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Costoso Error por AniBecker

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Notas del capitulo:

Aunque tengo algunos fics aún no terminados, Enredados está a un extra de ser terminado, y los otros como Rompiendo las Reglas, Luna de Otoño o Esquemas del Corazón, iré actualizándolos poco a poco. 

Este fic no contará con muchos capítulos, será cortito, ya que levo todo el fin de semana queriendo escribir algo nuevo, pero ninguna idea me convencía, hasta que se me vino esta a la mente. 

Decir que los personajes de Kuroko no Basket no me pertenecen, yo sólo los utilizo para crearles historias que me gustaría que les pasara en el anime. 

Sin más, espero les guste y difruten con él. 

Capítulo I

Descansaba en aquella cama de hospital, después de haber tenido un duro parto. La herida de la cesárea aún le dolía, pero eso no le impidió de incorporarse un poco en la cama cuando una enfermera le llevó a su hijo.

Cuando lo tomó en brazos, sintió una inmensa felicidad. Era lo más hermoso que había visto en su vida. Le habían tardado un poco en entregárselo, porque tenían que revisarlo y ver que todo estuviera correcto.

El escaso cabello que tenía su cabecita se tornaba de color negro, y sonrió, porque ese bebé no había sacado su tono de color, quizá sí el de su pareja, ya que en las puntas se tornaba oscuro, o tal vez el de su madre, los hijos no tenían expresamente de salir con el color de cabello de sus padres. Los ojos, aún tendría que esperar un poco para saber de quién los heredaría.

Al poco tiempo, su pareja ingresó en la habitación, quién entró de forma calmada y seria, pero su rostro demostraba molestia.

—Mira quién ha venido a conocerte, es tu papá —sonrió, separándolo de su cuerpo para que el hombre pudiera tomarlo en sus brazos.

—Deja tus juegos, tenemos que hablar.

—¡Oye! Pero qué mierdas te pasa, imbécil, ¿así tratas a tu hijo, que ni quieres cargarlo? —se molestó, al ver como su pareja no mostraba ningún signo de querer tocar a su hijo, además de la forma en que se dirigía a él.

—Te he dicho que dejes tus juegos, ese bebé no es mi hijo —respondió, con total frialdad.

—¿Qué acabas de decir, bastardo? ¿Se puede saber qué cojones te pasa?

—Esto me pasa —le tiró sobre la cama un sobre—. Es una prueba de paternidad, negativa. ¿Te has divertido mucho durante este tiempo jugando conmigo? ¡Me has engañado, no es mi hijo!

Con suma delicadeza, soltó al pequeño en la cunita que había al lado de la cama, y tomó y abrió ese sobre, corroborando el resultado. ¿Cómo podía ser posible? ¡Era completamente imposible!

—Esto tiene que ser o una broma de mal gusto o un error, porque es imposible que sea negativa, ¡es tu hijo, por el amor de Dios!

—¿Cómo puedes tener la cara de seguir mintiéndome con eso? Te he descubierto, aquí está la prueba, es negativa. Me has sido infiel y me has engañado diciendo que era mi hijo —con todas las fuerzas que tenía después del parto, le propinó un guantazo.

—¡Eres un puto bastardo! ¿Tienes la desfachatez de dudar de mí tú lo has sido conmigo con tu secretaria, que además espera un hijo tuyo? ¡Yo no he estado con nadie más que tú!

 —Es cierto, y fue un error que acepté y asumí, yo no quería hacerlo, fue una sola vez y estaba borracho, y es cierto, eso no justifica mi infidelidad, pero lo tuyo es peor, porque me has sido infiel con vete tú a saber con quién, y además me has querido engañar con un hijo que no era ni mío.

—¡Te estoy diciendo que no he estado con nadie que no seas tú! ¡Debe haber un puto error, maldita sea! —se quejó, llevándose su mano a la reciente herida, que le estaba empezando a doler—. Hazle otra prueba, y verás cómo era un error y sí es tu hijo, porque este bebé no puede ser de nadie nada más que tuyo.

—Es suficiente —cerró sus ojos, llevándose ambas manos a sus cabellos—. No quiero saber nada más de ti ni de ese supuesto bebé, ya que no es mío.

—¿Estás rompiendo conmigo? —preguntó, con voz quebrada—. ¿Sólo por un maldito error en una prueba?

—Así es. No soporto que hayas jugado conmigo y mis sentimientos de esta manera, no puedo perdonarte. Además, Lily también ha dado a luz, y él sí es mi hijo. Me voy a casar con ella, y darle mi apellido a ese bebé.

—Estás mintiendo, esto no puede estar pasando. Me engañaste con ella, después me dices que la dejaste embarazada pero que no significó nada en tu vida, me prometiste amor eterno, te perdoné, y ahora me sales con todo esto. ¡Tú eres un hijo de puta!

—No insultes porque no estás en condiciones de hacerlo, ya que aquí el que ha mentido y engañado eres tú —se dirigió hacia la puerta, con intenciones de abandonar la habitación—. Nuestra relación termina aquí mismo, quiero que cuando seas dado de alta, tú y tu hijo abandonéis mi casa. Tranquilo, no hace falta que te preocupes por los gastos médicos, ya están pagados. No me esperaba esto de ti, adiós, Aomine.  

—¡Escúchame bien, Kagami, porque no te lo voy a repetir! Cuando te des cuenta del error que estás cometiendo ni se te ocurra aparecer en mi vida, porque te juro que en tu maldita vida voy a perdonarte esto. Tú lo acabas de dejar claro, este hijo es mío, sólo mío, que te quede claro.

Después de que el pelirrojo abandonase la habitación, no pudo evitar llorar de rabia, frustración, tristeza y dolor. Cogió esa prueba negativa, y la rompió en mil pedazos. Debía haber un maldito error, un puto error, él no había estado con nadie más.

Tomó al pequeño que seguía durmiendo, ajeno a todo lo que acababa de pasar, a la vez que lo abrazaba y lloraba. Kagami lo había dejado muy claro, que no era su hijo, pues efectivamente, ahora quedaba más claro aún, ese bebé sería únicamente suyo y de nadie más.

..

Kagami no pudo evitar llorar también, una vez que había salido de aquella habitación. Era cierto que él había sido un bastardo al pasar una noche con su secretaria y dejarla embarazada. Era un error, y lo asumía, pero eso no quitaba que debía cumplir con su responsabilidad con ella.

Pero lo que nunca se imaginó es que él, que amaba incondicionalmente a Aomine, pudiera hacerle algo mucho peor. En parte no podía tener la cara de reprocharle una infidelidad, cuando él mismo lo fue, pero lo que no podía permitir era que le mintiera de esa forma. ¡Le mintió con que era su hijo!

—Hijo… —la voz de su padre lo sacó de sus pensamientos—. Ya sé que ha sido duro enterarse así de todo esto… Yo no sabía que pudiera hacer algo así, parecía que estaba muy enamorado de ti como para…

—Por favor, no sigas, no necesito que me lo recuerdes —lo cortó rápidamente.

—Sabes que debes casarte con Lily, ¿verdad? Ese niño es un Kagami, y le debes dar tu apellido.

—Lo sé —murmuró, apretando sus puños con fuerza. La mano de su madre se posó en su hombro.

—Vamos, olvida todo esto, recuerda que tienes un hijo. Aún no lo has conocido, ve y alégrate con él.

Kagami asintió, y junto con su padre, fue hasta la habitación dónde su futura esposa y su hijo se encontraban. Nada más entrar, la mujer le sonrió.

—Taiga amor, ¿ya lo viste? Se parece mucho a ti —le dijo mostrándole al pequeño, que dormía en la cuna a su lado. El pelirrojo se acercó y se le quedó observando.  Era cierto, se le parecía mucho, tenía su color de cabello, e incluso había heredado sus extrañas cejas.

—Se va llamar Taisuke —fue cuanto dijo, cuando lo cargó—. Por cierto, dentro de dos meses será nuestra boda —la sorpresa fue mayúscula en la rubia de ojos oscuros.

—¿Nos vamos a casar? —cuestionó, con una sonrisa en su rostro.

—Es mi hijo, debe llevar mi apellido y tener una familia —fue cuanto respondió. Por su parte, Lily se acomodó mejor en la cama, por fin iba a conseguir lo que tanto quería, casarse con ese hombre.

.

.

Tres días es lo que estuvo internado, en los que Taiga no volvió a aparecer. Tomó sus cosas y a su hijo y se dirigió al apartamento que compartía con el pelirrojo, para recoger sus pocas pertenencias y marcharse de ese lugar.

Entró rezando de no encontrárselo, esperando que como era horario de oficina, se encontrara en la empresa de su padre trabajando. Así fue. Observó todo el lugar, notando que pareciera que nadie había pasado por allí en días.

Fue a la habitación que una vez compartió con él, dejando a su hijo en ella mientras tomaba sus cosas en una pequeña maleta. No quiso llevarse nada, ni fotografías, ni recuerdos ni regalos, no quería absolutamente nada que le pudiera recordar a Kagami. Sólo tomó ropa, objetos personales y cosas que él mismo compró para el bebé.  

Observó una fotografía de ellos dos sobre la cómoda, no se podía creer que su relación terminara de esa forma. ¿Cómo podía renegar así de su propio hijo? Era un completo error, pero ya no iba a suplicar, se iría junto a su hijo, si él los había echado de su vida, ellos no querrían saber nada de él nunca más.

Miró su mano izquierda, y se quitó un anillo de oro blanco, con detalles en rojo que descansaba en su dedo anular, y lo soltó de mala manera sobre la cómoda, a la vez que dejaba escapar unas lágrimas.

Empezó a caminar por las calles de Los Ángeles con un rumbo fijo, volver a su país. Ya nada le ataba a estar en ese lugar, después de haber sido tratado como la peor de las personas, y que su pareja desconfiara de él de esa forma.

Agradecía que al menos tuviera el dinero suficiente para poder volver a Japón, de dónde se repetía una y otra vez, no debería haberse ido. Entre sus manos cargaba a su pequeño bebé bien abrigado y envuelto en una mantita, para evitar que el frío clima lo pudiera enfermar.

Llegó hasta el aeropuerto, que con suerte consiguió un pasaje de vuelta para esa misma noche. Soltó su pequeña maleta en el suelo y el bolso que contenía las cosas del bebé a su lado, mientras se sentaba en uno de los asientos esperando la hora de su vuelo.

El pequeño se removió algo incómodo en sus brazos, indicándole que se estaba despertando. Del bolso, sacó un biberón preparado, y se lo dio al infante que gustoso se lo terminó todo, para después de tener la barriga llena, volverse a quedar dormido.

Unas lágrimas traicioneras se volvieron a escapar de sus ojos, a la vez que delineaba con delicadeza el rostro de su bebé. No sólo había sido traicionado y engañado, al enterarse que a la misma vez que él una mujer esperaba un hijo de su pareja, sino también, el muy desgraciado se había atrevido a tacharlo de infiel y decirle que ese niño no era suyo.

Debía haber un claro error en esa prueba de paternidad, dando negativo, porque él no era ni ningún mentiroso, ni tampoco un infiel. Ese bebé por su puesto que era su hijo. ¿Cómo mierdas podía dudar de él y no pensar en que hubo un error con los resultados? Ni si quiera quiso repetir la prueba para corroborar dicho error.

Cuando esa mujer le dijo que esperaba un hijo suyo, su mundo se desmoronó, no podía evitar sentirse traicionado y dolido, por más que le jurara que a él sólo le importaban él y su hijo, y que si fuera cierto que tendría descendencia con esa mujer, sólo se haría cargo por obligación, mientras que con él compartiría su vida.

Terminó por perdonarlo, y confiar en él, como un estúpido. Pero lo que terminó por destrozarlo, fue el día en que nacieron su hijo y el de ella.

Aún le resonaban una y otra vez aquellas duras palabras, y esa mirada fría y rencorosa sobre él. Lo había corrido de su vida, así sin más, sin escucharle, sin creerle, y sin querer corroborar y buscar una verdad.

La llamada para su vuelo se escuchó por megafonía, y se dirigió a la puerta de embarque. Cuando el avión despegó, observó por la ventanilla la ciudad, ahí quedaba todo el amor que sintió por ese pelirrojo, ahí terminó su historia con él, de ahí se marchaba para siempre.

Después de muchas horas de vuelo, por fin pisaba suelo nipón. Había sido un largo y pesado vuelo para su pequeño, incluso para él. Ahora debía empezar de cero, en su país, sólo esperaba que sus padres lo recibieran después de haberse ido tanto tiempo atrás con quién creyó el amor de su vida.

—¿Aomine? ¿Eres tú? —e giró sorprendido de que alguien que conociera estuviera en el aeropuerto, pero el sorprendido fue quién lo vio—. ¿Qué estás haciendo aquí? —observó cómo llevaba en brazos a un pequeño bebé, y se llevó sus manos a su boca, sonriendo—. Déjame que conozca a mi precioso sobrino.

—Te equivocas, no es tu sobrino —desvió su mirada, con tristeza.

—¿Por qué? Oh, vamos, puede que Taiga y yo no seamos hermanos de sangre, pero es como si lo fuéramos, por lo que este niño es mi sobrino. ¿Y dónde está Taiga? ¿Qué vinieron a darle la noticia a tus padres y a que lo conozcan? —empezó a buscarlo con la mirada por todas partes, sin encontrarlo.

—Kagami no vino conmigo, ni vendrá.

—¿Por qué? No me digas que ese estúpido se quedó allí y no te quiso acompañar a ver a tus padres —protestó con el ceño fruncido—. Espero que si no te acompañó es porque está ocupado preparando todo para la boda.

—¿Qué boda? No va a haber ninguna boda. Kagami y yo hemos roto.

—¿Cómo dices? Pero si eso es imposible, si Taiga me llamó diciendo que ya había nacido el niño y sobre la boda, por eso justo iba a tomar un vuelo hacia Los Ángeles. ¿Qué está pasando, Aomine? —dijo con desconcierto.

—Él dice que no es su hijo y que le fui infiel y le engañé.

—Espera, ¿cómo es eso posible? Qué le pasa a ese idiota —respondió, molesto.

—Le hizo una prueba de paternidad, y salió negativa, por lo que dice que no es su hijo y que le mentí. Tiene que ser un completo error, por supuesto que es su hijo, pero no quiere creerme ni hacerle otra prueba para corroborarlo.

—No me lo puedo creer… Pero, ¿y entonces la boda?

—Parece que no sabes el resto de la historia. Quién le fue infiel a quién, fue Kagami a mi con su secretaria, y la dejó embarazada. Dijo que ese sí era su hijo y que le iba a dar su apellido y a casarse con ella.

—Espera, ¿qué? ¿Con su secretaria? ¿Con Lily? —todo lo que estaba escuchando lo estaba dejando completamente impactado.

—Así es, así que tu sobrino es el de ella, no este —respondió con un nudo en su garganta, y comenzó a caminar—. Lo siento, debo irme.

—Espera, eso es imposible, yo sí te creo, y sé que tu hijo si es de Taiga. Voy a hablar con él y hacerlo entrar en razón en cuanto llegue allí.

—Ni te molestes, no servirá de nada. De todas formas, yo no quiero saber nada de él. No me ha creído, ha desconfiado de mí y ha renegado de mi hijo diciendo que no es suyo, ahora el que no lo quiere en su vida somos nosotros.

—Pero esto debe aclararse —insistió Himuro.

—Déjalo así, por favor. Ahora, lo siento, debo irme, acabo de llegar y necesito qué hacer con mi vida.

—Dame tu número, te llamaré en cuanto vuelva, te prometo que yo te ayudaré en lo que necesites.

—Gracias por ofrecerme ayuda, y no pienses que soy desagradecido, pero tú no tienes nada que ver conmigo, no tienes la obligación de ayudarme con nada.

—Yo te creo a ti, y sé que es hijo de Taiga, por lo que lo hace mi sobrino. Está bien, no dejes que yo te ayude a ti, pero sí a mi sobrino, por favor, yo sí quiero seguir viéndolo y verlo crecer —Aomine dudó por sus segundos, pero no quería ser desagradecido con Himuro, quién parecía el único que sí quería saber algo de su hijo.

—Está bien, apunta mi número, pero por favor, no interfieras con Kagami, no quiero saber nada más de él.

—Gracias, y no te preocupes. Prometo contactarte en cuanto regrese de América. Espera, ¿qué harás ahora? ¿Tienes a dónde ir?

—Iré a casa de mis padres —medio sonrió. En ese momento, fue anunciado el último aviso del vuelo del azabache—. No te entretengo más, sino perderás el avión.  

—Me sabe mal irme así…

—No te preocupes, en serio. Buen viaje.

—Estaremos en contacto —se despidió, sabiéndole mal el tenerse que ir y dejarlo así, después de que le contara todo lo que pasó. Pero Taiga le iba a oír.

.

.

Caminó por las calles de Tokio, hasta que llegó a su casa. Suspiró antes de llamar al timbre, y esperó a que le abrieran la puerta.

—Sólo espero que no nos echen, sino… no sé qué vamos a hacer… —le susurró a su niño, que seguía completamente dormido.

—Daiki tú… —una mujer de cabellos azabaches y ojos azules le recibió, sorprendiéndole tal visita—. Hijo, pasa.

En seguida llamó a su esposo, quién bajó las escaleras con rapidez. La familia, reunida, se sentó en la sala.

—¿Qué estás haciendo aquí? Te hacía en América —la voz ronca de su padre lo hizo estremecerse, ya sabía él que no iba a ser bien recibido allí.

—Bueno… Kagami y yo… rompimos y…

—¿Fue capaz de abandonarte con un hijo? —gruñó, cruzándose de brazos—. Ya sabía yo que no era de fiar. ¿Ves por qué no queríamos que te fueras? Eras muy joven, y que eso era un simple enamoramiento de adolescentes.

—Querido, por favor —interrumpió su madre—. Ahora no es momento para eso. ¿Qué fue lo que pasó, hijo? —Aomine, con miedo de sentirme más rechazado aún, le contó el motivo por el que estaba ahí.

—Yo…no pido quedarme aquí eternamente, ni que mi hijo ni yo seamos una carga, sólo sería hasta que encuentre algo y…

—¿Y dónde piensas ir? ¿Estudiaste allí alguna carrera para que aquí puedas encontrar trabajo? —volvió a interrumpir su padre.

—Bueno… sí, allí empecé los estudios de medicina, pero no los terminé… Pero aunque no los tenga completos, yo me busco trabajo de lo que sea —se apresuró a decir, con decisión.

—Y trabajar ¿de qué? Aunque empezaras a estudiar, aún es como si no tuvieras estudios, ¿qué clase de trabajo podrías encontrar? No digas tonterías, primero terminarás tus estudios.

—Pero si estudio no podré cuidar bien de mi hijo, ni tampoco encargarme de sus gastos si no tengo ningún trabajo.

—Daiki —habló con dulzura su madre—, lo que tu padre quiere decir, es que eres bienvenido de nuevo aquí, eres nuestro hijo, y aunque no estuvimos muy de acuerdo de que después de la preparatoria te marcharas así cómo así con tu pareja, no te íbamos a dejar en la calle, y mucho menos con un hijo.

—Volverás a inscribirte para terminar tus estudios, pero eso sí, no acepto que holgazanees y mucho menos pienses que te eximirás de tus obligaciones con tu hijo. Tu madre y yo podemos ayudarte mientras estudies, después tú debes ser responsable, ¿de acuerdo?

Sus ojos se abrieron hasta su máximo, y agradeció a más no poder a sus padres. Él pensó que lo iban a dejar a su suerte, después de que él se fuera a América siguiendo a Kagami. Por lo menos, él y su hijo no estaban solos.

—Por cierto, Daiki, ¿cómo se llama mi nieto? —cuestionó la morena, mientras cargaba sonriente al bebé.

—Aún ni le puse nombre… —confesó, avergonzado—.  No está ni registrado aún, no quería hacerlo hasta que llegara aquí —pensó por unos segundos, observando con ternura al pequeño azabache—. Se va a llamar Daisuke.

—Me parece un nombre precioso, como él. ¿Ya viste, querido? Tiene el color de mi cabello —sonrió la mujer.

—Me alegro que al menos, no se parezca a Kagami —susurró, con tristeza, así no tendría que recordarle tan seguido.

—Ha sido un largo viaje, ve y sube a la habitación a instalarte, debéis estar cansados, seguiremos hablando más tarde —tajó su padre, y el peli azul asintió.

Tomó a Daisuke en brazos, y subió hasta su antigua habitación, que no había cambiado mucho a cuando la utilizaba. Soltó al pequeño en la cama, rodeado de almohadas para evitar que se cayera. Debía comprarle una cunita, al igual que un cochecito y varias cosas más.

Empezó a ordenar la ropita del bebé y la suya propia, y después se acostó junto a su hijo, que estaba despierto mirándolo atentamente.

—Aquí seremos felices, si el idiota de Kagami no quiere forma parte de nuestras vidas, nosotros no vamos a venirnos abajo, saldremos adelante, nunca te faltará de nada, te lo prometo, voy a hacer todo lo posible para que seas feliz.

Y, besándolo y abrazándolo, se quedó dormido, cosa que Daisuke no tardó mucho en seguirlo al mundo de los sueños.

Notas finales:

Gracias por leer este nuevo proyecto, espero que guste :)


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