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Secretos De Familia (ME PERTENECES II) por CieloCaido

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Notas del fanfic:

Finalmente comienzo a subir la segunda temporada!! Estoy tan emocionada de poder continuar la historia. Muchas gracias a todas las bonitas personas que me han enviado sus mensajes y me han hecho saber su opinión. También agradezco la fidelidad y la paciencia.

Pueden ir a la pagina de Facebook, donde además encontraran los fanarts de todos ustedes

https://www.facebook.com/El-Rincon-130974353624320/?ref=bookmarks

También pueden conseguirme en wattpad

https://www.wattpad.com/user/CieloCaido1

Notas del capitulo:

Bienvenidos a la segunda parte de la bilogía ME PERTENECES (Secretos de Familia), una novela narrada desde tercera persona donde se descubrirán ciertos eventos concernientes a la muerte de Susana y el remordimiento de Leandro. Los personajes así como la trama son originales. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Esta historia no pretende normalizar las actitudes de los personajes. Además, contiene temas sensibles para algunos lectores, se recomienda discreción.

Lenguaje soez. 

Violencia familiar.

Abuso físico y emocional.

Contenido alto de actos sexuales

Homicidios.

Queda prohibida cualquier forma de adaptación, reproducción o distribución de esta novela sin contar con el consentimiento expreso de la autora original. La infracción de este derecho se considera violación y plagio. Dile NO al plagio.

M E  P E R T E N E C E S (PARTE II):

SECRETOS DE FAMILIA

Un perro al fondo del callejón ladraba sin parar, produciendo un eco abrumador, casi solitario. A sus ladridos se le sumaban los típicos sonidos de la noche; los grillos cantaban y la brisa silbaba de forma espeluznante. Para entonces, eran un poco más de las dos de la madrugada.

Ajena al ruido nocturno, una joven dama  de apenas quince años caminaba deprisa  por las calles de aquel barrio tan peligroso. Con una mano sostenía una mano pequeña que pertenecía a un niño y con la otra se aseguraba de seguir cargando al otro niño que llevaba en brazos. Ambos niños eran idénticos, sólo que el que llevaba en brazos iba dormido mientras el otro tenía una expresión asustada.  

—¡Vamos Aarón, camina un poco más deprisa! —apremió con la voz nerviosa.

La dama parecía muy apurada en salir de ese callejón oscuro. No le temía a la noche, sino a lo que esta ocultaba tras la manta indolora de su negrura. Apretó un poco la mano del infante, como dándole fuerzas para que caminara más deprisa. Y en su paso tan apresurado no tardaron en llegar al lugar que deseaban.

—¿Por qué tardaron tanto? —exigió saber un chico con cara desencajada. Parecía enfadado y apurado.

Se acercó a la dama mucho antes de que ella llegara a la calle y se apresuró en ayudarla a cargar al niño que llevaba dormido. Lo miró un momento y luego lo abrigó entre sus propios brazos. La muchacha entonces, cargó al otro infante.

—Lo siento. No pude salir antes.

Caminaron hasta el auto que reposaba al otro lado de la calle. Era un taxi amarillo y con rayas negras. Metieron las maletas y se apresuraron en huir de aquel lugar tan tormentoso y oscuro.

No miraron ni una sola vez atrás…

Capitulo 1: vulnerabilidad

Era septiembre y un nuevo año escolar comenzaba. Y por supuesto, se trataba del último año que cursaría antes de graduarse y así comenzar una nueva etapa en la universidad. Eso si lograba pasar todas las materias cursadas. Adrián miró el examen en su pupitre y luego miró al profesor Leandro, su amante.

Habían pasado tres meses desde que Leandro había recuperado la memoria y un año desde su reencuentro. Era por esas mismas fechas cuando lo había visto llegar al salón por primera vez con su camisa impecable y su rostro varonil para impartir clases. Adrián lo había acosado y se había metido en su cama. No se arrepentía de nada, lo haría de nuevo si le dieran a elegir volver atrás, aunque si le dieran esa opción cambaría un par de cosas. Sin querer pensar en el pasado, dirigió su vista al reloj de la pared, bufando al percatarse de la hora. El tic-tac del reloj no cesaba de sonar aunque él rogase que lo hiciese. Había un silencio tan tenso que el sonido se reproducía cien veces en su cabeza, martilleando sus neuronas.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac

Se repetía tanto y con tanta insistencia que pensó que pronto iba a perder la cabeza. Así que Adrián sólo respiró. Lento y fuerte, inhaló y exhaló, contó incluso hasta cien y la revesa y al final se dignó a volver a mirar la hoja tipo ministro en su pupitre. Nada bueno presagiaba su contenido pues si era sincero consigo mismo admitía que no comprendía ninguno de los ejercicios.  

“Maldito examen de física” Pensó fastidiado.

Las clases antes del examen, habían sido muy prácticas. Pero había sido un poco más que imposible concentrarse en lo que decía su profesor. Aquella voz varonil viajaba por el aire y traspasaba sus oídos, haciéndole perder la noción de todo su mundo. No sabía si sus compañeros de clases se daban cuenta de eso, pero poco le importaba. A él le gustaba el profesor de física. Punto.

Por supuesto, el sentimiento era recíproco. El profesor Leandro también gustaba de él, y muy de vez en cuando bajaba esa moral tan terca que tenía y lo miraba, en medio de la clase, apenas una mirada fugaz, con esos ojos depredadores. Y por las noches esa misma mirada lo devoraba, y sus manos fuertes se encargaban de desnudarlo sobre el lecho que compartían. Y su voz masculina le incitaba a cerrar los ojos cuando le susurraba al oído un «Eres mío…»

Suspiró sin querer, recordando esa modulación de voz que le hacia vibrar todo el cuerpo. Nunca imaginó que iban a llegar a tal punto de ser compañeros de alma. Pero lo eran, compartiendo cosas más allá del placer carnal que la situación tan prohibida les proporcionaba. Adrián amaba a Leandro y Leandro amaba a Adrián, era tan simple de entender como saber que tres por dos son seis.

Sin embargo, eso no significaba que Leandro le fuese a pasar la materia sólo porque tenían relaciones sexuales. Ese no era el punto de la relación. Según Leandro, si tanto quería   saber lo que iba a salir en el examen, pues que agarrara un cuaderno y se pusiera a estudiar. Sólo que Adrián nunca le hacia caso y se la pasaba de flojo, creyendo que Leandro no iba a ser tan malo con él y le dejaría echar una miradita. Su error fue quedarse a esperar compasión.

—Se acabó el tiempo

“Mierda” pensó, apretando el lápiz de grafito en su mano.

El tiempo se había terminado y ni siquiera había logrado completar el segundo ejercicio. Suspiró frustrado y repasó una vez más los ejercicios por pura necedad. Le daban ganas de agarrar la hoja y hacerla una bolita y arrojársela a la cabeza del idiota de su amante. Pero no hizo nada de eso. Sólo se levantó del pupitre con desgano y fue a entregar su examen en blanco.

Iba a reprobar. Eso era seguro.

—El examen está en blanco —dijo Leandro cuando observó la hoja de ministro.

—Como si yo no lo supiera —objetó de mala gana.

Leandro, con sus lentes de montura delgada, lo observó con expresión seria a través del cristal transparente. Sus ojos claros como la miel lo estudiaban con severidad.

—¿Por qué no estudiaste?

—¿Sera por qué me la vivo metido en tu cama? —respondió Adrián, ligeramente divertido ante la cara sorprendida del otro.

Menos mal que el salón se encontraba vacío. Los estudiantes habían partido a la siguiente clase en otro salón.

—No digas eso tan alto, recuerda que estamos en el instituto. —reclamó nervioso mirando por encima de su hombro por si acaso.

A Leandro no le convenía en nada que la gente, en especial la directora, supiese de su romance secreto con un alumno de bachillerato. Su carrera se iría a la mierda si aquello salía al flote. Se arregló el cuello de la camisa y fingió ordenar los papeles sobre la mesa.

Por su parte, Adrián sonrió aun más divertido y se le acercó, provocativo. Se pegó a su cuerpo con intenciones dé y paseó los dedos por los botones de la camisa blanca de su profesor. Leandro se puso nervioso.

—Adrián —advirtió.

—Tal vez así puedas ayudarme con el examen.

—El hecho de que estemos saliendo no significa que vaya a pasarte la materia

—Eres una persona muy mala —expuso infantilmente.

—¿A qué viene ese tono?

—Bueno —comenzó diciendo mientras le rodeaba el cuello con los brazos—, a ti te excita que me comporte de manera infantil. ¿Sabes cómo se llama eso? —el chico se le pegó aun  más  al cuerpo y apoyando las manos sobre sus muslos, las fue subiendo hasta la entrepierna y apretó con delicadeza el sexo por encima de la tela—. Se llama «ser un pervertido»

—Adrián, aquí no —educadamente, Leandro retiró esas manos de su cuerpo—. Eres un niño muy precoz.

El pelirrojo lo miró como diciéndole con los ojos “Aburrido

—Al menos dame un beso.

Leandro rió bajito ante su tono tan demandante e infantil. Miró hacia la puerta; no había nadie, después miró al pelirrojo. Se rascó la cabeza un momento, y luego se inclinó y le dio un beso rápido.

—¿A eso le llamas besar? —inquirió ofendido Adrián—. Deja que yo te enseño.

Lo jaló de la corbata y lo besó en los labios como correspondía; suave y profundo, con su lengua husmeando en la cavidad ajena. Se separaron despacio, con Adrián sonriéndole con picardía y alejándose mientras le hacia un ademan de adiós con la mano.

Leandro todavía suspiraba sobre ese beso cuando recordó que tenía otra clase que dar. Recuperándose, se volvió hasta el escritorio para guardar el resto de los exámenes en el maletín. Cuando hubo terminado, tomó el maletín, metió una de las manos dentro del bolsillo del pantalón y caminó despacio hacia la puerta, pero se dio cuenta de algo.

—Lo sabía —dijo alguien al entrar dentro del salón. Leandro parpadeó un par de veces— ¡Sabía que tenía una relación prohibida con su alumno!

»«

Aarón se encontraba en clases igual que su hermano gemelo. En clases de educación física. Era su materia favorita porque podía jugar futbol, jugar tenis y hacer muchos ejercicios. A él le gustaban los deportes y por eso recibía mensualmente una revista con dicha información. Sin embargo, últimamente ni la revista lo hacia feliz, ni siquiera el deporte. Por eso, aunque hacer ejercicio le gustaba, se encontraba tan alejado de sus compañeros, como si de repente no sintiera más gusto por el deporte.

El profesor al verlo tan desanimado, se preocupó un poco pues Aarón era uno de los mejores estudiantes, sin embargo en las últimas clases lo había visto tan deprimido que imaginó que a lo mejor, el muchacho no se sentía bien así que lo mandó a descansar. Así que allí se encontraba Aarón; sentado en una de las bancas, alejado de la cancha de deportes.

Aarón no quería sentirse así y menos por alguien. Un suspiro salió de sus labios, un anhelo convertido en brisa.

La situación era la siguiente; él se había involucrado sexualmente con Luis desde hace muchos meses atrás. Las cosas habían comenzado muy mal porque Luis no supo tratarlo de la mejor forma y acabaron peleándose y gritándose, casi odiándose. La razón era simple: Luis no lo amaba. Sólo se había acostado con él por calentura. Y eso lo había enojado muchísimo, tanto como para decirle del mal que se iba a morir. Sin embargo, las cosas cambiaron mucho desde que Elizabeth, la esposa de Luis, había muerto en un terrible accidente. Luis había enviudado y él decidió ayudarlo a sobrellevar su luto y a cuidar a sus hijos. Acabó convirtiéndose en la niñera de los niños y en amo de casa. Luis le pagaba, por supuesto, aun así… Aarón había querido más que eso y acabó metido en su cama.

Si se detenía a pensarlo, era algo absurdo; acabar en la cama de alguien luego de haberlo odiado tanto.

El punto es que ya no lo odiaba. De hecho, tenía la certeza de que estaba profundamente enamorado y esa era la razón de su aflicción. Pues si bien, al principio sólo eran amantes, él guardaba esperanza de que Luis también lo amara algún día. Era un deseo secreto, algo que se reservaba para si mismo, simulando odiarlo cuando en realidad esperaba cada día el venir de dos hermosas palabras que podrían cambiar su mundo entero.

Sin embargo, lejos de acercarse más, Luis se había alejado repentinamente y Aarón no podía dejar de cuestionarse si había hecho algo mal o si ya se habría aburrido de él o si ya tenía un nuevo amante.

—¿Aun sigues pensando en eso? —inquirió Adrián, sentándose  a su lado.

—No estaba pensando en Luis —mintió y frunció el entrecejo.

Odiaba cuando su hermano venía y le leía la mente.

—Oh, vamos Aarón. Sé exactamente qué era lo que pensabas. No has hecho otra cosa que pensar en cuando Luis te la volverá a meter —aclaró con una sonrisa traviesa—, sólo dile que necesitas cariño y te lo dará de buen gusto.

—¡No necesito cariño de ese idiota! —reclamó avergonzado mirando a su hermano gemelo.

Tenían el mismo color de cabello, los mismos ojos verdes profundos, las mismas motitas de color café que salpicaban la nariz, los mismos labios finos. Eran dos gotas de aguas idénticas, pero Adrián era todo lo diferente a él. Era alguien sumamente caprichoso y malcriado, era excesivamente franco y que disfrutaba como nada de una obscena plática sobre temas sexuales.

—Si tanto quieres saber porqué dejó de cogerte, ¿Por qué no se lo preguntas directamente?

—Yo no estoy saliendo con él —aclaró molesto.

Nunca le había dicho a nadie que había tenido sexo, era algo que sólo el profesor Leandro sabía y no porque él quisiese que lo supiese. Simplemente fue alguien que estuvo allí en el momento menos indicado. Tampoco había tenido la valentía de contárselo a su hermano, ni muchos menos de confesarle que estaba enamorado de Luis y que se moría porque este le mostrara tan siquiera algo de afecto, algo que fuera mucho más allá del sexo que pocas veces tenían.

Su hermano por su parte, rió divertido.

—Puede que no estés saliendo con él y que ni siquiera tengan una relación formal —dijo, mirándole con aquella sonrisa de canalla—. Pero sé que tú estás loco por él, ¡Estás enamoradísimo! El amor se te sale hasta por las orejas, y por lo tanto, adivino que Luis fue quien le puso el cartelito de “abierto” a tu trasero.

—¡Eso…, eso..., eso es…!

Eso era cierto.

Aarón estaba rojo hasta la punta de las orejas. Empezó a balbucear incoherencias. No sabía qué decir en su defensa. Se encontraba alterado y avergonzado.

—Nunca me contaste que fue lo qué pasó ese día.

—Y no voy a hablar de eso —tajó Aarón, poniendo gesto de enfado—. A ti tampoco te gusta hablar de la primera vez que tuviste sexo.

Adrián se puso serio de pronto.

Aquel comentario había sido un golpe muy bajo.

Él odiaba hablar de ese fatídico día… Ese día en que sus ilusiones y sueños se vieron arrojados al suelo, donde su corazón se partió en muchos pedacitos. Aquel día perdió la inocencia, la pureza de sus ojos y sintió que su cuerpo quedó sucio para siempre. No existía nada en este mundo que pudiese limpiarlo de la inmundicia que le dejaron en la piel…

No había sido una violación, claro que no, aquello lo había decidido por voluntad propia. Nadie le había puesto un cuchillo en la garganta o un revolver en la sien amenazándole para que se quitara la ropa. Él mismo fue quien desabotonó la camisa que llevaba. Fue el mismo quien se abajó los pantalones. Fue él mismo quien, consiente de lo que hacía, le abrió las piernas a aquel hombre.

Un nudo se le atravesó en la garganta.

—Tal vez deberías seducirle tú —dijo. Tenía una sonrisa triste y un nudo de lágrimas—. No sé, juegos eróticos, vístete de algo sexy, una cena cursi, ¡Qué se yo! Tal vez hasta podrías amarrarlo en la cama y violarlo — rió ante su comentario, pero era una risa adolorida, forzada—. Hay una tienda de sex-shop a tres cuadras, si quieres ve allá y busca ideas.

—Han pasado muchos meses, Adrián —dijo Aarón, sintiéndose culpable del suceso que había despertado los recuerdos en su hermano—. Deberías decírselo. El profesor Leandro comprenderá.

Adrián sólo guardó silencio, pensando en tragedias mientras observaba a los chicos jugar futbol.

»«

Vio a la psicóloga frente de si anotar algo en la libreta que llevaba, quizás anotaba un dato importante de lo que decía para después sacar una conclusión acerca de lo que “de verdad” quería decir. Luis no estaba seguro de todos modos, nunca había ido a un psicólogo y la verdad es que no se sentía muy cómodo allí contándole sus asuntos privados a una desconocida.

—Entonces, ¿Por qué estás huyendo de tu pareja? —preguntó la mujer de edad madura con tono profesional. La psicóloga que también había estudiado psiquiatría.

—Ya le dije que no es mi pareja. Sólo tenemos sexo ocasional. Es todo.

—No estás respondiendo a mi pregunta: ¿Por qué estás huyendo?

—No estoy huyendo…, es solo que… ¡Ahh, no sé! pero…, pero no quiero quedarme en la cama con él después de una sesión de sexo ardiente.

Luis era cociente de que esas no eran las palabras adecuadas, aun así fue lo único que pudo decir en el atado de nervios en que se encontraba. Se removió inquieto en el asiento e incluso tragó saliva, un litro de ella. Su mente parecía viajar en el tiempo exacto en que decidió involucrarse con Aarón. El chico era un diamante precioso, lo había visto y le había gustado en seguida por su carácter explosivo y sus celos a flor de piel. No era su intención llegar a más, tan sólo lo deseaba, quería acostarse con él para apagar su propio anhelo. Y al conseguirlo ya no quiso seguir frecuentando al muchacho. Él lo sabía, sabía muy bien lo desgraciado que había sido, el comportamiento maldito por el que Aarón comenzó a aborrecerlo.

Pretendía dejar las cosas así, Aarón por su lado y él por el suyo, porque no valía la pena atormentar más al pelirrojo por algo que ya había obtenido. Sin embargo, la vida se encargó de hacerle llorar sangre por todos esos errores que había cometido; ilusionar a chicas y chicos con palabras bonitas para llevárselos a la cama. La deuda había sido cobrada y como resultado le habían quitado a Elizabeth, su amada esposa. Ella pereció en un terrible accidente, dejándolo viudo y con dos niños para cuidar.

Luis lamentaba su muerte todos los días e intentaba sobreponerse a su partida. Entonces, Aarón había estado allí como una bendición. A pesar de haberlo hecho llorar, de haberle quitado su castidad sin hacerse responsable de ello, Aarón se mantuvo allí para él, permitiéndole llorar en su hombro cuando el llanto lo inundaba por dentro. Cuidó de sus hijos cuando él sentía que ya no podía más y lo animó cuando pensó que el mundo ya se había acabado para él. Fue tan honesto, maravilloso y servicial que Luis acabó contratándolo para que cuidara de sus hijos. Parecía viable teniendo en cuenta de que lo conocía y confiaba en él.

Pero Aarón lo amaba y Luis no sabía qué hacer con eso. Lo veía resplandecer en sus ojos verdes esmeralda y en cada acto que hacia. Notaba el amor del chico y se sentía mal por haberlo usado. La vida parecía devolverle el golpe con triplicada fuerza porque al final, aunque se opuso de todas las formas posibles, acabó involucrándose con el chico nuevamente. Y esta vez la cosa parecía ir más allá del placer carnal porque aunque Aarón fuese orgulloso y seguro de si mismo, Luis sabía que en algún punto detrás de sus pupilas verdes, era frágil. Y se dio cuenta de que quería proteger esa fragilidad y eso lo asustó. Aun lo asustaba.

Luis no quería enamorarse.

Esa era la razón de su abstinencia sexual. No podía volver a acostarse con Aarón sabiendo que en cualquier momento su corazón iba a parar a las manos de ese chico. No estaba listo para eso.

—En otras palabras, ¿Quieres romper esa barrera que te impide expresar enteramente tus sentimientos?

—¡No, eso no! Quiero algo que me ayude a forjar esa barrera, que la convierta en una muralla china que nadie pueda derribar —la psicóloga lo observó por muchos minutos, analizando lo dicho—. Sólo quiero volver a tener sexo con él sin preocuparme de corresponder sus sentimientos

Ante sus palabras tan calmadas y ausente de arrepentimiento, la mujer lo observó quietamente. Y ella continuó mirándole largo rato con sus ojos de águila. Luis comenzó a ponerse nervioso, tal vez ella estaba pensando como mujer y no como psicóloga. Y como mujer seguramente estaría pensando algo como: «¡Que maldito!»

 —Es decir, tienes miedo de decirle que…

—¡No lo diga! —la interrumpió antes de terminar la frase— . Yo no dije que tuviera miedo de… ¡de eso! —expuso un poco alterado—. Sólo quiero volver a tener sexo con él sin preocuparme de herir sus sentimientos, ¿Entiende?

La psicóloga no dijo nada y anotó algo.

—¿Alguna pastilla que pueda ayudarme con eso? —se atrevió a preguntar inocentemente, mirándola con su cara de niño bueno.

Ella apartó la vista de sus anotaciones y lo volvió a escudriñar con sus ojos de águila.

»«

Cuando su hermano Luis le comentó que algo lo inquietaba y que necesitaba hablar con algún profesional, Leandro sugirió que fuese a ver a su psicóloga. Ella no le diría qué hacer porque sería poco profesional, sino que le daría las herramientas necesarias para que él resolviera sus inquietudes por sí solo.

Pero Luis nunca había ido a un psicólogo, así que él tuvo que llevar a su hermano mayor a visitar a uno.

Eso era patético, y por eso se encontraba en la recepción del consultorio, esperando a que su hermano saliese de allí. Consultó la hora y se percató que dentro de nada su hermano saldría de la consulta.

Suspiró hondo y observó quitamente el lugar. No le gustaban  los sitios de consulta. Cuando hubo perdido sus memorias y salió del centro psiquiátrico, Leandro visitó innumerables psicólogos y una cantidad considerable de psiquiatras. Y había tomado muchas pastillas. Todo para poder resolver el enigma que aturdía su mente insana. Y justo después de que recuperó sus recuerdos no volvió a pisar un consultorio de doctores mentales.

Ya no los necesitaba.

O eso creía…

La puerta del consultorio se abrió y su hermano salió.

—Oh, tenía tiempo sin verte Leandro, ¿Vienes a una consulta por los viejos tiempos?

¿Qué si venía a una consulta? Oh no, claro que no. Nunca más iría a ninguna.

«Pero debes ir querido» susurró una voz en su oído. «Sabes que estás mal y necesitas ayuda»

Era la voz de su abuela quien yacía sentada a un lado de él, sólo que nadie la veía porque se trataba de una proyección de su aturdida mente.

—Ya no necesito más terapias —respondió con una sonrisa—. Me siento bien.

Salieron del consultorio. Afuera llovía. Luis hablaba de que odiaba los días de lluvia y un poco de como le había ido, aunque en realidad Leandro no lo escuchaba, más bien oía como su abuela lo regañaba por no ir a una consulta cuando realmente lo necesitaba.

Leandro no creía que necesitase ayuda. No estaba loco. Bueno, tal vez un poco loco, pero su locura era sutil. Hablar con parientes muertos no le hacia daño a nadie. El truco residía en que nadie se enterase de eso, o sino sus hermanos lo llevarían a rastras a aquel consultorio que tanto odiaba; lo medicarían, lo harían hablar con más extraños y en el peor de los casos volverían a internarlo. Leandro no iba a permitir eso. Leandro nunca regresaría al manicomio. Primero muerto y cortado en mil pedazos antes que estar encerrado en ese infierno.

»«

Cuando llovía la ciudad se volvía un caos, las personas parecían hormigas intentando escapar de la tormenta. Corrían a refugiarse en sus hogares, en alguna tienda o simplemente sacaban sus paraguas e iban a tomar un bus público. El hospital también se volvía caótico. La gente se desesperaba más, se llenaban las suelas de los zapatos de barro y así entraban y ensuciaban el piso, entonces los bedeles tenían que volver a pasar el trapeador con irritación.

Santiago, ajeno a todo esto, escribió unos medicamentos en un récipe y luego se lo dio a la mujer que lloraba delante de él. Había tenido un accidente y su esposo se encontraba delicado de salud.

—Muchas gracias, doctor. —dijo desanimada.

Santiago apenas sonrió y se aproximó a ver a su siguiente paciente.

Así era la vida en un hospital; gente que llegaba a cada rato con una herida mortal de bala, o con una herida de navaja, o tal vez un accidente en donde hubieron muchos muertos o como en otras ocasiones que se formaban coliseos en las cárceles y entonces los presos llegaban casi al borde de la muerte.

Pero a él no le importaba demasiado. Había elegido esa vida. Le gustaba ayudar a la gente. Con el tiempo se había acostumbrado al ajetreo que brindaba el trabajo, a las noches en vela, a los accidentes de tráficos, a los delincuentes heridos…, a las muertes…

Eso era lo que menos le gustaba de su trabajo; la muerte. Odiaba cuando una persona daba su último suspiro de vida mientras estaba haciendo una operación o tratando de salvarle la vida. Su abuela había muerto en sus brazos cuando intentó ayudarla. Hizo todo lo que pudo y sin embargo, ella se fue... La ciencia de la que tanto se enorgullecía lo defraudó y ella respiró una última vez antes de cerrar los ojos para siempre.

La imagen se había quedado tatuada en sus retinas, y en los días malos tenía pesadillas. Pesadillas con la muerte. Y cuando se encontraba solo, las palabras de su abuela le hacían eco en los oídos y se repetían una y mil veces. Eso lo asustaba y por eso no quería estar en soledad, prefería estar en el hospital rodeado de gente que le sacaba conversación, y no en su solitaria casa en donde las paredes parecían enormes.

Había empezado a temerle a la soledad porque el silencio solía volverse en su contra…

—Vamos a almorzar —escuchó que le decían. Santiago apenas alzó la vista y la vio a ella allí. La madre de los gemelos, la mujer con los mismos ojos verdes que sus hijos. Era enfermera—. ¿Estás sordo o qué?

¿Por qué tenía que ser ella precisamente quien lo invitase a almorzar? Aunque bueno, no se le podía llamar almuerzo. Eran las dos de la tarde.

—¿Por qué querría ir contigo a almorzar?

—Si no quieres ir no me importa, pero deja de poner esa cara de deprimente a punto de tirarse de un edifico. Asustas ¿sabes? —y tras esto se dio la vuelta y procuró marcharse.

—¡E-Espera…! —la siguió—. Está bien, voy contigo.

Santiago creía que era mejor estar con mala compañía que estar solo.

Ella sólo suspiró un poco fastidiada. Ni siquiera lo esperó y continúo caminando. Al poco rato Santi la alcanzó y caminaron de la par. Santiago, en completo silencio, la observó de reojo. Diana era bonita. Una mujer joven con un carácter indomable. Hubo un tiempo en que la consideró atractiva e irresistible, incluso salieron un par de veces. Eso fue mucho antes de que supiese que esa mujer era la madre del crio el demonio con el que su hermano Leandro salía. Cuando supo quién era, dejó de admirarla para empezar a sentir repudio.

Bueno, ella tampoco fue amable y se comportó de la misma forma al descubrir que él era hermano del “pervertido” que salía con su hijo. Con el tiempo dejaron de comportarse tan agresivamente para tratarse sólo como compañeros de trabajo. Sus asuntos personales no tenían porqué inferir en su lugar laboral. Y sin querer, casi siendo imperceptible, se volvieron amigos. No mejores amigos, sino amigos. Gente con quien tratar en momentos de soledad.

Leandro ni sospechaba de eso. Y Santiago esperaba que nunca se enterase de que había tenido pretensiones de tener una relación con ella en el pasado. Seguro que a su hermano le daba un sincope si llegaba a saberlo. Mejor que no se enterase.

Salieron fuera del hospital. Llovía a cantaros así que Diana sacó un paraguas para llegar hasta el taxi. A Santi no le importó mucho mojarse, tampoco es que odiase a la lluvia. Sin embargo, no entró en el auto, se quedó frente a la puerta del copiloto, esperando.

—¿Y ahora qué? —espetó ella al ver que no entraba y entonces sus ojos se abrieron con ligera sorpresa—. No me dirás que ahora también quieres que te abra la puerta.

—Soy un príncipe, ¿Qué esperabas? —la mujer rodó los ojos. Ese sujeto era alguien con un ego que flotaba muy cerca de los satélites Aqua y Terra, o quizás un poco más arriba. Cansada de tanto melodrama se subió al auto, ignorándolo olímpicamente—. Está bien, está bien. Sólo estaba bromeando —se apresuró a decir Santiago con una sonrisa floja mientras entraba al taxi—. Por cierto, también tienes que invitarme el almuerzo. No tengo ni un centavo en el bolsillo.

—Serás idiota…

»«

El sonido de las caricaturas llenaba la casa. La niña veía Tom y Jerry, mientras el niño permanecía en su corral entretenido con los juguetes. Ya era bastante tarde, pero Aarón no podía irse a su casa debido a la lluvia así que aun permanecía en el apartamento de Luis. No es como si le molestara, vivía más allí que en su propia casa, casi se había convertido en un hábito. Incluso disfrutaba de esos pequeños momentos en que parecían una familia normal y funcional, algo que nunca había experimentado.

Para entonces, ya habían cenado y él procuraba lavar los platos en vista de que no tenía nada más qué hacer. Miró de soslayo a Luis, quien permanecía sentado en una de las sillas del comedor mientras descansaba su mejilla en la palma de su mano, parecía que se entretenía mirándolo lavar platos. Entonces, los ojos de Luis se encontraron con los suyos y Aarón tuvo que desviar la vista ruborizado. Luis sólo parpadeó confundido.

—¿Qué pasa? —inquirió.

—Deja de mirarme el trasero.

—No te estoy mirando el trasero.

—Lo estás haciendo.

—Bueno, tal vez estaba mirando. Pero sólo un poquito —admitió, rascándose la cabeza debido a su nervosismo.

Luis se aclaró la garganta y decidió cambiar de tema, no quería irse por la tangente y terminar hablando de asuntos sexuales que podían conducirlo por caminos peligrosos.

—Salí temprano para buscar a los niños. Pensé que no ibas a poder recogerlos porque a Mariana y a Marcus los soltaban a la misma hora. Pero cuando llegué, me encontré con la sorpresa de que ya habías ido por ellos, ¿Cómo hiciste para partirte en dos? —dijo divertido

—Le pedí a mi hermano que me ayudara.

—Ah, cierto. Tu hermano. Después de todo ustedes son gemelos y pueden intercambiar de lugares… —musitó despacio mientras una pregunta se formulaba en su cabeza.

Los gemelos Vásquez…

Eran tan idénticos que sería muy difícil identificar cuál era cuál. Lo que los delataba era el carácter, la actitud que tomaban antes las situaciones. Pero si ellos querían muy fácilmente, y con una buena actuación, podían tomar el lugar del otro y hacerles bromas pesadas.

—¿Nunca has intercambiado de lugar con tu hermano? —preguntó con curiosidad.

Entonces, la tacita de porcelana que Aarón lavaba, resbaló de sus manos y se hizo añicos en el suelo. El sonido de la porcelana al romperse hizo eco en la cocina.

—S-Solo lo hicimos  un-una vez —se apresuró a contestar en un atado de nervios mientras se agachaba para recoger los cristales rotos—. Solo fue una vez…, una vez… ¡Y nunca hice nada malo!

—¿Aarón, estás bien? —preguntó asustado al ver la imagen del pelirrojo, todavía de rodillas en el suelo, recogiendo la porcelana rota  y temblando, como si tuviera miedo...

Se acerco a él.

—Oye, tranquilo. Te estás lastimando. Déjame ayudarte —le quitó la porcelana rota. El muchacho aun temblaba—. Vamos, tranquilízate. Sólo era una pregunta.

Pero el pelirrojo no lo escuchaba del todo y seguía hablando:

—Adrián se puso triste por eso… —su voz estaba teñida con la tristeza y amargura que confiese el arrepentimiento—. No esperó que le mintiera pero no tuve elección, ¡Sólo fue una vez!…Una vez…

—¿No me digas que…, te has acostado con mi hermano haciéndote pasar por Adrián? —Luis parecía aterrado con la idea.

—¡No, no…! ¡Claro que no! ¡Yo…, no hice nada malo! ¡Sólo fue una vez!... Un juego… Sólo fue una vez, una vez… Una vez… No hice nada malo. Lo juro.

Pero seguía sin mirarle a los ojos y con las manos temblándole. Estaba demasiado nervioso y eso a Luis le pareció muy extraño. Quizás Aarón había hecho algo malo. Algo que no quería compartir con nadie.

»«

Leandro apartó la vista de su reloj de muñeca y contempló con interés la lluvia que azotaba sin compasión la ventana de su cuarto. Eran gotas gruesas las que impactaban contra el cristal duro, dejando luego un hilo húmedo que revelaba su huella. Leandro se apoyó con un hombro en el marco y extendió una mano para colocarla sobre la ventana, permitiéndose sentir el frío que causaba la lluvia.

—Un genocidio climático —susurró fascinado.  

Sentía el frío del cristal bajo su mano. La humedad del vaho mojó su piel pero no le importó. Y cuando apartó la mano del vidrio se quedó mirando su propia huella…

Siguió indagando en cosas estúpidas hasta que escuchó que alguien le hablaba.

Llevas veinte minutos en la misma posición

Esa voz lo sacó de un solo puñetazo de sus divagaciones.

Leandro se tensó perceptiblemente porque conocía esa voz tan bien como conocía las líneas de su mano. Ladeó un poco la cabeza, temeroso de encontrarse a la persona que creía detrás de él. Y la vio; su larga cabellera negra rizada, la cara como un ovalo, como una lagrima, como una gota de lluvia y los ojos del color el mar decorado con esas feas ojeras.

Inmediatamente, desvió la mirada a la ventana, pensando que jamás debió mirar atrás. Apretó los puños y se concentró en ignorarla. Ella no podía estar allí. No podía. Tan simple como eso; no podía. Pero lo estaba y Leandro notaba su presencia detrás de él. Sentía su aroma nocivo, el balanceo de sus piernas al estar hasta las narices drogada y la burla en sus ojos al saberse dueña del mundo. No se trataba de nada más que una pesadilla.

Deseó que se fuera y lo dejara con su soledad.

Ya sé lo que vas a decir. Puedo adivinarlo —dijo y había burla en esa voz—. No pensaste que viniera a verte hoy, ¿cierto?

Leandro no respondió y siguió contemplando la lluvia. Intentaba convencerse que ella no estaba allí. Porque Susana no podía estar aquí. La Susana adicta a las drogas estaba muerta.

—¿Qué haces aquí? —inquirió con la voz temblorosa. No le gustaba hablar con la Susana adicta, era esta la Susana que él odiaba—. ¿Qué quieres? Déjame en paz. Dijiste que ibas a dejarme en paz después de dejar esas rosas en tu tumba.

Ah sí, claro. Las rosas. Cómo olvidarlas.

Pretendía darse la vuelta y exigirle que se marchara porque ya había tenido suficiente de esta Susana adicta en el pasado. Él no quería a esa Susana. Él quería a su amiga, y su amiga se había degradado en las adicciones sin él poder hacer nada. Sin embargo, justo antes de que soltase silaba alguna, alguien abrió la puerta de su recamara y lo detuvo de dar el sermón que le cosquilleaba en la lengua.

Leandro vio la cabeza de Adrián asomarse.

—¿Con quién estabas hablando? —preguntó el pelirrojo.

Leandro respiró hondo, se alejó de la ventana y fue hasta su amor.

—Con nadie. Solo pensaba en voz alta —respondió con una sonrisa. Intentaba aparentar que estaba bien cuando por dentro tenía un tornado de sentimientos negativos.

—No es cierto. Estabas hablando con alguien. Lo sé, te escuché conversando. —entrecerró los ojos, mirando amenazadoramente a su amante. Leandro rió en voz alta para distender el ambiente y dijo:

—Si desconfías puedas revisar la habitación. No hay nadie.

Adrián entró a la recamara y encendió las luces para ver mejor y se dispuso a buscar a aquella persona que ocultaba su amante. Revisó debajo de la cama pasando por el closet  para terminar revisando el baño que estaba en el cuarto, y pese a sus dudas,  no encontró a nadie. Sólo estaban las cortinas ondeando y el aire gélido que era lo único que estaba fuera de lugar…

—Te dije que no había nadie.

Adrián frunció el ceño. 

—No seas paranoico —insistió Leandro, cansado de esta desconfiada que era tan bien argumentada—. Ya revisaste el cuarto y te diste cuenta de que no había nadie.

Adrián por su parte, se sintió receloso. ¿Qué pasaba allí? Él no era estúpido y algo estaba ocurriendo a sus espaldas. Estaba absolutamente convencido de que Leandro conversaba con alguien. Había escuchado su voz. No se trataba de cuando uno hablaba consigo mismo, sino de un intercambio de palabras. Un contrapunteo.

Ajeno a su escudriñó interno, Leandro pensaba que la aparición del fantasma de Susana en su vida complicaba todo. Quizás su locura poco a poco comenzaba a salirse de control. Quizás comenzaba a tornarse más oscura, más como una pesadilla. Tuvo miedo porque no quería que Adrián ni nadie supiesen lo que pasaba con él. No quería que lo pillaran hablando solo. Causaría un terrible dolor en sus seres queridos, demasiadas preocupaciones. ¿Cómo iba él a explicar que no había superado nada y que sólo estaba comprimiendo el dolor? ¿Cómo decir que la situación era tan insostenible que recurría a un mundo interno para protegerse de esa pena?

Una sensación de vacío lo inundó de inmediato.

Leandro no era idiota del todo. Sabía que estaba mal, aunque la mayor parte del tiempo lo ignorara sabía que algo no iba bien con él. En los días bueno, ignoraba su estado de la misma forma que uno evita mirar a un amante ocasional cuando se esta en medio del publico, asumiendo que aunque estaban en la misma habitación no tenían nada que ver el uno con el otro. Pero el resto de los días en que el abatimiento le ganaba, se limitaba a desangrarse por dentro, esperando un milagro que nunca llegaba.

Quizás es que estaba tan roto que no podía recomponerse. Quizás es que había demasiados vidrios rotos dentro de su cabeza…

 


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