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Juntos por Liss83

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-          ¿Houston? — pregunto Jacob, alzando las cejas cuando llegaron a la entrada del aeropuerto de Seattle.

-          Es sólo una parada en el camino — le aseguró Edward con una sonrisa de oreja a oreja.

 

 

 

La luna de miel era un regalo de Carlisle y Esmes, pero Edward le había dicho que era sorpresa. A Jacob, quien llevaba las maletas, le llevó unos cuantos minutos captar lo que estaba sucediendo cuando se detuvieron en el mostrador de los vuelos internacionales para revisar los billetes de su próximo avión.

 

 

 

-           ¿Río de Janeiro? — pregunto Jacob intrigado.

-           Otra parada — comentó el vampiro.

 

 

 

El viaje a Sudamérica se le hizo largo al lobo, pero muy cómodo en los amplios asientos de primera clase, mientras acunaba entre los brazos a Edward. Se volvió a dormir y luego despertó alerta cuando giraron hacia el aeropuerto con la luz del sol poniente entrando de forma sesgada por las ventanillas.

 

 

 

No se quedaron en el aeropuerto para tomar otro nuevo vuelo como Jacob esperaba. En vez de eso, tomaron un taxi para atravesar las atestadas calles de Río, un oscuro hervidero lleno de vida. Fue incapaz de comprender ni una palabra de las que Edward le dirigió en portugués al conductor y adivino que se dirigían hacia un hotel antes de la siguiente etapa de su viaje. Cuando Jacob comprendía eso, sintió una aguda punzada justo en la boca del estómago, algo que se acercaba mucho al miedo a salir a escena.

El taxi continuó atravesando las multitudes como enjambres, hasta que se fueron disipando de algún modo y pareció que se acercaban al borde exterior occidental de la ciudad, en dirección al océano.

 

 

 

Se detuvieron en los muelles.

Edward encabezó la marcha hacia la larga línea de blancos yates amarrados sobre el agua, negra como la noche. Se detuvo ante la embarcación más pequeña de todas, y también la más esbelta, obviamente la habían construido pensando en la velocidad y no en el espacio. Aun así, tenía un aspecto lujoso y gracioso. Él saltó dentro y Jacob lo siguió con la misma ligereza pese a las pesadas maletas que acarreaba. Las dejó caer sobre la cubierta y miro hacia la ciudad. En verdad era una vista impresionante.

Observo en silencio cómo aparejaba el navío para partir, sorprendido de lo habilidoso y acostumbrado que parecía a esta tarea, ya que nunca le había oído antes mencionar que sintiera interés alguno por la navegación; pero claro, era bueno en casi todo lo que emprendía, como siempre.

 

 

 

-          ¿Desde cuándo sabes navegar? — dijo Jacob ayudándole

-          Cosas que se aprenden por ahí — respondió sonriendo

-          Engreído — le susurro Jacob al oído abrazándolo por la cintura besándole el cuello

-          Jacob — gimió Edward

-          Ya eres mío — susurro mordiéndole el cuello suavemente

-          Espera a que lleguemos — gimió el vampiro sonriendo

 

 

 

Cuando se dirigían hacia oriente por el océano abierto, Jacob reviso en su mente sus conocimientos básicos de geografía. Por lo que podía recordar, no es que hubiera mucho al este de Brasil... a menos que pensaran en ir a África.

Pero Edward aceleró mientras las luces de Río se atenuaban y luego desaparecían a sus espaldas. En el rostro tenía grabada su familiar sonrisa llena de júbilo, la misma que le producía cualquier forma de velocidad. El barco se sumergió en las olas y los roció con las salpicaduras procedentes del mar.

Al final, Jacob no fue capaz de resistir la curiosidad reprimida con tanta eficacia hasta ese momento.

 

 

 

-           ¿Vamos mucho más lejos? — pregunto fingiendo desinterés.

-           Pues como una media hora más — contesto Edward clavando los ojos en las manos que le acariciaban suavemente el pecho y sonrió.

 

 

 

Veinte minutos más tarde Edward gritó el nombre de su esposo por encima del rugido del motor.

 

 

 

-           ¡Jake, mira hacia allí! — y señaló justo delante de nosotros.

 

 

 

En un primer momento, Jacob únicamente vio la negrura de la noche acicalada por la estela blanca de la luna rielando sobre las aguas; pero un examen más atento de la posición indicada le reveló una forma baja y oscura que se interponía en el reluciente trazo de la luna sobre el oleaje. Entrecerró los ojos para fijar la vista en la oscuridad y el contorno se perfiló con más claridad. La forma terminó transformándose en un triángulo chato e irregular, con uno de sus lados más alargado que el otro, antes de hundirse en las olas. Se acercaron más y pudo comprobar que el contorno era tenue, oscilante ante la brisa ligera.

 

 

 

Siguió escudriñando hasta que todas las piezas cobraron sentido para él: delante de su posición se erguía, por encima del mar, una islita donde se balanceaban las hojas de las palmeras y refulgía la media luna de una playa bajo la pálida luz de la noche.

 

 

 

-          ¿Dónde estamos? — murmuro Jacob, maravillado, mientras él cambiaba la dirección, dirigiéndose hacia el extremo norte de la isla.

-          Es la isla Esme, solo a cuatro kilometro de Ipanema — dijo Edward que lo escuchó a pesar del ruido del motor  —. Te va encantar — y mostró una amplia sonrisa que relumbró bajo la luna.

 

 

 

El barco se deslizó hasta colocarse con exactitud en la posición adecuada: pegado a un corto muelle de planchas de madera deslustradas que adquirían un tono blanquecino a la luz de la luna. Reinó un silencio absoluto cuando se detuvo el motor, pues no había más sonido que el chapaleteo de las olas contra el casco de la nave y el susurrar de la brisa entre las palmeras. El aire era cálido, húmedo y fragante, como el vapor que permanece después de una ducha de agua caliente.

 

 

 

-          ¿Isla Esme? — repitió con un hilo de voz

-          Es un regalo de Carlisle, y Esme se ofreció a prestárnosla.

 

 

 

Un regalo. ¿Quién regala una isla? El lobo frunció el ceño. No se había dado cuenta de que la extrema generosidad de Edward era un comportamiento aprendido. Edward iba saltar fuera de la embarcación, pero Jacob lo detuvo. Este tomo las maletas y salto al muelle. Dejó las maletas en este y luego se volvió y esbozó aquella sonrisa perfecta suya mientras se acercaba al vampiro, pero en vez de darle la mano, lo tomó directamente en brazos.

 

 

 

-          ¿No se supone que debemos esperar hasta llegar al umbral de la casa? — pregunto Edward, sin aliento, cuando él saltó con agilidad fuera del barco.

-          No soy nada si no lo hago todo a fondo — dijo Jacob sonriendo con ganas

 

 

 

Sujetando los asideros de las dos enormes maletas del barco con una mano y acunando al vampiro en el otro brazo, lo subió hacia el muelle y se encaminó hacia el camino que Edward le señalaba, un sendero de pálida arena que se perdía en la umbría vegetación.

Durante una parte corta del trayecto, a través de un follaje similar al de la jungla, estaba tan negro como la tinta, y más adelante pudieron ver una luz cálida. Estaban a punto de llegar cuando Jacob se dio cuenta de que aquella luz era una casa, y que dos brillantes cuadrados perfectos eran en realidad dos grandes ventanas que enmarcaban la puerta delantera. Jacob pensó que se dirigían hacia un hotel.

 

 

 

El corazón latía de forma audible contra sus costillas, y el aliento se le quedó atascado en la garganta. Sintió los ojos de Edward fijos en su rostro, pero rehuyó encontrarse con su mirada. Clavo la vista justo hacia delante.

Edward no preguntó qué era lo que estaba pensando, y Jacob supo que tampoco había leído su mente, lo cual no era muy propio de su carácter. Adivino que esto quería decir que se encontraba tan nervioso como él.

 

 

 

Jacob dejó las maletas en el ancho porche para abrir las puertas, que no estaban cerradas. Miró hacia un lado y lo buscó con los ojos hasta que sus miradas se encontraron, sólo después avanzó hasta cruzar el umbral.

Ambos permanecieron en silencio mientras lo conducía a través del edificio, y Edward iba encendiendo las luces a su paso. La vaga impresión de Jacob sobre la casa era que parecía demasiado grande para una isla tan pequeña y extrañamente familiar. Se había acostumbrado al esquema de colores preferido por los Cullen, claros y luminosos, y ello lo hacía sentir como en casa. Sin embargo, no se pudo concentrar en nada en particular. El pulso le latía detrás de las orejas con tal violencia que por momentos todo le parecía borroso.

 

 

 

Edward le dijo que se detuviera y encendió la última luz.

 

 

 

La estancia era grande y blanca, y la pared más lejana era casi toda de cristal, el tipo de decoración estándar de la familia de vampiros. Fuera, la luna brillaba con fuerza sobre la arena blanca y, justo unos cuantos metros más allá de la casa, refulgían las olas. Pero apenas Jacob se dio cuenta de eso. Estaba más concentrado en la inmensa cama blanca que había en el centro de la habitación, sobre la que colgaban las nubes vaporosas de una mosquitera.

Jacob lo dejó sobre sus pies.

 

 

 

-          Iré... esto… por el equipaje. No te preocupes. Me ubico dentro de la casa — dijo Jacob y salió disparado

 

 

 

A pesar de conocerla, la habitación resultaba demasiado cálida a Edward, y el ambiente estaba más cargado que la noche tropical del exterior. Camino lentamente hacia delante hasta que pudo llegar y tocar la red espumosa. Por alguna razón sentía la necesidad de asegurarme de que todo era real.

Estaba tan concentrado que no escucho el momento en que regresó Jacob. De repente, su dedo ardiente acarició la parte posterior de su cuello.

 

 

 

-          Aquí hace un poco de calor — dijo Edward, como excusándose  —. Pensé... que sería lo mejor.

-          Perfecto — murmuro Jacob casi sin aliento, y él se echó a reír. Era un sonido nervioso, extraño en Edward.

-          Intenté pensar en todo…

-          Creo que tienes razón, podría hacer esto... más fácil — concluyo él.

 

 

 

Edward trago saliva ruidosamente, todavía dándole la espalda. ¿Había habido alguna vez una luna de miel como aquella? Sabía la respuesta a esa curiosidad. No, no la había habido.

 

 

 

-          Me estaba preguntando — intervino Jacob en voz muy baja  —, si... primero... ¿te apetecería darte un baño nocturno conmigo? — inhaló un gran trago de aire y su voz surgió con más naturalidad cuando volvió a hablar  —. Es probable que el agua esté muy caliente.

-          Me parece estupendo — se le quebró la voz.

-          Estoy seguro de que necesitarás un par de minutos para...

 

 

 

Edward asintió, orgulloso, aunque lo cierto era que se sentía muy raro en ese momento; quizás unos cuantos minutos a solas le ayudarían. Jacob le rozó la garganta, justo debajo de la oreja, con los labios. Soltó una sola risita y su tibio aliento hizo hormiguear su piel de porcelana.

 

 

 

-          No tarde usted demasiado, señor Black — dijo Jacob y Edward dio un pequeño respingo al oír la mención de su nuevo apellido. Sus labios se deslizaron por su cuello hacia abajo, hasta el extremo de su hombro — Te espero en el agua.

 

 

 

Jacob pasó a su lado en dirección a la ventana francesa que se abría justo sobre la arena de la playa. Por el camino, se quitó la camiseta con un encogimiento de hombros, dejándola caer al suelo y después atravesó silenciosamente el umbral hacia la noche iluminada por la luna. El sofocante aire salino se removió en la habitación detrás de sus pasos.

¿Acaso le había estallado la piel en llamas? Edward tuvo que mirar hacia abajo para comprobarlo. Ah, no, no se estaba quemando nada. Al menos no a la vista.

 

 

 

Se recordó a sí mismo la necesidad de concentrarse y después avanzo a trompicones hacia la maleta gigante que Jacob había abierto sobre un bajo tocador blanco. Debía de ser la suya, pero no reconoció ni una sola prenda de ropa porque sobre todo lo que allí había estaba se veía un montón de cosas de color rosa. Mientras rebuscaba a través de las pilas de tejidos cuidadosamente doblados en busca de una prenda cómoda y que le resultara familiar, quizás un pantalón de chándal. Le llamó la atención que tenía entre las manos una cantidad espantosa de encaje muy fino y transparente y diminutos artículos de satén. Lencería femenina. Lencería femenina francesa muy atrevida.

Gruño por lo bajo. Alice iba a pagar por eso, no sabía cuándo ni cómo, pero algún día. ¡Y muy caro!

 

 

 

Se rindió y fue al baño, donde escudriño a través de las largas ventanas que se abrían a la misma playa a la que daban las del dormitorio. Lo escucho en el agua. En el cielo que les cubría la cabeza, la luna tenía un contorno asimétrico, casi llena, y la arena brillaba con un color muy claro bajo su luz. Un movimiento ligero captó su atención, el de sus ropas que colgaban de una protuberancia de una de las palmeras que rodeaban la playa, balanceándose perezosamente con la ligera brisa.

 

 

 

Otro relámpago de fuego cruzó de nuevo su piel.

Necesitó un par de inhalaciones profundas, a pesar de ser inmisarias. Se acercó a los espejos que colgaban sobre la larga encimera del baño. Tenía el aspecto de siempre, el que le gustaba a Jacob, pero aun así busco el bolso de mano. Encontró un cepillo y lo hundió con rudeza. Se cepillo también los dientes de forma meticulosa, dos veces. Era absurdo pero… ¡Malditos nervios!

Después se lavó la cara y se echó agua sobre la nuca, que le ardía febril. Esto lo hizo sentirse tan bien que se lavó los brazos también y finalmente decidió abandonar y meterse en la ducha por primera después de casi cien años. Sabía que resultaba ridículo ducharse antes de nadar en la playa, y más siendo un vampiro, pero necesitaba intentar tranquilizarse y el agua caliente era la única forma fiable que conocía de hacerlo.

 

 

 

Cuando termino tomo una enorme toalla blanca del armario del baño y se envolvió con ella, anudándola en su cintura.

Entonces tuvo que enfrentarme a un dilema que no había considerado hasta este momento. ¿Qué se suponía que tenía que ponerse ahora? Evidentemente, nada de bañador. Pero también le parecía estúpido ponerme la ropa otra vez. Y no quería ni pensar en qué cosas habría metido Alice en la maleta para él.

 


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