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Error mágico por lizergchan

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Notas del capitulo:

 

 

Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.

Parejas: RusiaxMexico, FranxUk, PruxAus, EspxRoma, UkxFran, y HarryxDraco insinuación de AmexMex y SnapexUk

Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, humor, Lemon, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.

 

 

 

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

 

 

Error mágico

 

 

Capítulo 32.- Guatemala

 

 

Salir con las dos naciones americanas fue toda una aventura; aunque tuvieron que mantenerse ocultos del resto de los estudiantes, Harry se divirtió mucho, desgraciadamente, tuvieron que regresar unas horas antes que el resto para evitar levantar sospechas.

 

 

Guatemala estaba dando un paseo por el castillo; subió una escalera, pensando en que quizás encontraría algo que la ayudase a romper el hechizo que pesaba sobre su hermano y los otros países, cuando dijo una voz que salía del interior de un aula:

 

— ¿Profesora Pérez? — Mónica retrocedió para ver quién la llamaba y se encontró al Lupin, que la miraba desde la puerta de su despacho—. ¿Qué hace? — le preguntó—. ¿Se ha perdido?

—Estaba dando un paseo — respondió la latina; con voz que fingía no dar importancia a lo que decía.

— Ah — dijo Lupin. Observó a la morena un momento—. ¿Por qué no pasa? Acabo de recibir un grindylow para mi próxima clase.

— ¿Un qué? — preguntó Guatemala sin entender de lo que el otro hablaba.

 

Entró en el despacho siguiendo a Lupin. En un rincón había un enorme depósito de agua. Una criatura de un color verde asqueroso, con pequeños cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal, haciendo muecas y doblando sus dedos largos y delgados.

 

— Es un demonio de agua — dijo Lupin, observando el grindylow ensimismado—. No debería darle muchas dificultades a los alumnos, sobre todo después de los kappas. El truco es deshacerse de su tenaza. ¿Se da cuenta de la extraordinaria longitud de sus dedos? Fuertes, pero muy quebradizos.

 

El grindylow enseñó sus dientes verdes y se metió en una espesura de algas que había en un rincón. Guatemala hizo una mueca, aquel ser le recordaba a ciertas criaturas del folclore de su casa.

 

—¿Una taza de té? — le preguntó Lupin, buscando la tetera—. Iba a prepararlo.

—Gracias — aceptó Mónica apartando la mirada del grindylow.

 

Lupin dio a la tetera un golpecito con la varita y por el pitorro salió un chorro de vapor.

 

— Siéntese — dijo Lupin, destapando una caja polvorienta—. Lo lamento, pero sólo tengo té en bolsitas. Me imagino que estará harta del té suelto. Aunque también tengo un poco de café, es su favorito, ¿no?

 

Guatemala miró a Lupin con ojos brillantes, tenía algunas horas de no beber ese delicioso néctar negro y ya sentía que le daría algo.

 

—Café sería excelente —aceptó la guatemalteca —, ¿pero como lo ha sabido?

— Me lo ha dicho la profesora McGonagall — explicó Lupin, pasándole a Monica una taza descascarillada—. No le importa, ¿verdad?

 

Guatemala observó al profesor quien se veía un poco apenado por el estado de la taza; le sonrió mientras le daba una palmadita en la espalda.

 

—Tranquilo “Pro”, que lo importante no es el objeto en el que se sirve, si no el contenido —le dio un sorbo a su café y ensanchó más la sonrisa —¡delicioso!

 

Lupin sonrió agradecido; ambos comenzaron una larga charla. Guatemala realmente se entretenía mucho con Remus, sus historias eran divertidas y su sencillez refrescante.

 

 

—Entonces Arthur se ofreció a cocinar y casi nos morimos a causa de la explosión que causó—Remus rió con ganas —, después de eso…

 

Le interrumpieron unos golpes en la puerta.

 

— Adelante — dijo Lupin.

 

Se abrió la puerta y entró Snape. Llevaba una copa de la que salía un poco de humo y se detuvo al ver a Guatemala quien le guiñó un ojo con pose coqueta. Entornó sus ojos negros.

—¡Ah, Severus! — dijo Lupin sonriendo—. Muchas gracias. ¿Podrías dejarlo aquí, en el escritorio? — Snape posó la copa humeante. Sus ojos pasaban de Guatemala a Lupin—. Estaba enseñando a Mónica mi grindylow — dijo Lupin con cordialidad, señalando el depósito.

— Fascinante — comentó Snape, sin mirar a la criatura, aunque un poco extrañado por las formas en que esos dos se trataban—. Deberías tomártelo ya, Lupin.

— Sí, sí, enseguida — dijo Lupin.

— He hecho un caldero entero. Si necesitas más...

— Seguramente mañana tomaré otro poco. Muchas gracias, Severus.

— De nada — respondió Snape. Pero había en sus ojos una expresión que a Monica no le gustó. Salió del despacho retrocediendo, sin sonreír y receloso.

Guatemala miró la copa con curiosidad. Lupin sonrió.

— El profesor Snape, muy amablemente, me ha preparado esta poción — dijo—. Nunca se me ha dado muy bien lo de preparar pociones y ésta es especialmente difícil — tomó la copa y la olió—. Es una pena que no admita azúcar — añadió, tomando un sorbito y torciendo la boca.

— ¿Por qué...? — comenzó Mónica.

 

Lupin la miró y respondió a la pregunta que Guatemala no había acabado de formular:

 

—No me he encontrado muy bien — dijo—. Esta poción es lo único que me sana. Es una suerte tener de compañero al profesor Snape; no hay muchos magos capaces de prepararla.

—Se ve asqueroso —comentó la morena al ver la mueca de su nuevo amigo.

—Algo —respondió dejando la copa ya vacía en el escritorio. Guatemala sacó un dulce de cajera de la túnica y se lo entregó a Lupin para que pasara el mal sabor de boca.

—Debo irme, aún tengo trabajo que hacer —se lamentó —. Nos vemos en el banquete.

 

 

….

 

La comida fue deliciosa. Incluso Hermione y Ron, que estaban que reventaban de los dulces que habían comido en Honeydukes, repitieron. México no paraba de mirar a la mesa de los profesores. Guatemala hablaba animadamente con Lupin quien  parecía alegre y más sano que nunca.

 

—Algo se trae entre manos —dijo José entrecerrando los ojos. Mónica no solía dar un paso sin razón y al mexicano le preocupaba que estuviese pensando en usar al profesor de DCAO para sus fines malvados.

 

El banquete terminó con una actuación de los fantasmas de Hogwarts. Saltaron de los muros y de las mesas para llevar a cabo un pequeño vuelo en formación. Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor; cosechó un gran éxito con una representación de su propia desastrosa decapitación.

 

Fue una noche tan estupenda que nadie no pudo enturbiar el buen humor de Harry al gritarle por entre la multitud, cuando salían del Gran Comedor:

 

— ¡Los dementores te envían recuerdos, Potter!

 

Harry, Ron, Hermione y los países de Gryffindor siguieron al resto de los de su casa por el camino de la torre, pero cuando llegaron al corredor al final del cual estaba el retrato de la señora gorda, lo encontraron atestado de alumnos.

 

— ¿Por qué no entran? — preguntó Ron intrigado. Harry miró delante de él, por encima de las cabezas. El retrato estaba cerrado.

 

—Déjenme pasar; por favor — dijo la voz de Percy. Se esforzaba por abrirse paso a través de la multitud, dándose importancia—. ¿Qué es lo que ocurre? No es posible que nadie se acuerde de la contraseña. Déjenme pasar, soy el Premio Anual.

 

La multitud guardó silencio entonces, empezando por los de delante. Fue como si un aire frío se extendiera por el corredor. Oyeron que Percy decía con una voz repentinamente aguda:

— Que alguien vaya a buscar al profesor Dumbledore, rápido.

 

Las cabezas se volvieron. Los de atrás se ponían de puntillas.

 

—¿Qué sucede? — preguntó Ginny, que acababa de llegar. Al cabo de un instante hizo su aparición el profesor Dumbledore, dirigiéndose velozmente hacia el retrato. Los alumnos de Gryffindor se apretujaban para dejarle paso.

 

— ¡Anda, mi madr...! — exclamó Hermione, sosteniéndose del brazo de Harry.

 

La señora gorda había desaparecido del retrato, que había sido rajado tan ferozmente que algunas tiras del lienzo habían caído al suelo. Faltaban varios trozos grandes. Dumbledore dirigió una rápida mirada al retrato estropeado y se volvió. Con ojos entristecidos vio a los profesores McGonagall, Lupin y Snape, que se acercaban a toda prisa.

 

— Hay que encontrarla — dijo Dumbledore—. Por favor; profesora McGonagall, dígale enseguida al señor Filch que busque a la señora gorda por todos los cuadros del castillo.

—¡Sorprendidos están! — dijo una voz socarrona. Era Peeves, que revoloteaba por encima de la multitud y estaba encantado, como cada vez que veía a los demás preocupados por algún problema.

— ¿Qué quieres decir, Peeves? — le preguntó Dumbledore tranquilamente. La sonrisa de espectro desapareció. No se atrevía a burlarse de Dumbledore. Adoptó una voz empalagosa que no era mejor que su risa.

— Le da vergüenza, señor director. No quiere que la vean. Es un desastre de mujer. La vi correr por el paisaje, hacia el cuarto piso, señor; esquivando los árboles y gritando algo terrible — dijo con alegría—. Pobrecita — añadió sin convicción.

— ¿Dijo quién lo ha hecho? — preguntó Dumbledore en voz baja.

— Sí, señor director — dijo Peeves, con pinta de estar meciendo una bomba en sus brazos—. Se enfadó con ella porque no le permitió entrar, ¿sabe? — Peeves dio una vuelta de campana y dirigió a Dumbledore una sonrisa por entre sus propias piernas—. Ese Sirius Black tiene un genio insoportable.

 

 

 

 

El profesor Dumbledore mandó que los estudiantes de Gryffindor volvieran al Gran Comedor; donde se les unieron, diez minutos después, los de Ravenclaw, Hufflepuff y Slytherin. Todos parecían confusos.

 

— Los demás profesores y yo tenemos que llevar a cabo un rastreo por todo el castillo — explicó el profesor Dumbledore, mientras McGonagall y Flitwick cerraban todas las puertas del Gran Comedor—. Me temo que, por su propia seguridad, tendrán que pasar aquí la noche. Quiero que los prefectos monten guardia en las puertas del Gran Comedor y dejo de encargados a los dos Premios Anuales. Comuníquenme cualquier novedad — añadió, dirigiéndose a Percy, que se sentía inmensamente orgulloso—. Avísenme por medio de algún fantasma. — El profesor Dumbledore se detuvo antes de salir del Gran Comedor y añadió—: Bueno, necesitaran...

 

Con un movimiento de la varita, envió volando las largas mesas hacia las paredes del Gran Comedor. Con otro movimiento, el suelo quedó cubierto con cientos de mullidos sacos de dormir rojos.

 

— Felices sueños — dijo el profesor Dumbledore, cerrando la puerta.

El Gran Comedor empezó a bullir de excitación. Los de Gryffindor contaban al resto del colegio lo que acababa de suceder.

—Es suficiente ¡Todos a los sacos! — gritó Arthur quien se encontraba al lado de Mónica; Albus les había pedido que se quedaran con los alumnos para protegerlos—. ¡Ahora mismo, se acabó la charla! ¡Apagaré las luces dentro de diez minutos!

—No chingues Arturo, aún es muy temprano —se quejó México ganándose un regaño por parte del aludido.

—Itzamma José Francisco Ricardo Montoya de la Rosa Pérez, compórtate o te escondo tus chiles y haré que te cambien de habitación para que no estés con Iván —lo amenazó Guatemala frunciendo el ceño. México la miró con los ojos abiertos de par en par, tragó grueso mientras se escondía detrás del ruso; cuando alguien llamaba a una persona (principalmente un familiar) por su nombre completo significaba que la cosa iba enserio.

—¡El héroe no tiene sueño! —replicó Estados Unidos; él quería ir a buscar al tal Sirius y darle su merecido.

Mónica no estaba de humor para estar soportando las idioteces del estadounidense; sin siquiera decir “agua va”, lo tomó de la oreja y lo obligó a sentarse en el suelo ante la mirada sorprendida (y temerosa) de los otros países.

—Ahora escúchenme bien engendros del demonio. Se duermen ya o los cocinare para el desayudo —los amenazó Guatemala, ahora que tenía la oportunidad de mangonearlo no la iba a desaprovechar.

—Vamos — dijo Ron a Hermione y a Harry, temeroso de lo que la guatemalteca les pudiera hacer a ellos sin no acataban sus órdenes. Tomaron tres sacos de dormir y se los llevaron a un rincón donde poco después los acompañaron todos los países.

—¿Creen que Black sigue en el castillo? — susurró Hermione con preocupación.

— Evidentemente, Dumbledore piensa que es posible — dijo Suiza con el ceño fruncido.

— Es una suerte que haya elegido esta noche, ¿se dan cuenta, aru? — comentó China, mientras se metían vestidos en los sacos de dormir y se apoyaban en el codo para hablar—. La única noche que no estábamos en la torre...

— Supongo que con la huida no sabrá en qué día vive — dijo Ron—. No se ha dado cuenta de que es Halloween. De lo contrario, habría entrado aquí a saco.

—Le dan mucha importancia a ése tal Sirius —lo interrumpido México mientras se acurrucaba en entre los brazos de Rusia —, seguro el wey no es ni la mitad de peligroso de lo que nos quieren hacer creer. Es como Iván, en apariencia es tierno y apapachable pero por para algunos, es un psicópata sediento de sangre, sin mencionar que es una bestia lujuriosa en la cama.

 

Ok, eso era algo que ninguno de los presentes deseaba saber y que seguro les daría horribles pesadillas.

 

—Emm… entonces, ¿cómo ha podido entrar? —cuestionó Alemania completamente rojo por los comentarios de su “sobrino”.

— A lo mejor sabe cómo aparecerse — dijo Noruega quien recordaba haber leído sobre eso en la biblioteca —. Cómo salir de la nada.

— Tal vez se ha disfrazado —opinó Ucrania.

— ¡Podría haber entrado volando!— sugirió Dinamarca.

— Hay que ver; ¿es que soy la única persona que ha leído Historia de Hogwarts? — preguntó Hermione a Harry y a Ron, perdiendo la paciencia.

— Casi seguro — dijo Ron pero para su sorpresa la mayoría de los países levantó la mano para dar a entender que ellos también lo habían hecho—. ¿Por qué lo dices?

— Porque el castillo no está protegido sólo por muros — indicó Austria—, sino también por todo tipo de encantamientos para evitar que nadie entre furtivamente. No es tan fácil aparecerse aquí.

—Y quisiera ver el disfraz capaz de engañar a los dementores. Vigilan cada una de las entradas a los terrenos del colegio. Si hubiera entrado volando, también lo habrían visto. Filch conoce todos los pasadizos secretos y estarán vigilados —agregó Bielorrusia con seriedad.

— ¡Voy a apagar las luces ya! — gritó Guatemala—. Quiero que todo el mundo esté metido en el saco y callado o les aseguro que su pubertad será muy aburrida.

 

Todas las velas se apagaron a la vez. La única luz venía de los fantasmas de color de plata, que se movían por todas partes, hablando con gravedad con los prefectos, y del techo encantado, tan cuajado de estrellas como el mismo cielo exterior. Entre aquello y el cuchicheo ininterrumpido de sus compañeros, Harry se sintió como durmiendo a la intemperie, arrullado por la brisa.

 

—Ve~ esto me recuerda a nuestros entrenamientos al aire libre —le dijo Italia a Alemania quien lo mantenía muy bien abrazado contra su pecho a modo de protección.

 

Cada hora aparecían Inglaterra y Guatemala por el salón para comprobar que todo se hallaba en orden. Hacia las tres de la mañana, cuando por fin se habían quedado dormidos muchos alumnos, entró el profesor Dumbledore. Harry vio que iba buscando a las dos naciones adultas, que rondaba por entre los sacos de dormir amonestando a los que hablaban. Arthur y Mónica estaban a corta distancia de los jóvenes países, que fingieron estar dormidos cuando se acercaron los pasos de Dumbledore.

 

— ¿Han encontrado algún rastro de él, Albus? — le preguntó Arthur en un susurro.

—No. ¿Por aquí todo bien?

—Sin novedad alguna —le respondió Mónica.

—Bien. No vale la pena moverlos a todos ahora. He encontrado a un guarda provisional para el agujero del retrato de Gryffindor. Mañana podrás llevarlos a todos.

— ¿Y la señora gorda?

— Se había escondido en un mapa de Argyllshire del segundo piso. Parece que se negó a dejar entrar a Black sin la contraseña, y por eso la atacó. Sigue muy consternada, pero en cuanto se tranquilice le diré al señor Filch que restaure el lienzo.

 

Harry oyó crujir la puerta del salón cuando volvió a abrirse, y más pasos.

 

—¿Señor director? — Era Snape. Harry se quedó completamente inmóvil, aguzando el oído—. Hemos registrado todo el primer piso. No estaba allí. Y Filch ha examinado las mazmorras. Tampoco ha encontrado rastro de él.

— ¿Y la torre de astronomía? ¿Y el aula de la profesora Trelawney? ¿Y la pajarera de las lechuzas?

— Lo hemos registrado todo...

— Muy bien, Severus. La verdad es que no creía que Black prolongara su estancia aquí.

— ¿Tiene alguna idea de cómo pudo entrar; profesor? — preguntó Snape.

 

Harry alzó la cabeza ligeramente, para desobstruirse el otro oído.

 

— Muchas, Severus, pero todas igual de improbables.

 

Harry abrió un poco los ojos y miró hacia donde se encontraban ellos. Dumbledore estaba de espaldas a él, pero pudo ver los rostros de Inglaterra y Guatemala, el primero estaba muy atento y la segunda visiblemente aburrida,  el perfil de Snape, que parecía enfadado.

— ¿Se acuerda, señor director; de la conversación que tuvimos poco antes de... comenzar el curso? — preguntó Snape, abriendo apenas los labios, como para que las dos naciones no se enteraran.

— Me acuerdo, Severus — dijo Dumbledore. En su voz había como un dejo de reconvención.

— Parece... casi imposible... que Black haya podido entrar en el colegio sin ayuda del interior. Expresé mi preocupación cuando usted señaló...

— No creo que nadie de este castillo ayudara a Black a entrar — dijo Dumbledore en un tono que dejaba bien claro que daba el asunto por zanjado. Snape no contestó—. Tengo que bajar a ver a los dementores. Les dije que les informaría cuando hubiéramos terminado el registro.

— ¿No quisieron ayudarnos? — preguntó Guatemala pensando en pedirle a sus amigos fantasmas que le hicieran una visita a esas horrendas criaturas.

— Sí, desde luego — respondió Dumbledore fríamente—. Pero me temo que mientras yo sea director; ningún dementor cruzará el umbral de este castillo.

 

Mónica se mordió la lengua. Dumbledore salió del salón con rapidez y silenciosamente. Snape aguardó allí un momento, mirando al director con una expresión de profundo resentimiento. Luego también él se marchó.

 

—Parece que tenemos un “Houdini” entre manos —dijo Guatemala cruzándose de brazos —, aunque la verdad, sigo pensando que hacen demasiado drama por una sola persona.

—No hables de lo que no sabes —la reprendió y luego se fue.

 

Mónica dio un largo suspiro y miró suspicaz a las jóvenes naciones, era obvio para ella que los únicos dormidos eran los dos italianos y que los otros habían escuchado toda la conversación.

 

—No hagan nada estúpido —dijo y salió del Gran Comedor.

 

Harry miró a ambos lados, a Ron, a Hermione y a las naciones. Tanto unos como otros tenían los ojos abiertos, reflejando el techo estrellado.

 

— ¿De qué hablaban? — preguntó Ron.

 

 

 

Durante los días que siguieron, en el colegio no se habló de otra cosa que de Sirius Black. México y Rusia estaban extraños (principalmente el latino), se la pasaban hablando en secreto y cada que alguien se les acercaba para intentar averiguar lo que sucedia con esos dos, simplemente se alejaban. Las especulaciones acerca de cómo había logrado penetrar en el castillo fueron

 

— Algo trama ese par de indecentes — le dijo Austria a Hungria, enfadado—. No hacen más que causar problemas.

—Seguro no es nada— dijo Elizabeta tratando de restarle importancia al asunto—. Es probable que Iván y José estén más preocupados por mostrarse su amor —agregó sin poder evitar que su vena “fujoshi” saliera a flote.

 

Lo que menos preocupaba a Harry eran Rusia y México o el hecho de que sir Cadogan tomara el lugar de la señora gorda. Lo vigilaban muy de cerca. Los profesores buscaban disculpas para acompañarlo por los corredores, y Percy Weasley (obrando, según sospechaba Harry, por instigación de su madre) le seguía los pasos por todas partes, como un perro guardián extremadamente pomposo. Para colmo, la profesora McGonagall lo llamó a su despacho y lo recibió con una expresión tan sombría que Harry pensó que se había muerto alguien.

 

—No hay razón para que te lo ocultemos por más tiempo, Potter —dijo muy seriamente—. Sé que esto te va a afectar; pero Sirius Black...

—Ya sé que va detrás de mí —dijo Harry, un poco cansado—. El profesor Kirkland me lo dijo.

 

McGonagall se sorprendió mucho. Miró a Harry durante un instante y dijo:

 

—Ya veo. Bien, en ese caso comprenderás por qué creo que no debes ir por las tardes a los entrenamientos de quidditch. Es muy arriesgado estar ahí fuera, en el campo, sin más compañía que los miembros del equipo...

— ¡El sábado tenemos nuestro primer partido! — dijo Harry, indignado—. ¡Tengo que entrenar; profesora!

 

McGonagall meditó un instante. Harry sabía que ella deseaba que ganara el equipo de Gryffindor; al fin y al cabo, había sido ella la primera que había propuesto a Harry como buscador. Harry aguardó conteniendo el aliento.

 

—Mm... —la profesora McGonagall se puso en pie y observó desde la ventana el campo de quidditch, muy poco visible entre la lluvia—. Bien, te aseguro que me gustaría que por fin ganáramos la copa... De todas formas, Potter; estaría más tranquila si un profesor estuviera presente. Pediré a la señora Hooch que supervise tus sesiones de entrenamiento.

 

 

 

 

Harry se detuvo frente a la puerta de la torre de astronomía, Draco lo había citado para pasar un poco de tiempo juntos a causa del la crisis en Hogwarts. Potter no lo admitiría (al menos no conscientemente), pero estaba más asustado por los dementores que por Sirius.

 

—Harry —el aludido se sobresaltó, a sus espaldas se encontraba Draco quien lo tomó por la cintura —. Lo siento, no quería asustarte —se disculpó antes de besarle la mejilla.

—No importa —Harry dio la vuelta sin separarse de Malfoy para poder unirse en un beso.

 

El contacto de sus labios se hizo cada vez más necesitado; cómo pudieron ingresaron al salón. Las caricias se volvían más deseosas, la ropa poco a poco fue dejando los cuerpos calientes de excitación. La pareja se fundió en uno hasta llegar al orgasmo.

 

 

—¿Qué tal los entrenamientos? Supe que tienen a un nuevo cazador —le preguntó Draco a Harry quien estaba sentado entre sus piernas.

—Bien, aunque Alfred es un tanto…

—¿Idiota? —dijo en broma lo que hizo que recibiera un codazo —Auch, eso dolió.

—Alfred no es malo, sólo un poco… entusiasta.

—¿Un poco? —repitió Draco con sarcasmo. El estadounidense era todo un caso con ese complejo de héroe que tenía y esa excesiva energía (fuerza bruta). —De todos modos nosotros les ganaremos en el siguiente partido, Iván es un estupendo guardián, aprende muy rápido.

 

A la mención de Rusia, Harry recordó las palabras del soviético y del mexicano; ellos dos no ocultaban su relación y poco les importaba lo que los demás pensaran o los problemas que pudieran tener, eran felices.

 

¿Por qué Draco y él debían permanecer ocultos? Si el mundo no los aceptaba ¡bien por ellos! Mientras los dos estuvieran juntos lo demás pasaba a segundo plano.

 

 

 

Continará…

 

Notas finales:

 

 


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