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Engendrando el Amanecer II

Autor: msan

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Notas del fanfic:

PRÓLOGO

Hoy, porque tú lo pides, retomo la pluma que abandoné agotado por la nostalgia...

 

No te gusta dejar nada inconcluso, sobre todo lo que tiene que ver con nosotros. A pesar de todas las tormentas padecidas, sigues siendo el mismo, mi amado Maurice.

 

Han pasado años desde que intenté desahogar mi corazón, atormentado por nuestra amarga separación. Hoy te tengo al fin entre mis brazos y paladeo la dicha más sublime otra vez... ¡La vida ha vuelto a ser hermosa!

 

Sin embargo, lo que tengo que contar dista mucho de ser un relato sencillo: Contiene nuestra lucha desesperada por retener la felicidad que creamos al estar juntos.

 

¡Cuántas cosas vivimos, Maurice! ¡Cuánto perdimos en cada batalla! Las cicatrices que llevamos en nuestra piel y en nuestra alma son testimonio de que, si bien la vida se nos regala, es ineludible luchar para conquistarla.

 

Para ti nuestra historia es Historia Sagrada, por eso quieres que la plasme en estas páginas. Siempre ves las cosas desde un ángulo que nadie más percibe, causando perplejidad y asombro. Sigues sorprendiéndome, a pesar de que por años he estudiado tus recovecos tratando de comprenderte plenamente. ¡Eres inabarcable!

 

No temas, no me he cansado de intentarlo y nunca lo haré; bien sabes que amarte es lo que mejor me define. Por eso cumpliré gustoso la tarea que me has impuesto, tomaré la pluma una vez más para hacer memoria, y recrear el azaroso camino que hemos recorrido hasta hoy.

 

Ya no resulta una tortura llenar estas páginas, te tengo a mi lado y tu amor me envuelve. Cobijado por tu luminosa calidez, escribiré sobre nosotros durante este duro invierno, aferrando la esperanza de que volverás a levantarte con la primavera.

 

Notas del capitulo:

Esta es la segunda parte. La primera parte la encuentran en mi perfil. Espero que les guste y comenten sus impresiones. 


 

 

 

Recuerdo que la primera nevada de aquel año de 1769, nos encontró en la cama. Maurice se levantó para avivar el fuego de la chimenea, lo observé a placer mientras caminaba desnudo, desafiando el frío y sin ningún tipo de recato. Me preocupó lo delgado que se veía.

Yo era la causa de su pérdida de apetito durante los meses anteriores. ¡Cuánto lo había hecho sufrir! Quería devolverle multiplicado en dicha cada lágrima que derramó por mí. Fueron tantas que juré dedicar hasta mi último aliento para conseguirlo.

Él no me reprochaba nada, parecía haber olvidado los días de angustia en el mismo instante en que me abandoné en sus brazos. Me amaba, me aceptaba tal cual era y así, sin darse cuenta, continuaba recreándome como había hecho el día en que me acogió en su corazón, diez meses atrás, en mi Villa.

No deja de sorprenderme todo lo que fuimos capaces de vivir en tan poco tiempo. Mi existencia pasó de una mediocridad fangosa, de un abandono en el vicio para huir del sinsentido, a una escalada hacia lo mejor de mí mismo, con desvíos y estancamientos peligrosos, hasta alcanzar el punto en el que me encontraba.

Finalmente podía verme en el espejo y reconocerme. Ya no era un extraño que en cualquier momento podía darme una desagradable sorpresa. Había logrado hacer el contorno de la mayor parte de mi personalidad, podía decir que sabía a qué atenerme y que era mi propio dueño.

Mis bajas pasiones y rasgos mezquinos no se ocultaban en las sombras esperando enseñorearse. Era capaz de llamarlos por su nombre, aceptarlos y perdonarme por ser así. Ya no usaba la careta del noble impecable, el hombre llamado a lo más grande, el que nunca debía doblegar su orgullo, el gran hipócrita que clamaba ser víctima de las circunstancias. Ahora era un hombre desnudo, que se sabía capaz de lo peor y lo mejor y asumía la responsabilidad de su vida.

Deseaba ser mejor. Estaba empeñado en serlo. Me motivaba lo más sagrado: Maurice. El mismo que volvía esa noche a mis brazos sonriente, después de revisar la chimenea, para esperar el amanecer como lo habíamos hecho cada noche desde que volvimos a estar juntos.

¡Mi amante de fuego! ¡Deseaba tanto que me consumieras hasta que no quedara nada de mí, hasta ser uno contigo y arder eternamente en un acto de amor! En aquel tiempo mi única aspiración en la vida era hacerte feliz. Aún lo sigue siendo, lo sabes. ¡Tú eres mi mundo, tú eres mi todo!

Pero basta de declaraciones de amor en el papel, prefiero decírtelas al oído. Seguiré evocando mis recuerdos tal como has dicho, escribiré estas páginas como si estuvieran destinadas a no ser leídas por ti. No ocultaré nada ni me ahorraré lo que ya conoces.

Leíste todo lo que escribí en el Paraguay y, aunque dejaste de hablarme por unos días después de ciertos párrafos, y gritaste furioso luego de otros muy detallados, felicitaste mi sinceridad. Ante ti no temo el juicio ni la condena y, con la tinta de mi corazón, doy testimonio de nuestra historia.

Me esforzaré en continuarla sin meterte en el texto porque, aunque siento deseos de llenar miles de páginas con palabras de adoración hacia ti, sé que no es lo que quieres. Tenme paciencia si vuelvo a desviarme y termino escribiendo un himno a nuestro amor, ya sabes que suelo ser de los que cometen el mismo error muchas veces.

En fin, continúo. ¿Dónde estaba? Ah, sí, nosotros en la cama durante la primera nevada.

Había llegado el invierno...

Pasar aquella estación en un palacio tan grande era un problema. Había que mantener las chimeneas encendidas y estar constantemente en presencia del fuego, ese verdugo implacable, no resultaba fácil. Los recuerdos del dolor infernal que padecí eran tan persistentes como las cicatrices en mis manos.

Aceptar que llevaría esas marcas el resto de mi vida fue un arduo proceso. La mayor parte del tiempo lograba restarle importancia a su existencia, pero también había momentos en los que me quedaba estancado en el horror de mi deformidad. Cuando el vacío entre mis manos se llenaba con el cuerpo de Maurice, la vida volvía a ser algo por lo cual estar agradecido.

Cada día experimentaba la plenitud, una sensación de no necesitar nada más, de poseer todo lo que podría llegar a anhelar en el futuro, de estar completo al fin. Él también parecía sentirse así: la risa brotaba fácil de su boca, sus ojos irradiaban vida, cada palabra que pronunciaba estaba preñada de esperanza y, cuando hacíamos el amor, su pasión se desplegaba como una flama inagotable.

Esa felicidad me inquietaba. Suena estúpido, lo sé. Como ya dije, me conocía mucho más, por eso la desconfianza era inevitable. El miedo de volver a fallar sobrevolaba como un ave de rapiña amenazando mi ánimo. Después de destruir todo lo que nos unía, y ser perdonado y acogido gratuitamente, debía haber aprendido que Maurice no exigía que yo fuera perfecto. Me faltaba mucho para abarcar por completo lo que significaba ser amado por él.

Apenas recibía las primeras lecciones. De hecho, los dos nos encontrábamos en el comienzo de algo completamente inédito en nuestras propias historias. El amor nos hizo estrenar la vida; todo a nuestro alrededor adquirió frescura y novedad. El mundo se redujo a nosotros dos, y era amplio e iluminado.

Corrijo, el mundo se redujo a nosotros dos y a sus primos. En nuestra aventura teníamos compañeros que vivían su propio idilio con el desparpajo y la pasión explosiva que los caracterizaba. Raffaele y Miguel no pudieron ser menos empalagosos ni más molestos de lo que fueron. Poco les importaba quien los viera, demostraban sus sentimientos como si estuvieran solos en medio del Jardín del Edén. Si me pongo a enumerar las situaciones incómodas que nos hicieron vivir, no terminaría jamás.

Es comprensible que actuaran de esa manera. Sin Agnes para informar a madame Severine de lo que hacíamos, aislados por la distancia de los críticos y chismosos de París y Versalles, con los sirvientes bajo el férreo control de Raffaele, podíamos ser nosotros mismos.

El Palacio de las Ninfas se convirtió en un refugio en el que nos sentíamos seguros.

Para Miguel esto significaba más que para cualquiera. Llevaba años ocultando su verdadera personalidad incluso ante Maurice, su confidente, y ante Raffaele, el hombre que amaba. Confieso que me conmovía y atemorizaba verle transformarse poco a poco en la mujer que sentía ser.

En cuanto a Raffaele, era el mismo de siempre. Paseaba presuntuoso luciendo todas sus virtudes y defectos al mismo tiempo, hasta el punto que ya no sabíamos distinguir dónde empezaba lo mejor de él y donde terminaba lo peor. ¿Cómo no perdonarle sus ocurrencias más indecorosas al verle constantemente propiciando nuestra felicidad por encima de la suya? Él sabía que tenía ganado nuestro corazón y por eso no se reprimía ningún capricho.

Maurice también necesitaba un refugio. Siempre había vivido con el corazón desguarnecido ante los demás, blanco fácil para la malicia y la hipocresía. Necesitaba un mundo en el que estuviera rodeado de gente que mereciera la confianza que regalaba. Sólo aprendió a ser más prudente después de muchos desengaños sufridos.

En mi caso, no tenía otro lugar dónde vivir: era un noble desheredado. Sin embargo, me sentía más dichoso y fuerte que nunca. Todo gracias a que mi riqueza, mi honor y mi futuro, estaban ahora en una persona que me amaba de forma incondicional. Mi única ambición era permanecer a su lado costara lo que costara.

Raffaele procuró que nuestro mundo perfecto tuviera todo lo necesario. Invitó a Daladier a vivir en el palacio durante el invierno para mantener sano a Maurice. Un trabajo ingrato porque el paciente insistía en abandonar el cálido refugio con frecuencia.

Solía ir conmigo a la Calle San Gabriel para supervisar los trabajos en el hospicio y dar clases a los pilluelos. También continuaba con sus visitas al rabino en el barrio judío una vez a la semana. Si se le ocurría invitarme, me negaba rotundamente excusándome en mi trabajo.

Ya no era un noble que contaba con una renta para vivir despreocupado, trabajaba para ganar dinero y ser capaz un día de sostenerme sin ayuda. Además de administrar para Joseph y Philippe la construcción de la iglesia, el hospicio, el hospital y cualquier otra cosa que a Maurice se le ocurriera, continuaba con las clases a Etienne y sus amigos de la Sorbona.

Los pilluelos quisieron pagar por sus lecciones cuando se enteraron de que me había quedado sin el apoyo de mi familia. Les dije que me bastaba con su buen comportamiento y me acusaron de estar pidiendo un precio muy alto. De vez en cuando alguno me traía un regalo, fruta o pan que reservaban de sus comidas en el hospicio. Los muy ladinos se ganaron mi corazón por completo.

Además, por petición de Bernard, empecé a dar clases a su hermano Abélard. El pobre muchacho seguía aficionado a la terrible Sophie, al principio no paraba de hablar sobre ella. Me obligaba a usar todo mi ingenio para hacerle interesarse por las lecciones.

Le tomé cariño, por ser hermano de mi querido amigo, y porque estaba en esa etapa en la que ya no se es un niño y todavía no se es un joven, los dulces años en los que solemos ilusionarnos por todo y cada sentimiento se vive como un cañonazo en el corazón. Puede que su lindo aspecto también influyera, lo reconozco.

Trabajar me hacía sentir satisfecho. Entendí por qué Maurice combatía tanto el ocio; el ser humano si duda crece gracias a las dificultades que afronta. Con tal de sobrevivir, hacemos funcionar todas las cualidades y capacidades con las que contamos. Una vida regalada deja mucho de nuestro potencial escondido.

Maurice no sería el hombre que es sin todo lo que padeció durante su infancia y el tiempo que pasó en el Paraguay. Supo crecer teniendo el viento en contra, transformando el dolor en fecundidad, buscando el bien que cree que su Dios es capaz de sacar incluso del mal que sembramos los hombres.

Yo seguía en guerra con ese Dios. Desistí de discutir su existencia porque comprendí que lo tendría como inquilino mientras viviera junto a mi amante. A él no le molestaba mi ateísmo recién estrenado. De hecho, estoy seguro que prefería que fuera ateo antes que jansenista.

Se burlaba cada vez que yo decía o hacía algo que dejaba en evidencia el no haber olvidado mi pasado como Abate. Sé que, como buen jesuita, pensaba convencerme tarde o temprano de compartir su fe apasionada por el carpintero judío. Hasta ahora no lo ha logrado.

Respecto a lo que hacían Raffaele y Miguel con su tiempo, el primero intentaba librarse del Rey quien constantemente lo requería en Versalles. La mayoría de las veces lo acompañaba su amante español y entre los dos dejaban deslumbradas a las damas, y algunos caballeros, de la corte.

Sin embargo, preferían gastar sus horas en adorarse el uno al otro en el Palacio de las Ninfas. Se les podía encontrar en los rincones menos esperados demostrando su amor como si fueran adolescentes en plena primavera. Maurice los acusaba de vagos, ellos sonreían y alegaban que tenían el tiempo en su contra, debían amarse por todo lo que antes no lo hicieron y por todo lo que después no podrían.

Miguel usaba vestidos con frecuencia. Al principio se mostró inseguro, pero, conforme fue sintiéndose más feliz, ya no le importó que lo vieran recorrer el palacio del brazo de su amante, luciendo y comportándose como la más hermosa y seductora madame de toda Francia y España. Maurice tomó la costumbre de llamarlo Micaela cada vez que se vestía así, a todos nos hizo gracia y a Miguel le conmovió: de verdad deseaba poder convertirse en mujer.

Por más que lo intentáramos, no podíamos ponernos en su lugar y entenderlo. El valor que necesitó para ser él mismo debió ser inmenso; yo no me hubiera atrevido jamás. Claro que, además de sus primos y yo, los únicos que podían contemplarlo enfundado en los generosos pliegues de las más finas telas y encajes, eran sirvientes y a ellos los consideraba parte del inmobiliario.

Su primer gran obstáculo fue Asmun. Miguel sabía que no era un sirviente sino el hermano secreto de su amante. Por tanto, también era el hijo del hombre que había intervenido para que el duque de Meriño cortara de raíz la costumbre que tenía madame Pauline de vestirlo como niña.

Le aterraba que su primo ilegítimo le contara todo a su tío. Daba por seguro que a este no le iba a hacer mucha gracia descubrir que había vuelto a usar faldas. Aún si lo único que hiciera Philippe fuera dedicarle una mirada de desaprobación, eso bastaría para devastarlo. Por más altivo que se mostraba Miguel, la verdad era que se sentía frágil, como un ave que acaba de salir del huevo y no siente que sus plumas son suyas todavía.

Precisamente, su cuñado tuareg en un primer momento se limitó a mirar. Los ojos enmarcados por el turbante azul mostraban lo que Miguel más temía: escándalo, disgusto, condena y desprecio. Trató de hacerse el indolente e ignorarlo. No tuvo éxito, bastaba con que se cruzara con Asmun para que se nublara su sonrisa.

Raffaele, por supuesto, no iba a dejar las cosas así. Reprendió a su hermano exigiéndole cambiar de actitud. El resultado fue que la opinión de Asmun retumbó por toda la casa. Todo lo que Miguel no quería escuchar, fue gritado a los cuatro vientos en medio de una discusión.

El hermano mayor estuvo a punto terminar sus argumentos abofeteando al menor. Maurice, Miguel y yo lo detuvimos; los tres fuimos necesarios para parar al gigante encolerizado. El tuareg no retrocedió un paso.

—Este hombre es la causa de todos tus males —sentenció con aplomo, haciéndonos olvidar que era un muchacho de quince años—. Tú serías un hombre intachable si no fuera por ese...

—¡Basta! —grité para evitar una ruptura definitiva entre los dos hermanos—. ¡Asmun, ocupa tu lugar! —le ordené tratando de recordarle que eran familia sin que Maurice se diera cuenta. Él bajó la cabeza y salió del despacho.

Desde ese momento, Raffaele se empeñó en mantenerlo fuera del palacio. No se atrevía a enviarlo a Nápoles para evitar que le contara a su padre más de lo que convenía, así que le encargó ciertos asuntos en las tierras que poseían en Alençon, obligándolo a viajar constantemente.

Es triste reconocerlo, pero fue un alivio no tener a Asmun alrededor. Requería un gran esfuerzo evitar que se enterara de mi relación con Maurice y se lo contara a Philippe. Raffaele estaba convencido de que su padre iba a matarme cuando lo supiera y yo, aunque no creía que llegara a tal extremo, atesoraba su afecto y no quería que se convirtiera en mi enemigo.

La reacción de Asmun sirvió para dejar de hacerme ilusiones. Nadie iba a aceptar fácilmente lo que ocurría entre nosotros cuatro: nos esperaba la condena y el rechazo. El mundo perfecto que disfrutábamos en el palacio era una ilusión que acabaría por romperse tarde o temprano.

Para sorpresa de todos, fue el mismo Maurice quien lo hizo pedazos.

Ocurrió poco después de comenzar el invierno, Asmun pescó un refriado después de un viaje y pasó varios días en cama. A mi querido pelirrojo le seguía gustando jugar al enfermero y ayudó a Daladier mientras lo atendía. Como pasó tiempo con él, hablando de cualquier cosa que lo entretuviera, Asmun se atrevió a preguntarle por qué mantenía una amistad tan estrecha conmigo.

¿Qué respondió mi ingenuo amante? Pues la verdad.

Ardiendo en fiebre todavía, el muchacho tuareg se dispuso a comenzar una guerra. Esperó unos días hasta que Maurice salió solo a visitar al Rabino, y nos reunió a los tres en el despacho. Acusó a Raffaele y a Miguel de haber influenciado a su primo, y a mí de ser un libertino insaciable tras una presa fácil.

La discusión entre los dos hermanos fue más salvaje y terrible que la anterior. Las palabras que se dijeron reabrieron heridas mal cicatrizadas, generadas por la extraña situación en la que llevaban años viviendo.

Eran el hijo de la esposa y el de la amante, el heredero y el bastardo; el lazo que los unía tenía la forma de un sarmiento espinoso. Una vez que el equilibrio hecho de silencio se rompió entre ellos, empezó a desangrarlos cruelmente.

Asmun llamó a su hermano hipócrita por mantener oculto tras una fachada de simpatía el odio que sentía por él y su madre. Raffaele a su vez lo acusó de querer quitarle su lugar en el corazón de Philippe portándose siempre de manera intachable.

Al final, Raffaele prohibió a Asmun escribir a su padre sobre mi relación con Maurice. Este obedeció indignado y se autoexilió en su habitación. La paz del palacio se rompió.

—Es mi culpa, no debí decirle a Asmun la verdad —dijo Maurice en su habitación, después que le conté, omitiendo el detalles esenciales, el triste episodio.

—Efectivamente, no debiste —respondí tratando de sonar menos disgustado que lo que estaba—. Aunque es posible que él ya sospechara algo, no es tonto.

—No entiendo cómo se atreve Asmun a discutir con Raffaele de esa forma —señaló—. Es un sirviente, podría perder su trabajo.

Suspiré. Él no sabía la verdadera identidad de Asmun y yo no podía decírsela. En cierta forma esto era bueno, así no se mortificaba por haber causado una ruptura entre dos hermanos.

—No te preocupes. Trataré de resolver esto, después de todo, yo soy el problema.

—¿Por qué dices eso?

—Soy el libertino que ha robado el corazón y profanado el cuerpo del Ángel de San Gabriel —dije tratando de bromear.

—No soy un ángel y no me has profanado —respondió muy serio—. Soy un hombre igual que tú, que te ama y desea con locura y al que has hecho inmensamente feliz al corresponderle.

Lo contemplé asombrado, de nuevo había logrado robarme el aliento. Sonreí y lo besé agradecido. Cuando me sujetó de los brazos para que fuera más allá de aquel beso, nos dejamos caer en un sillón dispuestos a amarnos con todas nuestras fuerzas.

Los golpes a la puerta hicieron que nos detuviéramos. Era Asmun. Deseé largarme a vivir con Maurice en otro lugar, ya había perdido la cuenta de las veces que nos habían interrumpido y estaba harto.

El muchacho me ignoró y se dirigió a Maurice con respeto, quería entregarle unos libros que le había prestado. Me alegró ver que su ira no iba dirigida hacia su primo; tal como pensé, lo veía como la víctima de la mala influencia de Raffaele y de mi malicia.

—Asmun, quisiera hablar contigo a solas —le dije antes de que se marchara—. ¿Nos disculpas, Maurice? —este asintió.

Llevé al perplejo tuareg a mi habitación para presentarle batalla. Lo hacía por su bien y para no tener que soportar un juez a mi alrededor.

—Sé que te has enterado de la relación que tengo con Maurice. Si fueras un sirviente te diría que no es de tu incumbencia, pero eres su primo y es comprensible que te preocupes por él. Sin embargo, también eres un niño que no entiende cómo es la vida

—¿Según usted cómo es? ¿Una gran orgía? —replicó altanero—. He visto que tiene el mismo gusto por el libertinaje que Raffaele.

—Y aún así me trataste con respeto, ¿no es cierto? —dije manteniendo la calma. Eso hizo que él cambiara el semblante y el tono.

—Porque también vi que ayudó a evitar que Raffaele muriera en un duelo, cuidó a Maurice cuando estuvo enfermo y está enseñando a los niños de la calle San Gabriel. Además, siempre ha sido amable conmigo.

—Es bueno saber que no sólo te has fijado en mis deslices —sonreí y me senté en uno de sillones invitándolo a hacer lo mismo—. Tienes razón en que he sido un libertino y no merezco estar con Maurice. El problema es que nos amamos y no podemos estar el uno sin el otro. Tendrás que resignarte.

—¡Pero los dos son hombres! —levantó los brazos al cielo escandalizado antes de tumbarse en una de las sillas ante mí.

—Eso es evidente —me burlé—. Y a ninguno de los dos nos molesta ese detalle.

—¡Maurice no es como usted! —chilló molesto.

—Es mejor que yo, en eso estamos de acuerdo.

—Crecí escuchando a mi padre hablar de él. Dijo que lo considerara como otro hermano —Su rostro mostró una actitud de adoración—. Cuando al fin lo conocí, me di cuenta de que era igual que mi padre: digno, bueno y a veces temperamental. Lo admiré por sus deseos de ser misionero en tierras lejanas y su caridad con la gente pobre. ¡Por eso no puedo creer que esté enamorado de un hombre al que le gusta enredarse con prostitutas!

Se levantó y me señaló. Creí que iba a golpearme. Sentí deseos de hacerle pagar cada palabra machacándolo a patadas, pero me contenté con decirme a mí mismo que estaba ante un niño estúpido. Dejé que su respiración agitada se apaciguara y le hablé con firmeza.

—Maurice lo ha querido así; yo no lo obligué a amarme, igual que él no me obligó a adorarle como lo hago. Y, por si no lo has notado, no he vuelto a pisar el prostíbulo.

—¿Cómo saberlo? Desde que empezó el invierno sale solo muchas veces.

Me levanté y me acerqué a él sin ocultar mi enojo. Quería intimidarlo y lo logré. Retrocedió un paso y luego volvió a avanzar obligándose a mirarme a la cara. Sonreí con malicia y usé mi tono más seductor para decirle lo que menos esperaba:

—¿Quieres acompañarme y ver lo que hago?

—¡¿Se volvió loco?!

—Te conviene encontrar otra cosa en qué ocuparte, los viajes a Alençon en invierno son muy duros —caminé por la habitación para darle espacio—. Ven conmigo cuando doy lecciones a los pilluelos, son algo indisciplinados y me vendría bien tu ayuda.

—No me gustan esos niños —titubeó.

—Ellos, en cambio, sienten mucha curiosidad por ti. También doy clases al hermano de Bernard, tiene tu edad y tal vez se lleven bien. Y estoy seguro de que te divertirás en casa de Etienne, ahí atiendo estudiantes de todo tipo.

—¿Por qué...? —susurró cabizbajo.

—Porque no es bueno que estés en este palacio sin nada qué hacer

—Pero le llamé libertino...

—Y no te equivocaste, soy un libertino en busca de redención. Escucha Asmun, apenas tienes 15 años y estás en una difícil situación. Es lógico que ante algo tan poco común y mal visto como mi relación con Maurice y la relación de tu hermano con Miguel, reacciones de forma tan desagradable debido a tu inmadurez.

—¡Yo no...!

Me acerqué para encararlo de nuevo. Esta vez fui severo.

—Te has comportado como un ignorante que se cree con derecho a juzgarnos. Debes entender que amo a Maurice y no voy a dejarlo por nada ni nadie. Lo mismo te dirá Raffaele sobre Miguel. Si no puedes aceptarlo, entonces simplemente sé educado y respétanos.

—Mi padre no va a aprobar su relación —insistió molesto.

—Yo mismo le contaré todo a Philippe cuando lo vea apropiado.

—Ese día él lo partirá en dos —afirmó con un atisbo de malicia en sus ojos y en su voz.

—Tengo esperanzas de que Philippe entienda lo que siento como entendió a Raffaele.

—Maurice no es Raffaele. Mi padre lo considera un ángel. No le hará ninguna gracia que usted se haya atrevido a seducirlo.

—El mismo Maurice se declara un ser humano y como tal se ha enamorado de mí. No dejará que tu padre me parta en dos. Por eso no me preocupo.

Soltó una palabra en su idioma.

—¿Qué has dicho? —pregunté disgustado.

—Que usted es un hombre atrevido.

—Dudo que fuera eso lo único que me llamaste —Creo que sonrió detrás de el turbante—. ¿Vas a acompañarme?

—Temo que Raffaele va a echarme del palacio muy pronto.

—No lo creo. Busca la manera de reconciliarte con él. Basta con que le pidas disculpa por lo que has dicho sobre Miguel, y le des la oportunidad de disculparse también.

—No va a ser fácil. Me odia.

—Ya veremos —le di unas palmadas en la espalda para animarlo—. Por cierto, a veces noto que todavía te cuesta el francés. Puedo darte clases.

—Mi francés es perfecto, mi padre me enseñó —se irguió orgulloso.

—Entonces fuiste muy mal alumno...

Volvió a soltar otra palabra en su idioma. Me reí a carcajadas. En ese instante, Raffaele irrumpió en la habitación y se quedó sorprendido

—Creí que vería una guerra —dijo aliviado.

—Tu hermano es más razonable que tú.

—No, no lo es. Es igual de terco que yo y tiene una lengua tan afilada como la mía —le acusó

—Raffaele, lamento lo que dije —se apresuró a decir Asmun

—Y yo lamento que lo dijeras. También me disculpo por todo lo que agregué en tu contra —Sonreí al ver a Raffaele tenderle la mano a su hermano pequeño—. Asmun, por favor, acepta las cosas que pasan en este palacio y guardarlas como un secreto, por Maurice y Vassili.

—No volveré a ofenderlos y tampoco le contaré mi padre —prometió con humildad.

—¡Gracias hermano!

El muchacho lo observó conmovido, muy pocas veces Raffaele le había llamado así. Se despidió y salió de la habitación conteniendo las lágrimas.

—Estoy sorprendido de que hayas amansado a esa fiera —dijo Raffaele ocupando displicente el sillón.

—Es buen muchacho.

—Es un imbécil que llamó asqueroso a Miguel. La única razón por la que no lo echo es para evitar que le cuente todo mi padre. No doy dos monedas por tu vida cuando se entere de que te has follado a Maurice.

—¿Toda la amabilidad que demostraste era fingida?

—Por supuesto. Es mi hermano, hay que conquistarlo con miel porque es inflexible a la fuerza, igual que yo. ¿Qué le dijiste para que no te ladrara?

—Que me vigilará de cerca y comprobara que ya no soy un libertino.

—¿Para qué demonios has hecho eso? Yo quiero librarme de él y tú te lo echas encima.

—Así se entretiene y Miguel puede estar tranquilo

—Agradezco tu generosidad, aunque te advierto que te has puesto la soga al cuello.

—Tú no le prestas atención y tiene lejos a sus padres, debe sentirse solo.

—Adelante, haz de niñera de Asmun. Pero no te atrevas a ponerle una mano encima. Es mi hermanito, aunque me pese; debo cuidarlo de libertinos como tú.

—Yo jamás... ¿Cómo puedes creer...?

—No me fío de ti. Estoy seguro de que volverás a las andadas.

—Mira quién habla, el que me propuso otro paseo al lago antes de que empezara el invierno.

—¡No me lo recuerdes! ¡Aún no me recupero de tu desplante! — rió a carcajadas —. Me sorprendió que fueras capaz de decir que no.

—Quizá Asmun tiene razón, eres mala influencia.

—Vassili, mi delicioso Vassili —siseó levantándose para colocarse muy cerca de mí y sujetar mi rostro e la barbilla—, ten cuidado con lo que lanzas hacia este lado porque siempre te salpicará un poco. Eres igual que yo.

—No vale la pena discutir —repliqué alejándome—. Procura ser bueno con el pobre Asmun de ahora en adelante, así tendremos paz otra vez.

—Algunas cosas que dijo Asmun son verdad —murmuró molesto, echándose de espaldas en mi cama—. Nunca lo he reconocido como un hermano y soy hipócrita con Tamalut. En el fondo no quiero que existan.

—¿Acaso pretendías que Philippe estuviera solo el resto de su vida?

—Soy un hijo egoísta, quiero que mi padre sea "mí" padre para siempre.

—¡Ya no eres un niño!

—¿Y qué? Odio compartir el afecto de mi padre. Solamente con Maurice no sentí celos porque también lo amé con locura desde que lo conocí y desde entonces no he hecho más que suspirar por tenerlo entre mis bazos, susurrando mi nombre...

—Imagino que no estás hablando en serio —repliqué mientras elegía entre ahorcarlo o romperle la cabeza con una silla.

—Vivo una tragedia —se sentó en la cama y exageró sus ademanes como si estuviera en un teatro—. Soy un pobre hijo que ha tenido que poner buena cara ante la segunda mujer de su padre y su fastidioso retoño. ¡Nadie comprende lo que sufro!

—Raffaele, no finjas —le dije sentándome a su lado—. Lo que te molesta es que piensas que la madre de Asmun era la mujer de la que tu padre estaba enamorado mientras estaba casado con tu madre.

Su sonrisa desapareció. Bajó los hombros y se quedó cabizbajo como si le hubiera lanzado un gran peso encima.

—No, eso no me molesta —respondió sin mucha convicción—. Mi padre juró que nunca fue infiel y con eso me basta.

—Entonces puedes dejar de odiar a Asmun y a su madre.

—No los odio, sólo me incomodan.

—¡Deja de ser tan infantil!

—También le pregunté si amó a mi madre alguna vez —agregó en un susurro.

—¿Qué dijo Philippe?

—Que sí lo hizo, pero no como ella deseaba ser amada.

—¿Qué quiso decir con eso?

—No estoy seguro. Al principio pensé que lo había dicho para tranquilizarme, pero hace poco empecé a entenderlo. Él la amó, pero no de manera absoluta. Otra mujer tenía ese privilegio. Puedes amar a una persona de manera absoluta y a la vez amar a alguien más.

—Es cierto que amamos a muchas personas, a nuestra familia, a nuestros amigos...

—No, Vassili —dijo mirándome de manera extraña—. El amor al que me refiero es ese que viene acompañado de deseo y pasión. Se puede amar así a más de una persona.

—Puede ser simple lujuria...

—No lo creo —acarició mi rostro con el dorso de su mano y me besó. Hizo que toda mi piel se erizara. Salté de la cama.

—¡Te he dicho que...!

—Que no quieres herir a Maurice, lo sé bien —Se encogió de hombros sonriendo—. Te he besado para probar mi punto.

—¡Cretino!

—Te amo Vassili —afirmó muy serio levantándose para quedar frente a mí. Estuve a punto de caer al suelo —También amo a Maurice. Los deseo a los dos. Pero la única persona con quien quiero pasar el resto de mi vida es Miguel.

—Es... es bueno que lo tengas claro —repliqué temblando.

—También tengo claro que debería irme con los tres a la cama y ser el hombre más feliz del mundo —declaró con una sonrisa seductora que bien podía ser de un demonio.

La imagen de semejante orgía invadió mi cabeza e hizo estragos en todo mi cuerpo. La sangre me hirvió por los celos y mi entrepierna llameó de ganas. Sentí odio, atracción, repugnancia y lujuria, todo en un mismo instante. En cuanto imaginé a Maurice siendo acariciado por otras manos, besado por otros labios e inundado por la semilla de otros, lo único que quedó fue la ira.

—¡Eso jamás pasará! —grité.

—¡Egoísta! —me acusó fingiendo estar indignado.

—¡Miserable!

—Un día se lo propondré a Maurice...

—¡Nunca aceptará!

—¿Quieres apostar? —dijo sonriendo lleno de confianza.

—¡No te atrevas! —lo amenacé furioso.

—Deberías apostar. Maurice no ha aceptado nunca a pesar de que se lo he propuesto mil veces.

—¿Qué dices? ¡Maldito traidor! —Lo sujeté por las solapas.

—Juró que me mataría si te volvía a tocar.

—¡¿Es que no te basta con Miguel?! —grité mientras lo zarandeaba. Él parecía estar divirtiéndose.

—Por supuesto, pero sucede que mi amado es como yo, cosa que ya debiste notar. A él no le molesta terminar con más compañía en la cama.

—Nunca, ¿me oyes?, nunca voy a dejar que toquen a Maurice.

—Reconoce que te resulta tentador —acercó su rostro al mío peligrosamente. Lo solté y retrocedí.

—¡Jamás compartiré a Maurice! —declaré furioso—. Y no necesito a nadie más. No volveré a engañarlo porque lo único que me importa es que él sea feliz.

—Me alegra oír eso, Vassili —respondió complacido—. Maurice te ama y no merece que le vuelvas a partir el corazón. Espero que honres tus palabras y lo hagas feliz.

Me dio unas palmadas en los hombros y se marchó sonriente. Quedé aturdido por un instante.

—¡Ese maldito! ¿Qué de lo que dijo fue en serio? —grité pateando el suelo varias veces— ¡Me vuelve loco!

Deseé más que nunca irme a vivir con Maurice en otro lugar, una casa que fuera nuestra y en la que pudiéramos construir nuestro propio mundo. Raffaele no tenía idea de lo mucho que estaba esforzándome por cambiar, y por evitar comparar lo que tenía en ese tiempo con el hombre que amaba y lo que había vivido antes con otros. Buscaba con todas mis fuerzas ser digno del amor que recibía.

Fui a buscar a Maurice. Se encontraba en el salón de música afinando su violín. Al entrar, lo vi de pie junto a una ventana. Me quedé admirándolo un momento, bastó tenerlo ante mí para olvidar todo. ¡Era tan hermoso en todos los sentidos!

—¿Qué te pasa? —preguntó preocupado—. ¿Te fue mal con Asmun?

—No, al contrario, todo salió mejor de lo que esperaba.

—¿Entonces qué pasa? Te ves... agitado.

—Raffaele me ha hecho una de sus bromas pesadas.

—No le prestes atención. Él no sabe quedarse quieto cuando Miguel lo deja solo. Ya debe estar por regresar de casa del modisto, fue a elegir otro vestido. No sé para qué necesita tantos.

Me senté ante el piano, lo abrí y jugueteé con las teclas. Él dejó su violín sobre un sillón y se sentó junto a mí.

—¿La broma ha sido muy pesada?

— Sí, muy pesada. Pero no quiero hablar de eso ahora.

—Pero...

—La verdad es que tengo miedo de que nos separen cuando tu familia sepa que somos amantes, y de cometer un error que me haga perderte.

—Vassili, "a cada día le basta su agobio"—dijo con cariño mientras retiraba con delicadeza los mechones de cabello de mi rostro—. Deja de preocuparte por lo que pueda pasar mañana. El día de hoy es lo que importa.

—¡Escapemos a un lugar donde podamos hacer nuestro propio mundo! —propuse tomando su mano entre las mías.

—¿A dónde quieres ir? —respondió sonriente.

—¡Cualquier lugar me da igual mientras este contigo!

—¿Me acompañarías al Paraguay? —la sonrisa pícara que mostró, bien podía decir "jaque mate".

—¡Al mismo infierno si me lo pides!

—Vassili, si estamos juntos, cualquier lugar será nuestro paraíso —Selló sus palabras con un beso.

Era verdad, cuando estábamos juntos saboreábamos las delicias del paraíso. Por la misma razón, cada momento en el que estuvimos separados después, sufrimos una atroz tortura. Aquellos días en el palacio, a pesar de ciertos molestos inquilinos y mis propias preocupaciones, fueron de inolvidable felicidad.

Quisiera volver a ese tiempo y continuar contemplando a Maurice recrear en el piano la canción que compuso para mí. Fue la primera vez que la interpretó en ese instrumento, y de nuevo me enterneció escuchar nuestra historia traducida en notas cristalinas. Qué lejos estábamos de saber lo que vendría después y la forma en que el viaje al Paraguay iba a materializarse...

Mas, no conviene dar saltos en esta historia. Todo a su tiempo. Continuaré contando lo que ocurrió en aquel invierno: el primero desde que nos fundimos como un solo corazón palpitando desbocado por el amor y la pasión que nos consumía. 

 

 

 

Notas finales:

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