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Frío diciembre.

Autor: Seiren

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Notas del fanfic:

Pues se suponía que esto sería un regalo de navidad, por eso el título, por eso la ambientación y todo lo demás, pero como soy una irresponsable he llegado a mayo sin haberlo terminado, aunque por cierto, estoy a uno o dos capítulos de terminarlo.

 

Notas del capitulo:

Espero les guste. Como ya mencionaba, ya casi está terminado. Sé que soy una descarada por estar subiendo una nueva historia cuando tengo todas las demás abandonadas, pero la verdad es que en esta he ido trabajando poquito a poquito, así como en las demás, es sólo que no tengo tanto tiempo como antes, y de paso soy mala administrando eso poco que tengo así que... Perdón :(

I

 

Veía su propio aliento condensarse con apremiante facilidad mientras trataba de hacer que sus manos ganaran un poco de calor. Era un esfuerzo inútil, pero no sabía qué más podía hacer. No soportaba esas temperaturas y, para empeorar las cosas, entre las tantas conversaciones que tenían las personas que transitaban frente a él, pudo escuchar que la temperatura no iba sino a aumentar. Así que dejó de lado la poca esperanza que durante las últimas horas albergó; si no encontraba un refugio pronto, moriría de frío.

Con mucho esfuerzo, se levantó de su lugar. Devolvió la mirada para ver si había olvidado algo, lo cual fue una reacción un tanto ridícula, lo poco que tenía siempre lo cargaba consigo, en esa bolsa secreta que él mismo había cosido en el interior de sus pantalones.

Sus pertenencias no consistían más que en la ropa que usaba: unos pantalones de algodón una camiseta negra y un abrigo viejo y grande, todos remendados hasta más no poder; tenía también una manta tan roída que ya no cumplía con el propósito por el cual se había atrevido a robarla hace tanto tiempo atrás, pero que igual conservaba porque la sensación que le daba el saber que era dueño de algo lo sostenía cuando no creía poder seguir adelante. Pero su más estimado tesoro era el dije que le había entregado su madre antes de que ésta muriera, tirada y sucia, por falta de atención médica.

Él siempre supo que ella no era su verdadera madre, pero la quería como tal porque el poco alimento que la mujer podía conseguir terminaba en su boca, de ahí que Luneth se culpara de la muerte de la mujer. Por cierto que tampoco estaba muy seguro si ese era su verdadero nombre, sólo recordaba que un día como todos los demás, su madre comenzó a llamarlo de esta manera, y como él jamás había tenido nombre por el cual otras personas pudieran llamarlo, terminó quedándose con Luneth, aun cuando jamás terminó de gustarle.

Igual no eran muchas las personas que lo conocían y lo llamaran por su nombre, de hecho, la gente solía referirse a él como vagabundo, sucio, asqueroso, cerdo, mendigo, etc. Por esto mismo no podía permanecer mucho tiempo en un mismo lugar; y por lo mismo no podía regresar a los lugares que ya había frecuentado.

Esto no significaba que se pasara todo el santo día mendigando o echado en cualquiera acera esperando que un ser piadoso le regalara unas cuantas monedas. Cuando podía, Luneth trabajaba. Generalmente trabajaba por comida, bueno, sobras; pero todo valía y ningún esfuerzo era en vano si podía hacer que a su boca llegara uno que otro bocado.

Pero esa noche la suerte de Luneth pareció esfumarse de la misma manera que la luna en el cielo. Apenas y podía seguir en pie, apenas y podía ver lo que había frente a él, y cuando el olor de la comida lo llevó por senderos a los que sabía, jamás debía acercarse, fue apaleado hasta que no pudo sentir más ni su espalda ni sus piernas, y medio moribundo quedó tirado en un oscuro callejón en donde no existía para nadie. Aunque probablemente jamás había existido para nadie.

Incapaz de seguir soportando el hambre y el frío, Luneth decidió —como si en realidad su voluntad fuera tan grande como para influir de esa manera en su propio destino— morir en este lugar. Si tenía suerte, los recolectores de basura lo encontrarían al amanecer, en el peor de los casos, algún perro hambriento terminaría devorando su cuerpo sin vida. De igual manera él ya no estaría ahí para presenciar el destino que le esperaba a su desnutrido cuerpo, para ese entonces esperaba estar en algún otro lugar. No creía en la existencia del cielo como tal, y mucho menos creía en Dios, en los ángeles o en los santos; pero podía asegurar, casi con certeza, que los muertos iban a terminar a algún lugar en donde disfrutaban todo aquello que en vida se les negó.

Y con esa infantil creencia, Luneth cerró los ojos esperando que la corriente de la vida dejara de fluir para él. Pero cuando por fin encontraba un poco de calma, unos gritos lo despertaron.

Luneth maldijo en silencio, ¿cómo era posible que no lo dejaran morir en paz? Chasqueó con más insistencia al notar que los gritos no sólo se hacían más frecuentes sino también más cercanos. Como pudo se arrastró a un lado. El callejón estaba lo suficientemente oscuro como para salir bien librado de ese embrollo del cual jamás pidió formar parte. Pero como si lo que el creyera o deseara no le importara en absoluto al universo, algo bastante parecido a un cuerpo cayó sobre él.

Acostumbrado a la muerte como estaba, no se asustó y ni siquiera se agitó. En lugar de eso guardó silencio mientras esperaba que los atacantes —satisfechos por cómo había resultado su cacería— se alejaran de lugar. Cuando esto por fin sucedió, lo primero que Luneth quiso hacer fue sacudirse ese extraño cuerpo de encima, pero el calor que le proporcionaba era tal que decidió abrazarlo en lugar de alejarlo de él. Y lo sostendría de esa manera hasta que el frío de la muerte sustituyera ese placentero calor que por el momento conseguía abrigarlo satisfactoriamente.

Y otra vez estaba quedándose dormido cuando el cuerpo que tal fielmente abrazaba se agitó. Luneth creyó imaginar este comportamiento, después de todo, los muertos no se mueven. Pero el desconocido comenzó a agitarse con más frecuencia y a Luneth no le quedó de otra más que verificar —cosa que debió haber hecho desde el principio— si en realidad estaba muerto.

—Oye, ¿me escuchas? —preguntó Luneth, su voz ronca por el eterno resfriado producto del invierno, sus dientes castañeando debido a esa insoportable temperatura...

—Mmm... —el desconocido gimió, luego, como si se tratara de un cachorrito en busca de la teta de su madre, se aferró fuertemente al cuerpo de Luneth.

Como no hubo respuesta, ni más movimiento, ni nada que le indicara que ambos despertarían vivos, Luneth se quedó dormido.

No fue de extrañar que se asombrara de ver otro amanecer; pero lo que más le sorprendió fue el desconocido que aun sostenía en brazos. El cuerpo seguía caliente, por tanto, era ilógico pensar que era un cadáver, y aparte de los manchones de sangre, el desconocido parecía estar perfectamente bien, de hecho, demasiado bien. Bueno, el cabello estaba desordenado, era una maraña que para cualquier cepillo representaría una muralla impenetrable, pero con todo y esto ese color caoba brillaba con una intensidad casi sobrenatural.

A Luneth le parecía que esa persona no debía pasar de los dieciochos años, porque aunque era alto —o al menos esa impresión tenía— había una delicadeza únicamente atribuible a las seductoras bondades de la pubertad. No es que él supiera nada de esto, y ahora que lo pensaba, lo cierto era que no sabía nada, pero había algo dentro de él que le obligaba a identificarse con este desconocido, después de todo, con diecisiete años —o esos creía tener— sentía la necesidad de encontrar a alguien parecido a él.

Sumido como estaba en sus pensamientos, no fue capaz de notar que el extraño comenzaba a agitarse entre sus brazos, es más, de manera inconsciente lo apretaba con más fuerza cada vez que el desconocido se movía. Tal vez era un acto reflejo provocado por las bajas temperaturas. No iba a dejar ir así por así a lo único que le proporcionaba calor.

—Oye —murmuró el extraño—, no quiero sonar grosero después de presenciar tal derroche de amabilidad pero... ¿podrías soltarme?

¡Ah! Tenía voz, y aparte de eso era una voz igual de cálida que su cuerpo.

— ¡Lo siento! —se disculpó Luneth sintiéndose terriblemente apenado, pero seguía sin querer soltarlo.

—Bueno, sé que ha amanecido terriblemente frío, y agradezco que hayas tenido la bondad de mantenerme caliente toda la noche, pero sabes, tengo que marcharme, así que...

El joven hablaba con demasiada lucidez, o eso la pareció a Luneth quien habría esperado que el desconocido siquiera supiera qué era lo que había pasado. Y ahora que pensaba con detenimiento en las palabras que le había dicho, sintió un poco de vergüenza, eso quería decir que había sentido como tan fervientemente se había aferrado a su cuerpo en busca de calor.

—Lo siento —se disculpó otra vez, agachó más la cabeza porque se sentía tan apenado que ni siquiera sabía qué decir o cómo comportarse.

—Ya. Gracias por todo.

Y así el extraño se levantó, sacudió un poco su ropa y quedó viendo de manera cancina las manchas de sangre que lo cubrían, como si estuviese acostumbrado a esto. Y de la misma manera, Luneth vio como otra persona se alejaba sin prestarle un ápice de atención, no tenía idea de por qué aquello seguía afectándole, con todo lo que había sufrido, sabía que no tenía que esperar nada de los demás. Fue sólo que por alguna razón creyó que ese joven era diferente.

Estuvo a punto de acurrucarse en el mismo lugar, cuando una sombra se alargó en su dirección, levantó la vista y se topó con un par de ojos tan deslumbrantes como el cielo mismo.

—Qué tal si en agradecimiento por lo de anoche, te invito a comer.

La palabra «comer» hizo que la boca de Luneth se llenara de agua, enseguida se puso de pie e incluso se apenó por la prisa en que su cuerpo se movió, pero cuando estuvo a punto de aceptar, se quedó viendo a sí mismo: sus manos sucias llenas de mugre, su ropa roída y enmendada, sus pies prácticamente descalzos... Apenado, agachó la cabeza y contestó:

—Estoy muy agradecido por el ofrecimiento, pero...

El desconocido suspiró, tomó la mano de Luneth y lo llevó consigo.

—Sabes, si no me dejas hacer esto luego me sentiré fatal. Me enseñaron que siempre tengo que agradecer a las personas que me ayudan y no veo porque tú tengas que se la excepción. Además, creo que a ambos nos hace falta una buena comida y un lugar caliente para descansar, y mi casa está precisamente para eso.

 

Casa era una palabra grande, es más, cuando Luneth se encontró frente al lugar en cuestión, se dio cuenta que era bastante más pequeño de lo que había imaginado y que definitivamente eso no era una casa, era un apartamento. Estar dentro o fuera no parecía significar mucha diferencia, ese lugar era frío y aparte estaba prácticamente desolado: apenas había un par de sillas plásticas y una estufa de gas. Luneth miró más al fondo y encontró un colchón bastante grande y varias sabanas desordenadas a su alrededor, además de prendas de vestir y un par de zapatos de invierno.

En resumen, el lugar no le daba mucha confianza, pero tenía poco que perder, y si resultaba que era uno de esos lugares en donde obligaban a las personas a tener sexo, a drogarse, o hacer todas aquellas cosas que conocía tanto por rumores como por experiencia propia, ya vería cómo saldría del embrollo, lo único en que pensaba en ese momento era en calentarse y comer.

—Por cierto, me llamo Camilo, pero puedes llamarme Milo —el joven extendió la mano.

—Hola, soy Luneth —también extendió la mano para tomar la de Milo y cuando ambas extremidades se encontraron, nuevamente se sintió avergonzado por notar la gran diferencia que se percibía entre ambos.

— ¿Luneth? Extraño nombre —sonrió. La verdad era que a Milo poco le importaba la apariencia de su invitado, de hecho, no era algo a lo que le habría prestado especial cuidado si no hubiese sido porque había algo en Luneth que le llamaba demasiado la atención.

—Sí, bueno —sonrió Luneth algo apenado —, mamá me dio ese nombre y bueno, no es que lo use mucho pero de vez en cuando, o más bien, en ocasiones como esta, resulta útil, ¿no?

— ¡Claro! Imagínate los problemas que tendríamos si no tuvieras un nombre por el cual yo pudiera llamarte.

—Supongo —rió, dejando que la alegría del otro lo contagiara.

—Bueno, ahora pondré a calentar algo de agua, a menos que quieras bañarte con agua fría, y yo no sé tú, pero eso a mí se me antoja descabellado...

La verdad, a Luneth le daba igual si estaba fría o caliente, a él sólo le importaba asearse un poco porque no se bañaba desde hace mucho tiempo, por lo que pensó que no era de extrañar que apestara, y no quería que su mal olor opacara ese buen momento que extrañamente estaba viviendo.

Pero los pocos buenos sentimientos que tuvo se fueron directitos al caño cuando Milo le pidió que se bañara mientras él iba al supermercado por algunas cosas. No tenía tanta experiencia, pero eso definitivamente le sonaba a trampa. Probablemente el que regresaría no sería Milo sino alguien más y entonces se vería obligado a hacer esas cosas desagradables que hizo cuando estaba más chico no sólo para saciar su hambre sino porque ignoraba por completo que aquellos actos eran un atentado en contra de su dignidad. Preferiría morir antes que rebajarse a tanto. Además, su madre le había dejado bien claro que hacer ese tipo de cosas era peligroso y que era mucho mejor morir de hambre que por alguna rara enfermedad.

Pero incluso con todos esos pensamientos y todas esas advertencias enviadas por su subconsciente, Luneth no encontraba la manera de rechazar la aparentemente amable invitación de Milo. ¿Confiaba o no confiaba? Semejante dilema en el que estaba metido. Y mientras más demoraba en formular una respuesta, más se intensificaba la rara mirada que recibía del otro.

— ¡Entiendo!—exclamó Milo, de la nada —. No confías en mí.

Era mucho más difícil que eso, pero Luneth no dijo nada.

— ¿Y si nos metemos a bañar juntos? —preguntó y luego levantó ambas manos —. No hay trampas aquí, lo que ves es lo que es. Lo juro.

—Ve a comprar lo que tienes que comprar —habló Luneth. Ahora su vergüenza se debía a su falta de confianza, aunque, ¿quién podía culparlo? —. Me bañaré. ¡Juro que no robaré nada! —agregó rápidamente.

—Bueno, para empezar, no hay mucho que robar —sonrió Milo. Y como no tenías nada más que decir, se marchó.

 

El agua estaba caliente, el vapor danzaba sobre la superficie y se elevaba y se elevaba hasta desaparecer. Por alguna razón, Luneth veía aquello como un enfrentamiento, y el movimiento del vapor era la manera en que el agua se burlaba de él. Pero Luneth no era ningún cobarde, así que sin pensarlo dos veces, se echó encima la primera pailada de aquella deliciosa agua que comenzó casi de inmediato a llevarse toda la suciedad que cubría su cuerpo. Así se dedicó a restregar y restregar casi al borde del dolor cada centímetro de su piel, y cuando estuvo satisfecho con los resultados, se centró en su cabello.

Hicieron falta varias lavadas solo para que el champú hiciera espuma, y luego un poco más para dejarlo completamente limpio. En el proceso Luneth se preguntó varias veces qué tan grande sería la posibilidad de que tuviera piojos, y ahora que lo pensaba un poco más, probablemente su ropa y su manta estaban llenas de ácaros o de pulgas. Estaba tan acostumbrado a la picazón que ya ni la sentía. De igual manera creyó que después de semejante baño sería una estupidez ponerse la misma ropa, así que después de bañarse, y sin molestarse en secarse, remojó su ropa y después comenzó a lavarla.

Milo casi deja caer las bolsas llenas de comida cuando vio a su invitado paseándose totalmente desnudo por toda la sala, pero no fue la desnudez en sí lo que le sorprendió sino lo alocado del acto. Afuera hacia casi cinco grados y dentro estaba casi igual, ¿quién en su sano juicio caminaría desnudo con semejante temperatura?

— ¿Necesitas ropa?

—No, está bien, esperaré hasta que la mía se seque...

—Que con este clima será hasta dentro de dos días —suspiró Milo, y mientras hablaba buscaba un lugar en dónde colocar las cosas —. Que no te dé pena, creo que tengo algo justo para ti.

Como parecía hacerse costumbre, Luneth aceptó la amabilidad de Milo algo apenado. Cada vez que hacía esto algo dentro de sí se sentía extraño. Tal vez era que no estaba acostumbrado a tanta amabilidad o quizá era que sabía que jamás sería capaz de regresarle a Milo lo que había hecho por él. En todo caso, Luneth se vio obligado a aceptar la ropa, y con un súbito arrebato de pudor, regresó al baño para terminar de vestirse allí.

Cuando salió se encontró con más comida chatarra de lo que jamás había visto en su vida. Había muchas sodas y hamburguesas, también pizza y comida china...

—Buen provecho —dijo Milo, y de esta manera lo invitó a que se sentara a su lado a comer.

Luneth comía despacio, masticaba despacio, y se tomaba su tiempo para elegir lo que iba a comer a continuación. Milo miraba este comportamiento como algo extraño, no es que esperara que se atiborrara de comida hasta morir atragantado, es sólo que esperó que se mostrara un poco más a gusto con su selección de alimentos, después de todo, ¿quién odia la comida chatarra?

— ¿Todo bien? —preguntó algo interesado.

—Sí. Muchas gracias por la comida.

Y por primera vez desde que se conocieron, Luneth esbozó una sonrisa tan sincera que Milo por poco se ahoga con el bocado que aún seguía masticando. Fue precisamente por esto que decidió bajar el ritmo y comer más despacio, de esta manera era capaz de observar al extraño vagabundo que lo había salvado. Tal vez sonara extraño, pero borracho como estaba, y con ese frío, la idea no le parecía tan descabellada.

—Vaya, no me había fijado, eres rubio —comentó sin ninguna mala intención.

—Ah, sí —Luneth se sonrojó. Después de varios días sin asearse, obviamente que su cabello no mostraría su color natural —. Es que ahora está limpio...

—Ya veo —mordió el trozo de pizza y agregó —: es lindo.

—Gracias.

Se pasaron el resto del día de la misma manera: primero dormitaban, se levantaban para estirar un poco los pies o cubrir cualquier repentina necesidad, pero sin importar lo que hicieran, nuevamente se sumían en sus propios pensamientos arropados por el cada vez menos incomodo silencio que de alguna manera se había convertido en su extraño cómplice. Y sin decirse nada sentían que se entendían el uno al otro porque a pesar de las diferencias había algo que sin duda los dos tenían en común: la soledad.

Notas finales:

Bueno... ¿Qué tal? Espero les haya gustado.

 

Cualquier duda, sugerencia, comentario, amenaza de muerte, reclamo, etc., etc., etc., no duden hacérmelo saber por medio de un comentario, ya saben, en esa cajita que hay abajo que dice "Review" :)

 

Gracias por tenerme tanta paciencia.

 

Saludos.

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