Capítulo uno: Volveré enseguida
El paquete avanzaba descuidadamente en manos del repartidor, que había aparcado su furgoneta de Old Express en la esquina menos transitada de toda Moscú.
El hombre de pelo ralo se aseguró de la dirección, mirando por segunda vez la etiqueta del destinatario que había pegada en el paquete, y con un golpe fuerte y seco, hizo que la fina capa de hielo que comenzaba a formarse en la puerta se derribara.
No tuvo que esperar demasiado y agradeció aquel hecho, porque ya comenzaba a helarse con aquel condenado frío; un jovencito de aspecto frágil le abrió la puerta y recibiendo el paquete, se despidió del anónimo repartidor.
Con alegría, el jovencito abrazó el cuadrado y duro envoltorio de cartón y se fue corriendo a la cocina, avisando a su madre de que tenía que salir urgentemente, tal y como le había prometido. Su voz en ruso sonaba, a pesar de todo, dulce y pueril.
Cogió su gorro de lana, y sin más abrigo, comenzó su viaje en bici con el paquete en lugar privilegiado, en su cesta delantera.
Aquel día, aunque pudiera existir quien discrepara, era un día soleado, a pesar del frío, y podía decirse que era una calurosa tarde en el centro de Moscú.
Sin admirar el paisaje, el chico cruzó la Plaza Roja, y tratando de demorar lo menos posible, aceleró su marcha.
El taller donde se encontraba no estaba demasiado lejos.
A la vuelta de la última esquina, derrapó con su bici metálica y brillante, y se detuvo justo en la puerta de un gran almacén. Se arregló el gorro y tomó con decisión el preciado encargo.
Podía escuchar ya, como murmullos, la voz de un joven, que a medida que se acercaba a la fila de hombres del fondo, pudo distinguir como el destinatario y dueño de aquel paquete.
El cabello rubio de aquel hombre se balanceaba bruscamente con cada enérgico paso que daba, y sus ojos verdes relucían como siempre, casi desorbitados.
Allí estaba, su futuro jefe, dando una larga y al parecer importante charla sobre el noble arte de ser repartidor.
Aunque aún no alcanzaba a entender todo lo que su voz, dulce y a la vez demandante, decía, un traductor hablaba al son, facilitando el entendimiento entre el norteamericano y los rusos que escuchaban atentamente.
Finalmente, interrumpió al jefe, que casi de su estatura, se le quedó mirando fijamente. El niño tuvo la impresión de que en cualquier momento se le abalanzaría al cuello, y sintió miedo de aquella penetrante mirada.
Pero ese miedo desapareció cuando una acogedora sonrisa apareció en aquel redondo rostro, y una mano se posó en su hombro.
–¡Pero qué alegría verte! Serás el mejor de todos cuando seas mayor, mejor aún que tu propio padre –dijo en un pobre ruso que el niño pudo entender a su pesar.
Mihael recogió suavemente el paquete de las pequeñas manos, y se acercó a la mesa que tenía en el centro del taller.
–¡Ven, muchacho! Voy a darte una recompensa por tu buen trabajo –le dijo al niño que se había quedado parado, mirándolo con creciente duda–. Toma.
No tuvo que buscar demasiado por su mesa, ya que siempre portaba encima sus preciadas tabletas de chocolate, y con delicadeza, depositó una de ellas en las manos del chico.
–Ahora vuelve a casa, muchacho –le dijo a modo de despedida, y el niño obedeció con rapidez, portando una gran sonrisa.
Cuando el niño se hubo marchado, Mihael dejó de sonreír súbitamente.
Su gesto se ensombreció, y con rápidos movimientos, tomó el paquete y se dirigió a sus hombres, que esperaban tiesos en sus puestos.
–Os estaréis preguntando que qué es esto…–alzó la voz, llenando el lugar, y acercándose a ellos–. Podría ser cualquier cosa, pero no… es algo muy especial para mí– y con esas palabras, abrió el misterioso paquete.
Los hombres, que en total serían unos siete, miraron con atención, esperando encontrar algún tesoro guardado entre tanto embalaje, pero dentro de todo aquel envoltorio, sólo se hallaba un simple reloj.
Después de un silencio de reflexión, Mihael habló:
–Esto es un reloj –dijo, como si nadie lo supiera aún–. Yo mismo me lo he enviado desde California, antes de venir aquí, y cuando lo hice, este cronómetro marcaba cero –su dedo apuntaba al reloj que ahora sujetaba en sus manos–, y si miráis bien, os daréis cuenta de que ahora marca la friolera cantidad de ochenta horas… ¡ochenta horas! –gritó, de pronto, asustando al personal–. ¿Y si se hubiera tratado de algo sumamente importante? Unos documentos que necesito de inmediato, una reliquia familiar, un preciado recuerdo… ¡claro, esto es sólo un reloj! Pero… –hizo una pausa, escuchando su eco en ruso y mirando fijamente a los hombres que tenía enfrente–, ¡no podemos permitirnos tal pérdida de tiempo! ¡En ochenta horas han comenzado y acabado guerras enteras! ¡El mismísimo Dios hizo el mundo en menos de ochenta horas!
Soltó con violencia el reloj en la mesa, haciendo resonar su mecanismo en el gran almacén, y su brazo señaló el redondo reloj que estaba situado en lo alto de la pared, y que acondicionaba la vida de todos.
–Nosotros no podemos permitirnos esta vergüenza. Nosotros trabajamos con el tiempo, y lo único, lo último, que no nos puede ocurrir… –se acercó a sus empleados, casi susurrando–, es perder la noción del tiempo –entonces, de pronto gritó–: Tic, Tac, Tic, Tac. ¡En este mismo momento, miles de personas están depositando sus esperanzas en vuestras manos, en nuestras manos! Esto no es ningún juego, y no podemos bromear con el tiempo de la gente. Yo lo considero un trabajo de riesgo… ¿está claro?
Esperó a que su eco terminara para proseguir con su discurso, pero sus oídos captaron algo que él no estaba diciendo, y que nunca había contado en una reunión como aquella, donde debía alentar a sus hombres a hacer sus trabajos lo mejor posible.
–¡Espere! ¿Qué es lo que está diciendo? ¿Acaso se piensa que soy estúpido? –le espetó al nervioso y delgado traductor, el cual tenía unos enormes ojos que casi salían de sus cuencas.
–¡Sólo les informaba de que usted ha sido capaz hasta de robarle la bicicleta a un niño con tal de no llegar tarde!
–¡Sí, lo he hecho! ¿Y qué? –su voz sonó como un ladrido–. De eso mismo he estado hablando todo este tiempo. Nada es más importante en este trabajo que el tiempo. El tiempo–dejó que un suave silencio los embargara a cada uno, y luego siguió, con más tranquilidad–: así que haced lo que tengáis que hacer, pero tardad lo menos posible y llegad a tiempo a las entregas. ¿Me habéis entendido?
El traductor informó a los empleados y ellos asintieron de inmediato, obedientes.
–Bien –ya comenzaba a estar cansado de estar allí–. Manos a la obra, entonces. ¡A trabajar!
Y dando unas fuertes palmadas, los hombres se dispersaron y comenzaron a llenar las furgonetas con el material encargado para repartir.
Mello, que era como comúnmente lo llamaban sus amigos, se dejó caer en la silla y se pasó la mano por el pajizo cabello. Con un suspiro, alcanzó la primera tableta de chocolate que vio, y con un leve temblor, la desenvolvió y llevó a la boca, mientras sus párpados cedían al placer.
No podía evitarlo; era un adicto al chocolate.
Mihael Keehl, el más prometedor ejecutivo en la más importante empresa de correo express, era un simple adicto al afrodisiaco más antiguo del mundo.
Mientras degustaba felizmente su tableta de chocolate negro, un hombre llegó a su mente, y supo que debía llamarlo en ese mismo instante para contarle las últimas noticias. Estaba dispuesto a coger el móvil cuando su busca comenzó a sonar.
–Maldita sea –gruñó por lo bajo, alejando la mano del móvil–. Seguro que se les ha pinchado una rueda. Mira que les dije que no llenaran demasiado esos furgones baratos.
Se levantó y el chocolate se esfumó en su boca. Hizo una bola de papel y mientras decidía si llamaba o no, recogió todo, dispuesto a marcharse de aquella maldita ciudad.
Antes de abandonar el almacén, encestó la arrugada bola de papel en la papelera del fondo.
–Como siempre, en el blanco…
Y desapareció por las frías calles de Moscú.
~~
Un joven, con aspecto desenfadado, fumaba su segundo cigarro mientras leía, concentradamente los últimos retoques que estaba haciéndole a su tesis universitaria.
Estaba desconectado del mundo, pero a la mínima vibración del móvil que descansaba en su escritorio, dejó todo lo que en algún momento pudo estar haciendo y tomó con ansiedad el aparato.
Debía de ser él…
–¿Sí? –A pesar de tener el cigarro en sus labios, su voz sonó ansiosa.
“–¿Matt?”
–¡Mello, mi amor! –nada más escuchar aquella voz, dejó inmediatamente el cigarrillo en el cenicero.
“–¿Otra vez fumando? –una suave risa se dejó escuchar por el auricular–. ¿Qué pensaran de ti tus pacientes cuando te vean fumando?”
–Oh, venga, no sigas…sabes muy bien lo que se siente; el cigarro es mi chocolate, Mello.
“–Pensé que tu chocolate era yo…”
–Qué sí, tú también, tonto. Pero cuéntame, ¿buenas noticias, o malas?
“–Malas.”
Matt dejó de sonreír.
–No vas a venir…–en su voz se podía palpar la decepción.
“–Ha surgido un contratiempo, se nos ha retrasado el vuelo por problemas técnicos. Lo más seguro es que esté en camino mañana por la mañana, y…”
–Ya, estarás aquí por la noche. Me prometiste que vendrías conmigo a comprar el árbol de navidad.
“–No te preocupes, lo compraremos el lunes cuando llegue, te lo prometo. “
–¡Pero…!
“–Matt, tengo que colgar –por el auricular se comenzó a escuchar un alboroto que Matt no pudo identificar–. Te llamo en la noche.”
–Te estaré esperando –contestó después de un profundo suspiro–. Te quiero…
Pero no recibió respuesta pues Mello ya había colgado.
Tardó unos segundos en colgar él también el teléfono, y con sorprendente parsimonia volvió a encender un cigarro y a hundirse en su endiablada tesis.
~~
Mello acababa de colgar el móvil con una enorme sonrisa y un brillo especial en sus ojos turquesas. Miró a su espalda y se encontró con Charles, el copiloto, que se acercaba con prisas hacia él.
–¡Vamos! Estamos a punto de despegar.
Y sacando una segunda tableta de chocolate del bolsillo interior de la chaqueta, subió al pequeño avión de Old Express con destino a casa, junto a Matt.
–Espero que te agrade esta sorpresa…
~~
La noche había caído en la ciudad de los Ángeles, y las luces de los grandes edificios y las numerosas farolas, no podían enfrentarse ni comprarse en intensidad con la increíble variedad de adornos navideños que inundaba las calles, iluminando el sereno cielo estrellado.
Ya empezaba a salir las primeras estrellas brillantes cuando bajó del avión, en la pista acostumbrada, pero ahora, sacando las llaves delante de la puerta del apartamento, la noche se había convertido en una verdadera noche estrellada.
Qué rápido se escapaba el tiempo…
Metió la llave con suavidad en la cerradura y el sigiloso giro del pomo pareció una explosión en aquel sepulcral silencio que reinaba en la casa. Todo se encontraba como recordaba y totalmente a oscuras, pero no podía encender las luces o si no arruinaría la sorpresa.
Se acercó con cuidado a aquella habitación que compartían y donde se arremolinaban toda clase de recuerdos, tanto buenos como la primera vez que durmieron en una casa que era sólo para ellos dos; como malos, como la primera discusión por una estúpida frase malinterpretada.
Entró por fin al cuarto y lo halló allí, acostado en la cama, acurrucado entre las mantas y agarrando fuertemente la almohada que hacía casi una semana no tocaba su pajizo cabello.
No pudo reprimir una traviesa sonrisa y con mucho cuidado se acercó a su amante dispuesto a despertarlo. Justo cuando se posaba suavemente en la cama, Matt se dio la vuelta, dormido, quedando de frente a Mello, que lo observaba con creciente interés.
Con delicadeza retiró las sábanas que tapaban a Matt y lo que vio no le desagradó; su liso y firme pecho subía y bajaba con ritmo pausado, descubriendo un profundo y tranquilo sueño.
Los ojos turquesa de Mello recorrieron aquel pecho, bajando por el suave estómago, rodeando su pequeño ombligo, y deteniéndose de pronto, en la prenda interior que protegía al pelirrojo de la desnudez.
Pero es que Mello era muy exigente, y de repente, aquella prenda, pasó de ser sexy a ser directamente un estorbo para él.
Con ágiles pero sutiles movimientos, se colocó a horcajadas sobre Matt, que ajeno a todo, continuaba con su sueño.
Los pequeños y redondeados glúteos del rubio se posaron estratégicamente en la entrepierna del otro, que respondió con un suave suspiro.
Dejando que su pelo acariciara el rostro un tanto rasposo por la creciente y dura barba de su amado, repartió suaves y tiernos besos, aquellos besos se dirigieron al cuello y fueron convirtiéndose en húmedos y apasionados.
Sus manos ya no podían detenerse, y acariciaban el agradable contorno del cuerpo que yacía bajo él, acariciando su pecho, rozando los morenos y pequeños pezones, que al mínimo roce endurecieron aún más de lo que ya estaban a causa del frío. Su boca ya se dirigía a ellos, dejando atrás un camino de besos.
Cuando su lengua acarició imperceptiblemente la punta de uno de los duros pezones, con movimientos felinos, arqueó su espalda y se deshizo de la camisa negra que llevaba puesta, dejando expuesto su esbelto y blanco torso, y con las manos en el pecho de Matt, comenzó a dibujar dulces círculos con sus caderas, provocando una deliciosa fricción que consiguió erizarle el vello de la nuca.
Matt comenzaba a reaccionar, dejando escapar suaves jadeos que empezaban a despertarlo. Su miembro también comenzaba a despertarse, o eso sentía Mello en sus glúteos; una débil pero creciente erección que terminaría convirtiéndose en el duro y conocido miembro que tanto había saboreado como si de chocolate se tratara.
Dejando escapar un ronco jadeo, Mello continuó con sus eróticos movimientos, y echó hacia atrás la cabeza, disfrutando de la dulce y familiar sensación.
Las manos de su amor, como si por instinto se moviera, agarraron la fina cintura de Mello y, lentamente, fue abriendo los ojos; enfocando la mirada pudo ver el esbelto cuello del rubio, dónde sobresalía una inminente nuez, y algo en aquella visión, lo hizo despertar de golpe.
Se irguió rápidamente, agarrando a Mello por la espalda y la cintura, clavándolo aún más en su ya urgente erección, y con ansias, para nada desconocidas, mordió aquella apetitosa nuez, aquel suave cuello, hundiendo suavemente los colmillos en la piel, y a la vez, clavando sus uñas en la espalda del rubio, quien gimió apasionadamente, y enterró sus manos en el revuelto cabello rojizo, demandando más besos y caricias.
En sus apretados pantalones también podía verse la palpitante erección que ansiaba por salir de su encierro para clamar la atención que se merecía.
–Oh, Matt –gimió, sintiendo la tibia lengua chupar sus rosados pezones–Cómo te he echado de menos…
–Yo también –le contestó apenas, para seguidamente introducirle violentamente la lengua en la boca y fundirse en un apasionado beso de reencuentro.
Mello se separó bruscamente del beso, y dejó de mover las caderas. El pelirrojo lo miró con lujuria, tratando de recuperar el aliento.
–Necesito quitarme estos pantalones –dijo, colocándose de pie en la cama, imponente frente a Matt.
Con gran destreza, se desabrochó los tres botones del pantalón y cuando parecía que Matt se disponía a decir algo, las felinas manos de Mello lo agarraron con fuerza de la nuca y aplastaron su cara contra su dura entrepierna, aún custodiada por la ropa interior. Tan sólo el cálido alieno de Matt contra su tapada piel, hizo que gimiera suavemente.
–Bájamelos tú –rogó con voz ronca por el deseo.
Sus párpados permanecieron cerrados mientras Matt obedecía, bajándole los pantalones, descubriendo unas torneadas piernas blancas, las cuales acarició con amor, y seguidamente, y en todo instante, bajo las insistentes demandas de los jadeos y murmullos de Mello, bajó también la ropa interior.
Frente a él, se erguía perfectamente el duro miembro de Mello, pero no tuvo mucho tiempo para admirarlo ,porque nuevamente su amante, demandante y exigente, lo atraía hacia él, agarrándole firmemente de la nuca, obligándolo en cierta manera, a hacer lo que tanto estaba deseando.
Sabía qué era eso que tanto deseaba, y pensaba dárselo, lentamente, como a él le gustaba. Tomó la erección con la mano, y levemente la recorrió con la punta de la lengua, no sin antes acariciarlo suavemente con los dedos. Lamió la húmeda punta, después de jugar con sus suaves testículos, cerró los ojos, introduciéndose el miembro entero en la boca.
Mello dejó escapar un hermoso quejido, y agarró con fuerza el cabello de su amante. Mantenía el cuerpo en tensión, preocupándose solamente de cómo la lengua, caliente y mojada de Matt, lo lamía y chupaba con aquella intensidad. Cerraba los ojos, extasiado, sintiendo aquellas cosquillitas en el bajo vientre que tan bien conocía, y ahí tuvo que luchar consigo mismo para apartarse y no correrse antes de tiempo en la boca de su amante, cosa que no le habría desagradado en absoluto, pero aún quería disfrutar más.
Matt lo dejó alejarse, con una sensación de pena, ya que adoraba hacerle aquello a Mello, porque su sabor lo embriagaba, lo volvía loco. Su propia erección se elevaba dolorosamente contra la ropa interior, que bajó sólo cuando Mello se lo pidió entre suspiros.
Él era como un osito de peluche en sus manos, como un muñeco de trapo que el rubio podía manipular y usar a su antojo, pero es que, aquel dulce olor, aquella ronca voz, sus sensuales curvas, su firmeza, sus cicatrices… todo él lo volvía loco, lo ponía extremadamente cachondo.
El rubio de ojos turquesa volvió a sentarse a horcajadas sobre Matt, pero esta vez, ambos pudieron sentir el roce de sus cálidas pieles, y antes de sentarse por completo, comenzó a jugar con la dolorosa erección de Matt, rozando sus testículos y sus glúteos contra la húmeda y caliente punta.
Hasta que por fin, se agarró fuertemente con un brazo por encima de los hombros de Matt, y guiándose con la mano libre, cogió el cálido y duro pene, y comenzó a sentarse suavemente sobre él, penetrándose poco a poco.
El pelirrojo gimió complacido por aquella maravillosa estrechez, y cuando Mello estuvo totalmente sentado encima de él, se hizo el silencio. Unos segundos de calma, donde el deseo, el sudor y sus constantes jadeos era lo único que se podía sentir en aquella habitación.
–Te amo…–dijo casi sin darse cuenta.
–Yo también te amo –contestó Mello, mirándolo con aquella lujuriosa mirada, y las mejillas ardientes.
Y con aquellas palabras, comenzó una suave danza, moviéndose lentamente, provocando una explosión de placer en ambos. Ninguno podía parar de gemir.
Su felino cuerpo se contorneaba encima de Matt, aumentando el ritmo, moviendo violentamente la cama, que chirriaba a modo de protesta.
Matt se dejaba llevar por el placentero roce, gozando de placer, mientras intentaba masturbarlo siguiendo el mismo ritmo de Mello. El miembro del rubio estaba duro y húmero, y su mano resbalaba con facilidad, acariciando cada pliegue de piel, y ya de su punta, comenzaba a gotear espeso esperma.
Mello cerró fuertemente los ojos, arañando la piel del pecho de Matt, dejándose llevar por el intenso orgasmo, que salpicó su propia cara y cabello.
Y los mismos violentos espasmos que sacudieron al rubio, hicieron que el miembro de Matt se viera deliciosamente aprisionado en aquella suave intimidad, llevándole a un orgasmo tan intenso como el de su amante, derramándose por completo en su interior, algo que adoraba hacer cada vez que tenía la oportunidad. Y Mello también lo disfrutaba; adoraba sentir como llenaba su ser con aquel líquido tan cálido y deseado.
Y como si hubiera recibido un fuerte latigazo en la espalda, cayó pesadamente sobre Matt, y ambos agotados, sólo eran capaces de jadear fuertemente, tratando de recuperarse de la experiencia.
Desnudos y bañados en su sudor, quedaron rendidos en la cama, escuchando los frenéticos latidos de sus corazones.
–He vuelto, cariño –susurró Mello, sintiendo que lo embargaba un pesado sueño– ¿Te ha gustado mi sorpresa?
–No sabes cuánto… no sabes cuánto…
Se abrazaron fuertemente, y sintiendo la desnudez del otro, comenzaron a quedarse dormidos, en una avanzada madrugada de invierno, pero aunque el viento y el frío amenazaban afuera, en aquella habitación, el calor era casi asfixiante, por lo mismo, al despertar a la mañana siguiente, se dieron cuenta de que no tuvieron siquiera necesidad de taparse con las sábanas.
~~
Aquella noche, una hermosa Noche Buena, la pareja tenía preparada una romántica cena solo para los dos. No debían invitar a nadie, porque ambos no tenían familia, pero se tenían el uno al otro, y eso era suficiente para celebrar la Navidad.
El pavo humeante se encontraba en el centro de la mesa, el mantel navideño se repetía un año más, con aquel estampado horroroso, según la opinión de Mello, y el Champagne estaba preparado en unas finas copas de cristal. Todo estaba perfecto, excepto un detalle: faltaba que Matt se sentara a cenar junto a su novio, que esperaba hambriento.
–¡Matt! ¿Puedes sentarte ya, por favor?
–¡Ya voy, te he dicho que esperes que te tengo una sorpresa! –Dijo desde la cocina.
Cuando Mello se disponía a replicar, se encontró de lleno con un apetitoso pastel de chocolate, en una bandeja sujeta por las hábiles manos del cocinero.
–¡Dios mío! –dijo, sonrojándose–. ¡Tiene una pinta exquisita!
Con orgullo, Matt dejó el pastel al lado del pavo, en la mesa.
–¿Podré comérmela antes de empezar a cenar?
–¡Claro que no, tonto! Sabes perfectamente que primero se come y el postre es lo último, no seas crío –rió suavemente, acomodándose en su asiento para por fin empezar a cenar.
~~
–Hacía tiempo que no probaba algo tan delicioso–dijo el rubio, dejando la servilleta en la mesa.
La velada había sido perfecta. Había pasado tranquilamente y ambos la estaban disfrutando como nunca, y hasta pensaban que seguiría así hasta el final de la noche, pero ninguno de los dos se imaginaba lo que ocurriría antes de alzar las elegantes copas y brindar por su amor.
–No hay nada como volver al hogar –sonrió, feliz.
–¿Dices eso sólo por la comida? –Protestó Matt, haciendo un gracioso mohín.
–Lo digo por ti… en realidad, es gracias a ti que puedo llamar a esta casa “hogar” –susurró, y ambos encontraron sus manos en mitad de la mesa, y se agarraron fuertemente, transmitiéndose un mensaje secreto que sólo ellos dos entendían.
Después de unos segundos de cómplice silencio, Matt atinó a coger la copa alargada y fina.
–Brindemos –sugirió, levantándola elegantemente.
–Por nosotros –siguió Mello–, por ti y tu triunfo.
–Por nuestro amor –terminó Matt.
Y justo cuando las copas chocaron delicadamente, un familiar y desagradable pitido irrumpió en el alegre salón.
La pareja quedó estática durante unos segundos, y después, Mello cogió su busca, que siempre llevaba en el cinturón, mientras que a Matt, se le desvanecía lentamente todo rastro de sonrisa. En sus ojos se podía ver la desilusión y la profunda tristeza que lo embargaban.
Pero cuando Mello levantó la mirada, visiblemente incómodo, encontró una sonrisa forzada, como ya había aprendido a darle Matt cada vez que el busca se interponía entre ellos dos.
Habían pasado muy malos momentos por culpa de aquel trabajo, pero con el tiempo, Matt parecía comprenderlo, aunque realmente, sólo fingía comprensión para no presionar a su pareja, pero eso Mello ya se lo imaginaba.
–Me necesitan en una hora en el aeropuerto…–informó, sintiendo que con cada palabra su alma recibía una quemadura con un clavo candente–Tengo que ir a Hawai a supervisar y dirigir la…
–Mañana es navidad…–le cortó Matt, con voz apagada–, y nuestro día especial…
Era cierto.
Hacía más de siete años que en una fría Navidad, en la alejada Inglaterra, en un aburrido y solitario orfanato, Mello se había atrevido a confesarle sus sentimientos, y habían comenzado un hermoso idilio que hasta aquella noche, había ido perfectamente. Todas las navidades celebraban las fiestas con un aire de esperanza, de recuerdo, cada navidad era un aniversario, un año más para el calendario de los enamorados.
Y Matt, a pesar de todo, a pesar de que se había resignado a soportar aquel ritmo de vida por el bien de su pareja, no podía creer con qué rapidez se le había acabado la felicidad de aquellos días, no podía creer que aquel trabajo también le arrebatara a su novio el mismo día de su aniversario de siete años juntos. ¿Qué más iba a tener que sacrificar? ¿Tal vez su propia vida? Sólo podía disfrutar a ratos de la compañía de Mello, siempre estaba el temor, el maldito temor de que sonara aquel canto del demonio, aquel pitido que anunciaba malas noticias, noticias del adiós, de días de soledad, de días fumando y evadiéndose en su tesis universitaria. ¿Qué más tenía que aguantar? ¿Qué más le iba a arrebatar aquel maldito busca?
Con un hondo suspiro, cortó la explicación que Mello comenzaba a decirle; ya la conocía de memoria, sabía cada palabra, cada sílaba, cada tono que utilizaba para explicarle, como si fuera un niño caprichoso, los deberes a los que estaba comprometido.
Sólo podía resignarse una vez más… una vez más.
–Bueno, debes ponerte en marcha ya. Supongo que tardarás lo de siempre en volver ¿verdad? ¿Estarás aquí el día de la presentación de mi tesis?
–Te lo prometo –le contestó Mello, convencido de que en menos de dos semanas estaría de vuelta, para poder verlo y escuchar su voz.
Qué equivocado estaba.
–No te preocupes por los platos, ya los recogeré yo cuando vuelva a casa.
Y ambos se levantaron. Sabían lo que tenían que hacer, y que el tiempo, el famoso tic tac del reloj, apremiaba. Ya habían hecho aquello muchas veces antes, pero tanto Matt como Mello, sentían un gran vacío dentro, como si algo no fuera bien, como si se hubiera roto algo en el destino.
–Ya desenvolveremos los regalos en el coche.
–Sí…
Recogieron todo en silencio, y cuando Mello se encontraba en la puerta, miró el resto del delicioso pastel que había asegurado desayunar mañana en la mañana… Sin pensárselo más, cerró la puerta de su casa.
~~
El ruido del papel de regalo al romperse llenaba el coche; Matt abría y abría los pequeños regalos que Mello le había hecho. Mientras, el rubio lo observaba con una sonrisa dibujada en sus labios.
Se encontraban ya en la pista privada, la misma de siempre, y el pequeño avión de cargas estaba a punto de estar listo para comenzar a volar rumbo a Hawai. Y mientras los montacargas se llenaban y volvían a llenarse, Matt ya había abierto todos sus regalos: lo más notorio, era un juego repetido de Final Fantasy, y un moderno busca con recordatorio y reloj. Algo que a Matt le encantaba, no había duda de ello…
–¿Te gustan? –preguntó de pronto Mello, con una sonrisa.
Matt estaba con una sonrisa de oreja a oreja, pero en su interior, sentía un frío horrible.
–¡Claro que sí! Me gustan mucho. No deberías haberte molestado buscándome un videojuego… ya sabes que no entiendes mucho de ellos.
–¿Te gusta el busca? Es de los últimos modelos que hay en el mercado.
–Oh… sí, claro –en su voz no se notaba aquel sentimiento– Así siempre sabré cuando alguien ande buscándome ¿no? –rió nerviosamente, y después de un incómodo silencio, se atrevió a decir–: Ahora me toca a mí.
Y con aquellas palabras, sacó una pequeña caja de una bolsa que llevaba entre las piernas, y esa misma caja la colocó en las manos de Mello.
El rubio, al abrirlo, quedó sin palabras, literalmente. Dentro de la caja, se encontraba un añejo reloj de bolsillo, de un color dorado avejentado por los años, y al abrirlo, se encontró con una pequeña fotografía de Matt, en la que sus ojos irradiaban felicidad, una de sus fotos preferidas, sacadas hacía años en Inglaterra, justo antes de abandonar el orfanato para siempre, a los dieciocho años.
–Yo… –no sabía definir lo que sentía.
–Es lo único que tengo de mi familia. Es el único recuerdo que me dejaron, el único legado de ellos, y quiero que ahora lo tengas tú, porque, tú eres mi única familia –dijo con voz calmada, cerrando la mano de Mello, para que sujetara la reliquia.
–Lo llevaré siempre conmigo.
Quedaron en silencio, mirándose intensamente a los ojos, como si aquella fuera la última vez, y aquel especial momento fue roto por una tosca voz que avisó que todo ya estaba listo para partir.
Ambos bajaron la mirada, y Mello se guardó el reloj en la chaqueta, cerca del corazón.
–Te amo –le dijo al apesadumbrado Matt, que parecía hundido en el asiento.
–Yo también, Mello.
Y se dieron un beso de despedida.
Mello bajó del coche, y comenzó a alejarse despreocupadamente, mientras Matt lo miraba contrariado.
–¡Mello! –gritó, ya sentado en el asiento del piloto–¡Las llaves! –y por primera vez, rió de verdad.
Mello regresó lentamente, sacudiendo las llaves en la mano, haciéndolas sonar graciosamente. Se apoyó en el coche, y le pasó las llaves a Matt por la ventanilla.
El de cabellos rojizos puso las llaves en el contacto y cuando volvió a mirar al frente, se encontró con que Mello le tendía una pequeña caja de terciopelo.
–El juego repetido sólo era una broma… –dijo, sonriendo–. Este es mi verdadero regalo, cógelo.
–Me da pánico –confesó Matt, mirando la caja con la ilusión brillando en los ojos.
–Pero… –le pasó la cajita a Matt, quien la cogió con cuidado–, éste no es un regalo para abrirlo en el coche… así que, guárdatelo para Navidad.
Y con esas palabras y una sonrisa, comenzó a marcharse, alejándose lentamente del coche y de su amado, que lo observaba con tristeza, sintiendo algo en su corazón que le decía que bajara del coche inmediatamente y rogara al cielo por evitar que se fuera.
Pero sólo pudo decir:
–¡No tardes! –gritó, sujetando la misteriosa caja contra su pecho.
El ruido del avión en marcha comenzaba a dejarlo sordo.
–¡Volveré enseguida, te lo prometo! –le contestó, sonriéndole.
Y ya no volvió a verlo.
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