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Un paso en la penumbra por Kuro Hebihime

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Notas del fanfic:

[Este Fanfic se suscita en un universo alterno, por lo que no sigue la trama original, todos los personajes aquí utilizados son parte de One Piece, creado por Eiichiro Oda]

Notas del capitulo:

¡Estoy vivaaaa! *se levanta de su tumba* 

Muy bien, tras siete meses o más de no pasearme por aquí les traigo una nueva historia. Va dedicada con muchísimo cariño para Chanas Quey alias "White Feathears" quien fue el comentario número 200 y el 300 en mi historia anterior, Lo que habita en tu mirada. Mil gracias por todo tu apoyo y lo prometido es deuda. Este LawLu va para ti

 

Law entró al bar del pequeño pueblo. Tomó asiento en la barra y se arrancó el alzacuello de la camisa para poder desabotonársela un poco. El calor en esa región era insoportable. Colocó su frente entre las palmas de sus manos y se recargó sobre la barra.

 

—Lléname el vaso de lo que sea —le dijo al cantinero sin siquiera mirarlo. El hombre obedeció, consternado al ver lo que aquel personaje deseaba. Le sirvió un poco de whisky, mismo que desapareció de un solo trago. —Sírveme más —exclamó el ojigrís.

 

—¿Se siente bien, padre? —no pudo evitar preguntárselo. Era la primera vez que veía tomar al sacerdote.

 

Law sonrió de lado sin subir la vista y señaló su vaso sin responder.

 

«Soy un completo idiota». Pensó mientras se empinaba nuevamente la bebida como si de esa manera pudiera apaciguar el mar de emociones que le revolvían el estómago y la cabeza.

 

Había sido enviado a investigar una supuesta posesión. Jamás pensó que se trataría de algo con lo que no sería capaz de lidiar, y para colmo, el exorcismo terminó en un rotundo fracaso. Estaba seguro de que en cuanto el padre Dracule, su superior, se enterara de lo que había pasado lo echaría de la orden, si no es que lo excomulgaba primero.

 

—Sírveme más —le insistió al cantinero. Metió la mano debajo de su camisa y sacó la cruz de plata que solía llevar a todas partes. La miró a contraluz y soltó un bufido como si quisiera burlarse de sí mismo—. Puedes tomar esto como pago —le dijo mientras la dejaba caer en la barra—,  sólo… sigue llenando el vaso.

 

 

 

EL DEMONIO DEL ESTABLO

—Capítulo 1—

 

[Días atrás]

 

Law abrió los ojos cuando el viejo camión dejó de tambalearse. Finalmente había llegado a la última parada de su ruta. Miró por la ventana, el sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte. Se levantó y se estiró con pesadez, había sido un viaje de más de siete horas por lo que el cuerpo comenzaba a pasarle factura. Se colocó el par de guantes negros que utilizaba para cubrir los tatuajes de sus manos, tomó su equipaje y descendió.

 

En el momento en que puso los pies sobre el piso de tierra sintió el aire caliente sobre el rostro, se cubrió los ojos al sentir que el polvo comenzaba a colarse entre su ropa incomodándolo bastante. Un hombre se acercó hasta él, pero tenía tanta tierra en los ojos que tardó en poderlo ver.

 

—Padre, bienvenido al pueblo, lo hemos estado esperando, soy Merry, el sacristán, y estoy aquí para darle la bienvenida.

 

Cuando finalmente lo enfocó se dio cuenta que se trataba de un hombre de mediana edad con cara bonachona y un peinado de carnero. Le regaló una leve sonrisa y le extendió la mano.

 

—No me gusta mucho que me digan padre, puedes llamarme Law, Trafalgar Law el sacristán pareció apenado ante el gesto y en vez de estrecharle la mano se la tomó con ambas y le hizo una reverencia.

 

—Permítame llevarme su equipaje.

 

—No es necesario, lo cargaré yo mismo —Law tomó su pesada maleta y se la echó al hombro sin problema. Miró de reojo aquel pequeño pueblito tan alejado de todo. Desde donde estaba parado podía ver la iglesia, sólo necesitaba cruzar una pequeña plazuela para llegar ahí. —¿Puedo hablar con su sacerdote? —preguntó. Necesitaba un sitio donde pudiera alojarse.

 

—Hace más de cinco años que murió —comentó el sacristán apenado—. Desde entonces este es un pueblo olvidado por Dios.

 

—No digas eso, seguramente enviarán pronto a alguien más.

 

El sacerdote sabía que existían muchos lugares como ése, donde el párroco de toda la vida moría y la orden tardaba años en encontrar algún voluntario que deseara quedarse ahí.

 

En cuanto la gente reconoció su camisa negra y su alzacuellos blanco comenzó a atiborrarse cerca de él y a murmurar entre ellos. «Qué raro, parecería que tienen miedo», pensó. Una mujer se atravesó en su camino y lo tomó de la mano para besársela.

 

Padre, ¡necesito confesarme!, ¡no puedo morir sin haberlo hecho! —Law se soltó sutilmente de aquel contacto tan efusivo.

 

Merry tomó a la mujer de los hombros y la apartó del camino —deja que el padre se instale primero, mañana veremos si se puede —le dijo en un susurro que el ojigrís alcanzó a escuchar. La anciana asintió y accedió a irse después de besarle la mano nuevamente. El sacerdote le dio una bendición y siguió su camino.

 

Perdone, todos están entusiasmados con su visita —comentó Merry a modo de excusa—, nos hace mucha falta un sacerdote.

 

Law se frotó la nuca y soltó un suspiro. Él no era un diácono, era un exorcista, y había ido a ese pueblo con un objetivo específico, no para celebrar misas.

 

En cuanto puso un pie en la vieja iglesia el olor a madera podrida inundó su nariz. El lugar era viejo, aunque se veía que Merry hacía lo posible por mantenerlo limpio.

 

—Por aquí —le indicó el sacristán. Atravesaron una puerta que daba a un largo patio y hasta el fondo del mismo Law pudo ver la pequeña casa parroquial—. Aquí puede alojarse, el baño cuenta con agua corriente, aunque hace mucho que no hay electricidad. Le dejaré una lámpara de aceite para que pueda moverse durante la noche sin problema. ¿Necesita algo más?

 

No se preocupe, estaré bien —contestó. Merry le hizo otra pequeña reverencia y finalmente lo dejó a solas.

 

Law miró a su alrededor. La pequeña casita constaba de dos habitaciones: la recámara y el baño. En el dormitorio había una cama vieja, un escritorio y su respectiva silla. El lugar había estado cerrado tanto tiempo que despedía un hedor desagradable, y para su mala suerte, ni siquiera contaba con alguna ventana que pudiera abrir por lo que se vio en la necesidad de dejar la puerta entreabierta. «Ni hablar, solo será por unos días», pensó para sí. No era como si estuviera acostumbrado a los lujos, pero no recordaba la última vez en que había tenido que prescindir de la electricidad. Se sentó en la cama que rechinaba con cada sutil movimiento y sacó el móvil que el padre Dracule le había dado. Como sospechaba, no había señal, así que decidió apagarlo. «Supongo que mañana tendré que buscar un teléfono público para reportarme», pensó.

 

Pese a todo sonrió entusiasmado. Este caso era prometedor.

 

Hace más de un mes que empezaron a llegar reportes sobre aquella región. La gente de ese pueblo y de sus alrededores afirmaba que los demonios se paseaban por las noches entre las casas, causando incendios y aterrorizando a los animales. Los culpaban de acarrear plagas que habían arrasado los sembradíos y de enfermedades terribles. «Nada fuera de lo ordinario». Pensó el ojigrís. Siempre era más sencillo culpar a algún ser intangible de las desgracias comunes de la gente.

 

El último reporte fue el que les hizo tomar cartas en el asunto, pues hablaba de un joven al que habían apresado y que supuestamente estaba poseído. Dracule le encomendó ir a investigar lo antes posible, ya que una vida estaba en peligro.

 

Sacó el expediente que le habían dado antes de partir y se dispuso a estudiarlo con detenimiento.

 

 

Todo sucedió cuatro días atrás en una pequeña granja a las orillas del pueblo. A mitad de la noche, Dalton, el capataz, fue a despertar a su jefe para advertirle que algo malo le estaba pasando al ganado.

 

—¡Debe ser ese maldito coyote otra vez! —se quejó Wapol. Llevaban varios días intentando cazar a un supuesto animal que ya había matado varias vacas. Tomó la escopeta y revisó que tuviera cartuchos suficientes—. Esta vez no escapará con vida.

 

Junto a un pequeño grupo de hombres salieron a defender al ganado, pero nada los había preparado para lo que encontraron.

 

En medio de las reces espantadas reconocieron la silueta de una criatura que se estaba alimentando de una de ellas. Al iluminarlo se dieron cuenta de que no se trataba de un animal, sino de un ser humano que con sus propias manos había estrangulado al animal y le había arrancado trozos de piel para abrirse camino hacia la carne.

 

—¡A-alto ahí o disparo! —gritó el dueño de la granja mientras le apuntaba con el arma y le temblaban las rodillas.

 

El extraño joven alzó la vista, se puso en pie y limpió con el antebrazo la sangre que escurría por las comisuras de su boca. —¿Me pueden decir por qué la carne sabe tan mal? Yo pensé que sería deliciosa… —sacó la lengua como gesto de disgusto y miró a la gente a su alrededor esperando respuesta.

 

El dueño de la granja, asustado y sin pensárselo mucho, disparó. El extraño joven recibió varias heridas en la pierna derecha a consecuencia de los perdigones y pegó un grito de dolor tan fuerte que asustó al ganado y provocó una estampida. De la nada el pasto debajo de Wapol comenzó a incendiarse y sus hombres tuvieron que auxiliarlo para evitar que su ropa se quemara completamente.

 

El incendio comenzó a expandirse y el joven causante de todo quedó atrapado. Herido y confundido empezó a avanzar en círculos hasta que el humo le hizo perder la conciencia. Wapol, quien lo encontró primero, estuvo a punto de matarlo, pero Dalton se lo impidió.

 

—Es un ser humano —le dijo su capataz. El jefe escupió hacia el piso muy cerca de su zapato para hacerlo retroceder.

 

—¡Me importa una mierda lo que sea!, ¡tu viste lo que este maldito estaba haciendo! Llévenlo al establo y aprésenlo bien, lo haré pagar por lo que hizo.

 

Dalton no pudo evitar que los hombres de Wapol lo llevaran consigo. Amarraron al joven de las muñecas y lo colgaron del techo; sus pies apenas rozaban el piso. Lo dejaron ahí, inconsciente y sin atenderle la heridas, y se fueron a apagar el incendio antes de que se propagara hacia la casa.

 

 

Law detuvo su lectura. Hasta este punto podía concluir que se trataba de una persona enferma y que el incendio seguramente se originó por el disparo de la escopeta. «Alguna chispa debió dar con el pasto seco», pensó. No había nada que lo hiciera sospechar sobre algún acto sobrenatural. Soltó un suspiro, en parte se sintió defraudado. En todo el tiempo que llevaba dentro de la orden de exorcistas no había encontrado más de tres casos verídicos, y de ninguno se había podido encargar personalmente.

 

«Trafalgar, eres un hombre inteligente, con buen criterio y con una preparación médica que te hace el candidato ideal para este tipo de misiones». Le había dicho en alguna ocasión el padre Dracule. Law estaba cansado de ser al que siempre mandaban para encontrar la explicación científica, necesitaba un poco de acción de vez en cuando.

 

 

Escuchó que llamaban a la puerta. Se trataba de Merry, quien traía consigo una jarra de agua, vasos y un par de toallas limpias. El padre se levantó de la cama y dejó los documentos a un lado invitándolo a pasar.

 

—¿Qué sabes sobre el joven que tienen en la granja? —preguntó directamente. El sacristán tragó saliva y dudó unos instantes entre hablar o callar. Finalmente dejó las cosas en el escritorio y tomó asiento en la silla con una postura demasiado tensa.

 

—Nadie sabe quién es, ni siquiera en los pueblos vecinos, solo se sabe que… —se frotó el brazo como si sintiera un escalofrío—, bueno, desde que apareció, las cosas han empeorado en el pueblo.

 

—Cuéntame —lo alentó a proseguir. Merry se encogió de hombros.

 

—Los perros pasan la noche entera aullando, los pájaros se han ido, el viento azota con más furia y se han reportado más de quince incendios inexplicables entre otras cosas.

 

¿Y no cree que eso pueda deberse al mal clima? —el sacristán ladeó la cabeza como si eso fuera imposible—. Aquí las noches siempre han sido heladas y los días abrasadores, a pesar de eso los animales jamás se habían alterado tanto.

 

—Ya veo —comentó el sacerdote. Por el tono de voz del sacristán podía deducir que estaba aterrado, era mejor no seguir preguntándole cosas—. Mañana a primera hora iré a conocer la granja.

 

—Padre, debo advertirle algo. En este pueblo no tenemos ley, así que cada quien gobierna sus tierras. No provoque la ira del Wapol, no es una persona paciente.

 

—No se preocupe, solo haré una pequeña investigación, eso es todo —Merry se despidió amablemente y finalmente se retiró.

 

 

Esa noche Law durmió poco, pues como le habían advertido, los perros no dejaron de aullar ni un solo instante.

 

 

A la mañana siguiente el exorcista despertó temprano. Agradeció la ducha fría, pues comenzaba a sentirse el calor con intensidad. Se colgó la cruz de plata que representaba a su orden y la ocultó debajo de su camisa negra, no estaba seguro de con qué tipo de hombres tendría que tratar, así que lo ideal era extremar precauciones. Dudó en ponerse los guantes, pues al parecer el calor subiría todavía más, pero finalmente se los colocó. Mucha gente se impresionaba al ver a un sacerdote con la palabra muerte tatuada en los nudillos.

 

Cuando abrió la puerta se encontró con una charola llena de comida, al parecer Merry se había preocupado por prepararle algo para el desayuno.

 

Tomó un poco de leche fresca y carne, e hizo a un lado una enorme hogaza de pan recién horneado. «Será mejor que me lo lleve y vea después que hacer con él», pensó. Él no pensaba comérselo, pero tal vez podría regalarlo en el camino, no le iba a bien desperdiciar comida. Lo guardó en su maletín junto con algunas cosas básicas y se dispuso a partir.

 

La granja, como le había indicado Merry, se encontraba en dirección norte y podía llegar ahí caminando. El calor era tan sofocante que no pensaba apresurarse demasiado, así que aprovechó para sacar el expediente y leer un poco más en el trayecto.

 

 

Tras haber pasado gran parte de la noche combatiendo el incendio nadie fue a ver el estado del extraño joven hasta la tarde siguiente. Wapol, después de haber recibido atención por sus heridas, le indicó a sus trabajadores que lo acompañaran al establo.

 

Tal vez ya se murió de frío —bromeó uno de sus hombres, pues el día anterior el joven sólo vestía un chaleco, pantalones cortos y un sombrero de paja. Dalton le dedicó una mirada reprobatoria que lo hizo callar.

 

Abrieron las puertas y encontraron al joven en la misma incómoda posición en que lo habían dejado. Al acercarse notaron algo extraño. No había rastro de ninguna de sus heridas, pese a que su piel estaba teñida por la sangre seca.

 

Más de uno se persignó en ese momento.

 

—Hey, pedazo de imbécil ¡despierta! —Wapol le aventó un balde de agua que logró su cometido. El joven parecía consternado y comenzó a recorrer con la mirada todo a su alrededor sin entender por qué estaba ahí.

 

—Tengo hambre —exclamó.

 

Wapol se acercó a él y con un gesto burlón le colocó un puñetazo en la boca del estómago. —Puedes comerte esto —exclamó. Sus hombres rieron con él.

 

El joven apretó los dientes y lo miró de una manera tan intimidante que lo hizo caer de espaldas, el establo comenzó a crujir como si fuera a venirse abajo.

 

—Aléjate de mí —soltó el rehén. Desde donde estaban escucharon como los animales de la granja comenzaron a hacer ruidos presintiendo el peligro, el estruendo era tal que los hombres de Wapol comenzaron a temblar de miedo.

 

—¡Es un demonio! —chilló uno de ellos, quien sacó de entre sus ropas una cruz que llevaba consigo, en cuanto el preso la vio desvió la mirada, como si le molestara la vista.

 

—¡Acabaré contigo! —Wapol cargó su arma y apuntó. Una de las vigas del establo se partió en dos provocando que un buen pedazo de madera cayera sobre ellos. Alcanzaron a quitarse justo a tiempo para no morir aplastados.

 

¡Detente, si el establo se cae tú también quedarás atrapado! —le advirtió Dalton al joven sin poder esconder el temor que sentía. El preso pareció pensárselo un poco y el crujido cesó. Clavó su mirada glacial en Wapol, quien temblaba en el piso sin decir palabra.

 

—Si vuelves a acercarte me aseguraré de que tengas una muerte horrible —lo amenazó.

 

Wapol salió corriendo y no volvió a entrar en el establo. Dalton se dirigió esa misma tarde al pueblo más cercano en busca de un sacerdote, quien a su vez, dio aviso a la orden de exorcistas.

 

 

Law cerró el documento antes de llegar a la granja. El lugar, ciertamente, despedía un aura extraña, pues no se escuchaba el habitual canto de los pájaros. Todo permanecía en un silencio sombrío.

 

Uno de los trabajadores lo vio y corrió rápidamente a la casona principal para dar aviso. Pronto apareció el dueño de la granja, quien tenía una cara de pocos amigos.

 

Ya era hora de que alguien viniera —exclamó descortés—. Quiero que se deshaga de esa cosa cuanto antes, está arruinando mi granja.

 

—Buen día para usted también —comentó el exorcista con sarcasmo. Wapol no le había agradado en lo absoluto.

 

Dalton se acercó a él, y como si quisiera disculparse por el tono grosero de su patrón, le estrechó cordialmente la mano—. Nos alegra que esté aquí, padre.  

 

—¿Dónde se encuentra el joven? —preguntó. El capataz se encogió de hombros como si se sintiera avergonzado—, lo llevaremos con él.

 

Wapol se cruzó de brazos y tomó rumbo hacia el lado contrario dejando en claro que no estaba dispuesto a ir, así que su capataz le hizo una seña al exorsista para que lo siguiera.

 

Law le dirigió una última mirada al dueño de la granja. «Pedazo de imbécil», pensó. Una parte de él deseaba decirle unas cuantas verdades, sin embargo, debía ser prudente, era una de las cosas que había aprendido en el seminario.

 

No pudo ocultar su sorpresa cuando vio que se dirigían al establo.

 

—¡No me diga que han mantenido al chico en ese lugar desde que lo encontraron! —su tono de voz dejaba en claro su disgusto, una vez más pudo ver que el rostro de Dalton se llenaba de vergüenza.

 

—Después de lo que pasó con él nadie ha tenido el valor de acercarse.

 

Alrededor y en forma de valla habían colocado grandes cruces de madera con hojas de la Biblia pegadas en ellas. —Es lo único que se nos ocurrió para evitar que escapara —comentó Dalton—, de no haberlo hecho seguramente el establo ya estaría derribado.

 

Law pudo notar que fuera de aquel círculo todo el pasto estaba quemado a consecuencia de un incendio más reciente, pero dentro de él, estaba intacto. Atravesaron la improvisada valla y se detuvieron frente a las gruesas puertas del establo. Daltontomó el madero que lo mantenía cerrado, pero antes de moverlo volteó a ver al exorcista y bajó la cabeza.

 

—Por favor, padre, perdónenos.

 

Al entrar el sacerdote comprendió en seguida el motivo de la disculpa. En medio de aquel mugroso lugar pudo ver al mentado joven colgando de sus muñecas. Las ataduras le habían abierto unas enormes yagas y parecía estar inconsciente con la cabeza baja.

 

—¡¿Qué sucede con ustedes?! —el ojigrís dejó a un lado sus cosas y rápidamente se acercó al chico temiendo que estuviera muerto. Percibió su aliento débil y sus labios resecos se movieron ligeramente como si quisieran susurrar una palabra.

 

Law no se lo pensó dos veces y avanzó hasta Dalton tomándolo de la playera —consígueme comida y algo de agua ¡ahora! —exclamó como una orden. El capataz movió la cabeza de manera afirmativa y salió corriendo.

 

—Resiste —le susurró al joven mientras tomaba sus signos vitales, era un verdadero milagro que siguiera vivo.

 

Tras unos minutos de espera Law escuchó un ruido y se dirigió a la puerta. Por un momento pensó que podía tratarse de Dalton, pero no fue así.

 

—¿¡Agua y comida!? ¡Usted ha venido aquí a eliminarlo, no a darle fuerzas para que termine de destruir mi granja! —Wapol, junto a su séquito, traía a jalones al capataz, a quien no le habían permitido conseguir el pedido. El dueño de la granja gritaba cobardemente detrás de la improvisada valla y de sus hombres para no acercarse de más al establo.

 

—¡Hay un ser humano aquí, no voy a permitirles que lo dejen morir así! —el ojigrís avanzó hacia Wapol, pero lo detuvieron antes de que pudiera acercarse lo suficiente y con un fuerte empujón lo hicieron retroceder. El granjero, quien traía la escopeta en la mano, le apuntó al exorcista.

 

—Escúcheme bien, padre, haga su trabajo o no saldrá de aquí. ¡Cierren las puertas! —sus hombres parecieron dudar—. ¡Háganlo! —repitió.

 

Con temor en el rostro obedecieron. Law escuchó el ruido del enorme madero que volvieron a colocar. Se acercó a la puerta e intentó abrirla sin conseguirlo. Se agarró la frente con una de las manos y soltó un pesado suspiro. ¿En qué momento las cosas habían terminado así? Ahora era un rehén más de ese granjero idiota.

 

Miró de reojo al joven que seguía al borde de la inconciencia. «Este no es momento para lamentarme», pensó. Empezó a recorrer el establo en busca de alguna toma de agua, si ahí guardaban animales de granja debía haber al menos una—. ¡Aquí está! —llenó el primer recipiente que encontró decentemente limpio y se lo llevó al chico del sombrero de paja. Le alzó el rostro con cuidado y le acercó la bandeja.

 

—Toma un poco —aún con los ojos cerrados el preso pareció reaccionar cuando sintió el frío líquido y le dio un par de tragos con tanta premura que comenzó a toser—. Estarás bien —le susurró el ojigrís quien en vano intentó liberarlo de las gruesas cuerdas que lo detenían. Encontró un pequeño banco de madera y se lo colocó debajo de los pies para que no cargara todo el peso de su cuerpo con las muñecas—. Perdóname, es lo mejor que puedo hacer —le dijo a pesar de que el joven parecía no haberlo escuchado.

 

Recordó el pedazo de pan que guardaba en su mochila y se apresuró a buscarlo. Tal vez podría reanimarlo lo suficiente para que comiera un poco...

 

De pronto, pese al intenso calor que se sentía, un escalofrío glacial le recorrió la espalda.

 

Dejó el maletín que traía y volteó en seguida hacia el preso. Su cuerpo terminó de erizarse, era como si todo su ser le advirtiera sobre un peligro.

 

El joven del sombrero de paja estaba despierto.

 

Y lo miraba fijamente con un gesto sombrío.

 

 

Notas finales:

Bueno, pues espero les interese la nueva idea y los mantenga entretenidos. Esta vez no puedo prometer un capítulo semanal, pues entre bebé, trabajo y mil cosas extras no me da mucho tiempo para escribir. Por ahora digo que nos vemos en quince días aproximadamente jeje. Mil gracias a aquellas personas que quieran dejarme un comentario.

No os preocupéis, saben que siempre termino mis historias ;)

P.D. ¡Mine-chan ha vuelto a mi vida! ¡qué más puedo pedir!


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