tu responsabilidad.

-¿Qué? -inquirió confuso.

-Baka2-suspiró Kato-. No hace mucho me dijiste que era mi turno de hacerme responsable. Ahora es el tuyo.

Su mano libre se acercó al rostro de Morgan y con ternura acarició sus labios antes de inclinarse y besarlos ligeramente.

-Estoy en esta situación por las acciones de Morgan-kun. Es tu obligación hacerte responsable de ello y actuar en consecuencia -le explicó quedamente sin apenas separarse de su boca-. ¿Lo entiendes?

-Entiendo que tienes una manera muy extraña de decir que te gusto -tomó entre las manos el rostro de Kato y lo retuvo delicadamente-. ¿O es qué disfrutas volviéndome loco?

Sujetó con cuidado las gafas de Kato y sin prisas, buscando hundirse en las nítidas pupilas agazapadas tras los cristales, las retiró del puente de su nariz para dejarlas sobre la mesa. Entreabrió los labios y rozó con ellos los del japonés, deslizando dentro de la tórrida boca su lengua, deseosa de hallar a su semejante.

-Morgan-kun... -murmuró entornando los párpados hasta que su mirada sólo fue una fina línea oscura.

-Estoy actuando en consecuencia -replicó éste.

Con su propio cuerpo empujó al del japonés, que apenas se resistió, hasta conseguir recostarlo sobre el sofá. Su boca, avara y hambrienta se apresó de la de Kato, hundiendo en ella sin contemplaciones su caliente lengua convertida en una punzante lanza. Notó las manos del japonés sobre su pecho y por un momento creyó que tendría que resistir el empuje de éstas para evitar ser apartado. Pero no era rechazo lo que había en aquel gesto. Mientras Kato respondía con sosegado placer a los envites de la boca de Morgan, sus manos se desplazaban sinuosas por el torso de éste, firmes, expertas, sensuales. Siguiendo los costados descendieron hasta la cintura y se colaron bajo la camiseta casi sigilosamente, desplazándose por su piel en una lenta danza, registrando con la punta de los dedos los recovecos del musculoso vientre, el firme pecho, los delicados y sensibles pezones.

-Kyosuke -llamó con un jadeó al sentir como el tibio roce endurecía sus pezones.

El japonés le agarró la cintura y tiró de él obligándolo a descansar sobre su pecho. Con viveza mordió los labios de Morgan, su entregada lengua, el cincelado mentón, a la vez que le estrechaba los hombros con los brazos, apresándolo en un anhelante abrazo.

-Kyosuke -repitió vehemente.

Advertía cómo el cuerpo del japonés se estremecía contra el suyo, la forma en que su pecho ascendía y descendía convulso tras cada bocanada de aire, el batir desordenado y sonoro de su desbordado corazón, el calor de su piel filtrándose a través de la ropa, confundiéndose con el calor de su propia carne, el aroma dulzón a melocotones enredado en sus cabellos. Y también percibía el olor a deseo y sexo que él mismo exudaba, el temblor intenso de sus miembros atrapados por los brazos del japonés, cómo se endurecía su ingle en respuestas a cada beso, a cada caricia de aquella lengua lujuriosa que le despojaba de toda voluntad. Enterró su mano en los sedosos cabellos de Kato, sujetándolos y tirando de ellos hasta conseguir que inclinara hacia atrás la cabeza y le mostrara el esbelto cuello. Mientras recorría con pequeños mordiscos la perfecta línea de la arqueada garganta, con el eco de los pequeños gemidos del japonés sacudiéndole los oídos, aflojó el nudo de la corbata que la ceñía y desabrochó los primeros botones para que su lengua pudiera continuar descendiendo hasta el pecho sin molestos obstáculos.

-Esta vez no habrá interrupciones -advirtió entre beso y beso, uno por cada botón que soltaba-. Nadie vendrá a salvarte -su húmeda boca acarició la aterciopelada piel, su lengua se deslizó por ella buscando alcanzar los pezones-. Pienso devorarte lentamente.

-¿Tienes lubricante y preservativos?

La repentina pregunta le hizo alzar la cabeza bruscamente. Tan violento fue el movimiento que por unos segundos su campo de visión se pobló de pequeños puntos negros e intermitentes.

-¿Cómo? ¿Qué dices? -balbució parpadeando repetidas veces.

-Lubricante y preservativos -repitió Kato modulando lentamente las palabras, calmando con esfuerzo el ritmo de su respiración. Tenía el rostro encendido y brillante, los labios entreabiertos, mojados y vivamente enrojecidos y los párpados casi cerrados sobre una encendida mirada-. ¿Tienes?

-Sí... claro... -Morgan se incorporó vacilante, sentándose a horcajadas sobre el vientre de Kato-. Dices... me preguntas eso porque... -con la vista puesta en un punto impreciso se pasó las manos por los cabellos sucesivas veces-. ¿Por qué tú quieres...?

El japonés se acarició con los dedos la frente cubriendo en parte sus ojos.

-¿No quieres?

-¡Sí! -se apresuró a responder Morgan con más ímpetu del que había previsto-. Yo quiero, sí. Pero, ¿y tú? -preguntó dudoso.

-Yo también -entre los dedos podía distinguirse la sombra de su mirada, intensa, segura.

-Bien -asintió Morgan.

No añadió nada más, no se movió, se diría que ni respiró. Permaneció sentado sobre el japonés; los ojos clavados en su rostro, los labios cerrados fuertemente, la espalda erguida, las manos  apoyadas en los muslos. Al cabo de un corto tiempo, Kato apartó un poco la mano y ladeó la cabeza dedicándole una mirada de curiosidad.

-Morgan-kun...

-¿Sí? -replicó alzando las cejas.

-¿Tienes qué ir a buscarlo o es que acaso lo llevas encima?

Morgan se levantó de un torpe salto y apunto estuvo de quedar sentado en la mesa.

-Tengo que buscarlo, claro -señaló hacia el pasillo junto a la puerta de la cocina-. En mi dormitorio. Allí. Voy a buscarlo y vuelvo.

Salió del salón sin echar una sólo vistazo a atrás y meneando la cabeza con disgusto.

-¿Pero qué coño hago? -masculló caminando por el pasillo.

Se sentía tan ridículo que no se conocía. En su vida había reaccionado tan patéticamente ante una propuesta de sexo seguro. Ni cuando perdió su virginidad a la edad de catorce años sobre las viejas tablas de la casa del árbol de sus vecinos, se había mostrado tan torpe, inseguro y amilanado.

Entró en el dormitorio y tras encender la luz se acercó a la alta y estrecha cómoda situada a un lado de la puerta. Agarró con vehemencia los tiradores del primer cajón pero no lo abrió.

-Casi lo estropeas todo -masculló contemplando el reflejo de la contrariada mueca que era su rostro, en el espejo enmarcado en madera que descansaba apoyado sobre el mueble y la pared- ¿Qué es lo que te pasa?

A la vista de su comportamiento, cualquiera hubiera podido pensar que había cambiado de opinión, que su intención de no ser un objeto sexual para Kato se había impuesto a su desenfrenado deseo de poseerlo.

Nada más lejos de la realidad.                                                                                              

Quería hacerle el amor. Antes y en aquel mismo instante, anhelaba desesperadamente hacerle el amor. Tal era el deseo que abrigaba, que desde los frustrantes acontecimientos en el apartamento del japonés y a pesar de sus reparos, muchos de sus pensamientos a lo largo del día los dedicaba a elucubrar sobre cómo lo seduciría para poder tenerlo entre sus brazos, de qué manera sus manos lograrían hacerlo estremecer de placer, qué palabras desgranaría en sus oídos cuando lo estuviera poseyendo. Y aunque en ningún momento dejaba de ser tristemente consciente de lo lejos que podía estar de que se cumpliesen sus expectativas, incluso de que algún día se hicieran realidad, se negaba a darse por vencido. Por ello no había podido resistir la tentación de arrastrarlo hasta su casa, con el propósito entre otros menos carnales, de conseguir aunque sólo fuera un puñado de cálidos besos.

Pero había logrado más. Besos, caricias, una libidinosa proposición, mucho más de lo que había previsto y precisamente aquello por lo que suspiraba. Y en vez de mostrarse exultante de alegría, pletórico de satisfacción, se había comportado como un autentico pusilánime.

Abrió el cajón de un fuerte tirón y fue revolviendo entre la ropa interior y los calcetines sin cuidado ni orden.

-"La culpa la tienes tú, Kato" -casi dijo en voz alta-. "Como siempre toda la culpa la tienes tú"

Abrió con la misma impaciencia el segundo y el tercer cajón sin encontrar en ellos lo que buscaba.

-¿Tienes preservativos y lubricante? -pronunció en actitud burlona, imitando sin mucho éxito el templado tono de Kato-. Serás manipulador...

Cerró de golpe el último cajón y se giró hacia la habitación, quedándose inmóvil ante los pies de la amplia cama cubierta por una funda nórdica a rallas negras y blancas.

Aún no podía creer que hubiera escuchado al japonés pronunciar aquellas dos palabras juntas. Precisamente era la chocante naturalidad con la que le había propuesto hacer el amor y su inusitada iniciativa, una evidente forma de asumir control, lo que le había dejado completamente desarmado. Su reacción no distaba mucho de la de un necio inmaduro, lo sabía. Pero que para Kato no fuera suficiente pretender ostentar el mando en la mayoría de los aspectos de su supuesta relación e intentara infiltrarse en el que sin duda era su territorio, no sólo le desconcertaba, sino que también le irritaba.

Se frotó la nuca y cerró los ojos un instante.

-"Soy yo el que te está seduciendo" -pensó con infantil rencor-. "Por una vez déjate llevar"

Sin embargo, a pesar del estupor que le había provocado, tenía que admitir que aquel intento de golpe de estado no le cogía del todo por sorpresa. ¿Acaso no había sido Kato el inductor de su único y frustrado encuentro sexual? En aquella ocasión el japonés se lanzó a sus brazos, pero en ningún momento dejó escapar las riendas. Eran sus besos quienes marcaban el ritmo, sus manos las que guiaban, su cuerpo el que subyugaba, mientras él simplemente se abandonaba al lujurioso placer que le otorgaba con su lasciva y falsa entrega.

Se aproximó a la mesa de noche de color pino que había junto a la cabecera de la cama y registró en vano sus dos pequeños cajones.

-Esto me pasa por llevar meses sin follar -rugió ente dientes-. Si yo fuera un puñetero condón, ¿dónde demonios me metería?

Pero aún no estaba todo perdido. Sabía que podía recuperar el control fácilmente, bastaba con volver junto a Kato y poner en prácticas toda su vasta experiencia. Engatusarlo con su habilidad para provocar, atraparlo con sus sensuales juegos, excitarlo sin piedad ni medida con la pericia de sus caricias, arrastrarlo hasta un punto sin retorno y luego hacerle suplicar por más.

Apretó los dientes para no dejar escapar una gruñido excitado y sonrió con lasciva malicia. Kato iba a arrepentirse de haber intentado arrebatarle el mando en su primer encuentro sexual.

Rodó por encima de la cama y sumergiendo brazos y cabeza rebuscó en el interior del baúl de mimbre situado bajo la ventana, sin éxito.

-¡Mierda! -protestó.

El calor de su entrepierna comenzaba a ser incómodo, tanto como la estrechez de sus pantalones allí donde el erecto pene se comprimía contra la tela, y aquel estado de excitación estaba dificultando enormemente que lograra concentrarse. Inquieto, examinó de una ojeada la habitación tratando de recordar en qué lugar había guardado sus últimos preservativos. Descartó que pudieran estar en el interior del armario empotrado, entre los libros de la estrecha estantería situada en un lateral de la ventana o en la cesta de la ropa sucia, con lo que únicamente le quedó una alternativa.

Se arrodilló sobre las lozas del suelo y levantando la funda nórdica miró bajo la cama. Allí aún reinaba la anarquía. Agarró el extremo de un bate de béisbol que sobresalía entre unas roídas camisetas y con él fue apartando todo lo que le tapaba la visión, un par de zapatillas de deporte, un cojín, algunas revistas, hasta que apareció al alcance de su mano una caja roja, cuadrada y metálica. Se hizo con ella y la abrió con prontitud. Con un resoplido de alivio, sacó de su interior una tira de ocho preservativos y un bote alargado y redondo de lubricante. Se sentó en el borde de la cama y sujetando cada cosa con una mano las examinó evaluativo.

-Bueno, y ahora...

Respiró hondo y expulsó el aire enérgico.

Lo que seguía no debía de resultar muy complicado. Kato no se iba a resistir, más bien todo lo contrario. Y él sabía perfectamente cómo sacarle el mayor y mejor partido a los útiles que sostenía, aunque fuera a utilizarlos por primera vez con alguien que era de su mismo género. El sexo anal con hombres no debía de diferir del que se practicaba con mujeres, y no recordaba que ninguna de aquellas de sus amantes con las que había tenido el placer de compartir la experiencia, se quejaran de su capacidad para hacerlas disfrutar.

Volvió a respirar profundamente.

-Sólo tengo que recordar ser extremadamente cuidadoso, afectuoso y paciente -se dijo en voz baja-. Y todo irá sobre ruedas.

-¿Con quién hablas?

Morgan dio un fuerte respingó al escuchar la voz del japonés.

Éste se hallaba en la entrada del dormitorio, observándolo con un atisbo de burla en los ojos. No había vuelto a colocarse las gafas, lucía el cabello algo alborotado, aunque aún sujeto por un delgado cordón y la camisa entreabierta, dejando al descubierto su lampiño torso. Morgan se humedeció despacio los labios mientras lo contemplaba. Había algo en su pose relajada, en su descuidado aspecto, que le excitaba terriblemente a la vez que le intimidaba. Observó los objetos en sus manos y después a Kato, el cual parecía no tener prisa por moverse de la entrada del dormitorio.

-Vaya... -musitó Morgan mirando nuevamente la tira de condones y el bote de lubricante-. Así que era eso.

-¿Era qué? -inquirió Kato cruzándose relajadamente de brazos.

Morgan lo miró de soslayó esbozando una liviana sonrisa.

De repente se había dado cuenta de que existía algo más que sorpresa e irritación en su interior. También había miedo. Un temor desconocido, diferente, inquietante, navegando en silencio bajo su piel. Extraño, pero muy simple. Tenía miedo de no ser capaz de satisfacer a aquel hombre.

¿Cuándo había sido la última vez que dudó de su capacidad para proporcionar placer a otra persona? ¿Con aquella pechugona de noveno que era la manager personal de la mitad del equipo de baloncesto del instituto? ¿Con las gemelas universitarias que nunca iban a ningún lugar la una sin la otra? ¿O tal vez con la striper vestida de madame de la despedida de soltero de Avery? No lo recordaba, tal vez porque nunca tuvo motivos reales para preocuparse o su orgullo no se lo permitió. Pero en aquel momento, ese orgullo se había ido de vacaciones permitiendo que se instalara en su lugar un temor torpe, humillante y tremendamente frívolo, a no alcanzar las expectativas que Kato podía tener puestas en él.

-Si Morgan-kun así lo quiere -comentó el japonés con una condescendencia que sonó casi cariñosa-, podemos dejarlo pasar.

Morgan alzó una ceja y frunció los labios con sorna. Tenía miedo, sí. Pero sabía cómo librarse de él.

Primero aceptándolo.

Tiró sobre la cama los preservativos y el lubricante. Recostó la espalda contra el cabecero forrado en tela de color naranja y se acomodó colocando las manos displicentemente detrás de su cabeza.

Y después, enfrentándolo.

-Ni de coña -dijo enarbolando su mueca más lasciva.

Por un instante tuvo la sensación de que Kato iba a soltar una carcajada. Sus ojos le miraban directamente, curiosos, casi divertidos. Su boca dibujaba una línea arqueada en las comisuras, como si estuviera a punto de desplegarse en una gran sonrisa. Pero no hizo ningún gesto. Su expresión permaneció impertérrita, en una espera sosegada.

-¿Dónde lo habíamos dejado? -inquirió Morgan quitándose las deportivas que calzaba haciendo fuerza con la puntera en el talón y dejándolas caer al suelo-. ¡Ah, ya recuerdo! -se respondió a sí mismo con falsa sorpresa-. Tú estabas debajo de mí. ¿Qué tal si volvemos a la misma posición? Pero antes, quítate la ropa.

Al ver que Kato avanzaba hacia la cama al mismo tiempo que soltaba los botones de la camisa que aún estaban abrochados, y todo ello sin una sola protesta o réplica, Morgan no pudo evitar que sus cejas se alzaran y su boca se entreabriera por el estupor.

-¿Quién eres tú? -preguntó frunciendo el ceño en una caricaturesca expresión desconfiada-. ¿Y qué haces dentro del cuerpo de Kato?

El japonés tiró de los faldones de la camisa sacándolos de debajo del pantalón y sin prisa apartó la prenda de sus hombros, dejándola caer a los pies de la cama. La luz que irradiaba la lámpara que pendía del techo incidió en su desnudo torso, delgado pero fibroso, en el plano y tenso vientre realzando el tenue bronceado de su piel, el tostado tono de sus pezones redondos y pequeños, dibujando la forma de los fuertes hombros.

Morgan entornó los párpados y su relajada pose se tornó artificial.

Tenía ante sí el cuerpo de un hombre. Un cuerpo especialmente hermoso, de hombre. No iba a encontrar en él unas curvas sensuales, unas caderas pronunciadas, ni unos pechos colmados y jugosos. Si aspiraba el aroma de la luminosa piel, si la acariciaba con su lengua, no llegaría a percibir la esencia de una mujer en ella. Y aún así, al contemplarlo, sus sentidos se descontrolaban y todo su ser se enardecía, se precipitaba ciegamente hacia ese punto delicioso en el que  la carne se volvía caliente e insaciable.

-Un poco más... -musitó.

Kato torció a penas la cabeza sin aparente intención de quitarse ninguna prenda más.

-¿Qué? ¿Me vas a dejar con las ganas de más? -lloriqueó.

El japonés adelantó un poco el mentón en dirección a Morgan.

-Ya veo -asintió divertido asiendo el extremo inferior de su camiseta con ambas manos-. Una especie de quid pro quo, ¿no es así? Va a resultar que debajo de toda esa capa de cera hay un pequeño pervertido -tiró de la prenda y la sacó con facilidad por encima de su cabeza tirándola descuidadamente al suelo -. Adelante Clarice, quid pro quo.

Morgan sintió un caliente temblor recorrerle la espalda cuando los ojos de Kato se posaron sobre él. Casi pudo percibir cómo las densas pupilas se clavaban en la carne de su robusto torso e iban recorriéndolo desde los hombros hasta las líneas profundas que marcaban los músculos de su vientre. Leyó en aquellos ojos, que a cada instante parecían más oscuros, admiración y también una incipiente satisfacción, lo que provocó que una oleada de candente placer se extendiera por su vientre hasta la ingle obligándole a apretar los dientes.

Sintió que su ego se acrecentaba y que parte de la confusión que merodeaba por su mente se diluía. Poco importaba quien tratara de marcar el ritmo entre aquellas cuatro paredes, quería el deseo que se intuía bajo la resquebrajada mascara de Kato, la lujuria que se agazapaba tras sus pupilas. Quería contemplar cómo la pasión exiliaba de sus rasgos el desdén, la impertérrita frialdad, cómo borraba de su boca su eterna mueca desabrida. Necesitaba desesperadamente ver brotar el placer en aquel rostro inmutable y ser el único artífice de ello.

Se acarició con calculada lentitud el vientre y siguiendo el delgado cordón de vello que nacía en su ombligo llegó hasta la cintura del pantalón vaquero. Desabrochó el primer botón y luego los siguientes, hasta que la bragueta quedó abierta exponiendo a la vista la forma protuberante de su pene bajo la tela marrón del bóxer.

-Ahora, te toca a ti -retó con descaro-. Ni una prenda más hasta que no vea lo que escondes.

Primero se quitó los zapatos y los calcetines, en apenas unos segundos, pero con una meticulosidad extrema. Después, con un gesto rápido y en ningún momento timorato, aflojó la correa, quitó el botón de la cinturilla y descorrió la cremallera. El pantalón se deslizó por sus musculosas y tersas piernas hasta los tobillos dejando a la vista sus estrechas caderas y un ceñido slip negro.

Morgan ahogó a duras penas un jadeo involuntario y se irguió rígido contra el cabecero. No dilucidaba que le desconcertaba más; si el incomprensible y extremo grado de excitación al que estaba llegando por la contemplación de un cuerpo masculino desnudo o la actitud absolutamente desenvuelta del japonés. Fugazmente se preguntó dónde habría quedado la desapasionada actitud de la que Kato gustaba tanto de hacer gala, en qué lugar había encerrado su estudiada dignidad, su destemplada circunspección, de qué rincón secreto había rescatado tanta descarada sensualidad. Y pensó con rabia, que si realmente era así, si en verdad aquel hombre ocultaba a los ojos del mundo una faceta carnal, caliente, voluptuosa, tentadoramente desinhibida, no quería que nadie más la viera, que ningún otro ser en la tierra pudiera tener el derecho de disfrutar de ella más que él mismo.

-No te reconozco -admitió Morgan con la voz rasgada por el deseo-. Pero como hay un día y una noche que no cambiaría este momento por nada.

-Quid pro quo -replicó el japonés modulando cada palabra.

Morgan se deshizo de sus pantalones con prontitud, tirándolos desconsideradamente a un rincón de la habitación. Se irguió y cruzó las piernas apoyando en ellas las manos. Kato se sentó relajado en el borde de la cama, recostado hacia atrás, con los antebrazos descansando en el colchón. Morgan adelantó un poco la cabeza dirigiendo la vista con absoluta desfachatez a la abultada entrepierna del japonés.

-Vaya, me sorprendes -comentó enarbolando una sarcástica mueca-. Tenía entendido que los asiáticos no andabais muy bien dotados precisamente. Tú debes de ser la excepción que confirma la regla.

-La inmadura observación de Morgan-kun, con la que sospecho pretende halagarme, resulta innecesariamente ordinaria -alegó con un ápice de altivez.

Morgan sacudió la mano delante de su cara.

-Espera un momento -le advirtió-. El tipo estirado e irritable al que le molesta esa clase de comentarios se quedó hace rato en la habitación de al lado. El que está sentado en mi cama en este instante es otro, uno con un sentido de la impudicia mucho más desarrollado.

Kato entornó malicioso los párpados a la vez que bajaba la mirada hacia la ingle de Morgan.

-Morgan-kun tampoco cumple con el estereotipo sexual de afroamericano -apuntó frunciendo la boca, desdeñoso.

-¡Eh! ¿Qué insinúas? -se indignó-. Estoy sobradamente bien equipado. No quieras descubrirlo.

El japonés alargó la mano y tiró de la cinturilla elástica del bóxer. La sorpresa hizo que Morgan se encogiera de golpe con un reniego, perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás golpeándose la cabeza contra la cabecera de la cama.

-Déjame ver -le había parecido escuchar antes de sentir el desagradable golpe en su nuca.

Para cuando se quiso dar cuenta, Kato estaba inclinado sobre él, con una mano posada en su vientre y la otra apoyada en el almohadón a la atura de su rostro.

-¿Y quién eres tú? -preguntó con suavidad el japonés, acercándose lentamente a su rostro-. ¿Dónde ha ido a parar el tipo experimentado, arrogante y fanfarrón que quería darme lecciones de sexo hace unas semanas?

Morgan le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí hasta que tuvo su boca al alcance de la lengua.

-Se ha fundido entre tus brazos -susurró lamiendo los labios del japonés.

Los cuerpos de ambos se unieron. Sus pieles se tocaron, se frotaron. Ambos percibieron el calor que desprendían, el temblor que los embargaba. Sus bocas se convirtieron en un campo de batalla donde sus lenguas trataban de conquistar por la fuerza el territorio ajeno. Kato acarició el costado del Morgan, se deslizó por él hasta alcanzar el borde de la ropa interior y comenzó a tirar de ella para retirarla.

Morgan buscó respirar entre los violentos besos, refrenar los labios que le quemaban, que le herían con su vehemencia, con su desatada pasión.

-Kyosuke -llamó sin aliento-. Escúchame. ¿Me amas?

Kato se detuvo bruscamente. Cerró los ojos y dejó escapar un reniego ahogado.

Kuso3!

-¿Me amas? -insistió Morgan agarrándolo de los cabellos con ambas manos.

-¿Por qué insistes en preguntarme aquello para lo que no tengo respuesta? -se lamentó.

Abrió los párpados y por un segundo se sintió perdido en la inmensidad de unos verdosos ojos que le contemplaban anhelantes. Una inmensidad doliente y terriblemente hermosa.

-Sólo sé que quiero averiguarlo -musitó inclinando su frente sobre la de Morgan-. ¿Me permites averiguarlo?

-Dime al menos que esto no lo harías con cualquiera -le rogó-. Que al menos soy lo suficientemente importante para ti como para no ser alguien cualquiera en tu vida.

-No eres alguien cualquiera -admitió Kato en voz muy baja-. Nunca lo has sido.

Las manos que le sujetaban los cabellos se abrieron deslizándose por su cuello. Percibió con detalle cómo poco a poco fueron resbalando por su espalda, acariciándola, persiguiendo con la punta de los dedos el sendero de la perfecta y arqueada columna. Ondulando su cuerpo para sentir más profundamente aquellas caricias, besó la nariz de Morgan, su boca entreabierta, su mentón. Siguió descendiendo y besando, primero la delineada nuez, después la pequeña oquedad en el nacimiento de la garganta, por último los protuberantes y oscuros pezones.

Morgan gimió y curvó la espalda en un acto reflejo al sentir los dientes del japonés pellizcarle con implacable pasión los pezones duros como pequeños guijarros. Intentó eludirlo pero únicamente logró que Kato intensificara el juego de su boca y con él la deliciosa tortura. Confusamente notó que su bóxer se escurría por sus piernas, guiado por las manos del japonés, y que su firme pene quedaba al descubierto. Repentinamente apremiado, alcanzó el final de la espalda de Kato y tiró de su slip hasta lograr bajarlo. El japonés alzo el cuerpo y se removió luchando por liberarse de la prenda. Una vez que lo logró, se tumbó nuevamente sobre Morgan, comprimiendo su pene erecto contra el vientre de éste.

-¡Dios, qué sensación tan extraña! -profirió respirando fuertemente-. La tienes tan dura y tan caliente.

-Chist... -chistó el japonés, inclinado sobre Morgan comenzó a recorrer su pecho con la lengua.

-Lo siento -se mordió los labios al sentir el sensual cosquilleo sobre su piel-. Es la primera vez que tengo la polla de otro tío tan cerca.

Kato soltó un gruñido gutural semejante a una advertencia, lamió el tembloroso vientre de Morgan hundiendo la punta de la lengua en el redondeado ombligo, y continuó con seguridad hacía las profundidades de su entrepierna.

-Aguarda un momento -suplicó cubriéndose el rostro con el antebrazo-. Si vas a chupármela avísame, nada de tomarme por...

La mano de Kato aferró con premeditada fuerza al grueso pene de Morgan. Besó el extremo permitiendo que la saliva de sus labios lo empapara y abriendo la boca, lo guió hacia el interior de ella lentamente.

-¡Mierda, Kato! -exclamó. Su cuerpo se tornó rígido, tanto que sus músculos se contrajeron dolorosamente. Aferró la cabeza del japonés y la sostuvo tembloroso entre sus manos sin voluntad para apartarla-. ¡Te dije que avisaras!

El calor de aquella calculadora boca le envolvió, su insolente habilidad se apresó de la carne palpitante y encendida, fustigando su deseo, atormentándole al ascender y descender cada vez más profundo, más pausado. Se sintió deliciosamente devorado, acorralado por los labios, la lengua, la saliva con la que Kato ceñía su enhiesto pene. Embriagado por el eco lujurioso de sus propios gemidos reverberando en su pecho por el placer, que fluyendo desde la ingle y a través de su vientre, buscaba llegar hasta el último rincón de su cuerpo. Dejó que pasaran los minutos, que su excitación creciera incontenible, que la boca del japonés le subyugara a su antojo, hasta que presintió la proximidad del estallido zigzagueando por su columna vertebral.

-¡No sigas! -redoblando la fuerza con que le sujetaba la cabeza detuvo su lento movimiento obligándole a levantarla-. No me quiero correr en tu boca... -tiró de su rostro a la vez que se incorporaba-,... hoy no.

El japonés tenía las mejillas encendidas, la mirada febril y espesa y al respirar, el aire surgía entrecortado de su boca. Morgan le limpió los restos de saliva que goteaban de sus labios con los pulgares; la perfilada carne, firme y enrojecida le quemó las yemas de los dedos.

-Ahora soy yo quien quiere probar tu piel.

Lo empujó, sin violencia pero decidido, haciéndolo caer de espaldas contra la cama. Se arrodilló entre sus piernas separadas y apoyando los manos a los lados de su cuerpo se inclinó un poco hacia delante deteniéndose a examinarlo con deleitada minuciosidad.

-¿Qué es lo qué haces para tener un cuerpo tan delicioso? -inquirió con envarada voz. Sus dedos se apoyaron en el mentón del japonés y desde ahí dibujaron el perfil del cuello hasta el pecho-. El color dorado de tu piel, su delicada suavidad, la forma en que se dibujan tus músculos bajo ella -serpenteando por el torso, alcanzó los pezones que acarició ligeramente con las yemas, arrancando pequeños susurros de placer al cuerpo trémulo de Kato-. Tus brazos largos y fibrosos, tus torneadas piernas -su mano se posó sobre el agitado vientre a poca distancia del enhiesto pene-. Tu enorme...

-Morgan-kun... -jadeó el japonés interrumpiéndolo, tenía los ojos cerrados con fuerza, tanta que el entrecejo lucía arrugado, y la boca apretada en una mueca contrariada-. Tanta conversación mientras hacemos el amor resulta innecesaria.

-... hacemos el amor... -repitió ensimismado-. Me gusta cómo suena. Repítelo.

Kato le tomó la muñeca y acercó la mano de Morgan a su pene.

-Hagamos el amor -susurró con húmeda lujuria.

Los dedos de Morgan tocaron la tensa piel, resbalaron por ella hasta hundirse entre el oscuro y duro vello de la ingle.

-No creía que fuera agradable tocarle la polla a otro tío -abarcó con su mano el grueso miembro y comenzó a masajearlo sin prisa-. Ni que me pondría tan cachondo.

-Por favor -Kato le asió el cuello con ambos brazos y lo atrajo hacia sí-. Calla.

Sin dejar de mover arriba y abajo su mano, Morgan recibió los besos avasalladores del japonés permitiéndole que se impusiera, que su boca y su lengua le dominaran, le incitaran, mientras él ejercía su poder por debajo de la cintura, consciente de que a pesar de su falta de experiencia, era capaz de doblegar a su víctima. Notó en su vientre cómo la excitación ardía impaciente, reclamando su momento. Oyó los gemidos de placer de Kato romperse contra su boca. Lo sintió agitarse bajo su cuerpo, arquearse por el intenso deseo.

De repente el japonés posó la mano sobre su pecho y lo empujó apartándolo un poco y obligándolo a detener sus caricias. En su otra mano sujetaba la tira de preservativos. Se acercó uno de los extremos a la boca y preguntó con los ojos arrasados por el deseo y la piel del rostro teñida de rojo:

-¿Quieres?

-Por supuesto -replicó tratando de que su voz sonara firme y resuelta.

-¿Estas seguro? -insistió.

-Te lo demostraré -aseguró agarrando la tira de condones.

-Yo lo haré -Kato rasgó con los dientes el envoltorio y extrajo de su interior un traslucido condón.

-¡Joder! -Morgan tomó aire y cerró los ojos preparándose para sentir las manos del japonés deslizando por su pene el preservativo-. Sí que sabes poner cachondo a un hombre.

Impaciente, tremendamente nervioso y al borde del orgasmo, aguardó unos segundos durante los cuales, para su desconcierto, no sucedió lo que preveía. Abrió los ojos e inclinando hacia abajo la cabeza miró en dirección a su entrepierna. Allí vio su pene, enhiesto, oscuro, expectante y como ya sabía, sin preservativo. En cambió el de Kato, lucía provocador enfundado en la delgada película de látex.

-Esto... -Morgan levantó una ceja, suspicaz-. Creo que con las prisas te has confundido de miembro.

Kato arrugó extrañado la frente.

-No.

-Sí, hombre -reiteró divertido-. Es de escuela elemental. El condón se coloca en la que va a entrar -hizo hincapié en la última palabra alargando las silabas-. No en la que se va a quedar fuera.

-Exacto -corroboró con tranquilidad Kato.

Morgan abrió la boca para añadir algo más, pero de ella sólo salió aire. La expresión de su rostro pasó rápidamente del regocijo a la incomprensión y de ahí a una compleja mezcla de estupor y terror. Kato se le quedó mirando un instante. Después sus labios se curvaron, se contrajeron temblorosos. Su mentón se agitó a la vez que sus párpados se estrechaban y su frente se cubría de arrugas. Tapó su boca con la mano pero no consiguió detener la sonora y alegre carcajada que, sacudiéndole el pecho, surgió con espontánea felicidad de ella.

Absolutamente desconcertado, Morgan se apartó de él sentándose sobre la cama. Sin lograr concebir que la escena que contemplaba fuera real, lo vio encogerse sobre sí mismo y golpear el colchón con la mano al ritmo de su risa.

-¡Para ya! -le ordenó tan contrariado como fascinado-. ¿Por qué sólo te veo reír cuando estamos apunto de echar un polvo?

-Lo siento -el japonés habló sin apartar la mano de su boca y sin ser capaz de parar las carcajadas-. Tú cara era tan expresiva -se sentó sosteniéndose el estómago con la mano-. Disculpa la confusión. Pensé que tenías claro que era yo quien...

-Tenía claro todo lo contrario -refunfuñó cruzándose de brazos.

-Yo soy activo, Morgan-kun -Kato se arrodilló avanzando un poco hacia él-. Ese es mi rol.

-¿Tu rol? -repitió con ironía, se apartó hacia atrás apretando con fuerza los brazos contra su pecho-. Y una mierda. Menuda cara dura la tuya. Yo también soy activo. Así que nada de decisiones unilaterales por tu parte.

-Morgan-kun no sabe aún lo que es -se aproximó tanto que lo forzó a tumbarse sobre la espalda-. Ni siquiera sabe si es gay -añadió con delicadeza.

-Cómo si eso fuera excusa para montártelo conmigo a tu gusto -gruñó volviendo la cabeza a un lado.

-Morgan-kun...

Notó como la lengua de Kato lamía su cuello con exquisita ternura recorriéndolo desde la oreja hasta el hombro, y un placentero escalofrío descendió por su espalda reavivando el calor de su vientre. Cerró los ojos y ahogó un gemido de placer.

-Oye -musitó permitiendo que el japonés le tomara las muñecas y apartara los brazos del pecho-. No es que tenga nada en contra del sexo anal. De hecho he conocido algunas mujeres desinhibidas que han utilizado sus dedos con mí...

-¡Calla!-le interrumpió Kato vehemente, y a diferencia de las otras ocasiones en que había intentado silenciar sus palabras, en ésta su voz estaba animada por el resentimiento-. No metas a tus amantes en nuestra cama

Abrió los ojos a tiempo de ver una inesperada expresión molesta en el rostro del japonés.

-Perdona -alargó la mano acariciándole la mejilla-. Si te disgusta no lo volveré a hacer -con el dedo índice empujó el fruncido ceño y dibujó una sonrisa en sus serios labios-. Pero no me enseñes esa cara de enfado.

Kato relajó la expresión, abrió la boca y tragó el dedo de Morgan lamiéndolo lentamente.

-Te propongo una cosa -dijo observando con ensimismado placer como su dedo aparecía y desaparecía empapado en saliva-. Yo te lo hago y luego me lo haces tú.

El japonés negó moviendo apenas la cabeza.

-Vale, entonces lo echamos a suerte.

Volvió a negar con total tranquilidad.

-Venga Kato, no seas tan tozudo -se desesperó-. Dejemos que la suerte decida.

Como respuesta obtuvo un leve cabeceo negativo.

-¡Al infierno contigo! -exclamó, liberó su dedo y agarró el cuello del japonés, atrayéndolo hasta conseguir que sus rostros quedaran pegados-. Tú ganas. Dejaré que me lo hagas, pero después te lo hago yo a ti, ¿de acuerdo?

Kato lo besó con apasionada intensidad.

-¿Qué respondes? -acertó a decir contestando torpemente a sus besos.

-Date la vuelta.

Las manos del japonés le guiaron tiernas pero firmes para que girara sobre si mismo. Morgan se recostó sobre el pecho hundiendo el rostro en el colchón.

-No soy yo quien debería estar en esta posición -farfulló-. El papel de seductor pervertido es el mío. A ti no se te ajusta en absoluto.

Durante unos largos segundos las manos de Kato se retiraron de su cuerpo y no supo con certeza dónde o qué era lo que hacía. De repente sintió que en su oído le cosquilleó la respiración del japonés y su cuerpo reaccionó con un violento temblor.

-No hables tanto -le conminó cariñosamente-. Me distraes.

-Acostúmbrate -al sentir el suave fluir de sus dedos por la espalda, se agarró con fuerza a la funda y apretó la frente contra el colchón-. Es uno de mis encantos. ¿Te habrás dado cuenta de que tengo muchos?

Morgan ahogó un reniego cuando Kato llevó una mano por su cintura hasta la entrepierna para tomarle con suavidad el pene.

-Juegas sucio -gimió.

El japonés se inclinó sobre su espalda, besándole los hombros y el cuello, al tiempo que lo masturbaba pausadamente y resbalaba los dedos de la mano libre entre sus nalgas. Morgan arqueó la espalda y llevado por el inconsciente instinto trató de incorporarse pero Kato lo sujetó sin mucho esfuerzo reclinando el cuerpo sobre él.

-A parte de tus dedos... -jadeó Morgan-, ¿eso que noto es lubricante? No escatimes a la hora de usarlo, ¿de acuerdo?

-Morgan-kun sólo tiene que pedirme que me detenga y me detendré.

Soltó un resoplido y cerró los ojos fuertemente.

-Como si a estas alturas pudiera decirte algo así -replicó con entrecortada voz-. Me tienes al borde de la locura. Ten compasión de mí. Termina lo que has empezado.

La sensación le resultó en un primer momento tan extraña y molesta como había esperado, y a pesar de no serle ajena, de tener en la memoria un par de escenas como aquella, propiciadas por alguna de sus amantes, no le fue para nada familiar sentir en su interior el dedo de Kato. Pero no tuvo tiempo para meditar sobre ello. El japonés fue adentrándose, acariciando con habilidad, ensanchando el estrecho camino, lubricándolo, con uno, con dos, con tres dedos, y sin dejar de masajearle el duro pene. Para cuando se quiso dar cuenta, de la incomodidad había pasado a una curiosa necesidad. La tirantez, el incipiente dolor no importaba. Deseaba que aquella irrupción no terminara, que fuera a más. Que la sensación de goce que provocaba se extendiera, se triplicara, le devorara consumiendo lo poco que quedaba de sus recelos. Que Kato continuara pulsando con la misma destreza ese lugar indeterminado y desconocido que había encontrado con tanta facilidad y en dónde parecía comprimirse todo el placer.

-¡Voy a correrme! -exclamó sin apenas voz.

Kato sacó sus dedos y Morgan volvió la cabeza hacía él con brusquedad.

-¡Joder, no pares ahora!

-Levanta las caderas, Morgan -le pidió en un tono bajo y profundo.

Obedeció instado por el japonés que le tomó la cintura y tiró de él hasta que sus nalgas quedaron lo suficientemente elevadas.

-Relájate -escuchó muy cerca de su oído-. Pararé si es doloroso.

Primero sintió la presión, después la lenta y dura quemazón. Mordiendo la funda, acalló en ella los gemidos de dolor y placer que nacían de sus entrañas. Kato se tomaba su tiempo. Con maestría acompasaba la mano con que lo masturbaba, al medido vaivén de sus caderas. Pausadamente, casi con sutileza, iba adentrándose, apoderándose del estrecho sendero. Un poco más allá con cada sacudida, un poco más profundo con cada jadeo. De pronto Morgan sintió un aguijonazo hiriente atravesarle la espalda y todo su cuerpo se crispó acompañado de un doliente gemido. La mano del japonés se posó con suave gesto sobre su nuca.

-Lo siento -se disculpó dulcemente-. Esta parte es más estrecha, suele...

-Ahora eres tú el que gasta saliva inútilmente -masculló.

Kato se recostó sobre su espalda. Sus labios se apresaron de la oreja de Morgan.

-¿Continúo? -inquirió en un susurro.

-Sí -musitó impaciente-. ¡Sí, demonios!

-Respira hondo -le pidió a la vez que le mordía con fuerza el lóbulo de la oreja.

La embestida fue rápida, segura. Le hizo apretar los dientes y lanzar un reniego. El dolor se extendió por sus riñones, muriendo más velozmente de lo que había imaginado, ahogado por el placer. El pene de Kato, enterrado entre sus nalgas, se movía con decisión, con un ritmo cadencioso, sensual y profundo. Su mano le masajeaba atenta, entregada, subyugadora. Su boca le besaba el cuello, los hombros. Aquel lujurioso equilibrio le borró por completo la noción del tiempo, del espacio, dejando únicamente cabida a una pasión desgarradora que le recorría las venas, le quemaba la piel y le hería deliciosamente el vientre.

-Dilo -musitó el japonés con un entrecortado jadeo.

Pasó el brazo por debajo de la axila de Morgan y asiendo su garganta lo instó a enderezarse un poco.

-Dilo -pidió nuevamente volviéndole el rostro lo suficiente para poder besar sus labios-. Di mi nombre.

Morgan gimió largamente sin contenerse. Dejó que los envites de Kato balancearan su cuerpo cada vez más rápido y enérgico, hundiéndose por completo en el absorbente placer que amenazaba con estallar violentamente dentro de su cuerpo.

-Kyosuke... -susurró-. Kyosuke...

El orgasmo le llegó repentino y afilado. La fuerza con que le invadió crispó su cuerpo, enderezándolo bruscamente y arrancándolo un quejumbroso y prolongado lamento. Aún rígido, con los últimos coletazos de placer regándole las entrañas, notó que Kato lo estrechaba con fuerza contra su pecho, tanta que apenas fue capaz de respirar durante el breve instante en que tras unas aceleradas y contundentes embestidas, el japonés eyaculó en su interior. Su cuerpo perdió la tensión,  y hubiera caído como un muñeco de trapo sobre el colchón de no haber sido porque las manos de Kato lo mantuvieron pegado a su convulso torso.

Tembloroso, con la respiración aún alterada, levantó los brazos hacia atrás y buscó a tientas la cabeza de Kato. Cuando la encontró la tomó con cuidado hundiendo los dedos entre los sedosos cabellos. El japonés la inclinó un poco hasta que su rostro quedó ocultó en el cuello de Morgan.

-Te quiero, Kyosuke... -dijo respirando profundamente-. Cómo nunca te ha querido nadie antes. Así que no pierdas más tiempo y enamórate de mí.

Kato cerró los ojos y hundió aún más el rostro ocultando una dulce sonrisa.

-Baka -musitó.

 

 

 

Morgan se removió cansadamente bajo la funda nórdica. Le hormigueaban los brazos y las piernas, le dolían los riñones y le ardía el trasero. Pero todo su cuerpo hervía de lujuriosa satisfacción.

Su cuerpo, pero no su corazón.

El sexo había estado bien. Mucho más que bien, había estado inesperadamente soberbio. Y acostumbrado a experimentar, a buscar el placer más allá de los convencionalismos, a disfrutar del derecho inalienable de gozar de su cuerpo y de otros en completa libertad, no sentía remordimientos morales o inútiles prejuicios que pudieran enturbiar la complaciente experiencia, ni tan siquiera quedaba ya rastro alguno de esas insignificantes dudas sobre su condición sexual que vagamente habían rondado su mente.

Pero esta vez no había bastado el sexo para que fuera perfecto, no había sido suficiente. Siempre lo era, pero en esta ocasión sólo había logrado calmar su lujurioso apetito y no su hambre de amor.

Cerró los ojos y se cubrió la nariz con la funda. El olor de Kato, un aroma dulce a melocotones y sudor, había quedado impregnado en la suave tela. Respiró con fuerza, queriendo llenar hasta el último resquicio de su cuerpo con aquella fragancia. Habría sido tan hermoso oírle responder a sus palabras de amor con otras de igual peso. Hermoso y poco creíble.

Sonrío desanimado, frotando distraídamente los labios contra la tela. Kato, tan coherente como siempre, no había querido mentirle.

En el fondo, a pesar de haber anhelando tan desesperadamente escucharle pronunciar esas dos únicas palabras, le agradecía que durante la confusa excitación del momento no hubiera caído en la humillante condescendencia de regalarle un "te quiero" vacío y frívolo. Uno de esos que algunos aceptaban como una plañidera recompensa por sus servicios carnales y que a él, penosamente conciente de que Kato no estaba enamorado, le hubiera herido igual que un afilado puñal hundiéndose en su pecho. Lo sabía, el japonés se lo había repetido un millón de veces y él se había tragado aquella verdad, con la doliente esperanza, muy en el fondo de su corazón, de que sólo fuera una pasajera realidad. Pero sabía que Kato no le amaba, al menos sus sentimientos no podían catalogarse exactamente como amor. Experimentaba hacía él un fuerte deseo, de eso tenía pruebas físicas,  incluso podía aventurarse a pensar que cierto incipiente cariño, pero no estaba enamorado. Y ante un hecho tan fehaciente poco podía hacer. Otros tomarían la decisión cobarde o juiciosa, de desviar su camino y continuar en una nueva dirección en busca de la felicidad que se les negaba. Habría quién se lamentaría y simplemente asumiría esperar a que todo terminara, tomándose como un regalo el poco amor que en ese tiempo hubiera recibido. Pero él no quería rendirse, ni vivir de migajas. Ni mucho menos volverse loco de tanto pensar en lo mismo.

Suspiró cansadamente.

Quizás lo mejor que podía hacer era lo que hasta el momento había hecho, simplemente aguardar y dejarse llevar. Dar fe a las intenciones de Kato y permitirle averiguar cuáles eran sus sentimientos. Gozar de sus atenciones cuando éstas le fueran regaladas, calmar su frustración dejándose amar en el espejismo de una relación carnal. Podía ser suficiente. Sí, podía serlo. Pero, ¿durante cuánto tiempo?

Una repentina y desagradable sensación de vacío abriéndose paso por su estómago como un amargo dolor le hizo apretar los párpados y encogerse un poco más bajo la funda.

Era la primera vez que se preguntaba cuánto tiempo podría esperar a que Kato se enamorara de él. La primera vez que pensaba que algún día su amor unilateral podía llegar a romperse de tanto luchar por ser correspondido.

Notó un peso en la cama y abrió los ojos.

Kato estaba sentado en el borde, junto a él. Tenía en el semblante una expresión serena que rozaba la indolencia, pero en cambio sus pupilas se apreciaban enturbiadas por un rastro de palpitante placer. Se había vestido únicamente con los pantalones y sujetaba con una mano un vaso lleno de agua.

-¿Cómo te encuentras? -inquirió tendiéndole el vaso.

Morgan cerró un instante los ojos concentrándose en enterrar su incipiente inquietud. Cuando se creyó libre de ella, incorporó perezosamente su cuerpo, sentándose con disimulada precaución y apoyando la espalda en el cabecero.

-Mejor de lo que esperaba -agarró el vaso y bebió de él un par de tragos rápidos-. ¿Y tú? -miró directamente a sus ojos-. ¿Para ti ha estado bien?

El japonés inclinó un poco la cabeza sin apartar la mirada.

-Ha sido grato -contestó indiferente.

-No sé cómo tomarme eso -Morgan dejó el vaso sobre la mesa de noche torciendo la boca en una mueca contrariada.

-¿Te preocupa?

Como única respuesta masculló entre dientes un gruñido.

Kato enderezó la espalda y se peinó el cabello con un gesto distraído.

-Delicioso -dijo sin levantar mucho la voz-. Algo extremadamente excitante y delicioso.

Morgan advirtió que las manos del japonés, apoyadas en sus muslos, se estremecían levemente y que su respiración se volvía premeditadamente acompasada.

-¿Sabes? -se echó hacia delante con aire conspirador-. Me has impresionado. Nunca habría imaginado que el "hombre de cera" fuera tan versado y desinhibido.

Kato se agitó incómodo, apartando sus ojos de los de Morgan. Éste trató sin mucho éxito de ocultar la sonrisa burlona que la actitud embarazosa del japonés le provocaba.

-"Así que una vez que todo termina, vuelves a ser el mismo tipo circunspecto de siempre, ¿no Kyosuke?" -pensó con maquiavélica complacencia-. "Voy a divertirme mucho haciendo brotar la pequeña bestia hambrienta que llevas dentro"

-Al principio me molestó que quisieras hacerte con el control -dijo en voz alta-. Pero creo que me gusta esta oculta faceta tuya de seductor.

Kato lo miró de soslayo.

-Es evidente que Morgan-kun se encuentra en perfecto estado -se levantó y recogiendo de la esquina de la cama su camisa comenzó a vestirse.

-¿Qué haces? -preguntó sorprendido.

-Creo que ya es hora de que me marche.

-Quédate -le ordenó más que pidió-.  No me hagas sentir como una cita de una noche. De esas de "ya te llamaré" y nunca más se supo.

El japonés comenzó a abrocharse la camisa.

-Mañana trabajamos. Los dos.

-¿Y?

Detuvo las manos en el aire. Contempló dubitativo a Morgan un segundo y dando un profundo suspiro, explicó:

-Si me quedo no dormiremos.

Morgan esbozó una sonrisa maliciosa al tiempo que se lamía los labios.

-Mientras mantengas tus manos lejos de mi culo, me parece bien -convino-. No está en condiciones de un nuevo asalto, me lo has destrozado con esa cosa enorme que tienes entre las piernas.

Kato alzó una ceja, molesto.

-Morgan-kun, sobran tus vulgaridades.

-No quieras actuar ahora como una virginal doncella, si estoy entumecido de cintura para abajo es porque utilizas tu polla igual que...

El japonés se apresuró a cubrirle la boca con una mano.

-Por favor, me avergüenzas, cállate -suplicó con una mueca de sufrida paciencia.

-Por supuesto -aceptó, lo agarró por la nuca y tiró de él hasta que logró tumbarlo sobre su pecho-. Si me explicas cómo es eso que haces con la lengua cuando me lames los pezones.

-Morgan-kun...

No le dejó continuar.

Le besó los labios con ímpetu y lo abrazó ansioso, casi desesperadamente, con la ingenua e irreal esperanza de que tal vez así, ni el tiempo, ni las dudas, ni el desamor, podrían apartarlo de él.

 

 

Itadakimasu1: Se podría traducir como "buen provecho"

Baka2: Tonto

Kuso3: Mierda

 

 

 

 

Continuará...

 

 

Hola a todos y todas.

Quería aprovechar este momento para agradeceros la gran acogida que le habéis dado a Juegos de Amor. Es para mí algo muy importante que me ha llenado de ilusión y de ganas de continuar adelante.

Muchas gracias.

También contaros que ya podéis reservar el primer tomo de la adaptación al comic de Juegos de Seducción, ilustrado por Dorianne.

Si estáis interesadas en comprar la versión en papel podéis contactar con nosotras en las siguientes páginas y direcciones de correo:

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Si en cambio preferís una versión e-book, podéis conseguirla en Lulu, el siguiente link os lleva allí directamente:

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También están disponible para ser reservadas otras obras de Dorianne: Susurro de Besos, La flor del Mal y Evil Gun (autoediciones) No te escondas, editada por la editorial Nowevolution, (en tiendas especializadas a partir del Salón del Manga de Barcelona). Para conseguirlas, cosa que os recomiendo, podéis contactar con ella en su página web o en esta dirección de correo:

pedidosadorianne@gmail.com

 

De nuevo muchas gracias por todo. Espero poder subir pronto la tercera historia de Juegos de Amor.

Un saludo, Nut.

Notas finales del capítulo:
Se agradecerán comentarios y/o criticas constructivas. natsuky_chan@hotmail.com http://www.livejournal.com/users/nut_/ http://miarroba.com/foros/ver.php?id=688123

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