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D.D.O por Ucenitiend

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Notas del fanfic:

Los invito a leer esta simple historia que empieza tibiecita pero se calienta conforme avanza, repleta de momentos románticos: algunos tristes y otros divertidos; con muchos malentendidos y desencuentros, y, por supuesto, todos muuuy acomodados a mi gusto. He puesto todo mi amor en cada capítulo, por eso me da pena cuando alguno es salteado. Además, en cada uno hay detalles que se aclararán más adelante. Y como el resto de las autoras, espero algún que otro comentario, pues ayudan mucho en lo anímico; y si son críticas respetuosas y constructivas, mejor, porque ayudan a progresar.

Ah, y para que nadie se sienta mal sorprendido, les aviso que en esta historia Aragorn y Legolas son sukes. 

Faltaban dos días para que Elladan y Elrohir, los hijos del Señor de Rivendell, cumplieran dos mil ochocientos diecinueve años. Todos los habitantes del lugar se preparaban para asistir a los divertidos festejos que, desde siglos, organizaban los alegres cumpleañeros. Entre los presentes, sin dudas, estaría Estel, el humano que se había integrado a la familia a sus dos tiernos e indefensos años. Pero, ¿cómo había llegado hasta ahí, y por qué aún vivía con ellos?

Después de que Arathorn II fuera herido en un ojo por una flecha orca y muriera en el 2.933 de T.E, su joven esposa, Gilraen, llevó al pequeño hijo de ambos a Imladris, para dejarlo al cuidado del sabio Elrond, quien le prometió que lo protegería y criaría como a un hijo más. Y así lo hizo, el peredhel ocultó su origen y su verdadero nombre, para evitar que fuera hallado por el mal que lo acechaba. Pasaría tiempo, antes de que le dijera quién era en realidad y el destino que le esperaba muy lejos de ahí. Y el tiempo pasó, y aquel dulce niño humano que supiera conquistar el corazón de todos, en especial el de los gemelos que habían combatido junto a su padre, ya se había convertido en un hermoso y vigoroso adolescente de dieciocho.  

El aire festivo que se respiraba en Rivendell, se disipó cuando, por la tarde, hicieron su trágico arribo los sobrevivientes de una caravana. Éstos, contaron que unos días antes habían partido de la Aldea de Bree, y que próximos a Imladris, debieron repeler el asedio de un grupo de orcos. Relataron, con lujo de detalles, cómo ganarles les había costado la vida a muchos de sus compañeros, y cómo los heridos pudieron continuar hasta ahí, ayudados por los pocos que salieron ilesos. Entre los hombres venía un joven alto y de figura atlética, de pelo rubio y ondeado, largo hasta los hombros; en su alargado y refinado rostro, de tez mate, resaltaban sus rasgados ojos de un intenso verde agua. No era poseedor de una gran belleza, y, para peor, traía sus ropas desgarradas y manchadas con su propia sangre y la de sus desafortunados compañeros de camino. De todos modos, ni bien llegó, atrajo la atención de Estel.

Pero Estel no se animó a acercársele. Igual, no hubiera podido, porque los atribulados viajeros, estuvieran o no heridos de gravedad, inmediatamente fueron recluidos en la Casa de Curaciones, y el sabio se encargó, personalmente, de que nadie más que él y otros sanadores los atendieran, y en sólo dos días obraran milagros sobre sus maltrechos cuerpos.

Al fin llegó el día tan esperado. Los festejos dieron comienzo a horas tempranas de la mañana. Recién, por la noche, mientras cantaba y bailaba entre los más entusiastas, Estel divisó al rubio que iba caminando solo entre los numerosos invitados. Pensó en sacarlo a bailar, pero no se animó, y se conformó con seguirlo discretamente con la mirada, casi toda la noche. Se hizo la promesa de hablarle en otro momento, cuando se sintiera más tranquilo, aunque estaba seguro que en cuanto le expresara lo que sentía por él, el otro joven lo rechazaría. Para cuando se enteró de que el rubio y los demás se habían despedido de Elrond y abandonado Rivendell, ya era tarde. Durante todo el día siguiente se recriminó por haberse distraído con sus amigos y no haber estado más pendiente de los movimientos del joven, y por creer que tendría tiempo de juntar coraje para hablarle. 

Los miembros de la reorganizada caravana habían partido durante la madrugada para llegar más rápido al siguiente destino: Mirkwood. Allí permanecerían unos días, luego continuarían su derrotero en busca de tierras en donde establecerse y vivir en paz, algo muy difícil de lograr en los tiempos que corrían, porque el mal también se reorganizaba y amenazaba con corromper los corazones de todos los habitantes de la Tierra Media, sin distinción de especies. 

Durante la fiesta, otro joven también se entretuvo tanto, que olvidó que debía levantarse muy temprano. Hacía pocos días que había llegado a Rivendell. Sólo iba de pasada, pero cuando le ofrecieron sustituir a un cartero que estaba cansado de ese agotador trabajo, aceptó quedarse. En su primer día de trabajo se levantó tarde, con los músculos entumecidos por haber bailado toda la noche; con su estómago revuelto y su cerebro embotado por la excesiva cantidad de cerveza y vino que había consumido. En su hueca cabeza, aún resonaban las risas, los brindis, los aplausos y los alegres sones de clarines, flautas y arpas. Así, y muy malhumorado a causa de la resaca, se apuró a recoger las cartas que debía entregar, entre otros sitios, en Mirkwood. 

Luego de reprenderlo por el retraso y de entregarle un pesado bolso, el encargado del Correo le volvió a explicar por donde debía ir para que el recorrido fuera hecho ordenadamente y resultara más corto. Pero él, en el estado en que estaba, se equivocó y tomó un camino más largo del que normalmente usaban los viajeros. Al fin, después de muchos días, entró al bosque con el gran bolso aún repleto de cartas. Estaba ansioso por deshacerse de ese pesado lastre que lo agobiaba y volverse rápido a la segura Rivendell. Anduvo mucho, antes de desembocar a orillas de un río, y ahí se encontró con alguien. El extraño que se le acercaba, le hizo recordar que el otro joven humano que vivía en Rivendell, a último momento lo había detenido para entregarle un sobre. 

"¿Para quién me dijo que era; por qué tenía que apurarme? ¿Me dijo que... tal vez, andaría por aquí, y que es rubio y de ojos claros? Bah, no me acuerdo de todo lo que me explicó... " -pensó confusamente.

Pero sí recordó con claridad la cantidad de monedas que le diera el incauto jovencito, para que se tomara el trabajo de encontrar a esa persona.

"¿Pero..., y ahora, cómo voy a encontrarlo, si no sé quién es, ni dónde está? Además, tengo entendido que por estos lares, casi toda la gente es rubia y de ojos claros" -siguió pensando el muy desganado. 

¡Y su muy mala voluntad obraría el resto! Al primer rubio que se le cruzara, le entregaría el sobre, sin importarle, en lo más mínimo, que no fuera el individuo descripto.

Legolas, que se hallaba patrullando esa zona del reino, era quien se le acercaba. Y era el primer rubio...   

-Buen día, humano -lo saludó, parado frente al caballo-. ¿Quién eres, y qué haces por aquí?

-Buen día. Ehh..., soy el nuevo mensajero de..., y... -se calló y se puso a buscar el sobre en blanco-, ...esta carta es para ti -dijo el muy irresponsable, y, sin más, desde arriba del caballo estiró el brazo para alcanzársela.  

-¿Es para mí...? -preguntó Legolas, y extrañado la miró por ambos lados-. Gracias, ¿pero...? 

Le resultó raro recibir correspondencia de ese modo y en un sitio tan retirado del palacio. Al abrir el sobre, tuvo que sacar el papel con mucho cuidado, porque la persistente llovizna caída el día anterior, había logrado colarse dentro del bolso, y humedecido, curiosamente, sólo la carta de Estel. Debió poner atención para leerla; y a medida que avanzaba, más se sorprendía y conmovía. De pronto, cayó en cuenta que ¡esa carta no podía ser para él! Levantó los ojos, y buscó al cartero para decirle que se había equivocado al dársela. Y quería preguntarle de dónde venía, cosa que debió hacer antes que nada. Pero éste ya había desaparecido, aprovechando que él estaba muy compenetrado en la lectura. Entonces dobló la carta y la guardó en uno de sus bolsillos. Miró al cielo, y por la posición del sol se dio cuenta que ya era hora de volver al palacio. De regreso, iba pensando en el pobre enamorado que había volcado sus sentimientos en ese poema, y en aquella otra persona que seguramente lo estaría esperando; e imaginó lo hermoso que sería amar así. Él, a sus siglos, todavía no se había enamorado de nadie.

-Qué mal se sentiría, si supiera que le escribió en vano -murmuró para sí. 

Ni bien entró a sus habitaciones, después de compartir la cena y una agradable sobremesa con su querido padre, volvió a mirar la carta que había dejado estirada sobre una mesita para que se secara; y se le ocurrió que podría hacerles un favor a los enamorados... Sí,  la contestaría. La carta tenía algunas letras borrosas, pero lo único que no había podido descifrar era el nombre de quién la había escrito y de dónde era éste. Abrigaba la esperanza de que el cartero reapareciera, así podría darle la respuesta que escribiría. Él, sabría a quien entregársela.

-¿Si me hubiera escrito a mí... qué le contestaría? -se preguntó emocionado.

Empezó a releerla, y enseguida sintió un suave calorcito creciendo en su pecho.

Haz qu  yo sepa pr nto tu mundo inter or.

Hazme parar el ti mpo q   mueve a los dos.

Deja qu  sea un  respiro,

hasta q e seas tú, d  mis abrazos presa,

p ra n  separarnos más.

Yo, qu rré, que en mi viaj  d  gran v gabundo fueses el fin,

y así convertir en  respiro l s mismos  mom ntos

anhelados, ansiados, d  unir nuest os cuerpos.

Qui ro qu  sea un respiro  ste amor

pa a que nunca muera y darnos aún  ás.

Y, querré q e en tus sueños buscando

un amante  e encuentres a mí.

Y, así, convert r en r spiro la suave canción

que consigue embr agarnos de nue tros recuerdos.                                           

                         Ansío verte. E t     de     

Para cuando terminó, ya se había quitado casi toda la ropa y estaba en el balcón refrescándose con el aire nocturno, y con los ojos perdidos en el estrellado firmamento, escuchaba el rítmico canto de los grillos. Ése, era el escenario ideal para el romance. Pero estaba solo. Sin darse cuenta, se llevó la carta al pecho y suspiró, y así entró al cuarto. Después de meterla en su correspondiente sobre, la dejó doblada debajo de un florerito lleno de jazmines y azahares. Caminó hasta su escritorio, y de encima tomó una hoja, una pluma y tinta, y sacó un sobre de uno de los cajones. De pasada levantó una silla y fue a sentarse junto a la mesita que tanto le gustaba. Y sin esfuerzo, escribió… 

Por ti mi amor, una vez más,

regresaré los viernes, de la Eternidad,

para llevarte más allá del mar,

si es que tu vida me vas a entregar.

Abrázame, no dudes más,

te construiré con las estrellas un pequeño hogar.

Aprenderemos juntos a soñar,

y nuestro amor no morirá.

Por ti mi amor regresaré,

para buscar las tibias notas de tu alma,

para cuidarte y regalarte el sol,

darte alegría y jamás dolor.

Abrázame, serás feliz,

comprenderás que nada muere, nada tiene fin.

Abrázame y conmigo volarás un viernes a

la Eternidad.             

                             Pronto nos veremos.   

Satisfecho, dobló el papel haciéndole coincidir prolijamente los bordes, y antes de cerrar el sobre, agregó dos jazmines y dos azahares. Lo dejó encima de la mesita y lo acarició; luego apagó las lámparas y se sacó la camisa que llevaba puesta como única vestimenta. Y en medio del silencio, sentado al borde de su gran cama, escuchó su respiración agitada y los fuertes latidos de su corazón; sintió que su cuerpo y su alma reaccionaban, como si lo que acababa de escribir, fuera para un amor que de verdad le perteneciera. A la mañana siguiente, ni bien despertó, lo primero que miró fue la carta, y se sintió ansioso como un enamorado. Luego de arreglarse, fue al Salón Comedor y desayunó algunas frutas. Ya fuera del palacio, mientras caminaba por las callecitas empedradas, iba preguntando por el mensajero. Desilusionado por no obtener noticias de él, llegó al mismo lugar en donde se lo había cruzado, y se quedó sentado sobre una roca, sosteniendo la carta, hasta que sus oídos captaron los cascos de un caballo que se acercaba por el sendero. Inmediatamente la guardó, y de un salto se puso en guardia, preparó su arco, y ya estaba por sacar una flecha de su carcaj, cuando lo vio aparecer. ¡Se sintió tan contento! En cambio, el cartero se asustó cuando lo vio, pues en un primer momento pensó que lo asaltaría, pero después lo reconoció. Legolas bajó el arco y lo saludó gentilmente, y sin dar vueltas le preguntó si se acordaba de quién le había escrito. El cartero, temiendo estar en serios líos por lo que había hecho antes, precavido, sólo le contestó que no recordaba su nombre, pero que lo reconocería en cuanto lo viera. Recién entonces, Legolas le entregó la carta, sintiendo muchísima curiosidad por saber a dónde la llevaría. Sí estaba seguro de que el poeta no era un elfo, pues había usado el idioma común, y por eso él, le había contestado en el mismo idioma. Y estuvo a punto de preguntarle, pero pensó que mejor sería no inmiscuirse más en el asunto. Tampoco le mencionó su equívoco, por temor a que le contase al desconocido lo que había pasado. Confió en que esta vez no habría error, y que todo volvería a la normalidad entre los amantes. Sólo temía que su letra fuera muy distinta a la de... la dama.  

Esta vez, el insensato cartero cumplió; le entregó la carta a Estel.

Mientras tanto, el joven de Bree permanecía en Mirkwood, lejos del palacio y ajeno a todo lo que sucedía. En pocos días continuaría su viaje con el resto de la gente.

Estel abrió el sobre y devoró las palabras. ¡Qué sorpresa recibió! ¡Y qué alegría sintió! La respuesta le daba a entender que el otro, también había reparado en su presencia y deseaba estar con él. Por fin no lo rechazaba alguien de su misma especie. Bueno, y de su mismo sexo. Enseguida empezó a hacer planes: tomaría algunos alimentos de la cocina, armaría su bolso y... Pero antes de partir hablaría con sus hermanos adoptivos, pues nunca había viajado a Mirkwood, y recordaba que en alguna oportunidad les había oído hablar de atajos que se usaban para acortar el largo viaje al Bosque Negro. Fue a buscarlos para pedirles información sobre los mismos, y por más que Elladan y Elrohir le preguntaron y repreguntaron, no les dijo la razón por la que se iba.  

 

 

 

Notas finales:

Quiero aclarar que los dos textos que corresponden a las cartas escritas por Aragorn y Legolas, son letras de dos canciones que me gustan mucho. La primera se llama "Respiro", y la otra "Los viernes de la eternidad". Espero que les guste el fic.


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