Juegos de amor.
Confrontación.
Y para estar total, completa, absolutamente enamorado,
hay que tener plena conciencia de que uno también es querido,
que uno también inspira amor.
Mario Benedetti
Escritor y poeta uruguayo.
Pulsó el timbre de la puerta una sola vez. El sonido de campanillas electrónicas repiqueteó en el vestíbulo de la planta alegremente. Morgan contempló la puerta que le impedía la entrada al apartamento de Kato y después el pequeño interruptor del timbre. Sonriendo malicioso volvió a pulsarlo. Una y dos y tres veces. Y de nuevo. Y una vez más; hasta que el son de las campanillas fue como el estruendoso voltear del carillón de un campanario azotado por las manos de un campanero desquiciado.
Apenas habían transcurrido unos minutos de tan insoportable sinfonía, cuando la puerta se abrió violentamente dando paso a un airado Kato que lucía en su anguloso rostro una ominosa expresión. Llevaba sus largos cabellos oscuros sueltos sobre los hombros, la camisa gris que vestía desabrochada y en la mano derecha un cepillo de dientes.
-¿Tiene que enterarse todo el edificio de que Morgan-kun ha llegado? -inquirió alzando una de sus delgadas cejas.
-¡Uy! -dejó de martillear el interruptor y con infantil ademán se llevó el dedo al mentón-. Creo que se ha quedado atascado.
El japonés masculló algo entre dientes antes de apartarse para dejarle paso.
-Llegas pronto -señaló examinando con desaprobación la forma despreocupada con la que Morgan se quitaba las deportivas que calzaba-. Habíamos quedado a las ocho -consultó su reloj de pulsera-, y solo son las siete y cuarto.
-Me he escabullido del trabajo un poco antes -con la naturalidad que proporciona la rutina, tomó del zapatero un par de zapatillas negras y se las colocó-. Además, me apetece cenar en el Spring Natural y si no vamos con tiempo no tendremos mesa.
Kato echó a andar delante de él sin hacer ningún comentario.
Morgan observó su amplia y recta espalda alejarse y torció el gesto fastidiado. De un par de silenciosas zancadas lo alcanzó y alargando la mano tomó un grueso mechón de su melena, reteniéndolo sin contemplaciones. El japonés frenó en seco desconcertado. Morgan enroscó los dedos en los sedosos cabellos obligando a que Kato volteara la cabeza hacia él.
-¿Qué haces? -preguntó relajadamente.
-Acordamos que serías más cariñoso conmigo -comentó Morgan inclinando el rostro hacia él.
-Y que Morgan-kun sería menos irritable -contraatacó esbozando una imperceptible sonrisa.
-Cumpliré con mi parte cuando tú cumplas con la tuya -arguyó suavemente.
Kato aproximó su rostro, tanto que las bocas de ambos se acariciaron.
-Dee está en su habitación -musitó.
Exhaló ligeramente, y su aliento calentó los labios de Morgan antes de depositar en ellos un beso sutil y liviano como un dulce latido. Se retiró encaminándose al salón y sus cabellos se deslizaron delicadamente entre los dedos entreabiertos que los habían apresado.
"Señor, quisiera saber quién fue el loco que inventó los besos"1, citó Morgan con un lento suspiro mientras lo veía desaparecer al fondo del pasillo.
Se quitó la cazadora vaquera que vestía colgándola del perchero y con las manos en los bolsillos del ajustado pantalón de sarga azul y los hombros algo encogidos, siguió meditabundo los pasos del japonés.
Le pareciera justo o no, aquel escurridizo beso, que se guardaría de confesar a Kato que le resultaba tremendamente sensual y provocador, sería lo único que obtendría de él mientras Dee estuviera bajo el mismo techo. Era una norma no escrita, que en el transcurso de los tres meses de su aún indefinida relación, no se había atrevido a romper ni una sola vez.
"Nunca cuando esté Dee cerca", le había advertido el japonés con un gélido brillo en los ojos, una tarde en la que, mientras tomaban té en el salón, se atrevió a juguetear lascivo con los botones de su camisa. "No volveremos a dar lugar a una situación tan embarazosa como la de aquella vez en la cocina"
Tan firme e imperioso resultó su tono, que ni tan siquiera se volvió a plantear mostrarse efusivo si antes no se había asegurado de enviar lejos al muchacho, algo que, sólo en apariencia, no debería haber supuesto una especial dificultad, pero que terminó siendo todo un conflicto.
Cruzó el salón y entró en la habitación del tokonoma sentándose ante el tablero de go. Las piedras negras y blancas estaban distribuidas por la superficie ocupando gran parte de su extensión. Morgan las examinó con detenido interés.
Aquel juego había llegado a fascinarle. Lo que en un principio fue poco menos que un desesperado intento de aproximarse a Kato, había terminado convirtiéndose en una diversión. No le costó mucho esfuerzo convencer al japonés de que le iniciara seriamente en su práctica, más bien tuvo la impresión de que existía cierta predisposición por su parte, y algunas tardes se hizo frecuente cambiar la copa o el espectáculo de turno, por una horas frente al tablero. Kato no tardó en revelarse, sin que ello llegara a sorprenderle especialmente, como un profesor exigente, autoritario y en ocasiones poco paciente, pero también como alguien capaz de reconocer los méritos ajenos. Al cabo de un corto periodo de tiempo, durante el cual además de soportar estrictas enseñanzas y numerosos sermones y regañinas tuvo que lidiar con más de una fogosa discusión, había logrado desenvolverse con cierta soltura. Incluso era capaz de sostener correctamente una piedra entre sus dedos sin que se le escurriera vergonzosamente. Aunque aún, para su disgusto, desconocía lo que era ganarle una partida al japonés.
Remangándose el jersey de un llamativo tono naranja que vestía, tomó una piedra blanca del cuenco situado a su derecha y jugueteó con ella un rato mientras trataba de dibujar en su mente la sucesión de movimientos que habían llevado el juego hasta aquel punto.
Reconocía en el esquema en blanco y negro que formaban las piezas, el estilo directo, seguro y algo arrogante de Kato. Intuía cuales habían sido las primeras piezas en ser colocadas, la estrategia que planteaban, el objetivo de ciertos grupos ya conformados, y no tardó en deducir que el japonés no estaba desarrollando sobre el tablero una partida ajena, la de algún famoso y añejo jugador de go, como a veces sabía que hacía, sino jugando contra sí mismo, lo que siempre le había parecido una auténtica parodia.
-El invitado se sienta dando la espalda al tokonoma.
Morgan miró hacia la entrada de la estancia. Kato se hallaba en ella, con la camisa bien abotonada y terminando de atar la cinta que ceñía sus cabellos.
-¿Morgan-kun siempre lo olvida o simplemente lo obvia?
-¿Aún me consideras un invitado? -replicó inclinando la cabeza hacia atrás.
-Uno muy insolente.
-¿Puedo? -inquirió al tiempo que sujetaba la piedra entre el dedo índice y el corazón.
El japonés le animó con un escueto movimiento de cabeza.
Meditó durante un breve instante antes de decidirse a colocar la piedra en una zona despejada en la parte inferior izquierda.
-Un invitado insolente y poco hábil -sentenció Kato.
Morgan arrugó el ceño y examinó disgustado el tablero. El japonés sonrió complacido ante aquel pueril gesto de contrariedad, esbozando una mueca leve y huidiza que se apresuró a borrar de los labios.
-¿Quiere Morgan-kun que la continuemos juntos? -consultó-. Después de cenar podríamos regresar y dedicarle unas horas al juego.
-No parece una mala forma de terminar la noche; pero mejoraría mucho si le añadiéramos un poco de sexo -lo miró de soslayo sin ocultar la malicia que titilaba en sus pupilas-. ¿Te parece interesante la propuesta? -dejó caer la pregunta imperturbable, casi indiferente, a sabiendas de que Kato no respondería; no de forma inmediata.
Era algo que nunca hacía. Jamás daba una contestación rápida a sus invitaciones para hacer el amor. Durante unos largos segundos le observaría en silencio, sin parpadear, casi ausente, ocupado en decidir si nuevamente se permitía la debilidad de mostrarle la impredecible naturaleza que quedaba oculta tras el circunspecto, displicente y flemático velo con el que revestía su personalidad.
Frecuentemente se detenía a pensar en lo sorprendido que había quedado aquella primera vez que fue testigo de la transformación de un Kato frío y comedido en otro extremadamente seductor y lascivo, y como con el paso de los días y la suma de nuevos encuentros sexuales, había llegado a plantearse lo ilógico de esa sorpresa. Tenía que haberlo intuido, sospechado al menos. Él mejor que la mayoría sabía que la fachada que el japonés mostraba al mundo sólo era un duro caparazón, una aparentemente invulnerable armadura en la que día tras día se embutía para impedir que esa maraña de complejos y confusos sentimientos de desamor, culpabilidad y soledad que lastraban su corazón, escaparan. Por qué no suponer que también encarcelaba otras emociones más mundanas, muy posiblemente incluso indignas a ojos de Kato, pero no por ello menos humanas.
El sexo se había repetido a menudo, igual de inesperado y ardiente que la primera vez, pero ya no le asaltaba el desconcierto cuando el japonés le arrebataba la iniciativa. Cuando era objeto de la autoridad de sus besos y caricias, de la fuerza descontrolada de su deseo, del extremado apetito insatisfecho que apagaba con decisión y subyugadora pasión contra su cuerpo. No le perturbaba ya percibir cada febril mirada diluyendo la oscuridad de sus ojos, escuchar cada ahogado lamento surgido de su agitado pecho, descubrir uno y cada uno de los inseguros gestos disimulados entre las miles de experimentadas caricias. Había comprendido con rápida lucidez, que el sexo era el medio del que Kato se valía para romper consigo mismo, para enfrentarse al hombre que era a los ojos del mundo, al hombre que creía, que deseaba ser, pero que no le permitía exteriorizar nada más allá de lo socialmente correcto y predecible.
-Tal vez la tenga en cuenta -la voz de Kato sonó desapasionada; se apartó de la puerta y antes de marcharse añadió señalando el tablero de go-, si eres capaz de deducir quién va ganando la partida.
Morgan sonrió lánguidamente, apoyó el codo en el muslo y la barbilla en la palma de la mano y distraído contempló el desfile de piedras sobre la superficie de madera.
Esa noche habría sexo. Acertara o no la pregunta planteada por el japonés. La ausencia de un "no" categórico significaba que harían el amor; que al amparo de la intimidad de cuatro paredes y dos cuerpos sudorosos, Kato se liberaría del mundo y de sí mismo, desbaratando el nudo con el que mantenía atada la clandestina naturaleza impulsiva que existía bajo su gélido porte y que tanto le avergonzaba, para entregarse a ella sin límites ni medida. Y él, simplemente, se dejaría arrastrar, estúpidamente feliz por ser por fin su centro, su eje, lo único importante en su universo, aún a sabiendas de que tan frágil verdad se difuminaría tras una efímera explosión de placer.
No obstante, antes de rendir el orgullo, de entregar cuerpo y mente, y para no incumplir lo que se había convertido ya en una costumbre, haría ostensibles sus protestas por el rol pasivo que se le adjudicaba, más como parte del juego que por mostrar una disconformidad real. Le amonestaría con falsa indignación por su forma de manipularlo, de conseguir de él todo lo que se proponía; le amenazaría, entre insinceros gestos de menosprecio, con no prestarse nunca más a sus libidinosos pasatiempos, y todo para finalmente volverse sólo carne y deseo abrigado por sus diestras caricias, por su absorbente experiencia, sin importarle ser pasto de la necesidad de aquel hombre de ahogar su hambre entre sus brazos.
Entrecerró los ojos e inhaló con fuerza.
No, no quería que le importara, que le preocupara, que le asustara ser por el momento sólo el amante y no el amado, porque cuando eso sucedía, cuando Kato le hacía el amor, los ojos que le miraban no se ocultaban tras un pétreo velo, el cuerpo que le sitiaba, que le poseía sin tregua, ya no ostentaba armadura ni defensas, no era una sombra difusa e intangible emboscada tras sobrios modos, era un hombre vital, entregado y sincero del que únicamente él podía disfrutar, que nadie más que él podía poseer. O eso era lo que ansiaba con desesperada angustia que fuera una realidad.
Pero en ocasiones, demasiadas, le asaltaban las miserables dudas y sin proponérselo se descubría a sí mismo elucubrando sobre el pasado y el presente amoroso del japonés, preguntándose con inquietud cuántos amantes habrían calentado sus sábanas para permitirle ser tan versado como era o qué clase de hombres o mujeres serían para haber logrado captar el interés de Kato y que éste hiciera una transitoria pausa en su absoluta devoción hacia Noel. Las dudas le hacían sentirse impotente ante el desconocimiento de qué sinceros sentimientos habría abrigado hacia ellos, qué recuerdos aún podría guardar de cada uno, mientras que la incertidumbre sobre si habría otros como él en ese mismo instante en algún otro lugar de la ciudad le carcomía dolorosamente el espíritu. Aunque, tal y como le asaltaban tan crueles pensamientos, se apresuraba a desecharlos, acusando a los celos, esos a los que nunca había dado mayor valor, de afectar tan desastrosamente a su equilibrio mental.
Como un gato adormilado se desperezó estirando los brazos y bostezando. Echó un vistazo a su reloj y se levantó con un ágil movimiento. Kato no tardaría más de unos minutos en terminar de prepararse para salir. Tenía que apresurarse si quería evitar que un desagradable imprevisto aguara sus planes amorosos para esa noche.
Salió de la habitación y caminó por el pasillo deteniéndose ante una puerta cerrada en cuya superficie habían pegado con precinto un papel arrancado de una libreta. En él se leía, escrito con letras irregulares y afiladas más propia de un graffiti que de un cartel informativo: "Ni se te ocurra entrar, negro de mierda"
Morgan sonrió con sorna.
-Pues si así pretendes impedírmelo, vas listo, enano.
Abrió la puerta irrumpiendo con tranquila resolución en una habitación que por su olor a ropa usada y sudor, debía llevar días sin ser ventilada. En una esquina vio un futón convertido en una confusa bola de tela y diseminadas aquí y allá sin ningún orden coherente, prendas de vestir de todo tipo, libros de texto, carpetas y cuadernos, revistas, compact disk de música sin sus carátulas, latas de refrescos. Incluso un par de cajas de pizzas y envoltorios de hamburguesas podían distinguirse agazapadas entre los elementos de aquel dantesco escenario.
-¡Vaya! -Morgan suspiró con cierta afectación-. Qué agradablemente familiar me resulta la decoración.
En mitad de la estancia, sentado con las piernas cruzadas frente a una pantalla plana de televisión, se hallaba Dee, presidiendo la habitación igual que un rey su corte. Vestía una camiseta amarilla con llamativos trazos negros, unas calzonas verdes por encima de las rodillas y un gorro de lana azul calado hasta las orejas. En sus manos sostenía el mando anatómico de una videoconsola. Al oír la voz de Morgan volvió la cabeza hacia él con una expresión de creciente irritación en su rostro.
-¿No sabes leer, imbécil? -le espetó, sus traslúcidos ojos verdes le taladraron con venenosa exasperación.
-Aquí no suele entrar Kato, ¿verdad? -Morgan se sentó con naturalidad junto a él sin dejar de mirar complacido a su alrededor-. Seguro que no. De haber asomado la nariz habría dado orden de tapiar la puerta con ladrillos y tirar sal para purificar.
El muchacho dio un brincó hacia un lado, apartándose.
-¡Lárgate! -le gritó-. ¡No te quiero cerca!
Movió la pierna en su dirección con la pretensión de asestarle una patada, pero Morgan se le adelantó agarrándolo por el tobillo y obligándolo a caer de espaldas sobre el tatami y soltar el mando de la videoconsola.
-¿Esta es forma de tratar a alguien que viene a hacer negocios contigo? -inquirió con artificiosa consternación-. Qué poco amable por tu parte.
-¡Qué te jodan! -resopló Dee aparentemente resignado a ser la presa de Morgan-. No, que te jodan no, que eso te gusta. Mejor... ¡muérete negrata!
-¡Ay! -se lamentó mientras lo agarraba por la camiseta y lo obligaba a sentarse nuevamente-. Qué chiquillo tan mal hablado. Venga, terminemos pronto que tengo prisa -sacó su billetera del bolsillo de atrás del pantalón y extrajo de ella un puñado de billetes de cincuenta dólares que tendió al muchacho-. Suficiente para una buena habitación en un hotel decente, una ración de comida basura y el taxi de vuelta al hogar. ¡Ah! Y nada de regresar a la hora del desayuno. No quiero ver tu imberbe careto aparecer por aquí hasta que yo me haya ido, ¿de acuerdo?
Dee se cruzó de brazos con insolente indolencia. En su rostro, las tensas facciones recordaban a las de un niño obstinado al que hubieran castigado sin derecho a postre.
-¿Y si no quiero? -inquirió constriñendo los brazos contra el torso y entornando los párpados con intención amenazante-. ¿Y si no me sale de las pelotas hacerte caso?
Morgan se inclinó un poco hacia él, lo suficiente para que el chico se apresurara a retirarse. Intentó no parecer amedrentado, sin ningún éxito.
-¿Has olvidado lo que ocurrió la última vez que no quisiste? -indagó mostrándole una beatífica sonrisa.
Dee apretó la mandíbula y tragó saliva para que su garganta repentinamente seca y tensa, recuperara algo de elasticidad.
No lo había olvidado, más bien tenía muy presente lo sucedido un par de semanas atrás, cuando, igual que ocurría en ese momento, Morgan había llegado con su acostumbrado cínico propósito de ponerlo de patitas en la calle para poder sentirse cómodo copulando como un animal con el japonés. Aquella humillante exigencia se había repetido ya demasiadas veces. Y aunque no le importaba lo más mínimo pasar un número indeterminado de noches en un hotel, dilapidando tontamente el dinero que le suministraba Morgan en las más disparatadas peticiones al servicio de habitaciones, su orgullo había terminado por interponer una seria reclamación a su permisivo cerebro que resolvió que lo más acertado para recuperar la dignidad perdida era negarse en redondo a seguirle el juego.
Esa noche Kato no dejó que Morgan se quedara a compartir cama y fluidos corporales, lo supo porque pegó la oreja al panel fusuma del dormitorio del japonés y los escuchó a ambos discutir acaloradamente sobre el tema.
El disgusto que su decisión hizo brotar en ellos, le había facilitado dormirse profundamente, colmado de egoísta y retorcida satisfacción. Por desgracia, a la mañana siguiente tuvo sobradas razones para arrepentirse de un sueño tan reparador. Al levantarse y contemplar su somnoliento rostro en el espejo del cuarto de baño, descubrió que los negros y encrespados cabellos que la noche anterior coronaban su cabeza, se habían vuelto de un inusual rosa eléctrico. La inesperada y aterradora visión le arrancó un alarido propio de una estrella femenina del cine de terror.
Aquel personaje insufrible y fanfarrón de Morgan, se había presentado en el apartamento para desayunar con Kato armado con un spray de pintura, y tan silencioso como una alimaña, se había colado en su habitación para convertirle la testa en algo parecido al pompón de una animadora.
-Imbécil... -masculló Dee encogiendo tanto la cabeza entre los hombros que su cuello desapareció por completo.
-Sí -Morgan alargó la mano y enganchó con un dedo el borde del gorro de lana-. Claro que te acuerdas.
El muchacho trató de impedir que le arrebataran la prenda asestando un manotazo a la atrevida mano, pero no logró ser lo suficientemente rápido y el gorro fue arrancado de su cabeza con un sólo movimiento.
-¡Cabrón! -graznó aleteando los brazos torpemente en el aire sin lograr recuperarlo-. ¡Devuélvemelo!
Morgan contempló divertido su esférica cabeza, donde los rasurados cabellos apenas si eran una suave alfombra oscura de unos pocos milímetros de espesor, mientras mantenía el gorro fuera de su alcance.
-Menudo corte de pelo -canturreó pasándole la mano con cariñosa energía por la rapada testa-. No tenías que ser tan drástico. Se habría ido con unos cuantos lavados.
-¡Y una mierda! -Dee se esforzaba por dar alcance a la esquiva prenda que Morgan agitaba en el aire como una banderola, al tiempo que intentaba evitar sus burlonas carantoñas-. Por mucho que lo lavé solo conseguí irritarme el cuero cabelludo. ¿Quieres dejarte de idioteces y darme el gorro de una vez?
-Te sienta bien -declaró concediéndole su deseo al permitirle que alcanzara el gorro-. Estás mejor que con esas greñas que lucías antes.
-¡Muérete, maricón! -Dee se caló la prenda hasta los ojos con un gesto violento.
Morgan tuvo que encorvarse hacia delante para poder ver su expresión.
Tenía los labios fruncidos igual que un bebé a punto de ponerse a berrear, la frente surcada de pequeños pliegues y las finas cejas contraídas e inclinadas sobre el puente de la nariz.
Le pareció que en esos momentos su semblante de crío al borde de una pataleta mostraba realmente quien era, un simple muchacho perdido dentro de sí mismo con un sistema de autodestrucción adosado al corazón, que poco o nada tenía que ver con aquel otro, maquiavélico y perverso, capaz de retorcer con maliciosa habilidad las circunstancias y dirigirlas sin escrúpulos hacia donde más daño pudiera causar al resto del mundo.
Sintiéndose de repente inspirado de cierta compasión hacia el chico, le sonrió con cordialidad.
-Venga, niño tonto, no seas molesto. Los dos sabemos que en el fondo prefieres estar lejos de aquí el mayor tiempo posible.
-Prefiero estar lejos de vosotros dos -tironeó del gorro nerviosamente hacia abajo-. ¿Por qué no puedo quedarme en mi cuarto? Iros vosotros al hotel. O mejor, a tu casa. ¿O es que vives bajo un puente?
-Hoy toca aquí.
Dee arrugó aún más la boca.
-Sois como conejos en celo.
-¿Envidia? -inquirió alegremente Morgan-. ¿Tanto hace que no te desahogas?
-Ya quisieras tú -el muchacho alzó una ceja con petulante presunción-. Yo follo cuándo quiero y con quien me da la gana y sólo si pagan bien. Mi servicio es de calidad.
Morgan irguió la espalda apartándose un poco de Dee, su expresión risueña cambió, dando lugar a otra curiosamente relajada que acompañó con un resoplido de aburrimiento.
-¿Sabes?, pierdes tiempo y saliva tratando de provocar con ese tipo de comentarios. Realmente al mundo y a mí, nos trae sin cuidado lo que hagas con tu culo -se encogió levemente de hombros-. Que sea verdad o no que te dejas follar por dinero me es indiferente. No me causa dolor físico, ni vergüenza, ni mucho menos me escandaliza, quizás porque yo no significo nada para ti, ni tú para mí ni el resto de los mortales. En el caso de tu familia cabe esperar que fuese diferente, aunque posiblemente sólo experimentasen un egoísta malestar más relacionado con el orgullo y el honor que con otra cosa -chasqueó la lengua con aire resignado-. Así somos los seres humanos. En resumidas cuentas, no le importas a nadie, si no te importas a ti mismo. Así que esas afirmaciones al único que causan daño, si es que aún te queda algo de amor propio, es a ti. Pero oye, no me eches mucha cuenta -bostezó cubriéndose la boca con la mano-. Esto que te acabo de soltar sólo es palabrería para rellenar minutos de silencio. Como ya te he dicho, me importa bien poco lo que digas o hagas.
El muchacho lo observó con desprecio por el rabillo del ojo y al cabo de unos segundos extendió la mano hacia él.
-Afloja la pasta y lárgate.
Morgan colocó el fajo de billetes que había quedado abandonado sobre el suelo en la palma de su mano. Dee los estrujó con rígidos dedos y se los guardó entre las piernas antes de volver a coger el mando de la videoconsola.
-Y métete tus sermones donde te quepan.
Morgan se puso en pie suspirando histriónicamente.
-¿Todos los críos de tu edad son igual de desagradecidos? Qué triste futuro le espera a este país con republicanos en el poder y niñatos traumatizados -fue hacia la puerta y antes de salir añadió-. Por cierto, no mentía cuando decía que estás mucho mejor con ese corte de pelo.
Dee no replicó. Se quedó con la vista clavada en la pantalla de televisión, por donde discurría sin control un llamativo coche a través de un accidentado circuito urbano. Cuando dejó de oír los pasos de Morgan se quitó la gorra y con lentitud se frotó los cabellos con la palma de la mano.
-Idiota -gruñó.
Y con un gesto vehemente lanzó la gorra al otro extremo de la estancia sobre un montón de ropa sucia.
1 Popular cita de Jonathan Swift, escritor irlandés autor de Los viajes de Gulliver.
Morgan se sentó a los pies del futón con las piernas cruzadas. El sonido del agua de la ducha corriendo le había despertado.
Bostezó somnoliento y se rascó el torso a la vez que trataba de mantener los pesados párpados abiertos al menos durante algo más de quince segundos. En vista de que tal empresa se presentaba algo complicada de lograr, se incorporó y arrastrando los desnudos pies por el tatami caminó hacia el baño. Empujó la puerta y apoyándose en el quicio contempló el interior.
Al fondo de la amplia estancia alicatada con diminutos azulejos cuadrados de colores blanco y marrón, tras la mampara de cristal que confinaba el plato de ducha, vio la estilizada figura del japonés. El aroma húmedo a melocotones que flotaba en el ambiente se coló por su nariz disolviendo cualquier otro olor.
Con las manos apoyadas en la pared y la cabeza inclinada, Kato movía sinuosamente la espalda bajo el potente chorro de agua. Los mojados cabellos se le pegaban al rostro y los hombros, y ondulantes regueros de agua resbalaban por su luminosa piel hasta los pies.
Morgan parpadeó para alejar el sueño. Caminó hacia la ducha y abrió la puerta del la mampara. El sonido sobresaltó a Kato que dio un fuerte respingo.
-Morgan-kun... -gruñó el japonés dedicándole una crítica mirada bajo la cortina de agua que caía directamente sobre su cabeza.
-Necesito una ducha -musitó adormilado, aparentemente no le importaba que frías gotas estuvieran salpicándole la cara y el desnudo pecho.
-Espera a que termine.
-Déjame un hueco -intentó entrar en el reducido espacio pero Kato lo sostuvo fuera con una mano en el torso.
-He dicho que esperes -insistió.
-Quiero ducharme contigo -gimoteó Morgan alargando los brazos y rodeándole la cintura.
-No tengo tiempo que perder con tus infantiles caprichos -resopló el japonés haciendo que el agua saliera despedida de sus labios-. Por tu culpa me quedé dormido y llegaré tarde a casa de Noel-san.
Cubrió con su mano el somnoliento rostro de Morgan y lo empujó hasta conseguir apartarlo lo suficiente para volver a cerrar la puerta de la mampara.
-¿Mi culpa? -se frotó enérgico las mejillas y la frente, y cansadamente fue a sentarse en el borde de la cuadrada bañera. La frialdad de la loza en sus nalgas hizo que una gran parte de su cerebro se activara-. ¿Quién estuvo hasta cerca de las doce dándole vueltas a ese maldito Uchikomi2?
-¿Quién en vez de dormir prefirió molestarme hasta lograr su egoísta propósito? -se apresuró a apostillar Kato desde el interior de la ducha.
-¿Quién no sólo no se negó sino que quiso por dos veces condescender con mis egoístas propósitos? -replicó Morgan sonriendo maliciosamente complacido.
El sonido de la ducha se cortó de golpe y la puerta de la mampara se abrió. Kato, con el rostro disimulado tras gruesos mechones de pelo, le indicó con el dedo la toalla colgada del toallero que pendía sobre la bañera.
-Acércamela por favor, y deja de importunar tan temprano -le pidió con un tono lo suficientemente cortante como para que pareciera una orden inapelable.
Morgan ladeó la cabeza hacia él examinando con detenimiento de arriba abajo su esplendido cuerpo. La dorada piel parecía aún más tersa y flexible bajo la cristalina película de agua que la humedecía. Tenía un pequeño rastro de jabón nacarado cercando uno de sus oscuros pezones y pequeñas gotas como perlas transparentes prendidas del rizado y oscuro vello que acogía el relajado pene. Ante aquella visión, un recuerdo espontáneo rescatado de los acontecimientos de la noche anterior le hizo cerrar las piernas para enterrar entre los muslos la prueba de sus tórridos pensamientos.
-La toalla, por favor -insistió Kato.
Morgan se levantó silencioso. Alcanzó el paño y sujetándolo con ambas manos se aproximó al japonés. Antes de que éste pudiera evitarlo, le cubrió los hombros con él y comenzó a secárselos frotándolos lentamente con pequeños movimientos circulares.
-No soy ningún niño -protestó Kato, aunque no intentó apartarlo ni esquivar su contacto-. Puedo yo solo.
-No te trato como a un niño -la voz de Morgan era calmada y tierna, aún con un resquicio de adormilado aturdimiento asomando entre palabra y palabra-. A esto se le llama demostración de afecto -restregó con cuidado la piel del pecho, arrastrando los restos de espuma y agua. Bajó por los costados y llegó hasta el recio vientre-. Ya te lo he explicado en varias ocasiones. ¿Recuerdas? Es algo que las personas que se gustan o se quieren se regalan unas a otras.
Kato le agarró la muñeca deteniéndolo justo cuando estaba a punto de deslizar el paño por su entrepierna.
-¿No quedaste satisfecho anoche? -preguntó con un sordo gruñido a la vez que le arrebataba la toalla y comenzaba a secarse los cabellos con enérgicos gestos-. ¿Es qué no tienes límite?
Se apartó de él aproximándose al lavabo de cerámica blanco que había en un lateral junto a una estantería de nogal con las baldas repletas de toallas y demás útiles para el aseo personal.
-Las demostraciones afectivas no están necesariamente ligadas al sexo -suspiró Morgan, tan cansado como desanimado-. También te lo he dicho muchas veces.
Entró en la ducha y abrió el grifo del agua caliente. El chorro que surgió y que le cayó en pleno rostro estaba helado y le hizo lanzar una histriónica y corta exclamación.
-Pero tú prefieres ignorarlo -continuó entrecortadamente, soportando la gélida agua con el cuerpo tenso y el semblante contraído-. Para ti es sexo o desdén. No tienes término medio. ¡Joder! -renegó-. Qué tarda la puñetera agua caliente en salir.
-¿Qué quieres decir? -inquirió Kato en un acento bajo y sin emoción.
-¿Te lo tengo que traducir? -el agua había comenzado a entibiarse y Morgan la recibía con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás-. El tiempo que me dedicas lo tienes estructurado en dos partes. En una me follas y en la otra te dedicas a ignorar mis sentimientos o a prometer falsamente ser más cariñoso si yo soy menos irritable.
-¡Morgan-kun! -la severidad con la que Kato pronunció su nombre hizo vibrar el aire en la habitación-. Ese comentario es del todo inconveniente.
El aludido entreabrió los ojos.
-Disculpa -se desperezó sin prisas mientras el agua corría con fuerza por los marcados músculos de su cuerpo-. Había olvidado que no te gusta tratar estos temas mundanos antes del almuerzo.
-Sabes perfectamente que no me estoy refiriendo a lo oportuno del momento para dejar caer algo así -deteniendo el brioso movimiento de sus manos se giró hacia él vehemente. Sentía una estúpida frustración ante aquellas palabras que le molestaban tanto por su significado como por el desapego con el que estaban siendo pronunciadas-. Lo que acabas de decir me presenta como un individuo de lo más despreciable. ¿Es esa la opinión que tienes de mí?
Kato esperó una respuesta con impaciente enojo.
El agua de la ducha había alcanzado una alta temperatura empañando el cristal de la mampara. A través de ella, la figura de Morgan se percibía débilmente difuminada; al japonés le pareció ver que en sus labios se dibujaba una amarga sonrisa.
-De sobra sabes qué opinión tengo de ti -hablaba en voz no muy alta, casi para sí, pero aún bajo el caño de agua, sus palabras, pronunciadas en un tono monótono, llegaban con claridad hasta Kato-. Eres el hombre que amo y como todo tonto enamorado soy voluntariamente ciego a tus defectos. Pero eso no significa que realmente esté ciego. No tengo quejas sobre los momentos en los que hacemos el amor, pero luego tu frialdad enturbia cualquier buen recuerdo. Es como si intentaras borrar toda la intimidad que compartimos, igual que si nunca hubiera sucedido.
El japonés se volvió hacia el espejo que colgaba sobre el lavabo y contempló su nítido reflejo. La pulida superficie le devolvió una expresión dolida agazapada en las sombras que proyectaba la toalla que le cubría la cabeza.
Comentarios como aquellos lograban perturbar demasiado su ánimo, y más aún reconocer en el tono de Morgan ese relajado distanciamiento con el que hablaba y que últimamente había venido a sustituir su habitual vehemencia. Al escuchar su acento indiferente, podía llegarse a pensar que no le daba importancia a sus propias palabras o incluso que aceptaba la inutilidad de las mismas, y aunque no podía asegurar que esas apreciaciones fueran reales, tampoco era capaz de evitar sentirse desconcertantemente traicionado.
Apartó la toalla de su cabeza y se la ajustó alrededor de la cintura sin querer mirar hacia la ducha.
-¿Esta mal disimulada pataleta es porque no he dejado a Morgan-kun secarme? -inquirió con acritud, a sabiendas de que su pregunta no era sino un burdo intento de sacudirse el escozor que aquel hombre le había provocado con sus premeditadamente descarnadas observaciones.
Morgan miró a Kato a través de la cortina de agua. Su expresión era difícil de definir tras aquella inconsistente barrera.
-De verdad Kato, a veces puedes llegar a ser muy obtuso -sentenció.
Giró dándole la espalda y el agua comenzó a caer directamente sobre sus hombros.
Enojado, el japonés decidió no darle una nueva oportunidad de volver a abrir la boca. Tomó un peine de estrechas púas y comenzó a peinar los enredados cabellos con más energía que técnica. Al cabo de unos minutos, su larga melena descendía lisa y lustrosa desde un cuero cabelludo tremendamente adolorido.
Entró en el dormitorio denotando con sus airados movimientos el agrio estado de ánimo en el que se encontraba y se dirigió hacia el armario empotrado. Antes de deslizar uno de los paneles que lo cerraban, sus ojos recalaron en la ropa de Morgan, tirada en total desorden junto al futón. Rezongando impaciente agarró con bruscos ademanes todas las prendas, al hacerlo, de los pantalones cayeron un puñado de objetos que rebotaron contra el tatami con suave sonoridad. Notando que su humor se retorcía un poco más, se arrodilló para recoger las pertenencias de aquel hombre de quien opinaba que era, entre otras cosas poco honrosas, un desconsiderado anárquico con sus posesiones. Recogió la cuarteada cartera de piel, un teléfono móvil, un paquete de chicles de menta, una soga formada por clips de colores, un trozo de papel arrugado que bien podía ser el recibo de una tintorería y una pequeña caja de alpaca algo deslustrada y arañada. Su delicada forma oval y el dibujo de arabescos de la tapa le llamaron la atención. Dejó la ropa y demás objetos sobre el futón y sostuvo sobre la palma de su mano la caja, observándola con curiosidad. Le recordaba a uno de esos diminutos pastilleros que la gente solía llevar encima con la dosis necesaria de un medicamento.
Una inesperada inquietud le asaltó. ¿Acaso Morgan se medicaba? De ser así, nunca le había visto tomar ningún comprimido, ni oído comentar sobre el tema.
Arrugó disgustado el ceño.
¿Se lo ocultaba? Y si ese era el caso, ¿por qué?
Desde luego no porque no hubiera tenido oportunidades para informarle. Morgan no era precisamente parco en palabras o de aquellos que necesitaran una excusa para abordar un tema por delicado que fuese; gustaba de parlotear sin descanso aunque él fingiera no escucharlo y el silencio a su alrededor era siempre un preciado bien apenas inexistente. Cuando no se entretenía en soltar un racimo de bromas incomprensibles, toda una retahíla de quejas y pullas o en comenzar un impertinente interrogatorio sobre el estado de su relación, la mayor parte de su cháchara giraba en torno a temas poco menos que insustanciales. De haberlo deseado, habría podido confiarle una circunstancia tan importante como el estado de su salud.
-Tanto acusarme de ser exageradamente reservado y tú... -protestó entre dientes.
Movido por una incipiente angustia que prefirió vestir de justificado enfado, olvidó que fisgonear entre las posesiones ajenas le había parecido siempre una conducta deplorable y por completo inadmisible y se apresuró a abrir la caja mascullando entre dientes improperios hacia un Morgan que más que nunca juzgaba desconsiderado y profundamente egoísta.
Lo que vio le dejó mudo y le hizo sonrojar hasta la raíz del pelo.
-¡Baka! -musitó cerrando el pastillero y enterrándolo entre unos dedos que se habían vuelto blandos y torpes.
Sobre la superficie de terciopelo rojo que forraba el interior sus ojos habían descubierto el botón dorado que él mismo, sin tener un motivo coherente en su cabeza para un acto así, dejara en el escritorio de Morgan tiempo atrás. Volver a reencontrarse con aquel significativo objeto en aquellas circunstancias, además de inesperado, le resultaba terriblemente embarazoso.
Nunca habían hablado de la existencia del pequeño botón. Tal vez por un acuerdo tácito o simple inseguridad, Morgan no le había preguntado el porqué de que se lo hubiera entregado y él no indagó sobre su desconocido destino. Tampoco sobre las incertidumbres o los sentimientos que hubiera podido inspirar en Morgan, lo que para él significaba un presente tan inusual. Pero ahora sabía sin lugar a dudas, que algo significaba. Tanto si resultaba pura casualidad que llevara la caja encima, como si era su costumbre portarla siempre entre sus pertenencias, aquel botón tenía un significado para Morgan.
-¿Así son tus verdaderas muestras de afecto? -preguntó en voz baja estrechando con más fuerza la caja.
"Las demostraciones de afecto no siempre van ligadas al sexo", le había asegurado Morgan hacía apenas unos minutos.
-Y no siempre son visibles -dejó el pastillero junto a la cartera y se incorporó lentamente-, a veces viajan en el bolsillo de un pantalón...
Tomó las prendas de vestir de Morgan y las sostuvo entre las manos. Podía percibir el aroma suave y vegetal que la piel de su dueño había dejado en ellas, un olor que se había vuelto reconocible y deseable y que en ocasiones, en la soledad de su cama, se tornaba añorado.
-Y otras Morgan-kun no sabe verlas.
Aproximándose a la cesta de la ropa sucia la abrió y dejó caer las prendas en su interior.
Morgan nunca le entendería, no lo lograría aunque se lo propusiera. Alguien que podía con sencillez mostrar abiertamente sus sentimientos venciendo el natural temor a ser herido y despreciado, que hacía de la espontaneidad una religión y de la sinceridad un arma arrojadiza, no podría entender a una persona como él, alimentado desde pequeño con la máxima de que sólo los débiles eran dependientes de sus emociones y las exteriorizaban, y orgulloso de actuar en consecuencia.
Morgan no comprendía el complicado entresijo de su personalidad, como tampoco era capaz de advertir hasta qué punto se esforzaba por enfrentarse a ella, por enterrar sus arraigados principios en una fosa el tiempo suficiente para acceder a su exigente reclamo de cariño, de qué manera luchaba por vencer los remordimientos que le asaltaban cuando perdía el control y se entregaba sin mesura al sexo que ambos compartían. Estaba demasiado ocupado en sentirse insatisfecho, en pasar el tiempo esperando grandes gestos, vistosas demostraciones, espontáneas revelaciones que colmaran su insaciable corazón como para captar los costosos intentos, silenciosos, discretos, triviales, con los que intentaba contentarlo. Dejarse robar un beso en un café, permitirse estrechar la cintura ante demasiado público, aceptar una cita a destiempo, atender una inoportuna llamada, asumir una sarta de quejas. Todo pequeñas concesiones hacia él, inútiles, difíciles concesiones que parecían ser invisibles o deshonrosamente insuficientes.
Deslizó el panel del armario y recorrió con la mirada los trajes que perfectamente alineados pendían de sus perchas. Fue pasando uno tras otro con la mano hasta que se detuvo en un modelo de liviana lana negra, con una casi invisible raya diplomática y un corte exquisito y formal. Lo descolgó dejándolo con delicadeza sobre el futón. Abrió el cajón superior de la cómoda del armario y sacó dos camisas, una de tela oxford blanca y otra de popelín en un gris apenas inapreciable. Escogió la de popelín y de otro cajón más estrecho tomó unos calcetines negros y una caja de plástico transparente que contenía un slip azul marino sin estrenar. Por último, de la percha de las corbatas, eligió una de seda gris marengo con un disimulado rayado blanco. Todo lo depositó junto al traje, y mientras se iba vistiendo con otras prendas que sacaba del armario, se dedicó a valorar el elegante conjunto.
Sabía que la talla no era la adecuada; aunque sus cuerpos fuesen semejantes, los miembros de Morgan resultaban más musculosos y recios. Se sentiría algo constreñido en su interior, pero la tela terminaría por adaptarse a sus curvas ajustándose como un guante. El largo de los pantalones tampoco tenía que ser preocupante, sólo era unos centímetros más bajo que él, apenas si se apreciaría en la prenda. El color de la camisa y de la corbata era perfecto, haría juego con el tono verdoso de sus ojos y el de su tostada piel.
Nuevamente notó que el calor le quemaba las mejillas y el embarazo le hizo contraer la mandíbula y apretar los dientes.
Se dio cuenta de repente de que hacía rato que no oía caer el agua en la ducha y ya vestido con pantalón azul, camisa blanca y corbata a medio anudar, se apresuró a situarse frente al espejo alto y estrecho, de cuerpo completo, que había en un ángulo de la habitación.
-Debería afeitarme -oyó a su espalda.
Giró la cabeza y vio a Morgan en el umbral del cuarto de baño masajeándose distraído el mentón. La toalla ajustada alrededor de la cintura, la piel lustrosa por la humedad, el trenzado cabello salpicado de diminutas gotas, la expresión de su semblante viva, cordial, sin rastro alguno de ofuscación o disgusto, salvo por una leve bruma en sus pupilas.
-Raspo un poco -miró a su alrededor con extrañeza-. ¿Y mi ropa?
-En el cesto -regresó la atención hacia su reflejo en el espejo y quiso terminar de elaborar el nudo de la corbata, pero al intentarlo constató que los dedos se le enredaban en los giros de la tela.
-¿Por qué? -Morgan caminó hacia el futón y contempló con curiosidad las prendas diseminadas por él-. No estaba sucia. Además, no he traído una muda.
-Usa ese traje -Kato apuntó el pulgar por encima de su hombro.
-No hace falta -se inclinó un poco y rozó con las yemas de los dedos la solapa de la chaqueta. Silbó alzando las cejas-. Un Brook Brothers de primera. Qué nivel. Si voy con esto por la calle me detendrán por ladrón.
-Es un traje viejo -replicó el japonés aún vuelto de espaldas, sintiéndose estúpido por mentir de aquella forma-. No le des tanta importancia.
-De todos modos me pondré lo que llevaba ayer.
-¿Quieres ir tan desaliñado a trabajar?
-Si tanto te preocupa mi aspecto informal, prometo que pasaré antes por mi casa y me cambiaré.
-Llegarás tarde.
-Suele ocurrir -sonrió divertido Morgan jugueteando con la caja del slip-. Ya están acostumbrados.
-No seas tan irresponsable -Kato se le aproximó y con un gesto imperioso agarró la camisa y se la tendió.
Morgan la tomó con aire desconcertado. Buscó los ojos del japonés pero éste se apresuró a desviar la mirada.
-De acuerdo -asintió dibujando una socarrona mueca con sus carnosos labios-. Pero no tengo zapatos. Vine en deportivas.
Kato le miró los pies cuyos dedos tamborileaban juguetones sobre el tatami.
-¿Qué número calzas?
-Un cuarenta y cuatro.
-Parecen más pequeños -comentó examinándolos con atención.
-¿Qué problema tienes tú con el tamaño de mis miembros? -protestó airado Morgan-. Ponte las gafas antes de seguir criticando mis medidas.
Kato, ignorando sus quejas, rebuscó en el zapatero del armario hasta que dio con unos zapatos negros de piel con cordones.
-Éstos podrán servir.
Se los tendió junto a un nuevo par de calcetines.
-Que conste que considero innecesario el vestirme así -suspiró una vez que se hubo colocado el doble par de calcetines, puesto los pantalones y abotonado la camisa-. No voy a un cóctel y ya puedes imaginarte que hago yo con las normas de vestuario de mi empresa, ¿verdad?
El japonés lo observó ensartar en el ojal el botón que ajustaba el cuello. Tomó la corbata que descansaba en el futón y cuando Morgan hubo terminado de remeter los faldones de la camisa bajo el pantalón y abrochárselo, se le aproximó.
-No te muevas -le recomendó levantándole el cuello y pasando la corbata por debajo.
Morgan lo miró parpadeando desconcertado, inmóvil más por la sorpresa que por obedecer al japonés. Vio sus largos y fuertes dedos moverse delicadamente a lo largo de la tela elaborando complicados giros y dobleces con hermosa habilidad, y un agradable y cálido cosquilleo le recorrió la nuca. Kato alzó la mirada hacia él y la bajó nuevamente en apenas un instante. Fue un gesto rápido, preñado de timidez, que arrancó un ligero jadeo de la garganta de Morgan.
-Vaya -susurró-. Aunque esto sea una muestra más de tu necesidad de asumir el control, resulta especialmente placentero.
Las manos del japonés se detuvieron un segundo y sus párpados se entornaron sobre unas pupilas enturbiadas.
-¿Por qué nunca estás satisfecho?
Morgan guardó silencio. Contempló el rostro de Kato, levemente inclinado hacia delante y sumido en una sosegada tristeza, y pensó que era demasiado bello para ser real. Tiernamente, acercó a él la punta de su dedo índice y apartó con cuidado un húmedo mechón de cabellos caído sobre su mejilla.
-Creo que cuando alguien está tan hambriento de amor como yo nada es suficiente -respondió sin acritud, con una cariñosa sonrisa en sus labios.
-Yo... no soy como tú -dejó el nudo de la corbata a medio hacer pero sus manos no soltaron la prenda-. No puedo mirar al mundo desde tu perspectiva, actuar como lo haces tú. Y tú no puedes entender mi forma de pensar y de conducirme, ni que me colocas en situaciones que me son difíciles de enfrentar.
-Sí lo entiendo -aseguró Morgan con suavidad.
Kato levantó el rostro hacia él, mostrando un ceño ligeramente arrugado.
-Comprendo lo imposible que puede llegar a ser tratar de complacer a otra persona cuando lo que se espera de ti va en contra de tu carácter -acarició lentamente el delicado puente de la nariz de Kato-. Pero soy mezquino y finjo no darme cuenta con la esperanza de que llegue el día en que ya no suponga un esfuerzo, el día en que no actúes de ésta o de aquella manera para complacerme, sino para complacerte a ti mismo -bajó el dedo hasta sus labios y siguió su contorno casi sin tocarlo-. Y tú que lo sabes, me castigas con tu indiferencia ahora y tu pasión después, volviéndome loco.
El japonés se agarró con fuerza a la corbata.
-¿Quién vuelve loco a quién? -susurró cerrando los párpados.
Notó la calidez de los labios de Morgan en los suyos, y sus manos tomándolo firmemente por la cintura. La lengua hábil y dulce buscó la suya jugando delicadamente y los dedos acariciaron su cuerpo por encima de la tela de la camisa durante un tiempo que le pareció insignificante.
Al notar que sus bocas se separaban, protestó quedamente y entreabrió los párpados.
Y entonces, en aquellos ojos enormes y profundos que Morgan tenía anclados en él, vislumbró lo que sabía iba encontrar y tanto odiaba ver. El anhelo, el atormentado anhelo que calladamente habitaba en ellos y que siempre asomaba cuando entre los dos se borraban las distancias y se tendían los brazos. Ése que acechaba perseverante, aguardando escuchar de su boca, acompañando por fin a cada minúsculo gesto de cariño, dos únicas y sencillas palabras que nunca llegaban.
-Kyosuke... -susurraron los labios de Morgan al tiempo que su mirada se volvía más apremiante.
Inclinó la cabeza con un gesto rígido y trató de finalizar el nudo de la corbata, preguntándose hasta qué punto no era tanto la voluntad de su carácter como el malestar que emergía de su alma al contemplar impotente la espera angustiosa de aquellos suplicantes ojos, lo que le empujaba a huir de ellos y escatimarle una y otra vez ese afecto que tanto le demandaban.
Fuera cual fuese el motivo, hubiera querido poder decirle que cerrara los ojos, que apartara la vista, que no le cargara la conciencia con aquella aflicción que se filtraba por sus pupilas. Poder pedirle perdón por no ser capaz de entregarle lo que tanto anhelaba, por no conseguir concederle a su espíritu la paz que exigía, por ser incapaz de mentirle y decirle que le amaba. Pero el temor le sellaba los labios. El temor egoísta, mezquino, de llegar a sentir algún día miedo de verle salir de aquella habitación para siempre, mantenía su sinceridad encerrada en algún lugar entre su razón y su dignidad.
-Llegaremos tarde los dos -musitó.
Sin alzar la mirada, ajustó el nudo, acomodó el cuello y con un gesto distante le alisó la pechera de la camisa. Apartándose de él tomó del interior del armario la chaqueta que completaba su atuendo y doblándola sobre el brazo se dirigió hacia la puerta.
-Al menos dime que con todas tus parejas has actuado igual de distante.
Kato se detuvo en el umbral. Volvió la cabeza y miró dubitativo a Morgan. Éste lucía una tensa expresión en el rostro, que oscilaba entre la convicción y la desilusión, mientras asía con fuerza el extremo de su corbata.
-Sería un consuelo saber que en eso no soy especial. Que no estás siendo más desapasionado conmigo que con tus otros amantes -sus labios se curvaron en una mueca a medias desafiante-. Que así de difíciles han sido todas tus relaciones sentimentales.
-¿Relaciones sentimentales? -repitió el japonés y un repentino parpadeo inquieto le hizo parecer confuso.
-Ya sabes a lo que me refiero -asintió osco-. Una relación seria, una relación sentimental. ¿Cómo llamas tú a tener algo más que sexo con alguien?
El japonés enderezó la espalda y tomó aire con evidente malestar.
-No la llamo de ninguna manera -y saliendo de la habitación, añadió en un acento rápido y cortante que resultaba casi irreflexivo-. Nunca he tenido algo más que sexo con nadie.
-¿Qué clase de comentario es ese viniendo de ti? -bufó Morgan contemplando el vacío umbral de la puerta tan molesto como receloso -Ni siquiera yo puedo afirmar una cosa así -masculló.
Pretendió seguirlo pero se percató de sus pertenencias colocadas sobre el futón y se detuvo a recogerlas. Se puso apresuradamente la chaqueta y en los bolsillos interiores depositó el móvil, la cartera y la pequeña caja de alpaca que besó antes de guardarla, dejando abandonados el trozo de papel y los clips. A punto de salir recordó los zapatos y al agacharse para recogerlos notó las costuras de la chaqueta ceder peligrosamente.
-¡Mierda! -masculló imaginando lo mucho que se le contraería en ceño a Kato si le devolvía el traje descosido.
Salió del dormitorio y recorrió impaciente la casa hasta la cocina.
-Oye, ¿qué has pretendido insinuar...? -inquirió entrando en la estancia, pero la frase no llegó a concluirse. Murió bruscamente en su boca cuando vio a Dee sentado en una de las cuatro sillas de la cocina, con los pies apoyados en la mesa y las manos cruzadas tras la nuca.
El chico, que llevaba la cabeza cubierta por la gorra de lana azul y vestía una sudadera negra, le dirigió una taimada mueca de triunfo. Kato, ocupado en exprimir naranjas, le daba la espalda a ambos. Durante unos segundos, el zumbido del exprimidor eléctrico fue el único sonido audible.
-¡Buenos días! -le saludó Dee balanceando la silla sobre dos de sus patas-. ¿Follaste bien anoche?
El zumbido cesó un instante.
Tanto Morgan como el muchacho miraron expectantes hacia el japonés. La espalda de éste se enderezó y su cabeza se inclinó lentamente a un lado y a otro, como si tratara de relajar los músculos del cuello.
El exprimidor volvió a funcionar con su estridente ronroneo y para alivio de Morgan, sin que Kato hiciera observación alguna.
-¿Eres tan idiota que no sabes leer la hora? -gruñó dejando los zapatos sobre la mesa con un golpe seco-. Te dije que no te aparecieras por aquí hasta que no me hubiera ido.
-¡Cómo si tú me pudieras dar órdenes! -adujo alzando provocador el mentón-. He venido a desayunar. ¿Algo que objetar?
Morgan se inclinó sobre él. Su torva sonrisa le cortó el resuello a Dee.
-Mira que puedes llegar a ser bobo -musitó. Alargó la mano hacia el rostro del chico y con habilidad ensartó su dedo meñique en la argolla de plata que éste exhibía en su oreja derecha-. ¿Qué tal si te vas a desayunar al instituto?
Dee gritó de dolor al sentir como Morgan tiraba cruelmente del pendiente.
-¡Suéltame, cabrón! -gritó saltando de la silla y dejándose llevar fuera de la cocina-. ¡Qué me la arrancas!
-¡Bah! ¡Exagerado! -le hizo caminar a la zaga por el pasillo manteniendo suficientemente tirante el lóbulo de la oreja-. Como si de veras te doliera.
-¡Duele, duele! -sollozó tratando de ajustarse a su paso para así evitar la hiriente tensión.
Al llegar junto a la puerta del apartamento lo hizo bajar del escalón, liberando el pendiente con un gesto teatral. El chico se cubrió la oreja con una mano al tiempo que apretaba los párpados para impedir que las lágrimas que habían llenado sus ojos se derramaran por las mejillas.
-¡Eres un hijo de puta! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
No hubo respuesta al exabrupto, así que tras unos segundos abrió los ojos.
Morgan, desde el escalón, le contemplaba con una divertida mueca que resultaba incluso amable.
-Y tú un masoquista.
Dee abrió la boca para protestar pero Morgan le propinó un rápido capirotazo en la punta de la nariz que le hizo dar un saltó hacia atrás entre gimoteos.
-No repliques. Sabes que tengo razón. Estás tan desesperado por que te presten atención que no te importa el coste -soltó un hastiado suspiro y se cruzó de brazos-. Y aunque he de admitir que resulta divertido putearte, el que sea tan fácil le está quitando parte del encanto.
-¡Estas chalado! -le espetó el muchacho, una mano en la oreja la otra en la nariz-. ¿Quién busca la atención de nadie? Y menos tuya, pervertido. Sólo quiero hacer mi vida sin tener que ver tu apestosa cara y la de ese maricón de mierda todos los días.
-Nadie lo diría por tu forma de meter la cabeza en la boca del león -Morgan se inclinó un poco hacia él enarbolando su socarrona sonrisa-. Hagamos un trato. Tú dejas de hacer comentarios inapropiados delante de Kato y yo seguiré fingiendo que tus puyas y tus malos modales me irritan, y mostrando un, digamos, moderado interés en molestarte.
-¿Es que te has vuelto sordo? -se desesperó Dee-. Lo único que quiero es que me dejes en paz.
-De acuerdo entonces -Morgan recogió del suelo una vieja mochila de tela verde apoyada contra el zapatero y un par de zapatillas de deporte y lo dejó caer todo en los brazos del muchacho-. Si cumples tu parte yo prometo incordiarte como mínimo una vez al día.
Dee le miró con los ojos desmesuradamente abiertos.
-Tú no estas bien de la cabeza -afirmó quejoso.
Morgan abrió la puerta a la vez que lo empujaba fuera.
-¿No te gusta la propuesta? -fingió elucubrar intensamente mientras se masajeaba el mentón-. ¿Qué tal esta otra? Jugar un partido de baloncesto una vez a la semana. Te gusta el baloncesto ¿verdad? Los domingos por la mañana . Tú, yo y unos amigos.
-¡No tengo ni la mas mínima intención de jugar contigo a nada, chiflado! -protestó con tono chillón.
-¿Te he dicho que Karel también vendría? -la sonrisa burlona que había mantenido hasta entonces se dulcificó y la expresión de sus ojos se tornó benévola-. Y Noel. Suele acercarse a recoger a Karel cuando termina el partido. A veces vamos a comer hamburguesas o perritos calientes a algún tugurio de los que le gustan a Noel.
Dee se quedó muy quieto y su cuerpo se encogió sobre los bultos que sostenía entre los brazos.
-¿Qué tramas? -preguntó quedamente, mirando a Morgan con unas pupilas en donde la irritación trataba de imponerse a la confusión.
-Es evidente -se apoyó en el quicio de la puerta-. Evitar que sigas crispando a Kato. Tú lo dejas tranquilo, yo te ayudo a ver a Noel. Porque... quieres verlo... ¿verdad?
El muchacho bajó la cabeza.
-Sí... -musitó.
Separó los brazos y dejó caer la mochila y las zapatillas. Apoyando la espalda en la pared, se resbaló por ella hasta que llegó al suelo, donde se sentó sin mucha ceremonia.
-Quiero verlo.
-¿Trato hecho?
-Pero él no quiere -alcanzó una de las zapatillas y metió el pie en ella-. Desde que me echó de su casa sólo nos hemos encontrado tres veces. Y porque Karel se lo pidió -tiró de los cordones y sin prisa los anudó-. A Noel no le gusta disgustar a su novio -añadió con tono ácido.
En silencio calzó la otra zapatilla. Cuando hubo terminado levantó la vista hacia Morgan, que continuaba en la misma pose de tranquila indiferencia.
-Si me llevas se enfadará -le informó con un acento desafiante que distaba mucho de ir parejo a su compungido semblante.
-Eso resulta un aliciente -aseguró complacido-. ¿Hay o no hay trato?
Dee se rodeó las piernas con ambos brazos.
-Si dejo de molestar a Kato tú me ayudarás a ver a Noel -encogió levemente los hombros-. Te tomas demasiadas molestias por él. No se lo merece. Es un mal tipo -pensativo se frotó los labios con el dorso de la mano-. ¿Sabes que me dio una paliza? -inclinó la cabeza a un lado para poder mirarlo de reojo-. Me reventó la boca y me puso un ojo morado.
El rostro de Morgan se ensombreció y sus pupilas contemplaron al muchacho con frialdad.
-Lo sé. Me lo contó Karel.
-¿No opinas que las personas que hacen cosas así son despreciables? -inquirió vagamente.
-Opino que en alguna ocasión, todos hemos hecho algo que nos hace despreciables. Es extraño que precisamente tú, no tengas algo así presente -comentó con acritud-. Y lo siento, si lo que pretendes es que juzgue a Kato, me es imposible censurar a otros por lo que yo mismo habría hecho.
Dee bajó la vista.
-¿Tú también me habrías golpeado?
-¿Después de ser testigo de toda la mierda que fuiste capaz de remover? -replicó-. ¿De que casi arruinas la vida de Karel? -dio un par de pasos deteniéndose junto al chico-. Yo no sólo te habría golpeado.
Los brazos de Dee se cerraron con fuerza alrededor de sus piernas. No le gustaba la sensación que la confesión de Morgan, por lo demás previsible, estaba propiciando que germinara en él. Sentía como si el hecho de confirmar que para él no era más que un indeseable trozo de materia, fuese una realidad demasiado correosa para ser digerida. Y era extraño, porque ya había asumido hacía mucho tiempo, hasta el punto de considerarlo intrascendente, que para el resto del mundo nunca sería más que eso, un ínfimo pedazo material desechable.
Hundiendo un poco más entre las piernas la cabeza decidió que no miraría a Morgan a la cara. Se quedaría allí sentado, arropado por su miserable auto compasión, hasta oírle marchar. Y no porque sus palabras le produjeran algún incipiente temor o removieran otros ya pasados, sino porque de ese modo no tendría que ver el desprecio en su mirada, algo que por alguna razón, en otros podía ignorar pero no en los ojos de Morgan.
Notó que le agarraban por la capucha de la sudadera y que tiraban de él forzándolo a ponerse de pie de un salto. El rostro de Morgan apareció a unos centímetros del suyo obligándole a bizquear para poder mirarlo directamente. Había una pequeña sonrisa cordial en sus labios.
-Pero ya no me apetece arrancarte la cabeza y patearla por toda la Quinta Avenida. Karel te perdonó. ¿Quién soy yo para seguir resentido? -soltó la prenda y le tendió la mano-. Partido el próximo domingo. A las diez. Vendré a recogerte, así que estate preparado.
Dee contempló un instante aquella mano fuerte y enérgica antes de decidirse a estrecharla en silencio.
-¿Ahora puedo entrar a desayunar? -preguntó soltándola con premura y apartándose de ella todo lo que pudo.
Morgan le empujó la frente con el dedo índice y su cabeza golpeó sin mucha fuerza la pared. Un molesto quejido salió de su boca que se frunció en un gesto pueril.
-¿Tú que crees, niño tonto? -canturreó Morgan dirigiéndose de nuevo hacia el interior del apartamento.
-Tengo hambre -protestó.
-Y yo ganas de perderte de vista -sentenció Morgan cerrando la puerta en sus narices sin dedicarle ni una última mirada.
Dee contempló la puerta y después miró su mano derecha.
Por alguna razón sentía la palma caliente e inquietantemente palpitante.
2En el go, jugada que se realiza dentro de un territorio.
Morgan se detuvo a la entrada de la cocina.
Kato se hallaba sentado a la mesa. Ante él había un plato, una taza de humeante té y un vaso con zumo de naranja. Sostenía una tostada entre los dedos que untaba con mermelada de naranja distraídamente. En el centro de la mesa, al alcance de su mano, había una cesta de pan recién tostado cubierta por una servilleta, una jarra de zumo y una cafetera de cristal, y unos pequeños recipientes de loza con diferentes tipos de mermelada y mantequilla.
-Se enfría el café -murmuró el japonés.
Morgan vio que en el lado opuesto al que ocupaba Kato le esperaba una taza de la oscura bebida, un plato sobre el que descansaba una servilleta de inmaculada blancura y un cuchillo.
Se sentó y al hacerlo vislumbró sus zapatos colocados pulcramente sobre el asiento de una de las sillas libres. Tomó la taza y bebió un buen sorbo del amargo café, que le hizo gruñir de placer. Vio que el japonés había terminado de untar la tostada y que tras propinarle un buen bocado, masticaba el trozo meticulosamente mientras contemplaba la calle a través de los cristales de sus gafas sin montura, con un semblante sosegado enmarcado por los húmedos cabellos que se derramaban sobre sus hombros.
-El crío se portará mejor a partir de ahora -Morgan alargó la mano y sacó de la cesta una rebanada de pan tostado-. He puesto en marcha un plan.
Como única confirmación de que había escuchado sus palabras, Kato soltó un leve murmullo gutural.
Morgan cortó un trozo de mantequilla con la punta del cuchillo y lo extendió sobre el pan sin prestar mucha atención a lo que hacía, más concentrado en el cúmulo de reflexiones que el comentario impulsivo que Kato escupió cuando salía del dormitorio había hecho germinar en su mente.
-Dime, ¿a qué se debe esa afirmación de hace un rato sobre tus relaciones? -preguntó suavemente-. ¿Qué has querido decir?
El japonés dejó de masticar. Por el rabillo del ojo miró a Morgan un instante antes de tragar el bocado que tenía en la boca y contestar con desapacible tono.
-Nada.
-Nunca haces comentarios sobre tus otras relaciones -continuó restregando el cuchillo sobre la tostada a pesar de que la mantequilla estaba sobradamente bien extendida-. En realidad nunca haces comentarios sobre ti mismo. Has conseguido que sienta curiosidad.
-Olvídalo.
-¿No querrías hablar sobre ello?
-¿Sobre qué? -replicó molesto Kato.
-Sobre tu experiencia sentimental. No sé... compartir conmigo un poco de esa parte de tu vida. Con cuántas personas has salido. Qué tal fue la relación. Qué te gustaba de ellos... o de ellas -miró al japonés con un atisbo de resentimiento en las pupilas-. Ni siquiera me has dicho si te gustan las mujeres.
-No creo que sea un tema que tengamos que tratar -el japonés tiró sobre el plato lo que quedaba de tostada y comenzó a limpiarse vehemente los dedos con la servilleta-. Yo no pregunto por las mujeres de Morgan-kun, ¿verdad?
-Puedes hacerlo -le animó calmadamente-. Hazlo. No lo tomaré como una indelicadeza por tu parte -manifestó con una mediana sonrisa teñida de amabilidad.
Kato se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz al tiempo que se acercaba la taza de té a los labios. Bebió de ella lentamente sin mirar a Morgan, con la vista tercamente clavada en el exterior. A éste no le sorprendió su silencio. No le enojó tampoco. Sólo le hirió, algo a lo que desgraciadamente comenzaba a acostumbrarse.
El japonés no le preguntaría sobre su pasado amoroso. No cometería una impertinencia así con nadie y mucho menos con él. Y no por el hecho en sí de poder estar cayendo en la descortesía, más bien porque el trasiego de su vida sentimental le traía, como en más de una ocasión había puesto de manifiesto con su hiriente indiferencia, sin cuidado.
Morgan mordió el extremo de su tostada, algo fría para su gusto, y la masticó pensativo. En cambio a él sí le interesaba, ahora que Kato había entreabierto la caja de Pandora con su imprevisto comentario. Le interesaba y le asustaba saber, quién, antes de su llegada, había sido merecedor de las atenciones de Kato, de su lujuria, tal vez incluso de su cariño. Quién, cuándo, cómo; aunque las respuestas a esas preguntas significaran una muesca más en su malogrado orgullo, una nueva semilla de duda en su alma.
-Yo también suelo decir en ocasiones eso de que en mi vida sólo ha habido sexo -comentó distraído, a media voz, aún pensando hasta que punto era inteligente no cerrar de un manotazo la pesada tapa antes de que la caja se abriera por completo-. Pero no es del todo cierto, nunca es del todo cierto -continuó, ignorando el silencioso disgusto que cincelaba las facciones del japonés-. Es verdad que nunca me he enamorado, nunca he tenido unos sentimientos así por nadie. Hasta hace unos meses ni siquiera hubiera podido explicar en qué consistía estar enamorado. Pero eso no significa que todas las mujeres que he conocido hayan sido para mí únicamente un desahogo físico.
El japonés chasqueó la lengua con frustración antes de beber nuevamente de su taza.
-Recuerdo una chica en mi primer año de universidad. Tracy se llamaba -Morgan jugueteó con la tostada haciéndola bailar entre los dedos-. Era realmente deliciosa. Hermosa, divertida, voluble. Me gustaba tanto que me salté las clases de economía de todo un trimestre sólo para coincidir con ella en su clase de literatura renacentista -sus labios dibujaron una mueca burlona-. Una pesadez de asignatura, por cierto. Durante un tiempo llegué a pensar que podría ser la mujer de mi vida. Cambié de opinión cuando un día se cruzó en mi camino una estudiante alemana becada con un vocabulario en inglés de veinte palabras y una talla extra grande de sujetador.
-¡Morgan-kun! -protestó contundente Kato, posando la taza en la mesa con un sonoro golpe-. No estoy interesado en escuchar batallitas sobre tus logros sexuales.
-Espera, déjame terminar -le instó-. Quiero mostrarte algo. Es verdad que bastó un par de piernas torneadas y un poco de exotismo teutón para hacerme olvidar a la supuesta mujer de mi vida. Pero de la alemana no recuerdo ni el color de su pelo y en cambio a Tracy podría describírtela con sumo detalle -se mordió el labio inferior un instante antes de agregar-. No estuve enamorado nunca de ella, pero lo nuestro no consistió únicamente en follar. A mi manera y sin pretenderlo, sin buscar algo más que sexo, la quise. Posiblemente a ella y a un puñado más. Si ese es mi caso, el tuyo tiene que serlo también, Kato. También en alguna ocasión ha sido algo más que sexo.
El japonés entornó los párpados sobre unos ojos empañados por el disgusto.
-Por supuesto. Si lo dice Morgan-kun debe de ser así -se levantó y tomando de mala gana el plato y la taza de café se dirigió al fregadero.
-Pues si me equivoco dímelo -suspiró Morgan-. Compártelo conmigo. Dime que me equivoco y...
-¡Te equivocas! -la voz del japonés restalló al mismo tiempo que el plato y la taza se posaban enérgicamente sobre la encimera-. Si quieres creer que perdí en algún momento mi tiempo, si desperdicié el más mínimo esfuerzo tratando inútilmente de sentir algo más que deseo por alguien, te equivocas. Así que déjalo de una vez.
-¿Inútilmente?
Kato le escuchó repetir lentamente esa simple palabra y una sofocante sensación opresiva se enroscó alrededor de su nuca. Se giró hacia Morgan y la expresión compasiva y triste que vio en su rostro confirmó los temores que oír la escueta repetición le había provocado.
Tomó aire y lo retuvo en los pulmones con frustrada contrariedad.
Nunca alcanzaría a descifrar cómo lo conseguía. Aquel hombre que no dejaba de demostrar a cada momento que estaba mentalmente incapacitado para entender sus reacciones más simples y lógicas, en cambio, haciendo uso de una insólita habilidad, era capaz una y otra vez de franquear las altas empalizadas tras las que se amparaba en silencio y que tan paciente y meticulosamente había ido aprendiendo a levantar a lo largo de su infancia y juventud, como forma natural de crecer dentro de su familia y que una vez alcanzada la madurez habían servido para mucho más que para convertirlo en un perfecto miembro del clan Kato. Morgan, de una forma que no podía comprender ni imaginar, lograba horadarlas, traspasarlas limpiamente para llegar allí donde nadie, y menos él, debería hacerlo.
¿Qué había sido esta vez? ¿Una palabra? Sí, apenas eso, una única palabra que para otros habría tenido poco más que su propio significado intrínseco, pero que a Morgan le servía para dilucidar sin necesidad de explicaciones algo tan escurridizo como el pretexto del que se había servido durante gran parte de su existencia para poder encerrar las necesidades de su corazón en una cámara acorazada.
Contempló sus ojos, la verdosa tonalidad de los iris que apenas tamizaba la lástima que los embargaba, y el calor por la vergüenza de verse tan fácilmente desnudado, por la humillación de revelarse ante él irremediablemente vulnerable, patético y estúpido, le invadió ardiente el rostro.
"Ahora lo dirá -elucubró sin apartar la vista de aquellos ojos, masticando la amarga saliva que le llenaba la boca, sintiendo que sus pensamientos se volvían piedras afiladas que rebotaban dentro de su cabeza-. Sin pensar en las consecuencias, en lo que sus afirmaciones puedan provocar en mi ánimo, abrirá la boca y dirá que lo sabe, que lo comprende. Que entiende el porqué siento que intentar entablar una relación más que física con alguien me resulta inútil. Me dirá que evito... no, será tan arrogante de decir que huyo de la posibilidad de enamorarme porque sé que nunca llegaré a sentir un amor semejante al que le profeso a Noel. Que no quiero, que no deseo siquiera sentirlo. Y seguirá hablando sobre mis debilidades y mis equívocas decisiones. Y me mirará con esa insoportable expresión de compasión, de insufrible lástima. Incapaz de callar. Incapaz de comprenderme cuando más lo necesito."
La mandíbula de Kato se estremeció bajo la tensión que los chirriantes dientes ejercían.
"¡No tengas lástima de mí! -deseó gritarle-. ¡No te atrevas a sentir lástima de mí!"
-Morgan-kun debería borrar esa mirada condescendiente -le ordenó con forzada displicencia, conteniendo el rabioso rugido que le quemaba en el fondo de la garganta. Fue hacia la silla y tomó del respaldo la chaqueta-. Continúa sin conocerme lo suficiente como para pretender saberlo todo de mí.
-Yo sólo... -trató de replicar.
-Morgan-kun peca de insolencia cuando piensa que le basta con dedicarme una vistazo rápido para poder conjeturar sobre mis emociones -con un gestó resuelto y altivo vistió la chaqueta-. Morgan-kun no debería creerlo, ni tampoco pensar que puede hacerme sentir agradecido por esa conmiseración que destila y que nace de sus equívocos -rodeó la mesa y se detuvo junto a él, observándolo desdeñoso desde su altura-. Lo dije antes. Morgan-kun entiende la vida de una manera muy diferente a la mía. Ha mirado a través del caleidoscopio de simplezas por el que observa el mundo y ha formulado una teoría acerca de cómo es mi supuesta vida sentimental y por qué, y al no encajar en su pueril concepción de cómo debería ser, piensa que soy digno de compasión. Pero de la forma que comprendo yo mis circunstancias no soy demandante de la piedad de Morgan-kun ni de la de nadie -el japonés apoyó la mano en la esquina de la mesa inclinándose lentamente hacia delante-. No la deseo y tan sólo me hace sentir desprecio. Y eso me obliga a tener que dejar claro lo que Morgan-kun ha malinterpretado.
Morgan percibió la tensión de su rostro, el rictus desabrido de sus apretados labios y también una sombra opaca en las pupilas que le daba a su mirada un aire calculador. Súbitamente le vino a la mente el recuerdo de la primera vez que Kato visitó su apartamento, cuando ni siquiera era capaz de poner nombre a los incipientes sentimientos que experimentaba hacia él. El hombre que tenía ante sí era de nuevo aquel otro, una enhiesta figura sosegadamente segura, un rostro estoico alumbrado por una mueca rígida en unos labios que saboreaban por anticipado el triunfo que su inminente discurso, claro, directo e insensible, sobre soledad y encaprichamientos, le iban a proporcionar. El Kato de aquella noche había regresado, con su misma formularia frialdad, su grado justo de afectada condescendencia y moderada proporción de acritud y un discurso que sólo tendría en común con aquel otro una afilada y premeditada crueldad.
-Esto va a doler, ¿verdad? -murmuró Morgan haciendo que su boca se curvara en una pretendida sonrisa que apenas superó la categoría de contorsión.
Kato entornó los párpados y su entrecejo sufrió un leve temblor. Entreabrió los labios y por uno escasos segundos permanecieron inmóviles, paralizados en un gesto indeciso que terminó por convertirse en una mueca áspera.
-Morgan-kun me lo ha pedido -dijo despacio, desapasionadamente-. Me ha pedido que comparta... ¿cómo lo ha llamado? Sí, "esa" parte de mi vida. Hay poco que contar, será rápido. Antes de entrar en la universidad, cuando comprendí plenamente y acepté mi orientación sexual, decidí que en ningún momento permitiría que mis debilidades pudieran dañar la dignidad de mi familia. Años después, cuando ya no tenía familia que honrar, permití que el sexo tomara cierta relevancia aunque no la suficiente como para cegar mi raciocinio. Fue entonces cuando escogí libremente no involucrarme con nadie a nivel sentimental porque era lo más práctico, eficaz y recomendable para una persona que como yo únicamente padecía de apetito sexual. Escogí no buscar innecesariamente emociones románticas que pudieran trabar mi normal existencia y preocuparme tan sólo de cubrir lo que no era sino una simple necesidad fisiológica, sin dar lugar a situaciones que pudieran tomarse equívocamente como el preludio de algo más serio. Es decir, opté por practicar sexo de una forma rápida, eficiente y anónima.
Morgan sacudió la cabeza, su expresión era la de alguien que se debatía entre una incómoda sorpresa y una socarrona incredulidad.
-¿Quieres hacerme creer que únicamente has tenido ligues de una noche? -se encogió de hombros-. Perdona, pero no te imagino seduciendo tíos en los bares y follándotelos en el baño.
-Quiero decir que prefiero una llamada a un servicio discreto y profesional antes de emplear más tiempo de la cuenta en satisfacer lo que no es más que sexo.
-En otras palabras -Morgan se recostó contra el respaldo de su silla para poder contemplar el rostro inmutable del japonés-. Lo tuyo es follar con prostitutos.
-Es lo más funcional -replicó con un impasible temple.
Morgan no replicó. Sin parpadear le sostuvo la mirada, sondeando en las oscuras pupilas, intentando encontrar un resquicio, una leve grieta en la densa animadversión que las inundaban, en el desafío gélido, perentorio que se desprendía de ellas, que le permitiera dudar, equivocar lo que Kato le contaba, la veracidad de sus afirmaciones. Una fisura en aquella impertérrita expresión que le autorizara a sospechar que en realidad todo era una bravuconada, una burla sórdida destinada a recordarle las mil fórmulas que poseía para provocar que su espíritu se estremeciera.
Pero con desearlo no era suficiente.
-¿Escandalizado? -inquirió Kato irguiéndose lentamente, y por la forma en que sus ojos se entornaron para observar a Morgan se hubiera dicho que esperaba con satisfacción recibir una virulenta respuesta afirmativa.
Morgan miró el trozo de pan que aún sostenía. Se lo acercó con lánguido gesto a la boca pero no llego a morderlo. Lo sostuvo así un instante, rozándolo apenas con los labios. Luego lo dejó caer sobre el plato, limpiándose mecánicamente con una servilleta los restos de mantequilla y pan de los dedos.
-Te equivocas -dijo sin apenas emoción en su voz- No me escandalizas. No soy ningún mojigato. Pagar por follar ni siquiera está en mi lista de los actos reprobables que puede cometer el ser humano. Sólo me surge una duda -volvió nuevamente la vista hacia Kato y clavo en él unos ojos que habían perdido por completo su vivacidad-. ¿Qué soy yo, entonces? ¿Una forma de abaratar gastos?
Kato alzó con un gesto rápido las cejas, sinceramente sorprendido.
-¿Te cansaste de pagar y decidiste follar gratis? -preguntó nuevamente, y esta vez su voz sonó demasiado tensa, como si no tuviera espacio suficiente en la garganta para poder escapar.
-No -respondió secamente Kato.
-¿Me equivoco? -inclinó la cabeza hacia un lado, la mirada turbia, indefinida, fija en el japonés-. Es sólo sexo. Como con ellos. Soy yo el que intenta conseguir algo más, el que se engaña, el que cree que tiene alguna oportunidad.
-¡No! -repitió, tan bruscamente que su rostro se crispó.
-Tú únicamente te beneficias de la situación con mi consentimiento.
-¡Es suficiente! -gritó y apunto estuvo de golpear la mesa con los puños, que quedaron detenidos en el aire en un gesto de furiosa impotencia.
-¡No te estoy reprochando nada! ¡No puedo!-exclamó poniéndose en pie de un salto. Empujó la silla y al hacerlo las patas se arrastraron sobre el suelo ruidosamente-. ¿Acaso no fuiste siempre sincero conmigo? -tomó con un gesto vehemente sus zapatos y se detuvo envarado ante él-. ¿No dejaste claro desde el primer momento que quizás aparte de mí, cualquier otro serviría para llenar el vacío en el que se ha convertido tu existencia? ¿Es que me has dicho alguna vez que me amas? ¿Me has dado algún motivo para creer que podrías llegar a amarme? -lo contempló en silencio, expectante, como si sus preguntas esperaran no ya una respuesta sino una objeción-. ¿Ves? -dijo al cabo de unos segundos, con un ligero temblor en la comisura de la boca-. No puedo hacerte ningún reproche.
-Yo jamás he pensado en ti como en uno de ellos -negó Kato en un murmullo bronco-. Jamás.
Morgan se dirigió hacia la puerta, pero antes de llegar se detuvo.
-Dijiste que yo no era alguien cualquiera -afirmó pausadamente-. Que no era alguien cualquiera en tu vida -volvió la cabeza hacia el japonés, la opacidad de sus ojos había dado paso a un ardiente dolor-. Esa ha sido tu única mentira, ¿verdad?
-Nunca te he mentido -replicó impaciente.
Morgan le dedicó una última mirada cargada de decepción antes de salir de la estancia.
Kato permaneció inmóvil, contemplando el vacío espacio que momentos antes había ocupado Morgan, atento a los pasos de éste alejándose por el pasillo. Al cabo de unos segundos el sonido inconfundible de la puerta cerrándose de golpe se extendió por el apartamento. Y entonces, un estremecimiento convulso, tan violento que le asustó, le recorrió el cuerpo como una ominosa mano helada.
Kato aparcó su automóvil, con un chirrido de neumáticos y el chasquido del freno de mano, ante el número 106 de la calle Havermeye y la desportillada boca de incendios que emergía del acerado como una solitaria seta. Segundos después saltaba del coche al tiempo que consultaba el reloj de su muñeca. Al constatar la hora frunció el ceño hasta el punto de que su frente se estrechó plagada de profundas y finas arrugas. Como supuso, llegaba tarde. De nada le había servido rebasar el límite de velocidad, considerar que el ámbar era una prolongación del verde e ignorar un número considerable de semáforos en rojo; desde hacía más de media hora Noel debía estar esperándole intercalando impaciencia con una lógica extrañeza.
De una sola zancada salvó los tres escalones que llevaban hasta la puerta del edificio, exigiéndose a sí mismo no pensar en el culpable de su imperdonable retraso. Pero era una batalla perdida por anticipado.
Una y otra vez, mientras conducía hacia el apartamento de Noel luchando por concentrarse en calcular con cuántos minutos de retraso iban a llegar a la reunión concertada en la agencia a primera hora de esa mañana, qué número de llamadas serían necesarias para posponer la prueba de vestuario hasta después del almuerzo, a quién tendría que rogar para que la entrevista con el New York Magazine acordada a las cuatro de la tarde se atrasara al menos una hora, sus pensamientos habían ido dejándose caer repetidamente y de forma disimulada e imperceptible hacia el recuerdo de la odiosa escena que se había visto obligado a protagonizar junto a Morgan. Cuando esto ocurría, sin querer que fuera así pero a la vez sintiéndose impotente para impedirlo, escuchaba dentro de su cabeza cada palabra pronunciada, veía proyectado en el fondo de su mente cada uno de los actos que habían conformado el suceso, hasta que el estruendo penetrante, afilado y definitivo de una puerta cerrándose volvía a sacudirle el cuerpo, rasgando el velo del recuerdo y permitiéndole volver a la realidad de citas aplazadas y compromisos incumplidos, para no muy tarde, apenas unos minutos, encontrarse otra vez atrapado por la irritante remembranza. Y ese embarazoso proceso mental, que tanto le molestaba, que tanto le avergonzaba, tenía que aceptar aún a regañadientes, que no era sino el resultado de no haber sabido calcular las consecuencias de sus revelaciones. Que cegado por el intransigente rencor nacido del hecho de verse convertido en objeto de la condescendiente lástima de Morgan no había podido medir el peso, el valor y la trascendencia de sus palabras. O lo que significaba lo mismo, había perdido por completo la perspectiva cuando más lucidez necesitaba.
Abrió la puerta acristalada con su propio juego de llaves y descartando esperar para tomar el ascensor, comenzó a subir las escaleras saltando los peldaños de dos en dos asido al pasamano.
Lo que había pretendido, si es que en algún momento lo tuvo completamente claro, lo que había buscado con la confesión de sus preferencias sexuales de una forma tan inesperada y abrupta, era provocar a Morgan, espolearlo hasta hacer que se sintiera avergonzado por el comportamiento del hombre del que decía estar enamorado. Asquearlo, incluso. Forzarlo a manifestarse indignado tanto por una conducta que muchos habrían considerado moralmente inadecuada como por la notoria falta de remordimientos que abiertamente manifestaba. Transformarse ante sus ojos en un ser indigno, desdeñable para que así todo rastro de compasión que pudiera abrigar por él quedara sustituido por una justificada dosis de abrumadora decepción. Pero de alguna manera Morgan no había reaccionado como juzgó que lo haría. En vez de eso sus conclusiones le habían llevado hasta la errónea apreciación, completamente alejada de la realidad, tan descabellada como imposible, de que para él no era sino la elección barata, el reemplazo fácil, el sustituto cómodo de los hombres a los que en el pasado había pagado a cambio de una sesión de sexo aséptico de emociones.
Se detuvo un instante en el rellano de la primera planta.
"Baka1", musitó cerrando con fuerza la mano sobre la barandilla y retomando su rápida ascensión.
Eso era Morgan, un tonto con debilidad por los dramas y las salidas de tono, poco dado a poner medios para controlar ese irreflexivo carácter que poseía, que parecía regir todos sus actos, y que únicamente le servía para confundir su juicio.
No le tomó por sorpresa su histriónica marcha. Esa forma de abandonar la escena, de dejarle con la palabra en la boca, de huir para no permitirle dar su versión de los hechos, no era nueva. Recurría tantas veces a la fuga que ya no le desconcertaba, ni le irritaba en la misma medida que las primeras veces que tuvo que presenciarlas. Le resultaban tan habituales sus teatrales evasiones, que podía predecir con un considerable nivel de acierto qué ocurriría a continuación y cómo concluiría. Morgan aguardando al otro lado de la puerta, luciendo un hostil mohín infantil. O dentro del ascensor regresando al apartamento para reencontrarse con él. O sentado en el vestíbulo del edificio, esperándolo. O pateándose arriba y abajo el acerado, sin decidirse a marcharse. O llamándole por teléfono para confesarle con el orgullo herido y una desesperada añoranza que no podía estar demasiado tiempo lejos de él.
Kato se detuvo frente a la puerta del piso de Noel y metió la llave en la cerradura, pero no la hizo girar.
Hacía un buen rato, cuando abrió la puerta de su apartamento para ponerse en camino y salió al vestíbulo, lo hizo pensando que encontraría a Morgan esperándolo, aún irritado, aún remiso a sucumbir nuevamente, renegando de su debilidad, de lo incondicional de su amor. Pero se equivocó; no lo halló allí, ni en ningún otro lugar.
Había sido entonces cuando la idea de que quizás esa vez las cosas fueran diferentes pasó por su mente por primera vez. Después de todo Morgan, como cualquier ser humano, debía tener un límite. Por mucho que insistiera en la eternidad de sus sentimientos, en la incombustibilidad de sus esperanzas, ni él ni nadie podía soportar eternamente vivir en una perenne incertidumbre. Y tras lo sucedido aquella mañana, después de lo que Morgan había oído o más acertadamente, de lo que había interpretado, la posibilidad de que hubiera tirado la toalla cobraba una relativa fuerza. De ser cierto, tal vez podía considerarla como una inesperada ocasión de concluir, de poner punto y final a lo que desde el principio no había sido más que una incongruente situación, un experimento abocado al fracaso, un vano intento por parte de ambos de encontrar en el otro la solución a sus insatisfacciones.
"No tendré tanta suerte".
Apenas hubo murmurado la frase entre dientes, sorpresivamente en sus oídos volvió a retumbar el estrépito de la puerta de su apartamento cerrándose de golpe tras los pasos de Morgan. El mismo eco rotundo y feroz que le había hecho estremecerse azotado por un indefinible y repentino temor. Un estremecimiento que ahora volvía a repetirse recorriéndole la espina dorsal hasta la nuca, erizándole la piel bajo la ropa y atragantándole la saliva en la garganta.
Quiso girar la llave pero el temblor de su mano se lo impidió. Confundido soltó el llavero y observó la palma y el dorso como si aquella extremidad no fuera de su propiedad. Volvió a intentarlo y esta vez sí consiguió que la cerradura cediera y la puerta se abriera para dejarle paso al salón del apartamento. Entró y lo primero que notó fue el intenso olor a café recién hecho. Sus pasos se confundieron con el sonido procedente de la cocina de las voces de Noel y Karel conversando en un todo elevado; un murmullo intenso que se filtraba a través de la puerta entreabierta. Avanzó resuelto con la mano en el bolsillo, la espalda rígida y los labios apretados, pero al llegar al umbral de la puerta, las palabras que alcanzó a oír lo dejaron inmovilizado.
-No quieres aceptarlo porque eres incapaz de reconocer nada malo en él -decía la voz de Karel, clara, expeditiva-. No eres objetivo con Kato.
-¿Y tú lo eres con Morgan? -replicó Noel, en una entonación que denotaba cierto grado de tranquilidad.
-No intentes buscar excusas. Lo que yo veo también lo ves tú. Si alguien está saliendo perjudicado en esa relación es Morgan.
-No seas partidista. Sabes como yo que Kato tampoco lo está teniendo fácil.
Kato alargó el brazo con la intención de agarrar el pomo de la puerta y entrar en la cocina antes de que los comentarios pudieran ir a más y sus disciplinados modales le hicieran sentirse avergonzado por la indelicadeza de escuchar conversaciones ajenas. Pero su mano quedó inmóvil en el aire y todas sus buenas intenciones ahogadas en el fondo de su estómago cuando oyó hablar nuevamente a Karel.
-No me fastidies, Noel -protestaba el publicista-. ¿Qué es lo que no es fácil para él? Morgan es el único que se preocupa por mantener a flote la relación. Y lo está haciendo a expensas de su estabilidad emocional. ¿O es qué no te has dado cuenta? Anda siempre taciturno, triste. La mayor parte del tiempo preocupado, obsesionado con encontrar la manera de agradar a Kato, de complacerlo o intentando recuperarse del último desplante de éste, de su último desprecio. Y en cambio Kato, ¿qué? ¿A caso puedes decir que algo le turba, le inquieta? Está claro que es totalmente indiferente al sufrimiento de Morgan.
-Ninguno de los dos podemos juzgar a Kato -replicó Noel calmadamente-. Ni a Morgan. Esta situación es algo que ambos han decidido. Ni podemos ni debemos inmiscuirnos.
-Habla por ti -gruñó el publicista-. Quizás va siendo hora de que alguien le abra los ojos a Morgan.
-Karel -la voz del modelo sonó cariñosamente resignada-. No te entrometas. Tomamos la decisión de no hacerlo, recuerdas. Sólo empeorarás las cosas si actúas por tu cuenta.
-¿Pueden ir a peor? -se indignó-. Kato es egoísta. Demasiado para tener una relación y menos con Morgan. De acuerdo que tomé... que tomamos la decisión de no interferir, pero no es eso lo que le conviene ahora a Morgan. Quizás no le guste oírlo, pero creo que ya ha llegado el tiempo de que escuche lo que opino que va a suceder si continua con esta relación.
El modelo hubiera querido objetar sobre aquel convencido discurso, pero en ese momento la puerta se abrió y Kato entró.
-Buenos días. Lamento el retraso.
Noel, sentado a la mesa de la cocina frente a Karel, se giró a tiempo de ver entrar al japonés con su acostumbrada indiferencia.
-Karel-san -saludó inclinándose levemente hacia el publicista.
Éste parpadeó repetidamente, los rasgos de su rostro paralizados en una mueca de incómoda sorpresa, la taza de café que sostenía en una mano pegada a sus entreabiertos labios.
-Mierda, Kato -susurró el modelo frotándose la frente con cansado gesto.
-Disculpa Noel-san por la tardanza y por interrumpir tu desayuno -el japonés ignoró la evidente desazón de su amigo sin muestra alguna de disgusto o malestar-. Sé que siendo responsabilidad mía este penoso retraso es muy desconsiderado pedirte que te des prisa, pero si no salimos ya dudo que alcancemos a llegar a la reunión antes de que concluya.
-No te preocupes -Noel se levantó y al hacerlo dirigió de soslayo a Karel una rápida mirada con la que claramente le prevenía y le rogaba a un mismo tiempo, que tuviera la boca cerrada-. Voy a por mi cazadora.
Caminó en dirección a la puerta y al pasar junto a Kato le golpeó amistosamente el hombro con la mano. Abandonó la estancia y el japonés permaneció de pie, vuelto hacia la puerta, como si estuviera dispuesto a resistir en esa posición hasta que el modelo regresara.
-Kato-san -llamó Karel depositando la taza de café sobre la mesa. Se ajustó el nudo de la corbata y tironeó de los puños de la camisa que vestía tratando de ganar tiempo-. Es obvio que nos ha oído hablar. Quiero que sepa que todo lo que he dicho es una opinión firme y que...
-Karel-san -interrumpió el japonés girándose hacia él con vehemencia y mostrándole un rostro del que había desaparecido por completo la displicencia que hasta hacía unos segundos lucía para dar paso a una pálida y mal contenida ferocidad-. No interfiera entre Morgan-kun y yo -siseó forzando a cada palabra a salir arrastrándose a través de sus apretados dientes-. Se lo advierto. No se inmiscuya.
-¡Kato-san! -insistió el publicista, que aguijoneado por la indignación que el tono manifiestamente amenazador del japonés había hecho brotar en él, se levantó con brusquedad de su silla-. Tengo todo...
-Dígale a Noel-san que le espero en el coche -la voz gélida del japonés cercenó sin piedad la frase, y su mirada, donde el odio había cristalizado las pupilas transformándolas en dos diminutas piedras negras, le paralizó por completo-. Qué pase un buen día, Karel-san.
El japonés abandonó la estancia dejando tras él a un Karel entumecido y con la respiración acelerada, tan furioso como sorprendido de haberse reencontrado, después de tanto tiempo, con la fiera que habitaba en el interior de Kato y que hasta entonces, sólo en el interior de un ascensor y bajo el cielo nocturno de la isla de Martinica, había tenido el discutible privilegio de contemplar.
Morgan devolvió las sonrisas que le dedicaban aquellos individuos perfectamente ataviados con el traje de corte pretencioso y calidad media propios de un hombre de negocios con algunas aspiraciones y propensión a la obesidad. Rió los chistes vulgares del director de ventas, aceptó como pertinentes las erróneas consideraciones del jefe de publicidad, consintió el coqueteo inoportuno y vulgar de la ayudante talludita del director y todo para poder abandonar lo antes posible aquella reunión. Estrechó manos gruesas y blandas, soportó las molestas y típicas palmaditas condescendientes en la espalda, asintió con resignada deferencia a los últimos estúpidos comentarios previos a la despedida para escapar por fin de la asfixiante atmósfera de trabajo que había terminado por invadir la pequeña pero funcional sala de reuniones del hotel Courtyard New York Manhattan.
Al salir y cerrar a su espalda la puerta, se apoyó en ella y se permitió dedicar unos segundos a descansar los ojos tras los pesados párpados. Había sido un largo día. Se merecía poder regresar a su casa, tomar una ducha caliente y meterse en la cama bajo las sábanas sin que para ello tuviera que toparse con nadie o recibir inoportunas llamadas; resultaba muy cansado simular durante tantas horas seguidas que seguía siendo el mismo tipo feliz y despreocupado de siempre, que tenía aún dentro del pecho un corazón indemne, que no estaba perdido, ni mortalmente herido, ni mucho menos al borde de la desesperación.
Después de abandonar el apartamento de Kato y ya pasadas las nueve de la mañana, Karel le había localizado. Desnudo, sentado en el borde de la cama, contemplando ensimismado el traje del japonés tirado sobre la funda nórdica, el mismo que había vestido hasta que una insoportable sensación de ahogo le obligó a correr hacia su casa para poder quitárselo, había escuchado la sucesión de llamadas a su móvil durante largos minutos, hasta que por fin, después de cerciorarse de quien las realizaba, se decidió a descolgar.
Por la enfadada verborrea de Karel que penetró incisiva en su oído, concluyó que era más tarde de lo que pensaba y que una serie de compromisos que no lograba recordar con claridad, se le estaban acumulando a él y al publicista inexorablemente.
-Perdona, tienes razón -se había disculpado frotándose el rostro en un vano intento de despejar su saturada mente.
-¿Se te han pegado las sábanas? -inquirió sin mucha convicción Karel-. Saliste anoche con Kato, ¿verdad?
-No -respondió-. Estuve bebiendo y me pase con las copas. Tengo resaca.
Al otro lado de la línea se hizo un pesado silencio, el de alguien que se sabe engañado pero no se siente capaz de poner en evidencia la mentira y al mentiroso.
-En media hora estoy en la oficina -afirmó Morgan antes de colgar.
Pero tardó más de una hora en aparecer. Lo hizo vestido con vaqueros, camisa azul y una chaqueta de sport, y luciendo en su tranquilo rostro una sonrisa encantadora y despreocupada. En el vestíbulo bromeó con Elissa y su escotado jersey. En la planta baja de la oficina se entretuvo con un par de empleados con los que compartió algunas opiniones sobre la temporada de baloncesto y en la planta de los ejecutivos aguantó la retahíla de improperios que le dirigió Harpert por su tardanza en incorporarse al trabajo y su inapropiado atuendo. Bromeó con Dench acerca del supuesto problema de hemorroides de Harpert. Dedicó a Kylie un puñado de lisonjas que la hicieron reír con coquetería. Se comprometió con Margaret y Karel para almorzar en la terraza ajardinada, pero no apareció. Dijo que subía al estudio para supervisar el inicio de la sesión fotográfica de la campaña de Fisher Price, pero allí nadie le vio. Y a las tres, después de un par de bromas sobre jefes dictatoriales y empleados irresponsables, anunció que se marchaba a la reunión con los representantes de MC Grou en el hotel Courtyard New York Manhattan.
Fue al disponerse a marchar cuando Karel le tomó por el brazo obligándole a mirarlo a la cara por primera vez en todo el día.
-¿Qué ha pasado? -preguntó escrutándole el rostro con preocupación.
-¿Por qué piensas que ha pasado algo? -inquirió a su vez.
-Te comportas de una forma extraña.
-Nadie más diría eso -replicó divertido.
-Nadie más te conoce como yo.
Su amigo le dedicó una sonrisa sincera y ningún comentario. Tampoco añadió nada, le soltó el brazo despacio y lo dejó marchar sintiéndose horriblemente impotente.
Morgan respiró hondo y abrió los ojos. Debía marcharse antes de que a los miembros de la comitiva de MC Grou se les antojara abandonar la sala. Nada le apetecía menos en aquel momento que verse obligado a compartir con ellos el camino de salida del hotel.
Se impulsó hacia delante con un gesto fatigado y balanceando sin ganas el maletín que portaba en su mano derecha, echó a andar por el enmoquetado pasillo hacia el fondo, donde se hallaba el ascensor. Mientras caminaba sus ojos se deslizaban por las paredes pintadas de gris, se detenían en las delicadas acuarelas que pendían de ellas cada pocos metros, en los discretos apliques de la pared, en los carteles informativos, en las cuadradas y rojas alarmas de incendio, en cualquier detalle por simple que fuera que pudiera mantener su mente distraída, alejada de la oscuridad que amenazaba con engullirle. Porque si lo permitía, si caía en la tentación de rememorar lo sucedido, de pensar en el japonés, en su recién revelado pasado, en lo que significaba para su presente, para el presente de ambos, volvería a suceder lo mismo. Sería nuevamente el mismo guiñapo humano que había bajado las escaleras del edificio de Kato a trompicones, con el pecho colapsado, la vista oscurecida, la voz atragantada. El mismo envoltorio vacío que había golpeado con los puños las paredes, la barandilla, las puertas, las farolas, las papeleras hasta que la brisa fresca de la mañana que heló las lágrimas que surcaban su rostro le había hecho darse cuenta de que estaba en mitad de la calle. Si claudicaba, si consentía que su línea de pensamiento desembocara en Kato, que su voz, que su rostro se filtrara hasta la médula de sus pensamientos, no sería capaz de resistirse, no tendría forma de detenerse, y las promesas, los juramentos, las prohibiciones auto impuestas no se cumplirían y arrastrando la dignidad, los restos de su maltrecho corazón, sabiéndose perdedor y víctima de un torturador juego de amor propiciado por su propia mano inconsciente, abandonaría la cordura para ir nuevamente a su encuentro.
Lo haría sufriendo aún el dolor lacerante de la bofetada que la realidad le había asestado aquella mañana despertándolo de su ingenuo sueño. Lo haría aún habiendo comprendido que nunca hubo esperanzas, que nunca hubo oportunidades, aún teniendo por fin la absoluta certeza de que jamás hubo otros con los que competir, a los que asemejarse, con los que compararse, porque siempre fue y sería uno. Un solo ser, un solo amor, una sola verdad. Lo haría aún sabiéndose tan insignificante como cualquiera de los cuerpos escogidos al azar y alquilados por unas horas y que las manos de Kato habían desnudado, que sus labios habían saboreado, que sus brazos habían abrazado, sin otra intención que la de calmar su apetito.
Por ello no pensaba, por ello vaciaba su mente para llenarla con insignificancias, por ello y porque temía que las lágrimas regresaran para convertir en hielo sus ojos.
Pulsó el interruptor luminoso del ascensor y al cabo de unos segundos las puertas se abrieron. Había una mujer en el interior. Vestía unos pantalones gastados y una cazadora vaquera y llevaba a la espalda una mochila negra de mediano tamaño. Recostada sobre uno de sus hombros examinaba el objetivo de una cámara reflex digital que sostenía con delicadeza entre sus manos. Morgan no traspasó el umbral del ascensor. Permaneció inmóvil, en silencio, observándola con una ligera sonrisa que de forma involuntaria había asomado a sus labios.
La mujer alzó la vista hacia él. Sus pardos ojos se entornaron y un malicioso brillo los hizo parecer aún más profundos.
-¡Vaya! -sonrió frunciendo sus oscuros labios-. Me alegro de verte. Creí que la habrías palmado.
Morgan guardó su mano libre en el bolsillo del pantalón e inclinó hacia un lado la cabeza.
-¿Qué te ha hecho pensar eso, Grey?
-Hace meses que no sé nada de ti. Mi ego prefería creerte fiambre antes de aceptar la posibilidad de que te hubieras cansado de follar conmigo.
-Ni una cosa ni otra -negó lentamente-. ¿Quién podría cansarse de tu delicioso cuerpo?
Las puertas comenzaron a deslizarse por sus carriles pero ninguno de los dos hizo un movimiento para impedirlo. Se cerraron con un suave chasquido y Morgan se vio a sí mismo reflejado en su pulida superficie, la tez macilenta, la mirada oscura, la sonrisa triste. Apenas unos instantes después volvieron a abrirse. Grey, con el dedo todavía sobre el pulsador para la apertura de puertas, lo miró sin disimular una ladina curiosidad.
-Te invito a una copa -propuso-. No sé por qué tengo la sensación de que la necesitas.
Grey, acomodándose en uno de los taburetes que bordeaban la barra del bar del hotel, alcanzó su vaso de whisky con hielo y de un sorbo vació parte del contenido.
-A esta ronda invitas tú -le informó-. Me la debes.
Morgan, acodado displicentemente sobre el mostrador cuya superficie de metacrilato desprendía una suave luz anaranjada, acercó a los labios el vaso que sostenía con su dedo pulgar y el anular e imitando a la mujer bebió de él, pero apurando su contenido con un sólo gesto.
-¿Qué es lo que te debo?
-Una exclusiva -replicó, hizo una rápida y escueta seña con la cabeza a la camarera que ataviada con camisa oscura, corbata y mandil burdeos deambulaba arriba y abajo de la barra, indicándole el vaso vacío de Morgan-. ¿No se te ocurrió que podía interesarme la historia de tu amigo Karel con ese modelo? Yo habría sabido darle un enfoque menos amarillista y más humano.
-¿Más humano? -contempló como la taciturna camarera vertía no más de dos dedos de bourbon en el rechoncho vaso-. Mi pequeña carroñera, lo tuyo no es precisamente el lado humano, te inclinas más por la sordidez.
La mujer chasqueó la lengua.
-¿Qué culpa tendré yo de que sea esa la verdadera cara de la naturaleza humana? -suspiró con cierto artificio, se quitó la diadema de tela que mantenía sus oscuros cabellos apartados del rostro y la dejó sobre la barra-. Piensa en mí si a tu amigo le apetece sacarse un sobresueldo aireando intimidades. Las historias amorosas gay con famosos de por medio se venden como perritos calientes.
Morgan se giró hacia ella y señalando con su vaso la cámara de fotos posada sobre el mostrador, inquirió:
-¿Qué haces por aquí? ¿A la caza de esa naturaleza humana?
Los dedos de Grey, largos y ágiles, golpearon rítmicos sobre el objetivo mientras asentía lentamente.
-Un chivatazo de esos que hace que se me caliente la sangre. ¿Sabes ese nuevo fichaje de los Knicks? Alguien dejó caer en mi oído que hoy andaría por este hotel con una niñita clon de Britney Spears pero sin su mayoría de edad.
-¿Y?
-Bueno, venir al hotel ha venido -se encogió de hombros-. Con su hermana, que ni de lejos se parece a la Spears y con su madre. Parece ser que el chico va a regalarle a su hermanita una fiesta de cumpleaños por todo lo alto.
Morgan compuso una media sonrisa de complacencia antes de beber un trago.
-Cabrón -siseó Grey tras la mueca divertida de sus labios-. Alegrarse del mal ajeno es muy mezquino. ¿Y tú qué? -alzó una de sus delgadas cejas con maliciosa intención al tiempo que sus ojos se tornaban curiosos-. ¿Qué buscas en un hotel a las seis de la tarde?
-Nada de lo que tu lúbrica mente pueda idear -con la punta del pie golpeó su maletín, apoyado en el suelo entre ambos-. Una reunión con los representantes de una fábrica de zapatos del medio oeste -recostó la espalda contra la barra apoyando los codos en ella-. Hace unos días se entrevistaron en la W&W con Harpert y Karel para la presentación de una campaña. Después de estudiarla nos pidieron que les aclaráramos algunos puntos, pero son unos presuntuosos paletos y han querido presumir de su fondo de gastos concertando la reunión en una de las salas del hotel.
-Y te ha tocado a ti ser testigo de sus ínfulas -apostilló.
Morgan soltó un sonoro resoplido de conformidad que ahogó con un nuevo trago de su bebida. En la relajada postura que había adoptado observó el local; amplio, luminoso, de paredes decoradas con murales que reproducían coloristas jardines, y suelos alfombrados. La clientela, numerosa pero discreta, conversaba y bebía sus consumiciones sentados a las redondas mesas distribuidas por el establecimiento.
-Es curioso -comentó Grey.
Morgan sintió sus ojos, escrutadores, astutos, posados en él. La miró de soslayo, pero no despegó los labios.
-La última vez también nos vimos en el bar de un hotel, ¿recuerdas? -hablaba con tranquilidad, casi distraída-. Cuando la historia esa con el chico y las fotos. Después de aquello me enviaste el salmón noruego y ya no supe más de ti. Hasta ahora.
-¿Te gustó? -inquirió Morgan con la vista en el gran ventanal al otro lado del local desde el cual se tenía una buena perspectiva de la ciudad.
-Caro y exquisito, como a mí me gusta. Aunque hubiera preferido un pago por mi tiempo menos práctico y más mundano.
La observación le hizo a Morgan fruncir los labios en un mohín burlón.
Un camarero con aire ausente cruzó ante él. Con la mirada siguió su caminar desganado hasta una de las mesas situadas en el lateral que una pareja, formada por una chica atractiva y lozana y un joven de aspecto deportivo, acababa de ocupar. Ambos, con los rostros iluminados y las bocas ensanchadas por una radiante sonrisa, se miraban directamente a los ojos y se tomaban las manos por encima de la mesa, apenas conscientes de la presencia del apático camarero a la espera de su pedido.
Morgan observó a la pareja sin gran entusiasmo, al tiempo que escuchaba el lento tintineo de los hielos del vaso de Grey al chocar contra el vidrio. La fotógrafa los hacíia bailar en el interior de su copa mientras sus ojos le examinaban en silencio. Un silencio creado a posta, con el que le invitaba a sincerarse, a desahogarse si así lo deseaba. Con el que le advertía que ella no haría preguntas, no se inmiscuiría en su vida, si él antes no entreabría la puerta.
-Dime una cosa, Grey -le pidió Morgan sin apartar la vista de la pareja- ¿te has enamorado alguna vez?
-De ti nunca.
Morgan soltó una corta carcajada que no quiso ni pudo contener. Volvió la cabeza hacia la fotógrafa y le dedicó una cálida sonrisa.
Le gustaba la expresión limpia y franca que siempre exhibía el rostro de aquella mujer. Su mirada directa. Su mente abierta y desinhibida. Su forma de hablar tranquila y razonable. Le gustaban sus ojos sagaces, su boca jugosa, su cuerpo maduro y deseable. Le gustaba todo de ella.
-Eso ya lo sé -asintió-. Hablo de si te has enamorado de alguien alguna vez.
-Sí -apoyó el codo en la barra y la cabeza en la palma de la mano. Unos cuantos mechones de sedosos cabellos se derramaron sobre su rostro-. Muchas veces.
Morgan alzó las cejas con expresión dubitativa.
-¿No me crees? -preguntó Grey burlona-. ¿No doy el tipo de mujer enamoradiza?
-No es eso. Creo que resulta muy difícil enamorarse. Demasiado para que suceda muchas veces.
-Enamorarse es fácil. Lo difícil es aceptar cuando se termina.
Morgan se enderezó, puso su vaso vacío sobre el mostrador e indicó a la camarera con un movimiento rápido de su mano que volviera a llenarlo.
-Y cuando lo aceptas, ¿qué haces?
-¿Qué vas hacer? -Grey se encogió de hombros-. Seguir adelante. Continuar con tu vida. No pienses que la gente puede llegar a morir por amor Morgan, en todo caso mueren de estupidez. De esa misma estupidez que les hace creer que el amor es eterno e irrepetible y los empuja a querer aferrarse desesperadamente a él porque temen que si se sueltan su existencia ya no tendrá ningún significado. Tal vez si fuéramos conscientes de lo erróneo de una idea así, la ruptura no sería tan traumática, ni tan compleja y frustrante. Desde un principio pensaríamos en disfrutar más de los buenos momentos, los conservaríamos con más cuidado y detalle, y cuando todo hubiera terminado volveríamos a ellos para convencernos de que estuvo bien mientras duró.
Morgan bajó la vista. El ambarino licor volvía a ocupar el fondo de su copa. Lo contempló en silencio, como si en éste hubiera algo realmente interesante.
-¿Qué? -inquirió Grey con suavidad.
-¿El amor no es irrepetible? ¿No estamos destinados a vivir un único amor verdadero?
-¿Eres de los que piensa algo tan novelesco? -sacudió la cabeza desaprobadora-. Me sorprendes.
-Soy de los que hasta no hace mucho vivía creyendo que nunca encontraría a alguien de quien enamorarme.
-¿Y te equivocabas? -colocó las manos entre las piernas, apoyadas en el asiento del taburete, y se inclinó con interés hacia delante-. ¿Cómo es ella?
Morgan enarcó las cejas, perplejo.
-¿Quién?
-La mujer que te ha hecho pensar que te equivocabas.
Ladeó la cabeza y miró a Grey directamente.
-Para empezar no es una mujer.
Por primera vez la expresión de la fotógrafa sufrió un cambio brusco. La calma que animaba sus facciones se borró para dar paso a la sorpresa más pura y simple. Sus párpados se abrieron y cerraron varias veces con lento mecanismo y sus labios dibujaron un círculo perfecto, pequeño y carnoso.
-Eso sí que me sorprende -aseveró-. Nunca se me pasó por la cabeza que fueras bisexual.
-A mí tampoco -suspiró Morgan.
-¿Lo conozco? ¿Es tú amigo Karel? -inquirió animada.
Arqueó el ceño entre atónito y confuso.
-¿Por qué piensas eso?
-Bueno, vosotros siempre habéis estado muy unidos, ¿no? ¿Amor camuflado tras una profunda amistad?
-No es él -negó, se acercó el vaso a los labios pero no bebió-. El asunto de las fotos y el chico que has comentado antes, ¿recuerdas al japonés que conociste?
Grey se incorporó en el taburete con ademán satisfecho.
-Siempre supe que tenías muy buen gusto -afirmó humedeciéndose los labios con la punta de la lengua.
Morgan soltó un gruñido bajo y complacido antes de probar el bourbon.
-¿Estáis saliendo?
-Algo parecido.
-¿Con todas las consecuencias? Ya sabes, compromiso, fidelidad, renuncia.
-Al menos por mi parte sí.
-¿Y por su parte?
No respondió inmediatamente. Se quedó en silencio acariciando con los labios el borde de su copa, con la vista clavada en la estantería de cristal atestada de botellas situada al otro lado de la barra pero sin verla.
-¿Qué ocurre cuando el amor se termina, Grey? -inquirió entornando los párpados sobre una mirada que se había vuelto espesa.
La fotógrafa lo observó un instante. Bajó del taburete y salvando el obstáculo del maletín, acortó la distancia que le separaba de Morgan.
-Seguimos adelante -respondió mansamente.
-¿Y cuando ese amor nunca fue correspondido? -preguntó y esta vez sus párpados se cerraron por completo.
-Seguimos adelante -susurró-. Siempre seguimos adelante.
Morgan inclinó la cabeza y apoyó la frente en el vaso.
-No puedo -su voz sonó tensa y vibrante, cavernosa, como si procediera de lo más recóndito de su garganta-. Ya no me quedan fuerzas. Ni para seguir luchando ni para rendirme.
-Nadie muere de amor -se aproximó a él tanto que su aliento rozó la mejilla de Morgan-. Sólo los estúpidos. Y tú no lo eres.
-No lo puedes entender, Grey. Dices que has amado muchas veces, que detrás de cada amor ha habido otro. Yo sólo le amo a él -sus labios apenas se movían al hablar, se entreabrían para dejar brotar las palabras, pesadas, amargas, casi rotas-. Le amo sólo a él con la horrible certeza de que después no habrá nadie más. Que no volveré a sentir nada igual por nadie. Y debería estar feliz, ¿no? Después de él no más sufrimiento, dudas, ni frustraciones. Los celos no me desgarrarán por dentro, la incertidumbre no me hundirá, la indiferencia no se tragará mi voluntad. Ya no más este sentimiento de impotencia royéndome, carcomiéndome el alma. Ya no más...
-Basta, Morgan -le susurró inclinándose sobre su oreja-. Ya es suficiente.
Morgan abrió los párpados y giró apenas el rostro.
Los ojos de Grey, oscuros y densos, tan serenos como lúcidos, se miraban directamente en suyos.
-Te has dejado atrapar por una fantasía y deberías hacerla desaparecer. Eres demasiado racional para permitir que te domine de esta forma -la punta de su nariz, fría y suave, le acarició la mejilla-. El amor va y viene. Esa es la única verdad. No te engañes con historias de pasión incondicional hasta la tumba. El amor evoluciona, muta, muere, a veces incluso renace, pero su final siempre es el mismo, apagarse, consumirse como una llama sin oxígeno. Los ancianitos que mueren cogidos de la mano frente al televisor no se aman; el paso del tiempo ha hecho que se entiendan, se soporten, se necesiten, que sientan cariño el uno por el otro, pero también se ha encargado de adormecer o incluso de borrar el sentimiento que los unió. Y es algo tan natural que no caben lamentaciones. Pero debes entender esta verdad, asumirla, o de lo contrario no podrás disfrutar del amor en las ocasiones en las que vuelvas a encontrarte con él. Vivirás añorando una irrealidad, buscando alcanzar un sentimiento idealizado y sobrevalorado y eso te hará inmensamente infeliz. Como ahora, que sufres por un amante que ni siquiera te corresponde. ¿Crees que merece la pena? ¿Tu yo inteligente y lógico te permite creer que merece la pena?
-Eres tan cruda y pragmática -musitó contemplando ausente su cercano semblante-. Me recuerdas a alguien.
-No sirves para vivir este tipo de complejas emociones, ¿verdad? -con la yema de los dedos le acarició lentamente el mentón-. Prefieres la simplicidad de dos cuerpos en una cama. El placer sin responsabilidades, sin expectativas. El tipo de amor que sólo existe entre la primera copa y el último orgasmo de la noche. La despreocupación que te hace sentirte ligero, feliz, a salvo -tomó el rostro de Morgan entre sus manos y lo enfrentó con el suyo-. Preferirías no haber sufrido la experiencia de enamorarte, ¿verdad? ¿Verdad? -insistió con dulce suavidad.
Grey entreabrió los labios y acarició los de él muy lentamente. Su lengua se deslizó, abriéndose caminó sin encontrar resistencia hasta el interior de la boca de Morgan. Éste se estremeció al percibir la humedad, la calidez, el conocido sabor. Tembló al descubrir que su boca tenía memoria, que sus manos tenían memoria y que reconocían y añoraban el cuerpo, la piel, el olor de aquella mujer. Dejó la copa en la barra y abarcó con sus brazos la cintura de Grey, atrayéndola hacia sí sin prisas, sin brusquedades. La besó con sus labios, con su lengua, con sus dientes. Despacio, saboreando su saliva, su aliento.
-Subamos a una habitación -la fotógrafa hizo su propuesta sin separarse de él, moviendo la lengua entre sus labios-. Un poco de sexo sin amor le vendrá bien a las heridas de tu corazón.
Morgan la contempló unos instantes, después cerró los ojos al tiempo que unía su boca nuevamente a la suya.
Kato conducía sin prisas. Por primera vez en todo el día podía permitirse el lujo de circular por debajo del límite de velocidad y mantener la distancia de seguridad con los otros vehículos.
Había llevado a Noel a su apartamento después de la entrevista con la periodista del New York Magazine, más interesada en coquetear con el modelo que en obtener respuesta a las trilladas, banales e irrelevantes preguntas que traía apuntadas en su libreta, poniendo fin de este modo a lo que había sido una apretada e intensa jornada laboral. Ya no existía la necesidad de ganarle tiempo al reloj, así que circulaba maniobrando con aburrido sosiego entre el denso tráfico.
Echando un fugaz vistazo, consultó la pantalla de su móvil que reposaba en el asiento del copiloto. En ella sólo se veían, sobre un fondo turquesa difuminado y plagado de trasparentes formas circulares, los cuatro dígitos que marcaban la hora, las siete treinta y siete.
Calculó cuánto tardaría aún en llegar a su apartamento; media hora, tal vez un poco más si el tráfico no era fluido en el puente de Brooklyn. Se sentía impaciente por llegar. Le apetecía tomar un baño relajante y después una cena frugal, si es que para entonces no había perdido el apetito, leer un poco antes de acostarse o incluso plantear un par de jugadas sobre el tablero de go.
Volvió a dirigir la mirada hacia el teléfono. Las siete cuarenta y uno.
Pero antes de todo eso, nada más llegar, debía poner al día su agenda con los cambios que Noel le había sugerido para los próximos días y buscar la documentación que su agente de bolsa quería que le enviara a primera hora de la mañana.
Frenó tras una larga fila de coches detenidos por las indicaciones de un policía de tráfico que mantenía uno de sus brazos levantado mientras agitaba el otro enérgicamente. Aprovechó para coger el móvil y mirar con detenimiento la pantalla. Las siete y cuarenta y cuatro. Movió los dedos por el teclado comprobando que el volumen estaba al máximo, que se encontraba en modo timbre y vibrador y que no había registrado en él ninguna llamada perdida de Morgan.
Tiró el aparato en el asiento con gesto impaciente y luciendo un tenso semblante se concentró en los aspavientos del inquieto policía.
Le traía sin cuidado el exilio voluntario que en apariencia se le había antojado practicar a aquel caprichoso de Morgan. Si no quería dar señales de vida era algo que incluso agradecía. Pero sospechaba con disgusto que su mutismo no era sino el preámbulo de alguna estrategia creada para hacerle perder la paciencia. Posiblemente estaría reprimiendo la necesidad de llamarle y descargar sobre él sus infinitas y repetitivas quejas, para hacerlo cuando más molesto resultara o menos posibilidades de evitarlo tuviera. Durante la cena o cuando estuviera a punto de dormirse sonaría el teléfono y al otro lado oiría su voz, palpitando con ese tono rudo, vehemente, que utilizaba siempre para hacerle reproches sin el más mínimo pudor, con el que desplegaba su estudiado chantaje emocional. Un acento descarnado que en nada se parecía al que surgía de su boca cuando le susurraba al oído esas tontas palabras de amor a las que era tan aficionado.
Apretó la mandíbula y arrugó la frente. Sus dedos se cerraron y abrieron sobre el volante, su pie derecho pisó repetidamente el acelerador haciendo rugir el motor del BMW.
Si lo que intentaba era poner a prueba su paciencia lo estaba consiguiendo.
Los vehículos se pusieron en marcha y Kato avanzó hasta que los gestos del policía y los cortos pitidos del silbato que sostenía con la boca, le obligaron a detenerse a su lado.
Cuando telefoneara no cogería la llamada, no bailaría al son que se había propuesto tocar para él; no tenía motivos para aquella nueva pelea, únicamente bobas elucubraciones, así que no le consentiría su comportamiento de niño malcriado. Nada de concesiones, esta vez no le permitiría que se erigiera en víctima y poseedor de una razón que estaba muy lejos de tener.
Echó una expectante mirada al agente que con los bruscos movimientos de su brazo izquierdo, animaba a los coches que circulaban en perpendicular a no detenerse.
-Ni una sola concesión -gruñó-. Ni una sola.
Suspiró y el aire emergió de sus pulmones con la pesadez de quién ha decidido resignarse.
De poco servía manifestar en voz alta su determinación. Cuando llegara el momento, los acontecimientos se desarrollarían como a Morgan se le antojara y de eso los repetidos encontronazos entre ambos se habían ocupado de demostrárselo.
Miró más allá del policía, hacia la calle que se abría a su espalda, recta, iluminada por las farolas de las aceras y las luces de los vehículos que circulaban por ella. Un puñado de manzanas más abajo se hallaba el puente de Brooklyn, y al otro lado, en la tranquila Columbia Heights, su apartamento.
Morgan no le llamaría, ahora tenía la certeza de ello. Sencillamente se presentaría en su casa, enarbolando furiosamente su habitual catálogo de acusaciones y exigencias, que él podría rebatir si realmente quisiera, pero que como siempre sólo fingiría hacerlo. Y después de las voces abruptas, los semblantes torcidos, los gestos exaltados, vendría el sexo, irrefrenable, absorbente, intenso y las desavenencias quedarían aparcadas, momentáneamente relegadas, a la espera de una próxima ocasión que las hiciera brotar como hirientes ampollas.
Un golpe seco sobre el capó hizo que Kato volviera a prestar atención al tráfico. El policía le hacía exagerados gestos indicándole que avanzara mientras su silbato pitaba estruendosamente. El japonés esgrimió una expresión descontenta al tiempo que asentía desganado con la cabeza y giraba el volante hacia la izquierda para internarse en una amplia avenida en dirección opuesta al puente de Brooklyn. Treinta minutos después discurría por el Soho y algo más tarde detenía su coche frente a la entrada del café Achicoria y una señal de prohibido aparcar, con la única precaución de poner las luce de emergencia.
Entró en el local y sin prestar demasiada atención a la nutrida clientela que se congregaba alrededor de las mesas, se dirigió hacia el mostrador. No tardó mucho en atenderlo una empleada de bella cabellera dorada y sonrisa amable.
-¡Buenas tardes! -saludó-. ¿Qué desea?
"Un soborno -hubiera querido decirle-, que me haga ganar un poco de tiempo."
-Buenas tardes. Quisiera llevarme un paquete de... -dudó un par de segundos-, café Lavazza.
-Buena elección, señor -le felicitó-. En un momento se lo preparó.
La siguió con la mirada mientras diligente iba y venía tras el mostrador elaborando el pedido.
Morgan no era tan ingenuo como para dejarse embaucar por una treta tan burda. Recibirlo con una taza de su café favorito no suavizaría la tormenta que preveía iba a desatarse aquella noche en su casa, sabía que no. Pero aún así había vuelto la espalda a sus apetecibles planes para ir directamente a comprarle un poco de ese Lavazza del que tan a menudo hablaba.
Reclinó la cabeza y bajó la mirada.
-Algo de afecto en una taza -dijo sin percatarse de que sus labios dibujaban un rictus avergonzado.
-Hola -saludó alguien a su espalda.
Al volverse vio ante si a un muchacho rubicundo ataviado con un mandil negro y portando una bandeja bajo el brazo. Lo reconoció como el camarero que solía atenderlos cuando visitaban el establecimiento.
-Es un placer volverle a ver por aquí -asentía mientras le dedicaba una amplia sonrisa-. Si busca a Morgan está sentado al fondo, junto al ventanal.
Kato lo miró sin comprender.
-¿Morgan? -inquirió.
-Sí, allí -y alzando el brazo indicó un punto impreciso con la punta de su dedo.
El japonés siguió con la vista la dirección marcada. Vio la espalda de Morgan, sus relajados hombros, su cabeza algo ladeada. Y también a una mujer, que identificó sin dificultad, sentada frente a él. Vio su torso inclinado un poco hacia delante, su mano izquierda moviéndose en el aire al compás de sus palabras, los dedos de la derecha dejando caer golpecitos en el antebrazo de Morgan.
-¿No lo ve? -se extrañó el joven camarero-. Allí.
Kato permaneció inmóvil. Sus ojos, agrandados y extrañamente inanimados, clavados en los dedos de la mujer. Sus labios levemente separados, como si se hubieran paralizados en mitad de un sonido.
-Gracias -habló por fin, con una voz que sonó hueca.
-De... nada... -replicó inseguro el muchacho, antes de irse con la duda de por qué aquel hombre, repentinamente, había empalidecido hasta el punto de que la sangre no parecía circular por las venas de su rostro.
Al pasar junto a él, el joven camarero le golpeó blandamente el codo con la bandeja. Kato no llego a darse cuenta. Respiraba lentamente y el aire, al circular por sus pulmones, se le antojaba pesado y áspero. Notó que una dolorosa rigidez se le extendía por las piernas, que ascendía hasta su estómago y trepaba por su pecho clavándosele entre las costillas. Los brazos pegados al cuerpo le temblaban por la tensión que los embargaba, la garganta le ardía y en la boca la saliva se le había secado. Dio un vacilante paso atrás y se detuvo, unos segundos, quizás más. Después echó a caminar hacia la mesa de Morgan, con paso firme y resuelto, aunque en su mente no fuera consciente de la decisión que acababa de tomar.
Cuando distaba apenas unos metros de su destino, la mujer fue la primera en advertir su presencia e inmediatamente supo reconocerle; la sonrisa complacida que Kato vio aflorar a sus labios se lo confirmó. Y a medida que la distancia se fue acortando y que los ojos penetrantes de ella quedaron definidos en su luminoso rostro, pudo leer en ellos hasta que punto sabía quién era.
-Hola -le saludó la mujer cuando se detuvo junto a la mesa.
Morgan, con cierta curiosidad, se giró en el asiento para averiguar a quién iba dirigido el saludo. Al descubrir al japonés de pie junto a él, se quedó mirándolo en silencio durante unos largos segundos.
-Kato -dijo por fin, había un resquicio de sorpresa en su voz y en su cara una expresión difusa de incomodidad y extrañeza-. ¿Qué haces aquí?
El japonés no le respondió, no se movió, no apartó sus petrificadas pupilas de los ojos de la mujer, que le devolvía la mirada con un desafiante aplomo.
-¿Te acuerdas de Grey? -preguntó Morgan.
La aludida ladeó la cabeza en silencio, sin borrar de sus labios la sonrisa que los perfilaba.
-Kato -insistió Morgan ante su reticente silencio.
-Vámonos -dijo el japonés, con tal brusquedad que las palabras salieron de su boca como si las hubieran escupido.
-¿Qué? -inquirió desconcertado Morgan.
-¡He dicho que nos vamos!¡Ahora! -rugió, y esta vez sí volvió hacia él su semblante, rígido y pálido, una máscara que a duras penas lograba ocultar la ira que luchaba por desbordarse-. ¿No me oyes?
Morgan se levantó como impulsado por un resorte.
-¿Qué coño te pasa? -le espetó encarándosele con vehemencia-. ¿Quién te crees para hablarme así?
-Me temo que tengo que dejaros -se inmiscuyó Grey tranquila y sonriente.
Tomó la mochila apoyada en el suelo y cargándola al hombro se levantó. Con un rápido movimiento se interpuso entre ambos hombres dándole la espalda Kato, a quien sin mucho disimulo empujó con la mochila.
-He pasado una tarde deliciosa, pero el deber me llama -dijo dirigiéndose a un Morgan que no disimulaba la cólera que le acometía -. Repitamos pronto, por favor. Ya te echaba de menos.
Se inclinó sobre él para besarlo en los labios, un beso que quedó en un roce exiguo porque Morgan apartó hacia atrás la cabeza, aunque no lo suficientemente rápido como para evitarlo. Sonriendo divertida ante el gesto, giró sobre sí misma enfrentándose al japonés.
-Kato, ¿verdad? -infirió y sin esperar a que éste reaccionara, añadió-. Una vez oí a alguien citar un viejo dicho: "Dios da pan a los que no tienen dientes". ¿Sabes? Creo que se ajusta a ti como anillo al dedo.
Lanzando una última mirada cariñosa a Morgan se marchó zigzagueando entre las mesas. Éste la observó unos instantes antes de volver su atención hacia el japonés quien, momentáneamente desconcertado por las palabras de Grey, también seguía sus pasos con la mirada.
Cuando los ojos de ambos se encontraron ninguno pronunció una palabra, permanecieron envarados, crispados, aguardando al borde de una imaginaria línea, en una tensa distancia que hacía aún más evidente el ominoso silencio.
-Dilo -le retó de pronto Morgan-. Vamos, dilo.
Kato alzó la cabeza con orgullo. Sus ojos recorrieron desafiantes el establecimiento, donde ni una sola persona perdía detalle del enfrentamiento entre desconcertados y escandalizados, antes de volver a posarlos en Morgan destilando un helado desprecio.
-Di lo que estás pensando -insistió arrastrando las palabras.
El japonés aspiró con fuerza y sin que sus labios se separaran, manteniendo el rictus agrio esculpido en ellos, se marchó caminando enhiesto hacia la salida del local.
-¡Dilo! -le ordenó Morgan.
Se apresuró a seguirlo pero al momento volvió sobre sus pasos. Sacando de su bolsillo un puñado de dólares los tiró sobre la mesa, cogió al vuelo el maletín que hasta entonces había estado reposando debajo de la silla y fue tras él casi a la carrera. A punto estuvo de alcanzarlo ante la puerta de la cafetería. Pero Kato salió y cerrando a su espalda con un fuerte portazo, interrumpió su marcha por un momento. Con un reniego y un tirón que hizo que la hoja se abriera de par en par, saltó a la calle y en un par de zancadas logró interponerse entre el japonés y el coche.
-¡Dilo! -le gritó, tan fuerte que su rostro enrojeció y las venas de su cuello se volvieron gruesas y palpitantes.
-¡¿Te la has follado?! -gritó a su vez inclinándose amenazador hacia él, provocando con su exabrupto que los transeúntes que cruzaban junto a ellos se detuvieran atónitos-. ¡¿Lo has hecho?!
Morgan enderezó el cuerpo al tiempo que una ácida mueca curvaba sus rígidos labios. De pronto la expresión convulsa de su rostro dio paso a otra que mostraba un naciente cinismo.
-Vaya -dijo en un tono seco y descarnado que trataba de resultar burlón sin conseguirlo del todo-. Nunca creí que te oiría gritar follar en mitad de una calle.
Con un gestó exasperado, Kato se quitó las gafas. Sus dedos pellizcaron el puente de la nariz con demasiada brusquedad mientras cerraba firmemente los párpados.
-Sube al coche, Morgan-kun -le instó con tanta acritud como impaciencia-. Sube de una vez.
-Tengo una duda.
Kato abrió los ojos. Morgan le observaba y su mirada era directa y sombría.
-¿Qué pasaría si me la he follado? -inquirió-. ¿Sentirías herido tu orgullo... o tu corazón?
No hubo respuesta. El japonés únicamente mantuvo su expresión hosca, la frente crispada, la boca endurecida, los párpados entornados, mientras le sostenía con destemplanza la mirada.
-Lo imaginaba -Morgan ladeó la cabeza esgrimiendo una mueca despectiva-. Para herir tú corazón habría que encontrarlo primero.
No dijo nada más. Y no esperó a oír lo que el japonés pudiera querer decirle. Pasó a su lado y sin volverse, echó a andar sin prisas calle abajo.
Karel apagó la luz de la lámpara de su escritorio. Metió el dossier en el que había estado trabajando en el maletín y lo cerró. Echó un vistazo a su reloj de pulsera y soltó un resoplido de cansancio. Más de las diez. No había tenido la intención de quedarse hasta tan tarde, pero finalmente, para poder dejar atado hasta el último detalle de la presentación del día siguiente, no había tenido más remedio que sacrificar algunas horas más.
Se aproximó al perchero y tomando la chaqueta se la colocó pasando de una mano a otra el maletín.
No habría estado mal que Morgan le hubiera prestado un poco de ayuda en vez de desaparecer durante toda la tarde. El infundado pretexto de que la reunión con la MC Grou se había alargado demasiado y que sin duda se atrevería a blandir ante él al día siguiente, sólo le iba a servir para poner de manifiesto que se estaba quedando sin excusas originales.
Accionó el interruptor de la luz para apagarla y asegurándose de cerrar la puerta salió al pasillo. La intensidad de las luces había sido bajada a la mitad y en toda la oficina reinaba una agradable penumbra. Escuchó ruido en la planta baja y al asomarse vio a un empleado de la limpieza con las orejas taponadas con unos llamativos auriculares, desplazando sin prisa una empapada fregona por el suelo. Instándose a mantener los ojos bien abiertos y evitar posibles cubos repletos de agua olvidados en algún lugar entre él y la salida, se dirigió hacia la escalera. Al pasar frente al despacho de Morgan algo llamó su atención. La puerta estaba entre abierta y por un momento tuvo la sensación de que la estancia no se hallaba vacía. Se detuvo, asomándose al interior con cuidado. Recortada en la oscuridad, levemente iluminada por la luz de la ciudad que se derramaba a través de la ventana, distinguió una figura sentada tras el escritorio, reclinada en el respaldo de la silla y con las piernas reposando sobre la mesa, que le resultó familiar.
-¿Morgan? -preguntó entrando y encendiendo la luz.
El aludido gruñó y parpadeó molesto cuando la repentina luminosidad hirió sus ojos.
-Cuidado -le advirtió formando con la mano una visera para cubrirlos-. Me dejarás ciego.
-¿Qué haces aquí? -Karel avanzó hasta el escritorio y depositó sobre él su maletín.
-¿Trabajar? -replicó Morgan meciéndose suavemente en su asiento-. ¿Y tú? ¿Qué haces aún en la oficina?
-Yo sí puedo decir que trabajar -refunfuñó-. ¿Qué te pasa? ¿Dónde has estado metido?
-He pasado la tarde con Grey -respondió.
El publicista arqueó una ceja. Rodeando la mesa se detuvo frente a él.
-¿Tú amiga la fotógrafa? -dudó un instante removiéndose incómodo-. Me refiero a la que le pediste que nos ayudara cuando el tema de las fotos a Izaak.
-La misma -Morgan se masajeaba las sienes con el dedo pulgar y el corazón, ocultando de esta forma parte de su rostro.
Karel se sentó en la esquina de la mesa, junto a los pies de su amigo.
-¿No vas a preguntarme qué hacía con ella? -le propuso Morgan al cabo de unos segundos de silencio.
-Teniendo en cuenta que sois amigos -el publicista movió los hombros-, imagino que pasar el rato.
-Para tu información, lo nuestro ha sido siempre más sexo que amistad -explicó relajadamente-. Después de esta pequeña aclaración, ¿no te animas a preguntarme a qué hemos dedicado la tarde?
Karel respiró hondo. Una parte de él comenzaba a sentirse inquieto mientras que la otra intuía con tristeza hacia donde se encaminaba aquella conversación.
-Si es lo que quieres. Dime, ¿que habéis hecho los dos toda la tarde juntos?
-¿Qué pensarías si te dijera que follar?
Lentamente negó con la cabeza.
-Que mientes.
Morgan apartó la mano de su rostro. Su cansado y macilento semblante y sus dolientes ojos quedaron al descubierto. Ante esta visión Karel apretó los labios para poder empujar hacia dentro las palabras que súbitamente pugnaron por salir de su boca.
-Así que miento, ¿eh? -reclinó la cabeza pesadamente en el respaldo de la silla y dirigió la vista hacia el techo, tardó unos instantes en volver a hablar, cuando lo hizo había en su tono un lejano matiz de derrota-. He llegado a una conclusión Karel, tengo que romper con Kato.
El publicista bajó la mirada y contempló sus zapatos.
-¿Qué ha sucedido? -inquirió con lenta precaución.
Morgan encogió los hombros sin desviar la vista del punto indefinido en el que la había posado.
-En realidad, poca cosa. Simplemente he comprendido por fin que no tengo, que nunca tuve ninguna posibilidad de conseguir su amor -se frotó la frente con el dorso de la mano como si hubiera algo en ella que le molestara-. Pensé que era suficiente con amarle como le amo, con demostrárselo cada día. Permanecer a su lado a pesar de sus desplantes, de su frialdad. Mostrarle mis sentimientos, abrirme completamente a él, ser paciente mientras iba enamorándose de mí -rió quedamente sin un ápice de alegría-. ¡Menudo estúpido arrogante fui!
-Tú no eres arrogante, Morgan -negó con ternura el publicista.
-¡Claro que sí! -replicó y sus labios esbozaron un mueca sarcástica-. Morgan el seductor, el versado conquistador, el empedernido Don Juan a quien no se le resiste mujer alguna -canturreó-. Mi soberbia me convenció de que lograría lo que era imposible y ahora estoy pagando las consecuencias.
Dirigió la vista hacia Karel que le observaba con el rostro oscurecido por una profunda preocupación.
-Kato nunca intentó ocultarlo y yo lo supe desde el primer momento -continuó-. Siempre supe que él no me amaría, que nunca amaría a nadie que no fuera Noel. Pero quise engañarme -calló un momento al ver como la incomodidad fruncía el ceño del publicista y le obligaba a mirar hacia otro lado-. Nada de lo que sucede es por tu culpa, Karel. Tampoco es culpa de Noel ni de Kato. Es mía y de la arrogancia que me hizo creer que podría llegar a ser lo suficientemente importante para él como para cambiar sus sentimientos. Quién sabe cuánto tiempo más hubiera continuado creyéndome mis propias mentiras, esperanzado en lograr su amor si hoy Kato no me hubiera arrojado la verdad a la cara.
Karel apretó los labios, molesto.
-¿Qué te ha dicho?
-Algo que me ha colocado en el lugar que me corresponde -bajó los pies de la mesa con un movimiento cansado. Se levantó y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón se quedó de pie frente al publicista; la cabeza caída hacia delante, las opacas y cansadas pupilas posadas en las manos que Karel se frotaba lentamente pero con cierta ansiedad-. Kato nunca ha tenido una relación sentimental, únicamente relaciones físicas. Y siempre pagando.
-¿Cómo dices? -los ojos del publicista se abrieron desmesuradamente.
-Digo que en toda su vida sólo ha tenido sexo con putos.
-Pero... -Karel sonrió nervioso-. Eso es más que improbable. Alguna vez... ya sabes... habrá habido alguien... habrá salido con alguien... No puede haber pagado siempre por... -se rascó la cabeza despeinándose sin darse cuenta-. Es un tipo... bueno, que no necesita pagar para tener... -soltó un resoplido, desalentado-. Lo siento, no lo entiendo.
-Es fácil -Morgan sacudió los hombros-. Pagar por follar es la mejor alternativa si lo que deseas es no implicarte emocionalmente -se apartó unos pasos de él caminando distraído-. No es que Kato no pueda amar a otro que no sea Noel. Es que no quiere -se detuvo dándole la espalda-.Y ahora es cuando hay que realizar la pregunta del millón de dólares. ¿Qué pinto yo en su vida si no soy un jodido puto?
Karel se levantó, aproximándosele.
-Morgan...
-Yo, en ocasiones, he intentado imaginar a sus amantes -le interrumpió y su voz al hablar sonaba pesada, como si pronunciar cada palabra le supusiera un intenso esfuerzo-. Especulaba sobre qué los hacía tan especiales como para haber sido escogidos por Kato. Cómo serían sus rostros, sus cuerpos, sus mentes. A veces los envidiaba, otras los odiaba profundamente. A veces deseaba saber quiénes eran, cómo eran, para poder ser como ellos. Otras en cambio, sólo quería que no hubieran existido nunca -una risa corta y desganada se escurrió entre sus labios-. Y mira por donde no existían. En su cama tan sólo ha habido cuerpos sin rostros, ni nombres, ni pasado, ni futuro, cuyo mayor mérito ha sido poner el culo cuando se lo han pedido. Yo no soy uno de ellos -se volvió hacia Karel moviendo el dedo índice en el aire-. Lo sé. No lo soy. No soy uno de esos tipos anónimos. Conmigo va a restaurantes, visita exposiciones, habla de política, escucha música, juega al go, discute, discute y discute y también hace el amor, pero a pesar de ello no conseguiré de él más que los tipos que se la chuparon por dinero. Esa es la verdad que hoy se ha dignado a compartir conmigo.
-Oye, Morgan. Yo... no sé... -el publicista sacudió la cabeza. Quería decir algo que no sonara consabido, que no fueran un puñado de paternalistas frases hechas, repetidas demasiadas veces. Quería borrar con sus palabras la amargura que atenazaba la voz de su amigo, que le crispaba el rostro, que amenazaba con devorarle el espíritu, pero no tenía la menor idea de cómo hacerlo-. Dime cómo puedo ayudarte y lo haré sin pensarlo.
Morgan sonrió a medias frotándose el rostro con ambas manos.
-Tú no tienes que hacer nada Karel. Soy yo el único que puede. Yo el que tiene que tomar una decisión. Yo el que debe ejecutarla -posó su mano sobre el hombro del publicista y lo estrechó con cariño-. Lamento que hayas tenido que escuchar tanta mierda -metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia la puerta-. Me largo. Necesito que me dé el aire.
-Espera -le pidió Karel. Agarró su maletín dispuesto a seguirlo-. Voy contigo.
-No -replicó tajante, deteniéndose y girando hacia el publicista-. Lo siento. Pero no me apetece compañía. Por eso vine a la oficina, imaginé que podría estar solo. A esta hora únicamente a los empleados recalcitrantes como tú se les ocurre andar deambulando por aquí.
-Pero... -quiso insistir el publicista.
-Hazme un favor -le atajó amablemente-. Cúbreme mañana con Harpert. ¿Quieres? No creo que tenga ganas de venir a trabajar.
-Déjame acompañarte -insistió avanzando un par de pasos.
-No -reiteró sacudiendo la cabeza.
-Morgan -llamó nuevamente al ver que estaba apunto de salir del despacho.
El aludido se detuvo en el vano de la puerta con una mano apoyada en el marco y la cabeza vuelta hacia Karel.
-Yo... sinceramente no creo que debas seguir con Kato -dijo a media voz, mirándole directamente a los ojos-. De verdad creo que lo mejor sería que rompierais. Pienso que tu relación con él te hace desgraciado y que todo cambiaría para mejor si le dejaras. Pero... -se mordió el labio inferior indeciso-, no importa lo que yo opine, lo que opine el mundo entero. La única opinión que vale es la tuya, lo que te dicta tu corazón. Si ahora terminas con Kato, después de lo que él ha llegado a significar para ti, de haber luchado y sufrido tanto por conseguir su amor, ¿qué sentirá tu corazón? ¿El alivio que buscas o un mayor dolor? -agitó la cabeza con irritación-. Realmente creo que ese hombre no merece lo que sientes por él, pero ¿qué es lo que crees tú?
Los labios de Morgan se arquearon en una sonrisa sincera.
-Lo que creo es que tengo más suerte de la que merezco por contar con un amigo como tú.
Karel no le siguió cuando finalmente lo vio abandonar la estancia, aunque en aquel momento era lo que más deseaba. Se recostó contra el escritorio y permitió que un pesado abatimiento, que no era sino una mezcolanza de frustración y rencor, se hiciera dueño de su ánimo.
-Suerte -musitó cuando los pasos de Morgan alejándose por el pasillo murieron engullidos por el silencio-. Ojalá de verdad tengas suerte.
Dee bostezó ruidosamente a la vez que cerraba la puerta tras de sí. Se quitó las deportivas que calzaba sin desatarse los cordones y las empujó con los pies hasta que quedaron junto a los zapatos de Kato, correctamente colocados al borde del escalón del genkan. Sujetando con una mano uno de los tirantes de la mochila verde que contenía los libros del instituto, la fue arrastrando por el suelo con total despreocupación mientras se dirigía a su dormitorio. Se sentía invadido por ese particular cansancio propio de un profundo hastío.
Había pasado la tarde con un par de compañeros de su clase, los únicos que no le provocaban un total aborrecimiento, matando el tiempo entre tiendas de videojuegos, música y salas de recreativos. El punto final a tan aburrida jornada de ocio lo había puesto un menú completo en una mugrienta hamburguesería de Henry Street acompañado de la previsible batalla de lanzamiento de comestibles, y una larga sesión del ancestral ritual de dedicar vulgaridades a las chicas que se aventuraban a pasar frente a ellos, apoltronados en los bancos del Walt Whitman Park, y del que había participado más por inercia que por un interés lascivo.
Al cruzar frente a la entrada de la habitación del tokonoma se detuvo. La luz estaba encendida y el panel corredizo entreabierto. Sigilosamente asomó la cabeza. Vio a Kato en mangas de camisa, sentado sobre el tatami de cara a la terraza, dándole la espalda al tablero de go. Las piernas cruzadas, los hombros hundidos, las manos sobre sus muslos. El panel fusuma que separaba la estancia del atrio estaba descorrido, y la puerta de cristal que permitía el acceso al jardín de piedra también, con lo que una brisa suave y fría se colaba silenciosamente desde la calle. Ensimismado en la contemplación de la terraza en penumbras, el japonés no se percató de su presencia o tal vez fingió no hacerlo.
Dee no quiso dedicarle ni un segundo más y con una muda mueca de desprecio continuó hacia su habitación.
Al cabo de una hora, cuando eran más de las diez de la noche, duchado y embutido en unas holgadas calzonas y una vieja camiseta de un descolorido color verde, el muchacho se encaminó hacia la cocina con la intención de llenar un estómago, que a pesar de la grasienta y colmada hamburguesa acompañada de patatas fritas con la que se había atiborrado, se empeñaba en reclamar atención. Miró de reojo hacia la iluminada habitación del tokonoma cuando la sobrepasó y de un vistazo comprobó que Kato continuaba en ella, aparentemente en la misma posición.
Una vez en la cocina no empleó mucho esfuerzo ni tiempo en prepararse un emparedado de queso, pavo, tomate, lechuga y mostaza, que sobre un plato y acompañado por una lata de coca-cola se llevó a su dormitorio. En esta ocasión, no queriendo entretenerse en comprobar si el japonés seguía sentado, había caído muerto o simplemente se había volatilizado, pasó de largo silbando la tonada de la cabecera de Los Simpsons.
Se comió el sándwich y se bebió la coca-cola mientras sentado en el futon participaba on-line en un videojuego de carreras urbanas de coches. Se durmió al cabo de varias horas, con los mandos de la consola en la mano y en mitad de una persecución por las calles de Los Ángeles.
Cuando despertó, gracias a la alarma de su reloj de pulsera, tenía la cara sobre el plato del emparedado, la lata clavada en la entrepierna y un desagradable gusto amargo en la boca. En el baño logró activar sus sentidos con abundante cantidad de agua fría en el rostro y una intensa limpieza bucal ejercida con el cepillo de dientes y un enjuague con sabor a clorofila. Menos adormilado pero aún con la mente entumecida, se vistió con lo primero que encontró tirado en un rincón, un pantalón vaquero con la cinturilla demasiado ancha y una sudadera gris, y arrastrando los pies y su falta de entusiasmo por la casa, se dispuso a prepararse el desayuno.
No fue sino cuando ya había dejado atrás el salón que se percató de que había pasado algo por alto. Se detuvo en seco y con el entrecejo fruncido y un mohín de duda en los labios, volvió sobre sus pasos hasta la entrada del la habitación del tokonoma.
-La madre que... -farfulló mirando atónito la rígida espalda de Kato.
Salvo porque sostenía con la mano izquierda un móvil, nada en su posición insinuaba que se hubiera movido en toda la noche.
-Tío, tú no eres normal -aseveró acercándose al japonés y plantándose ante él-. ¿Has pasado la noche ahí sentado?
Kato permaneció impasible ante su presencia. Su rostro, sobre el que caían algunos largos mechones de cabello, levemente inclinado hacia delante y vacío de expresión, lucía un color ceniciento, y sus ojos, parapetados tras los cristales de las gafas y velados por los entornados párpados, una oscuridad sin fondo.
-¿Qué coño te pasa? -Dee lo examinó con suspicacia-. ¿Qué tripa se te ha roto?
No obtuvo respuesta. El japonés lo ignoraba, su presencia, su voz, su actitud desdeñosa. Lo miraba con sus ojos nublados sin verlo, como si fuera capaz de atravesar su cuerpo y atisbar el paisaje de gris amanecer con que se había revestido el jardín de piedra.
-Oye -el muchacho bajó la voz, la autista actitud de Kato comenzaba a inquietarlo y como resultado una aprensiva sensación de mal agüero reptaba helada por su nuca-. No habrá sucedido algo malo, ¿verdad? -inquirió con agudeza-. Noel está bien, ¿no? -se inclinó hacia él impaciente y agitado-. ¿No? -insistió-. ¡Coño, Kato! ¡Contesta!
-Noel-san está bien -respondió mecánicamente.
Dee suspiró aliviado pero sin perder el rictus preocupado de su semblante. Incómodo, dio un par de pasos a un lado y a otro con los brazos en jarras, y sin querer mirar directamente al japonés, insinuó.
-No le ha pasado nada malo a nadie, ¿no es así? Tampoco al gilipollas de tu novio. A él... no le ha sucedido nada... ¿verdad?
Las facciones de Kato se contrajeron en una mueca hosca. Sus ojos cobraron vida y se clavaron como dardos en los del muchacho que no pudo evitar contener la respiración.
-Nada -respondió, con tanta dureza que Dee retrocedió un paso, intimidado.
Pero su amilanamiento sólo duró el tiempo que tardó en comprender qué era lo que estaba sucediendo ante sus ojos.
-¡Ah, ya! -exclamó y el rostro se le iluminó con una maliciosa expresión-. Habéis vuelto a discutir, ¿eh? Y por como te comportas yo diría que ha sido una bronca de las que hacen historia.
El japonés volvió el rostro a un lado, encerrándose nuevamente en su mutismo.
-¡¿No me jodas que habéis roto?! -exclamó emocionado-. Lo sabía. Esta absurda historia de vosotros dos ya duraba demasiado -sonreía con tanta complacencia que sus blancos dientes quedaban al descubierto-. No sé cómo ese imbécil te ha aguantado tanto tiempo. Bueno, sí lo sé -se corrigió a sí mismo acompañando la frase con una carcajada-. Porque es un completo imbécil.
Rió con un provocador descaro que no produjo ninguna reacción en el japonés. Al cabo de unos segundos su risa se fue agotando hasta quedar convertida en una leve tos; repentinamente, la posible separación de aquellos dos ya no le proporcionaba tanto placer.
-Bueno, habéis roto, ¿sí o no? -preguntó cruzando los brazos sobre el pecho.
Kato le miró de soslayo. El menosprecio que destilaba su mirada casi podía palparse.
Dee torció el gesto fastidiado. Sentía que por momentos un incalificable malestar crecía dentro de él.
-A mí en realidad me importa una mierda lo que hagáis -gruñó-. Pero estaba claro que no teníais futuro ninguno. Mucho te ha aguantado ese idiota, teniendo en cuenta como le tratabas. Otro en su lugar te hubiera dado la patada mucho antes.
-Dee-kun -dijo en un ominoso susurro el japonés ladeando la cabeza hacia el muchacho-. Llegarás tarde al instituto.
-Porque te ha dejado él ¿no es verdad? -prosiguió osco-. Por eso estás así. Te carcome el orgullo no haber sido tú el que lo ha dejado a él.
-Fuera -le ordenó sin levantar la voz pero con una contundencia que hizo dar un respingo a Dee.
El muchacho se apartó de él reacio a marcharse. De pronto sentía que todo el odio que albergaba contra aquel hombre se renovaba con una ferocidad incomprensible. En vez de la euforia que le habría gustado experimentar ante el fracaso sentimental de Kato, una rabia cargada de rencor bullía con fuerza dentro de su pecho. Una rabia que se volvía candente cuando pensaba en Morgan y en que posiblemente ya no volvería a poner los pies en esa casa. Una rabia que incoherentemente se acrecentaba a medida que era consciente de que la ausencia de aquel hombre significaba que no tendría que soportar nunca más su cháchara impertinente, que tanto le irritaba, sus bromas infantiles, que siempre le fastidiaban, su petulancia de adulto inmaduro, que le desquiciaba; de que sin su molesta presencia, podría regresar de nuevo a la insípida rutina de una casa donde no le querían, un instituto donde no le conocían y una ciudad para la que no existía.
-Te has jodido y me has jodido a mí -le espetó con brusquedad-. Tenía un acuerdo con él y ahora por tu culpa se irá a la mierda -miró el móvil que Kato tenía en la mano y chasqueando la lengua profundamente irritado dijo-. No te llamará. Si es inteligente pondrá tierra de por medio y se olvidará de ti.
El japonés desvió la vista hacia el teléfono, y mientras lo examinaba, sus dedos se cerraron con más fuerza sobre él.
-¡No te llamará! -le gritó el muchacho-. ¡Así que trágate tu puto orgullo y llámalo!
Kato no se inmutó. Como si aquella vociferante declaración no hubiera sido pronunciada, se mantuvo inmóvil, con la mirada en la pantalla de su móvil.
-Dee -dijo en un tono tan desapasionado que parecía inhumano-. Vete. Ahora.
Esta vez el muchacho sí obedeció. Con una patada en el suelo y un reniego brusco salió de la estancia. Y no porque hubiera comprendido hasta que punto estaba poniendo en peligro su integridad física, sino porque le asqueaba profundamente seguir en la misma habitación que aquel hombre.
Kato observó el reflejó de Noel en el amplio espejo tachonado de grandes y resplandecientes bombillas.
Una madura y diestra maquilladora había preparado su rostro para la sesión de fotos. Sutilmente había oscurecido su piel hasta conseguir el color tostado propio de algunas razas norteafricanas, coloreado sus párpados con varios tonos dorados que mezclados lograban que pareciera que habían sido ungidos con polvo de oro y delineado de oscuro sus ojos. Las pestañas habían crecido bajo el efecto de una mascarilla, mientras que sus labios, gracias a una hábil combinación de perfilador, color aplicado con pequeños pinceles y brillo, eran visualmente más carnosos y oscuros.
Otra mujer había tomado el relevo de la maquilladora y desde hacía varios minutos se empleaba con denodado esfuerzo en trenzar los cabellos del modelo a lo largo de su cabeza. Kato, sentado en el amplio sofá situado un lateral de la estancia, seguía las evoluciones de los rápidos dedos de la peluquera a través del reflejo en el espejo, en vez de concentrarse en la propuesta económica que la agencia de Noel le había hecho llegar para que la supervisara. El documento, dentro de una carpeta azul, descansaba sobre sus muslos. Lo había estado leyendo sin lograr interesarse del todo en él hasta que, tras uno de sus habituales vistazos de supervisión dirigidos a Noel, perdió completamente la concentración.
Aquel peinado que tan laboriosa ejecución precisaba era semejante al que Morgan lucía y esa constatación le había hecho retomar los pertinaces y viciados pensamientos que habían llenado por completo su mente durante toda la noche y que únicamente con intermitencias y una extrema fuerza de voluntad, había logrado aparcar a lo largo de la mañana. Unos pensamientos que le llevaban a la deriva entre la furia, el desconcierto y la vergüenza. Que le mostraban a Morgan en todas sus facetas más despreciables y le hacían alegrarse de una separación inminente si no ya efectiva, pero que luego le trasladaban en el tiempo hasta ciertos intensos instantes en los que sus sentimientos hacia aquel hombre habían sido confusos, extraños, y entonces su ánimo ante la posible ruptura se tornaba ambiguo. Pensamientos que le devolvían al bochornoso momento en el que inapropiada e imperdonablemente, dejándose llevar por un impulso que no comprendía, se había puesto en un lamentable ridículo ante un decena de desconocidos; pero que de igual manera y con descarnada fidelidad, le mostraban una y otra vez la imagen de un Morgan despechado, orgulloso y herido; imagen que no era capaz de asumir ni soportar.
No había sido su intención pasar la noche en vela rumiando la rabia que le embargaba, divagando sobre la anarquía de sus emociones, confirmando la responsabilidad de Morgan en toda sus recientes desgracias. Pero así había ocurrido. Aún impulsado por la inercia de la cólera provocada por la debilidad de sus actos y la desfachatada arrogancia con la que se había despedido Morgan, había conducido hasta su apartamento y después, sólo porque no se le ocurría nada mejor que hacer, se había sentado frente a la terraza como si realmente tuviera algún deseo de contemplarla, para dejar que el tiempo pasara sin percatarse de ello, sin sentirlo, sin que el cansancio o el sueño, le recordaran que no existía razón lógica para estar allí. Toda una noche en blanco elucubrando, censurándose, reviviendo hasta el hastío el momento en que vio a la mujer y lo supo, el instante en que todo se volvió espeso, oscuro, acelerado y asfixiante, el minuto preciso en que el control, el sentido común y el amor propio se le escurrieron entre los dedos.
Lo supo. Se lo dijo la forma en que el cuerpo de ella se inclinaba hacia Morgan, el movimiento de sus labios al hablar, el modo en que su mirada se posaba sobre él, los gestos despreocupados de su mano. Si hubiera podido pasar todo ello por alto, quizás no habría sospechado, tal vez habría pensado que aquel no era más que el encuentro amistoso de dos viejos conocidos. Pero lo que vio en los ojos de ella, los ojos que se volvieron hacia él cuando se aproximó, y que entre otras cosas se atrevían a revelar que sabían más de lo que le correspondía, le confirmaron que aquella escena no era más que el colofón de un encuentro menos inocente y mucho más tórrido.
El descubrimiento de la infidelidad de Morgan no le sorprendió entonces y no le sorprendía ahora, en cierto modo le resultaba incluso previsible que alguien tan promiscuo y mujeriego no pudiera contener sus instintos y aburrido del capricho de experimentar con una nueva orientación sexual hubiera vuelto a sus orígenes. No era, no podía ser la causa de su actual estado. Lo que en verdad le turbaba profundamente por no ser capaz de darle una explicación plausible, un porqué razonable, era su propio y denigrante comportamiento en aquella cafetería. Había actuado dejándose llevar incomprensiblemente por un impulso ciego de rabia provocado por un hecho al que no tenía por qué dar importancia, ya que Morgan, en realidad, no significaba nada para él. Por un acto que no rompía promesas ni votos de ningún tipo, porque nunca los hubo. Un acontecimiento que salvo por lo anecdótico no dejaría marca alguna en su vida. Se había humillado en público por culpa del propio sentimiento de humillación que le había causado una traición que no debería haber sentido como tal, pero que sin lograr dilucidar por qué, sí había sentido.
"¿Qué pasaría si me la he follado? -le había preguntado Morgan-, ¿sentirías herido tu orgullo... o tu corazón?"
"Mi orgullo, por supuesto -le habría respondido si hubiera querido, si hubiese pensado que valía la pena contestar a su manipuladora pregunta-. Aunque no discierna por qué tienes el poder de dañarlo, sólo hieres mi orgullo."
Algo sí había sacado en conclusión en su larga y no pretendida noche de vigilia, antes de que Dee, con su impertinente presencia y su impredecible pataleta, le arrancara de sus cavilaciones. Hasta el momento en que entró en el Achicoria, que vio con sus propios ojos a Morgan compartiendo café y mesa con aquella mujer, que vislumbró lo que había sucedido entre ambos, no había llegado nunca antes a imaginar cómo podía ser de desgarrador e impotente el orgullo herido.
-Kato.
Levantó la cabeza al escuchar pronunciar su nombre, con la incierta sensación de que no era la primera vez que le llamaban. De pie ante él se hallaba Noel, con el llamativo peinado concluido y vistiendo un albornoz blanco.
-Disculpa, estaba distraído -se excusó levantándose-. ¿Qué necesitas?
-Vete a casa Kato. Tómate el resto del día libre.
-¿Cómo? -se sorprendió-. ¿Por qué?
El modelo le contempló un instante. Sus ojos, gracias al efecto del maquillaje, eran más hermosos, más serenos, y lucían cierto aire enigmático.
-Estás enfermo -aseveró-. Mejor te vas a casa.
El japonés frunció el ceño con extrañeza.
-¿Yo enfermo? No, te equivocas.
Noel se volvió hacia la peluquera ocupada en ordenar los objetos que durante la elaboración del peinado había ido diseminando por la mesa del tocador.
-Edna, ¿te importa dejarnos un momento?
La mujer sonrió y sin pronunciar palabra alguna, salió de la estancia.
Una vez solos, Noel tomó a Kato por el brazo y ante el desconcierto de éste lo llevó frente al tocador.
-Pues si no estás enfermo, dime por qué lo pareces.
El japonés contempló su imagen en el espejo y se mordió los labios. Lo que tenía ante sí era un rostro demacrado, tan pálido que resultaba enfermizo, con unas ojeras grisáceas que acentuaban el febril brillo de sus pupilas.
-No estoy enfermo -insistió.
-¿Entonces?
Noel le observó a través del espejo y el japonés no fue capaz de soportar la intensidad de su mirada.
-No es enfermedad, es frustración -musitó bajando la vista-. Nunca debí involucrarme con Morgan-san. Cometí un terrible error dándole alas a sus sentimientos. Ahora los dos estamos pagando por ello. Yo lo estoy pagando.
-¿De veras crees eso? -inquirió dudoso Noel-. Es verdad que en estos meses que habéis estado juntos no has dejado de quejarte de él. Que si Morgan-kun por aquí, que si Morgan-kun por allá. Pero tras tanta queja parecías bastante satisfecho.
Kato miró al modelo de soslayo, molesto.
-Te confundes -replicó-. ¿Con qué podría estar satisfecho? Ese hombre lo único que ha hecho es desestabilizar mi existencia.
-Ya veo -comentó sin mucha convicción-.Yo hubiera jurado que te hacía feliz.
El japonés emitió un gruñido gutural de protesta y apartándose del tocador le dio la espalda.
-No entiendo cómo alguien tan egoísta, irritante y terco lo habría conseguido -manifestó con tono desabrido-. Nos equivocamos, ambos, y la situación se nos ha ido de las manos. A estas alturas lo más conveniente sería que nos separáramos y que cada uno siguiera su camino.
-¿Vas a terminar con él?
Kato tardó unos segundo en contestar.
-Creo que es la única opción coherente que nos queda -afirmó.
Notó que Noel se le aproximaba y que deslizaba la mano dentro del bolsillo derecho de su chaqueta. Extrañado se giró hacia él, justo en el momento en que extraía su móvil.
-Hazlo -dijo tendiéndole el aparato.
-¿Qué?
-Si vas a cortar con él, cuanto antes mejor. Esperar es alargar la agonía.
-¿Quieres que rompa por teléfono? -inquirió incrédulo.
Como respuesta Noel agitó el móvil en su dirección.
-No me cogerá la llamada -negó Kato dedicándole una enojada expresión.
-Déjaselo dicho en el buzón de voz -le propuso, despreocupado.
-¡Noel! -protestó el japonés-. Eso es sumamente frívolo.
-Dile que has decidido romper con él y que te llame para hablar sobre ello.
Kato le quitó el teléfono de un manotazo. Con la frente plagada de finas arrugas y los labios tan apretados que parecían una estrecha línea, contempló el aparato sin decidirse a usarlo. Fue hacia el sofá, volvió a sentarse en él y como si el problema estuviera en sus gafas, se las quitó y las tiró a un lado sobre el asiento. En silencio, evitando mirar al modelo parapetando los ojos tras la mano con la que se frotaba el puente de la nariz, permaneció largo rato, hasta que Noel inquirió:
-¿Y bien?
-No le voy a llamar -masculló-. No es una forma correcta de actuar. Esperaré a tener un encuentro con él.
Noel suspiró cansadamente mientras se sentaba junto al japonés.
-Y cuándo eso ocurra no romperás. No, porque la verdad es que no quieres hacerlo.
Con un gesto rápido e indignado, Kato volvió la cabeza hacia él.
-No me mires así -le pidió con un mohín divertido-. Tengo razón. Tú no das rodeos, no vuelves la espalda a una situación, no buscas salidas fáciles. Y por supuesto no eres de los que desperdician su tiempo en asuntos que no le interesan -Noel negó condescendiente-. Es evidente, si quisieras librarte de él ya lo habrías hecho hace mucho.
-¡Las cosas no son tan sencillas con ese hombre! -protestó enérgico.
-Escúchame, Kyosuke -Noel lo miró directamente a los ojos, sosteniendo con total tranquilidad su mirada acalorada y reprobadora-. Sabes que desde aquella vez que te eché en cara como te tomabas tu vida sentimental y me hiciste ver que no era muy diferente de cómo yo me tomaba la mía, salvo por el hecho de que no pagaba a mis amantes, no me inmiscuyo en tus asuntos amorosos. Pero creo que esta vez debo entrometerme.
El japonés quiso intervenir pero Noel le cortó alzando la mano en el aire.
-No, primero escúchame y luego protesta todo lo que te dé la gana -y sin darle opción a aceptar o rechazar su orden, prosiguió-. No siento ninguna afinidad especial hacia Morgan, ya lo sabes. De hecho coincido contigo en lo irritante que puede llegar a ser. Pero sé dos cosas importante sobre él, dos cosas que deberías tener en cuenta antes de tomar ninguna decisión. La primera es que quiere a Karel por encima de cualquier persona -sonrió con ternura al tiempo que inclinaba la cabeza hacia el japonés y bajaba la voz-. Y la segunda, que te ama a ti por encima de Karel. A ti. ¿Entiendes lo que eso significa?
Kato apartó la mirada rápidamente, sus pálidas mejillas se colorearon por unos segundos y su cuerpo se encogió un poco sobre sí mismo, dando la impresión de que el sofá lo engullía.
-Eres el amor de su vida. No sé si Morgan lo es para ti -Noel le tomó el frío rostro delicadamente con ambas manos y con cariño apoyó la frente en la de él-, pero al menos deberías permitirte descubrirlo.
-Él no es... -musitó.
-Kyosuke, mírame -le pidió-. Desde que entendiste los sentimientos de Morgan estás huyendo. Y no de él, sino de ti. Intentas escapar en cualquier dirección porque realmente temes averiguar qué significa para ti. Te asusta descubrir que estás enamorado de él tanto como descubrir que no lo estás. Kyosuke, mírame, por favor.
Lentamente alzó los tristes y agotados ojos encontrándose con la dulce y cálida profundidad de los de Noel.
-Para ya de huir. No seas cobarde. Deja que Morgan se acerque a ti -susurró sin apenas mover los labios-. Aunque sólo sea un poco, por favor. Permítele entrar en este lugar -y con delicada suavidad posó la palma de su mano sobre el corazón de Kato.
El cuerpo del japonés se estremeció bajo el contacto. Pero no se apartó, únicamente cerró los ojos y permitió que los brazos de Noel le rodearan los hombros y le acunaran contra su pecho.
Consintió en tomarse la tarde libre, en eso sí hizo caso a Noel, y se marchó a su casa.
Una vez en ella y con la inadvertencia propia de un autómata, preparó una taza de té que se bebió sentado en el sofá del salón. No disfrutó de la aromática bebida. De hecho hubiera podido estar tomando cualquier otro líquido, en un estado puramente insípido, incoloro, inodoro, y no se habría percatado de ello. Su mente no registraba sus acciones ni parecía preocupada por ese hecho tan poco común en él. Estaba enredada en un ir y venir de enmarañadas ideas inconclusas e indeterminadas, con Noel y Morgan como protagonistas principales, que trataba de desentrañar, clasificar, ordenar y desechar sin éxito alguno.
En algún momento, sin ser consciente del gesto, se recostó contra el respaldo del sofá. Al cabo de unos minutos, en un instante impreciso y también sin percatarse de que sucedía, sus párpados se cerraron sobre sus agotados ojos. Los volvió a abrir cuando la ansiedad causada por una ensoñación vívida y opresiva, le hizo luchar desesperadamente por emerger hacia la realidad.
Incorporándose en el asiento, se quitó las gafas, y con ambas manos se frotó confundido el entumecido rostro. Su cuerpo, que durante el sueño había resbalado hasta quedar tumbado de costado, rezumaba un sudor frío y pegajoso que le humedecía la camisa a la altura de la espalda. Sentía el corazón galopando atropellado en su pecho, retumbándole en los oídos con un eco duro y fustigante al compás de una respiración entrecortada, y una difusa sensación de pérdida deambulando por los pliegues de su conciencia.
Volvió a cerrar los ojos y algunos retazos del sueño, imágenes inconexas, vagas, flotaron en su mente como sombras que se deslizaran ante sus ojos. La oficina de la planta sesenta y ocho del Cityspire Center, desde donde meses atrás había contemplado el ocaso sobre la ciudad de New York. Una urbe fantasmal, oscura, ondulante, salpicada de luces brillantes y difusas que ascendían como luciérnagas. Un cielo rasgado por irregulares y profundos trazos a través de los cuales se colaba un ígneo fulgor. Y Morgan. Él también había estado en su sueño, levitando sobre la ciudad al otro lado del cristal de un ventanal, dándole la espalda con su cuerpo perfectamente recortado sobre el quimérico escenario.
De aquel ensueño había emergido bruscamente. Algo le había empujado a despertar. Algo que no lograba identificar con claridad, le había forzado a escapar de la caprichosa burbuja onírica creada por su mente como quien huye de un temor acuciante.
Apretó más los párpados al tiempo que se masajeaba las sienes.
Recordaba su propia voz. La oía en su cabeza tal cual había sonado en su sueño. Llamaba a Morgan. Profería su nombre autoritario, una y otra vez. Lo gritaba golpeando con los puños cerrados el cristal del ventanal que los separaba. Pero Morgan no le oía. Imperturbable, lejano, inalcanzable, no escuchaba su voz.
Abrió los ojos y se contempló las manos incrédulo. ¿Había pretendido romper el cristal con sus puños? Creía que sí. Desde el fondo de su conciencia, se susurraba a sí mismo que sus golpes no habían perseguido captar la atención de Morgan, sino demoler aquella traslúcida barrera que le impedía el paso, que le mantenía separado de él. Pero el ventanal había resistido, haciéndose más compacto, más sólido, más duro con cada golpe. No se rompía, no lo haría nunca.
Kato respiró hondo y el aire vibró como un estremecido suspiro en su pecho.
Eso era lo que le había despertado, lo que asombrosamente le había angustiado hasta convertir su sueño en una pesadilla. La descubierta certeza de la indestructibilidad de aquel cristal, la confirmación de que jamás lograría atravesarlo. No lo entendía. Ni tampoco por qué ese inexplicable temor surgido de un sueño aún más abstruso, conseguía forzar un incipiente desasosiego que notaba crecer en su interior pesado y caliente.
Confuso, incluso torpe en sus movimientos, se colocó las gafas y buscó con la mirada su teléfono móvil. Éste se hallaba sobre la mesa de hierro forjado y cristal que tenía ante sí, junto a la taza vacía de té. No tuvo que cogerlo para comprobar que no había habido llamadas. Sin levantarse irguió el cuerpo y dirigió la vista hacia el aparador al otro lado de la estancia verificando que no había ninguna luz encendida en el módulo telefónico situado junto a la pecera.
Se sintió decepcionado, sin querer caer en la cuenta del motivo y un paso más cerca del enojo. Consultó la hora en su reloj de muñeca. Apenas si eran las cinco de la tarde. No había comido, pero tampoco tenía hambre. Tomó el móvil y lo manoseó inquieto. Por un momento tuvo la sensación de regresar a su sueño, de revivir la insoportable impotencia de no alcanzar a Morgan, y como si de una marea espesa se tratase, sintió ascender por su pecho un agudo desasosiego.
-Maldito seas, Morgan-kun -masculló entre los apretados dientes.
Pulsó enérgico las teclas del móvil y pegó el oído al aparato. Fue el mecanizado mensaje de la compañía telefónica quien le anunció la imposibilidad de contactar con el usuario del número al que llamaba. No le sorprendió que tuviera su teléfono desconectado, más le desconcertó descubrirse llamando, sin detenerse a pensar en las consecuencias, a las oficinas de la agencia publicitaria de Morgan.
Una voz femenina, empañada de apatía y suficiencia, le respondió al cabo de unos segundos.
-West&West, buenas tardes. Le atiende Elissa. ¿En qué puedo ayudarle?
-Buenas tardes. Quisiera hablar con el señor Rollins-san.
-¿Con quién dice? -inquirió la mujer con un rastro de desconfianza afilando sus palabras.
-Morgan Rollins-especificó aceptando con resignación la falta de instrucción de la empleada-. El señor Morgan Rollins, por favor.
-El señor Rollins no se encuentra. Se ha tomado el día libre. Si lo desea puedo ponerle con el señor Berenson, él se ocupa de los asuntos del señor Rollins en su ausencia.
Kato torció el gesto con desagrado.
-No, gracias. Buenas tardes.
Y colgó dejando a Elissa con una despedida condescendiente en los labios.
Se levantó y comenzó a caminar por la estancia. Mientras lo hacía, marcó el número del apartamento de Morgan. Después de unos cuantos tonos saltó el contestador automático. No esperó a oír todo el mensaje, una perorata sobre la imposibilidad física o mental del autor del mismo para poder responder a la llamada y que para su disgusto conocía demasiado bien. Colgó y volvió a llamar dos veces más, con el mismo resultado. No creyó que Morgan no se encontrara en su casa, más bien intuía con irritación que se negaba deliberadamente a coger la llamada.
-Kuso3 -profirió amagando con lanzar el móvil a la otra punta de la habitación.
Se contuvo a tiempo, atendiendo más a su orgullo que al sentido común. No iba a consentir que Morgan, aún sin estar presente, consiguiera perturbarle hasta ese punto. Ni mucho menos que se riera de él, dedicándose a jugar al escondite.
Cuando salió de su casa lo hizo concienciado de que los motivos que le movían a ir al apartamento de Morgan eran puramente prácticos; cara a cara y sin tapujos, iba poner de manifiesto su malestar por la sucesión de despropósitos que habían acontecido en los últimos días, que no sólo estaban perturbando su estado de ánimo sino también sus responsabilidades laborales. Después, como un gesto de buena voluntad, aceptaría zanjar todo aquel vergonzoso asunto y relegarlo al olvido; y como si nunca hubiera ocurrido continuar con lo que fuera que existía entre los dos.
En ningún momento se permitió ni siquiera sospechar que podía hacerlo por la desesperante necesidad que le embargaba de que Morgan escuchara su voz.
3Mierda
Cuando Karel abrió la puerta de su apartamento, lo que vio al otro lado, en el umbral, provocó que la cena que había consumido hacía menos de una hora se le agitara desagradablemente en el estómago. Y por la lividez en el rostro de su visitante, se figuró que a él tampoco le había sentado bien algo, aunque estaba casi seguro que no se trataba de la cena.
-Buenas noches, Karel-san.
El publicista se cruzó de brazos, contempló a Kato un instante e intentó esbozar una sonrisa correcta.
-Buenas noches, Kato-san. Morgan no está.
El japonés, que ostentaba un semblante pálido y displicente, y una mirada tensa, alzó lentamente una de sus finas cejas arqueándola. Aquel insignificante movimiento retorció el humor de Karel. Soltando un suspiro de fastidio se hizo a un lado y extendiendo el brazo en dirección al interior de la vivienda le invitó a entrar.
-Como prefiera, Kato-san.
El aludido no se movió del lugar que ocupaba en el pasillo. Con evidente disgusto miró más allá del vestíbulo del apartamento y arrugó el ceño. Así permaneció unos segundos, deliberando consigo mismo sobre si tiraba una piedra más a su magullado orgullo, sobradamente vapuleado a lo largo de la tarde u optaba por una retirada digna y se marchaba de allí dando educadamente las gracias.
Exasperado por su falta de criterio y la deferente mirada que Karel le dedicaba, se inclinó con envarada pose y pasó al interior del apartamento.
En el salón la televisión estaba encendida; en la pantalla un engominado presentador hacía referencia, con desenvuelta pose y estudiada sonrisa, a los imprevistos altibajos de la bolsa. Sobre la mesa baja situada entre el televisor y el sofá, había un par de dossiers color mostaza, varias hojas cubiertas de coloridos gráficos y un vaso con algo de whisky en su fondo.
Kato recorrió con la vista la estancia y la ordenada cocina al otro lado del mostrador, y escudriñó el oscuro espacio que la puerta del baño entreabierta permitía ver.
-Por el pasillo se va al dormitorio y a un despacho -el japonés se volvió hacia Karel al oírle hablar. Se hallaba apoyado en la pared, de nuevo con los brazos cruzados sobre el torso-. Puede pasar si quiere.
Kato negó con la cabeza. Un leve rubor dio color a sus pálidas mejillas.
-Lamento la intromisión, Karel-san. Es... importante que hable con Morgan-san -esperó algún comentario y al no producirse, añadió a regañadientes-. He estado en su apartamento pero no se encontraba allí.
Se guardó de dar más explicaciones. No le apetecía detallar su periplo en hora punta por las calles de Manhattan ni explicar que después de llamar insistentemente con los nudillos a la puerta de Morgan, había tenido que soportar los gritos de un vecino que nada más notificarle a pleno pulmón como por culpa de sus golpes había sido despertado de una merecida siesta, epílogo de un turno de doce horas trabajando en las alcantarillas, le amenazó con hacerle tragar su bate de béisbol y no precisamente por la boca. Tampoco quería dar a conocer que gracias a la intervención de una oronda anciana, de mirada miope y díscola dentadura postiza, se había librado de la ingrata experiencia del bate de béisbol al tiempo que le informaban de que, si la puerta de Morgan estaba cerrada con pestillo a esas horas de la tarde, significaba que no se encontraba en casa. No deseaba hacer partícipe al publicista de como después de aquello había terminado recorriendo, a sabiendas de lo inútil del gesto, los lugares que en algún momento había frecuentado con Morgan. Y mucho menos, cómo detestaba y le suponía un dantesco esfuerzo, tener que finalmente recurrir al mejor amigo de Morgan para conocer su paradero. Compartir todo aquello con Karel habría significado ponerse nuevamente en evidencia. Bajar un escalón más hacia la humillación. Dejarle entrever lo que ni él mismo era capaz de admitir, hasta que punto necesitaba encontrar a Morgan.
Kato vio que el publicista sacudía la cabeza de lado a lado.
-No puedo ayudarle.
El japonés entornó los párpados y alzó el rostro con un rictus de enojo en los labios.
Recordó todas las ocasiones en que él mismo había dirigido esas palabras a Karel. Las veces en las que el publicista había acudido a su encuentro o le había llamado por teléfono, solicitándole información sobre cómo encontrar a Noel, y él simplemente le había respondido con un destemplado "Siento no poder ayudarle".
-Karel-san -masculló tentado de descargar toda su condensada furia en aquel hombre-. No es momento de revanchas infantiles.
-Por favor, Kato-san -el publicista alzó las cejas-. Aquí el único infantil es usted. No es que no quiera, es que no puedo ayudarle. No sé dónde se encuentra Morgan. No...
-Pero sí está en su mano indicarme quién de entre sus amistades puede saberlo, ¿verdad? -interrumpió con acritud-. O incluso, con quién podría estar ahora mismo... -dirigiéndole una despectiva mirada, añadió- Pero no lo hará.
-No, Kato-san, no lo haré -suspiró Karel-. Porque entiendo a Morgan y sé por lo que está pasando. Y usted debería hacer un esfuerzo por entenderle. Él sólo necesita un poco de tiempo para pensar, para tomar una decisión. Debería respetar eso, como él respetó esa misma necesidad cuando usted la tuvo.
El japonés se enderezó y su expresión se tornó desconfiada.
-Decidir, ¿sobre qué?
-¿Qué va a ser? -inquirió exasperado-. Es obvio que trata de poner distancia entre ambos para recapacitar sobre su relación. Sobre si romper o no. ¿Quiere hacerme creer que no se había dado cuenta? Vamos, ¿qué es lo que piensa? ¿Qué Morgan le esquiva para fastidiarlo?
Kato tardó unos segundos en responder. En silencio, sus ojos miraron al publicista sin parpadear, pétreos, vacíos.
-No, claro -musitó, sacudiendo la mano con ambiguo gesto ante un rostro en el que la palidez se había acentuado-. No es lo que pienso.
Con rígido paso caminó hacia el vestíbulo y al llegar a la altura del publicista, que le observaba incómodo y desconcertado, se detuvo.
-Discúlpeme Karel-san por mi inoportuna aparición y mi incorrecto comportamiento -dijo inclinándose apenas ante él-. Buenas noches.
Al abrir la puerta y traspasar el umbral del apartamento, le pareció escuchar como el publicista, con un tono inseguro, se despedía de él. Cerró antes de oír sus últimas palabras. Se dirigió hacia la escalera, pero tras un par de zancadas se tuvo que detener y apoyar la mano contra la pared, para sostenerse y que la debilidad de sus piernas no le hiciera caer.
No es que no hubiera considerado seriamente ser él mismo quien tomara la delantera y diera una conclusión a toda aquella historia. Que no hubiera pensado, incluso celebrado por anticipado, la posibilidad de que Morgan decidiera abandonarlo. No es que no hubiera escuchado a Dee gritárselo aquella misma mañana, que no entendiera que los últimos acontecimientos eran lo suficientemente determinantes como para empujarlo a marcharse de su lado. Sucedía que sólo al escucharlo de boca de Karel, tan simple, tan directa, tan sinceramente, comprendía por fin que podía hacerse realidad.
Creyó que conducir sin un destino ni un motivo le despejaría la mente. Que recorrer la nocturna ciudad en el interior del micro mundo que era su auto, arropado por la velocidad y el ronquido amortiguado del motor, le ayudaría a mantener a Morgan fuera de su cabeza. Creyó que sería capaz de recobrar la fluidez de la que siempre habían estado dotados sus pensamientos, la perfecta frialdad de su raciocinio, la seguridad en sí mismo que le hacía sentirse tan orgulloso, pisando con fuerza el acelerador, estrangulando el volante entre sus dedos, perdiéndose en el laberinto de aletargadas calles que horadaban la urbe.
Pero se engañaba.
Cuando se percató de que lo único que conseguirá sería una denuncia en los juzgados por imprudencia temeraria o un aparatoso final contra una inoportuna farola, decidió volver a su casa.
Se sentía terriblemente cansado cuando entró en el apartamento. Y también furioso. Y asustado. Y confuso. Sentía tantas emociones y tan dispares bullendo inusualmente en su interior que mientras se quitaba los zapatos en la acolchada oscuridad del genkan, dudó de poder continuar manteniéndolas a raya e incluso de si valía la pena esforzarse por conseguirlo.
Descalzo, avanzó por el pasillo notando a cada paso la pesadez que hundía sus hombros, la fatiga que le forzaba a inclinar la testa, el punzante pulso que desde hacía horas le taladraba el pecho. Al adentrarse en el salón se detuvo bruscamente. La habitual penumbra animada por el líquido resplandor azulado del acuario que debía reinar en la estancia, se hallaba rota por la luz que el entreabierto panel fusuma de la habitación contigua filtraba. Un olvido trivial e intrascendente como debía ser el que Dee o él hubieran dejado la luz de aquella estancia encendida, de pronto tomó unas dimensiones dantescas. Se le acaloró el rostro y unas insoportables ganas de golpear cualquier cosa con los puños le hicieron temblar de pies a cabeza. Con un gesto vehemente desplazó el panel y al quedar por completo la estancia ante su vista, sintió que los miembros se le endurecían como si se hubieran vuelto de acero y creyó por un instante que el corazón se le había detenido en el pecho con un último y violento latido.
Delante de él, tumbado de espaldas sobre el tatami, se hallaba Morgan; una pierna flexionada, el antebrazo cubriéndole el rostro, la mano derecha reposando lasa en su vientre. Kato se le aproximó despacio. Deteniéndose silenciosamente junto a sus pies se quedó inmóvil, y con el palpitar de sus bruscos latidos golpeteándole las sienes, observó como bajo la camisa negra de algodón que vestía, el rítmico y lento movimiento del torso delataba el tranquilo sueño en el que se encontraba inmerso.
Estaba allí, en su habitación, en su casa, durmiendo como el niño que no conoce la palabra remordimientos. Había vuelto, como siempre hacía. Había regresado a él como siempre sucedía. Porque siempre volvía. Aunque jurara y blasfemara que nunca más, que no podía, que no quería, que dolía demasiado vivir aquella relación, siempre regresaba a sus brazos. Unos brazos que ahora sabía, siempre esperaban su regreso. Hubo un instante, fugaz y extraño, durante el cual sintió que toda la tensión de sus miembros y de su mente se diluía, se evaporaba como un suspiro en el aire. Un instante efímero en el que creyó que podría tumbarse junto a Morgan, acurrucarse contra su cuerpo y olvidarse de lo dicho, de lo hecho, de lo pensando. Olvidarse de lo que esperaba de sí mismo, de lo que se exigía a sí mismo, y abandonarse sin resentimientos a la anhelada derrota. Pero el instante pasó y él continuó de pie, observando, sin la voluntad para tocar a aquel hombre que despreciaba, que odiaba, que no entendía, que no soportaba, que aborrecía, que detestaba y cuya ausencia le hacía tanto y tanto daño.
-Morgan-kun -llamó, y su voz tembló tanto al surgir entre sus resecos labios que se asemejó a un tosco lamento-. Morgan-kun -repitió apretando los dientes, sujetando la respiración.
El cuerpo adormecido se estremeció, el brazo se apartó y unos ojos somnolientos que parpadeaban incómodos le miraron con extrañeza.
-¿Dónde estabas? -inquirió Morgan incorporándose. Cruzó las piernas y se rascó la cabeza mientras miraba de soslayo a Kato con aire amodorrado-. Hace horas que te espero.
"¿Dónde estaba? -repitió una voz colérica, doliente, miserable, en la mente del japonés-. ¿Dónde estaba yo?"
No respondió a su pregunta, no quiso que Morgan oyera esa voz tan bochornosa que arañaba su mente. Únicamente apretó los puños que tenía pegados al cuerpo hasta que sus nudillos se volvieron lívidos.
-Dee me dijo que no te había visto. Pensé que aún estarías trabajando con Noel y no quise molestarte.
-¿Por qué estás durmiendo aquí? -preguntó Kato, el rostro enfundado en una máscara altiva, la voz gélida y distante-. ¿Por qué no estás en la cama?
Morgan apoyó el codo en el muslo y la frente en la palma de la mano, con la yema de un dedo siguió el relieve del dibujo del tatami.
-No quería dormirme. Pero tardabas mucho.
-¿Por qué no has ido a la cama? -insistió el japonés, y esta vez sus palabras oscilaron sacudidas por un atisbo de inquietud.
-Porque no he venido a dormir en tu cama -alzó los ojos hacia él mostrándole la tibia tristeza que albergaban-, sino a hablar de nosotros.
-Son más de las doce -el japonés retrocedió un paso hacia la puerta. Se abrió el nudo de la corbata con un movimiento nervioso y desabrochó trabajosamente el primer botón de la camisa-. Es tarde, estoy cansado y lo último que me apetece es entrar en una de esas discusiones sin sentido que tanto te gustan, sobre tus emociones. Durmamos un poco...
-Kato... -le interrumpió Morgan con determinación, apoyándose en las rodillas-. Lo que tengo que decirte es importante.
El japonés cerró unos estremecidos párpados y con el dorso de la mano se frotó los labios.
-Ahora no.
-¿Es que acaso piensas que podemos obviar lo sucedido estos días? -inquirió con el rostro desdibujado por la incomprensión-. ¿Cogernos de la mano e irnos a la cama como si nada hubiera ocurrido? ¿Es que no estás furioso? ¿Dolido? ¿Decepcionado? Pues yo sí lo estoy -se golpeó con el dedo índice el pecho-. Todo eso y mucho más. Y necesito una explicación por tu parte. ¿Cómo es que tú no necesitas escuchar lo que te tengo que decir?
-¡No quiero oírlo! -rugió arrodillándose en el suelo y agarrando a Morgan con ambas manos por el cuello de la camisa-. ¡No quiero!
-¡Pues tendrás que hacerlo! -le espetó sujetándolo a su vez por las solapa de la chaqueta.
El cuerpo del japonés perdió su rigidez. Flácido, como un títere con los hilos cercenados, dejó caer la cabeza hacia delante al tiempo que se derrumbaba sobre sus talones.
-No quiero -musitó. Sus trémulas manos soltaron la camisa buscando a tientas el rostro de Morgan-. Por favor...
-Kato -se sorprendió. Notó el ardiente calor que desprendían aquellas manos que se apresaban de su cara, el estremecimiento de los dedos que buscaban sus labios-. ¿Qué...?
El rostro del japonés se alzó lentamente. Ya no había en él ni rastro de indiferencia, de arrogancia; no dibujaban las líneas de sus rasgos ninguna máscara de regia dignidad. En su semblante, siempre enfundado en la sobriedad, en la confianza, una mezcolanza de sufrimiento y furia se había extendido empalideciendo sus mejillas, sus labios, inundando sus pupilas, oscuras, profundas, febriles, de un desgarrador desconsuelo.
-¿Qué te sucede?
Kato lo atrajo de un fuerte tirón besándole con inquietante anhelo. El asombro dejó a Morgan completamente petrificado y a merced de las imperiosas manos del japonés, de los largos y fuertes dedos que se hacían presa de su nuca. Incrédulo ante la intensidad de sus besos, la pasión con que su lengua, sus labios, sus caricias le instaban a doblegarse, a dejarse llevar allí donde pretendiera arrastrarlo. Quiso resistirse, pero su voluntad apenas lograba imponerse al deseo que la piel, que el aliento, que la saliva de Kato despertaba en su carne. No quería dejarse subyugar de aquella manera pero aún así, su boca devolvía los atropellados besos, sus dientes mordían la violenta lengua, sus dedos se enredaban en los largos cabellos.
-Para un momento, Kato -logró articular, sofocado, desorientado, infiltrando torpemente palabras entre los besos-. No podemos... esto no podemos...
El japonés se inclinó sobre él, empujándolo con el peso de su cuerpo y la firmeza de sus pretensiones. Morgan no pudo guardar el equilibro, cayó hacia atrás y su espalda chocó pesadamente contra el suelo. Kato se echó sobre su pecho y con rápida habilidad le inmovilizó las piernas atrapándolas entre las suyas y le atenazó las muñecas contra el tatami para impedir la agitación de sus brazos. Morgan se rebeló. Arqueó la espalda e imprimiendo fuerza a sus brazos consiguió que lenta y trabajosamente el japonés irguiera el torso y se apartará de él.
-¡¿Qué crees que haces?! -le gritó-. ¡Para de una vez!
Kato le empujó los brazos violentamente hacia atrás clavándolos en el suelo y renovando la fiereza con la que le avasallaba. Morgan vio su rostro cuando nuevamente lo inclinó sobre el suyo; descubrió en él la frustración emergiendo como una marea incandescente, la impotencia diluyendo los rasgos, las formas, el miedo quebrando el cristal de sus pupilas, y sin entender por qué, sin ser capaz de racionalizarlo, de encajarlo en el mundo real, supo que Kato no se detendría.
El estupor, la incomprensión, le hicieron enmudecer, perder la voluntad, caer inanimado en el cerco que Kato había creado para él. Por ello no fue capaz de luchar a pesar de entender el significado de las rudas caricias en su rostro, en su torso, los grilletes de dedos en las muñecas, los frenéticos besos magullándole la boca.
-Detente, Kato -murmuró.
El japonés tiró de él para hacerle girar y reducirlo bocabajo. Le inmovilizó la cabeza aprisionándola contra el suelo con una mano mientras que con la otra daba un par de violentas sacudidas a la bragueta del pantalón de Morgan.
-No sigas -le suplicó, el rostro aplastado, los dedos clavados en el suelo, el cuerpo temblando de impotencia-. No de esta manera.
La respiración del japonés le quemó la nuca, su mano brusca y descarnada le hirió al tratar de colarse bajo el pantalón. Y una desolación helada, inconmensurable, lacerante, le recorrió las venas y se le enterró en el corazón con la misma profundidad y dolor que habría causado una afilada hoja de metal.
-¡No me hagas esto! -gritó golpeando con los puños cerrados el tatami.
De repente las manos de Kato se detuvieron. Su respiración se paró con un abrupto quejido. Su cuerpo convulso quedó completamente paralizado, rígido, como si la maquinaría que lo hacía funcionar se hubiera colapsado. Miró con unas vidriosas pupilas a Morgan, aún atrapado bajo su peso, y sus párpados se abrieron desmesuradamente como si lo que sus ojos contemplaban fuera una irrealidad sacada de una horrenda alucinación.
-¿Qué...? -jadeó, irguiéndose con el espanto de alguien que acaba de descubrirse abrazado a su peor pesadilla.
Al mismo tiempo, Morgan arqueó la espalda y apoyándose en los brazos y las rodillas alzó violentamente el cuerpo.
Kato salió despedido hacia atrás varios metros. Cayó ruidosamente sobre el tablero de go y las piedras que se encontraban diseminadas por su superficie saltaron en todas direcciones derramándose algunas sobre él como una pesada lluvia de color blanco y negro. Confuso, sacudió la testa queriendo deshacerse del zumbido que le taladraba los oídos y torpemente se incorporó a medias sobre una de sus rodillas. Al levantar la vista descubrió de pie ante sí a Morgan. Vio la firmeza de su pose, la rigidez de su cuerpo. Vio su semblante, y le pareció nublado, impreciso, como si la decepción que lo embargaba hubiera velado sus facciones dejando únicamente la presencia acusadora de sus húmedas pupilas. Vio su brazo alzado y el dorso de la mano vuelto hacia él, la convicción en el gesto, y cerró los ojos.
El golpe, contundente, seco, ardiente, le hizo caer nuevamente sobre el tablero y le arrebató las gafas. El dolor se extendió por su rostro despejándole la mente. Le temblaron los labios, los dientes le castañetearon y un sabor acre le llenó la boca. Abrió los ojos y ante sí sólo halló un trozo vacío de habitación.
-Morgan... -musitó, mirando a su alrededor aturdido.
En el suelo salpicado de piedras de go divisó sus gafas. Alargó la mano y las recogió con unos dedos que apenas tenían fuerza para sujetarlas. Al inclinarse algo caliente escapó de su boca y salpicó sobre el tatami. Como hipnotizado, contempló las gotas, pequeñas, densas, que iban vertiéndose lenta y silenciosamente; las vio caer y expandirse, formar pequeños y exangües hilos rojos brillantes, siguiendo el apretado dibujo.
-Morgan -volvió a murmurar.
-¿A qué viene tanto jaleo?
Kato volvió la cabeza hacia la puerta pesadamente, como si le supusiera un insufrible esfuerzo. Dee, vestido sólo con un bóxer, los párpados hinchados, la expresión adormilada, le contemplaba desde el umbral.
-¿Qué coño ha pasado aquí? -inquirió frotándose los ojos.
Recorrió con la mirada la estancia y de pronto el sopor desapareció por completo de su rostro. Sus ojos desorbitados se clavaron en Kato, en su cuerpo desmadejado, en su rostro macilento, su expresión vacua, su mirada extraviada. En la sangre que manchaba sus labios y resbalaba por su mentón.
-Joder -dijo quedamente, notando que un escalofrío le bajaba helado por la columna vertebral-. Oye Kato, ¿qué mierda te ha pasado? -se inclinó un poco hacia delante reacio a entrar en la estancia-. ¿Estabas con Morgan? ¿Qué habéis montado aquí? ¿Otro circo como el de la cocina?
El japonés levantó lánguidamente su mano derecha y se cubrió con ella el rostro.
-¡Eh! -insistió Dee impaciente, inseguro-. ¿Me oyes? Tío, en serio, últimamente se te va cantidad la pelota. Comienzas a acojonar de verdad.
Kato se reclinó hacia delante como si un dolor insufrible azotara su cuerpo. Se dobló en dos con un gemido prolongado, apoyando su mano izquierda en el suelo para no derrumbarse.
-No era mi orgullo -dijo sin fuerzas, casi en un lamento-. No hería mi orgullo...
El muchacho tragó saliva y apretó los labios, por primera vez en mucho tiempo no sabía qué decir. Habría sido el momento ideal para arremeter contra aquel hombre, aprovechar su misterioso comportamiento, la desconcertante e inusitada debilidad que mostraba, para buscar algún argumento, comentario o insulto que descargar sobre él. Pero su mente se hallaba impresionada, incluso predispuesta al pánico, y lo único que se le ocurría era que aquella no era una escena que quisiera presenciar.
-No era mi orgullo -le oyó repetir a Kato, y la voz rota, ahogada, cavernosa que brotaba de su boca le erizó el vello de la nuca-. No lo era... no lo era... no lo era... -insistió al tiempo que sus manos trataban de agarrarse al suelo, que sus dedos engarrotados arañaban la superficie del tatami, que su cuerpo se sacudía amenazando romperse en mil pedazos-. ¡No lo era! ¡No lo era!
Dee no logró apartarse a tiempo. Fue tan repentino y rápido el gesto del japonés para levantarse, tan acelerados sus pasos, que no fue consciente de que se precipitaba hacia él, que se encontraba en su camino, hasta que el cuerpo de Kato chocó violentamente contra su hombro haciéndole perder el equilibrio. No llegó a caer. Sus pies trastabillaron hacia atrás y logró mantenerse torpemente erguido para ver como el japonés corría por el pasillo hacia la salida del apartamento.
Mucho después de que el eco sordo de la puerta al cerrarse con estrépito se hubiera extinguido, Dee movió exiguamente los labios y una queda pregunta surgió de ellos.
-¿Qué has hecho, tío?
El sonido de los lánguidos pasos de Morgan era lo único que perturbaba la monotonía de las taciturnas calles, eso y muy de cuando en cuando, el rumor de neumáticos rodando sobre el asfalto, el rebuscar de manos o pezuñas en algún cubo de basura o la presencia de transeúntes insomnes tan abstraídos y encogidos como él. Hacía frío para la ropa que llevaba. El aire helado de la madrugada se colaba a través de la trama de la tela de la camisa que vestía enfriándole la carne, pero apenas lo notaba. Otro frío, menos tangible, pero mucho más dañino, le infectaba los huesos, la mente, el corazón, amenazando con devorarlo por dentro hasta consumir su alma. Dolía. Dolía tanto que ansiaba detenerse, sentarse en cualquier lugar y dejar que el dolor se lo tragara por completo para así desaparecer con él. Pero no lo hacía. Su entumecido cerebro no era capaz más que de dar una orden, la de caminar, sólo eso; caminar sin aparente rumbo por las desapacibles calles desde que abandonara en algún punto inconcreto del Bronx el taxi al que había saltado varias manzanas más allá del apartamento de Kato. Caminar sin esperar llegar a ningún lugar, ni encontrar nada ni nadie. Sin querer llegar a ningún destino.
-Mañana -se decía a sí mismo en voz alta cada vez que el inmenso vacío de su mente se agitaba, se retorcía para intentar tomar la forma de ideas, de recuerdos-. Mañana pensaré en ello.
Hacerlo en aquel momento, retornar a lo sucedido con Kato, era excesivamente insoportable, una acción en extremo dañina para su agotado espíritu, para sus maltratados sentimientos, para la insignificante brizna de orgullo que le quedaba. Obligarse a recordarlo, a juzgar los hechos, a decidir en consecuencia, era casi un acto de puro masoquismo.
Sin percatarse del tiempo que había estado deambulando, ni de las avenidas y callejas que había recorrido, llegó a la entrada del bloque de apartamentos donde vivía.
-Los perros siempre encuentran el camino de regreso a casa -musitó en un tono de burla agotado y triste.
Empujó la puerta de madera, lacada en un blanco sucio y desportillado, que le cerraba el paso. Cedió hacia dentro sin oponer resistencia como hacía desde que meses atrás alguien la descerrajara de una patada. La luz del vestíbulo, amarilla y mortecina, le alumbró en su camino hasta la escalera. Fue subiendo los peldaños arrastrando los pies, agarrándose sin necesidad al gastado pasamano de metal, dejando pasar unos minutos que no le importaba perder.
En el descansillo, antes del último tramo que ascendía hasta la quinta planta, se detuvo repentinamente. Una sensación imprecisa se extendió por su pecho al tiempo que la piel de todo su cuerpo se estremecía como si unos invisibles dedos la rozaran. Al reanudar la marcha sabía con fría certeza qué iba a encontrar tras el último escalón. Por ello no se sorprendió cuando avistó a Kato de pie junto a la puerta de su apartamento, con la cabeza desfallecida hacia delante, los cabellos sueltos sobre sus hombros en desordenados mechones, los brazos caídos a los lados del cuerpo, la chaqueta torcida, el nudo de la corbata deshecho, la camisa desabotonada.
Se quedó inmóvil sobre el peldaño, aferrado al pasamano, contemplando directamente aquella figura que se le antojaba desconocida, confusa, algo así como el reflejo defectuoso de una imagen siempre perfecta; preguntándose qué le hacía sentir su presencia, cuál era la naturaleza exacta de las emociones que percibía enmarañándose, retorciéndose en lo más profundo de sus entrañas.
Si era lástima, si la visión de aquel abatido Kato le inspiraba lástima, no quería sentirla, bajo ningún concepto quería apiadarse de él. En cambio, deseaba odiarlo. Deseaba con todas sus fuerzas que aquello que notaba quemándole por dentro y le hacía estremecerse, que le subía por la garganta, que le sofocaba y le nublaba la visión, fuera odio y rabia y desprecio y decepción. Pero no compasión, ni trozos de su pisoteado corazón que aún palpitaba por él, ni amargas lágrimas, ni jirones de esperanza. Quería sentir odio hacia él por no amarle, por no intentar ni ser capaz de abrirse, de entregarle su corazón, de enamorarse. Por no valorar sus sentimientos, sus esfuerzos. Odiarlo por haber sucumbido a la sórdida pretensión de forzarle, por la humillación de tener que sufrir una acción tan despreciable precisamente de él, por forjar un recuerdo así en su mente, por obligarlo con su conducta a abrigar esos sentimientos tan miserables hacia el hombre que amaba. Pero sobre todo, quería odiarlo porque no entendía, porque se sentía impotente e incapaz para entender qué había empujado al hombre que amaba a someterle a una crueldad así.
Alzó la mano y se masajeó la nuca con energía.
Si avanzaba tendría que oír sus excusas, algo sobre su carácter, su vida, su personalidad, un puñado de verdades subjetivas que como siempre impondría como absolutas y con las que intentaría dejar claro que no era culpable de ser como era, sino más bien el resto del mundo lo era de no comprenderle. Y después un volver a comenzar, un nuevo viaje en la noria en la que se habían convertido sus vidas. Reemprender la marcha con las mismas minas horadando la tierra que pisaban camino de ese precipicio de cuyo borde siempre quedaban irremediablemente suspendidos.
Si volvía sobre sus pasos, si descendía por las escaleras y se alejaba, todo terminaría. Él lo entendería. Sabría que con ese gesto la ilusoria existencia de una relación entre ellos habría llegado a su consabido final. Y lo aceptaría. Ya no más oportunidades tras cada fracaso. No más enfrentamientos, ni vanas tentativas de lograr del otro lo imposible. Ni esperanzas frustradas, ni amor indeseado, incomprendido, inútil. Sólo un final vulgar, miserable, amargo.
Retrocedió un paso y bajó del escalón. Y entonces las palabras de Karel sonaron en su mente como si alguien se las susurrara dulcemente al oído.
"Si ahora terminas con Kato, después de lo que él ha llegado a significar para ti, de haber luchado y sufrido tanto por conseguir su amor, ¿qué sentirá tu corazón?"
-Estúpido Karel -musitó apretando fuertemente los dientes.
Subió otra vez el peldaño y avanzó hacia el japonés deteniéndose frente a él. Éste no se movió, ni siquiera alzó la vista durante los interminables y pausados segundos que Morgan utilizó para observarlo con despectiva expresión.
Sin dejar de mirar su postrada cabeza, sacó las llaves de la puerta y la abrió de par en par empujándola bruscamente.
-Si tienes algo que decirme que pienses que quiero escuchar, entra -le espetó desabrido.
Irrumpió en su apartamento sin mirar atrás y encendiendo todas las luces que fue encontrando a su paso se dirigió directamente a la cocina. Sin detenerse, cogió del fregadero un vaso con manchas recientes en su fondo. Abrió uno de los armarios y sacó de su interior una botella de bourbon. La desenroscó y tomó un primer sorbo rápido y contundente, directamente de ella. Mientras trataba de recuperar el aliento que la quemazón del licor le había robado, vertió una generosa cantidad en el vaso y volvió a beber. Con la botella en una mano y el vaso inclinado sobre su boca, salió de la cocina para encontrarse con una escena que no había previsto y que por un momento le dejó completamente sobrecogido.
Kato se encontraba arrodillado ante él, en el amplio espacio que quedaba entre la entrada y el sofá de tres plazas. La espalda curvada hacia delante, la frente apoyada en el suelo, las palmas de las rígidas manos extendidas a cada lado sobre las lozas, el rostro oculto tras la larga melena que se había derramado arremolinándose como una aterciopelada tela alrededor de su testa.
-Por favor -le oyó decir con una voz frágil que no parecía pertenecerle-. Por favor. Perdóneme. Morgan-san, por favor, disculpe mi ignominioso comportamiento, perdone mi reprobable acto. No tengo justificación, ni excusa para cometer una atrocidad así. No merezco que se apiade de mí, pero se lo suplico, le suplico Morgan-san.
Morgan echó la cabeza hacia atrás y el bourbon del vaso se vertió directamente dentro de su garganta. Apretó los labios para contener el ataque de tos que le asaltó y con el dorso de la mano se limpió el licor que los humedecía. Llenó nuevamente el vaso y con un golpe seco dejó la botella sobre la balda de la estantería metálica que había a su derecha.
-¿Ahora soy Morgan-san? -inquirió con ácida burla-. Claro, para que la escenita sea todo lo ceremoniosa que requiere la ocasión -bufó-. Enhorabuena. Parece sacada de una película de yakuzas. ¿Qué vas hacer ahora? ¿Cortarte el dedo meñique?
Los hombros de Kato temblaron y su espalda se curvó un poco más.
-Olvida lo que he dicho -añadió Morgan agitando el vaso en el aire-. Eres tan retorcido que serías capaz de salir corriendo en busca de un cuchillo.
-Por favor... -murmuró el japonés.
-¡Cállate! -se exasperó-. ¡Y por todos los santos, levántate! ¡Deja de hacer el imbécil!
-Tengo que disculparme -replicó sin alzar la voz.
-¡Qué te levantes, coño! -gritó Morgan estrellando el vaso contra el suelo. El golpe lo hizo estallar en decenas de trozos que se esparcieron en un radio de varios metros junto con el bourbon.
Kato se irguió lentamente mostrando un rostro en el que eran palpables las secuelas del cansancio y el desasosiego que arrastraba, y en el que además, el golpe que le asestara Morgan había dejando su huella en forma de una amoratada magulladura en su mejilla derecha. Se quedó enhiesto, sentado sobre sus talones, con los puños apoyados en los muslos, la mirada baja y la indudable intención de no mover un músculo ni emitir sonido alguno hasta que Morgan le mostrara que podía hacerlo.
Éste no soportó mirarle mucho tiempo. Agitado, se movió a un lado y a otro dando indecisos pasos, sacudiendo los brazos, hendiendo el espacio a su alrededor con las tensas manos, despotricando a pleno pulmón.
-¿Qué te figuras que haces? ¿Eh? ¿Me tratas como una mierda y te piensas que con ponerte a cuatro patas ya todo queda olvidado? ¿Qué voy a perdonarte porque hincas la cabeza en el suelo y me lloriqueas? ¿Qué crees que soy? ¿El puto felpudo de la puerta? ¿Te das cuenta de lo que me has hecho?
-Lo entiendo -musitó Kato.
-¿Qué entiendes? -bramó mirándolo de soslayó-. ¿Qué coño entiendes?
-Que no es suficiente. Que no tengo manera de compensar a Morgan-san por mis actos. Que sólo puedo intentarlo. Hacer lo posible para que la balanza se iguale -apoyó la mano en el suelo y se reclinó un poco hacia delante-. Permitir que Morgan-san desahogué en mi toda su rabia. Que limpie su orgullo, como desee, como crea que se sentirá plenamente satisfecho.
Morgan ladeó la cabeza y sacudió los hombros, desconcertado, durante un instante ignorante de lo que el japonés trataba de decirle.
-¿Qué? -cerró los ojos fuertemente y levantó las manos en dos puños crispados cuando su ignorancia se esfumó-. ¿Qué es lo que me estás proponiendo?
Se arrodilló frente a Kato y agarrándole los cabellos tiró de ellos para obligarle a levantar el rostro hacia él.
-¡Dime que me equivoco! -le gritó a la cara-. ¡Dime que no me estás proponiendo que te folle para zanjar este asunto!
Sin esperar una réplica afirmativa o negativa por su parte, asió con fuerza las solapas de su chaqueta y alzándolo con violencia, lo empujó contra una de las estanterías metálica alineada contra la pared. De sus baldas, con el furioso envite, cayeron algunos libros y un par de marcos de fotos que rebotaron estruendosos en el piso. Kato no opuso resistencia, como si únicamente fuera un muñeco de tela sin relleno, se dejó arrastrar por la furia de Morgan, que con sus manos y su propio cuerpo lo inmovilizó contra el mueble.
-¿Es eso? ¿Ojo por ojo? ¿Humillación por humillación?
El japonés volvió lánguidamente la cabeza a un lado apartando la vista de las incendiarias pupilas de Morgan.
-¡Maldito hijo de perra! -vociferó-. Para ti es una vejación que otro hombre te lo haga. Era lo que pensabas todo este tiempo, ¿verdad? -lo zarandeó golpeándole la espalda varias veces contra el estante-. Por eso no me dejabas follarte. Menuda vergüenza para el orgulloso japonés permitir que un negrata le enculara. Pero bien que me follabas a mí.
-¡No! -exclamó girando alarmado el rostro hacia él-. ¡Morgan-kun se confunde! ¡Nunca he creído algo así!
-Pero si te la metiera pensarías que has pagado por tus actos, ¿verdad? -le sacudió con tanta fuerza que la estantería amenazó con dejar caer todo su contenido-. Que la humillación que me has infligido quedaría purgada con la que yo te infligiría a ti, ¿no es cierto? Porque no se te ocurre nada peor que pueda hacerte, no se te ocurre nada más degradante.
-¡No! -gritó Kato apartándolo con un golpe en el torso que hizo a Morgan retroceder a trompicones-. ¡Nunca me hiciste pensar ni sentir algo así! ¡Nunca! -se cubrió el rostro con ambas manos apartando las gafas que quedaron precariamente sujetas por sus temblorosos dedos-. ¡Pero necesito que me perdones y no sé cómo hacerlo! ¡No sé cómo hacerme merecedor de tu perdón!
Morgan se acercó, le agarró las manos y se las apartó con un gesto autoritario y rudo, sin importarle que al hacerlo las gafas cayeran al suelo.
-¿Quieres que te perdone? -inquirió tragándose la rabia para no escupirla con cada palabra-. Está bien, lo haré. Te perdonaré con una sola condición -levantó un dedo rígido y amenazador ante la cara del japonés-. Una sola y bien sencilla. Dime por qué me has hecho algo así. Dame un motivo, una razón, por la que he tenido que soportar que el hombre que amo me hiera como lo has hecho y olvidaré lo de esta noche -apretó los dientes, los puños, temblaron sus brazos y sus piernas por la intensidad de la cólera que le dominaba-, lo de todas las noches y todos los días. Olvidaré todas las veces que sin intentar follarme por la fuerza has herido mi corazón tanto o más que hace unas horas.
Kato le contempló con una mezcolanza de confusión y desesperación desbordando sus oscuros ojos, anegando su lívido rostro. Un puñado de palabras se le agolparon en la boca, palabras que hablaban de miedo, de pérdida, de vergüenza, de sentimientos negados y enterrados. Palabras que dibujaban el hombre que era en lo más profundo de su ser, pero que no sabía pronunciar, convertir en sonidos descifrables para sus oídos, para los oídos de otros.
-No lo sé -murmuró desviando la mirada, huyendo de los ojos acusadores, certeros, clarividentes de Morgan-. No sé cómo pude siquiera atreverme. Qué bloqueó mi sentido común hasta el punto de...
-¡No me jodas, Kato! -estalló acallándolo-. ¿Qué no lo sabes? ¡Y una mierda! Lo que pasa es que no tienes el valor suficiente para compartirlo conmigo, para sacarlo de donde ocultas todo lo que no sea racional y práctico y enfrentarte a ello. Eres tan incapaz de confiarte a ti mismo como de confiarte a mí. Me ignoras e ignoras mis sentimientos para poder seguir defendiendo la maldita fortaleza en la que te atrincheras.
-No lo entiendes -se lamentó el japonés meneando la cabeza furioso, respirando con el ímpetu de quien teme estar a punto de ahogarse-. No entiendes nada. Siempre me reprochas lo mismo, siempre es tu maldita queja, pero no puedo evitarlo. No puedo darte todo lo que me pides, no sé hacerlo. Soy así. Así nací, así crecí. No puedo cambiar, no sé cambiar. Y tú no quieres comprenderlo. Sólo exiges y exiges. Tan egoísta, tan desconsiderado. Morgan-kun, el maldito ombligo del mundo.
-Así que no te comprendo, ¿eh? -Morgan se le aproximó lentamente, con los párpados a medio cerrar sobre unas pupilas que se habían tornado pétreas y afiladas, las sienes palpitando por el vehemente fluir de la sangre, los labios tensos en una cruda mueca-. Tan egoísta y desconsiderado soy que no puedo comprenderte -miró abiertamente a Kato, a sus ojos, en los que podía leerse cómo su dueño se debatía entre la rabia y la consternación-. Pues te contaré algo que sí comprendo, que sí sé -agarró el hombro izquierdo del japonés y lo comprimió contra la estantería-. Tu problema no es como eres, sino como quieres ser. El problema no es lo que tu familia, lo que la sociedad en la que creciste te inculcó, labró a fuego en tu mente. No son tus sentimientos hacia Noel, la culpabilidad, el amor no correspondido, el pensar que le traicionas, que te traicionas a ti y a tantos años de dedicación si amas a otro. Eres tú, Kato. Levantas obstáculos en tu camino, huyes de todo aquello que pueda hacerte vulnerable, te repliegas una y otra vez hacia ese profundo agujero en donde te crees a salvo. ¿Y por qué? Porque tienes miedo de no poder afrontar la vida, de perder ante ella. Te da miedo estar vivo -le soltó el hombro con un gesto despectivo y brusco y se apartó de él unos pasos sin desviar la mirada de la suya-. Eres un patético cobarde al que le aterra sentir que está vivo -le acusó en un tono cargado de resentida vehemencia-. Pero ese miedo lo tenemos todos. No eres especial, no eres diferente. Todos tenemos miedo de lo que hay ahí afuera. De no ser perfectos, de no encajar, de no ser comprendidos. De ser vencidos, humillados, ignorados. Tenemos miedo a amar, a entregarnos, a que nos hagan daño. Yo tengo miedo -alargó los brazos para poder asir la chaqueta de Kato y con un impulso que era más un temblor lo atrajo hacia sí-. También tengo miedo. Pero lo que nos diferencia a ti y a mí es que yo sé vivir con él y tú en cambio has creado una perfecta burbuja a tu alrededor para mantenerlo dentro de ti, oculto. El perfecto Kato únicamente es la fachada de un hombre que hace el amor con prostitutos porque puede usarlos como recipientes vacíos, sin alma, sin identidad, sin existencia, imposibilitados para abrir una brecha en su coraza. Seres a los que no tiene que temer, porque nunca verán lo que hay dentro de él. Pero yo sí lo he visto -dejó caer con vencido gesto la frente en el pecho del japonés mientras sus puños se crispaban aferrados a la prenda, hasta volverse lívidos-. Eso que tanto te avergüenza, que rechazas continuamente, el Kyosuke que mantienes encerrado, el alma de la que yo me enamoré. La que vi aquel día cuando buscaba en el infinito de una noche su hogar. Un alma pequeña, tierna, asustada, casi invisible, pero no lo suficiente. Me enamoré de ella y es mía. Mía, ¿entiendes? -zarandeó con ímpetu el cuerpo de Kato, lo sacudió con toda la rabia, con todo la frustración, con todo el dolor que le invadía el corazón-. ¡Y no voy a dejar que la destruyas con tu gélido egoísmo! ¡No te voy a permitir que la entierres! -gritó hundiendo el rostro en su pecho-. ¡Porque es mía! ¡Mía!
Kato contempló su desconsolada figura, encogida y frágil, acurrucada contra su cuerpo como la de un animal enfermo, con unos ojos velados y una mente entumecida.
"Yo no soy ese -se dijo forzando a su cerebro a funcionar, a reaccionar consecuentemente a todo aquella sarta de incongruencias, de irreales, imposibles, erróneas afirmaciones-, no lo soy, ¿verdad?"
Pero nadie contestó a su pregunta. Porque nadie más que él podía hacerlo. Ni Morgan, ni Noel. Ni nadie entre los miles de millones de seres que pululaban por la tierra. Sólo él mismo, único habitante tras las trincheras y los muros, tras la fortificación en la que escondía su alma, podía responder.
Abrió los brazos y casi temiendo quebrar su cuerpo, guiado por una necesidad más que por la voluntad, rodeó los hombros de Morgan para poder contener los temblores que convulsionaban sus miembros. Pero éste no permitió el contacto más que unos escasos segundos y con un brusco gestó rechazó el abrazo, separándose desabrido de él.
Kato le dejó ir demasiado aturdido, demasiado asustado para pensar siquiera en retenerlo.
Morgan avanzó torpemente sobre los cristales, haciéndolos crujir bajo sus pies. Cogió la botella del estante y bebió de ella un largo trago dándole la espalda.
-Lárgate, Kato -murmuró sin girarse-. Da igual si sufro más sin ti que contigo. Ya no puedo soportarlo. Márchate.
Salió del salón portando la botella y entró en el baño. La puerta se cerró a su espalda con un sonoro portazo.
Kato dio un respingo sobresaltado por el estruendo. Tomó una larga y honda bocanada de aire con la que no llegó a llenar sus pulmones. Respiró profundamente varias veces más, pero en cada ocasión tuvo la sensación de que había menos aire entrando por su nariz. Entrecerró los párpados y se sostuvo la cabeza con ambas manos.
-Debería irme -balbuceó caminando desorientado, vacilante-. Debería hacerlo...
Trozos de cristal se rompieron al pisarlos sus zapatos, crepitando levemente.
-Porque él quiere que me vaya -se recostó contra el marco de la puerta de la cocina-. Es lo correcto, irme es lo correcto.
Durante unos minutos se quedó con la espalda pegada a la pared y los ojos cerrados. No oía nada más que su propia respiración entrecortada. No notaba otra cosa que el pulso precipitado en sus venas, la firmeza del muro contra su espalda. Pero veía a Morgan. Lo veía tras sus párpados como si fuera una imagen proyectada en el fondo de sus ojos. Como en sus sueños, flotando en mitad del onírico paisaje de una ciudad oscura salpicada de irreales luces, alejándose de su lado lenta pero inexorablemente porque no podía oír aquello que él era incapaz de pronunciar.
Cuando se movió lo hizo en dirección al baño, con el paso inseguro y el cuerpo empapado de sudor. Abrió la puerta y entró sin que sus pies provocaran ruido alguno. Morgan estaba sentado sobre la tapa del inodoro en un lateral de la reducida estancia. Tenía el cuerpo doblado hacia delante, la botella descansando sobre su rodilla, sujeta por el cuello, y la frente apoyada en la boca de ésta.
-Vete -ordenó con acritud y un profundo cansancio aleteando en su voz.
Kato dio un paso hacia delante y quedó tan próximo a él que hubiera podido tocar sus cabellos con tan sólo alargar un poco la mano.
-Mi corazón... -murmuró.
Morgan ladeó apenas la cabeza para mirar al japonés. Sus ojos parecían dos cuentas de vidrio que hubieran perdido su brillo.
-Sentiría herido mi corazón -añadió Kato-. Si Morgan-kun y esa mujer... sentiría herido mi corazón.
El sonido de sus palabras se diluyó y ambos quedaron envueltos por un silencio espeso, interrumpido apenas por la cadencia de una gota de agua al escaparse del grifo del lavabo. Sin moverse, congelados en el espacio como figuras sin voluntad, se contemplaron escudriñando el familiar rostro que tenían ante ellos, examinando los detalles, las sombras, las marcas del dolor que mutuamente se habían infligido, adentrándose más allá de la carne y de los huesos. Esperando.
-No lo hice -Morgan apenas separó los labios cuando su voz, profunda y segura, surgió de ellos para llenar la estancia-. No me la follé -su cabeza se movió un poco a un lado y a otro negando lentamente-. Deseaba hacerlo, sí. Deseaba acostarme con ella. Nos besamos, alquilamos una habitación. Pero no pasé de la puerta. No pude -encogió los hombros antes de beber un largo sorbo de la botella que tragó mientras examinaba la etiqueta pegada al vidrio-. Ella no eras tú -se mordió los labios con expresión contrariada y respiró exhalando con vehemencia-. Era lo que quería decirte. Que no pude. Fui a tu apartamento para decirte que no había podido traicionarte -levantó el rostro hacia Kato, que le observaba con una incipiente aprensión dibujada en su rostro-. Tenías que saberlo -continuó, bajando los párpados sobre unas pupilas líquidas y empañadas-. Por eso te pedí que pararas. Que no siguieras. No antes de que supieras que no te había traicionado.
Una lenta lágrima escapó deslizándose sin prisas por su rostro hasta quedar prendida del mentón. El japonés alargó unos dedos temblorosos hacia esa pequeña lágrima, pero antes de que las yemas la rozaran Morgan apartó la mano con un autoritario revés. Kato se encogió replegándose un paso y al hacerlo su cadera chocó contra el lavabo.
-Te dije que pararas -nuevas lágrimas se precipitaron desde sus ojos, algunas quedaron prendidas de las pestañas, otras rodaron por un semblante donde la rabia y el dolor se aunaban para ensombrecerlo, hasta gotear sobre sus manos-. Te lo pedí. No quería huir, ni detener esa locura con mi fuerza. Tenías que parar tú. Tú. Para decirte que no había podido, que no había sido capaz de serte infiel. Que el placer ya no representaba nada si no lo sentía contigo. Tenías que saber lo que significabas para mí. Y yo tenía que escuchar lo que significaba para ti. Necesitaba que pararas -apretó la botella entre las manos y estas temblaron por la fuerza que se concentraba en ellas-. Necesitaba que pararas y no lo hiciste.
-Me detuve -musitó Kato, sin convicción en sus palabras, sin sentirse con derecho a pronunciarlas.
-¡Demasiado tarde, cabrón! -gritó Morgan-. ¡No tenía que haber pasado! ¡No a mí! ¡No a nosotros!
-¡Me asusté! -gritó a su vez y la fuerza de su voz rebotó contra las paredes superponiéndose a la de Morgan.
Se volvió hacia el lavabo, agarrándose al borde con desesperación. Al hacerlo vio su reflejo en el cuadrado espejo que colgaba de la pared y la vergüenza por aquel desmadejado rostro de mirada extraviada que le acechaba, por las palabras salidas de su quebrada boca que sentía aún taladrándole los oídos, le arrancó un gemido de profunda frustración. Golpeó con la mano abierta el cristal, intentando ocultar entre sus extendidos dedos la distorsionada realidad que le devolvía, borrar el indecente resultado de su falta de contención, de sentido común. Enterrar la prueba perceptible de la traición a la que su propio corazón le había sometido.
-¿De qué? -preguntó Morgan a su espalda, exaltado, desabrido, restregándose los ojos y las mejillas con la manga de la camisa -. Te asustaste, ¿de qué, Kato?
-Por favor Morgan-kun, déjame -suplicó bajando la cabeza para rehuir su reflejo, arañando con los dedos la superficie del espejo-. No puedo...
-¿De qué? -insistió levantándose de un salto con la exasperación que le inspiraba el no recibir respuesta a sus preguntas.
-¡De lo que estaba sintiendo! -rugió sin separar los dientes, sin apenas mover los labios, con la impotencia alojada en sus trémulos miembros.
Se quedó callado y Morgan también. Ambos permanecieron de nuevo en un silencio tenso y áspero durante largo rato, hasta que Kato, aún con el cuerpo doblado sobre el lavabo y la mano apoyada en el espejo, volvió a hablar en un tono espeso que parecía provenir de lo más profundo de su cuerpo.
-Observé a Morgan-kun mientras dormía y supuse que debía estar allí para acabar con lo que había existido entre nosotros. De repente supe que no podía permitirlo, que necesitaba que Morgan-kun se quedara junto a mí -volteó un poco la cabeza, lo suficiente para poder mirarlo de soslayo-. Y me asusté. De esa necesidad. De lo que significaba -ocultó el rostro de la mirada entre confundida y exasperada que Morgan le dedicaba-. Me asusté al descubrir que me había...
-No lo digas -le pidió Morgan frunciendo vivamente el entrecejo y sentándose en la tapa de inodoro.
Pero Kato ya había enmudecido por su propia voluntad, ni siquiera parecía haber oído la precipitada petición. Bajó la mano y se asió al lavabo, el temblor de sus hombros fue entonces mucho más evidente. Se giró por completo apoyando la cadera en el lavabo y dejando que los brazos colgaran flácidos a sus costados, que su cabeza cayera hacia delante.
-Todo se volvió tan confuso -continuó en un tono apagado-. Únicamente era consciente de que no quería oír que me dejabas. Ver impasible que te ibas. Debía impedirlo, pero no sabía cómo pedirte que no me abandonaras, cómo decirte que yo por fin comprendía... que todo había cobrado sentido... Quería retenerte. Demostrarte lo que sentía. Besarte, abrazarte -se cubrió la cara con unas manos lívidas y temblorosas-. Y entonces... dejé de ser yo mismo para convertirme en lo que más detesto, un ser sin juicio, sin control. Una bestia como Isaak -gimió-. Lo siento tanto. Ahora es tarde para lamentaciones, para disculpas. Para justificar algo que no tiene justificación. Demasiado tarde. Pero yo Morgan, yo te...
-¡No lo digas! -le atajó vehemente, levantándose y apuntándolo agresivo con el dedo-. Ni se te ocurra decirlo hoy, ahora. No digas que me quieres. No en este momento. No rebajes mi inteligencia y mi orgullo de esa manera -le agarró las muñecas apartándole las manos del rostro sin contemplaciones-. He sufrido y esperado mucho para oírtelo decir. Para escucharlo de tus labios mientras hacíamos el amor, para verlo en tus ojos, para sentirlo en tus caricias. Mucho, Kato. Pero éste no es el momento. Porque si me dices ahora que me quieres, después de todo lo que ha sucedido, con el peso de tus remordimientos, con el de mi rabia, parecerá la moneda con la que pretendes purgar tu culpa y sonará vacío, falso, como una mentira piadosa. ¿Me entiendes? -agarró el mentón del japonés y lo levantó para obligarle a mirarle a los ojos-. ¿Entiendes cómo me harías sentir en este momento si me dijeras que me quieres?
Kato asintió lentamente mordiéndose los labios.
-Bien -replicó con sequedad.
Levantó la botella y su cuerpo osciló vacilante cuando, al tiempo que tomaba un par de sorbos de bourbon, salía del baño. El japonés no le siguió, ni siquiera lo hizo con la mirada. Morgan caminó por el corredor unos metros hasta que tuvo que detenerse y buscar la solidez de la pared para sostenerse. Le temblaban las piernas, le temblaba el corazón, y no era por el alcohol, ni la intensidad del las encadenadas escenas que estaba viviendo, sino por esas palabras que habían quedado aferradas a los labios de Kato. Esas insignificantes dos palabras por las que llevaba meses arrastrándose como un perro hambriento a los pies del japonés y que, a pesar de desearlas con la desesperación de quien sueña un imposible, no había permitido que fueran proferidas.
-Hoy no, idiota -susurró imperceptiblemente con los labios apoyados en la boca de la botella-. Hoy menos que nunca quiero oírte decir que me quieres. Que me has tratado como basura porque me quieres.
Para cuando el japonés se decidió a salir del baño, Morgan se había acomodado en el sofá. Al entrar Kato en el salón, con un paso desacompasado y blando, vio sus gafas entre los restos de cristales y licor y fue entonces cuando se percató de que no las llevaba. Las recogió y al colocárselas comprobó con cierta extrañeza que estaban intactas. Vio la parte superior de la cabeza de Morgan asomando por encima del respaldo del sofá y las puntas de sus dedos hormiguearon ante la posibilidad de acariciarle los trenzados cabellos. Pero en vez de dejarse llevar por el repentino impulso, se dirigió en silencio hacia la puerta del apartamento.
-¿A dónde vas? -le preguntó Morgan.
Tenía vuelta la cabeza en dirección contraria a la puerta, hacia la ventana, y aún así había intuido sus movimientos.
-Me voy -respondió suavemente-. Como Morgan-kun desea.
-Eso fue hace un rato, y entonces te importó una mierda mi deseo -gruñó con cierto tono pastoso-. Ahora he cambiado de opinión -dejó la botella sobre la mesa baja frente al sofá con un golpe seco-. Quería saber el porqué. Y ya lo sé. Quería poder entenderlo. Y lo entiendo aunque no lo disculpe -le miró directamente con decisión y un retazo de furia-. Tus pretextos no me sirven, porque para lo que me has hecho, para algo semejante, no existe excusa, motivo o justificación alguna. Pero ahora soy capaz de deducir qué te empujó a hacerlo. Y ya no quiero que te vayas -movió la cabeza hacia un lado enérgico-. Coge un vaso de la cocina y ven aquí.
Obedientemente, sin preguntas, sin gestos, el japonés fue hasta la cocina. Incómodo, abrió varios armarios hasta que se cansó de buscar sin éxito y decidió coger un vaso del fregadero, enjuagarlo bajo el chorro de agua del grifo y después secarlo con un paño. Regresó al salón y lo depositó con cuidado junto a la botella, a la que apenas le quedaba una cuarta parte de su contenido. Examinó a Morgan, que parecía especialmente interesado en observarse la punta de los zapatos, y constató que la cantidad de alcohol ingerida comenzaba a causar algunos efectos en él. Tenía el rostro acalorado, la expresión concentrada propia de un niño pequeño y en los ojos un incipiente enrojecimiento.
-No te quedes de pie -Morgan golpeó el cojín junto a él-. Pon tu culo aquí.
El japonés atendió a sus deseos, pero no ocupó el lugar que le indicaba, sino que se sentó en un extremo, respetando el espacio entre ambos. Morgan vertió licor en el vaso y le animó con un gesto desabrido a que lo cogiera.
Kato miró la copa sin entusiasmo.
-No me gusta el bourbon.
-Esta noche sí -replicó tajante.
El japonés tomó el vaso y lo mantuvo en alto hasta que un nuevo gesto le indicó que tenía que dejarse de remilgos y beber los dos dedos de licor que ocupaban el fondo del vaso. La expresión asqueada que le torció los labios y le hizo apretar los ojos cuando todo el bourbon circuló por su garganta, provocó un resoplido burlón en Morgan.
-Parece que te hayan dado ricino -dijo-. Anda, ve al refrigerador. Hay tónica y un par de limones en algún rincón.
Volvió a la cocina sin conseguir borrar de su rostro la avinagrada mueca. Tardó más de lo que esperaba en servirse una simple tónica con limón. Tuvo que fregar otra vez el vaso, dar con una cubitera que no estuviera vacía y que contuviera algún trozo útil de hielo, encontrar un abridor en los desordenados cajones para la chapa de la botella y cortar el limón que descubrió agazapado en la última balda del frigorífico junto a un lechuga poco lustrosa y una raquítica zanahoria, hasta lograr un trozo presumiblemente en buen estado y sin trazas de putrefacción.
Cuando regresó al salón, encontró que Morgan se había terminado el bourbon y tumbado en el sofá sobre su estómago, dormitaba desaliñadamente con la boca abierta goteando saliva sobre el cojín, la mano derecha sujetando fuertemente el cuello de la botella apoyada en el suelo y las piernas separadas con los pies colgando en el vacío. Cada vez que exhalaba, un leve jadeo vibraba en su garganta al tiempo que sus labios se entreabrían para dejar pasar el aire.
Kato le quitó con delicadeza la botella. Luego, de la misma forma le retiró los zapatos y le acomodó las piernas. Fue hasta el dormitorio, tomó el cubrepié de ligera lana verde que había sobre la cama y llevándolo al salón arropó el cuerpo de Morgan con él. De pie junto a su cabeza lo observó dormir largo rato hasta que por fin se decidió a marcharse. Pero ya ante la puerta, con el brazo extendido hacia el cierre, se detuvo. Hubieron de pasar aún algunos minutos antes de que se convenciera de volver al salón. Lo hizo con el remordimiento de quien acomete una acción con la certeza de que no tiene derecho a ello.
Despacio se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el sofá. Flexionó las piernas e inclinó la cabeza hacia delante y los cabellos le cubrieron el rostro como un oscuro velo. Su mano izquierda buscó a tientas la de Morgan, que sin la botella continuaba desmayada sobre el suelo y cuando la encontró, deslizó tímidamente entre los inertes dedos los suyos hasta que quedaron guarecidos en la calidez de la cóncava palma.
Y entonces fue cuando las lágrimas no hallaron diques que las contuvieran y rodaron silenciosamente por sus mejillas.
Levantó la cabeza de golpe, tan desorientado que en un primer instante no supo dónde se encontraba. Una fuerte punzada en la sien le hizo apretar los dientes. El familiar dolor le situó de golpe en la realidad al tiempo que le recordaba sus excesos etílicos. Se examinó las vacías manos intentando recordar que había hecho con la botella, percatándose sin sobresalto de las leves y difusas marcas amoratadas y delgadas, que lucía como pulseras alrededor de las muñecas.
-Kato -murmuró frotándose los ojos que pasaron de estar nublados a brillar preocupados.
Se incorporó restregándose la cabeza y saboreando a su pesar el regusto a basura que tenía en la boca, y la manta que hasta entonces calentaba su cuerpo se resbaló hasta el suelo. Intentando discernir el día y la hora, miró a su alrededor. La luz del sol entraba con intensidad por la ventana, con lo que dedujo que la mañana ya estaba avanzada y que si era día laborable había vuelto a darle motivos a Harpert para amenazarlo con castrarle.
-Tranquilos pequeños -dijo mirándose la entrepierna-. Si no me fallan las cuentas hoy es sábado.
Le pareció oír sonido de vajilla entrechocando procedente de la cocina y se levantó.
Sus pies cubiertos sólo con los calcetines no hicieron ruido al caminar. Examinó el suelo y constató que los trozos de cristal del vaso hecho añicos la noche anterior habían sido barridos y el alcohol limpiado. Se detuvo a la entrada de la cocina y circunspecto observó como el japonés, con las mangas de la camisa remangadas, el pelo pulcramente recogido y una expresión atenta en el rostro, lavaba los enseres acumulados en el fregadero.
-No tienes por qué hacer eso -dijo.
Kato volvió la cabeza hacia él mostrando un rostro cuya palidez hacía más ostensible las delicadas líneas de sus rasgos. En la mejilla, la marca amoratada se había extendido y oscurecido, y tras los cristales de las gafas unos párpados hinchados y los enrojecidos globos oculares, denotaban algo más que una noche en vela. Al ver a Morgan, por un momento sus oscuras pupilas se llenaron de vergüenza y culpabilidad.
-Lo sé -respondió antes de desviar la mirada-. Buenos días, Morgan-kun. Hay café recién hecho en la cafetera.
Morgan examinó sus mecánicos movimientos, la rigidez que de pronto se percibía en sus miembros, la forma en la que bajaba la vista; reaccionaba ante su presencia, se sentía intimidado por su repentina aparición y era comprensible. Él mismo era también víctima de la incomodidad que provocaba aquel primer encuentro después de las mutuas confesiones de la noche anterior, y que en su caso nacía de la rabia que seguía sintiendo, aunque en un nivel muy diferente de la que en un principio le consumió. Ya no asfixiaba, no pesaba caliente en el corazón, no era la pieza que hacía funcionar su cerebro. En algún momento, quizás cuando Kato se arrodilló ante él, o tal vez al escucharle confesar su miedo a perderlo, había comenzado a diluirse, a volverse menos turbia y cegadora, a entrelazarse con leves trazos de indulgencia. No iba a olvidar lo sucedido. Era algo que aunque se deseara con todas las fuerzas no se olvidaba nunca, pero que sí se perdonaba. Y eso era precisamente lo que en aquel instante sentía que tenía que hacer comprender a Kato.
Por primera vez percibía que entre ellos las distancias comenzaban a acortarse, que unos frágiles pero tangibles lazos se habían tendido en el vacío que los rodeaba, que tal vez existía una oportunidad para su relación. Pero al mismo tiempo era consciente de que estaban a sólo un paso de separarse definitivamente. Y ello se debía a que el motivo responsable de haberse arrojado a la cara la noche anterior el cúmulo de confesiones inconfesables que había propiciado su acercamiento, contradictoriamente era el mismo que podía destruir por completo su siempre inestable relación. E intuía que esto era lo único que el japonés, hundido en sus remordimientos, era capaz de percibir. Podía leerlo en el silencioso discurso de su cuerpo, en su huidiza mirada. La culpabilidad le desbordaba, le ahogaba, asumiéndola como un consuelo al que no renunciaría fácilmente. Pero hasta que no lo hiciera, la brecha que siempre había existido entre los dos continuaría ensanchándose, amenazando con no cerrarse nunca.
Fue hacia la cafetera eléctrica situada sobre la encimera detrás de Kato y rellenó con el negro contenido de la humeante jarra una reluciente taza que había a un lado. El fuerte aroma trepó por su nariz irrumpiendo en su cerebro; un par de largos sorbos que le quemaron los labios y la lengua lograron despertar por completo aquellos recovecos que aún estaban bajo los efectos del sopor y el alcohol. Bebió tranquilamente recostado contra el borde de la encimera, contemplando la espalda del japonés que continuaba con las manos ocupadas en refregar la vajilla bajo el caño de agua.
-Tengo lavaplatos -comentó distraído.
-El lavaplatos desgasta la loza y araña el cristal -replicó sin girarse.
Morgan sonrió sin alegría. Aún abatido, desmoralizado y quebrantado, Kato seguía manifestando su temperamento dogmático.
-Oye Kato, deja eso. Hablemos.
El japonés dejó dentro del fregadero el plato que tenía entre las manos y cerró el grifo.
-Sé lo que estás pensando -comenzó Morgan-, y tienes que saber...
-Si el deseo de Morgan-kun es poner fin a lo que hasta ahora ha sido nuestra relación -le interrumpió- lo asumo.
El aludido alzó una ceja con desconfianza.
-No es lo que yo quiero -continuó el japonés, apoyando ambas manos a los lados del fregadero-, pero soy consciente de que he perdido todo derecho a que mi opinión sea considerada. Es mi justo castigo.
-Escucha Kato... -intentó acallarle, fastidiado por la actitud sentenciosa y flagelante del japonés y sus unilaterales argumentaciones.
-Aún si nos separamos -interrumpió nuevamente-. Necesito el perdón de Morgan-kun. ¿Qué podría hacer para que Morgan-kun me perdonara?
Morgan suspiró resignado. Pensativo rellenó su taza de café. Volvió a hablar cuando se había tomado más de la mitad.
-En una ocasión le hice mucho daño a una persona -dijo. Kato no se giró para mirarle, pero sus hombros se enderezaron y su cabeza se ladeó un poco-. Alguien a quien por entonces idolatraba y aún lo hago -contempló el interior de su taza un instante-. Mi madre es una persona con mucho carácter, ¿sabes? Alguien muy fuerte, consecuente con sus actos. Un miembro respetable de la comunidad y de la iglesia baptista, y aunque suele tener sus más y sus menos con Dios, el pastor y los feligreses, una ferviente creyente -se aproximó a Kato y para poder hablarle mirándolo a la cara, se colocó a un lado del fregadero-. Por eso, desde pequeños, nos hacía asistir a todos los servicios dominicales, rezar antes de comer y no blasfemar bajo amenaza de no mover un sólo dedo cuando las puertas del infierno se abrieran para tragarnos.
El japonés le dirigió una mirada revestida de desconcierto pero no hizo ningún comentario con el cual detener la exposición de Morgan.
-Una vez al mes, la parroquia celebraba un almuerzo campestre al que estaban invitados todos los feligreses. Nosotros no faltábamos nunca, era el momento más esperado por mi madre para hacer vida social. Lo que te quiero contar sucedió en uno de esos encuentros campestres.
El semblante de Kato se tornó compungido. No entendía la razón por la cual Morgan se entretenía en un narrarle una historia sobre su niñez baptista cuando lo que le urgía era oírle decir que realmente existía una posibilidad de lograr ser perdonado. Abrió la boca impaciente, pero Morgan intuyendo su inquietud, se le adelantó.
-Espera. No digas nada. Confía en mí. ¿Vale? -le interrogó con la mirada y continuó al ver la expresión obsecuente en los ojos del japonés-. Aquella mañana, después de la inevitable y tediosa clase dominical impartida por la esposa del pastor, durante la cual nos aleccionó sobre eso de que Dios nos había hecho a su imagen y semejanza, lo de Adán, Eva y su manzana y la pérdida del paraíso terrenal, unos amigos y yo nos escabullimos y estuvimos atracándonos de golosinas entre unos arbustos -sonrió y sacudió la cabeza-. Debió ser una sobredosis de azúcar que se nos subió al cerebro, de otro modo no sé cómo pudo ocurrírsenos algo semejante. De pronto estábamos desnudos corriendo entre las mesas de picnic, ante la mirada atónita de los feligreses, gritando: "Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Dios tiene pene".
El japonés arqueó las cejas y contempló sin parpadear a Morgan. Éste se sacudió los hombros con ganas de soltar una carcajada.
-Cosas de críos. ¿No has hecho tu algo parecido cuando eras niño?
Kato negó lentamente.
-Ya. Que pregunta más tonta -bebió un poco de café y se relamió los labios-. El caso es que tardaron más de diez minutos en darnos caza. Y eso que no hubo adulto que no corriera detrás de nosotros. Mi padre me obligó a vestirme mientras me daba coscorrones y me llamaba anticristo. Mi madre en cambio me miró una sola vez. No dijo nada, únicamente me miró largo rato. Supe al instante lo avergonzada y decepcionada que se sentía por mi culpa. Y lo miserable que me sentía yo -respiró hondo, como si a pesar de los años alcanzara a ser nuevamente por un momento aquel arrepentido niño. Depositó la taza sobre la encimera y se cruzó de brazos-. Mi madre, sin cambiar su impávida expresión ni pronunciar palabra, recogió todas nuestras cosas, reunió a mis hermanos y se metió en el coche a esperar que mi padre terminara de adecentarme y de justificarse ante todos los testigos asegurando que yo no era hijo suyo sino que me habían dejado abandonado a la puerta de su hogar dentro de un saco de patatas. Cuando llegamos a casa me castigaron prohibiéndome durante seis meses cualquier cosa que pudiera parecerme remotamente divertida. Pero al cabo de unos días todos reían y hacían bromas cada vez que recordaban lo sucedido. Incluso mi padre imitaba una y otra vez el desmayó de la esposa del pastor y mi abuelo me suplicaba que volviera a escenificar mi epopéyica actuación. Mi madre fue la única que nunca dijo nada. Como si no hubiera sucedido. Pero yo sentía que me trataba de forma diferente -se encogió de hombros-. Esa actitud fue mil veces más dolorosa que todos los reproches y golpes con los que me había escarmentado mi padre delante de la congregación. Y un día no lo soporté más. Me tiré a sus brazos llorando y suplicándole que por favor volviera a ser mi mamá. Que me volviera a querer. Que me hablara y me mirara como siempre lo había hecho.
Contempló a Kato con nostálgica dulzura y sonrió.
-Mi madre me abrazó, y me besó, y me acunó entre sus brazos durante mucho tiempo. Y me dijo: "Yo no actúo de forma diferente. Tú me ves diferente. Yo ya te perdoné tu tonta travesura. Ahora debes perdonarte a ti mismo por haberle hecho daño a tu madre".
Morgan calló sin que la sonrisa se hubiera borrado de sus labios. El japonés le devolvió una mirada inquieta, desprovista de toda comprensión, casi asustada.
-No lo entiendes, ¿verdad? -alargó la mano hacia el rostro de Kato y éste hizo el intento de de apartarlo, pero sólo quedó en una intención y los dedos de Morgan se posaron sobre su mejilla-. A veces la culpabilidad por nuestros actos nos causa más dolor del que siente aquel a quien dañamos. Ése es nuestro castigo por el mal cometido, nuestros propios remordimientos. Y por mucho que nos perdonen, hasta que no nos perdonemos a nosotros mismos, nunca dejaremos de sentirnos castigados. Yo no te odio por lo sucedido. Ni te desprecio. No lo hagas tú -deslizó la mano hasta la nuca del japonés y le atrajo suavemente-. ¿Quieres que te perdone? Pídemelo. Pero sin ceremonias. Sin grandilocuencias. Mirándome directamente a los ojos -con cuidadosa lentitud, previendo la posibilidad de que pudiera rehuir su contacto y escaparse de entre sus brazos, le rodeó la cintura ciñéndolo contra su cuerpo-. Desde tu corazón. Pídeme que te perdone y yo lo haré cuando tú te hayas perdonado a ti mismo.
Kato se dejó apresar. Permitió la cercanía de Morgan, el que sus brazos le arroparan, que su calor le calentara, que su aliento le acariciara el rostro. Pero no puedo levantar la vista hasta sus ojos, no pudo sostener la mirada tierna con que le contemplaba.
-Por favor -murmuró Morgan apoyando la frente en la del japonés-. Yo no quiero que este suceso marque el final de lo nuestro. He luchado mucho para oírte decir algunas de las cosas que me dijiste anoche. No hagas que haya sido inútil. Mírame, por favor.
El japonés alzó sus oscuras pupilas, en ellas no había rastro de la pétrea frialdad que habitualmente las hacía destellar. Se habían vuelto vivaces y hermosamente frágiles. Eran ahora un par de espejos que reflejaban temor y tristeza y una vulnerabilidad casi tangible, aquella que llevaba décadas reposando silenciosamente en el alma de su dueño.
-Kyosuke -musitó-. Mi amor. De nuevo te encuentro. ¿Por qué siempre juegas conmigo al escondite?
-Perdóname -suplicó quedamente.
-Perdóname tú a mí -replicó Morgan y antes de que los labios de Kato dibujaran un por qué, añadió-. Por exigirte siempre tanto. Por dejar que creyeras que había habido algo entre Grey y yo. Por pensar que me mentías al decirme que no era alguien cualquiera para ti.
El japonés cerró los párpados y un reguero de lágrimas se desprendieron de sus ojos. Su espalda se encorvó como si un peso invisible reposara sobre sus hombros y con un leve jadeo, descansó la cabeza en el torso de Morgan, quien envolviéndolo en un abrazo de delicada firmeza, contuvo el temblor que el silencioso llanto provocaba en sus miembros. Las protectoras manos le acariciaron consoladoras la espalda, los labios besaron con reverencia sus cabellos hasta que con el paso de los minutos las lágrimas se fueron secando y la calma infiltrando en el agitado cuerpo.
-Debería darme una ducha -comentó Morgan cuando percibió que la respiración de Kato había recuperado un apaciguado ritmo-. Apesto a borracho -olió ruidosamente la ropa del japonés y añadió con acento burlón-. Y tú deberías hacer lo mismo. Tu olor me recuerda al metro en hora punta.
Kato le apartó con ambas manos. Sin brusquedad pero firmemente.
-¿Cómo puedes hacerlo? -inquirió mirándole con indecisión.
-¿El qué? ¿Llamarte sutilmente apestoso?
-¡No! -replicó en el filo de la exasperación-. Actuar de repente con esta normalidad. Como si nada hubiera pasado.
-Como si nada hubiera pasado, no -le rectificó cortante-. Eso no. Tengo muy presente lo que ha sucedido. Lo tengo aquí grabado -señaló con el dedo su sien y después el pecho allí donde el corazón le palpitaba-. Y aquí. Lo siento aún corriendo por toda mi piel -alzó el mentón desafiante-. No va a desaparecer de mi cabeza nunca. Pero no tengo intención de levantarme cada mañana pensando en ello, ni acostarme recordándolo. No lo convertiré en un lastre con el que cargar toda la vida. No soy como tú. No voy a arrastrarlo eternamente a mis espaldas igual que tú has hecho con la culpabilidad por decepcionar a tu familia y por no estar junto a Noel para protegerlo de aquel loco. No lo voy hacer y tú tampoco deberías hacerlo. Porque de lo contrario no seremos felices juntos nunca -tomó aire y lo soltó de golpe-. Y ahora si me disculpas, voy a ducharme.
Dejando tras de sí a un enmudecido Kato, se dirigió al baño quitándose la ropa a tirones y lanzándola desordenadamente al suelo.
-A la mierda el orden y la pulcritud -gruñó cerrando la puerta del baño de un golpe.
Hizo a un lado la cortina de la ducha, blanca con toscos motivos marinos, y se metió en la bañera de estrechas dimensiones abriendo el grifo del agua caliente y el de la fría al mismo tiempo. El potente chorro que brotó de la alcachofa anclada en la pared sobre su cabeza, se estrelló contra su rostro induciéndolo a maldecir y escupir. Cuando la temperatura del agua alcanzó un punto de calor agradable para su cuerpo, sus tensos músculos se relajaron. Los hombros perdieron rigidez, los brazos descansaron laxos, la cabeza se venció hacia delante hasta permitir que el chorro se proyectara directamente sobre su nuca. En esa posición estuvo largo tiempo, observando como el agua descendía por sus piernas, se arremolinaba en los pies y terminaba por desaparecer formando espirales desagüe abajo.
Le pareció escuchar el sonido de la puerta al cerrarse y asomó la cabeza por un lateral de la cortina. Kato, con expresión templada pero mirada insegura, estaba en mitad de exiguo baño, sosteniendo en su mano derecha una toalla desplegada.
-No lo convertiré en un lastre... -afirmó con suavidad-, si Morgan-kun me ayuda.
Con aire sobrio, Morgan lo contempló. Arrugó los labios y con un gesto de su mentón, señaló la toalla.
-¿Para qué quieres eso?
El japonés ladeó la mirada y sus mejillas se tiñeron de un leve tono rojizo.
-¿Podría... ayudar a secarse a Morgan-kun? -preguntó.
El aludido alzó una ceja y durante unos segundos fingió meditar la respuesta. Movió su dedo índice indicándole que se aproximara y Kato atendió al gesto. Cuando lo tuvo al alcance de su mano, lo agarró por la pechera de la camisa y tiró de él con ímpetu. El japonés balbució un puñado de confusas palabras al sentirse impelido dentro de la bañera, trastabilló con los pies en el borde, paró con ambas manos contra la pared del fondo de la ducha y recuperó el equilibrio justo para recibir de lleno el surtidor procedente de la alcachofa. Al instante el agua mojó sus cabellos, descendió por su desconcertado rostro y empapó la camisa que se pegó a su cuerpo como una segunda piel.
-Morgan-kun... -musitó escupiendo el agua que se le colaba en la boca y apartando los gruesos mechones de cabellos que la fuerte rociada adhería a su cara.
-¿Sí? -inquirió con los labios curvados por una escueta y burlona sonrisa y los ojos empañados de deseo. Deslizó las manos por la nuca del japonés y aproximó el rostro al de éste-. ¿Qué quieres?
-La ropa, los zapatos -protestó Kato bajando los párpados con timidez.
-Te compraré unos nuevos.
-La ducha es muy pequeña para dos personas -se quejó quedamente.
-Suficiente para lo que vamos a hacer.
-Morgan...
-Calla de una vez -le instó con dulzura al tiempo que acariciaba con sus labios los del japonés-. ¿No querías que te ayudara?
Sin dejar de mirarle a los ojos, tan cerca de él que el espacio entre sus cuerpos era casi inexistente, le desabotonó con movimientos precisos y rápidos la camisa. Una vez abierta tuvo que esforzarse para poder despegarle la mojada tela de la piel. Las manos de Kato tomaron el relevo y la prenda fue lanzada afuera de la ducha mientras Morgan soltaba la correa del pantalón y comenzaba a bajarle la cremallera. La intervención del japonés aceleró la operación, que se hizo vertiginosa y pronto el resto de la vestimenta, incluida las gafas, descansaba en un confuso montón en el suelo del baño junto a la camisa.
Kato alzó las manos con la intención de tomar el rostro de Morgan entre ellas, pero un atisbo de temor le mudó la expresión y el gesto quedó bruscamente paralizado en el aire, los dedos rozando apenas las mojadas mejillas. Morgan le asió las muñecas y le obligó a posar las palmas en su cara.
-Nunca tengas miedo de tocarme -le pidió acariciándole el dorso de las manos.
Kato se estremeció y cerró los ojos fuertemente.
-Pero yo...
-Mírame -le ordenó en voz baja pero firme.
Abrió los párpados y sus ojos quedaron atrapados en la mirada firme y acogedora de Morgan.
-Nunca, Kato.
Sin apartar la mirada de los verdosos ojos, con lentitud y una delicadeza extrema, besó los entreabiertos labios que Morgan le ofrecía. Éste le recibió con ternura, besando a su vez la lengua que buscaba la suya, los labios que se agitaban inseguros mientras el agua que resbalaba por sus rostros se colaba dentro de las bocas y se mezclaba con la cálida saliva. Los besos se tornaron profundos y ávidos, más intensos, más precipitados, forzando a que la sangre en las venas se desbocara, que la cadencia con que el aire entraba y salía de sus pulmones se volviera irregular y precipitada. Los dedos de Kato exploraban el rostro que sujetaban. Acariciaban los cerrados párpados, la delineada nariz, las sofocadas mejillas. Competían con la lengua acariciando los labios, hundiéndose en la jugosa boca. Morgan retrocedió apenas medio paso y su espalda topó con la pared de azulejos quedando apresado entre ésta y el fibroso cuerpo de Kato. Las pieles húmedas de ambos se tocaron, sus cuerpos se frotaron sinuosamente buscando el dulce e incandescente contacto. Morgan jadeó estremecido al notar el duro pene del japonés apretarse con vehemencia contra su estómago. Le acarició la espalda con las manos siguiendo lentamente la perfecta línea de su columna y al llegar a las firmes y suaves nalgas las asió atrayéndolas, forzando a las caderas de Kato a empujar contra su pelvis con mayor fuerza, para que su propio miembro quedara también apresado contra el vientre del japonés. Esquivó la boca de éste e impaciente se deslizó por el cuello lamiendo la mojada piel, tragando los regueros de agua que encontraba a su paso, hasta alcanzar el hombro donde mordió con anhelo la carne, convirtiendo los jadeos de Kato en gemidos de excitado dolor que reverberaron en las paredes de la pequeña ducha. El japonés sujetó entre los dedos los pezones de Morgan, y pellizcándolos, acercó la boca y los fustigó con la punta de la lengua.
-¡Joder, Kato! -jadeó aferrándole los cabellos y tirando de ellos hasta lograr que le mirase-. ¿Es que quieres que me corra ya?
La visión del rostro que se volvió hacia él, con las pupilas vidriosas de lujuria, las mejillas enrojecidas, calientes, los labios hinchados por los extenuantes besos, el agua resbalando en finos hilos por la dorada piel, le provocó un ardiente estallido en la entrepierna y una dolorosa pulsación de sangre en el pene.
-¡Demonios! -profirió empujándole la cabeza hacia abajo con premura- ¡Quién soy yo para llevarte la contraria!
Kato le aferró las caderas con ambas manos. Mordió su musculoso vientre, lo lamió con fruición descendiendo por él en dirección a la entrepierna. El pene de Morgan le recibió emergiendo de entre el oscuro y rizado vello enhiesto y enrojecido. Besó con los labios entreabiertos la punta y el extremo de su carnosa y cadente lengua dibujó húmedos y diminutos círculos en ella. Abrió la boca y con lenta lujuria abarcó el grueso miembro haciéndolo desaparecer en su interior. Morgan notó el electrizante placer recorrer hasta el último centímetro de su piel. Sus brazos, sus piernas, su espalda se tensionaron, se volvieron rígidos. Enredó los crispados dedos en los cabellos del japonés y firmemente le guió la cabeza en su rítmico subir y bajar. Despacio al principio, mientras se deleitaba en la calidez de la boca hambrienta y nerviosa, en la suavidad de su interior, en la pericia de la hábil lengua. Más acelerado a medida que la excitación se volvía acuciante, que la quemazón en sus entrañas se desbordaba, que su enturbiada mente y su endurecido pene le suplicaban acabar con aquella deliciosa tortura.
-Espera -musitó. Los ojos fuertemente cerrados, los dientes apretados-. Ven aquí.
Tiró de Kato hasta conseguir alzarlo. Con una mano le ciñó la nuca y con la otra se aferró a su pene. El largo y lastimero jadeo que el japonés emitió cuando notó los dedos estrechar firmemente su miembro, taladró los oídos de Morgan, enardeciendo aún más su excitación. Mordió el cuello que Kato, al dejar caer lánguidamente la cabeza hacia atrás, le ofrecía y con cruel lentitud y cadenciosa habilidad comenzó a deslizar la mano a lo largo del pene. A su vez, el japonés buscó a tiendas la entrepierna de Morgan y retomó con la mano el trabajo que su boca había dejado incompleto. No tardaron los movimientos de ambos en acompasarse, en convertirse en una sola expresión de placer intensa y atropellada. Sus voces en sonar al unísono, entrecortadas, anhelantes, amortiguadas por el sonido del agua rompiendo contra sus cuerpos.
Morgan fue el primero en sentir la súbita descarga. Cuando el violento estallido le devoró el vientre y se expandió rápido y flamígero por todos sus miembros, echó hacia atrás la cabeza y se mordió los labios, tragándose el puñado de gemidos que se le agolparon en la boca. Su cuerpo se estremeció blandamente colmado de placer y toda la tensión que lo había entumecido segundos antes comenzó a diluirse mansamente. Pero a pesar de la deliciosa relajación que lo invadió, su mano, como un elemento ajeno, continuó martilleando exigente el pene de Kato.
-Morgan -llamó el japonés entre jadeos y temblores. Reclinó su frente en la de Morgan y su rostro de ojos cerrados y boca tentadoramente abierta quedó apenas a unos centímetros de la de éste-. Por favor -suplicó impaciente-. Dilo.
Percibió en sus labios el aliento caliente Kato y la excitación que apenas le había abandonado le aguijoneó nuevamente la entrepierna.
-¿Qué? -inquirió con malicioso tono, conociendo sobradamente la respuesta, sabiendo con absoluta certeza después de tantos momentos de placer, de tantas lúbricos encuentros vividos juntos, lo que llegado aquel instante, Kato necesitaba oír de su boca.
-Dilo -insistió con gutural y apremiante tono-. Di mi nombre.
-Tu hermoso nombre -susurró perezosamente, lamiendo con la punta de la lengua sus trémulos labios-. Kyosuke.
La espalda del japonés se curvó en un gesto repentino, descargando todo el peso de su cuerpo en la mano con la que Morgan le asía la nuca, y un prolongado y profundo jadeo brotó de su garganta. Arqueado, convulso, sin resuello, así permaneció unos instantes; con el agua vertiéndose sobre su torso y arrastrando consigo los restos del semen que había quedado enredado en su vello púbico. Después, lánguidamente, se derrumbó entre los brazos de Morgan. Al sentir como éste le acogía en su pecho, le rodeó la cintura con los brazos y ocultó el rostro en su cuello.
Ambos permanecieron enlazados y en silencio largo tiempo, sosteniéndose el uno al otro, conteniendo los estremecimientos, calmando con las caricias mutuas la enardecida carne.
-Salgamos de la ducha -propuso Morgan recogiéndole algunos empapados mechones de pelo tras la oreja-. O de lo contrario nos brotarán raíces con tanta agua.
Kato lo retuvo cuando hizo el ademán de apartarlo. Se pegó a él con más fuerza, acaso con un atisbo de apremio, de camuflada desesperación, y hundió aún más la cara en su cuello.
-Esos hombres -musitó-. Todos con los que me he acostado...
Morgan torció los labios en una mueca contrariada e intentó, sin mucha decisión, apartarlo.
-No me apetece ahora oír hablar de ellos -masculló.
-Nunca me hicieron sentir nada -continuó, sordo a las protestas de Morgan-. Nada de ellos llegó a provocarme una mísera emoción, a perturbarme, a hacerme experimentar el más mínimo interés o curiosidad. Sólo dejaban en mí una insípida sensación de soledad. En cambio tú... tú... -las palabras se volvieron débiles, apagadas, asustadas-. Tú me has hecho sentir temor... rabia... celos... y felicidad, pasión y locura. Tú me has hecho sentir amor.
Morgan apretó los dientes y cerró los ojos, calientes por las lágrimas que amenazaban con derramarse.
-Esos hombres... -añadió Kato- Tú no has sido, ni antes ni ahora, lo insignificante que ellos fueron para mí -y ciñéndose a su cuerpo aún más, cercando con sus brazos la cintura de Morgan en un abrazo anhelante, doliente, necesitado, pegó los labios a su oído y susurró-. Sólo a una persona le he pedido que pronuncie mi nombre mientras me hace el amor. Sólo a una se lo he permitido. Y esa persona eres tú.
Morgan posó una mano sobre su cabeza, le rodeó los hombros con el brazo, en silencio, despacio, con tierno afecto. Y así, sin hablar, sin moverse por temor a que aquel cuerpo se separara del suyo, a que el abrazo que los fundía en un único ser se rompiera, derramó sus cansadas lágrimas sobre el rostro del hombre que amaba.
Dee removía con una mano la cuchara dentro del tazón de cereales mientras con el dorso de la otra se restregaba los párpados arrastrando las somnolientas lágrimas que los continuos y vigorosos bostezos le provocaban. Sentado descuidadamente a la mesa de la cocina, contemplaba aburrido los trozos de avena y fruta que flotaban en la leche y que con la punta de la cuchara se entretenía en hundir.
De reojo miró el reloj digital del horno. Los verdes y parpadeantes números anunciaban que faltaban poco menos de quince minutos para las diez.
-Maldito japo de mierda -masculló obligando a un trozo de plátano deshidratado a zambullirse en lo más profundo del tazón.
Aquella tenía que haber sido una gran mañana de domingo. Una mañana y un día espléndidos. Morgan habría venido a recogerlo para llevarlo a su estúpido partido de baloncesto y allí, tras mucho, demasiado tiempo, se habría encontrado con Noel. Y tal vez, después de compartir unas horas de distendida diversión, de hablar, de desplegar sus encantos, de poner sutilmente de manifiesto cuan escarmentado y de sobra arrepentido estaba, él y Noel habrían podido recuperar plenamente su relación.
Pero el sueño se había venido abajo antes de tener la oportunidad de hacerse realidad.
-Cabrón -siseó arrugando los labios en un mohín poco maduro-. ¿No tenías otro momento mejor para cortar con el negrata?
Apoyó el codo en la mesa y la cabeza en la mano.
-Ahora tendré que buscar una bonita manera de hacértela pagar -suspiró hastiado.
Sonó el timbre de la puerta y alzando una ceja, dejó de remover los cereales.
No se levantó, ni siquiera hizo el intento y el timbre volvió a sonar.
-¡Kato! -gritó-. ¡Llaman a la puerta! -se metió la cuchara en la boca y masticando con los dos carrillos a la vez, farfulló -¡Abre!
Las campanillas electrónicas tañeron una y otra vez, con excesiva constancia para resultar agradables. Dee llenó los pulmones de aire antes de gritar nuevamente.
-¡Kato! ¡La puerta!
Aguzó el oído para intentar distinguir los pasos del japonés acercándose, pero lo único que escuchó fue el irritante soniquete del timbre que seguía los compases de la tonada que el visitante le imprimía con su impaciente dedo.
-¡Joder! -exclamó levantándose y dirigiéndose con enérgicas zancadas hacia la puerta.
Abrió de golpe dispuesto a recomendarle a quien fuera que estuviera en el umbral una utilización más interesante para su dedo que la de tocar el timbre, pero al encontrarse frente a frente con Morgan, ataviado con sudadera azul, pantalón corto y deportivas, las palabras se le quedaron enganchadas en la lengua.
-¿Qué pasa? -inquirió éste mirando a derecha y a izquierda-. ¿A qué viene esa cara? ¿Has visto un boogeyman4?
-Has venido -replicó Dee sin ocultar su sorpresa-. ¿A recogerme?
-Claro. Te dije que estaría aquí a las diez -consultó su reloj y después examinó con crítica expresión el calzón negro que llevaba por única vestimenta-. Y también que estuvieras preparado -lo hizo a un lado y entró cerrando la puerta-. La próxima vez te lo escribiré en un papel y lo colgaré con un imperdible de tu oreja.
El muchacho observó como Morgan se quitaba las deportivas y se calzaba con unas zapatillas que encontró en el zapatero.
-¿A qué esperas? -se impacientó Morgan dirigiéndose al salón-. Tienes diez minutos para buscar algo que ponerte antes de que me largue sin ti.
Dee le siguió en silencio y se detuvo cuando ambos entraron en la estancia.
-¿Dónde está Kato? -preguntó Morgan asomándose a la habitación del tokonoma.
-Pensé que no vendrías -comentó el muchacho, sin rastro en su voz del habitual tono altanero y desafiante que acompañaba a todas sus frases.
Morgan se giró mirándolo con curiosidad. Se le acercó y cuando estuvo a su lado, se sentó en el respaldo del sofá frente a él.
-¿Por qué?
Dee se encogió de hombros.
-Después de ver como dejasteis la habitación el sábado de madrugada -señaló con la cabeza hacia los paneles fusuma-, y a Kato como recién salido de una pantalla de Resident Evil, imaginé que habríais terminado y que ya no volverías por aquí.
-Bueno -Morgan le mostró el dedo pulgar e índice con las yemas casi rozándose-. A esto hemos estado.
-¿Seguís juntos?
-No creo que sea recomendable para la salud mental de ninguno de los dos -esbozó una burlona mueca-. Pero sí. Seguimos juntos, y aunque no fuera así, yo habría venido a recogerte de todos modos.
-¿Por qué? -replicó con acritud-. ¿Qué te habría importado ya? El trato era dejar de fastidiar a Kato ¿no? Si ya no estás con él, ¿qué más da si le puteo o no?
-Una promesa es una promesa.
-No lo entiendo -protestó con la mirada confusa y la boca torcida en un gesto de enfado-. No te caigo bien. No me soportas. Me consideras un niñato indeseable. Malcriado y ruin. ¿Para qué mantener una promesa conmigo? ¿Qué ganas?
-Olvidas maleducado, presuntuoso, pendenciero y molesto -le golpeó con el dedo en la frente obligándole a levantar la cabeza-. Y alguna que otra lindeza más, pero dime, ¿qué ganas tú con tanta protesta? Deberías aprender a disfrutar sin suspicacias de las cosas buenas cuando te caen encima.
Dee se apartó un poco de él.
-¿Por qué te preocupas? -los verdes y traslúcidos ojos del muchacho se tornaron expectantes, casi esperanzados cuando se alzaron para mirarle-. Dijiste que yo no te importaba.
Morgan esbozó una media sonrisa empañada de dulzura.
-Y no me importas, niño tonto -repuso, excesivamente sarcástico como para que resultara creíble.
El muchacho se quedó callado, a medio camino entre creer que le decía la verdad o que jugaba a ocultársela; tan confuso estaba que no acertaba a conjurar un comentario apropiado para la ocasión. Abrió la boca, la volvió a cerrar y para cuando hizo un nuevo intento de manifestarse, Morgan le interrumpió levantando la mano con los dedos separados.
-Te quedan cinco minutos. ¿Vas a aprovecharlos en vestirte o en poner caras raras?
-¿De quién es la culpa de que esté todavía aquí perdiendo el tiempo? -refunfuñó. Le dio la espalda pero no se movió-. Me alegro -masculló en voz baja, a trompicones, como si las palabras salieran de su boca sin su consentimiento.
-¿De qué? -se extrañó Morgan.
-De que tú y Kato sigáis juntos.
Morgan alzó las cejas sorprendido.
-Hubiera terminado por echar de menos tus gilipolleces -dijo Dee apenas en un susurro.
-¿Podrías repetir eso alto y fuerte? -le pidió colocándose la mano detrás de la oreja a modo de pantalla-. Creo no haberte oído bien.
El muchacho lo miró por encima del hombro con unas pupilas llameantes.
-¡Que te den, capullo!
-¿No es muy pronto para andar discutiendo? -intervino de pronto Kato.
El japonés, vestido con un yukata azul y con los cabellos mojados sueltos sobre sus hombros, los contemplaba a ambos desde el otro lado del salón.
-¡Buenos días! -saludó Morgan.
Kato avanzó con tranquilo paso hacia ambos, pasó junto a Dee dedicándole una indolente mirada y se detuvo ante Morgan.
-¡Buenos días! -saludo a su vez.
El muchacho los examinó a ambos, dirigiendo sus ojos de uno a otro con inquisidora atención. Morgan miraba al japonés directamente, relajado, con un asomo de serena devoción en sus pupilas, mientras éste, con la vista baja y una huidiza sonrisa en los labios, simulaba estar muy ocupado en recolocarse el obi que ceñía el yukata.
Dee se llevó dos dedos a la boca abierta acompañando el gesto con una sonora y falsa arcada que gorgoteó en su garganta.
-¡Qué asco de reconciliación! -exclamó poniendo los ojos en blanco-. Es peor que cuando empezasteis a salir. Al menos cortaros un poco y no poned esas caras de Romeo y Julieta delante de mí, que vais a conseguir que vomite el desayuno.
-Tres minutos Dee y me largo -amenazó Morgan-. A propósito -añadió volviéndose hacia Kato y dedicándole una socarrona mueca-, ¿por qué no nos acompañas al partido? Nos hemos quedado sin guapas animadoras. ¿Te apuntas?
-Eso Kato -se apresuró a intervenir el muchacho con aires de triunfo-. Un par de pompones y una faldita y estarás para echarte un polvo.
El golpe sin mucha fuerza que Morgan le propinó en la cabeza con la mano abierta, le tomó por sorpresa y le hizo encogerse y frotarse con energía la zona perjudicada.
-Olvidas pronto los tratos, enano -le reprochó-. Te recuerdo que en esta casa el único que tiene licencia para fastidiar a Kato soy yo. ¿Quieres que reconsidere nuestro acuerdo?
Dee se apartó de él con expresión malhumorada.
-Ya lo capto -masculló y mientras salía del salón, señaló con malicioso acento-. Por cierto, bonito moratón, Katito.
-El chantaje nunca es un buen método para conseguir un buen fin -comentó displicente el japonés una vez se hubo marchado-. Y no suele dar resultados satisfactorios.
-Pero proporciona ciertos momentos de diversión -replicó con aire desenvuelto-. Buenos días, Kato -dijo señalándose con la punta del dedo índice los labios-. ¿No se te olvida algo?
El japonés le dedicó una mirada calculadora.
-Morgan-kun sabe que con Dee cerca no me gusta.
Morgan ladeó la cabeza y suspiró cansadamente.
Aquel volvía a ser el Kato de siempre, equilibrado, comedido, flemático en sus actos, en sus comentarios. Poco parecía tener que ver con el Kato que inquieto y temeroso, con mirada culpable, había pasado el día anterior entre sus brazos escuchándole taciturno disertar sobre lo mucho que lo amaba. Estrechándose convulsamente a su cuerpo cada vez que le aseguraba que no le guardaba rencor, ni le reprochaba nada. Que había permanecido en silencio aparentemente enmudecido ante la imposibilidad de encontrar las palabras correctas. No le sorprendía el reencuentro con el viejo Kato. Tampoco le disgustaba excesivamente. No había esperado milagros. Que de la noche a la mañana hubiera emergido del interior del japonés el hombre que no sabía ser, únicamente porque su armazón se había resquebrajado permitiendo escapar un significativo fragmento de sus sentimientos, era algo ilógico y poco realista. Aunque, se habría mentido a sí mismo si no fuera capaz de admitir, que una pequeña porción de ingenua esperanza le había hecho concebir la posibilidad de que al acudir a su encuentro aquella mañana pudiera percibir en él un atisbo del cambio que, intuía tanto como deseaba, comenzaba a producirse en su hierático carácter.
-Sí, sí -asintió Morgan condescendiente-. Ya recuerdo.
-No obstante -Kato se inclinó un poco hacia él y le rozó los labios con un leve beso-. Siempre se puede hacer una excepción.
Morgan lo agarró por la solapa del yukata, reteniéndolo cerca de su rostro.
-Deberías haberte quedado a pasar la noche en mi casa -musitó contemplando los labios del japonés y lamiéndose los suyos.
-Morgan-kun necesitaba descansar. Y yo también.
-Bueno, cierta parte de tu cuerpo, seguro que sí -comentó dirigiendo sus ojos hacia la entrepierna del japonés-. No me extrañaría que se te hubiera encogido después de darle tanto uso. Hablando de ayer, me pones cachondo luciendo con el pelo mojado, me recuerda a lo que hicimos tú y yo en la ducha.
-Morgan-kun -protestó retirándose hasta una distancia prudencial y dedicándole una expresión a saltos entre la vergüenza y la irritación-. ¿Sería mucho pedir que tú también dejaras de fastidiarme con esos inadecuados comentarios? ¿O debería chantajearte igual que haces con Dee?
-Podría ser una solución -se cruzó de brazos fingiendo una actitud reflexiva-. Aceptaría reducir mi número de chistosas e inocentes ocurrencias si tú prometieras amarme eternamente.
El japonés alzó la cabeza con cierta presunción.
-Me lo pensaré -manifestó.
Le dio la espalda a un Morgan ligeramente extrañado, y se dirigió hacia el pasillo de los dormitorios.
-¿A dónde vas ahora? -le preguntó.
Kato apenas volvió la cabeza, lo justo para mostrar una sonrisa pequeña e indefinible dibujada en sus labios.
-A por mis pompones y mi falda -dijo sin detenerse.
Morgan abrió los ojos perplejo, para luego romper en sonoras carcajadas.
Quizás los milagros no existían. Quizás de la noche a la mañana nadie cambiaba. O quizás sólo había que tener un poco de paciencia. Y si se trataba de Kato, a él aún le quedaba mucha paciencia.
4Ser legendario de países de habla anglosajona, caracterizado como un asustador de niños. Sus análogos hispanos serían el Hombre del Saco o el Coco.
Continuara...
Poco puedo decir.
Si estás leyendo estas líneas significa que has tenido la incombustible paciencia de llevar esperando mas de nueve meses que suba esta nueva historia. Sinceramente, no me merezco una consideración como esa de vuestra parte.
Gracias, de corazón.
Ojala esta nueva historia de Kato y Morgan no os decepcione.
Ha sido muy dura escribirla, en muchos sentidos. Pero habrá valido la pena si consigo tener vuestra aprobación.
Gracias de nuevo y perdonadme si no llega a estar a la altura de vuestras expectativas.
Un beso, Nut.
Para aquellas personas que puedan estar interesadas, les informo que Juegos de Seducción ha sido adaptada a comic de la mano de la ilustradora Dorianne http://dorianneilustradora.blogspot.com/
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Muchas gracias.
Nut.