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Frontera por TadaHamada

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Notas del capitulo:

Este año empezamos trabajando UwU <333333

Estoy haciendo algunos cambiecillos por ahí, quizá ni lo noten xd

Son sólo correcciones UwUr

—¡Ya llegué! —anunció Puk al entrar en la pequeña casa hecha de block, de una sola planta y que parecía estar en obra negra aún. 

 

Tenía dos habitaciones, una para la madre y una que compartían los hermanos; tenía una pequeña cocina hecha de carrizo con techo de lámina, y un pequeño espacio que la familia usaba como sala-comedor. La mayoría de las casas de ese lugar estaban en esas condiciones o eran hechas de adobe. Algunas eran muy antiguas y prácticamente se caían a pedazos. 

 

Puk cerró la puerta principal, que era de metal y estaba algo oxidada y rechinaba al más mínimo toque. Entró y dejó colgada en un clavo de la pared la mochila que solía llevar al trabajo, donde cargaba el almuerzo que su madre le preparaba todas las mañanas. 

 

El pequeño pasillo que separaba ambos cuartos conectaba hacia el patio trasero, donde estaba el sanitario y el lugar donde doña Susana lavaba a mano y tendía la ropa. Si el tendedero no era suficiente, subía por una escalera de madera al techo, donde tenía otro porque no tenía más espacio para ponerlo abajo. Puk recorrió la pequeña casa en busca de su familia, pero no los encontró. 

 

—¡Ah! ¡Qué menso! Hoy es el festival del día del maestro...— se dio un golpe en la frente con la palma de la mano y se dirigió hacia la entrada de la casa para ir a la escuela secundaria de su hermano. Por el resquicio de la puerta vio la sombra de alguien y asumió que eran ellos, así que fue a abrir —. No manchen, ¿ya se terminó la fies...? — la persona ahí no era ninguno de ellos, ni ninguno de sus amigos — ¿Tú qué haces aquí? — increpó.

 

—Vaya forma de recibir a la gente... —se quejó y miró a Puk de arriba a abajo. Aún vestía el overol color gris azulado que usaban para trabajar, pero ahora se había bajado la parte superior para atárselo a la cintura. Parecía más un mecánico, solo le faltaban las manchas de grasa y una gorra con la visera hacia atrás. Los lentes solo le agregaban un aspecto más intelectual. Este rápido escrutinio puso a Puk nervioso y más a la defensiva si se podía. 

 

—¿Qué quieres? —se cruzó de brazos y lo miró con odio. 

 

—Solamente vine a hablar contigo del trabajo que te ha ofrecido mi padre en la capital... —dijo y Puk alzó una ceja, curioso de saber qué diría —. No puedes aceptar —sentenció. 

 

—¿Y, según tú, por qué no? —preguntó, más picado por la curiosidad. 

 

—Porque no — respondió el más alto —. Yo lo digo —sentenció, previendo que el otro preguntaría. 

 

—¿Qué eres? ¿Un mocoso de cinco años? —increpó, fastidiado — ¿Tú crees que nomás porque tú lo dices yo voy a hacer tu voluntad? Ni que fueras Dios... Mira, "güero", deja de hacerme perder el tiempo, que tengo que irme — se giró solo un poco para poder tomar la manija de la puerta y cerrar. Alan lo empujó hacia adentro y Puk perdió el equilibrio y cayó al suelo de espaldas. Alan cerró la puerta de una patada y de inmediato se lanzó sobre él, comenzando a forcejear, aunque parecía que Puk tenía todas las de perder por su estatura, él empezó a dominar la situación y logró posicionarse sobre Alan, sentándose en su vientre y sujetándole las muñecas a los costados de la cabeza. Puk respiraba agitadamente, igual que su contrincante. Ambos tenían pequeños rasguños que sangraban un poco; se miraron, desafiantes, por un instante. 

 

De repente, Alan comenzó a reírse a carcajadas, dejando extrañado a Puk, quien no aflojó el agarre. 

 

—¡¿De qué putas te ríes, cabrón?! —le gritó. 

 

—No te puedes ir...—soltó, divertido. 

 

—Me estás haciendo encabronar...—advirtió. 

 

Alan se le quedó viendo fijamente, poniéndolo nervioso y haciéndolo aflojar el agarre, instante que Alan aprovechó para liberar sus manos y llevar una de ellas hasta el rostro de Puk. Las gafas de montura plateada no se le habían caído, pero estaban desacomodadas. Alan las acomodó con cierta delicadeza. 

 

Puk se quedó congelado, extrañado por la actitud de su rival, al menos hasta que Alan llevó sus manos hacia la cintura del pelinegro y comenzó a incorporarse, aún con Puk sentado a horcajadas sobre él. Todo fue tan rápido... Puk reaccionó al ver el rostro de Alan tan cerca, pero no fue lo suficientemente rápido como para evadir los labios de éste, que se posaron firmemente sobre los suyos, mientras las manos de Alan parecían querer explorar otros frentes, una colándose por el overol, buscando levantarle la camiseta para tocar su piel, y la otra buscando desatar el overol para colarse hacia los bóxers. 

 

Era lo más surrealista que Puk había vivido, y pensó que sería un sueño... una pesadilla, corrigió... Lo empujó con todas sus fuerzas y se levantó rápidamente, acomodándose la ropa para luego pasarse el antebrazo por los labios, mirando con aversión a Alan, que parecía despertar de un trance. 

 

—¡No te me vuelvas a acercar! —exclamó, furioso. Tenía la cara roja de vergüenza e ira, sobre todo porque Alan sonreía casi con burla. Alan se levantó y se sacudió la ropa con parsimonia, mientras Puk lo miraba, atento a cada movimiento, listo para defenderse. —Lárgate... —masculló Puk. 

 

Alan iba a decir algo cuando oyeron voces tras la puerta y el sonido de la llave en la cerradura. 

 

—Esteban... creí que todavía no llegabas —dijo su madre al entrar, seguida de su hijo menor —. Oh... buenas tardes —saludó al ver a Alan, quien respondió el saludo —. Debes ser amigo de Esteban — dedujo, sonriente —. Mijito, se me hizo tarde, pero nomás falta hacer el arroz —se dirigió ahora a Puk —. Voy a la cocina, con permiso — le sonrió a Alan y entró a la pequeña cocina. 

 

—¿Y bien? —Puk miró con recelo a Alan, quien encogió los hombros. 

 

—Tu madre es muy linda... —sonrió con un dejo de nostalgia — Me voy... —le palmeó el brazo a Puk al pasar por su lado y le revolvió los cabellos a Antonio antes de cruzar el umbral hacia la calle. 

 

—¿Ya se fue tu amigo? — se asomó la madre, intrigada. 

 

—Sí, tenía cosas qué hacer... —mintió Puk. 

 

—Qué lástima... —encogió los hombros — Ándale mijo, ayúdame, ve a la casa de Rosa y te traes la cazuela del mole —se puso el mandil que siempre usaba al cocinar y volvió a internarse en la cocina para salir segundos más tarde —. Toño, tú ve a la panadería, ya ha de estar listo el pastel —le pidió al ver que el otro ya se había ido —. Que no te vea tu hermano... 

 

—Sí, jefa — salió corriendo hacia el centro del pueblo, a unas cuatro cuadras de ahí. 



*-* 



—¡Esteban! —lo llamó Marcela al verlo en su casa, con la enorme cazuela de mole entre sus brazos. 

 

—Chelita —le sonrió a la muchacha. Ella se acercó, apenada, con las manos tras la espalda. 

 

—Feliz cumpleaños... — se acercó y se puso a su lado, de puntitas, para darle un beso en la mejilla. 

 

—Gracias — sonrió, apenado, no tanto por la felicitación, sino por la muestra de cariño de la muchacha. 

 

—Te veo más al ratito, todavía le voy a ayudar a mi mamá a llevar trastes y sillas... —sin esperar respuesta, la jovencita se fue corriendo a su habitación, apenada. Puk sonrió y siguió su camino hacia la puerta. En cuanto cruzó el umbral, vio del otro lado de la calle un auto y supo que era de Alan. Nadie más podía costearse un Audi del año en esa sección del pueblo. No le quiso hacer mucho caso, así que siguió hacia su casa y tuvo que darle golpecitos a la puerta con el pie para que le abrieran. 

 

—Chale, hace calor —se quejó luego de dejar la cazuela en la mesa de la cocina. 

 

—En el refri hay agua fría —le dijo su madre sin dejar lo que hacía. 

 

—Gracias má —fue a sacar la jarra y sirvió dos vasos. Le entregó uno a su madre y bebió el otro casi en un solo trago. 

 

—Mijo, habías de meterte a bañar antes de que lleguen tus amigos... —le aconsejó la mujer, a sabiendas de que Antonio llegaría en poco con el pastel. 

 

—Ta' bueno —respondió y fue a su cuarto a buscar su ropa. 

 

Afuera, mientras tanto, Antonio caminaba a prisa con el pastel entre sus brazos. Estaba contento porque seguro que a Esteban le agradaría la sorpresa. 

 

Hacía años que no celebraban los cumpleaños porque nunca tenían dinero, pero este año les había empezado a ir mejor. El primer cumpleaños era el de Esteban, luego seguía el de doña Susana, en septiembre, y luego el de Antonio, en octubre. Con suerte podrían celebrar los tres. 

 

Dobló en una esquina, ya solo le faltarían dos cuadras y llegaría a su casa. Al cruzar la calle, un auto negro se detuvo frente a él, impidiéndole el paso. Pensó que quizá sería alguien que quería saber alguna dirección, pero al ver bajar el cristal de la ventana del asiento trasero, notó que era el muchacho que había estado en su casa hacía un rato. Antonio no lo conocía. Puk siempre procuraba mantener a su hermano y a su madre ajenos a peleas callejeras. Quería que Antonio estudiara y tuviera mejores oportunidades que él y no quería preocupar a su madre. 

 

—Hola... Hace rato fui a tu casa —mencionó, como si hiciera falta —, y olvidé entregarle su regalo a Esteban... ¿Podrías entregárselo por mi? Tengo algo de prisa...—explicó. Antonio asintió y Alan le entregó una bolsa que contenía una pequeña caja forrada con papel de regalo y un moño de celofán azul. —Gracias, nos vemos —dijo Alan y el chofer puso en marcha el auto antes de que Antonio pudiera decir algo. 

 

—Hasta... luego... —miró el auto alejarse y sujetó la bolsa con el meñique, preocupado de que se le pudiera caer, pero incapaz de acomodarla debido a que no podía soltar el pastel. Siguió su camino a casa y golpeó la puerta con el pie suavemente. 

 

Su madre abrió enseguida y tomó la bolsa del regalo, extrañada. Antonio llevó el pastel al refrigerador y continuó ayudándole a su madre a afinar detalles para la celebración. 

 

A las siete de la tarde la casa estaba llena de gente, entre los amigos de Puk, los vecinos y amigos de Antonio. Puk se sentía algo cohibido, pues desde los ocho años que no celebraba su cumpleaños y se sentía como niño de nuevo. Todos pusieron sus regalos en la mesita de la sala-comedor, dejando espacio suficiente para que cupiera el pastel. Puk al verlo, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se cubrió la cara con las manos y se empezó a reír, nervioso. Cuando se descubrió la cara, su madre ya había encendido las velitas. Él sopló con todas sus fuerzas y todos se echaron a reír cuando las velitas "mágicamente" volvieron a encenderse. 

 

La señora Rosa, Marcela y doña Susana comenzaron a servir la comida, mientras Puk y Antonio servían las bebidas. Después los invitados instaron a Puk a abrir los regalos. Entre ropa, calcetines, un par de zapatillas deportivas, un CD de música del momento, un montón de otras cosas pequeñas pero útiles y una mochila hecha a mano por su madre, Puk atesoró y agradeció cada uno de los presentes. 

 

Más tarde, casi a las once de la noche, cuando se retiraron todos y se despidió de su novia, Puk entró a la casa y su madre le entregó la bolsa con el regalo de Alan. 

 

—Uno de tus amigos se lo entregó a Toño, dijo que tenía prisa o algo así —explicó la mujer de treinta y muchos. 

 

—¿Quién sería? 

 

—Ni idea... y ya vete a dormir, que mañana tienes que madrugar —ordenó maternalmente. 

 

—Buenas noches jefa —le dio un beso en la frente. Él con facilidad le sacaba quince centímetros. 

 

—Buenas noches mijo... que descansen... Puk estaba por entrar a su cuarto cuando recordó algo importante. 

 

—Jefa... ¿Qué diría usté de mudarnos a la capirucha? —ella lo miró, extrañada. 

 

—Uy, mijo... Nosotros los pobres no podemos aspirar a eso... — dijo con tristeza. 

 

—¿Y si le digo que el mes que entra nos vamos? Bueno, si usté está de acuerdo y el Toño también... 

 

—¿Y eso, mijo? —lo miró, ahora con preocupación. 

 

—Del trabajo... el jefe va a abrir otra fábrica allá y quiere que yo sea supervisor. Allá hay departamentos, quizá estén chiquitos, pero nos acomodamos. Igual esta casa está chiquita y ya ve... 

 

—Ay mijo... esa sí que es una buena noticia — lo abrazó —. Vamos a dormir, mañana le platicas a Toño —le palmeó la espalda con cariño. 

 

—Buenas noches má... —Buenas noches mi niño... 



*-*



Puk se recostó en su cama. Antonio dormía ya. Siempre le ganaba el sueño temprano. Abrió la bolsa y sacó la caja. Rompió el papel, cuidando de no hacer mucho ruido para no despertar a su hermano. Entre el papel y la caja había una nota, pero no la leyó por la falta de luz en la habitación y porque no quería encenderla y despertar a su hermano. 

 

La dejó sobre la mesita de noche que estaba entre las dos camas y abrió la caja, encontrándose dentro de ella un teléfono celular, de modelo reciente, color negro. ¿Quién le habría regalado algo tan caro? Pensó que quizá sus amigos cooperaron y entre todos lo compraron, pero... su mamá le había dicho que alguien se lo entregó a Toño... Pero si mal no recordaba, ninguno de sus amigos faltó a la fiesta... Ya le preguntaría al amanecer, resolvió. 

 

Pero el teléfono comenzó a vibrar por una llamada entrante. Miró largamente el teléfono, que ponía un número que no conocía, esperando a que dejara de vibrar, pero no lo hizo durante un largo rato. Sintió alivio cuando la pantalla se apagó, pero dio un respingo al sentir el teléfono vibrar de nueva cuenta en su mano. 

 

Se levantó de la cama con cuidado de no hacer mucho ruido y fue hasta el pequeño patio trasero. Inhaló y exhaló profundamente antes de presionar el botón verde para contestar. 

 

—¿Bueno? — soltó en voz baja, con extrañeza. 

 

Así que aceptas mi regalo... —oyó aquella voz que se le antojó familiar, pero no dio con quién sería. 

 

—¿Quién eres? — preguntó, desconfiado. 

 

Vaya... así que no tienes idea... —murmuró aquella persona, exasperando a Puk. 

 

—Mira, me vale madres quién eres y ahorita mismo voy a echar a la basura esto —amenazó y estaba por colgar, pero el otro habló. Puk sentía insana curiosidad y no pudo colgar. 

 

Como tú quieras... Solo me pareció que sería útil para encontrarte siempre... Y para que si necesitas algo me lo digas... 

 

Puk se quedó en silencio, asimilando todo. 

 

—Mira... "güero"...— suspiró cansinamente — Yo no sé qué chingaos te pasa, pero a mí no me metas en tus... cosas raras... ¿O me vas a decir que yo te gusto? Si lo que quieres es jugar, búscate a otro. Yo no le hago a esas mariconadas —sentenció duramente y colgó. 

 

Le enojaba que Alan se estuviera burlando así de él. No entendía por qué había hecho eso, si se suponía que lo odiaba. Tantos problemas que le había causado, al punto de que pronto tendría que mudarse lejos, aunque fuera para bien... 

 

Y ahora venía y le decía que no podía irse... y lo besaba e intentaba... ¿propasarse? Pensar en esa palabra le hacía sentir ridículo, como si él fuera una jovencita indefensa... 

 

Refunfuñó de camino hacia su habitación y apagó el teléfono, por si a Alan se le ocurría volver a llamar. Le devolvería el aparato y le dejaría más que claro que nadie le hacía pasar ese tipo de vergüenzas y vivía para contarlo. 

 

Dejó el celular en la mesita de noche y se cubrió con una sábana. Al poco tiempo se quedó profundamente dormido. 

 

Al amanecer escuchó su despertador y lo apagó para luego sentarse perezosamente en la cama. Bostezó y se obligó a ponerse en pie. Tenía que salir en dos horas a su trabajo y, aunque no quedaba lejos, primero tenía que ir al molino por la masa para que su madre le hiciera el desayuno y el almuerzo, luego debía alistarse e ir a dejar a su hermano a la secundaria antes de las 7, volver, desayunar e irse veinte minutos antes de las 8. 

 

—¡Esteban! — oyó que lo llamaron cuando estaba a punto de cruzar la calle hacia el molino, donde una larga fila avanzaba con lentitud. 

 

—Chelita — le sonrió a la jovencita y ella llegó hasta él. Él le dio un beso en la mejilla, haciéndola sonrojar —. ¿Qué haces tan temprano acá? — le tomó la mano para cruzar la calle. 

 

—Estaba en la tienda de doña Lety cuando te vi pasar...— encogió los hombros. 

 

—Bueno, si no tienes prisa, te puedes quedar conmigo en la fila... —le acarició la mejilla. Él era el único con quien ella no se sentía amenazada. 

 

—Sí —le rodeó el torso con sus brazos, pegándose a él por el costado. Él la abrazó y se mantuvo así durante todo el rato que duraron esperando, mientras platicaban de algunas cosas. Puk no le mencionaría aún que se mudaría, pues necesitaría hablarlo más tranquilamente con ella. Ya lo haría al volver del trabajo. ¿Tendrían que terminar su relación? ¿O podrían mantenerla a la distancia? Quería saber qué pensaba ella... No podía llevársela porque aún eran ambos menores de edad y tampoco quería quitársela a doña Rosa. Volvieron tomados de la mano. Ella le contaba sobre la ilusión que le hacía entrar a la preparatoria local en agosto y sobre todo acerca de la carrera técnica que elegiría. 

 

—Pero esa carrera no es muy... para mujeres, ¿no? 

 

—A ver, dime, ¿por qué una mujer no puede ser mecánico? — preguntó, algo indignada. 

 

—Bueno, es que... sería raro... Además, las mujeres no tienen tanta fuerza — resolvió Puk. 

 

—Pero tenemos inteligencia... 

 

—Y con inteligencia vas a cargar las cosas... —entornó los ojos. 

 

—Pues inventaré algo para hacerlo, ¡hm! —le dio un suave golpe con el puño en el brazo. 

 

—Ok, ok... —se rió — Yo te lo digo porque te quiero, pero no creo que esa carrera sea para ti. No porque piense que no puedas, estoy seguro de que te las vas a ingeniar así como eres de terca... sino porque sé que los demás no te van a dejar en paz. En esas carreras siempre los grupos son de puros hombres... 

 

—Pues ya lo dijiste, soy una terca y mientras más me digan que no puedo, más lo voy a intentar y le voy a demostrar a todos que puedo —volteó el rostro, fingiéndose enojada. Puk se rió de nuevo y se inclinó para besarle la mejilla. 

 

—Si tu quieres, yo te apoyo...—le acarició la cabeza. 

 

—Más te vale, ¿eh? — se rió y siguieron caminando. Puk la acompañó hasta su casa y volvió a la propia. 

 

El resto de la mañana estaba pasando tranquilamente. 

 

—Ya me voy, jefa —se acercó a doña Susana y ella le entregó la mochila, donde ya había puesto el almuerzo. 

 

—Cuídate mucho, que te vaya bien, mijo — lo persignó, como todos los días. 

 

—Usté también —le dio un beso en la frente y salió de la casa. Caminó, a paso rápido. La armadora estaba a un par de kilómetros, casi a las afueras del pueblo. El camino era de terracería, con algunos árboles que daban algo de sombra. 

 

Quizá se encontraría con alguno de sus amigos o compañeros en el camino. Podía ver a lo lejos, casi llegando a la armadora, a un pequeño grupo. Iba pensando en cómo sería la vida cuando se fueran a la capital. Quizá ahí su madre podría hacerse los análisis que necesitaba para saber qué tenía que la hacía enfermar con tanta frecuencia. También su hermano podría en un futuro ir a la Universidad, encontrar un buen trabajo... Quizá, si Marcela decidía que la relación siguiera, podría irse para allá, con él cuando cumpliera dieciocho. 

 

Oyó un claxon y volteó a ver a su costado izquierdo. Era el Audi de Alan y Alan mismo lo conducía. Puk entornó los ojos y siguió caminando. 

 

—Esteban... — Alan abrió la puerta y bajó —. Tengo que hablar contigo. 

 

—Y yo tengo que ir a trabajar. Algunos tenemos que hacerlo para vivir, ¿sabes? — dijo, irónico. 

 

—Solo unos minutos. Y si es por la distancia, yo te llevo a la entrada...—ofreció. No era que Puk tuviera pereza o que faltara muy poco tiempo para entrar. Aún quedaban 15 minutos y llegaría en menos de diez. Pero tenía que entregarle el teléfono, comportarse como su madre le había enseñado y agradecerle el gesto. 

 

—Ta' bueno... dime — se giró. 

 

—Aquí no... Sube —entró al auto. Puk exhaló y abrió la puerta del copiloto. Entró, algo desconfiado y cerró la puerta. Alan echó a andar el auto en reversa y tomó un pequeño camino que llevaba hacia una zona desierta a unos kilómetros. Tardaron menos de cinco minutos en llegar y Alan estacionó, bajó del auto y Puk lo imitó. Alan se recargó en el frente de su auto y miró a Puk, que estaba a un par de metros de él, mirando distraídamente alrededor, con las manos en los bolsillos. Así permanecieron un par de minutos hasta que Puk se giró. 

 

—¿Vas a hablar o no? —Miró su reloj de pulso. 

 

—Sí... —suspiró — No te puedes ir... 

 

—¿Otra vez la misma canción? — inquirió, exasperado. 

 

—No quiero que te vayas... 

 

—Esto no es de que tú quieras o no... O más bien, ¡ya deberías de saber que esto es tu culpa! Además, ni creas que voy a cambiar de opinión. Esta es la mejor oportunidad que he tenido en toda la vida y no la voy a desaprovechar nada más porque tú tienes un capricho —se cruzó de brazos. 

 

—¿Qué puedo hacer? ¡Dímelo y lo haré! —soltó con aflicción. 

 

—En primer lugar, ¿por qué carajos te interesa tanto? ¿No estás a gusto si no tienes a quién acusar con tu papi? Te informo que no soy el único que te detesta, solo soy de los pocos que te lo dicen en tu jeta —se acercó, mirándolo con reproche. 

 

—¿No lo has entendido? 

 

—¿Sabes qué? Te voy a decir qué puedes hacer: Dame un millón de pesos. Es la única manera de que me quede en este lugar sin futuro... ¡Ándale!... ¡ve corriendo a pedírselos a tu papi porque es el único modo en que puedo quedarme! 

 

Se instaló el silencio un momento, hasta que Alan empezó a reírse suavemente. 

 

—Así que esa es la solución... —se incorporó y se acercó a Puk hasta quedar frente a frente — No te preocupes, yo no necesito que mi padre me dé el dinero, yo lo tengo —sentenció —. Todas las veces que mi padre te ha reprendido no han sido porque yo me queje con él. Él siempre tiene quién le informe de lo que hago y le molesta que alguien me fastidie. Aún no supera que ya crecí — le puso ambas manos sobre los hombros, pesadamente. Puk lo apartó de un empujón. Recién notó el olor a alcohol en el aliento de Alan, quien solo sonrió, altanero. —Si es lo que quieres... ¿dinero?... te lo voy a dar... — quiso sujetarle el rostro con una mano, pero Puk le apartó la mano con rudeza — Deberías estar agradecido de que alguien como yo te ponga algo de atención. 

 

—¡¿Agradecido?! ¡Agradecido deberías estar tú de que no te he partido la cara! Y, ¿sabes qué? No esperaba menos de ti. ¿Crees que puedes ir por la vida comprando a las personas? Quizá muchos se venderían, pero yo no soy de esos... Y no sabes cuánta lástima me das, porque nunca en la vida vas a tener junto a ti a personas que te quieran de verdad por lo que eres y no por lo que tienes... — Alan se le quedó viendo, furioso — Y, ¿sabes qué más? No te molestes en llevarme de vuelta —comenzó a caminar a paso rápido, no por la urgencia de llegar al trabajo, sino por el coraje que sentía en ese momento. 

 

Alan lo siguió con la mirada y se reprendió mentalmente. Había echado a perder todo, ahora sí, irremediablemente, pensó. Sin embargo, sintió un poco de alivio al verlo detenerse y volver. 

 

—Se me olvidó... —habló Puk y buscó en su bolsillo del overol —. No lo quiero... gracias de todos modos —dijo a regañadientes, extendiendo el brazo para entregarle el teléfono —. Te dejo la caja mañana con la secretaria de tu papá. 

 

Alan supo que esa era su última oportunidad, pero... ¿qué debía hacer? Siempre había tenido lo que había querido, aún sin pedirlo. Era la primera vez que algo que realmente quería se le negaba.

 

Había aceptado que Puk despertaba en él algo más que la emoción de enfrentarse a alguien, que la sensación que tenía al verlo no era simplemente la adrenalina de un enfrentamiento inminente. Él lo definía como "una necesidad de tener a alguien con quien experimentar emociones fuertes", pero con el tiempo la definición cayó en "demasiado interés insano por alguien que no es mi amigo" y luego a "creo que me sucede algo raro porque no puedo vivir un solo día sin verlo", para finalmente definirse el día que supo que no lo vería más en un "estoy enamorado de él". 

 

Y estaba desesperado, porque desde que supo, o más bien admitió, que estaba enamorado, no podía pensar con claridad ni hacer las cosas bien como para acercarse a Puk amistosamente. Y menos ahora que Puk se iba lejos y él tenía que quedarse a cargo de la armadora. 

 

Su padre jamás le permitiría hacerse cargo de la sucursal de la capital debido a su inexperiencia. ¿Qué podía hacer? A lo largo de su vida solo había aprendido lo que la opulencia le había enseñado: a tener lo que quisiera, cuando lo quisiera. El costo era lo de menos. 

 

Su madre... ojalá estuviera con vida para confiarle aquel secreto que sentía que a su padre no podía decirle, por miedo a decepcionarlo. Su madre podría ser buena consejera, sensible, sabría qué hacer... De ella solo tenía fotografías y un par de historias que su padre hacía años le contó sobre que ella fue una gran mujer, pero el señor Diego no hablaba demasiado de ello porque a su actual esposa le molestaba el tema. 

 

¿Cómo podía conseguir siquiera que Puk entendiera lo que le pasaba? Trataba de decir algo, pero las palabras no fluían, se atoraban en su garganta mientras Puk estaba ahí, frente a él... 

 

—¿Podrías agarrarlo para que me pueda ir? —Soltó, exasperado. Alan llevó su mano hacia la de Puk, para tomar el teléfono... Un regalo ostentoso que no había logrado comprar siquiera un mínimo de confianza... 

 

Posó su mano sobre el teléfono y apretó la mano de Puk. Quería decirle un "consérvalo, no te molestaré más, puedes hacer lo que quieras con él", pero en su lugar, siguió su instinto más básico y tiró de la mano del más bajo y lo pegó contra sí para luego besarlo a fuerzas mientras Puk trataba de zafarse en vano. 

 

Alan era más fuerte, cosa que a Puk le costaba admitir, pero no por ello dejó de intentar librarse. Fueron solo segundos, eternos segundos para Puk, hasta que resolvió que si no se podía zafar, tendría que recurrir a algo más. 

 

Alan soltó a Puk de repente y escupió hacia un lado un poco de sangre. Se llevó la mano a la boca para tocar la herida que tenía y sonrió. 

 

—¡Vuelve a hacer eso y la próxima vez no te va a sangrar la jeta nomás! —gritó Puk, escupió hacia los pies de Alan sangre ajena, y se dio media vuelta. Al pasar junto a la ventana del copiloto, arrojó dentro el teléfono y siguió caminando con rapidez, más molesto que antes. Alan se quedó ahí, mirándolo, hasta que lo perdió de vista. 

 

Cuando supo que ya no volvería, se acercó a la puerta de su auto y golpeó con furia el techo, haciéndole una abolladura. Abrió la puerta y entró, respirando hondo para calmarse, pero no lo consiguió y golpeó el volante con mucha fuerza. 

 

—¡Eres un estúpido Alan! ¡Lo arruinaste! —se gritó a sí mismo y se reclinó sobre el volante durante largo rato.

 

Notas finales:

Gracias por leer ;3 <3333333333333


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