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Error mágico por lizergchan

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Notas del capitulo:

 

 

Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.

Parejas: RusiaxMexico, FranxUk, PruxAus, EspxRoma, UkxFran, y HarryxDraco insinuación de AmexMex y SnapexUk

Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, humor, Lemon, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.

 

 

 

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Error mágico

 

 

Capítulo 29.- Hipogrifo

 

 

 

 

A Harry le encantó salir del castillo después del almuerzo. La lluvia del día anterior había terminado; el cielo era de un gris pálido, y la hierba estaba mullida y húmeda bajo sus pies cuando se pusieron en camino hacia su primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.

Hermione no le dirigía la palabra a Ron ni a los países. Harry caminaba a su lado, en silencio, mientras descendían por el césped hacia la cabaña de Hagrid, en el límite del bosque prohibido. Sólo cuando vio delante algunas espaldas que le resultaban muy familiares, se dio cuenta de que debían de compartir aquellas clases con los de Slytherin. México decía algo animadamente a Draco y a los países que compartían la misma casa; algunos se reían a carcajadas.

 

Hagrid aguardaba a sus alumnos en la puerta de la cabaña. Estaba impaciente por empezar; cubierto con su abrigo de ratina, y con Fang, el perro jabalinero, a sus pies.

 

— ¡Vamos, dense prisa! — gritó a medida que se aproximaban sus alumnos—. ¡Hoy tengo algo especial para ustedes! ¡Una gran lección! ¿Ya está todo el mundo? ¡Bien, síganme!

 

Hagrid los condujo por el límite del bosque y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada.

 

— ¡Acérquense todos a la cerca! — gritó—. Asegúrense de tener buena visión. Lo primero que tienen que hacer es abrir los libros...

— ¿De qué modo abrimos los libros? —dijo Draco. Sacó su ejemplar de El monstruoso libro de los monstruos, que había atado con una cuerda. Otros lo imitaron.

 

Unos, como Harry, habían atado el libro con un cinturón; otros lo habían metido muy apretado en la mochila o lo habían sujetado con pinzas, algunos países lo habían envuelto con cinta adhesiva.

— ¿Nadie ha sido capaz de abrir el libro? — preguntó Hagrid decepcionado. La clase entera negó con la cabeza.

—Tienen que acariciarlo — dijo Hagrid, como si fuera lo más obvio del mundo—. Miren...

 

Tomó el ejemplar de Hermione y desprendió el celo mágico que lo sujetaba. El libro intentó morderle, pero Hagrid le pasó por el lomo su enorme dedo índice, y éste se estremeció, se abrió y quedó tranquilo en su mano, el libro de Rusia había sido el único que se mantuvo quieto desde un principio, se comportó sumiso ante Iván; seguramente, temeroso de lo que su dueño pudiera hacerle.

 

— ¡Qué tontos hemos sido todos! — dijo Malfoy despectivamente—. ¡Teníamos que acariciarlo! ¿Cómo no se nos ocurrió?

—No pus si estaba tan claro como el petróleo —dijo México entrecerrando los ojos.

—Yo... yo pensé que les haría gracia — le dijo Hagrid a Hermione, dubitativo.

— ¡Ah, qué gracia nos hace...! — dijo Malfoy— . ¡Realmente ingenioso, hacernos comprar libros que quieren comernos las manos!

— Cierra la boca —le dijo Harry en voz baja y le dio un pisotón a Draco. Hagrid se había quedado algo triste.

— Bien, pues — dijo Hagrid, que parecía haber perdido el hilo—. Así que... ya tienen los libros y... y... ahora les hacen falta las criaturas mágicas. Sí, así que iré a por ellas. Esperen un momento...

 

Se alejó de ellos, penetró en el bosque y se perdió de vista.

 

— Dios mío, este lugar está en decadencia — dijo Malfoy en voz alta—. Estas clases idiotas... A mi padre le dará un patatús cuando se lo cuente.

— Cierra la boca, Malfoy — repitió Ron.

—Yes, o el héroe te la cerrará —dijo Alfred serio y Draco sintió miedo.

 

Trotando en dirección a ellos se acercaba una docena de criaturas, las más extrañas que Harry y la mayoría de los países hubieran visto en su vida. Tenían el cuerpo, las patas traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante. Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes manos el extremo de todas las cadenas. Se acercaba corriendo por el prado, detrás de las criaturas.

 

— ¡Vayan para allá! — les gritaba, sacudiendo las cadenas y forzando a las bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estaban ellos y ató los animales a la cerca.

— ¡Hipogrifos! — gritó Hagrid alegremente, haciendo a sus alumnos una señal con la mano—. ¿No son hermosos?

 

En cuanto uno se recuperaba del susto que producía ver algo que era mitad pájaro y mitad caballo, podía empezar a apreciar el brillo externo del animal, que cambiaba paulatinamente de la pluma al pelo.

Todos tenían colores diferentes: gris fuerte, bronce, ruano rosáceo, castaño brillante y negro tinta.

— Venga — dijo Hagrid frotándose las manos y sonriéndoles—, si quieren pueden acercarse un poco...

 

Los países fueron los primeros en acercarse; todos en algún momento de sus vidas habían tenido contacto con los equinos, ¿esas bestias no  eran diferentes a un caballo, o sí?

 

—Lo primero que tienen que saber de los hipogrifos es que son orgullosos — dijo Hagrid—. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendan a ninguno, porque podría ser lo último que hagan.

 

México miró a Alfred con los ojos entrecerrados, no había podido evitar comparar al estadounidense con aquellas criaturas.

 

 

—Bien hecho, José y Alfred —dijo Hagrid pues los dos americanos ya habían logrado tocar a los hipogrifos—. ¿Se dan cuenta? Van hacia ellos, se inclinan y esperan. Si él responde con una inclinación, querrá decir que les permite tocarlo. Si no hace la inclinación, entonces es mejor que se alejen de él enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus garras. Bien, ¿quién quiere ser el primero?

 

Como respuesta, la mayoría de la clase se alejó aún más. Incluso Harry, Ron y Hermione recelaban. Los hipogrifos sacudían sus feroces cabezas y desplegaban sus poderosas alas; parecía que no les gustaba estar atados.

 

— ¿Nadie? — preguntó Hagrid con voz suplicante.

— ¡Yo, yo! ¡Elíjeme! — dijeron Alfred y José a la vez, dando saltitos y tratar de resaltar sobre los demás; ellos parecían ser los más entusiastas.

—Harry, ¿Qué tal tú?

 

Detrás del aludido se oyó un jadeo;  Lavender y Parvati susurraron:

— ¡No, Harry, acuérdate de las hojas de té!

 

Harry no hizo caso y saltó la cerca.

 

— ¡Buen chico, Harry! — gritó Hagrid—. Veamos cómo te llevas con Buckbeak.

 

Soltó la cadena, separó al hipogrifo gris de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Los alumnos, al otro lado de la cerca, contenían la respiración. Draco observaba todo, preocupado por su pareja.

 

— Tranquilo ahora, Harry — dijo Hagrid en voz baja—. Primero mírale a los ojos. Procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas demasiado...

 

A Harry empezaron a irritársele los ojos, pero no los cerró. Buckbeak había vuelto la cabeza grande y afilada, y miraba a Harry fijamente con un ojo terrible de color naranja.

— Eso es — dijo Hagrid—. Eso es, Harry. Ahora inclina la cabeza...

 

A Harry no le hacía gracia presentarle la nuca a Buckbeak, pero hizo lo que Hagrid le decía. Se inclinó brevemente y levantó la mirada.

El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez. No se movió.

 

— Ah — dijo Hagrid, preocupado—. Bien, vete hacia atrás, tranquilo, despacio...

 

Pero entonces, ante la sorpresa de Harry, el hipogrifo dobló las arrugadas rodillas delanteras y se inclinó profundamente.

 

— ¡Bien hecho, Harry! — dijo Hagrid, eufórico—. ¡Bien, puedes tocarlo! Dale unas palmadas en el pico, vamos.

 

Pensando que habría preferido como premio poder irse, Harry se acercó al hipogrifo lentamente y alargó el brazo. Le dio unas palmadas en el pico y la criatura cerró los ojos para dar a entender que le gustaba.

 

La clase rompió en aplausos. Todos excepto Malfoy quien estaba preocupado de que el “animalejo”, como él lo llamaba; pudiera lastimar a su novio.

 

— Bien, Harry — dijo Hagrid—. El hipogrifo dejará que lo montes.

 

Aquello era más de lo que Harry había esperado. Estaba acostumbrado a la escoba; pero no estaba seguro de que un hipogrifo se le pareciera.

 

— Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala — dijo Hagrid—. Y procura no arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría...

 

Harry puso el pie sobre el ala de Buckbeak y se subió en el lomo. La criatura se levantó. Potter no sabía dónde debía agarrarse: delante de él todo estaba cubierto de plumas.

 

— ¡Vamos! — gritó Hagrid, dándole una palmada al hipogrifo en los cuartos traseros.

 

A cada lado de Harry, sin previo aviso, se abrieron unas alas de más de tres metros de longitud. Apenas le dio tiempo a agarrarse del cuello del hipogrifo antes de remontar el vuelo. No tenía ningún parecido con una escoba y Harry tuvo muy claro cuál prefería. Muy incómodamente para él, las alas del hipogrifo batían debajo de sus piernas. Sus dedos resbalaban en las brillantes plumas y no se atrevía a asirse con más fuerza. En vez del movimiento suave de su Nimbus 2.000, sentía el zarandeo hacia atrás y hacia delante, porque los cuartos traseros del hipogrifo se movían con las alas. Buckbeak sobrevoló el prado y descendió. Era lo que Harry había temido. Se echó hacia atrás conforme el hipogrifo se inclinaba hacia abajo. Le dio la impresión de que iba a resbalar por el pico. Luego sintió un fuerte golpe al aterrizar el animal con sus cuatro patas revueltas, y se las arregló para sujetarse y volver a incorporarse.

 

— ¡Muy bien, Harry! — gritó Hagrid, mientras lo vitoreaban todos menos Malfoy, Crabbe y Goyle—. ¡Bueno!, ¿quién más quiere probar?

 

Envalentonados por el éxito de Harry, los demás saltaron al prado con cautela. Hagrid desató uno por uno los hipogrifos y, al cabo de poco rato, los alumnos hacían timoratas reverencias por todo el prado. Neville retrocedió corriendo en varias ocasiones porque su hipogrifo no parecía querer doblar las rodillas. Ron y Hermione practicaban con el de color castaño, los países también se divertían con sus hipogrifos, sobrevolando los cielos mientras Harry observaba.

Draco, Crabbe y Goyle habían escogido a Buckbeak. Había inclinado la cabeza ante Malfoy, que le daba palmaditas en el pico con expresión desdeñosa, pero un movimiento brusco de los dos últimos asustó al animal.

 

Sucedió en un destello de garras de acero. Draco emitió un grito agudísimo y un instante después Hagrid se esforzaba por volver a ponerle el collar a Buckbeak, que quería alcanzar a un Malfoy que yacía encogido en la hierba y con sangre en la ropa.

 

— ¡Me muero! — gritó Draco, mientras cundía el pánico—. ¡Me muero, miren! ¡Me ha matado!

— No te estás muriendo — le dijo Hagrid, que se había puesto muy pálido—. Que alguien me ayude, tengo que sacarlo de aquí...

 

Hermione se apresuró a abrir la puerta de la cerca mientras Hagrid levantaba con facilidad a Malfoy. Mientras desfilaban, Harry vio que en el brazo de su novio había una herida larga y profunda; la sangre salpicaba la hierba; eso lo llenó de preocupación.

 

Los demás alumnos los seguían temblorosos y más despacio. La mayoría de los de Slytherin echaban la culpa a Hagrid.

 

— ¡Deberían despedirlo inmediatamente! — exclamó Pansy Parkinson, con lágrimas en los ojos.

— ¡La culpa fue de Malfoy! — lo defendió Dean Thomas. Crabbe y Goyle flexionaron los músculos amenazadoramente.

—Es cierto, Hagrid nos dijo como debíamos manejar a los hipogrifos, aru —alegó China sin inmutarse de las amenazas de los dos “gorilas”.

 

Subieron los escalones de piedra hasta el desierto vestíbulo.

 

— ¡Voy a ver si se encuentra bien! — dijo Pansy.

—Voy contigo —habló México quien estaba preocupado por su amigo. Harry lo vio alejarse con Parkinson y deseó poder ir también, pero estaba seguro que la chica Slytherin no lo dejaría acercarse a Draco.

 

El resto de las serpientes se alejaron hacia su sala común subterránea, sin dejar de murmurar contra Hagrid; Harry, Ron, Hermione y los países continuaron subiendo escaleras hasta la torre de Gryffindor.

 

— ¿Creen que se pondrá bien? — dijo Hermione asustada.

— Por supuesto que sí. La señora Pomfrey puede curar heridas en menos de un segundo — dijo Harry, tratando de tranquilizarse a sí mismo, pero su preocupación aumentaba cada segundo.

—Es lamentable que esto haya pasado en la primera clase de Hagrid, ¿no les parece? — comentó Ron preocupado —. Es muy típico de Malfoy eso de complicar las cosas...

—Fue un accidente y Draco vivirá, no sé porqué hacen tanto escándalo —dijo Elizabeta tratando de quitarle importancia al asunto. —Draco sufrió un rasguño que sanará en unos días.

—¡Sure! ¡El héroe ha tenido peores heridas!, como cuando Japón atacó Pearl Harbor, o… —Alfred comenzó a enumerar las diferentes lesiones que había sufrido desde que era una joven nación, inmediatamente, otros países comenzaron a relatar y enseñar las cicatrices de sus viejas heridas de batalla, convirtiendo el asunto en una competencia.

 

 

Se dirigieron al Gran Comedor para la cena. Esperaban encontrar allí a Hagrid, pero no estaba.

 

— No lo habrán despedido, ¿verdad? — preguntó Hermione con preocupación, sin probar su pastel de filete y riñones.

— Más vale que no — le respondió Ron, que tampoco probaba bocado.

 

Harry observaba la mesa de Slytherin. Un grupo numeroso, en el que figuraban Crabbe y Goyle, estaba sumido en una conversación secreta. Harry estaba seguro de que preparaban su propia versión del percance sufrido por Draco.

 

— Bueno, no puedes decir que el primer día de clase no haya sido interesante — dijo Dinamarca antes de morder su tostada con mermelada.

 

Tras la cena subieron a la sala común de Gryffindor, que estaba llena de gente, y trataron de hacer los deberes que les había mandado la profesora McGonagall, pero se interrumpían cada tanto para mirar por la ventana de la torre.

 

— Hay luz en la ventana de Hagrid — dijo Harry de repente.

Ron miró el reloj.

— Si nos diéramos prisa, podríamos bajar a verlo. Todavía es temprano...

— No sé — respondió Hermione despacio, y Harry vio que lo miraba a él.

— Tengo permiso para pasear por los terrenos del colegio — aclaró—. Sirius Black no habrá podido burlar a los dementores, ¿verdad?

—Yo me preocuparía menos por esas cosas y más por lo que Inglaterra pueda decir si nos ve deambulando por los pasillos —comentó Hungría.

—Vamos, un poco de diversión no nos hará mal —comentó Magnus con una amplia sonrisa. —Pero iremos solo dos, por si acaso.

—Me parece bien, aru —agregó China.

—Iré yo —dijo Harry con seriedad.

—Entonces que Magnus te acompañe —Hungría no lo había sugerido, era una orden que ninguno se atrevía a contradecir.

 

Los dos salieron por el agujero del cuadro, contentos de no encontrar a nadie en el camino hacia la puerta principal, porque no estaban muy seguros de que pudieran salir.

 

La hierba estaba todavía húmeda y parecía casi negra en aquellos momentos en que el sol se ponía. Al llegar a la cabaña de Hagrid llamaron a la puerta y una voz les contestó:

 

— Adelante, entren.

 

Hagrid estaba sentado en mangas de camisa, ante la mesa de madera limpia; Fang, su perro jabalinero, tenía la cabeza en el regazo de Hagrid. Les bastó echar un vistazo para darse cuenta de que Hagrid había estado bebiendo. Delante de él tenía una jarra de peltre casi tan grande como un caldero y parecía que le costaba trabajo enfocar bien las cosas.

— Supongo que es un récord — dijo apesadumbrado al reconocerlos—. Me imagino que soy el primer profesor que ha durado sólo un día.

— ¡No te habrán despedido, Hagrid! — exclamó Dinamarca.

— Todavía no — respondió Hagrid con tristeza, tomando un trago largo del contenido de la jarra—. Pero es sólo cuestión de tiempo, ¿verdad? Después de lo de Malfoy...

— ¿Cómo se encuentra Draco? — preguntó Harry sin poder ocultar su preocupación—. No habrá sido nada serio, supongo.

— La señora Pomfrey lo ha curado lo mejor que ha podido — dijo Hagrid con abatimiento—, pero él sigue diciendo que le hace un daño terrible. Está cubierto de vendas... Gime...

— Todo es cuento — dijo el rey de los nórdicos, cruzándose de brazos—. La señora Pomfrey es capaz de curar cualquier cosa. El año pasado hizo que a Harry le volviera a crecer la mitad del esqueleto. Ese Malfoy es demasiado dramático para mi gusto.

— El Consejo Escolar está informado, por supuesto — dijo Hagrid—. Piensan que empecé muy fuerte. Debería haber dejado los hipogrifos para más tarde... Tenía que haber empezado con los gusarajos o con los summat... Creía que sería un buen comienzo... Ha sido culpa mía...

— ¡Toda la culpa es de Malfoy, Hagrid! — dijo Magnus con seriedad.

— Somos testigos — dijo Harry—. Dijiste que los hipogrifos atacan al que los ofende. Si Malfoy no prestó atención, el problema es suyo. Le diremos a Dumbledore lo que de verdad sucedió.

— Sí, Hagrid, no te preocupes te apoyaremos — confirmó Dinamarca. De los arrugados rabillos de los ojos de Hagrid, negros como cucarachas, se escaparon unas lágrimas. Atrajo a Dinamarca y a Harry hacia sí y los estrechó en un abrazo tan fuerte que pudo haberles roto algún hueso.

 

— Creo que ya has bebido bastante, Hagrid — dijo Dinamarca con firmeza; interiormente lamentándose por no poder acompañar al semi gigante con unos tragos por estar atrapado en el cuerpo de un adolecente. Cuando el mayor los soltó Magnus tomó la jarra de la mesa y salió a vaciarla.

— Sí, puede que tengas razón — dijo Hagrid  se levantó de la silla y siguió a Dinamarca al exterior; con paso inseguro.

Oyeron una ruidosa salpicadura.

— ¿Qué ha hecho? — dijo Harry, asustado, cuando Dinamarca volvió a entrar con la jarra vacía.

— Meter la cabeza en el barril de agua — respondió el país, guardando la jarra.

Hagrid regresó con la barba y los largos pelos chorreando, y secándose los ojos.

— Mejor así — dijo, sacudiendo la cabeza como un perro y salpicándolos—. Han sido muy amables por venir a verme. Yo, la verdad...

 

Hagrid se paró en seco mirando a Harry; como si acabara de darse cuenta de que estaba allí:

— ¿QUÉ CREES QUE HACES AQUÍ? — bramó, y tan de repente que dieron un salto en el aire— . ¡NO PUEDES SALIR DESPUÉS DE ANOCHECIDO, HARRY! ¡Y USTEDES TÚ LO DEJASTE!

 

Hagrid se acercó a Harry con paso firme, lo cogió del brazo y lo llevó hasta la puerta.

 

— ¡Vamos! — dijo Hagrid enfadado—. Los voy a acompañar al colegio. ¡Y que no los vuelva a atrapar viniendo a verme a estas horas! ¡No valgo la pena!

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

 

En la casa de los gritos se encontraba Tlilmi, la chaneque que había venido con Guatemala, el Troll de Noruega y las criaturas mágicas de Inglaterra; todos ellos se divertían, pero no eran los únicos en ese lugar. En una oscura esquina, se encontraba una figura observándolos, algo que no parecía molestarlos, era como si su presencia fuera normal para ellos.

 

—Necesito salir de aquí….

 

Continuará…

 
Notas finales:

 

 

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