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Error mágico por lizergchan

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Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.

Parejas: RusiaxMexico, FranxUk, PruxAus, EspxRoma, UkxFran, y HarryxDraco insinuación de AmexMex y SnapexUk

Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, humor, Lemon, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.

Beta: Usarechan.

 

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

 

Error mágico

 

 

Capítulo 12- El heredero parte III

 

 

 

Cuando faltaba poco para las once, el colegio en entero empezó a dirigirse hacia el estadio de quidditch. Hacía un día bochornoso que amenazaba tormenta. Cuando Harry iba hacia los vestuarios, Ron, Antonio y Hermione se acercaron corriendo a desearle buena suerte. Los jugadores se vistieron las túnicas rojas de Gryffindor y luego se sentaron a recibir la habitual inyección de ánimo que Wood les daba antes de cada partido.

 

 

Cuando salieron al campo, fueron recibidos con gran estruendo; eran sobre todo aclamaciones de Hufflepuff y de Ravenclaw, cuyos miembros y seguidores estaban deseosos de ver derrotado al equipo de Slytherin, aunque la afición de Slytherin también hizo oír sus abucheos y silbidos. La señora Hooch, que era la profesora de quidditch, hizo que Flint y Wood se dieran la mano, y los dos contrincantes aprovecharon para dirigirse miradas desafiantes y apretar bastante más de lo necesario.

 

 

—Cuando toque el silbato —dijo la señora Hooch—: tres... dos... uno...

 

 

 

En las gradas de los Slytherin; los países observaban el partido animando al equipo de su casa, aunque también le daban ánimos a Harry. Francis y Gilbert estaban sentados en la última fila; buscaban a José con la mirada pero el moreno simplemente no parecía estar entre la multitud y por como Natasha actuaba, parecía que tampoco localizaba a su hermano.

 

 

—¿Crees que esos dos estén juntos? —cuestionó Gilbert.

—Seguramente se están demostrando su amour —dijo Francia poniendo cara de pervertido y no se equivocaba, Rusia y México estaban encerrados en su habitación disfrutando de sus cuerpos.

 

 

Animados por el bramido de la multitud que les apoyaba, los catorce jugadores se elevaron hacia el cielo plomizo. Harry ascendió más que ningún otro, agudizando la vista en busca de la snitch.

—¿Todo bien por ahí, cara rajada? —le gritó Malfoy, saliendo disparado por debajo de él para demostrarle la velocidad de su escoba.

 

Harry no tuvo tiempo de replicar. En aquel preciso instante iba hacia él una bludger negra y pesada; faltó tan poco para que le golpeara, que al pasar le despeinó.

—¡Por qué poco, Harry! —le dijo George, pasando por su lado como un relámpago, con el bate en la mano, listo para devolver la bludger contra Slytherin.

 

Harry vio que George daba un fuerte golpe a la bludger dirigiéndola hacia Adrian Pucey, pero la bludger cambió de dirección en medio del aire y se fue directa, otra vez, contra Harry.

 

Harry descendió rápidamente para evitarla, y George logró golpearla fuerte contra Malfoy. Una vez más, la bludger viró bruscamente como si fuera un bumerán y se encaminó como una bala hacia la cabeza de Harry.

 

Harry aumentó la velocidad y salió zumbando hacia el otro extremo del campo. Oía a la bludger silbar a su lado. ¿Qué ocurría? Las bludger nunca actuaban de aquella manera contra un único jugador, su misión era derribar a todo el que pudieran... Fred Weasley aguardaba en el otro extremo. Harry se agachó para que Fred golpeara la bludger con todas sus fuerzas.

 

—¡Ya está! —gritó Fred contento, pero se equivocaba: como si fuera atraída magnéticamente por Harry, la bludger volvió a perseguirlo y Harry se vio obligado a alejarse a toda velocidad.

 

Había empezado a llover. Harry notaba las gruesas gotas en la cara, que chocaban contra los cristales de las gafas. No tuvo ni idea de lo que pasaba con los otros jugadores hasta que oyó la voz de Lee Jordan, que era el comentarista, diciendo:

 

“Slytherin en cabeza por seis a cero.”

 

 

Estaba claro que la superioridad de las escobas de Slytherin daba sus resultados, y mientras tanto, la bludger loca hacía todo lo que podía para derribar a Harry. Fred y George se acercaban tanto a él, uno a cada lado, que Harry no podía ver otra cosa que sus brazos, que se agitaban sin cesar, y le resultaba imposible buscar la snitch, y no digamos atraparla.

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

No todos los alumnos estaban viendo el partido. Rusia estaba sentado en su cama frente a él se encontraba José tenía unas graciosas orejitas, garras de panda como los que se usan en un cosplay, aparte de eso, la única prenda que usaba era un calzoncillo negro que le ajustaba como una segunda piel.

 

—¿El señor panda quiere comer su bambú, da? —preguntó Iván abriendo las piernas, estaba completamente desnudo. Su miembro se erguía ansioso. José sonrió, se puso en cuatro, como si fuese un animal.

 

México se posicionó entre las piernas del ruso, se lamió los labios con gula.

 

—Buen provecho —dijo y se metió de lleno el pene de Rusia, arrancándole gemidos de placer.

 

México lamía desde la base hasta la punta, de vez en cuando entreteniéndose con los testículos. En un momento, Rusia lo separó bruscamente, arrojándolo contra la cama, haciendo que el pecho del moreno se apoyara sobre el colchón y sus piernas tocaran el suelo, dejando su trasero expuesto a los deseos del euroasiático.

 

—México es hermoso, da —tomó la tubería que descansaba en la cama y la introdujo por el ano del moreno que gemía, mitad dolor, mitad placer.

 

Era una excitante tortura para José que gozaba con la brutalidad de su amante como ninguno.

 

Cuando Rusia creyó que ya estaba lo suficientemente dilatado, sacó el tubo y lo penetró lenta, pero firmemente hasta llenarlo por completo. José soltó un grito de placer; sus ojos estaban cristalinos a causa del éxtasis y un hilillo de saliva salía por la comisura de sus labios pues era incapaz de pasarla.

 

Rusia salió de México y entró con más fuerza, produciendo otro gemido. Y de nuevo, y de nuevo. Iván entraba y salía del cuerpo de su amante en excitante agonía, adoraba los sonidos que hacía José cuando hacían el amor, eran tan eróticos, la sola idea de tener a José únicamente para él, sólo servía para hacer que Rusia aumentara su propia excitación.

José se estremecía de placer, Iván entraba y salía de su cuerpo en loco frenesí, como queriendo partirlo en dos y eso provocaba que los sentidos del mexicano se exacerbaran.

 

 

No podría aguantar mucho tiempo, era demasiado para soportarlo, manos hábiles paseaban por todo su cuerpo, llenándolo de sensaciones enloquecedoras, haciendo que pudiera tocar las estrellas con cada embestida.

 

José no podía contener los sonidos que salían de su garganta, en su deliciosa agonía tomó un puñado de las sábanas y lo puso en su boca, temeroso de que alguien pudiera entrar, alertado por el ruido.

 

—No… quiero escucharte… di mi nombre… —le ordenó Rusia sacándole la tela de la boca, inmediatamente, José empezó a gritar el nombre de su amante, con deseo, excitación y anhelo.

—Ahhh… Iván… —México gemía trémulo. Sus mejillas estaban húmedas por el sudor y las lágrimas que corrían libres de sus ojos a causa del delirio que lo dominaba.

 

Rusia estaba cerca, muy cerca, así que tomó el sexo de José con su mano aun más fuertemente y siguió estimulándolo diestramente. Eso fue todo lo que ambos pudieron soportar.

 

José gritó el nombre de su amante mientras gozaba, su mente delirando en un mar de éxtasis.

 

Los cuerpos desnudos cubiertos por el sudor. El ambiente estaba viciado por el olor a sexo.

 

José gritaba, gemía y gimoteaba con cada embestida en su cuerpo, llevando al mexicano hasta el mismo límite del dolor y el placer, de la absoluta y sublime locura.

 

—¡Ah! — nuevamente José gozó, pero esta vez sintió cómo su interior era llenado con la abundante semilla del ruso que gozaba dentro de su cuerpo, deslizando aquel tibio líquido blanco por entre sus piernas y entre las manos de Rusia.

 

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

 

La lluvia volvió a arreciar. Al toque del silbato de la señora Hooch, Harry dio una patada en el suelo que lo propulsó por los aires, y enseguida oyó tras él el zumbido de la bludger. Harry ascendió más y más. Giraba, daba vueltas, se trasladaba en espiral, en zigzag. Ligeramente mareado, mantenía sin embargo los ojos completamente abiertos. La lluvia le empañaba los cristales de las gafas y se le metió por la nariz cuando se puso boca abajo para evitar otra violenta acometida de la bludger. Podía oír las risas de la multitud; sabía que debía de parecer idiota.

 

Inició un vuelo a lo montaña rusa por los bordes del campo, intentando vislumbrar a través de la plateada cortina de lluvia los postes de Gryffindor, donde Adrian Pucey intentaba pasar a Wood.

 

Un silbido en el oído indicó a Harry que la bludger había vuelto a pasarle rozando.

Dio media vuelta y voló en la dirección opuesta.

 

 

—¿Haciendo prácticas de ballet, Potter? —le gritó Malfoy, cuando Harry se vio obligado a hacer una ridícula floritura en el aire para evitar la bludger. Harry escapó, pero la bludger lo seguía a un metro de distancia. Y en el momento en que dirigió a Malfoy una mirada de odio, vio la snitch dorada. Volaba a tan sólo unos centímetros por encima de la oreja izquierda de Malfoy... pero Malfoy, que estaba muy ocupado riéndose de Harry, no la había visto.

 

Durante un angustioso instante, Harry permaneció suspendido en el aire, sin atreverse a dirigirse hacia Malfoy a toda velocidad, para que éste no mirase hacia arriba y descubriera la snitch.

 

¡PLAM!

 

Se había quedado quieto un segundo de más. La bludger lo alcanzó por fin, le golpeó en el codo, y Harry sintió que le había roto el brazo. Débil, aturdido por el punzante dolor del brazo, desmontó a medias de la escoba empapada por la lluvia, manteniendo una rodilla todavía doblada sobre ella y su brazo derecho colgando inerte.

 

La bludger volvió para atacarle de nuevo, y esta vez se dirigía directa a su cara. Harry cambió bruscamente de dirección, con una idea fija en su mente aturdida: tomar a Malfoy. Ofuscado por la lluvia y el dolor, se dirigió hacia aquella cara de expresión desdeñosa, y vio que Malfoy abría los ojos aterrorizado: pensaba que Harry lo estaba atacando.

 

—¿Qué...? —exclamó en un grito ahogado, apartándose del rumbo de Harry.

 

Harry se soltó finalmente de la escoba e hizo un esfuerzo para tomar algo; sintió que sus dedos se cerraban en torno a la fría snitch, pero sólo se sujetaba a la escoba con las piernas, y la multitud, abajo, profirió gritos cuando Harry empezó a caer, intentando no perder el conocimiento.

 

Con un golpe seco chocó contra el barro y salió rodando, ya sin la escoba. El brazo le colgaba en un ángulo muy extraño. Sintiéndose morir de dolor, oyó, como si le llegaran de muy lejos, muchos silbidos y gritos. Miró la snitch que tenía en su mano buena.

 

 

—Ajá —dijo sin fuerzas—, hemos ganado —y se desmayó.

 

 

Cuando volvió en sí, todavía estaba tendido en el campo de juego, con la lluvia cayéndole en la cara. Alguien se inclinaba sobre él. Vio brillar unos dientes.

 

 

—¡Oh, no, usted no! —gimió.

—No sabe lo que dice —explicó Lockhart en voz alta a la expectante multitud de Gryffindor que se agolpaba alrededor—. Que nadie se preocupe: voy a inmovilizarle el brazo.

—¡No! —dijo Harry—, me gusta como está, gracias.

 

Intentó sentarse, pero el dolor era terrible. Oyó cerca un ¡clic! Que le resultó familiar.

 

—No quiero que tomes fotos, Colin —dijo alzando la voz.

—Vuelve a tenderte, Harry —dijo Lockhart, tranquilizador—. No es más que un sencillo hechizo que he empleado incontables veces.

—¿Por qué no me envían a la enfermería? —masculló Harry adolorido.

—Así debería hacerse, profesor —dijo Wood, lleno de barro y sin poder evitar sonreír aun cuando su buscador estaba herido—. Fabulosa jugada, Harry, realmente espectacular, la mejor que hayas hecho nunca, yo diría.

 

Por entre la selva de piernas que le rodeaba, Harry vio a Fred y George Weasley forcejeando para meter la bludger loca en una caja. Todavía se resistía.

 

 

—Apártense —dijo Lockhart, arremangándose la túnica.

—No... ¡no! —dijo Harry débilmente, pero Lockhart estaba revoleando su varita, y un instante después la apuntó hacia el brazo de Harry.

 

 

Harry notó una sensación extraña y desagradable que se le extendía desde el hombro hasta las yemas de los dedos. Sentía como si el brazo se le desinflara, pero no se atrevía a mirar qué sucedía. Había cerrado los ojos y vuelto la cara hacia el otro lado, pero vio confirmarse sus más oscuros temores cuando la gente que había alrededor ahogó un grito y Colin Creevey empezó a sacar fotos como loco. El brazo ya no le dolía, pero tampoco le daba la sensación de que fuera un brazo.

 

—¡Ah! —dijo Lockhart—. Sí, bueno, algunas veces ocurre esto. Pero el caso es que los huesos ya no están rotos. Eso es lo que importa. Así que, Harry, ahora debes ir a la enfermería. Ah, señor Weasley, señor Fernández, ¿pueden ayudarlo? La señora Pomfrey podrá... esto... arreglarlo un poco.

 

 

Al ponerse en pie, Harry se sintió extrañamente asimétrico. Armándose de valor, miró hacia su lado derecho. Lo que vio casi le hace volver a desmayarse.

 

Por el extremo de la manga de la túnica asomaba lo que parecía un grueso guante de goma de color carne. Intentó mover los dedos. No le respondieron. Lockhart no le había recompuesto los huesos: ¡se los había quitado!

 

 

Antonio y Ron llevaron a Harry a la enfermería con ayuda de Francis, Alfred y Gilbert, Hermione y Elizabeta también fueron con ellos. En el camino se toparon con Iván y José, éste último caminaba algo gracioso pero ninguno de los integrantes de del Bad trio quisieron preguntar y cuando Ron y Alfred iban a preguntar, les cubrieron la boca (ninguno quería volver a ver la “furia azteca”). Hungría puso cara de pervertida, murmurando palabras que nadie llegó a comprender, mientras que Hermione tan sólo se sonrojó, imaginando lo que había sucedido entre esos dos.

 

 

Cuando llegaron a la enfermería, a la señora Pomfrey no le hizo gracia ver el estado de Harry.

 

—¡Debieron haber venido enseguida aquí! —dijo hecha una furia y levantando el triste y mohíno despojo de lo que, media hora antes, había sido un brazo en perfecto estado —. Puedo recomponer los huesos en un segundo..., pero hacerlos crecer de nuevo...

—Pero podrá, ¿no? —dijo Harry, desesperado.

—Desde luego que podré, pero será doloroso —dijo en tono grave la señora Pomfrey, dando un pijama a Harry—. Tendrás que pasar aquí la noche.

 

Hermione y Elizabeta, junto con el Bad cuarteto, Iván y Alfred aguardaron al otro lado de la cortina que rodeaba la cama de Harry mientras Ron lo ayudaba a vestirse. Les llevó un buen rato embutir en la manga el brazo sin huesos, que parecía de goma.

 

—¿Te atreves ahora a defender a Lockhart, Hermione? —le dijo Ron a través de la cortina mientras hacía pasar los dedos inanimados de Harry por el puño de la manga—.

Si Harry hubiera querido que lo deshuesaran, lo habría pedido.

—Cualquiera puede cometer un error —dijo Hermione—. Y ya no duele, ¿verdad, Harry?

—No —respondió Harry—, ni duele ni sirve para nada. —Al echarse en la cama, el brazo se balanceó sin gobierno.

—Pero debes admitir, Hermione, que el profe es igual de atarantado que Arthur con eso de la magia —comentó José.

—¡Oye! —se quejó Francis mirando al mexicano indignado pero no dijo más por el miedo que le causaba el aura oscura del ruso.

—Pero ese hechizo es interesante —dijo Iván con su tono infantil —. Sería divertido practicarlo con Alfred, kolkolkol —el tono serio que usó, fue suficiente para asustar, incluso a la señora Pomfrey y excitar a José que trataba de controlarse para no saltarle encima y hacerle el amor en ese momento.

—¡Hahahaha!, ¡jamás podrás hacerle eso al héroe! —gritó América siendo amonestado por la mujer.

 

 

La señora Pomfrey corrió la cortina, tenía una botella grande en cuya etiqueta decía “Crecehuesos”.

 

—Vas a pasar una mala noche —dijo ella, vertiendo un líquido humeante en un vaso y entregándoselo—. Hacer que los huesos vuelvan a crecer es bastante desagradable.

 

Lo horrible fue tomar el crecehuesos. Al pasar, le abrasaba la boca y la garganta, haciéndole toser y resoplar. Sin dejar de criticar los deportes peligrosos y a los profesores ineptos, la señora Pomfrey se retiró, dejando que ellos ayudaran a Harry a beber un poco de agua.

 

—¡Pero hemos ganado! —le dijo Ron, sonriendo tímidamente—. Todo gracias a tu jugada. ¡Y la cara que ha puesto Malfoy!... ¡Parecía que te quería matar!

—Me gustaría saber cómo trucó la bludger —dijo Hermione intrigada.

—Tal vez no fue él —comentó México ganándose la mirada incrédula de los Gryffindor, de Francis y Gilbert.

—¡Claro que sí! —exclamó Ron —, desde siempre, Malfoy ha sido enemigo de Harry.

—Yo sólo digo que las apariencias engañan —dijo José cruzándose de brazos —. Mira a Alfred, por ejemplo, parece un idiota, gritón, le tiene miedo a los fantasmas, es ególatra, con complejo de héroe...

—¡Soy un héroe! —lo interrumpió.

—Pero… en el fondo, muuuuuuuuy en el fondo, es inteligente, serio y tal vez, aún más en profundo, se preocupa por los demás.

—Me preocupo por ti —chilló ocasionando que Rusia lo quisiera asesinar en ese momento.

—Aja, si, como digas —dijo restándole importancia al asunto.

José e Iván deben irse, da —el mexicano sonrió, seguramente sería otra sesión de sexo salvaje, por suerte Tlilmi le había encontrado un buen lugar para que pudiese desfogarse con su ruso.

 

 

Antes de irse, México rebuscó entre su túnica y sacó una bolsa mediana, repleta de dulces tradicionales de su casa.

 

—Para el mal sabor de boca.

 

Esperaron un par de minutos antes de retomar la conversación que tenían pendiente.

 

—Creo que no podremos contar con ellos —comentó Antonio visiblemente enojado por la relación de su hijo con Iván.

—No comprendo nada —dijo Ron revolviéndose el cabello.

—Creo que esos dos se han hecho amigos de Malfoy —comentó Hermione sin poder creer lo que ella misma decía.

—Podemos añadir esto a la lista de preguntas que le haremos después de tomar la poción multijugos —dijo Harry acomodándose en las almohadas—. Espero que sepa mejor que esta bazofia...

—¿Con cosas de gente de Slytherin dentro? Estás de bromeando —observó Ron.

—¡Oye! —se quejaron Francis y Gilbert.

—¡Sería un honor comer algo de alguien tan awesome como yo!, kesesese.

 

En aquel momento, se abrió de golpe la puerta de la enfermería. Los demás jugadores del equipo de Gryffindor, entraron para ver a Harry, estaban sucios y empapados.

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

Horas después, Harry despertó sobresaltado en una total oscuridad, dando un breve grito de dolor: sentía como si tuviera el brazo lleno de grandes astillas. Por un instante pensó que era aquello lo que le había despertado. Pero luego se dio cuenta, con horror, de que alguien, en la oscuridad, le estaba poniendo una esponja en la frente.

 

—¡Fuera! —gritó, y luego, al reconocer al intruso, exclamó—: ¡Dobby!

 

 

Los ojos del tamaño de pelotas de tenis del elfo doméstico miraban desorbitados a Harry a través de la oscuridad. Una sola lágrima le bajaba por la nariz larga y afilada.

 

—Harry Potter ha vuelto al colegio —susurró triste—. Dobby avisó y avisó a Harry Potter. ¡Ah, señor!, ¿por qué no hizo caso a Dobby? ¿Por qué Harry Potter no regresó a casa cuando no pudo entrar al andén.

 

Harry se incorporó con gran esfuerzo y tiró al suelo la esponja del elfo.

 

—¿Qué haces aquí? —dijo—. ¿Y cómo sabes lo que pasó? —A Dobby le tembló un labio, y  Harry lo miró con los ojos entrecerrados, sospechando—. ¡Fuiste tú! —dijo despacio—. ¡Tú impediste que la barrera nos dejara pasar!

—Sí, señor, claro —dijo, moviendo vigorosamente la cabeza de arriba abajo y agitando las orejas—. Dobby se ocultó y vigiló a Harry y selló la entrada, y Dobby tuvo que quemarse después las manos con la plancha. —Enseñó a Harry diez largos dedos vendados—. Pero a Dobby no le importó, señor, porque pensaba que Harry Potter estaba a salvo, ¡pero aparecieron ellos y ayudaron a Harry Potter!

 

Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, agitando su fea cabeza.

 

—¡Dobby se llevó semejante disgusto cuando se enteró de que Harry Potter estaba en Hogwarts, que se le quemó la cena de su señor! Dobby nunca había recibido tales azotes, señor...

 

Harry se desplomó de nuevo sobre las almohadas. Si no hubiese sido por Arthur y los demás, ahora él…

 

—Casi consigues que nos expulsen a Ron y a mí —dijo Harry con dureza—. Lo mejor es que te vayas antes de que mis huesos vuelvan a crecer, Dobby, o podría estrangularte.

 

Dobby sonrió levemente.

 

—Dobby está acostumbrado a las amenazas, señor. Dobby las recibe en casa cinco veces al día.

 

 

Se sonó la nariz con una esquina del sucio retaso de tela que llevaba puesto; su aspecto era tan patético que Harry sintió que se le pasaba el enojo, aunque no quería.

 

—¿Por qué llevas puesto eso, Dobby? —le preguntó con curiosidad.

—¿Esto, señor? —preguntó Dobby, pellizcándose la tela—. Es un símbolo de la esclavitud del elfo doméstico, señor. A Dobby sólo podrán liberarlo sus dueños si le dan alguna prenda. La familia tiene mucho cuidado de no pasarle a Dobby ni siquiera un calcetín, porque entonces podría dejar la casa para siempre. —Dobby se secó los ojos saltones y dijo de repente—: ¡Harry Potter debe volver a casa! Dobby creía que su bludger bastaría para hacerle...

—¿Su bludger? —dijo Harry, volviendo a enfurecerse—. ¿Qué quieres decir con “su bludger”? ¿Tú fuiste el culpable de que esa bola intentara matarme?

—¡No, matarle no, señor, nunca! —dijo Dobby, asustado—. ¡Dobby quiere salvarle la vida a Harry Potter! ¡Mejor ser enviado de vuelta a casa gravemente herido, que permanecer aquí, señor! ¡Dobby sólo quería ocasionar a Harry Potter el daño suficiente para que lo enviaran a casa!

—Ah, ¿eso es todo? —dijo Harry irritado—. Me imagino que no querrás decirme por qué quieres enviarme de vuelta a casa hecho pedazos.

—¡Ah, sí Harry Potter supiera...! —gimió Dobby, mientras le caían más lágrimas en el viejo almohadón que era su ropa—. ¡Si supiera lo que significa para nosotros, los parias, los esclavizados, la escoria del mundo mágico! Dobby recuerda cómo era todo cuando El que-no-debe-nombrarse estaba en la cima del poder, señor. ¡A nosotros los elfos domésticos se nos trataba como a alimañas, señor! Desde luego, así es como aún tratan a Dobby, señor —admitió, secándose el rostro en el almohadón—. Pero, señor, en lo principal la vida ha mejorado para los de mi especie desde que usted derrotó al Que no-debe- ser-nombrado. Harry Potter sobrevivió, y cayó el poder del Señor Tenebroso, surgiendo un nuevo amanecer, señor, y Harry Potter brilló como un faro de esperanza para los que creíamos que nunca terminarían los días oscuros, señor. Y ahora, en Hogwarts, van a ocurrir cosas terribles, tal vez están ocurriendo ya, y Dobby no puede consentir que Harry Potter permanezca aquí ahora que la historia va a repetirse, ahora que la Cámara de los Secretos ha vuelto a abrirse...

 

Dobby se tapó la boca, inmóvil, aterrorizado, y luego cogió la jarra de agua de la mesilla de Harry y se dio con ella en la cabeza, cayendo al suelo. Un segundo después reapareció trepando por la cama y murmurando:

 

—Dobby malo, Dobby muy malo...

—¿Así que es cierto que hay una Cámara de los Secretos? —murmuró Harry—. Y... ¿dices que se había abierto en anteriores ocasiones? ¡Habla, Dobby! —Sujetó la huesuda muñeca del elfo a tiempo de impedir que volviera a tomar la jarra del agua—. Además, yo no soy de familia muggle. ¿Por qué va a suponer la cámara un peligro para mí?

—Ah, señor, no me haga más preguntas, no pregunte más al pobre Dobby —tartamudeó el elfo. Los ojos le brillaban en la oscuridad—. Se están planeando acontecimientos terribles en este lugar, pero Harry Potter no debe encontrarse aquí cuando se lleven a cabo. Váyase a casa, Harry Potter. Váyase, porque no debe verse involucrado, es demasiado peligroso...

—¿Quién es, Dobby? —le preguntó Harry, manteniéndolo firmemente sujeto por la muñeca para impedirle que volviera a golpearse con la jarra del agua—. ¿Quién la ha abierto? ¿Quién la abrió la última vez?

—¡Dobby no puede hablar, señor, no puede, Dobby no debe hablar! —chilló el elfo—. ¡Váyase a casa, Harry Potter, váyase a casa!

—¡No me voy a ir a ningún lado! —dijo Harry con dureza—. ¡Mi mejor amiga es de familia muggle, y su vida está en peligro si es verdad que la cámara ha sido abierta!

—¡Harry Potter arriesga su propia vida por sus amigos! —gimió Dobby, en una especie de éxtasis de tristeza—. ¡Es tan noble, tan valiente! Pero tiene que salvarse, tiene que hacerlo, Harry Potter no puede...

 

 

Dobby se quedó inmóvil de repente, y sus orejas de murciélago temblaron. Harry también lo oyó: eran pasos que se acercaban por el corredor.

 

—¡Dobby tiene que irse! —musitó el elfo, aterrorizado. Se oyó un fuerte ruido, y el puño de Harry se cerró en el aire. Se echó de nuevo en la cama, con los ojos fijos en la puerta de la enfermería, mientras los pasos se acercaban.

 

 

 

Dumbledore entró en el dormitorio, vestido con un camisón largo de lana y un gorro de dormir. Acarreaba un extremo de lo que parecía una estatua. Arthur apareció un segundo después, sosteniendo los pies, seguido de la profesora McGonagall. Entre los tres, dejaron la estatua sobre una cama.

—Traiga a la señora Pomfrey —susurró Dumbledore a la profesora McGonagall que desapareció a toda prisa pasando junto a los pies de la cama de Harry. Harry estaba inmóvil, haciéndose el dormido. Oyó voces apremiantes, y la profesora McGonagall volvió a aparecer, seguida por la señora Pomfrey, que se estaba poniendo un jersey sobre el camisón de dormir. Harry la oyó tomar aire bruscamente.

 

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la señora Pomfrey a Dumbledore en un susurro, inclinándose sobre la estatua.

—Otra agresión —explicó Dumbledore—. Arthur lo ha encontrado en las escaleras.

—Tenía a su lado un racimo de uvas —dijo Inglaterra cruzándose de brazos—. Suponemos que intentaba llegar hasta aquí para visitar a Potter.

 

 

A Harry le dio un vuelco el corazón. Lentamente y con cuidado, se alzó unos centímetros para poder ver la estatua que había sobre la cama. Un rayo de luna le caía sobre el rostro. Era Colin Creevey. Tenía los ojos muy abiertos y sus manos sujetaban la cámara de fotos encima del pecho.

 

—¿Petrificado? —susurró la señora Pomfrey.

—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Pero me estremezco al pensar. Si Albus no hubiera bajado por chocolate caliente, quién sabe lo que podría haber pasado...

 

Los cuatro miraban a Colin. Dumbledore se inclinó y desprendió la cámara de fotos de las manos rígidas del joven.

 

—¿Cree que pudo sacar una foto a su atacante? —le preguntó la profesora McGonagall con expectación. Dumbledore no respondió. Abrió la cámara.

—¡Por favor! —exclamó la señora Pomfrey. Un chorro de vapor salió de la cámara. A Harry, que se encontraba tres camas más allá, le llegó el olor agrio del plástico quemado.

—Derretido —dijo Arthur sorprendido—. Todo derretido...

—¿Qué significa esto, Albus? —preguntó apremiante la profesora McGonagall.

—Significa —contestó Dumbledore— que es verdad que han abierto de nuevo la Cámara de los Secretos.

 

La señora Pomfrey se llevó una mano a la boca. La profesora McGonagall miró a Dumbledore fijamente y Arthur se cruzó de brazos, poniéndose serio.

—Pero, Albus..., ¿quién...?

—La cuestión no es quién —dijo Dumbledore, mirando a Colin—; la cuestión es cómo.

 

Y a juzgar por lo que Harry pudo vislumbrar de la expresión sombría de la profesora McGonagall, ella no lo comprendía mejor que él.

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

Cuando  Harry despertó la mañana del domingo, halló el dormitorio resplandeciente con la luz del sol de invierno, y su brazo otra vez articulado, aunque muy rígido. Se sentó enseguida y miró hacia la cama de Colin, pero estaba oculto tras las largas cortinas que el propio Harry había corrido el día anterior. Al ver que se había despertado, la señora Pomfrey se acercó afanosamente con la bandeja del desayuno, y se puso a flexionarle y estirarle a Harry el brazo y los dedos.

 

—Todo va bien —le dijo, mientras él apuraba torpemente con su mano izquierda la avena—. Cuando termines de comer, puedes irte.

 

 

Harry se vistió lo más rápido que pudo y salió precipitadamente hacia la torre de Gryffindor, deseoso de hablar con sus amigos sobre Colín y Dobby, pero no los encontró allí. Harry dejó de buscarlos, preguntándose a dónde podían haber ido y algo molesto de que no parecieran interesados en saber si él había recuperado o no sus huesos.

 

Cuando pasó por delante de la biblioteca, Percy Weasley precisamente salía de ella, y parecía estar de mucho mejor humor que la última vez que lo habían encontrado.

 

 

—¡Ah, hola, Harry! —dijo—. Excelente jugada la de ayer, realmente excelente. Gryffindor acaba de ponerse a la cabeza de la copa de las casas: ¡ganaste cincuenta puntos!

—¿No has visto a los chicos? —preguntó Harry.

—No, no los he visto —contestó Percy, dejando de sonreír—. Espero que ni Ron ni Antonio estén otra vez en los baños de las chicas...

 

 

Harry forzó una sonrisa, siguió a Percy con la vista hasta que desapareció, y se fue derecho al baño de Myrtle la Llorona. No encontraba ningún motivo para que los demás estuvieran allí, pero después de asegurarse de que no merodeaban por el lugar Filch ni ningún prefecto, abrió la puerta y oyó las voces de Ron Hermione y Elizabeta provenientes de un retrete cerrado.

 

 

—Soy yo —dijo, entrando en los lavabos y cerrando la puerta. Oyó un golpe metálico, luego otro como de salpicadura y un grito ahogado, y vio a Hermione mirando por el agujero de la cerradura.

—¡Harry! —dijo ella—. Vaya susto que nos has dado. Entra. ¿Cómo está tu brazo?

—Bien —dijo Harry, metiéndose en el retrete. Habían puesto un caldero sobre la taza del inodoro, y un crepitar que provenía de dentro le indicó que habían prendido un fuego bajo el caldero. Prender fuegos transportables y sumergibles era la especialidad de Hermione.

—Pensamos ir a verte, pero decidimos comenzar a preparar la poción multijugos —le explicó Elizabeta, después de que Harry cerrara de nuevo la puerta del retrete. Hemos pensado que éste es el lugar más seguro para guardarla.

 

Harry empezó a contarles lo de Colin, pero la húngara lo interrumpió.

 

—Ya lo sabemos, oímos a la profesora McGonagall hablar con el profesor Flitwick esta mañana. Por eso pensamos que era mejor darnos prisa —dijo Elizabeta —. Antonio me aseguró que él y el resto del “Bad cuarteto” se encargarían de investigar… lo mismo dijo Alfred…

—Cuanto antes le saquemos a Malfoy una declaración, mejor —gruñó Ron—. ¿No piensas igual? Se ve que después del partido de quidditch estaba tan furioso que la tomó con Colin.

—Hay alguien más —dijo Harry, contemplando a Hermione, que partía manojos de centinodia y los echaba a la poción—. Dobby vino en mitad de la noche a hacerme una visita.

 

Ron, Hermione y Elizabeta levantaron la mirada, sorprendidos. Harry les contó todo lo que Dobby le había dicho... y lo que no le había querido decir. ellos lo escucharon con la boca abierta.

 

—¿La Cámara de los Secretos ya fue abierta antes? —le preguntó Hungría.

—Es evidente —dijo Ron con voz de triunfo—. Lucius Malfoy abriría la cámara en sus tiempos de estudiante y ahora le ha explicado a su querido Draco cómo hacerlo. Está claro. Sin embargo, me gustaría que Dobby te hubiera dicho qué monstruo hay en ella. Me gustaría saber cómo es posible que nadie se lo haya encontrado merodeando por el colegio.

—Quizá pueda volverse invisible —dijo Hermione, empujando unas sanguijuelas —. He leído algo sobre fantasmas camaleónicos...

—Lees demasiado, Hermione —le dijo Ron, echando crisopos encima de las sanguijuelas. Arrugó la bolsa vacía y miró a Harry—. Así que fue Dobby el que por poco nos hace perder el tren y el que te rompió el brazo... —Movió la cabeza—. ¿Sabes qué, Harry? Si no deja de intentar salvarte la vida, te va a matar.

 

 

La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.

 

Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desarrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otras baratijas protectoras.

 

 

Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó, como de costumbre, a retomar los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidades.

Harry, Ron y Hermione firmaron en la lista; habían oído que Malfoy se quedaba, lo cual les pareció muy sospechoso, la mayoría de los países regresarían a sus casas para pasar las fiestas, aunque algunos como el Bad cuarteto, Rusia, América y Canadá se quedarían con Inglaterra, en el colegio.

 

 

Las vacaciones serían un momento perfecto para utilizar la poción multijugos e intentar sacarle una confesión. Por desgracia, la poción estaba a medio acabar. Aún necesitaban el cuerno de bicornio y el único lugar del que podrían sacarlos era el armario privado de Snape. A Harry le parecía que preferiría enfrentarse al monstruo legendario de Slytherin a tener que soportar la ira de Snape si lo atrapaba.

 

 

—Lo que tenemos que hacer —dijo animadamente Hermione, cuando se acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es distraerle con algo. Entonces uno de nosotros podrá entrar en el despacho de Snape y tomar lo que necesitamos. —Harry y Ron la miraron nerviosos mientras que el bad trio sonreía con malicia—. Creo que es mejor que me encargue yo misma del robo —continuó Hermione, como si tal cosa—. A ustedes los expulsarían si los atrapan en otra, mientras que yo tengo el expediente limpio. Así que no tienen más que originar un alboroto lo suficientemente importante para mantener ocupado a Snape unos cinco minutos.

 

Harry sonrió tímidamente. Provocar un tumulto en la clase de Pociones de Snape era tan arriesgado como pegarle un puñetazo en el ojo a un dragón dormido.

 

Las clases de Pociones se impartían en una de las mazmorras más espaciosas. Aquella tarde de jueves, la clase se desarrollaba como siempre. Veinte calderos humeaban entre los pupitres de madera, en los que descansaban balanzas de latón y jarras con los ingredientes. Snape rondaba por entre los fuegos, haciendo comentarios envenenados sobre el trabajo de los de Gryffindor, mientras los de Slytherin se reían a cada crítica. Draco Malfoy, que era el alumno favorito de Snape, miraba con burla a Ron y Harry, que sabían que si le contestaban serían castigados en menos de lo que Alfred se come una hamburguesa.

 

 

A Harry la pócima infladora le salía demasiado líquida, pero en aquel momento le preocupaban otras cosas más importantes. Aguardaba la señal de Hermione, y apenas prestó atención cuando Snape se detuvo a mirar con desprecio su poción agnada.

 

Cuando Snape se volvió y se fue a ridiculizar a Neville, Hermione captó la mirada de Harry; y le hizo con la cabeza un gesto afirmativo.

 

Pero antes de que Harry pudiese hacer algo, la  poción de Alfred estalló, rociando a toda la clase. Los alumnos chillaban cuando los alcanzaba la pócima infladora. A Natasha le salpicó en toda la cara, y la nariz se le empezó a hinchar como un balón; Alfred andaba a ciegas tapándose los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos soperos, mientras Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué había sucedido. Harry vio a Hermione aprovechar la confusión para salir discretamente por la puerta.

 

—¡Silencio! ¡SILENCIO! —gritó Snape—. Los que hayan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha hecho esto...

 

 

Harry intentó contener la risa cuando vio a Malfoy apresurarse hacia la mesa del profesor. Mientras la mitad de la clase se agolpaba en torno a la mesa de Snape, unos quejándose de sus brazos del tamaño de grandes garrotes, y otros sin poder hablar debido a la hinchazón de sus labios, Harry vio que Hermione volvía a entrar en la mazmorra, con un bulto debajo de la túnica.

 

Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago de antídoto y las diversas hinchazones remitieron, Snape se fue hasta el caldero de Alfred y extrajo los restos negros y retorcidos de lo que parecía ser una bengala. Se produjo un silencio repentino.

 

—Si averiguo quién ha arrojado esto —susurró Snape—, me aseguraré de que lo expulsen.

 

Harry puso una cara que esperaba que fuera de perplejidad. Snape lo miraba a él, y la campana que sonó al cabo de diez minutos no pudo ser más oportuna.

 

—Cree que fui yo —dijo Harry a Ron y Hermione, mientras iban deprisa a los aseos de Myrtle la Llorona—. Podría jurarlo.

 

Hermione echó al caldero los nuevos ingredientes y removió con brío. Poco después, los países de Gryffindor, Francis y Gilbert aparecieron.

 

—Estará lista dentro de dos semanas —dijo contenta.

—Cuando Natasha sepa quien fue, lo va a matar, kesesese —comentó Gilbert. Harry tragó grueso temeroso de que la bielorrusa también creyera que él era el responsable de lo sucedido.

—¡El héroe también quiere justicia! —chilló Alfred indignado.

—Snape no tiene ninguna prueba de que hayas sido tú —dijo Ron a Harry para  tranquilizarlo—. ¿Qué puede hacer?

—Conociendo a Snape, algo terrible —dijo Harry, mientras la poción levantaba borbotones y espuma.

—Pero no tiene pruebas, aru —agregó China —, no creo que el profesor sea tan injusto, aru.

 

 

Afuera, México estaba recargado a un lado de la puerta escuchando la conversación. Rusia apareció poco después, al verlo, José le sonrió y lo besó; las manos de Iván descendieron hasta llegar a los glúteos del moreno.

 

—Rusia quiere que México sea uno con él, da —José sonrió. Le fascinaba que el euroasiático fuese tan insaciable.

—Vamos —dijo el latino sonriéndole.

 

Caminaron algunos metros, tan sólo tomados de las manos.

 

—¿Por qué México los ayuda desde las sombras? —le preguntó Iván. Itzamma guardó silencio un par de segundos antes de responderle que era mejor así, porque estaba seguro que no confiaban en él, especialmente por su amistad con Malfoy.

—Por cierto, supe que tus hermanas regresaran a sus casas para pasar las fiestas —comentó José —, eso significa que tendremos mucho tiempo para estar los dos solos sin que la loca de Natasha quiera matarme por acercarme a ti.

 

 

 

Pero México ya tenía planeado lo que haría para que Bielorrusia no se metiera entre él e Iván, pero por el momento, lo importante era descubrir si en verdad, Draco era el heredero de Slytherin, como sospechaban Harry y los demás.

 

 

Continuará…

 

 


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