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La marca del amor por Abyss

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Tiene cinco años cuando presencia el traumático evento. El pueblo donde viven se junta, en supuesta algarabía donde solo los más pequeños, como el, están realmente felices por la promesa de una fiesta en honor a una pareja, así que todos están ahí, sentados en sus respectivos lugares, observando el proceso religioso con el silencio ceremonial que se pide a todos los presentes. Su pequeña mano se cierra sin mucha fuerza en la manga larga de su padre, quien más que atento, parece aburrido de todo, hasta que lo ven aparecer, un segundo sacerdote aparece repentinamente en el altar, trayendo consigo un extraño objeto que levanta con pinzas y que inmediatamente ocasiona que la pareja se tense entre ellos.

—Ahora, para jurar ante dios, que la marca en sus manos nunca significara nada a diferencia de lo que realmente sienten sus corazones, quemaran el lazo que aparece en sus palmas y aceptaran este nuevo lazo que estamos creando en señal de amor verdadero.

Ve a la pareja dudar, y él también se intimida, se mueve con miedo hacia el brazo de su padre para abrazarlo mientras observa con horror como los padres de cada pareja se acercan para ayudar en el proceso, los hacen abrir las palmas de sus manos mientras el objeto caliente lo ponen en el medio de ello, sus ojos alcanzan a observar los corazones negros en las palmas de las manos de cada uno, antes de que estas sean borradas al instante ante el ardiente objeto que hace que la piel se queme por completo.

El grito de la chica, es suficiente para hacerlo gritar también.

Despierta asustado, sudando a chorros, el instinto le hace levantar la mano con prisas para observar la marca del corazón negro en su lugar, sin ninguna irregularidad ni tampoco la horrible marca de una quemadura. Tarda unos minutos en tranquilizar su respiración, sentándose lentamente en su cama antes de buscar un paño a un lado de su cama y secarse el rostro, no es la primera vez que tiene una pesadilla de ese tipo, recuerda sin nostalgia alguna el haber llorado y tener pesadillas por más de una semana, hasta que finalmente uno de sus padres pudo calmarlo, y lentamente ir olvidando aquel suceso que claramente no quería vivir.

Lamentablemente, no era algo de lo que iba a poder escapar fácilmente.

Aquella no fue la primera y una boda a la que había tenido que asistir, muchas más se habían llevado a cabo, repitiendo el mismo proceso dolor que le hacían aferrarse a uno de sus padres y cerrar los ojos, era un momento horrible y crudo para sus tiernos ojos, pero en cierta manera lo había ido entendiendo conforme se lo explicaban, el ritual era necesario, una manera de negar ese destino y elegir otro por sí mismos, seguros de que encontrarían la felicidad sin necesidad de tener que confiar en algo tan vacío como una marca.

Y lo creyó. Porque sus padres nunca le mentían y parecía tener sentido...

Hasta que se enteró, tras preguntar un poco siendo ya más mayor, que pocos de aquellos matrimonios habían sido realmente por amor, la realidad, era que su pueblo, en cuyas venas circulaba sangre de los dioses, preferían mantener esa virtud entre ellos, por lo que los matrimonios arreglados y la quema de la marca del alma gemela, parecía ser la solución que desde hace muchos años habían encontrado para tener todo bajo control, manipular la natalidad, la línea de sangre pura sin llegar a un incesto demasiado cercano, aunque tampoco es que eso fuera un problema, ya que desde hace mucho tiempo habían descubierto que la virtud de su sangre, les permitía casarse entre ellos sin desarrollar algún mal por la endogamia, casi parecía, irónicamente, un regalo de los dioses.

Abrumado por su reciente pesadilla, no tiene más opción que levantarse de la cama y comenzar a arreglar todo, recientemente su padre había estado demasiado enfermo y cansado como para poder dedicarse a las tareas del hogar y, como hijo único con la edad suficiente para hacerse responsable de todo, llevar a cabo las tareas que su padre ya no podía realizar, no representaba problema alguno para él.

¿Su otro padre? Bueno, recordando los matrimonios arreglados, él había nacido en uno, carente de amor y afecto entre ellos, solo unidos porque ya era el momento de que se casaran y la línea familiar de cada uno era perfecta para hacerlo, así que, años después, poco antes de que el mismo se enterara de la verdad de aquellos matrimonios, cansado de vivir sin amor y con la presión constante de que debía de tener más hijos, termino abandonándolo todo, a su marido, hijo, hogar, lo dejo todo buscando libertad.

El problema que realmente le daba la situación, es que como hijo único, cuyo padre estaba cada día más enfermo, abandonado por su primer esposo y sin posibilidad alguna para volver a casarse y tener más descendencia, empezar a buscar una buena pareja para su hijo, capaz de heredarle las cosas que no podía darle a él, comenzaba a ser un tema común en el lugar y, como algunos de su generación que tuvieron que presenciar las bodas en primera fila como el, la idea de casarse más que felicidad, le causaba verdadero pavor. Peor que eso, el simple hecho de pensar o imaginar, que la marca en su mano cambiara de color, la clara señal de que se encontró con su alma gemela, era todavía algo que le daba mucha más ansiedad y miedo. Si la persona era del mismo clan, el matrimonio literalmente podía hacerse el mismo día sin problema, era sorprendente la velocidad con la cual preparaban el ritual para quemar sus manos de manera inmediata, pero, si la persona llegaba a ser de fuera… Bueno, el realmente no tenía constancia alguna de que lo que le habían dicho fuera verdad, pero tomando en cuenta como se manejaba todo y la frialdad con la que los sacerdotes trabajaban para decidir cómo proceder, el ser mandado a, literalmente, el otro extremo del mundo para casarse con otro de ellos mismos pero de otro lugar y, una vez más, quemar la marca de la mano en aquel crudo rito, lejos de la gente que conoces, muy lejos de a quien podrías haber conocido.

Respiro profundo, haciendo su cabello hacia atrás mientras toma el cubo de comida para las gallinas, a las cuales sale a atender, quienes se amontonan alborotadas a su alrededor mientras reciben su preciada comida del día, realiza su tarea de manera mecánica, antes de dejar el cubo a un lado y buscar la cesta para ir a conseguir los huevos, antes de que el débil llamado de su padre lo detuviera de seguir con su lista de tareas matutinas.

—Shion, hijo, entra a la casa, hay algo que quiero hablar contigo.

Deja a las gallinas comiendo antes de encaminarse de nuevo hacia el interior de su casa, dándose cuenta de que la tetera tenía agua caliente, lo que no noto cuando paso por la cocina para ir al patio, demasiado perdido en sus pensamientos como para darse cuenta de pequeños detalles como ese.

—Vamos hijo, siéntate un momento.

—Sí, padre.

Deja la canasta a un lado, antes de sentarse en la mesa que tienen ahí y recibir su taza de humeante te, el frio era normal ahí donde Vivian, después de todo el pueblo estaba en una cordillera muy arriba en la montaña, aunque no lo suficiente como para vivir en el pico.

—Hijo, hace días que mi salud ya no es la misma que antes…

Sus manos se cierran con un poco más de fuerza alrededor de la taza, su mirada se mantiene en el verde de su bebida mientras sigue escuchando a su padre hablar, hay una sensación de horror si el tema de la boda o un “te encontré esposo” sale de su boca, porque no sabe cómo reaccionar o que podría decir además de “si” cuando el realmente quiera decir “no” y huir no es una opción, con su alma tan anclada al lugar donde ha vivido toda su vida.

—Mi cuerpo ya no es lo mismo que hace años, subir y bajar la montaña es una tarea que requiere demasiado para mi viejo cuerpo, así que, por esta ocasión, se te otorgara permiso para que bajes y ayudes con las compras del pueblo.

—¿Disculpe?... Padre, ¿podría repetirlo de nuevo, por favor?

—Tienes permiso para bajar la montaña, y ayudar a reabastecer la despensa del pueblo, ya que para mí no es posible realizar tal actividad.

Siente la emoción burbujeando en su pecho, así como sus mejillas se estiran hacia arriba ante la noticia, ir hacia el pueblo que está instalado en las faldas del cerro, poder conocerlo al fin después de vivir encerrado en la burbuja que era su pequeño hogar, le llena de tanta ilusión, que hace un verdadero esfuerzo por no levantar la cabeza, evitando que su padre viera su genuina felicidad, no era normal que a un soltero se le permitiera tal cosa, con el peligro de que conociera a alguien abajo en la montaña y decidiera huir, llevándose el sagrado icor consigo, era algo que no pensaban tolerar.

Y, aunque no lo hubiera pensado en ese momento, probablemente ya les había pasado tantas veces, que tuvieron que convertirlo en una prohibición para dejar de perder gente.

—Recuerda que debes de obedecer todo lo que te digan, no vas como líder, solo como un ayudante más.

—Entiendo, padre, hare lo mejor posible.

Levanta la cabeza, sin una sonrisa presente y más relajado con la noticia que hace tan solo unos segundos, nunca había pensado que esa situación iba a poder presentarse en algún momento en su vida, le emociona la idea de ser capaz de bajar y ver más de cerca el mundo que tenía prohibido si no estaba casado.

—¿Hay algo más que discutir? —sujeta con fuerza la tela de su pantalón, impaciente por poder retirarse del comedor

—No, es todo. Ve a prepararte, saldrán mañana muy temprano.

—Con su permiso, padre.

Se levanta de la mesa antes de inclinarse con respeto y finalmente retirarse del lugar, usando sus manos para cubrir su boca mientras se dirige hacia su habitación, ocultando su sonrisa mientras mil pensamientos pasan por su mente, las expectativas sobre poder salir, aunque fuera por un día, de las murallas que rodean su hogar y poder ver rostros no conocidos, conocer un mundo totalmente diferente al que está acostumbrando, teniendo algo más claro que solo los retazos de cosas que la gente del pueblo y su padre le cuentan, siempre intentando desanimarlo a no preguntar más, no interesarse por ello, quitándole importancia a aquello que tanto llamaba su atención.

Se dejo caer sobre su cama, la mirada perdida en el techo, no podía desperdiciar esta oportunidad, debía de hacerse notar para que el permiso siguiera apareciendo cada vez que fuera necesario bajar de la montaña. Amaba con toda su alma el lugar donde había nacido, pero la posibilidad de ir y conocer más cosas, la situación era demasiado buena como para desperdiciarla.

—Ya quiero que sea mañana.


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