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Error mágico por lizergchan

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Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.

Parejas: RusiaxMexico, FranxUk, PruxAus, EspxRoma, UkxFran, y HarryxDraco insinuación de AmexMex y SnapexUk

Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, humor, Lemon, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.

 

 

 

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Error mágico

 

 

Capítulo 20.- Vamos de vacaciones parte I

 

 

 

La casa de la señora Arabella Figg no era muy grande por lo que tuvieron que encantarla para que hubiera suficientes habitaciones para todos; aunque las parejas preferían compartir la alcoba.

 

 

Los países llegaron en una camioneta Q-VR Range Rover de color negro. Desde la casa de los Dursley, Petunia observaba al joven y apuesto rubio que bajaba maleta tras maleta del vehículo con ayuda de diez niños; por la cantidad de equipaje, la mujer sospechaba que se quedarían por un largo tiempo. No era muy común ver a un hombre solo con niños, eso era… sospechoso.

 

Petunia decidió ir a saludar; se arregló lo mejor que pudo y se encaminó a la casa vecina. Arthur bajaba las últimas maletas con ayuda de José.

 

—Buenas tardes —saludó Petunia.

¡Guuaa!, ¡la bruja del setenta y uno! —exclamó México en español, señalando a la mujer con el dedo. Inglaterra frunció el ceño pero agradeció que la recién llegada no parecía haberle entendido —Digo, buenas tardes hermosa señorita —dijo ahora en inglés.

—Pero que niño más adorable —dijo Petunia mirando a José —. ¿Cómo te llamas, pequeño? —México no pudo evitar compararla con “Doña Florinda”. Le dijo su nombre completo antes de despedirse de ambos llevando con él una gran maleta azul clara. Inglaterra se quedó solo con la mujer.

 

Petunia comenzó a interrogar a Arthur sobre los niños, que si eran parientes de la señora Arabella; para Inglaterra era obvio que a esa mujer le encantaba meterse en asuntos ajenos; al final.

 

Arthur optó por decirle que era pariente de la señora Arabella, quien le había pedido cuidar de la casa mientras iba a arreglar algunos problemas familiares y que los niños estaban bajo su tutela. Petunia terminó invitándolos a cenar y aunque el país trató de zafarse, le fue imposible.

 

 

 

 

Rusia estaba terminando de desempacar sus cosas y las de México pues ambos compartirían habitación. Donají estaba posado sobre la cabecera de la cama de su amo, mientras que Larisa, la lechuza de Iván, estaba sobre su jaula. Ambas aves no se llevaban bien; cada vez que Larisa trataba de hacerse amiga del quetzal, éste la atacaba o simplemente se alejaba volando, por lo que finalmente dejó de intentar.

 

La puerta se abrió de golpe, pero no fue José quien entró, sino Tlilmi, quien traía un enorme tazón casi tan grande como él, repleto de dulces. El chaneque miró a Iván, hizo un extraño sonido como el de cientos de roedores; avanzó hasta la cama de México y se acostó en ella para comer sus golosinas, manchando las sábanas y llenándola con basura.

 

—Osito sádico, quiero… —José se detuvo en seco en la entrada —¡Tlilmi hijo de la tiznada!, ¡mira nomas como me tienes la cama! —el chaneque sonrió e hizo algunos sonidos, como si estuviera hablando, pero para Rusia no eran más que una especie de chillidos. —Pus, me vale madres y si no quieres que te retache a casa en paquetería, mas te vale que dejes todo como estaba.

 

El chaneque hizo un ruido extraño y desapareció dejando la cama en perfecto orden, José bufó molesto.

 

—México es increíble, da —murmuró Rusia atrapando al moreno por la espalda. El aludido sonrió.

—Tú lo eres más, mi osito sádico —respondió el mexicano restregando su trasero contra la intimidad de su pareja.

—Rusia quiere que México sea uno con él, da —comentó mientras una mano traviesa acariciaba el miembro ya erecto de José por debajo de la ropa.

—Tus deseos son mis órdenes —el moreno se separó de Iván para poder encararlo y atrapar esos labios que tanto lo enloquecían.

 

 

Rusia sonrió después del beso; cargó a México al estilo nupcial para recostarlo en la cama más cercana con delicadeza, como si el moreno fuese una figura de cristal que pudiese romperse.

 

La ropa fue retirada con la facilidad de la experiencia. José solo tenía la ropa interior mientras que Iván aún conservaba los pantalones y estaba a punto de quitarle la última prenda con los dientes.

 

—¡Maldito Comunista, deja a México! —gritó Alfred desde el umbral de la puerta a su lado estaba Hungría con un hilillo de saliva saliéndole por la comisura de la boca y uno de sangre por la nariz mientras grababa la escena con su videocámara.

—¡¿Qué demonios hacen?! —gritó José lanzándoles una de las almohadas.

—No se preocupen por nosotros —habló Elizabeta con cara de pervertida —. Hagan de cuenta que no estamos aquí, continúen.

 

Rusia se acercó a Elizabeta y Alfred, tenía un aura oscura a su alrededor. Cerró con un portazo; miró a José quien se estaba vistiendo nuevamente.

 

—La tía Eli no se va a detener hasta vernos en plena acción y Alfred va a seguir chingando la madre.

—No si está ocupado, da —dijo Iván con varita en mano y una sonrisa inocente en los labios, aunque sus intenciones no lo fueran. México sonrió, le fascinaba cuando Rusia se ponía así. José se acercó a él y le dio un rápido beso.

 

—Te prometo que esta noche ninguno de los dos va a dormir —dijo guiñándole un ojo antes de salir de la habitación. Estaba muy molesto y frustrado, necesitaba salir a caminar un rato para calmarse o de lo contrario iba a terminar matando a alguien.

 

 

Afuera aun estaba Hungría (con una expresión digna del más grande pervertido) y a Estados Unidos diciéndole lo peligroso que era para un país como él estar cerca de alguien tan sanguinario y cruel como Rusia. Alfred dejó de molestarlo cuando José lo miró con los ojos brillándole como carbones al rojo vivo y un aura fantasmal a su alrededor. Alfred retrocedió nervioso; su vecino del sur daba mucho terror cuando tenía ese aspecto y lo más sano era dejarlo solo.

 

Una vez que José pudo ser libre de Alfred; se dirigió a la habitación de Canadá, tocó la puerta y posteriormente la abrió cuando escuchó a su amigo decir: “adelante”, desde adentro.

 

—¡Mat, vamos a caminar! —le dijo José. Mathew estaba terminando de ordenar sus cosas; Kumajiro dormía sobre la cama y Maple en su jaula.

 

Canadá, inmediatamente se dio cuenta que México parecía estar molesto, algo poco común en el moreno por lo que decidió seguirlo sin preguntar, sabía que su amigo le contaría lo que le pasaba en cuanto se calmara.

 

Cuando estuvieron afuera, Mathew se atrevió a preguntar el motivo por el cual estaba así; José terminó contándole lo sucedido y lo que Alfred había dicho de Rusia.

 

—Bueno, es que… tu novio… si da mucho miedo —México bufó molesto. Odiaba que pensaran que Rusia era una clase de monstruo sediento de sangre, cuando en realidad era todo lo contrario. Iván era como un niño que… detuvo sus pensamientos de golpe.

 

¿Qué era para Iván? ¿Rusia era su novio?, ¿su querido? ¿Era acaso que Iván lo veía como el sancho*? China o cualquiera de los bálticos podría ser su verdadera pareja…

 

—¡José! —el grito de Canadá lo sacó de sus pensamientos, no fue tan fuerte como para llamar la atención de terceros —¿Estás bien? Te desconectaste por un momento.

—Lo siento —se disculpó con una de sus típicas sonrisas —, vamos a visitar a Harry, ¡a puesto que le sorprenderá vernos!

 

No fue necesario ni siquiera cruzar la cerca; Harry salió en ese momento llevando una enorme bolsa con basura. Ambas naciones se sorprendieron al verlo tan… desaliñado, sus ropas estaban viejas y desgastadas, además de ser varias tallas más grandes.

 

—Hola Harry —el mago se sobresaltó.

—¿Mathew, José? ¿Qué hacen aquí? —preguntó avergonzado de que sus amigos lo vieran así.

—Estamos quedándonos unos días en casa de la señora Arabella —respondió el canadiense. Harry iba a preguntar el motivo pero la voz chillona y molesta de Petunia se escuchó desde dentro de la casa insultándole y ordenando que se apresurara porque aun tenía muchas cosas que hacer.

—Tengo que irme, nos vemos —se despidió el joven mago. Realmente estaba avergonzado de que sus amigos países supieran como era su vida en el mundo muggle, sólo esperaba que Canadá y México fuesen los únicos en saberlo.

 

—Esa vieja me cayó gorda cuando fue a saludar cuando Arthur y yo sacábamos lo que quedó en la camioneta; pero ahora me cae en la punta del hígado.

—Aun… ¿quieres ir a caminar? —le preguntó sonriéndole un poco nervioso. México asintió con la cabeza; quería conocer el lugar y con un poco de suerte, encontrar algún lugar que vendiera comida por si a Inglaterra se le ocurría cocinar, algo que ni José (que era capaz de comer cualquier cosa), podría salvarse de una severa infección estomacal.

 

 

 

Dieron un largo paseo por el vecindario, México le preguntó a Canadá  si se había animado a declarársele a Estados Unidos pero, ¿Cómo confesarle tus sentimientos a alguien que se olvida de tu existencia con gran facilidad? Era imposible que Alfred pudiera corresponderle.

 

—¿Por qué no le das una serenata? —sugirió José —Es lo que hizo papá Antonio para contentar a mamá Romano por una pendejada que hizo.

 

Mathew no estaba muy seguro de poder hacerlo, no quería que los demás supieran sus sentimientos y dudaba que Alfred lo escuchara; con seguridad lo iba a ignorar.

 

Francia era el país del amor y España el de la pasión. México también era romántico y estaba seguro que Canadá le había heredado algo a su padre, solo era cuestión de dejarlo salir y si era necesario.

 

¡Y por el tequila que él se encargaría de sacar el lado francés de Canadá!

 

 

—¡No te preocupes Mateo! —gritó México, sobresaltando al rubio —, ¡deja todo en mis manos!

 

 

Regresaron horas después a la casa; Inglaterra los reprendió por irse sin avisar, además de que faltaba media hora para ir a la cena a la que la señora Dursley los había invitado.

 

—¡Vayan a arreglarse en este momento! —le gritó a ambos. Canadá asintió y subió las escaleras corriendo.

—Que carácter te cargas Arturo, ya te hace falta un buen “revolcón” con Francisco.

 

Inglaterra estuvo a punto de reprender al mexicano pero estaban demasiado retrasados como para perder más el tiempo. Envió a ambos jóvenes a prepararse.

 

En la sala ya se encontraban la mayoría de los habitantes de la casa. Austria tocaba el pequeño piano mientras que Prusia lo escuchaba; Francia, Bielorrusia y Estados Unidos hablaban entre ellos. Hungría y Ucrania estaban en la cocina, ambas preparando algunos postres.

 

—Espero que les guste —comentó Yaketerina mientras le daba los últimos toques a sus panqueques.

—Eres una excelente cocinera, te aseguro que les encantará —dijo Elizabeta mientras colocaba terminaba de adornar su pastel.

 

El grito de Inglaterra se escuchó por toda la casa, Hungría suspiró pesadamente, seguramente Alfred, José, Francis o Gilbert habían hecho de las suyas. La razón de la histeria de Arthur era que México y Canadá aun no estaban listos y solo quedaban diez minutos antes de la hora en que la cena daría inicio e Inglaterra, como buen caballero que era; detestaba llegar tarde.

 

 

—Chingao, eres peor que vieja menopáusica —se quejó José mientras bajaba las escaleras, aun tenía el cabello mojado y llevaba los zapatos en la mano.

—¡Llevas más de veinte minutos y aun no has terminado de arreglarte! —le gritó Inglaterra enfurecido —, ¡¿y dónde está Rusia?!

—Él y Mateo bajaran en un rato.

 

Inglaterra se sobó las sienes, definitivamente esos países jóvenes le iban a sacar canas. Afortunadamente para su salud mental; Canadá y Rusia bajaron unos minutos después, ya listos.

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

En casa de los Dursley, Petunia arreglaba los últimos detalles. Vernon se acomodaba la corbata y Dudley trataba de robar algún bocadillo. Harry estaba encerrado en su habitación pues sus tíos no querían que sus invitados lo vieran.

 

 

 

Las naciones llegaron hasta la puerta. Inglaterra iba regañando a los responsables de la tardanza y amenazando a todos para que se comportaran.

 

J'ai aimé l'Angleterre, je promets que nous serons de bons —le dijo Francia mientras tocaba el timbre.

—Seremos buenos niños —aseguró José aunque por la forma en que se restregaba a Rusia, Arthur temía que no fuesen a cumplirlo.

—Kesesese, oresama no promete nada. Soy demasiado aweseome para hacerlo, kesese.

—Lo harás, obakasan —lo reprendió Austria. Gilbert iba a replicar pero no pudo hacerlo pues en ese momento se abrió la puerta; los recibió la cabeza de la familia; Vernon Dursley, un hombre grande y corpulento, con un grueso y corto cuello y un largo bigote de morsa.

 

—Muchas gracias por invitarnos —dijeron las jóvenes naciones, obligadas por Inglaterra. El regordete hombre sonrió ocasionando que algunos hicieran muecas.

—Bienvenidos —dijo Vernon haciéndose a un lado para permitirles pasar. No le agradaba mucho la idea de tener a tantos niños en su casa, pero por el auto y el porte que tenía el adulto, era obvio que pertenecían a la alcurnia, seguramente podría hacer negocios.

 

Se hicieron las presentaciones correspondientes. A ninguno de los países ahí presentes les agradaron los Dursley; durante la conversación que tuvieron con la familia mientras esperaban la cena. Todas las naciones se preguntaban por el paradero de Harry, pero supusieron que aparecería en cualquier momento.

 

Dudley trataba de cortejar a Hungría, Bielorrusia y Ucrania, pero ninguna de ellas le prestaba atención. El menor de los Dursley trataba de lucirse frente a las tres y avergonzar a los demás. Vernon se llevó a Arthur a otra habitación para hablar de negocios y Petunia fue a revisar la cena. Dudley aprovechó la ausencia de los adultos para intentar acariciar las piernas de Yaketerina, pero para su mala fortuna, no pasó desapercibido para Prusia.

 

 

—Esas manos donde pueda verlas —habló Gilbert sobresaltando a Dudley —. No es nada awesome tocar a una dama sin su consentimiento.

—No sé de qué estás hablando —se defendió el chico regordete, cruzándose de brazos y mirando a otro lado —. Yo no he hecho nada.

 

Hungría y Bielorrusia lo miraron con una mezcla de odio y asco, mientras que los chicos (especialmente Rusia, Prusia y México), lo veían como si estuvieran a punto de saltarle a la yugular. Para fortuna de Dudley, su madre anunció que la cena ya estaba servida.

 

En la mesa, Rusia y Prusia se sentaron a cada lado de Dudley para asegurarse que no se acercara a ninguna de las chicas.

Cuando Petunia comenzó a servir la comida; los países supieron que algo extraño sucedía.

 

—Disculpe, madame Dursley —habló Francis —. ¿No esperaremos a Harry?

 

Petunia miró a su esposo que comenzaba a ponerse rojo –seguramente de furia –, ella estaba tensa; ¿Cómo conocían a su sobrino?

 

—No sé dé que hablas —optó por mentir —, en esta casa solo vivimos nosotros tres.

—Eso no es cierto —dijo José llamando la atención de los presentes —, Mat y yo vimos a Harry cuando salimos a pasear.

—Niño, aquí no hay ningún Harry —aseguró Vernon, quien al igual que su esposa, comenzaba a ponerse nervioso.

—Él nos dijo que aquí era donde vivía —habló Gilbert —. Él no es de los que mienten.

—Tonterías…

—Señor Dursley. Es posible que exista un error —dijo Inglaterra y Vernon asintió con la cabeza —, sin embargo, no creo que sea el caso en esta ocasión…

—Él es nuestro compañero del colegio —interrumpió Natasha mientras acariciaba un cuchillo poniendo nervioso a los países que se encontraban a su lado.

—¡¿Qué?! —dijo Vernon escandalizado. Su rostro estaba tan rojo que parecía un tomate maduro —, ustedes son fenómenos.

—El burro hablando de orejas —comentó México mientras picaba la comida que a su parecer era horrenda.

—Señor Dursley, le pido que se tranquilice —dijo Inglaterra, aunque él mismo estaba a punto de estallar.

—Quiero que se larguen de mi casa, suficiente tengo con ése monstruo.

 

Los “jóvenes” países se levantaron de sus lugares al mismo tiempo.

 

—Por supuesto que nos iremos, pero nos llevamos a Harry —sentenció Elizabeta —. Alfred, José, vayan por él.

—¡Por supuesto! ¡Un héroe no va a permitir tal injusticia! —chilló Estados Unidos, tomó la mano de México y se retiró seguidos de Dudley quien, seguramente les causaría problemas.

 

Arthur les ordenó a los demás regresar a casa, cuando se quedó a solas con el matrimonio, les aseguró que él se encargaría de que servicios sociales les hicieran una visita.

 

—No me amenaces, fenómeno —gruñó Vernon —, eres tú quien tiene niños extranjeros —sonrió con prepotencia —. Podría acusarte por tráfico de menores.

 

Inglaterra sonrió de lado, mostrando ese lado pirata que aún conservaba a pesar de los años.

 

—Inténtalo, bola de grasa y me encargaré de que tu pequeña fabriquita quiebre y no puedas encontrar trabajo en ningún sitio de Inglaterra.

 

 

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Alfred tuvo que romper la puerta de la habitación de Harry para poder entrar; aquello había ocasionado que Dudley hullera asustado.

 

—¿Alfred, José? —dijo Harry sorprendido de ver a sus amigos.

—Empaca tus chivas, te vienes con nosotros —habló México al tiempo que buscaba el baúl del joven mago.

 

Harry había quedado en shock al ver a ambos americanos entrando a su habitación y comenzando a meter sus cosas en el baúl que usaba para ir al mundo mágico.

Ninguno de los dos países se preocupaba por acomodar la ropa adecuadamente, simplemente la arrojaban dentro; cuando terminaron de guardar todo, Alfred cargó el arcón sobre su hombro con tal facilidad que parecía no pesarle nada.

 

—Vamos Harry, antes que a Inglaterra le dé un ataque —dijo México llevando la jaula de Hedwig.

—Pero…

—¡No te preocupes! —gritó Alfred interrumpiéndolo —¡El héroe no dejara que se siga cometiendo esta injusticia!

 

Harry estaba tan confundido que sólo se dejó llevar por las dos naciones. Abajo, sus tíos discutían con Inglaterra mientras que Bielorrusia tenía la expresión de un verdadero homicida en potencia; Rusia estaba recargado al pie de la escala, cuando vio a México, lo tomó del brazo y lo estrechó contra su cuerpo, dándole una mirada amenazante Estados Unidos.

 

—¡No puede llevárselo! —chilló Petunia al darse cuenta de la presencia de Harry y su baúl.

—Solo obsérvenos —dijo Inglaterra dándoles la espalda —. Vamos Harry.

—Pero profesor Kirkland —quiso protestar pero su país se lo impidió. Inglaterra le prometió que él hablaría con Dumbledore y el ministerio de magia si fuese necesario, así que no debía de preocuparse.

 

Lo llevaron a la casa donde se hospedaban, como las parejas preferían compartir habitación, había de sobra, por lo que Harry pudo elegir la que más le gustará.

 

—Y mañana iremos a comprarte ropa, mon petiti —dijo Francia examinando una playera —. Mon Dieu!, esto es de pésimo gusto.

—No esta tan mal —comentó Harry avergonzado pero el galo no le prestaba atención, estaba demasiado ocupado murmurando la pesadilla que era ese guardarropa.

 

Harry dio gracias cuando Ucrania entró para informarles que ya estaba lista la cena. El joven mago no había probado comida más deliciosa que la de Elizabeta y Yaketerina, pero el desayuno que José y Francis hicieron tampoco se quedaba atrás.

 

El joven mago paseaba por la casa; jamás se había imaginado estar en ese lugar. El penetrante olor a repollo había sido reemplazado por un agradable olor que Harry no podía saber a ciencia cierta de que se trataba.

 

Harry ya tenía dos días viviendo con los países, los más maravillosos de su vida en el mundo muggle, pero ese era el inicio de su nueva aventura.

 

 

Continuara…

 

 

 

 

Sancho: El amante.

 

 

Bueno, hasta aquí me ha llegado la imaginación, nos veremos en el siguiente capítulo.  XD


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