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Secretus por SomeshitPink

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Notas del fanfic:

Un OS cortito para el primer día de la semana Yoonkook/Kookgi. Con todo el amor del mundo, para mi bonita Brenda y todas las kookgi shippers.

Hubo duda en su corazón. Sus ojos, temerosos por conocer la respuesta, destellaron bajo la luz casi amarilla que cubría ambos cuerpos como si un velo hubiera sido especialmente colocado para la escena. 

 

Min Yoongi temía, por él y por el alma que todos los días le repetía lo indispensable que era. 

 

Entonces, entre las caricias que las largas manos daban sobre su rostro y sus mejillas, su lado más absurdo se atrevió a cuestionar por su lado razonable, queriendo proteger su cordura de errar en las creencias que había adoptado por años. 

 

¿Realmente existía algún ser con el poder de juzgarlos? ¿Alguien que viera el mal en el amor que se profesaban a través de dulces muestras de afecto?

 

Elevó sus ojos, vidriosos por la incertidumbre, al mismo tiempo que una nariz ajena se enterraba sobre la piel de su cuello para aspirar el aroma a vainilla que había quedado impregnado en la pálida dermis del pelinegro.

 

Quiso hallar la respuesta mirando uno de los tantos puntos donde la luz atravesaba los vidrios semi curvos de la cúpula y se rompía en diferentes colores que caían en forma de halos de luz alrededor de ellos y del altar, dibujando círculos casi invisibles —por la distancia entre el suelo y el techo— sobre el mosaico blanco un poco manchado por los restos del incienso que había terminado por consumirse.

 

Era la primera vez que notaba que sobre el techo no había figuras que no fueran flores blancas pintadas y fijas con gesso, naciendo desde el centro hasta llegar al marco de los vitrales donde desaparecían para dar paso. No había rostros que lo hicieran sentir incómodo como tantas otras veces sucedía, solo estaba la calma de los lirios ornamentales y las cientos de pequeñas hojas verdes que nacían de una enredadera, también pintada.

 

La pregunta, esa que no le permitía dar el siguiente paso, se mantuvo rondando en lo más profundo de su mente, hasta que unos suaves labios encontraron el camino de su cuello hasta sus labios, haciéndolo suspirar antes de que ellos llegaran a las dos delgadas líneas que eran sus tímidos belfos —ligeramente rosados— para besar ahí con suavidad, apenas si haciendo presión como si el castaño que lo sostenía temiera que los labios de Yoongi se rompieran.

 

Su mente se adormeció, mimada por el cariño que el más alto brindaba sobre su cuerpo; así ocurrió que la vocecilla molesta, la absurda, comenzó a suavizarse hasta quedar silenciada por una tercera presencia dentro de su cabeza: el sentirse amado despertó la pasión que llevaba exactamente siete días dormida, descansando tras haber sido la creadora del amor que ahí mismo volvía a manifestarse.

 

Sintió la delicadeza con la que los labios de Jeon Jungkook atrapaban a los suyos nuevamente, queriendo fundirse en amor mientras sus manos le decían entre caricias que lo que el más alto sentía por él era capaz de romper cualquier dogma que los quisiera separar. 

 

El pelinegro, completamente hipnotizado por el calor creado entre ambos cuerpos, juró que él haría lo mismo —y más— por Jungkook. 

 

Yoongi entonces fue empujado lentamente sobre el altar del Tiempo Ordinario, sintiendo la suavidad de la seda entre sus dedos; Jungkook, con sumo cuidado, colocó el cuerpo del mayor sobre las telas blancas adornadas con crisantemos verdes bordados, retirando el cáliz para evitar que el mayor se lastimara con él. 

 

El choque del metal contra el mosaico hizo eco entre las paredes y las columnas de mármol aún cuando este había sido colocado sin prisa sobre el suelo; luego los besos y el repetido contacto de sus labios buscándose a tientas siguió el mismo camino sonoro, creando una ilusión húmeda en el templo sagrado. 

 

Que Yoongi mantuviera sus ojos cerrados sólo incrementa las sensaciones captadas por el resto de sus sentidos. Era capaz de identificar las pequeñas sensaciones electrificantes que las manos de Jungkook tenía sobre su cuerpo ansioso por el contacto, también pudo percibir el olor al humo de las velas consumidas mezcladas con la sutil mirra que ellos mismos habían encendido al llegar.

 

Se sentía mareado, embriagado en pasión.

 

Los miércoles solían ser los únicos presentes en el lugar, olvidando su tarea de limpiar el espacio físico para que sus cuerpos recibieran catarsis del duelo y suplicio que significaba haber estado tanto tiempo separados el uno del otro; los minutos parecían horas; las horas, días; y los días, siglos.

 

Así Jungkook terminaba por separarse de los labios de Yoongi solo para centrar su atención en el resto del rostro del mayor, empezando sutilmente por la nariz, ahí donde dejaba un largo beso que provocaba risas a Yoongi. Luego el menor continuaba con sus mejillas hasta que el rubor se esparcía sobre los pálidos pómulos que buscaban el color en las caricias de Jungkook.

 

Luego lentamente comenzaba a descender besando cualquier parte del cuerpo de Yoongi que se le antojara, levantando y quitando prendas por aquí y por allá, tocando, mordiendo y besando atento a todas las expresiones que el rostro —apenado— del mayor le ofrecía. 

 

Yoongi solía mirar con atención y con las sensaciones a flor de piel cómo Jungkook se dedicaba a cuidar su cuerpo; hubo algo que se lo impidió esta vez: aún cuando las expresiones de placer se marcaban, sus ojos no veían a Jungkook. 

 

Su mirada, aún cristalina, no dejaba de admirar la iluminada cúpula sobre ellos.

 

Tal vez desde un inició había visto mal, cegado por las manos expertas de Jungkook, pero el estar recostado en el altar había provocado un ligero cambio en la perspectiva que tenía del espacio redondo construido de mármol que probablemente era el punto más alto de todo el templo.

 

No eran Mártires ni tampoco Santos los que se encontraban ocultos por los lirios y la enredadera donde brotaba cada flor, sino querubines tan diminutos que si no se les prestaba la suficiente atención, jamás serían descubiertos; parecía que las pequeñas divinidades jugaban a esconderse dentro de cada flor. 

 

Jungkook continuó trabajando en relajar y preparar el cuerpo de Yoongi, quien se deshacía en suspiros provocados por las manos y los labios de Jungkook explorando su intimidad. Por primera vez las ilustraciones religiosas no lo intimidaban, sino que la paz era algo que en silencio le brindaban.

 

Los ojos del Espíritu Santo —representado en los pequeños ángeles— miraban hacia el altar donde Yoongi y Jungkook profesaban su amor, pero no los veían a ellos, al menos no juzgando sino observando con benevolencia cómo Yoongi comenzaba a deshacerse entre los dedos del castaño. 

 

Cuando el menor subió nuevamente hasta sus labios y los degustó lentamente, las preguntas e inquietudes volvieron a atormentar la frágilmente de Min Yoongi. Quería concentrarse en las sensaciones que el amor sincero de Jungkook le brindaba, pero no podía. 

 

De nuevo la pregunta, específica e inquietante, se instauró al mismo tiempo que la absurda voz taladraba su corazón llenándolo de duda mientras Jungkook, con sus dulces besos repartidos, le llenaban el alma con confianza. 

 

Finalmente su espíritu se volvió caos cuando ambos sentimientos se encontraron y chocaron por ver quién dominaba a Yoongi; todo al mismo tiempo que Jungkook unía su cuerpo con el del más bajo, con suavidad al inicio y luego con fiereza, provocando que el sonido húmedo que inundaba al templo fuera reemplazado por las vocalizaciones que daba el de piel pálida, sumergido completamente en el placer. 

 

Sabía que las miradas de los querubines no se habían movido, admirando con devoción el acto en el que se estaba consumando el amor que ambos jóvenes tenían, haciendo que sus almas se volvieran una sola. 

 

Yoongi seguía sin entenderlo, ¿cómo podía estar mal algo que lo hacía sentir plenamente feliz? ¿cómo alguien podía juzgar con dureza e injusticia a dos personas que se amaban de manera natural?

 

Las miradas encima de ellos dos continuaban siendo benevolentes, comprensivas y sin rastros de odio o repudio. Entonces quiénes eran los equivocados. ¿Ellos, como una sola alma unificada? ¿Dios? Quizás ellos dos no, estaba seguro que Dios tampoco.

 

Quizás aquellos quienes querían apropiarse de su palabra divina y su poder omnipotente, imponiendo dogmas y reglas absurdas. 

 

Dios estaba a su alrededor representado en su totalidad por simbolismos que alzaban su presencia; pero ni las imágenes religiosas, ni las reliquias les obligaban a parar. ¿Entonces por qué debían ocultar lo que realmente eran?

 

Él y Jungkook se acercaron al final al mismo tiempo que Yoongi entendía que no había nada malo con ellos. Ni el mayor ni Jungkook debían reprenderse por un sentimiento tan sincero como lo era el cariño que se tenían; ellos no eran quienes debían complacer a los demás, sino encontrar su propia paz, a su manera aunque eso no le gustara al resto del mundo. 

 

A Yoongi no le podía dar más igual el resto de los seres pseudo-racionales, porque la única persona que importaba la tenía enfrente de él, atendiendo el placer de su alma.

 

Los que juzgaban era los mismos que debían ser juzgados por actuar con mala fé. 

 

El alma de Yoongi se elevó y se regocijó con alegría al mismo tiempo que ambos cuerpos concluían su unión entre jadeos y respiraciones cansadas. Min cerró sus ojos cuando Jungkook decidió inclinarse hasta su rostro para nuevamente besar cada milímetro de él.

 

Min Yoongi tomó una decisión que cambiaría para siempre la relación que tenía con Jeon Jungkook.

 

—¿Jungkook? —preguntó una vez pudo recuperar la regularidad de su respiración. 

 

Jungkook detuvo los cariños para prestar atención, intrigado por el tono que la suave voz de Yoongi había adquirido de manera repentina.

 

—¿Ocurre algo? —preguntó aún sin saber si quería conocer o no la respuesta al ver que los ojos de Yoongi se llenaban de lágrimas.

 

El mayor no era capaz de encontrar las palabras correctas, porque aunque ya no había duda en su corazón, había un irremediable miedo que solo se disiparía cuando Jungkook escuchara lo que tenía para decir acerca de ellos dos y tomara también una decisión.

 

El castaño llevó sus manos alrededor del cuerpo pequeño de Yoongi, pidiendo en silencio que se incorporara para abrazarlo de manera correcta. Cuando el pelinegro, aún con el cuerpo expuesto al medio ambiente, recargó su barbilla en el hombro de Jungkook; sintió al menor tensarse, sabiendo que ahora el corazón y mente de Jeon era el que tenía duda. 

 

Yoongi sonrió, ocultando su rostro y pegándose tanto al cuerpo del menor que la primera vez que habló Jungkook no fue capaz de escucharlo. Con miedo Jungkook pidió que lo repitiera, separándose para poder observar el rostro sonrojado de Yoongi mientras una tímida sonrisa poco a poco se ensanchaba.

 

—Ya no quiero que esto sea un secreto. 

 

Entonces el alma de Jungkook se vio contagiada de la alegría innata del mayor, dispuesto a gritarle al mundo lo mucho que amaba a Yoongi aún cuando existían quienes se opondrían a su relación.

 

Yoongi vio determinación y brillo en los ojos de Jungkook, sintiendo una cálida sensación en el pecho. 

 

Recordó que el cuarto día Dios creó a las estrellas para iluminar con luz el mundo sumergido en tinieblas. 

Notas finales:

El primer día de la semana cristiana es el domingo, que esas cuentas no les fallen <3


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