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A segunda vista por Kuro Hebihime

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Notas del fanfic:

[Este Fanfic se suscita después de los acontecimientos de Dressrosa, así que puede contener spoilers o historias alternas a la línea oficial de One Piece, todos los personajes aquí utilizados pertenecen al universo creado por Eiichiro Oda].

Los personajes secundarios que aparecen a partir del cuarto capítulo son creación de la autora de este fic, Kuro Hebihime.

Notas del capitulo:

Hoy es mi cumpleaños (^w^) así que me parece maravilloso celebrarlo con una nueva historia, esta vez escribiré con calma, el capítulo saldrá cada lunes así que espero no se aburran y me acompañen hasta el final.

 

MUERTE NEGRA

—Capítulo 1—

 

Law se frotó los ojos con las yemas de los dedos, su vista comenzaba a nublarse por culpa de la fatiga. Tomó asiento junto a la cama donde descansaba su navegante.

 

Bepo dormitaba todavía con el rostro enrojecido por la fiebre, su respiración seguía siendo agitada y las extrañas manchas negras que le habían aparecido sobre la piel se dejaban entrever bajo su blanco pelaje. El ojigrís cerró con frustración el cuarto libro que había devorado aquella tarde en un intento por encontrar el motivo de la extraña enfermedad.

 

Nada.

 

Aventó el libro contra la pared. Si bien sus habilidades como médico eran extraordinarias, tenía que reconocer que su fuerte no eran las enfermedades en otras especies. Soltó un pesado suspiro lleno de frustración.

 

—¿Hay algo más que podamos hacer, capitán? —murmuró Penguin claramente nervioso.

 

Law pareció pensárselo detenidamente y frotó su cabellera como si deseara extraer alguna opción de su agotado cerebro. Él ya no podía hacer más, sin embargo, conocía a alguien que tal vez podría sacarlos de aquel terrible apuro. Un doctor que comprendía mucho mejor el funcionamiento del cuerpo animal.

 

—Comunícate con los Mugiwara.

 

El chico asintió y salió rápidamente en busca del den den mushi que hace tiempo no usaban. Law colocó su cabeza entre ambas manos. Él no estaba acostumbrado a pedir favores, pero en esta ocasión no tenía más remedio. Bepo no sólo era su nakama, era su mejor amigo y no pensaba rendirse hasta haber agotado todas las opciones posibles.

 

Penguin regresó rápidamente con el pequeño caracol entre sus manos.

 

—¡¡Toraooo!!

 

Se oyó una voz familiar al otro lado de la transmisión mientras que el animalito se meneaba con alegría. —¡Torao!, ¡cuánto tiempo!, ¡te hemos echado de menos!

 

La alegre voz del Mugiwara acompañada del clásico barullo de su tripulación logró que el ojigrís esbozara una leve sonrisa. Aunque no lo admitiera, también los echaba de menos.

 

—No tengo mucho tiempo, necesito hablar con Tony-ya

 

Luffy pareció captar el tono apremiante de voz y asintió. El den den mushi no tardó en tomar los rasgos del pequeño reno.

 

—Te escucho.

 

Law comenzó a dictarle la serie de síntomas que Bepo presentaba con lujo de detalle, sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la bocina. Cuando terminó de hablar soltó un pesado suspiro, como si hubiera contenido el aire a lo largo de todo su relato.

 

—Law… —la voz del renito no pudo ocultar su nerviosismo—. Tengo que revisarlo en persona.

 

El ojigrís apretó los dientes, no le había gustado nada su tono de voz.

 

—Estamos varados en una isla desierta y sin nuestro navegante es imposible movernos —agregó.

 

Luffy, quien había estado pendiente de la llamada, tomó la palabra —¡No tienes de qué preocuparte, nosotros iremos!

 

Se escuchó un murmullo de aprobación. —Así es —esta vez la voz de Nami fue la que se escuchó—, todavía tenemos la vivre card que nos diste, llegaremos sin problema.

 

El capitán de los Heart pareció relajarse un poco al oírlos —Estaremos al pendiente de su llegada y… gracias—. Al no tener más que agregar, terminó la llamada.

 

Penguin le colocó unas suaves palmadas en la espalda en señal de apoyo —verá que todo saldrá bien.

 

Su capitán no contestó, simplemente volvió a sentarse al lado de Bepo, le cambió las compresas frías que cubrían su frente y le hizo una suave caricia sobre el pelaje. El oso se removió incómodo.

 

—Tranquilo, la ayuda ya viene en camino.

 

Le abrió la boca con cuidado y se alarmó al ver que su lengua comenzaba a teñirse de ese mismo tono negro que invadía su sistema circulatorio. No estaba seguro de cuánto tiempo le quedaba.

 

Repasó nuevamente en su cabeza todo lo sucedido en un intento por encontrar algún detalle que hubiera pasado de largo.

 

 

La mañana anterior los piratas Heart llegaron a una isla tropical. La habían encontrado justo a tiempo, pues el agua potable y la comida se habían terminado horas atrás.

 

Jean Bart se asomó por el periscopio en busca de algún peligro —todo en orden, capitán—. Indicó.

 

Law dio la señal y pronto el submarino estuvo a flote.

 

—Jean Bart, quédate a vigilar; los demás, dispérsense para juntar provisiones.

 

Miró a su alrededor y se concentró en sentir alguna presencia. «Parece ser que se trata de una isla deshabitada» concluyó. No obstante, tomó su nodachi con firmeza. Era mejor estar prevenidos.

 

—¡Capitán, espéreme, iré con usted! —gritó Bepo, quien corrió hasta su lado, Law no dijo nada, sólo se limitó a seguir su camino.

 

Pronto se dieron cuenta que la isla estaba conformada por una enorme ciénaga. Aquel territorio hostil despedía un penetrante aroma a plantas podridas, y el lodo, que cubría casi todo, les impedía avanzar con ligereza.

 

«No hay rastros de algo comestible», pensaba el médico cada vez más preocupado. El agua fangosa, estancada y maloliente tampoco parecía una buena opción para beber…

 

—¡Auch! —el oso, que avanzaba a su lado, soltó un quejido mientras alzaba su pata izquierda.

 

—¿Qué sucede? —preguntó el capitán mirándolo de reojo sin prestarle mucha atención.

 

—Creo que me ha picado un insecto, no es nada —contestó su navegante y continuaron su camino. Ninguno de los dos le tomó importancia, sabían que si no encontraban comida para el atardecer pasarían la noche con el estómago vacío.

 

Tras dar unas cuantas vueltas finalmente descubrieron un paisaje diferente. A la mitad del maloliente pantano unos enormes monolitos aislaban una cascada de agua cristalina que aterrizaba en un lago subterráneo de gran profundidad. Eran tan sólo unos cuantos metros, pero ese fértil pedazo de tierra estaba rodeado de árboles frutales. Los dos piratas sonrieron entre ellos, habían encontrado justo lo que necesitaban.

 

—Empieza a juntar las provisiones, iré por los demás —le indicó al oso, quien sacó un costal que llevaba consigo y tras derribar con sus patadas algunos frutos comenzó a reunirlos. Law formó su room y desapareció de su vista.

 

No había tardado más de unos cuantos minutos cuando volvió a aparecer con toda su tripulación.

 

—Bepo, ¿dónde estás?

 

Lo llamó al ver que no se encontraba donde lo había dejado. Caminó unos cuantos metros, tal vez había descendido por la cascada.

 

Al asomarse por el pequeño cenote sintió que su corazón se contraía. Podía divisar un bulto naranja que flotaba en el agua. —¡Bepo! —gritó con fuerza mientras usaba su habilidad para subirlo. Lo tendió sobre la tierra y lo revisó rápidamente.

 

—¿Qué sucedió? /¿está bien? / ¿se cayó?

 

Sus nakama comenzaron a hacerle preguntas.

 

Pronto encontró en la almohadilla de su pata el pinchazo del que se había quejado antes. La zona estaba hinchada y un extraño color negro comenzaba a extenderse bajo su pelaje siguiendo el camino de su circulación. Bepo estaba envenenado de eso no había duda.

 

—¡Hay que llevarlo al submarino, rápido!

 

Ordenó. Aquella extraña reacción no le había gustado nada.

 

A lo largo del día las manchas negras comenzaron a extenderse por todo el cuerpo y una intensa fiebre se apoderó de su nakama, quien no volvió a recuperar la conciencia.

 

 

Law volvió a cambiarle la compresa fría, miró de reojo la bandeja de comida que Penguin le había dejado y decidió hacerla a un lado. No tenía ánimos de nada.

 

Un poco antes del atardecer escuchó a Jean Bart dar la buena noticia: los Mugiwara estaban por llegar. Salió rápidamente a cubierta, el Sunny ya era visible a simple vista. Sin perder más tiempo formó su room y transportó a Tony-ya hasta el submarino, quien tardó unos instantes en darse cuenta de lo que había pasado.

 

—Rápido, te llevaré con Bepo ­lo apremió el capitán. El pequeño reno asintió y empezó a correr tras él. Bajaron la escotilla y entraron en el quirófano donde el paciente aguardaba. Chopper abrió su mochila y extrajo un enorme libro que parecía confeccionado a mano.

 

—¿De dónde has sacado ese libro? —preguntó el ojigrís.

 

—Lo hice yo mismo —respondió el renito—, es todo lo que aprendí en los dos años que estuve en el reino Torino.

 

Chopper comenzó con la revisión de manera exhaustiva. Se detuvo un buen rato observando las extrañas manchas negras que se encontraban alrededor de la herida, observó entre su pelaje el camino de las mismas que ya llegaban hasta el cuello, y finalmente, revisó la lengua que estaba completamente teñida de negro.

 

Fue en ese momento cuando de manera inesperada Bepo tosió sobre su rostro.

 

Chopper retrocedió alarmado al ver que aquella tos venía acompañada de sangre. El ataque de tos fue tan intenso que Law tuvo que colocarle el oxígeno para ayudarlo a respirar.

 

El renito tocó su mejilla que estaba húmeda por las pequeñas gotas de sangre que habían salido disparadas hacia su rostro.

 

¿¡Es la primera vez que lo hace!? —preguntó alarmado. Law afirmó con la cabeza sin poder esconder la sorpresa. Chopper repasó rápidamente sus notas—. Una picadura, fiebre, manchas negras, tos con sangre…

 

¡NO PUEDE SER!

 

Abrió su enorme libro y comenzó a hojearlo a toda velocidad hasta encontrar la página que necesitaba.

 

—Law, el motivo por el cual no has encontrado información es porque no se trata de la pinchadura de un insecto...

 

Se puso en pie y leyó en voz alta:

 

»Kuroshi. También conocida como “muerte negra”. Es una planta acuática que florece durante la noche. Puede reconocerse a simple vista por la luz que desprende similar a una luciérnaga. Sus espinas venenosas segregan esporas inofensivas para los humanos, pero mortal para algunas especies de animales. Las manchas negras indican el camino de las esporas hacia los pulmones y cerebro de su huésped, una vez ahí, se reproducen destruyendo todo a su paso y volviendo la transmisión… aerobia.

 

Altamente contagioso, extremar precauciones.

 

 

El renito cerró el libro con el rostro aterrado.

 

Había sido un idiota. Se había expuesto a la enfermedad sin tener el cuidado necesario. Clavó la vista unos momentos en el piso y luego se acercó al ojigrís con un gesto decidido.

 

—Comenzaré a preparar el antídoto, pero necesito que encuentren un ejemplar de esa planta para extraerle una enzima… Si por algún motivo no termino de prepararlo a tiempo, aquí está escrito todo lo que necesitas saber.

 

—Tony-ya, crees que tú…

 

—Seguramente, será mejor que nos demos prisa.

 

Law salió a paso veloz dejando a su colega a cargo del antídoto. Tenía que avisar a los demás.

 

Al igual que había pasado con Bepo, Chopper no tardó en perder la conciencia.

 

• • •

 

Cuando el sol terminó de ocultarse empezaron la búsqueda. Los Mugiwara y los Heart se organizaron en pequeños grupos para así recorrer mejor el territorio.

 

Law dictó las últimas instrucciones.

 

—…Y no se olviden, una vez que la encuentren deberán arrancarla desde raíz, no nos sirve si está incompleta.

 

Los grupos soltaron un grito afirmativo y empezaron a adentrarse en el hostil territorio. Cada persona llevaba consigo una lámpara que alumbraba el mínimo necesario para no caer en un foso. La ciénaga, tanto más peligrosa de noche que de día, no dejaba escapar ni el más mínimo destello de luz.  

 

Antes de partir, el médico entró en el submarino. Quería darles un último vistazo a los enfermos. Revisó a su navegante y sus manos temblaron ligeramente. Por lo que había alcanzado a leer en el libro, a Bepo le restaban alrededor de 20 horas de vida.

 

Se dio la vuelta cuando escuchó que alguien descendía hasta donde estaba. —Oye, Law, me pidieron que te diera esto —Zoro, quien estaba a punto de partir con su equipo, traía una linterna extra consigo. Al ver a Chopper se acercó y le tocó la frente con un gesto fraternal—. ¿Cómo están? —preguntó.

 

—Queda poco tiempo, no quiero perderlo en explicaciones.

 

Law no pudo evitar que su voz sonara turbada, se acercó al peli verde, tomó la linterna y salió deprisa.

 

Zoro lo miró de reojo, había pensado en decirle algunas palabras de aliento, pero ellos no eran especialmente cercanos. «Será mejor que me apresure también» pensó. Su equipo lo estaba esperando.

 

• • •

 

La noche sin luna dejaba todo en penumbra. Law había encontrado el sitio exacto donde el oso se había pinchado la pata, pero para su mala fortuna la planta no estaba completa; tan solo se trataba de un tallo que llevaba tiempo de haber sido arrancado. Caminó durante horas sin poder encontrar lo que buscaba.

 

Cuando el horizonte comenzó a teñirse de rojo cayó en la desesperación, con la salida del sol sería imposible encontrarla.

 

—¡¿Dónde más puede estar?!

 

Avanzó hasta dar nuevamente con el lago que había descubierto con su nakama y descendió por la cascada para buscar si entre las piedras húmedas podía hallarla.

 

Nada.

 

—¡Mierda!

 

Golpeó uno de los monolitos con tal fuerza que se cuarteó.

 

—¡Mierda! ¡mierda! —siguió golpeando las piedras hasta hacerse daño. Finalmente se dejó caer de rodillas y tomó su cabeza entre las manos.

 

—Bepo… —susurró en un tono lastimero—, no quiero perderte también.

 

Sus ojos se humedecieron y unas gruesa lágrimas comenzaron a rodar hasta el suelo. Hace tanto que no sentía esa terrible desesperación.

 

 

De repente escuchó un crujido, miró hacia arriba y notó que se había formado una avalancha de piedras, consecuencia de sus anteriores golpes. Una nube de tierra se levantó cegándolo de repente. —¡Tact! exclamó justo a tiempo y los objetos se detuvieron en el aire antes de aplastarlo. Movió la mano y desvió la avalancha hacia el lago.

 

—¡Ahhh!

 

Un grito proveniente de los escombros lo alertó. Talló sus ojos para retirarse la tierra y clavó su atención en el agua. Entre las piedras que había aventado se encontraba una persona que, para su buena fortuna, logró salir a flote.

 

—¡Idiota, casi me matas! se quejó.

 

A pesar de la poca luz, el ojigrís reconoció el cabello verde de Zoro-ya. El distraído espadachín se había separado de su grupo, y al no tener el cuidado suficiente había pisado las piedras flojas en el borde de la cascada.

 

—¡Al menos ayúdame a salir! —gritó de mala manera, pero el capitán de los Heart parecía estar hundido en sus pensamientos.

 

Lo observó unos instantes, Lawse encontraba cubierto de tierra, pero sus mejillas estaban húmedas. No había duda de que estaba llorando. «Ya veo, no encontraron la planta» pensó el peli verde. No hacían falta palabras para comprender lo que aquel hombre estaba sintiendo. Desvió su atención hacia cualquier otro lado, pero volvió a mirarlo de reojo, jamás lo había visto tan devastado.

 

Al darse cuenta de su reacción, el médico se enjugó las lágrimas con un movimiento violento, lo menos que quería era despertar su lástima.

 

El agua estaba helada y Zoro comenzó a titiritar de frío. Era mejor salir de ahí cuanto antes. Empezó a nadar hacia la orilla cuando de repente divisó en el fondo del lago un pequeño resplandor.

 

«¿Acaso será…?»

 

Hundió la cabeza observando con mayor atención, nuevamente el suave resplandor apareció. —¡Oye Law!¡creo que la encontré!

 

El ojigrís dio un salto al escucharlo y se acercó lo más que pudo a la orilla del profundo lago. Su corazón comenzó a palpitar con violencia mientras sus ojos, llenos de incertidumbre escrutaban la oscuridad.

 

 —¡Ahí está, ¿lo ves?

 

—¡ES ESA,ESA ES LA PLANTA! —gritó. No podía creerlo, al fin la suerte parecía ponerse de su lado. Fue tanta su emoción que casi se cae al agua.

 

—Tranquilo, yo iré por ella —le indicó el peli verde, tomó una enorme bocanada de aire y se sumergió.

 

Comenzó a descender con grandes brazadas, el lago era mucho más profundo de lo que aparentaba. «Debo darme prisa» pensó. El agua fría le calaba el cuerpo.

 

No tardó en alcanzar su objetivo. «Debo arrancarla completa», recordó justo a tiempo para extraerla con cuidado, la colocó dentro de su haramaki y comenzó a subir lo más rápido que pudo, el aire se le estaba terminando.

 

A la mitad del trayecto sintió un dolor agudo en su costado. Se llevó las manos al sitio donde pudo notar la calidez de su sangre que salía de una ligera herida «algo me ha mordido», pensó mientras ignoraba la punzada.

 

De pronto sintió un dolor similar en una de sus piernas, luego otro en el brazo, y otro más en el pie. No podía ver nada, pero podía adivinar que se trataba de varias criaturas que comenzaban a enloquecerse con el olor de su sangre. Se detuvo en seco, empuñó sus katanas y se concentró en sentir la presencia de sus enemigos. «¡Tatzu Maki!», con un movimiento descuartizó a la mayor parte de sus agresores, el resto huyó despavorido.

 

Cuando logró salir tomó una fuerte bocanada de aire y empezó a nadar hacia la orilla. Por un momento se sintió mareado, pero no le dio importancia, debía darse prisa.

 

Law esbozó una sonrisa y le estiró la mano para ayudarlo a salir, lo jaló hacia él y lo estrechó contra su cuerpo.

 

—¡Oye qué...!

 

—¡No hay tiempo que perder!¡no sueltes la planta! —lo interrumpió.

 

Antes de que Zoro pudiera recriminarle esa extraña cercanía un enorme room creció de la nada. El mareo empeoró y lo único que el peli verde pudo hacer fue apretar los ojos y aferrarse instintivamente al hombre que lo sujetaba.

 

Se quedó así unos instantes, agarrado con fuerza de la camisa de su compañero sin notar que éste ya lo había soltado.

 

Law no pudo evitar sonreír al verlo.

 

—Zoro-ya, no es que me incomode realmente, pero ya puedes dejarme ir —comentó.

 

En cuanto el peli verde se dio cuenta de su error se soltó rápido y dio algunos pasos hacia atrás tropezando con una mesa que no había visto. Miró alrededor y se sorprendió al notar que estaban dentro de lo que parecía ser el quirófano del submarino, Law los había transportado bastante rápido.

 

«Cierto, me había olvidado de la habilidad de este tipo», pensó un poco molesto por haberse dejado sorprender de aquella manera.

 

Law se quitó la camisa llena de tierra y la dejó en el piso, se acercó a un lavabo y limpió sus manos y cabeza lo más rápido que pudo.

 

—¿Puedes acercarme la planta? —le pidió al peli verde.

 

Zoro se puso en pie con algo de dificultad y la extrajo de su haramaki. Se sorprendió al ver que estaba empapada en sangre. Law la tomó y la enjuagó deprisa, no sin antes mirar de reojo las heridas del espadachín. —Sólo déjame terminar de preparar el antídoto y te daré un vistazo.

 

—Estoy bien —comentó el peli verde. Eran solo rasguños, ya se curarían solos. Pese a eso se sentó en una de las camillas para reponerse un poco, al parecer había perdido bastante sangre. Sin mucho que hacer clavó su atención en el médico que tenía enfrente. No pudo evitar recorrerlo con la mirada. Había visto los tatuajes que le cubrían el torso, pero no sabía que su espalda también estaba tatuada. Debía admitir que le sentaba bastante bien. «No tiene la pinta de médico», pensó para sus adentros, aunque tenía que aceptar que Chopper tampoco entraba en aquel estereotipo…

 

Law pasó frente a él a paso veloz cortándole el hilo a sus pensamientos. Encendió un mechero y puso a calentar el antídoto que Chopper había alcanzado a preparar, sumergió la Kuroshi en el frasco, y tras leer algunos renglones del libro que le había dejado, bajó la flama y retrocedió un poco.

 

—Ya sólo falta que hierva diez minutos y todo estará listo —soltó en voz alta.Pasó sus manos por su negra cabellera y finalmente relajó su semblante.

 

Se giró para ver al peli verde y esbozó una sonrisa de lado.

 

—Te debo una, Zoro-ya.

 

Zoro le correspondió el gesto de buena gana. Lo observó con más detenimiento, no había notado antes lo sensual que era la sonrisa de aquel médico…

 

Law se acercó hasta él, y sin hacerle algún comentario, le jaló el haramaki para revisar su herida. Zoro se sintió nervioso, no estaba muy acostumbrado a que invadieran de esa manera su espacio personal.

 

—Es solo un rasguño —comentó mientras se liberaba de su agarre.

 

—Un rasguño que ya debería haber cerrado —agregó el ojigrís, quien empezó a recorrer el resto de las heridas con la mirada. Anda, quítate la ropa.

 

El rostro de Zoro se calentó de repente, —no eres ni mi capitán, ni mi médico, no tengo por qué obedecerte— soltó de mala manera y se cruzó de brazos.

 

Law dejó escapar un suspiro de pesadez. —Tony-ya se encuentra grave, y mientras él no pueda hacerlo, me encargaré de ustedes como un favor personal —tomó la cinta roja que sujetaba las katanas y de un tirón se la quitó—. No tengo tiempo para estar discutiendo contigo. O te quitas la ropa, o tendré que quitártela yo.

 

No pudo evitar que aquella amenaza sonara sugerente.

 

—¡Hazte a un lado! —Zoro lo empujó para hacerlo retroceder y sin atreverse a mirarlo a la cara comenzó a quitarse lo que traía puesto. «Imbécil», pensó.

 

—También el pantalón —le lanzó una mirada de pocos amigos, pero obedeció. Su cuerpo quedó cubierto sólo por un bóxer negro y ajustado.

 

Law bajó la vista y comenzó a examinar con cuidado el corte más grande que se encontraba a la altura de su abdomen. Cuando las manos del cirujano tocaron la piel de Zoro, éste dio un respingo.

 

—Perdona, tengo las manos frías se disculpó.

 

Zoro lo miró unos instantes y desvió su atención a la pared. Se sentía extraño. Estaba tan acostumbrado a las pezuñas de Chopper que sentir sobre su cuerpo el tacto frío y delicado de Law le erizaba la piel.

 

—¿Qué sucedió? —preguntó el médico ensimismado en su labor.

 

—Creo que fueron unos peces, no pude verlos bien.

 

Law finalmente se puso en pie y se dirigió hacia un estante donde tenía almacenado un buen número de frascos. —Sea lo que sea que te atacó, parece ser que segrega una sustancia que no permite que las heridas cierren por sí solas, supongo que así se aseguran de que sus víctimas se desangren hasta morir —tomó un ungüento y se acercó nuevamente a su paciente—. Va a arder un poco —le advirtió.

 

Zoro apretó los dientes cuando el médico comenzó a untarle aquella cosa sobre las heridas. —Es importante que todas queden cubiertas, pues aunque se trate de un rasguño, podría ser fatal. Date la vuelta —. El espadachín no puso objeción, dejó que ese diestro tacto tocara su espalda donde empezó a descender poco a poco hasta sus tobillos.

 

Law se detuvo un instante cuando tuvo el bien formado trasero de Zoro frente a él. No recordaba haberlo visto antes con tan poca ropa. «Qué bueno está», pensó. En cuanto la idea se cruzó por su cabeza, la alejó de inmediato, no era el momento para estar pensando en idioteces. Una pequeña gota de sangre que escurría por la pierna de su paciente le hizo recordar el motivo por el cual estaba ahí. No debía distraerse.

 

En un último vistazo encontró un pequeño corte que se asomaba sobre el hueso derecho de la cadera. Se puso en cuclillas frente a su paciente. —Necesito bajarte el bóxer, solo un poco —coló dos de sus dedos por la orilla de la prenda y comenzó a deslizarla con cuidado para ver hasta donde llegaba el corte.

 

—¡HEY!— exclamó Zoro frenando su avance.

 

—¿Qué, te pongo nervioso? —preguntó el ojigrís con un dejo de burla,

 

—¡tsk!, no digas estupideces —respondió el peli verde. Pese a eso las mejillas se le encendieron cuando los dedos de Law se detuvieron a nada de su miembro. «¡Está demasiado cerca!», tenía que buscar la forma de no pensar en ello.

 

Cuando Law colocó el ungüento pudo notar que toda la piel del peli verde comenzaba a erizarse. Sus ojos se desviaron un momento hacia un lado, dándole un vistazo no muy ético al miembro de su paciente. Aclaró su garganta y prosiguió con lo que estaba haciendo.

 

—¿Ya terminaste? —Zoro se removió ligeramente, esa cercanía lo estaba haciendo sentir incómodo.

 

—No te muevas, debe secar perfectamente antes de que vuelvas a cubrirlo—. El médico, consiente de que se estaba sobrepasando, sopló sobre la herida para apresurar el secado. No pudo evitar sonreír cuando Zoro soltó el aire de sus pulmones con pesadez, como si hubiera querido ocultar un leve jadeo. Alzó la vista y sopló por segunda vez, sin dejar de mirarlo.

 

Zoro dejó de respirar un momento, imaginándose ese cálido aliento un poco más a su izquierda…

 

«¡QUÉ ESTOY PENSANDO!»

 

—¡Ya, ya secó, ¿cierto?! —quiso dar un paso hacia atrás mientras se deshacía del íntimo contacto, pero el pantalón seguía enredado entre sus tobillos y aterrizó en el suelo. «¡Mierda!», se puso en pie lo más rápido que pudo y se acomodó los pantalones. «Esto no puede estar pasando», pudo sentir con claridad como su miembro comenzaba a ponerse duro, no podía permanecer más tiempo ahí. Tomó sus katanas y salió disparado dejando tras de sí su abrigo.

 

Law no pudo dejar de mirarlo hasta que la puerta se cerró tras él.

 

Respiró profundo y se pasó la mano por el cabello.

 

«Vaya que está bueno», pensó nuevamente.

 

El sonido del matraz le recordó que el antídoto estaba casi listo. Sacudió la cabeza y regresó al trabajo, ignorando la deliciosa sensación que lo había invadido cuando sopló sobre la piel del peli verde.

 

 

Notas finales:

Muy bien, nos veremos el próximo lunes (o viernes jajaja) ok, intentaré que sean los viernes de cada semana, comentarios y dudas bienvenidos.


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