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Las trampas del corazón por Alexis Shindou von Bielefeld

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Notas del capitulo:

Nota importante: Este es el último capítulo de drama. Lo prometo.

Lo demás no es triste.

¿No es gracioso?, supuestamente sería mas corto que la introduccion y resulto ser aún mas largo... xD No tengo remedio...

Fue por eso que tardé, lo lamento.

 

Capitulo 1

La propuesta.

 

 

—5—

 

 

—Wolfram… Wolfram… Wolfram…

La voz era masculina, joven y muy conocida.

El llamado constante de esa voz, cuyo dueño se había colado a su habitación sin permiso, perturbaba su sueño y había comenzado a molestarle. Era muy temprano, demasiado temprano para él.

—Por favor, Wolfram, abre tus ojos. Sé que no está completamente dormido así que levántate de una vez.

La advertencia pareció quedar colgada en el aire, un manojo de palabras teñidas de tonos suplicantes.

Acostado sobre la cama con dosel, Wolfram sacudió la cabeza, negándose a hacer el menor caso al llamado. El sol de la mañana, que entraba a raudales en la habitación y le daba en plena cara, le obligó a taparse con la sábana. La noche anterior habían vuelto al castillo tarde, porque el viaje de regreso se había prolongado hasta la madrugada, y lo único que quería hacer era dormir. Había cumplido con la misión que el jefe le había encomendado con éxito, ya hablaría con él más tarde.

—¡Honey-chan! ¡Vamos, arriba!

La sola mención de ese sobrenombre fue lo que arrancó por completo a Wolfram Dietzel de su sueño. Lanzó un gruñido, se sentó en la cama y buscó a tientas el arma que guardaba debajo de la almohada.

—¡Puta madre! ¿Qué crees que haces, Wolfram? ¡Baja esa arma inmediatamente! —rogó aquel muchacho de largos cabellos azules y alargados ojos marrones, levantando sus brazos hacia arriba en son de paz y alzando el mentón todo lo que podía pues debajo de éste brillaba la punta de una magnifica espada bien afilada.

El muchacho moreno de apariencia inofensiva pero astuta, observó con temor como Wolfram se deshacía de las sabanas que lo cubrían y se arrodillaba en la cama, pero manteniendo la amenaza de degollarlo.

Su cabello rubio destelló bajo el sol, un faro de color dorado brillante. Aquel durmiente tenía rasgos finos y delicados, ojos verdes como esmeraldas, sorprendentes e inesperados para un simple plebeyo. Una silueta esbelta y una graciosa sonrisa completaban el paquete. Una belleza natural y para nada inadvertida.  

Su camisón era corto, enseñando los tobillos, tenía moños rosas como adornos haciéndolo parecer adorable ante ojos de cualquiera, pero él no parecía darse cuenta del efecto de su apariencia, porque más allá de ella confiaba en sus habilidades físicas; en su fuerza, valor, astucia y serenidad.

—Creí haberte advertido que no me llamaras de esa manera, Joshua…

—Ya, pero tampoco imaginé que guardaras una espada debajo de tu almohada.

Con la cara descompuesta, pálida y llena de sudor, Joshua miró fijamente a Wolfram. En esos momentos una sola pregunta rondaba en su cabeza: ¿Podría alguien que usaba un camisón con moños ser tan peligroso?

El rubio levantó una delicada ceja y curvó sus labios en una sonrisa de ironía.

La respuesta fue clara: Si.

—Además, te atreviste a entrar a mi habitación sin permiso —Wolfram no había bajado el arma en ningún momento, su brazo y su postura firme—. ¿Es que acaso me despiertas tan temprano para hacerme rabiar? —preguntó sólo por jugar, frunciendo levemente el ceño.

—No fueron esas mis intenciones… me limité a seguir las ordenes que se me impusieron y fuiste tú el que no atendió a mi llamado —Se defendió Joshua con el cuerpo tembloroso—. No tuve más opción que entrar a tu habitación. ¡Cielos, Wolfram, aleja esa espada de mi cuello de una buena vez!

—¿Y si no lo hago? —Wolfram ladeó la cabeza e intentó parecer adorable, pero Joshua no se dejó convencer tan fácilmente.

—¡Ya deja de jugar!

Wolfram rodó los ojos y soltó un bufido, finalmente dejó de amenazarle. Joshua dio un paso atrás y por fin volvió a respirar con normalidad.

—¡Mierda! —exclamó horrorizado, llevando las manos a la cintura—. ¿Quién demonios guarda una espada debajo de la almohada?

—Y también guardo una daga entre mis piernas —comentó Wolfram, aparentemente divertido, y no era broma.

Vivir rodeado de todo tipo hombres en una corte tan libertina como la de Blazeberly no era fácil, y como doncel debía estar bien atento a cualquier infeliz que se quisiera robar su castidad, que al fin de al cabo era el único vestigio de pureza que conservaba. Ya había tenido experiencias desagradables con algunos miembros de la nobleza e incluso con algunos soldados que habían salido con más de un golpe en la entrepierna y con la nariz rota por haberse atrevido siquiera a intentarlo.

Estaba cansado. Cansado a reventar. Si su destino hubiera sido distinto al de ser uno de los nueve asesinos de las tierras de Blazeberly bajo las ordenes de su rey, habría sido capaz de vivir en paz consigo mismo y ser feliz. Durante toda su vida sólo había logrado llevar desgracias a la vida de los demás. Vivía con la culpa día y noche, haciendo de sus días una miseria.

Se había criado en el castillo de Blazeberly y se le había facilitado todos los lujos que un plebeyo jamás habría imaginado poseer: ropa de la más fina tela, calzado, perfumes, joyas, armas… pero estaba cansado de vivir en ese lugar como un prisionero. Para vivir como un príncipe, tenía que ejecutar los trabajos más horrendos y sanguinarios que una persona podía llegar a cometer.

Lentamente se había convertido en una persona fría y distante. La única persona con la que había creado un verdadero vínculo de amistad ahora estaba muerta y Wolfram se sentía ligeramente culpable por ello. Si él no hubiese sido tan necio y hubiese aceptado su destino, quizás “Matt” no se encontraría ahora tres metros bajo tierra.

El corazón se le estrujaba ante los recuerdos. Si hubiese estado un poco más atento. Si hubiese sido más inteligente… En definitiva, si no hubiera intentado escapar… No obstante, de no haberlo hecho, no hubiese averiguado en carne propia los alcances de la crueldad Endimión Grimshaw, y no hubiera tenido mayor cautela en adelante.

Quizás algún día, la soledad se convertiría en una carga demasiado pesada de llevar. Quizás un día, el horror de su solitaria existencia sería demasiado para soportarlo. Pero guardaba la esperanza en que alguien, alguna alma bondadosa y genuina, se abriría camino por la inflexible barrera que había erigido a su alrededor, hasta llegar a su lastimado corazón, para curarlo de sus heridas. Porque…

—¿Acaso también el amor está prohibido para una persona como yo?… —Su voz fue apenas un susurró incapaz de escucharse con claridad, sin embargo, Joshua prefirió dejarlo pasar y continuar con los asuntos que les interesaban.

—El jefe quiere verte —avisó en tono casual—. Me mandó a buscarte en calidad de urgencia.

La sola mención de su jefe, hizo a Wolfram fruncir el entrecejo y sus labios formaron un mohín despectivo. Sintió rabia ante tanta desconsideración y falta de respeto.

Hace algunos días, había sido obligado a cometer el crimen mas suicida que se pudiera imaginar. La víctima había sido el Conde Evans, acusado de infamias y calumnias en contra del rey. Había tenido que infiltrares en la propiedad donde se resguardaba con su familia y darle un pequeño escarmiento de su parte. Lo peor era que ahora tenía la seguridad de que ya no quedaba sensibilidad alguna en su alma, pues mientras se encargaba del asunto, el sentido común, la piedad y la misericordia brillaron por su ausencia. Y aunque había logrado dormir profundamente y sin ensoñaciones que perturbasen su descanso, se sentía como si apenas hubiese pegado ojo.

Estaba tan cansado que le dolía todo el cuerpo. Endimión debía tener algún tipo de consideración con su asesino más experto, pensó con autosuficiencia. Volvió a acostarse con los brazos extendidos y decidió hacer valer sus derechos.

—Iré con él cuando se me dé la gana —dijo con un bostezo—, y si lo que quiere es que acuda a otra misión, dile que para eso tiene otros asesinos bien capacitados.

Divertido ante la rebeldía de su compañero, los ojos de Joshua se posaron encima de él, preocupados y cariñosos. Notó que estaba extremadamente pálido y daba la impresión de haber perdido peso, y sintió cierta preocupación.

El Wolfram al que él recordaba era una de las personas más llenas de vida, y más competitivas que había conocido. Una joven hermoso y seguro de sí mismo, con tanto carisma que hacía que la gente se volviese a su paso. Sin embargo, después del accidente con Mathew, había cambiado drásticamente. En definitiva, aquel suceso había marcado su vida para siempre.

—Wolfram… —susurró, esbozando una sonrisa de compasión—, sabes que no puedes negarte a las órdenes de “Él”.

Joshua mantuvo la calma, acostumbrado a tratar con Wolfram. Temía que esa actitud de arrogancia fuese su perdición, hasta el día en que el rey se cansara de sus desplantes y lo mandará a ejecutar.

—Conoces tu situación… —advirtió suspirando y cerrando los ojos, intentando suavizar su voz todo lo posible—. Ambos conocemos nuestra situación demasiado bien —volvió a abrirlos, e inesperadamente se encontró con la mirada ajena, de un verde profundo y brillante.

Hubo un silencio largo y emotivo, luego del cual Joshua prosiguió:   

—Fui yo el que te curó aquella noche, cuando apareciste semiinconsciente frente a la puerta de mi habitación buscando ayuda. Hice todo lo que pude para salvarte la vida. Esa misma noche, logré escuchar los latidos de tu corazón y en ellos se colaba una súplica de liberación similar a la mía.

Escuchando atentamente, Wolfram mantuvo su mirada sobre Joshua, y éste permaneció con sus ojos fijos en esa cara sufriente.

Estaba claro que ambos añoraban una sola cosa en la vida: Su libertad.

—Todos tenemos ese mismo deseo, Wolfram… —confesó el joven que también era un asesino bajo el mandato de Endimión—, no eres el único que anhela su libertad.

De repente Wofram sintió un vértigo en el estómago. Fue como si la tierra se hubiera abierto de golpe y hubiera caído dentro de un pozo. A diferencia de sus compañeros, él había llegado demasiado lejos. Su atrevimiento había tenido consecuencia y la culpa era una carga demasiado grande para él. Mientras tanto en su mente una sola pregunta se repetía: ¿Por qué tuvo que arrastrar a Matt hacia la muerte?

Sin esperarlo, Joshua le dio el consuelo que necesitaba.

—Las personas somos desobedientes por naturaleza. Nos gusta romper las reglas impuestas por los seres superiores que nos dieron origen. Incluso desobedecemos a las autoridades terrenales, aquellas que gobiernan por imposición o porque son elegidas por el pueblo. Y en las muestras de nuestra rebeldía, es imposible saber cuando las cosas saldrán bien o mal. Las cosas pasan por una razón, pero siempre podemos aprender de nuestros errores.

Wolfram observó a aquel chico con atención, sorprendido por el compañerismo mostrado de su parte. Nunca lo había considerado una molestia, de hecho le tenía aprecio.

—De acuerdo —dijo, forzando una sonrisa, ansioso por descartar la tristeza de sus pensamientos. Decidió obedecer por las buenas antes de que no fuese Joshua quien lo incitara a levantarse e ir con el jefe, sino un grupo de soldados fortachones y mal olientes.

Se levantó de la cama y fue al armario, tan inconsciente de su belleza como del amor que Joshua le profesaba, porque además poseía algo que estaba más allá de la belleza física, un rastro de pasión que yacía latente bajo la delicada fragilidad de su inocencia.

Joshua continuó mirándole con esa sonrisa idiota en la cara. Wolfram retrocedió, advertido por esa sonrisa y la continua ternura que brillaba a través de esos seductores ojos marrones.

—Necesito cambiarme de ropa, Josh… —dijo Wolfram con la voz tan jovial como Joshua la recordaba. Sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa—. No tengo intensiones de que me veas desnudo, así que si no sales ahora mismo de mi habitación, volverás a enfrentarte con el filo de mi espada.

Al verse pillado, Joshua se echó a reír.

—Vale, vale —dijo levantando las manos en son de paz—. Me rindo.

Motivado por su sentido del humor, Wolfram miró en dirección contraria a los ojos de Joshua, sonrojado.

—Y aunque no suelo hacer esto… —titubeó—, quiero agradecerte por tus anteriores palabras… ya sabes… por tratar de animarme…

Joshua no respondió, simplemente sonrió. Wolfram había sido herido y había formado una enorme barrera a su alrededor. Sin embargo, todavía era la joya más hermosa del reino de Blazeberly y no le importaba que tuviese una cicatriz. Algún día le confesaría sus sentimientos, y si la vida era generosa con él, tal vez lo aceptaría. 

Salió de la habitación pensando que su valoración inicial sobre Wolfram la primera vez que lo conoció era correcta: Él era fuego y oscuridad, era sangre y sombra… era libertad y cautiverio, y si se lo proponía, para un hombre era la perdición.

Una vez a solas, Wolfram se tomó un buen rato para decidir qué ropa iba a usar ese día. Finalmente, se decidió por un par de pantalones sencillos color azul oscuro, una camisa interior blanca y una túnica corta color verde sujetada por un cinturón: ropa muy similar a la que llevaba al pueblo, pero hecha de tejidos suaves y caros. Se tomó su tiempo y preparó un baño, y cuando estuvo listo se sumergió en el agua caliente con un suspiro, dejando que el calor le aliviase la piel y los músculos. Cuando hubo acabado, se vistió y se arregló el cabello con los habituales mechones rubios cayéndole a un lado de la cara.

No era su intensión presumir de sus dotes, pero no podía evitar ser un poco narcisista. Era algo que estaba en su naturaleza.

Cuando se vio en el espejo, sonrió complacientemente.

 

 

—6—

 

 

Horas después, Wolfram se encaminaba a la sala del trono a paso apresurado, no porque estuviera ansioso por ver a quien le esperaba, sino por evitar los silbidos y piropos que durante su trayectoria, tenía que soportar de los cortesanos que alagaban su belleza.

Los dos formidables guardias que siempre estaban apostados junto a la entrada le cerraron el paso un instante, para luego dejarle continuar, una vez lo hubieron recorrido con su lasciva mirada de lobos hambrientos. Wolfram les lanzó una fugaz mirada de odio que hubiese sido una estocada de haber sido en otras circunstancias.

Una larguísima alfombra roja adornaba el camino hacia el trono. Wolfram se enfocó en seguir adelante sin atraer a su mente los recuerdos de la última vez que estuvo en ese recinto. Sentado en el trono, acomodado entre almohadones, había un hombre ataviado con una capa roja de terciopelo roja, cuyos dedos presumían una vasta colección de anillos de oro y piedras preciosas. Continuó acercándose hasta que estuvo en frente de él, en frente del temible Endimión Grimshaw.

Aquel rey era un hombre bien parecido, con apenas una franja de cabello plateado en medio de los mechones salvajes en color rojo y un rostro gastado pero distinguido, con los ojos de color como el chocolate oscuro. Saltaba a la vista que de joven había sido atractivo. Su madre a menudo lo comparaba con un monstruo horripilante, pero era debido al odio irremediable que decía profesarle.

Wolfram se detuvo a cierta distancia del trono, se hincó sobre una rodilla y llevó la mano derecha al corazón.

—Mi señor, he cumplido cuanto se me ha ordenado. Ahora me presento ante usted para rendir mis cuentas —recitó, maldiciendo en silencio la formalidad de aquellas palabras.

—¿Tres horas después de mi llamado? —Los ojos de Endimión estaban oscuros, casi opacos y había en ellos un ardiente destello—. No cabe duda que eres una criatura difícil de domar, la más difícil de todas.

Endimión había hablado en tono insultante, con una sonrisa glacial. Wolfram se puso rígido; su mano derecha se cerró en un puño, controlando su boca que podría en cualquier momento decir de más.

—Mírame cuando te hablo —exigió Endimión con aparente calma. No había expresión en su rostro intimidante y frío—. Eres necio… demasiado necio, Wolfram… —hizo énfasis, meneando la cabeza, cautivado por su carácter rebelde—. ¿Acaso no aprendiste la lección la última vez?

Estas palabras, el tono burlón y antipático, provocaron la furia de Wolfram, cuya mirada centelló. Sin poder evitarlo, los recuerdos lo atacaron de golpe.

Habían transcurrido tres meses desde la noche en que Endimión había mandado a golpearlo hasta la inconsciencia, en castigo por haber intentado escapar de sus dominios. Tres meses desde aquella tragedia en la que había perdido a su mejor amigo…

 

 

—00—

 

 

 

Para ellos toda su infancia, o al menos toda la que recordaban, había sido un verdadero martirio, excepto en el amparo de su amistad. Mathew y Wolfram compartían una amistad como pocas se llegaban a construir en un mundo como el que se habían visto inmersos y compartían los mismos intereses. El joven de cabellos plateados y ojos purpura le llevaba veinte años a Wolfram, por lo que su lazo de amistad era comparado con la de hermanos. Sin embargo, una desafortunada tarde de verano, todo se destruyó de forma drástica y nada volvería a ser lo mismo. Su vida quedaría inexorablemente marcada por un traumático incidente de enorme repercusión. Wolfram lo recordaba con claridad, como si hubiera sucedido ayer.

El rey de Blazeberly se ocupaba de su alimentación y de su educación, pero había destruido su inocencia el primer día que lo había obligado a poner fin a una vida. Se lo había dado todo, pero también se lo había arrebatado todo, y Wolfram quería ponerle fin a esa etapa de su vida. Para ello se le ocurrió la idea de escapar de sus dominios y comenzar desde cero. No tendría problemas en encontrar un trabajo con prontitud, pues al haber sido educado en una corte, se había adiestrado en temas de política, las artes, el baile y la música, además de saber manejar una espada con maestría.

Un día se lo propuso a su mejor amigo, una noche a solas en el bosque, hablando entre susurros. Mathew aceptó la propuesta, motivado por los mismos deseos de libertad que él. Lo planearon durante semanas, esperaron el momento en que el rey no se encontraba en el castillo y después de varios días, por fin les llegó la oportunidad que esperaban.

Ya habían salido de los dominios del rey, la noche fue su cómplice y les dio el amparo que necesitaban para pasar desapercibidos por los guardias que rodeaban las murallas de piedra del castillo. Nada los habría preparado para lo que sucedió dos días después.

Cruzando el bosque de camino al puerto de Zaiross, cayeron en una traicionera emboscada. Los esperaban escondidos. Ninguno se percató de su presencia hasta que ya era tarde y apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Detrás de un árbol vio salir a un grupo de tres soldados con los rostros fríos y llenos de ira.

Al verlos, a Wolfram le dio un vuelco el corazón. Mathew se adelantó y se plantó frente a él, protegiéndolo.

En seguida, de izquierda y derecha, Wolfram vio aparecer al resto del grupo surgiendo de sus escondites. Un total de veinte soldados con aspecto fornido y cruel. La sangre se le congeló en las venas, pero el intenso miedo que siguió al sobresalto inicial, le incitó a seguir a su hermano a una incipiente carrera. Era consciente que eran dos contra veinte, nunca podrían ganarles.

Corrieron con una rapidez nacida del pánico, como si su corazón y piernas se alimentaran del miedo que los inundaba. Mathew sujetaba la mano de Wolfram con todas sus fuerzas para ayudarle a avanzar más rápido, pues entre los dos, él era el que tenía piernas más largas, era más delgado y poseía mayor agilidad. Detrás de ellos, podían escuchar los pasos de los soldados del rey, muy cerca, algunos lanzando arpones, otros lanzando jabalinas, y el resto arrojando lanzas. Avanzaron todo lo posible hasta que ya no pudieron más y los perdieron de vista entre la llanura del bosque, escondidos entre los troncos de los arboles.

Exhausto, Wolfram se arrastró por el tronco de un árbol y cayó al suelo, tratando de recuperar el aliento. Su cabello, largo y rubio, estaba sudoroso y pegado a la frente, parecía que hubieran estado corriendo perseguidos por perros salvajes.

—Quiero… que sigas adelante… —dijo Mathew de repente, jadeando ostensiblemente.

Al escuchar semejante orden, Wolfram sintió en su estómago la desagradable sensación del miedo reprimido. Aquello le sobresaltó.

—¡¿Qué dices?! —exclamó, levantándose. Llevó la mano al hombro de su hermano del alma y lo hizo verlo de frente—. ¿Estás loco? ¡Estamos juntos en esto, si tú caes yo caigo! ¿Entiendes? ¡Ese fue el trato!

—No caeré, Wolfy —Mathew le sujetó el rostro con suma ternura—. Soy más ágil y más fuerte que tú. Lograremos pasar desapercibidos si nos separamos, pero necesito saber que tú te adelantas para sentirme más tranquilo. ¿De acuerdo?

Wolfram lo miró con indignación. ¿Qué si estaba de acuerdo? ¿Él se atrevía a hacerle semejante pregunta?, por supuesto que no.

—Me rehúso.

—¡Wolfy!

—No te dejaré a tu suerte Matt, nunca te traicionaría de esa manera —Wolfram apretó el hombro de Mathew sin ser consciente de su fuerza, tembloroso y agitado—. Sigamos adelante, pero juntos. No seré una carga para ti, lo prometo.

Cabizbajo, Mathew esbozó una sonrisa, una vez más, la terquedad de su gran amigo le había derrotado.

Miró al frente y suspiró, era tiempo de seguir su camino, en busca de su destino y, muy probablemente, no regresar jamás…

—En marcha, Honey-chan… —dijo, para alegría del más joven, que asintió convencido que podrían lograr escapar de los soldados que les perseguían.

—Yo no contaría con eso —amenazó una voz grave y burlona, acercándose.

Mathew y Wolfram se dieron vuelta y una vez más los latidos de su corazón se detuvieron un instante ante la imagen frente a sus ojos. Aquellos veinte soldados se habían multiplicado por cuarenta, y estaban armados hasta los dientes.

El hombre corpulento que había hablado se echó a reír. Su risa tenía un sonido sagaz, que sonaba más como una serpiente de cascabel agitando la cola en algún lugar en lo profundo. Alto, musculoso y casi dos veces el tamaño de Mathew, fruncía el ceño, con mechones de cabello castaño y grueso que cubría su frente, y la mandíbula tensa.

—Venimos en una misión especial, pues resulta que al rey Endimión se le fue arrebatada una joya de esmeralda muy valiosa e irremplazable —dijo con sarcasmo el hombre, cuyo nombre completo era Ronald Smith. Echó una ojeada a Wolfram y añadió—: Al parecer ya la hemos encontrado.

Mathew y Wolfram estaban atrapados en un círculo. Donde quiera que vieran, se encontraban con los rostros sudorosos y agitados de sus perseguidores.

Burlándose de su desgracia, unos soldados se acercaron a Mathew y sin mediar palabra lo sujetaron de los brazos y le arrebataron la mochila que cargaba en su espalda, con las pocas pertenencias que había logrado llevar con él. Lo mismo hicieron con Wolfram, pero con un poco más de gentileza.

Ronald Smith volvió a reír y se acercó a Mathew un poco más.

—Son sólo escoria —masculló en la cara del joven—, nuestro amo y señor les ha dado más de lo que se merecen ¿Y así es como le pagan?

—¡Suéltenlo! —Wolfram alzó la vista y vio a Mathew siendo amenazado. Se quedó pálido, y aunque estaba aterrorizado, se las ingenió para agarrar a uno de los soldados que lo sostenían y empujarlo lejos para poder correr y liberar a su amigo.

—¡Agárrenlo! —Se escuchó una orden en voz alta.

Un par de soldados se encargaron de ponerle fin a su intento de escape. Lanzándose a por sus pies, uno de ellos lo derribó. Wofram cayó de panza al suelo. Intentó ponerse de pie, pero el otro soldado llegó justo después, dispuesto a sujetarlo definitivamente. Lo acostaron boca abajo en el suelo con un brazo detrás de la espalda. Wolfram intentó revolverse con todas sus fuerzas, poseído por el miedo y la rabia, pero no consiguió liberarse.

Ronald Smith se desvió hacia Wolfram y lo miró con ojos de deseo. Wolfram Dietzel era el doncel más exquisito de la corte de Blazeberly, y si el rey no hubiese sido tan específico en ordenar que se lo presentaran intacto, ya se lo habría violado.

—Tienes suerte de que el jefe te cuide tanto, dulzura —dijo lascivamente. Los soldados que le acompañaban se miraron unos a otros y se echaron a reír. Luego Ronald Smith volvió a dirigirse a Mathew, mandándole una mirada maligna y malintencionada—. También es una lástima que mi señor fuese demasiado demandante en cuanto a darle su merecido al ladrón que se robó a su joya favorita.

Tras esas palabras, le golpeó en la cara con el puño. Mathew recibió el impacto y su labio se partió como un gajo de naranja. El dolor explotó en su rostro así como sus labios se tiñeron de sangre y empezaron a hincharse.

—¡Dale fuerte a ese bastardo! —gritaban los soldados, como si estuvieran apreciando un espectáculo digno de disfrutar.

—¡No se preocupen, lo voy a hacer lo que es, pura mierda! —vociferó Ronald Smith volviendo a golpear al indefenso Mathew. Los soldados que lo sujetaban, presionaban con más ahínco sus brazos mientras él se removía en un intento desesperado por quitarse de encima a sus agresores.

Mathew podía oír los gritos apagados de los soldados, exigiendo ansiosos de ver sangre. 

—¡Déjame darle! —pidió uno de sus compañeros, y le propinó un golpe seco y potente que provocó que su mente estallara de dolor y la nariz le comenzara a sangrar.

—¡Si, a mi también! —secundó otro que golpeó su abdomen sacándole el aire.

Mathew cayó de rodillas y permaneció así un momento, balanceándose y moviendo con violencia la cabeza. Un reguero de sangre roja le bajaba hasta la barbilla.

—¡Y a mí! —Luego otro le pegó en las costillas y otro le agarró la cabeza y le dio un cabezazo. Aquello terminó siendo una paliza grupal y los demás se reían como si se tratara de una broma.

—¡No! ¡Basta! ¡Deténganse por favor! ¡Se los suplico!

Wolfram suplicaba entre llantos y forcejeos. En ese momento una angustia infinita lo embargaba, proveniente de lo más profundo de su ser.

¡Lo iban a matar! ¡Esos desgraciados iban a matar a su mejor amigo!

Miraba a los hombres que golpeaban a Mathew y los maldijo con una ferocidad concentrada que hizo retroceder a los individuos que lo sujetaban.

Y fue entonces cuando sucedió.

Uno de esos tipos le dio un golpe a Wolfram en la cara, llegando a lastimarle el ojo derecho. Sus ojos se opacaron por el impacto, vio lucecitas tintineantes frente a él.

—¡Malditos! —Controlado por no sabía que, Mathew se levantó con fuerzas renovadas, robó la espada del soldado que tenia al lado y comenzó a atacar a los demás a diestra y siniestra.

Más de tres soldados cayeron a la vez. La piel de su rostro tenía un color gris sucio. Sus ojos estaban abiertos de par en par y brillaban de furia. El costado le palpitaba, y la pierna derecha le dolía como si estuviera hecha añicos por dentro, pero ningún dolor le importaba más aparte del hecho que lastimaran a su hermanito. Nada le importaba más que salvar a Wolfram de las manos de esos miserables.

Pero como la mayoría siempre tiene la ventaja, fue rápidamente interceptado en su delirio. Lo agarraron entre cuatro, de los brazos y los pies. Tenía a uno sentado encima del pecho, otro le sujetaba las piernas, otro el brazo derecho y otro más el izquierdo.

Cuando volvió en sí, miró a Wolfram, con ojos vidriosos. A Wolfram lo tenían sujetado de nuevo, con las manos hacia atrás.

—Mejor terminemos con esto de una vez —sugirió un hombre llamado Trenton, que se había mantenido a una prudente distancia de la situación.

—Sí, si… —replicó Ronald con molestia. Luego habló en voz alta para dar la última orden a los soldados—: Amárrenlos bien y regresemos al castillo. Si uno se llega a escapar en el camino —advirtió—, la familia del culpable será ejecutada.

Mathew gemía suavemente en el suelo, detrás de un rechoncho hombre muerto. Maldijo en sus adentros. Lo siguiente sería enfrentarse con el rey Endimión, y de esa, estaba seguro, no saldría con vida. Se le pasó en la cabeza la idea de hacer algo para que tan siquiera Wolfram lograra escapar, pero sabía que hacer eso sería inútil.

El terror había arruinado muchas operaciones en el pasado. Quien no lo domina, tiene muchas posibilidades de terminar rindiéndose al pánico, y cuando eso ocurre se pierde la capacidad de razonar, se actúa sin pensar y se pone en peligro la vida.

Hubo un momento en el que Wolfram y Mathew cruzaron miradas. El mayor le mandó al menor una mirada de serenidad, dándole, incluso en la situación en la que se encontraban, el consuelo que necesitaba.

Los guardias los sujetaron con fuerza y arrastraron sin miramientos. No tardaron más de medio día en llegar al castillo de Blazeberly.

Ahí les aguardaba su juicio final…

 

 

Jamás se había visto al gran y poderoso rey Endimión tan encolerizado, aunque estaba ahí, de pie frente al trono, quieto y muy callado. La única señal de la rabia que lo embargaba procedía de sus ojos acerados, convertidos en dos rendijas minuciosas.

Finalmente, Endimión encaró a Wolfram, pero sólo para propinarle una cachetada que le partió el labio inferior. La potencia hizo a Wolfram ladear la cabeza y mantenerse así buen rato. Wolfram tragó saliva, apretando los labios. Segundos después, Endimión volvió a alzar la mano súbitamente y lo golpeó en la otra mejilla. No era una propuesta de matrimonio, era una demostración de autoridad y dominio.

A Mathew lo tenían amarrado y vigilado por dos guardias, a unos cuantos metros de la escena. El joven temblaba y rechinaba los dientes a causa de la rabia que sentía. La parte inferior de su rostro estaba salpicada de sangre coagulada y el resto de su cuerpo sufría de fuertes traumatismos causados por la anterior golpiza.

—¡Quien se atreve a intentar pasar por sobre mí, siempre paga las consecuencias! —gritó Endimión haciendo eco de su voz en todo el recinto. En seguida agarró a Wolfram del cabello y lo levantó sin piedad, alargándole el cuello. En esa ocasión la verdadera rabia y un agitado temperamento empujado más allá del punto de ebullición, eran los ímpetus detrás de sus acciones.

Wolfram gimió, emitiendo un quejido de dolor. El miedo se apoderó de su cuerpo, su orgullo se empequeñeció como estrujado por la mano de un gigante.

—¿En verdad creíste que podías escapar de mi? —Endimión acercó su rostro al de Wolfram tanto que sus alientos chocaron—. Donde quiera que vayas, yo te encontraré —le dijo en voz baja, para luego plantarle un beso en los labios. El sabor metálico de la sangre explotó en su paladar. Aquello era un manjar exquisito y prohibido—. Nunca podrás escapar de mí, porque me perteneces.

Endimión empujó a Wolfram haciéndolo caer al suelo. Preso del pánico, el menor no podía hacer más que agachar la cabeza.

—¡Guardias, denle su merecido! —ordenó el rey—. ¡Que sea una paliza que recuerde el resto de su vida!

—Él no ha tenido la culpa —gritó Mathew, y Wolfram lo fulminó con la mirada ¿No podía quedarse callado? Así con suerte los dos recibirían sólo una paliza como consecuencia de lo que habían hecho, y no la muerte como castigo—. Wolfram es inocente, fui yo el que lo obligó a escapar conmigo…

En esos momentos ningún pensamiento coherente pasaba por la cabeza de Mathew, su pensamientos estaban única y exclusivamente enfocados en proteger a su mejor amigo.

Endimión lo hizo callar con un gesto de rabia. Sus ojos se posaron en el joven, furiosos y descontrolados.

—No me he olvidado de ti, Matt, pero para ti ya es demasiado tarde. —Desenvainó su  espada con lentitud, lo que provocó que produjese un sonido metálico que vibró por toda la sala del trono—. Es una lástima ya que te consideraba como uno de los más buenos de mis servidores.

El desconcierto de Wolfram no cesaba de crecer, sintió escalofríos bajando por su columna vertebral.

—No… Su Majestad, por favor no… —sollozó incorporándose lentamente, temeroso por lo que iba a suceder—. ¡Se lo suplico! ¡No!

Mathew retrocedió, horrorizado, con las pupilas abiertas de par en par.

—¡Su Majestad, tenga piedad! ¡Por favor! ¡Se lo suplico! —Los gritos de Wolfram se quedaban en el aire, nadie le prestaba atención.

—«¿Cuándo he vivido una situación como ésta? —pensó Endimión—. ¡Ah, ya recuerdo! Así se veía Willbert, cuando acabé con él» —Endimión alzó el brazo y acabó con Mathew de la misma manera en que le arrebató la vida al rey anterior, Willbert von Bielefeld.

—¡Nooooooooooooo! —gritó Wolfram con una desesperación insufrible al comprobar que su mayor temor se confirmaba—. ¡Matt! ¡Maaaaaaatt!

Wolfram cayó al suelo, casi al punto de desmayo, llorando a lágrima viva y gritando hasta que su garganta no pudo más y de ella solamente salieron sonidos secos y mudos. Sus ojos apretados fuertemente, moviendo la cabeza de un lado a otro, negándose a aceptar la realidad. “No podía estar muerto” se repetía. “Matt no podía estar muerto”

Endimión se río como una hiena, mostrándole la espada ensangrentada en su mano. El piso estaba inundado por un charco de sangre. El cuerpo de Matt había caído boca abajo y su cabeza había rodado a un metro de distancia. Wolfram sintió terribles nauseas a causa de los nervios y la agitación lo hizo vomitar.

Posteriormente, los guardias hicieron lo que el rey les había ordenado. Levantaron a Wolfram del suelo y sin darle tiempo le estamparon el puño en la mejilla. La luz y la oscuridad se mezclaron en un torbellino. Los golpes fueron uno tras otro sin darle tiempo de saber que pasaba, sintiendo solamente el sabor salado de la sangre que corría por la nariz, y la hinchazón de su rostro.

 

 

El llamado constante a la puerta de su habitación despertó a Joshua Saymord. Abrió los ojos lentamente saliendo de un largo sopor, salió de la cama  y fue a atender.

Nada lo habría preparado para encontrarse con semejante escena.

—Josh… ayúdame… por favor…

Joshua miró al distinguido y prestigiado Wolfram Dietzel, el favorito del rey, hecho un manojo de mierda. Tenía su cabellera rubia llena de sangre y suciedad. Tenía el rostro y brazos llenos de feos moretones. Bajo sus ojos asomaban unos surcos morados ennegrecidos, consecuencia del cansancio acumulado. Sangraba por la nariz y los oídos y había perdido el sentido, pero respiraba.

Una pregunta entre muchas cruzó la mente del muchacho, ¡¿Pero qué había pasado?!

—¡Por los dioses! ¿Qué te sucedió? —le preguntó, cogiéndolo de la mano con expresión de profunda preocupación.

Wolfram apenas podía hablar con claridad. —Endimión… ahg…ahg…ordenó… que me golpearan. —Se acercó despacio a Joshua para sostenerse, pero todo el esfuerzo fue inútil, finalmente se desplomó de rodillas en el suelo y perdió la conciencia.

Joshua se quedó helado, mirándolo, sin llegar a comprender. ¿Endimión ordenando que lastimaran a Wolfram? Le era difícil de creer. Tras la reacción inicial levantó a Wolfram y lo llevó a la cama, curó sus heridas y controló también la fiebre que presentaba. Haría lo que fuera por él, porque le amaba.

Pocos días después del incidente, Joshua tuvo conocimiento del motivo por el cual el rey Endimión había descargado su furia contra Wolfram. Asistió al entierro de su compañero y esperó pacientemente la recuperación del hermoso doncel, que necesitó un largo periodo de tiempo, un mes aproximadamente.

Aquel suceso llevó a Wolfram al aislamiento total. Ya no hablaba con nadie, ya no saludaba siquiera, ya no sonreía. Se volvió frío y distante. En cambio se enfocó en entrenar para ser más fuerte y más capacitado y cumplir con sus misiones. Parecía que encontraba placer en descargar su furia contra otros.

 

 

 

—00—

 

 

El recuerdo de aquel suceso asaltó la mente de Wolfram como un torbellino. Bajó la mirada al suelo mientras era consumido por una rabia ciega. Se sintió asqueado, ahogado por las lágrimas y la furia que estaba escondiendo. Si Endimión no tuviera esa especie de obsesión con él, tal vez su mejor amigo todavía estaría vivo. Sintió ganas de gritar y recriminarle la muerte de Mathew. Deseaba tener a su mejor amigo con él, poder borrar cada uno de los terribles momentos que ambos habían pasado en la prisión que era el castillo de Blazeberly. Pero era imposible. Desde niño le había tocado aprender que la existencia era un sufrimiento sin fin y que recibiría su premio en la otra vida.

—Ponte de pie. Pasemos a los asuntos que nos interesan —prosiguió Endimión con inquietante calma, y hablando amistosamente—. ¿Qué tal aquello que te encomendé?, ¿Resultó como lo esperaba?

Wolfram sacudió la cabeza con gesto afirmativo y se incorporó con dificultad.

—En efecto mi señor. Logramos internarnos en la propiedad de Lord Evans sin problema y una vez dentro, me encargué personalmente de darle sus saludos —respondió con una serenidad en la voz que no había creído posible hacía un instante.

Endimión asintió complacido y Wolfram tragó saliva para continuar con su informe, que era tan horroroso como lo recordaba.

—Mis secuaces se encargaron de su señora esposa como siempre, dicho reporte deberá consultarlo con ellos, no conmigo.

Y la verdad no quería saber más del asunto. Cada vez que eso ocurría, intentaba alejarse de la escena lo más que podía, aunque eso no evitaba que escuchara los jadeos de esos hombres, y las suplicas y el llanto de la pobre mujer, sujetada por dos tipos mientras era violada por una manada de repugnantes cerdos.

—La mansión fue incendiada según sus órdenes y quedó inhabitable. Lord Evans jamás volverá a hablar en mal de usted ni a ponerse en su contra.

Endimión miró a Wolfram y esbozó una sonrisa.

—Excelente, mi preciosa joya. —Se levantó y arrastró sus pies hasta la ventana con los brazos hacia atrás. Luego se volvió hacia él—. Ahora trataremos el principal motivo por el cual te mandé a llamar. ¿Tienes alguna una idea?

Wolfram aguardó fría y silenciosamente. —No mi señor, nadie me lo dijo.

—Es mejor así. —Endimión sonrió sin objeto y sin esfuerzo por ocultar el placer. A continuación tomó aire para responder con detalles su inquietud—: Hace ya algunos años que tengo mis ojos puestos en una nación; queda a varios días de viaje desde el muelle de Zaiross hasta su capital. Es, a mi criterio, la nación de Mazokus más esplendorosa que existe en este mundo.

Wolfram entrecerró los ojos sin entender a qué venía toda aquella explicación.

—La quiero —sentenció Endimión de manera determinante—, la quiero como nunca he querido nada en la vida. Pero tan solo hay un pequeño obstáculo en mi camino. Su rey es un patético medio-mazoku y según los rumores, hace cincuenta años vino de otra dimensión paralela a la nuestra.

—¿Otra dimensión? —interrogó Wolfram con voz curiosa—. ¿Pero cómo es eso posible?

—Misterio —respondió Endimión, simplemente—. El caso es, que al parecer ese chiquillo es muy poderoso e influyente. Logró formalizar alianzas con países Mazoku y Humanos a la vez. Sus aliados son: Caloria, Cabalcade, Francshire, Raki, Laika y Zuratia. E incluso tiene ciertos tratados con Shimaron menor.

Wolfram se quedó callado con una expresión que Endimión no supo interpretar. Sus labios formaban una medio sonrisa y sus cejas se alzaron mucho, arrugando su frente.

—Eso, como lo has de haber comprendido, nos deja con un reducido número de aliados, por lo que de intentar tomarla por la fuerza, me temo que seriamos eliminados sin problema alguno para ellos y sería para nosotros una contundente humillación.

Wolfram le miró y se inclinó hacia delante con el rostro inexpresivo y una idea en la cabeza. —Pero…

—Pero después de planearlo con cuidado, encontré una manera de obtener el trono sin siquiera mover un dedo.

—Y es ahí donde entro yo —acertó Wolfram mientras una luz brillaba suspicaz en sus ojos. No podía evitarlo, la astucia era parte de sus atributos.

—En efecto mi preciosa esmeralda —dijo Endimión, tan complacido de la accesibilidad mostrada por su querido niño, que lo llamó de esa manera cariñosa que solía usar cuando estaba contento—. Resulta que a los pocos años de que ese nuevo rey vino a parar a nuestro mundo, sus consejeros lo obligaron a casarse con la princesa heredera al trono del país de Zuratia, Izura, y según los rumores, el matrimonio no va bien. El rey a menudo le es infiel a la reina desde que no comparten aposentos.

El cambio drástico del rumbo de la historia hizo a Wolfram retroceder un paso, y se quedó helado al comprender lo que sugería el rey.

—¿Y qué quiere que yo haga?... —preguntó alarmado mostrando su peor cara de indignación—. ¿Acaso…?

—Estas en lo correcto.

—¡¿Eh?!

La exclamación pretendía ignorar las palabras del rey Endimión. Wolfram era demasiado orgulloso para aceptar cualquier cosa que hubiese sido dispuesta para seducir a hombres desconocidos y nunca lo había hecho. Pero una leve sonrisa iluminó el rostro anguloso de Endimión mientras que él le miraba con ojos incrédulos, y tuvo que intervenir de nuevo.

—Majestad…

—Seduce al rey de Shin Makoku y haz que se divorcie de la reina Izura. La falta de palabra del rey provocará el desconcierto y el rencor de su país de origen y de sus aliados. Ese será el primer debilitamiento político que provoquemos. Luego te casaras con él y te comportaras como un esposo ejemplar hasta que obtengas la simpatía de los cortesanos y del resto del pueblo. Debes ser cuidadoso con el rey, lo complacerás en todos los sentidos para que no sospeche nada. Y finalmente, una vez hayas hecho todo esto, lo matarás, y me darás el trono en su lugar.

Wolfram hizo un verdadero esfuerzo para morderse la lengua y no soltarle un improperio al rey, a quien después de todo le debía respeto. Su temperamento se había encendido al pensar en que su cuerpo, por primera vez, se vería envuelto en un asunto tan asqueroso.

—Incluso si me hace su amante… —repuso enseguida—, ¿Quién me asegura que me hará su consorte real? Es el rey de la nación más poderosa de este mundo, tiene miles de mujeres detrás de él. ¿Por qué habría de fijarse en mí?

Endimión miró encantado a Wolfram y le respondió convincentemente—: Porque confió en que tienes lo que hace falta para hacer de su interés algo más… prolongado.

Con esas palabras, Endimión levantó la mano para acercarla a su rostro con delicadeza; le acarició las mejillas para luego pasar por el mentón.

—Hay algo en ti, Wolfram —susurró Endimión, embelesado con su belleza—. Esos ojos tuyos, como joyas de esmeraldas, brillantes y atrayentes, son una ventana al alma que lleva lentamente a la perdición.

Wolfram permaneció inmóvil e inexpresivo durante un largo momento. Y al cabo decidió echarse a reír. Y lo hizo con buenas ganas y durante un largo tiempo.

—¿Pondrás en las manos de un inexperto la misión más importante de tu mandato, Endimión? —preguntó con sarcasmo.

Entonces él sonrió, con esa sonrisa correcta y superficial. Como si no le importara, como si tuviera todo bajo control.

—La gente se reiría si te oyese hacer esa pregunta. —Estaba claro que Endimión confiaba ciegamente en él—. Pero si una respuesta concreta quieres, te diré que pondría mi vida en riesgo, solamente si tuviera que depender de dos cosas: Mi intuición y tu astucia.

Wolfram tomó nota mental de intentar dejar de pensar tanto. Lo suyo era actuar.

—Muy bien. Iré.

—Sabía que podía contar contigo —le dijo Endimión, muy contento—. Mi bella joya más preciada.

—¿Y qué recibiré a cambio? —refutó Wolfram, mirándolo inquisitivamente—. Piénselo bien… —advirtió—, le daré una nación entera y no cualquier nación, sino la más poderosa de este mundo. ¿Tiene idea de la magnitud de este trabajo?, pero si todo sale bien, se la estaría dando en sus manos sin que hubiese hecho algo para merecerlo.

—Te daré todo, cualquier cosa que me pidas —respondió Endimión sin pensarlo mucho al parecer—; mansiones, joyas, un puesto importante en la corte… ¡Lo que sea, sólo pídemelo!

Wolfram no perdió la oportunidad.

—¿Qué hay de mi libertad?

Un momento de tensión se formó después de esa pregunta, hecha con toda la sensatez que la situación ameritaba.

—Y no sólo mi libertad… —continuó—, sino también la de Jean, Anabel, Kaz, Fermion, Joshua, la de Beth, la de Jeremiah… y la de Argen.

Endimión gruñó, reflexionando un momento las condiciones del joven y luego se quedó mirando hacia delante, a través de los ventanales del salón del trono. Se quedaría sin sus nueve asesinos excepcionales —pensaba—, aquellos que tenían el don especial de controlar un elemento en específico, pero el premio, sin lugar a duda, valía la pena.

Inquieto por el silencio del rey, Wolfram optó por reforzar su propuesta.

—Ni siquiera lo notaría —dijo persuasivamente—. Tendría nuevos súbditos a su servicio… Hasta podría reclutar asesinos más fuertes. Aunque ya no serian necesarios, con dos naciones en sus manos, usted seria el rey más poderoso de este mundo. Nadie se atrevería a levantarse en su contra…

Se miraron fijamente a los ojos en un instante de tensión. El rey Endimión observó durante un momento a Wolfram, mientras las llamas de sus ojos oscuros se convertían en una mirada reflexiva.

—Hecho —respondió por fin, después de unos segundos que parecieron siglos—. Te doy mi palabra que te devolveré tu libertad y la de tus compañeros a cambio de la corona de Shin Makoku.

Wolfram necesitó unos instantes para digerir la respuesta del rey. Entonces notó una sensación de vértigo, como si la habitación hubiera empezado a dar vueltas rápidamente a su alrededor. Seguramente había entendido mal ¿verdad?... ¿Era enserio?... ¿Obtendría su libertad a cambio?

—¡Mi señor! —exclamó con un hilo de voz mientras cerraba los ojos con fuerza, desplomándose en sus brazos. Endimión lo sostuvo con delicadeza, enredando sus dedos en el cabello del chico.

—Este es el trato, Wolfram —le dijo Endimión, acercando los labios a su oreja—, dame el reino de Shin Makoku y yo te daré tu libertad.

Por más mezquino que fuese, Wolfram sabía que Endimión cumplía con su palabra. Una emoción que no lo embargaba desde hacía mucho tiempo lo inundó por completo; la de genuina y gratificante felicidad.

Por fin, después de tantos años de sufrimiento y dolor, una recompensa que valía la pena. Lo lamentó mucho por ese rey infiel, pero así son las cosas en la vida. Él ya había pagado su cuota, ahora le tocaba ser feliz, a costa de lo que sea.

 

 

—7—

 

 

—Es absurdo —gruñó Wolfram, contemplando a Jeremiah mientras éste preparaba la montura de su caballo y el equipaje a las afueras del castillo—. ¿Por qué tienes que ir conmigo?... idiota…

—Porque, mi querido Honey-chan… —respondió el chico sabiendo que Wolfram odiaba que lo llamaran de esa manera—, yo sé todo lo que hay que saber sobre la misión que te fue encomendada. Mi deber es informarte de todo lo que pasa alrededor del castillo Pacto de Sangre y de los que ahí habitan.

Wolfram soltó un gruñido.

—¡De todos ¿Porque este?! —lloriqueó—. Preferiría ir con Beth, o mejor aún, con Argen que es más inteligente y centrado.

Jeremiah hizo un puchero. Él también era un chico delgado y alto, de hecho, se parecía mucho a Joshua. Era muy fuerte y varonil; guapo en verdad, de cabello castaño claro que cubría con un gorro y ojos verdes. Enérgico, sarcástico y seductor por excelencia.

—Lo que le sobra de inteligente a mi me sobra de guapo —dijo, jactándose— ¿Nervioso porque estaré a tu lado durante todo este tiempo, mi preciosa joya? Podríamos fortalecer lazos y entablar una relación más seria. ¿Qué dices?

El gesto de hastío de Wolfram habló por sí solo.

—Ya veremos… Wolfram… ya veremos —se dijo, mirándolo como un lobo. Nada haría más feliz a Jeremiah que poseer a Wolfram por completo.

—Regresaras pronto, ¿verdad, Wolfram? —Una niña con apariencia de Lolita se acercó a él; pequeña, como de doce años. Su cabello era celeste amarrado con dos coletas muy onduladas y siempre usaba un sombrero adornado con un listón y una rosa en su cabeza, también llevaba una sombrilla para el sol del mismo color que su ropa. Se vestía exquisitamente, como una pequeña dama, con vestidos de volantes, medias y zapatos de charol—. ¡Debes hacerlo ya que eres mi prometido!

Wolfram miró con ternura a la niña de ojos turquesa y no quiso contradecirle. Ella lo consideraba como su chico ideal desde que le conoció y se había hecho a la idea de que se casarían en un futuro.

—Lo prometo, Anabel…

—Entonces habremos de compartirlo.

Wolfram volvió la vista a la figura femenina que había hablado. Una mujer madura, pero sensual y bien dotada. De largos cabellos grisáceos en tonalidad oscura amarrado en una cola alta, y ojos pecaminosamente rojos como la sangre.

—Ten mucha suerte, cariño… —le dijo con sinceridad y sin malas intenciones—. Rezaré para que todo salga bien, no por la recompensa sino por tu vida.

—Te lo agradezco mucho, Beth.

—¡Es hora de partir! —anunció Jeremiah, que sujetaba los caballos preparados con su mejor montura, ansioso por emprender el viaje.

Wolfram colocó las bolsas en la parte de atrás y se volvió para ver por última vez al resto de sus compañeros. Ahora eran un total de nueve de los diez ante la falta de Mathew. El sentimiento de culpabilidad, junto con otras preocupaciones lo corroía mientras los veía a lo lejos.

—¡Wolfram! —Con el corazón latiéndole fuerte en el pecho, Joshua se acercó a él. Quería decirle unas palabras antes de verlo partir.

Wolfram inhaló una profunda bocanada de aire y después sintió como era atrapado en los brazos de Joshua.

—Lo lograré Josh… —Se abrazó a él y su aliento caliente le acarició la oreja—, obtendré nuestra libertad… ¡lo juro!

—Pero, tendrás que… —Joshua no pudo terminar la frase—. Desearía que no tuviera que hacer esto… —dijo a cambio.

Wolfram no conocía el auténtico sentido de aquellas frases, un significado que las palabras no revelaban por sí mismas a quien no supiera escucharlas correctamente. Sabía que la vida de Joshua al igual que la suya estaba perdiendo valor, incluso si actuaban bajo las órdenes del hombre más influyente de la zona norte. Su único deseo era salvarlo como agradecimiento por lo que en el pasado había hecho por él.

Levantó la cabeza para observarlo. Los ojos de Joshua brillaban trémulos con una expresión de súplica.

—Volveré pronto —le dijo para confortarlo.

Joshua asintió sin atreverse a revelar sus sentimientos, ya habría otra oportunidad, pensó con esperanza. Luego vio a Jeremiah sonreír abiertamente y rugió, con indignación.

—¿De qué te ríes?

Las dos chicas y el chico se echaron a reír y las mejillas de Joshua se tiñeron de rojo incandescente.

Inmediatamente, Wolfram y Jeremiah dieron por finalizada la revisión de sus monturas y equipos y se prepararon para comenzar el trayecto. El resto de sus compañeros agitaron las manos en un gesto de despedida, Wolfram sonrió y les devolvió el saludo al tiempo que sacudía las riendas y se ponía en marcha.

 

 

El puerto de Zaiross estaba situado a menos de un día a caballo del Castillo de Blazeberly. Después de algo más de una hora de marcha, Jeremiah rompió el silencio que se había formado entre los dos con una interesante pregunta.

—Por cierto, Wolfram ¿Ya conoces el nombre de tu futuro marido? —Sonrió de forma zorruna, y siguió—: Digo, tendrás que actuar como su esposo durante un buen tiempo y en sus noches de pasión tendrás que gemir su nombre.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó él con fingido desinterés. Jeremiah no pudo evitar reír

—El nombre del pobre infeliz es… —hizo una pausa de impacto y finalmente dijo—: Yuuri Shibuya.

—Yuuri Shibuya —repitió Wolfram en un susurro y después bufó formando una media sonrisa. Si su astucia no le fallaba, tenía planeado cumplir con su objetivo sin ir a la cama con ese desgraciado—. Lo siento mucho por ti…

Miró desde el otro lado a Jeremiah y se echó a reír también.

 

Continuará.

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

 

Yuuri: Joshua, tú te puedes ir por ahí, directito a la Friendzone. Por cierto ¿Cuándo aparezco en la historia?

Alexis: En el siguiente capítulo, Yuuri. Y puede suceder dos cosas: Que te amemos o que te odiemos demasiado. Pero no te preocupes, sabes que yo te quiero mucho.

Yuuri: T.T ¡eso no me anima nada!

Alexis: Y te veremos de una manera nunca antes planteada en  una historia… ¡Oye, no rechaces mi amor! ¡Para mi tú no eres un enclenque ni un idiota!

Yuuri: Te perdono, si acabas con Joshua.

Alexis: Estas celoso… pero descuida, no veremos a la mayoria de personajes que aparecieron en este capítulo en mucho tiempo.

Yuuri: ¡Qué bien! ¡Ya quiero ver a mi Wolf!

Alexis: Yuuri, debo advertirte en esta historia Wolfram no es tu prometido.

Yuuri: ¿No?...O.o

Alexis: No…

Yuuri: …

Alexis: :)

Yuuri: Renuncio. -_-

Alexis: ¡No puedes hacer esto, firmaste un contrato! Espera y no te quejes que tendrás tu recompensa. ¿Qué no me conoces bien?

Yuuri: De acuerdo, pero solo porque no tengo opción… y debes hacer que me encuentre pronto con Wolf…

Alexis: See...see… en un par de capítulos más…

 

¿Qué fue eso? Parece que estoy delirando :´D

Gracias por leer.

Nos vemos en el siguiente capítulo.

Okajara chan. Gracias por mi conejito!!!

()()
(^u^)O 
O(") (")

 

 

 

 


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