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Engendrando el Amanecer I

Autor: msan

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Notas del capitulo:

Continuamos la historia. 

Espero que estén pasando unas muy felices vacaciones. 

No olviden comentar. 

A partir de las terribles revelaciones sobre las torturas sufridas por Miguel, nuestra convivencia volvió a cambiar. Raffaele se encargó de curar sus heridas y de hacerle compañía a todas horas, incluso durante la noche. Dormía en un diván a los pies de la cama de su primo, este insistía inútilmente en que compartiera el lecho o se marchara a su habitación.

Resultaba una triste estampa la que ofrecía el imponente heredero de los Alençon en esos días, esforzándose por mostrar entereza cuando a leguas podía verse lo profundamente afectado que se encontraba. Constantemente lo sorprendía a punto de llorar o de sufrir un arrebato de cólera.

Maurice, por su parte, había perdido el apetito de nuevo, se mostraba más abstraído que de costumbre y una expresión afligida ensombrecía constantemente su rostro. Pasaba su tiempo enfocado por completo en su primo, tratando de hacerle sentir mejor cuando él mismo no encontraba consuelo. 

Yo sufría al verle así, al ver a los tres atrapados por la desgracia ocurrida a Miguel, y comprobar mi incapacidad para aliviarlos. Se podía decir, sin temor a exagerar, que el Palacio de las Ninfas se transformó en el recinto de la tristeza, el dolor y la rabia. 

La situación pudo haberse prolongado de no ser por Miguel, quien, además de hermoso, siempre fue muy gallardo y puso punto final a los días de duelo.

—Tenemos que terminar los frescos de "Nuestro Paraguay" —exigió bautizando de esa manera aquel salón para la posteridad—. Raffaele encárgate de convocar a todos para mañana temprano. 

—Deberíamos esperar a que estés mejor —recomendó Maurice. 

—Mis heridas ya casi no molestan y estoy aburrido. Quiero pintar, salir a cabalgar por el campo y  bailar hasta que me duelan los pies.

—¿Bailar? —pregunté asombrado porque aquello contrastaba completamente con el clima en el que estábamos inmersos. 

—Sí, quiero bailar. Hagamos una fiesta la próxima semana. Invitemos a Joseph y a Théophane...

—Te has acordado... —intervino Raffaele conmovido.

—Por supuesto. Siempre lo tengo presente. 

—¿Qué cosa?—insistí al ver que no dejaban de mirarse el uno al otro embelesados, olvidando todo lo demás. 

—El veinticinco de septiembre es mi cumpleaños —respondió Raffaele sonriente.

—¡Ah, es cierto!—exclamó Maurice como si aquello le sorprendiera. 

—Lo has olvidado otra vez —le acusó Raffaele. Él se limitó a sonreír dándole la razón.

—Este año al fin podremos celebrarlo juntos, por eso debemos tener un gran baile—insistió Miguel—. Los veintinueve años del futuro Duque de Alençon deben celebrarse como es debido. 

—En lugar de una fiesta, prefiero ir a un lugar tranquilo contigo. 

—Pero quiero bailar y...

—No me hará ninguna gracia verte bailar con alguna Madame, que seguramente sonreirá como tonta mientras yo saboreo la hiel de mis celos.

—¡Ah! Tienes razón —lamentó Miguel como si acabara de darse cuenta de la situación.

—Aunque me gusta la idea de invitar al tío Théophane y a Joseph. Podemos organizar una jornada de cacería.

—También podemos invitar a Bernard y a los demás...—apuntó Maurice sumándose a la idea.

Comenzamos a planificar la jornada de cacería. Ellos, como siempre, se mostraban entusiasmados y yo me resignaba a las incomodidades que siempre conlleva semejante actividad. Sin embargo, noté que Miguel no estaba muy conforme pese a ser tan aficionado a la caza como sus primos.

Al día siguiente volvimos a dedicarnos a los frescos junto con Bernard, Clemens, François y Etienne. El trabajo de nuevo fue agotador. En pocos días dimos las últimas pinceladas a Nuestro Paraguay. Maurice estaba feliz, lo que le hacía lucir más atractivo que nunca. Yo me deleitaba contemplándolo mientras cumplía las humildes tareas que me encomendaban. Varias veces Miguel me regañó por tardar más de la cuenta limpiando un pincel que necesitaba.

Cuando él y Maurice dieron las últimas pinceladas, a las que intentaron dar algún retoque que no permitimos, declaramos terminada nuestra obra de arte. Y digo nuestra con toda propiedad, pues mi nombre fue acuñado junto con el de los demás en una esquina. Todavía puede leerse; Madame Severine nunca se atrevió a cubrir los frescos, como amenazó muchas veces, y estos han quedado para la posteridad como testimonio de una de las mejores épocas de mi vida. 

Nuestro Paraguay se convirtió en el salón favorito de Raffaele. Lo destinó para nuestras partidas de cartas y estuvo a punto de trasladar ahí el piano. Maurice rechazó la idea diciendo que no podría concentrarse en la música por el exceso de detalles en las pinturas; tenía un serio problema en ver antes que nadie lo menudo y ahora esa habitación le aturdía. Se hizo su voluntad porque desde un principio nuestro objetivo fue darle gusto evocando el lugar que tanto amaba.

Después de que Miguel trazó el último nombre en la pared, celebramos la consumación de nuestro trabajo con un banquete. Estábamos tan cansados y felices que olvidamos todos nuestros modales, nos sentamos en el suelo y allí pedimos a los sirvientes que dejaran los deliciosos manjares que Raffaele ordenó preparar. 

Reinó la algarabía. No importaba que Etienne y François no fueran de la nobleza, todos compartimos por igual. Nos unía la simpatía, la afinidad en algunos gustos y opiniones y, sobre todo, el respeto mutuo.  Sin proponérnoslo habíamos arrojado las murallas que separaban nuestras clases sociales. 

Hay que decir que en parte se debía a que Maurice  nunca se fijaba en la condición social de otra persona y a que Raffaele solía juzgar a los hombres por su propio valor y no por su linaje. De otra forma, Miguel y  yo, que nos manteníamos muy concientes de pertenecer a un estamento superior, no hubiéramos trabado relaciones con alguien como Etienne, un hijo de campesinos. Y así hubiéramos perdido la oportunidad de conocer a una de las personas más “nobles” que Francia ha dado a luz. 

Etienne, por su parte, era un ingenuo que no se daba cuenta de dónde y con quién se encontraba. El lujo del Palacio de las Ninfas le causaba admiración pero no llegaba a deslumbrarlo. Consideraba la  buhardilla en la que vivía su propio palacio, uno que había logrado pagar con mucho sacrificio y estaba satisfecho de semejante logro. Su gran ambición era llegar a ser jurista y regresar a su pueblo para enorgullecer a su padre. 

François sabía perfectamente que nuestra amistad era algo inusual y la agradecía. Nunca mostró ningún complejo por su condición, al contrario, se enorgullecía de que su padre ejerciera el mismo oficio que el padre de Voltaire. Consideraba que todos los hombres eran iguales por naturaleza,y que las diferencias entre nobles y plebeyos provenían de erróneas nociones arcaicas en las que estábamos anclados. Soñaba con probar esa igualdad original creando una sociedad donde no importara el origen sino el talento, y en la que cada hombre fuera libre de labrarse su destino. Cada vez que le escuchaba exponer sus ideas, una parte de mí se entusiasmaba, pero concluía que sus palabras no eran más que quimeras. 

Bernard y Clemens pertenecían ala nobleza. Eran jóvenes inteligentes y de buen carácter, que no soportaban la vaciedad del ambiente de Versalles y nos encontraban a muy interesantes, especialmente a Maurice, quien se había convertido para ellos en una fuente inagotable de conocimiento y novedad. 

Creo que pocas veces se encontró un grupo tan diverso y divertido como el nuestro. Solíamos competir demostrando nuestro intelecto. Nos gustaba halagarnos y criticarnos por igual, haciendo gala de una sinceridad abrumadora. No había ofensa que no se arreglara en un pestañeo ni discusión que no terminara en una carcajada. Si es cierto que quien encuentra un amigo encuentra un tesoro, entonces soy uno de los hombres más afortunados de la tierra, porque en aquellos días disfruté de la compañía de muchos.

El banquete terminó convirtiéndose en una partida de cartas que consumió el resto del día. Al anochecer, el carruaje de la familia de Bernard recogió a todos nuestros amigos y Raffaele se marchó a Versalles porque Su Majestad quería que lo acompañara en una de sus cacerías al día siguiente.

Maurice se retiró a dormir. Siempre que bebía de más terminaba somnoliento y de mal humor. Debo confesar que al descubrir esto descarté el intentar embriagarlo para lograr hacerle el amor, pero la idea me había tentado durante mucho tiempo. 

Miguel me pidió que le ayudara a recoger los materiales, no quería que los sirvientes los echaran a perder. Hasta el final el único talento que me reconoció fue el de limpiar bien los pinceles. Al menos esto me dio la oportunidad de hablar a solas con él. 

—¿Raffaele y tú ya han hecho el amor? —le pregunté esperanzado. 

—Aún no...

Su triste respuesta hizo que lamentara haber abierto la boca. El silencio reinó por unos minutos.

—Dime Vassili... él... ¿él te ha buscado?

—No lo ha hecho. Recuerda que se ha mantenido a tu lado todo el tiempo, incluso durante la noche.

Volvió a formarse el incómodo silencio. Me dediqué a despedirme de los pinceles, esperaba que fuera la última vez que tuviera que limpiarlos. 

—Soy cruel con Raffaele ¿verdad?—habló al fin, mientras recogía las pinturas sin mirarme. 

—Él no espera que lo perdones fácilmente. 

—¡Ya le he perdonado!—afirmó dándose vuelta para mostrarme su rostro lleno de angustia—. ¡Pero no puedo dejar de temblar cuando me toca!

—Espero que algún día puedas.

—¡Temo que ese día no llegué y él se canse de mí!

—Eso no pasará. Raffaele te ama.

—¿Y si el amor no es suficiente?—la tristeza y el miedo que mostró me conmovió.

—Quiero creer que no hay nada más fuerte que el amor—le dije colocando mi mano sobre su pecho.

Sonrió con candidez y su rostro se volvió una obra de arte. Entonces tuve una revelación y quise comprobarla. 

—¿Sugeriste esa fiesta porque querías bailar con Raffaele?

—¡Ah, me has descubierto!—exclamó sonriendo avergonzado—. Ya ves lo tonto que soy. Olvidé que soy hombre. 

—¿De verdad te hubiera gustado nacer mujer sólo para bailar con él?—no pude evitar mostrarme un poco escandalizado.

—Vassili, seguramente no entiendas pero la verdad es que todo el tiempo me siento como si fuera una mujer. Hay algo mal en mí...

—Sin duda. No puedo creer que te sientas así. Lo digo porque ser mujer no es nada favorable. Las mujeres son poco privilegiadas en comparación a nosotros. Por ejemplo, mis hermanas recibieron una educación mediocre,a diferencia de la que recibimos mi hermano y yo,debido a que de ellas sólo se esperaba que fueran buenas esposas. Lo mismo ocurre con todas las mujeres, requieren de esposos o amantes para tener alguna importancia. Las pocas excepciones son mujeres como la reina Elizabeth de Inglaterra, cuya soltería fue la mejor arma política de su reino. Mas, en general, todas están en una condición inferior al hombre, sin importar la clase a la que pertenezcan. Por supuesto que las mujeres de la plebe son doblemente insignificantes.

—Eso es porque los hombres han hecho así a la sociedad. No creo que las mujeres sean inferiores por...  

—No sólo inferiores—me burlé —, sino de naturaleza más propensa al pecado, según mi tío. Solía decirme: “Aléjate de las mujeres, llevan al diablo bajo las faldas”.  

—Tu pobre tío se llevará una gran decepción cuando sepa que, en tu caso, el diablo se esconde en los calzones —me acusó sonriendo con malicia. 

—Eso es seguro.  Pero dejando a mí buen tío de lado, es un hecho probado que las mujeres son, además de débiles, poco inteligentes.

—No digas eso ante Maurice. Está deslumbrado por la inteligencia de las dos sirvientas nuevas, hasta empezó a enseñarles a leer. 

—¿Para qué pierde el tiempo de esa forma? ¿Acaso limpiaran la habitación con más acierto si saben leer?

—¡Vassili eres tan...! —extendió las manos hacia mí amenazando con ahorcarme.

—¿Tan sensato? Lo sé. El que no parece sensato hoy eres tú. Querer bailar con Raffaele o querer ser mujer. ¡Estás loco!

—No estoy loco. Soy patético. Un hombre que siempre se sentirá ajeno a su propio cuerpo. Ojala estuviera loco y no me diera cuenta del mal chiste que parezco.

—Perdona, he hablado de más —dije al ver su expresión afligida y avergonzada—. Olvida todo lo que he dicho, está bien que quieras ser mujer.

—¿Qué dices?

Me acerqué a él y toqué su mejilla como solía hacer con mi hermana, cuando ella me contaba sus preocupaciones de niña. Nunca la entendí pero siempre despertó mi ternura. Algo en Miguel alentaba este mismo sentimiento y me hacía querer protegerlo.

—Si se trata de ti, no es una locura. Tienes derecho a ser y sentirte de la manera que quieras.

—Gracias Vassili. Ya veo que sabes ser galante.

—Por supuesto —sujeté su mano y la besé—. Tú no eres patético sino hermoso, noble y gallardo. Creo que sólo Maurice está a tu altura. 

—Guarda tus cumplidos para él. Si Raffaele nos viera en este momento, imagina lo que haría.

—¡Ese bruto! Llegó al extremo de apuntarme con su arma. Aún no he ajustado cuentas con él por eso. 

Ambos reímos de los celos irracionales de Raffaele mientras terminábamos la tarea.  Una vez que todo estuvo recogido y me dispuse a salir de la habitación, dejando atrás mi relación con los pinceles, Miguel me detuvo para hablarme de nuevo con un tono confidente:

—Por favor Vassili, no le cuentes a Maurice y a Raffaele sobre mi extraña manera de pensar. 

—¿Hasta cuándo vas a guardar secretos?—le regañé.

—¡Si ellos llegan a saberlo se burlarán de mí!

—No lo harán. Te aman y...

—Igual no van a entenderme. No se lo digas...

— De acuerdo. Mientras no lo vea necesario, no diré nada. 

—Gracias. Eres la primera persona a quien se lo cuento. Aunque algunos de mis hombres en el Ejército lo descubrieron por ellos mismos —añadió riendo como si aquel recuerdo le hiciera mucha gracia.

—¿Y qué hiciste?

—Los molí a palos para que no se les ocurriera subestimarme. 

—Conmigo no tienes que llegar a ese extremo. Ya te temo desde el primer día en que te vi, eres un español con muy malas pulgas. 

—Y  tú un francés muy remilgado. 

—Me enorgullezco de eso. No quiero ser tan bruto y temperamental como los Alençon. 

—Maurice es tan Alençon como Raffaele y como yo, mejor te acostumbras…

—No hago más que imaginar lo apasionado que será en la cama. 

Miguel soltó una carcajada que dio por terminadas nuestras confidencias. Cada uno tomó una dirección diferente, él se dirigió a su habitación y yo al jardín. Tenía mucho en qué pensar. Lo que acababa de escuchar se sumaba a una larga lista de preocupaciones pero la mayor de todas, la que llevaba varias noches quitándome el sueño, era algo que no podía consultar con Maurice y sus primos. 

Busqué a Pierre en el invernadero. No se encontraba solo, Asmun y Antonio estaban ayudándole a mover algunas cosas. En cuanto terminaron, se despidieron y el joven español se marchó mientras que el Tuareg se quedó mirándonos indeciso. 

—¿Ocurre algo Asmun? —pregunté queriendo deshacerme de él lo más rápido posible. 

—¡Seguro quiere quedarse a beber con nosotros!— le acusó Pierre burlándose.

—¡No es eso! Quiero disculparme con Monsieur Vassili… por mi culpa casi le matan —Lo miré sorprendido sin entender a qué se refería. Él continuó abochornado—. Raffaele me pidió que vigilara a Monsieur Miguel; cuando le dije que le había visto a usted muy cortés con él, enloqueció y… ya sabe lo demás. 

—Así que has sido tú el causante de todo —contesté fingiendo disgusto. 

—Perdóneme por favor...

Asmun lucía muy arrepentido. Me divertía verle al fin expresar alguna emoción en su voz y la intensidad de su mirada. Lo demás seguía oculto tras el turbante azul.

—No te preocupes, el único culpable ha sido Raffaele y ya ajustaré cuentas con él. Puedes estar tranquilo. 

Quiso decir algo más, se contuvo. Después de agradecerme y despedirse respetuosamente, nos dejó solos. Entonces Pierre sacó la botella de vino y los vasos que tenía escondidos  y me invitó a sentarme. Dejé que bebiera para que se le soltara la lengua y, cuando lo creí oportuno, lancé la pregunta que tenía días rumiando. 

—¿Qué clase de persona es el Duque?

—¡Phillipe es un hombre extraordinario! —el anciano empezó a hablar embelesado—. Es completamente opuesto a su padre. Puede ser terrible como un león y partir en dos a cualquiera con su espada, pero también sabe ser amable y siempre ha sido justo. También es inteligente, prudente, cortés y sencillamente bueno. Hasta me llama tío Pierre... es el mejor Duque que ha tenido esta maldita familia.

Pierre comenzó a contarme cómo el joven Phillipe se había encargado de levantar a los Alençon de la ruina en la que cayeron por los desmanes del Viejo Duque. Su valentía para recorrer las costas africanas y la India en busca de plata, diamantes y cuanto pudiera comerciar; sus hazañas durante la Guerra de los Siete Años; su amistad con Luis XV y su apasionada vida amorosa.

—Se dice que todas las damas de Francia lo codiciaban, a pesar de que tenía más deudas que fortuna. Él prefirió recorrer el mediterráneo en su barco antes de tomar esposa porque, según me dijo, le había robado el corazón una dama que no estaba a su alcance.  Al final terminó casándose con la madre del señorito Raffaele que era una mujer extraordinaria.

Volvió a contarme sobre la desgraciada muerte de la joven y bella duquesaIsabella Martelli. Como no era eso lo que yo necesitaba averiguar, fui directo al asunto.

—¿El Duque es capaz de lastimar a un miembro de su familia, por ejemplo, a sus sobrinos?

—¿A los señoritos? ¡Por supuesto que no! ¿De dónde ha sacado esa idea?

—Quiero decir, si alguno hiciera algo que le disgustara sobremanera…

—Phillipe adora a Maurice y siempre ha sido muy generoso enviando regalos a los hijos de la bruja de Pauline. Él es incapaz de hacerle daño a otra persona, y menos a su familia. Es un buen muchacho. Debió hacer encerrar a su padre en algún calabozo y no lo hizo. Siempre perdonó a Pauline cuando ella le golpeaba o destrozaba sus cosas. Era bueno hasta parecer idiota cuando era niño.

—¿Se lleva mal con Madame Pauline?

—Por supuesto. Ella lo odia desde que le vio nacer. Es fácil entender por qué: el Viejo Duque nunca la amó, la miraba como “otra niña más”, mientras que a Phillipe lo consideraba su heredero.

—Entonces, es imposible que sean cómplices… —murmuré aliviado.

—¿Cómplices en qué?

—En cualquier cosa… —dije para salir del paso.

—Phillipe siempre ha mantenido la distancia con ella. Incluso se negó a aceptar la propuesta del Duque de Meriño de comprometer a Raffaele con la niña Sophie. Supongo que Pauline no quedaría muy contenta porque así su hija no iba a ser la próxima duquesa. Me atrevo a jurar que ella quiere quedarse con este palacio.

—¡Pierre, me has aliviado mucho!

—No veo cómo. Todo lo que le he contado es parte de una historia triste. ¡Esta familia está maldita!

—Exagera —le regañé.

—Si usted hubiera visto la mitad de las cosas que yo vi, si supiera todo lo que yo sé, se le pondría el cabello tan blanco como el mío. Le digo la verdad, Monsieur, la única esperanza que me mantiene vivo es ver a mi pequeño Phillipe vencer al Viejo Duque. 

—El Viejo Duque ya está muerto, no veo en qué tenga que vencerlo…

—¡Todos en esta familia están condenados al infierno por los pecados que ese infame cometió!— declaró agitándose.

—¡Estás delirando, Pierre!

—¡Todos han sido y van a ser desgraciados! —Vació de un trago su vaso y lo depositó en la mesa dando un sonoro golpe. Un instante después habló con más serenidad—. Pero estoy seguro de que Phillipe logrará salir airoso y deshará todos los entuertos que dejó su padre, así él y los señoritos podrán tener vidas tranquilas y dichosas.  Respecto a las Ninfas, es una pena; las que quedan ya no tienen salvación. 

Cuando iba a responder algo que desestimará sus palabras, caí en la cuenta de que yo era testigo de los efectos de la maldición a la que se refería: Raffaele, Miguel y Maurice sufría cada uno su propia tragedia.  Al Duque no le conocía, pero era fácil imaginar la pesada carga que llevaba.

Por otro lado, la rigidez de Madame Severine, la crueldad de Madame Pauline y todo lo escuchado sobre la madre de Maurice, indicaba que aquellas mujeres habían paladeado muy bien la amargura. LaVieja Duquesa llegó a enloquecer por el sufrimiento y la más joven de las ninfas, la llamada Petite, de quien todos hablaban encantados, encontró la muerte muy joven. Cualquiera podía terminar creyendo en maldiciones al reparar en estos hechos. Otra vez imaginé que oscuros espinos se extendían alrededor del palacio.  

Al verme preocupado Pierre comenzó a hablar de sus correrías de juventud. Hizo un relato muy pintoresco de sus amoríos sin fruto. Agradecí su gesto, mas no pude dejar de pensar en qué clase de pecado pudo cometer el Viejo Duque para condenar a toda su familia a la desdicha. Insistí una y otra vez en preguntárselo, pero el anciano jardinero se negó a responder.

Convencido de que se necesitaba más que vino para sacarle ese secreto, me rendí. Como consuelo podía felicitarme por haber descubierto que Madame Pauline no tenía una buena relación con su hermano. Esto era algo alentador pues hacía menos creíble la participación del Duque en la tortura de Miguel. Decidí no comentar el asunto con los otros ya que los ánimos se caldeaban cada vez que se tocaba el tema. Me despedídel anciano jardinero regalándole monedas para su vino y volví a mi habitación buscando descanso.

Esa noche tampoco pude conciliar el sueño. En mi mente se entretejieronlas más extravagantes teorías sobre el viejo Duque. ¿Qué había hecho para que Pierre lo acusara de haber condenado a toda su familia? ¿Se trataba de la larga retahíla de pecados que yo ya conocía o de algo más? ¿Qué tanta credibilidad debía darle a las palabras de un viejo tan amante del vino? Algo me decía que estaba ante otra puerta y que debía cruzarla si quería estar con Maurice. Su abuelo era parte de su historia, y muy probablemente la causa de que su madre y sus tías fueran frías y crueles.  

Por lo que ya sabía, el Viejo Duque era despreciable. Todos lo describían como un hombre violento y brutal, capaz de maltratar a su esposa por no darle pronto un hijo varón y humillarla introduciendo bajo el mismo techo a una de sus amantes. Sin el menor escrúpulo para forzar a jóvenes sirvientas, extorsionar con grandes intereses a quienes cometían el error de pedirle prestado y dilapidar la fortuna de su propia familia en sus vicios. Un hombre que despertaba en mí el odiopor haber atentado contra la vida de Maurice, su propio nieto.

No dudaba que todo eso era suficiente para condenarlo al infierno pero… ¿Por qué debía su familia cargar también con sus culpas? No le encontraba sentido a toda aquella historia. Traté de olvidarla y me sumergí en la lectura de uno de los libros de Voltaire, esperando aburrirme lo suficiente como para quedarme dormido. Entonces, en medio del silencio que reinaba, volví a escuchar los rasguños en las paredes.

Aquello me aterró. ¿Acaso había convocado al maldito Duque de Alençon desde las profundidades del infierno? Traté de ignorar el sonido pero este venía de todos los rincones y parecía ir en aumento a cada minuto. Mi cuerpo se sentía pesado, me costaba respirar y el camisón se pegó a mi piel a causa del sudor frío que me acometió. Me obligué a mantener los ojos abiertos, temía que el espectroaparecería frente a mí al menor parpadeo. Prefería estar alerta y verle llegar.

Por un momento la luz del quinqué osciló y creí que iba a quedar en la más completa oscuridad. Lo tomé en mis manos, me aseguré de aumentar la llama y salí rápidamente de la habitación. No me importaba quedar como un cobarde ante los espectros del palacio, sentía mi corazón a punto de romperme el pecho y estaba seguro de que mi alma iba a ser arrastrada al averno si no escapaba. 

Terminé ante la puerta de Maurice, mis pies se habían movido solos. Era lo más lógico, ¿quién más me hacía sentir seguro y llenaba mis tinieblas de luz? El problema era cómo convencerlo de que no estaba ahí buscando otra cosa más que refugio. Toqué y no obtuve respuesta. Desesperado, intenté abrir y me llevé la maravillosa sorpresa de que mi amigo no había echado la llave.

Entré y cerré esperando que el Viejo Duque no se atreviera a seguirme. Ya no era capaz de pensar con cordura. Encontré a Maurice profundamente dormido boca abajo; todo indicaba que se había echado sobre la cama apenas se vio ante ella, sin cambiarse de ropa ni despojarse de los zapatos. 

Sus malos modales hicieron que olvidara mis temores por un momento. Dejé el quinqué sobre una mesa, le quité los zapatos, la chupa y la maltrecha corbata para acomodarlo en la cama. Hasta le cubrí con una sábana porque me parecía que hacía mucho frío. Él se dejó hacer y sólo cuando lo llamé varias veces, entreabrió los ojos y murmuró mi nombre. 

—¿Puedo dormir aquí, Maurice? —le supliqué—. Prometo no molestar. Me acomodaré en el sofá…

—Quiero dormir, Vassili —se quejó.

—Lo sé, perdona. Es que… tengo miedo. Escucho a tu abuelo arañando las paredes y…

—¡Qué estupidez! —gruñó haciéndose a un lado—. ¡Pareces un niño! 

—¿Entonces puedo…?

No contestó, se limitó a dejarme más espacio. En otro momento hubiera dicho alguna cosa para seducirlo, pero no podía pensar en nada gracias al sonido de los rasguños. Me metí en la cama adhiriéndome a él como un animal asustado. 

—Vassili de verdad estás temblando —dijo incorporándose preocupado. 

—Ya te lo dije, escucho a tu abuelo arañando las paredes. ¿Tú no lo oyes?

Maurice prestó atención un momento y luego sonrió. 

—Son ratones. 

—¡No lo creo! 

—Claro que lo son. Eres un tonto al creer en fantasmas.

Volvió a recostarse y me dio la espalda. Lo abracé, escondiendo mi rostro entre sus mechones rojos, tratando de no escuchar ni pensar en nada más que  el olor y la calidez de su cuerpo. Fue inútil, los malditos dedos espectrales seguían atormentándome. A pesar de que el sonido era más tenue que en mi habitación, me angustiaba porque evocaba mis mayores temores y no podía evitar pensar en el destino aciago que le esperaba a Maurice y a sus primos. 

A medida que en mi mente se iban formando las imágenes de calamidades, abrazaba con más fuerzaa Maurice. Él se quejó varias veces, yo le soltaba para luego volver a aferrarlo. Finalmente se dio vuelta y me encaró. 

—¡Basta! ¡Quiero dormir!

—Perdona… Tengo tanto miedo que estoy enloqueciendo.  

—¡Escúchame bien, Vassili, si el mismo diablo viene por ti, lo echaré a patadas! No voy a dejar que nada ni nadie te haga daño. Duerme tranquilo. 

Acompañó sus palabras con un beso con el que humedeció mis labios, embriagó mi mente y me animó a acercarme aún más. Lamentablemente, cuando yo ya estaba levantándole la blusa, se quedó dormido. No pude evitar reírme de mi mala suerte. Le devolví el beso y cerré los ojos sintiéndome más tranquilo, incluso estoy seguro de que continué sonriendo mientras dormía y se prolongaba el ya inútil recital de arañazos a mialrededor.

Desperté a media mañana al sentir que me tiraban de una oreja, a Maurice no le había hecho ninguna gracia encontrarme en su cama. No recordaba haberme dado permiso y mostraba todos los síntomas de sufrir una pequeña resaca.

 

—Ya veo que beber te hace olvidar las cosas. O quizá sea una excusa para no hacerte responsable de lo que hiciste anoche —le acusé con aire ofendido. Me gustaba verlo alejándose de mí sonrojado y nervioso, como si yo representara un gran peligro.

—¿Qué? ¿Yo no hice nada? Tú te metiste en mi cama mientras dormía. Y yo que confié en que no ibas a seguir provocándome… —comenzó a caminar por la habitación murmurando su despecho.

—Anoche vine muy asustado del fantasma de tu abuelo y pedí que me dejaras quedarme en el sofá. Tú me invitaste a tu cama y me besaste. Dime, ¿quién estaba provocando a quién?

—Yo no… —empezó a decir y se cortó en seco como si recordara.

—No imaginé que fueras el tipo de hombre que no se hace responsable de sus acciones, Maurice.

—Creí que lo había soñado —reconoció acercándose hasta el borde de la cama—. Perdona Vassili, tienes razón.

—Me alegra que se haya aclarado el malentendido. Ahora permíteme devolverte lo que me diste anoche.

Le sujeté de la nuca y lo acerqué a mí para besarlo. Se sorprendió y trató de librarse pero, al insistir un poco, no pudo resistirse y me correspondió. Lo abracé y atraje hasta que subió a la cama y quedó recostado junto a mí. Quise aflojarle los calzones, me sujetó la mano.

—No, Vassili… no puedo.

—Pero te mueres de ganas como yo —le acusé acostándome sobre él y acariciando su entrepierna con mi vientre.

—Te lo ruego… no puedo. Me dijiste que…

—Sólo un beso más…—supliqué tratando de contenerme y no desnudarlo como me sentía impulsado a hacer.

Él asintió, me dejó besarle, buscando acariciar su lengua con la mía. La intensidad de nuestros roces fue creciendo a medida que nos entregábamos a aquel beso. En un momento se aferró a mi cuello con más fuerza, rodeó mi cadera con sus piernas levantándomeelcamisón sin querer  y dejando al descubierto mi miembro completamente erecto. Busqué que se rozara con el suyo, aún atrapado bajo la tela, provocando una sensación tan intensa que perdimos el control. Comenzamos a movernos con más violencia, al unísono, excitándonos sin parar de besarnos y acariciarnos.

Maurice, tal y como sospechaba, era como un animal salvaje cuando el placer lo dominaba. La imagen de su rostro transfigurado por el deseo, con sus ojos destellando fuego mientras intercalaba besos con jadeos, me hechizó hasta el punto que no pude retrasar el orgasmo. Su grito ahogado por un beso me indicó que había llegado al clímax poco después.

Permanecimos abrazados por unos instantes. Él ocultó su rostro en mi hombro. Yo quería seguir e intenté quitarle la blusa pero él sollozó una frase fatal en mi oído.

—Vete por favor…

Le escuché llorar y pude imaginar cómose sentía.  Acaricié su espalda esperando que se calmara antes de moverme.

—Ha sido mi culpa, perdona Maurice. No pienses que has cometido un pecado, por favor. No hemos hecho nada… nada de lo que realmente quiero y puedo hacer contigo. Esto es un juego de niños, sólo eso.

—Lo que siento por ti no es un juego de niños. ¡Quiero devorarte! ¡Quiero hacerte mío! Cada vez es más fuerte y un día lo voy a hacer. ¡No podemos vivir juntos pero no quiero separarme de ti todavía! ¡Vassili me duele el corazón cuando pienso que no volveré a verte!

—Es que te has enamorado de mí —dije sonriendo feliz.

—¡No! Es que estoy confundido. ¡Debo volver con la Compañía cuanto antes!

—¡No! No adelantes la separación. Recuerda que Raffaele y Miguel aún te necesitan. Yo no volveré a acercarme a ti de noche. No te preocupes, esto no volverá a pasar.

—¡El problema es que quiero que pase! ¡Estoy loco!

—Entonces renuncia a tus votos y escapa conmigo a cualquier lugar del mundo donde podamos estar juntos…

Le aparté de mí para que pudiera mirarme a la cara y contemplé la duda aparecer en su rostro. Aquello me llenó de esperanzas, porque al menos no volvía a darme una negativa instantánea.

—Pero tu padre… —dijo al fin titubeando.

—Olvida a mi padre y al tuyo, huyamos lejos de todo. A la selva del Paraguay, si quieres…

—¡No sobrevivirías un día ahí!— exclamó sin poder reprimir la risa.

—Tú me cuidaras, ¿no es cierto? Ayer dijiste que enfrentarías al mismo diablo por mí.

Sonrió y por un momento creí ver en sus ojos lo mismo que él veía, la imagen de un mundo en el que los dos podíamos estar juntos. Por un momento creí que todo era posible y que todo se ajustaría a mis deseos. Pero el tiempo no se detuvo y la realidad vino a recordarnos cómo eran las cosas para que saliéramos de nuestro ensueño.

 

—Monsieur Maurice —escuchamos llamar a Asmun al tiempo que daba unos toques a la puerta.

Solté a Maurice y me levanté de la cama para esconderme tras las cortinas del dosel. Él corrió hacia la puerta para evitar que el joven sirviente la abriera. No lo consiguió y Asmun lo encontró muy azorado a unos pasos de la entrada.

—Oh, lo siento, Monsieur. Pensé que no se encontraba, como últimamente se levanta antes del amanecer y va a orar en la Iglesia… Le traje su ropa limpia—dijo el Tuareg mostrando las blusas y ropillas que llevaba dobladas.

—Yo la guardaré —se apresuró a decir Maurice quitándosela de las manos—. Por favor baja y avisa que quiero darme un baño.

—Muy bien, Monsieur.

Maurice cerró la puerta de inmediato, y recostó su frente en esta. Yo salí de mi escondite, me acerquéy le besé en el cuello.

—Asmun nunca fue tan inoportuno —me quejé.

—Es mejor que vuelvas a tu habitación ahora mismo—replicó con un tono que me atemorizó —. Y también es mejor que mantengamos la distancia entre nosotros.

—Maurice, por favor, podemos ser felices juntos.

—Yo daría mi vida por ti, Vassili, pero no voy a darle la espalda a Dios y a la Compañía. Tú y yo no podemos ser amantes. Además… —Guardó silencio y desvió su mirada.

—¿Además qué…? —repliqué volviendo a sentirme furioso y defraudado—. ¿Maurice, por qué insistes en negarnos la oportunidad?

—Porque no tenemos ninguna —Abrió la puerta para obligarme a marchar.

—Podemos crearla si renuncias a tu fe sin sentido.

—No es sólo mi fe lo que nos separa, Vassili. Es todo lo que nos rodea. Es el hecho de que los dos somos hombres, con compromisos y votos religiosos, con obligaciones familiares. Y sobre todo, el hecho de que yo soy un Alençon.

—¡Eso no importa!

—Mi padre podría algún día perdonarme otra fuga, pero mi tío ha sido claro en que irá a buscarme a cualquier lugar si vuelvo a marcharme sin su permiso. Él siempre cumple sus promesas y aún más sus amenazas. Él puede destruirte en muchas formas. Ahora por favor, vete. Te lo ruego, si me amas, vete…

Salí sintiendo que había sido herido hasta más allá de lo soportable. Sentí que las palabras de Maurice, revelando nuevos peligros, y su rostro desfigurado por el dolor eran latigazos abriéndome la piel. Lloré, maldije y lancé contra la pared todo lo que encontré en mi habitación hasta que Raffaele acudió para calmarme. Su compañía me hizo volver a la razón y también confirmó que su padre era un obstáculo terrible.

—Mi padre no aceptará tu relación con mi primo como no ha aceptado la mía con Miguel. Recuerda que sólo nos ha dado un tiempo para estar juntos antes de casarme, y lo ha hecho porque amenacé con que me pegaría un tiro en la cabeza si no me lo permitía.

—¿Qué voy a hacer?—exclamé desesperado.

—Tú única esperanza es que Maurice acepte ser tu amante en secreto —dijo animándome—.  No estás lejos de conseguirlo. No desesperes ahora.

Agradecí sus palabras y decidí continuar con mi campaña de conquista paciente.Cuando volví a ver a Maurice en la comida, él mostraba claras señales de haber llorado. Supuse que Miguel se había encargado de la tarea de consolarlo. Le hablé como si nada hubiera ocurrido entre nosotros esa mañana. Se mostró muy aliviado.

Una cierta “normalidad” volvió a reinar entre nosotros a pesar de que mis emociones estaban lejos de apaciguarse. Mi situación se asemejaba a una danza al borde de un precipicio. Cada paso hacia adelante implicaba tres hacia atrás, lo que hacía imposible avanzar. Debía obligarme a ser más prudente y paciente, cualquier movimiento precipitado podía acortarel tiempo que me quedaba para convivir con Maurice.

 

 

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