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Red noise

Autor: mayurinn

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Notas del capitulo:

Primer capítulo, fuu~~

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El hombre de cabello blanco llenaba de besos y caricias el cuerpo de su compañera, completamente desnudo, postrado sobre una cama de sábanas blancas de algún hotel de poca monta. Ella cerraba los ojos, excitada, sin poder evitar que de su boca saliesen inconfundibles ruidos que le indicaban a su amante en qué momento se hallaba. Y él, sin cesar en su acto y colocado sobre ella, le daba lo que quería. Sin amor, o siquiera un atisbo de cariño, besó los labios de la joven de cabellos negros y ojos azulados, para después retirarse su propia ropa interior, quedando ambos desnudos y, finalmente, hacerle el amor de una forma que ella jamás habría experimentado.

Y, mientras ella se derretía de placer, enterrando su cabeza en el cuello del atractivo hombre de cabello blanco, éste seguía con aquel rostro impasible.

-Vlad... Vlad...- Susurraba ella, empezando a experimentar el momento álgido, el cúlmen de la relación, más y más fuerte. Él cerró los ojos, intentando despejar cualquier pensamiento de su mente.

“... Odio ésto”, se dijo a sí mismo abriendo de nuevo sus orbes, mientras estos pasaban de un tono verdoso al rojo sangre.

 

~

 

La muchacha reposaba, dormida y agotada, sobre la cama del mugriento hotel. Era una chica joven, de unos 18 o 20 años, de pelo largo y negro, de cuerpo pequeño y delicado, de ojos azules y grandes en esos momentos cerrados. Por su parte el muchacho del cabello blanco, miraba por la ventana, apoyando sus codos en la repisa. Él era un hombre alto, fuerte, atractivo. Su pelo de aquel color tan particular, rebelde y alborotado caía a su libre albedrío por su rostro, haciendo que éste lo retirara con una mano, echándolo hacia atrás. Únicamente llevaba puestos sus vaqueros, dejando su pecho al descubierto. Pero a pesar de que debería estar contento, que debería estar satisfecho con lo que acababa de hacer, su rostro se mantenía triste. Sus ojos volvían a ser verdosos, parecía más calmado. Pero debía huir de allí antes de que le encontraran. No valía ya con moverse a lo largo del continente Europeo, debía huir más allá. Lo sabía.

Chasqueó la lengua y sacó del bolsillo de pantalón un paquete de cigarros y un mechero. Sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, encendiéndolo para dar una gran calada. Pensaba en dónde debería ir, en qué debería hacer, en cómo debería actuar.

-Japón.- Murmuró, expulsando el humo de su boca y nariz. Japón era la mejor opción para él. Allí no le buscarían, por lo menos de momento. Japón sería su destino, así lo había decidido.

Miró al cielo estrellado durante unos segundos, sonriéndose a sí mismo. Tiró el cigarro que acababa de encender por la ventanilla y miró a la chica, que aún dormía, con cierta ternura. Se acercó a ella y se sentó en la cama, a su lado, acariciando su largo cabello. Esbozó una mirada triste.

-Lo siento mucho, Nadja. Estarás unos días enferma, pero se pasará pronto. Te lo prometo.- Susurró casi a sí mismo, inclinándose sobre ella y depositando un beso en su nuca. Seguidamente, se levantó y se puso la camiseta color gris que había llevado puesta, además de una gran mochila. Fue hacia la ventana y suspiró, saltando por ella desde el quinto piso del hotel.

 

“No me vais a encontrar, hijos de puta”

 

 

 

-Syo~- Canturreaba una voz femenina, proveniente de una chica de cabello rojo, atado en dos coletas bajas con dos lazos blancos y el flequillo retirado hacia atrás, de ojos grisáceos, de estatura media y cuerpo un tanto escultural, pero extrañamente infantil. Estaba inclinada sobre un chico de pelo negro, que dormía recostado sobre sus propios brazos en una mesa, sentado en la silla de la misma. Ambos estaban en una clase enorme llena de mesas y sillas, una clase de la Universidad Saint Paul, una institución privada situada en Tokio, Japón.

-Syo-chaaan~- Volvió a decir la muchacha, colocándose en frente del chico, al otro de la mesa, y agachándose para ponerse a la altura de su amigo. Empezó a tocar la cabeza de él con su dedo una y otra vez, mientras repetía lo mismo.

-Syo-chan, Syo-chan, Syo-chan...- Canturreaba, divirtiéndose con la escena. Finalmente el muchacho se incorporó de un golpe, con una mirada absolutamente enfadada, frunciendo el ceño.

-¡¡Que estoy despierto, Mizuki!!- Gritó, casi matándola con la mirada. Se quedó muy quieto, notando como las miradas de todos los compañeros que charlaban en rincones de la clase se giraban hacia él. Y, todo el mundo suspiró y volvió a lo suyo al ver que había sido él el que había gritado.

“Pero qué problema tiene ésta gente...”, murmuró Syo Fujioka. Se recolocó con un gesto de pocos amigos su cabello negro, corto pero ligeramente largo, con un flequillo ligeramente de lado, pero que le acababa cubriendo casi toda la frente por mucho que intentara evitarlo. Sus ojos amarillentos miraban de un lado a otro, para posarse de nuevo en su amiga pelirroja, que le miraba con una sonrisa triunfal y burlona.

-... ¿Qué?- Dijo Syo, exasperado por el comportamiento infantil de su amiga de la infancia, Mizuki Saito. A veces le parecía que había una diferencia abismal entre los dos, a pesar de que ambos tenían 20 años. Pero, aunque ella pareciera más pequeña mentalmente, él lo parecía físicamente, así que se compensaban. Mizuki negó con la cabeza y se sentó en el pupitre de la izquierda.

-Na~da~. ¿En qué estabas pensando? Se te veía muy concentrado.- Le contestó burlona, inclinando la silla hacia atrás y manteniendo el equilibrio con ella.

-Estaba dur-mien-do.- Insistió el segundo, separando las sílabas exageradamente, mirando al frente.

-Venga, va. Nos conocemos, Syo. ¿Algún concierto interesante en el bar ese al que vas, no?- Contestó Mizuki. Y había dado en el clavo, lo sabía y su gesto triunfal lo delataba. Porque nada más decir eso, notó que por la espalda de su amigo corría un escalofrío, se sonrojaba y la miraba con emoción, con ese brillo especial en los ojos. Ella suspiró y se ajustó la falda corta de cuadros azules y la blusa blanca que llevaba, bastante provocativa.

-Se llaman Wild Century y son geniales.- Respondió Syo casi por lo bajo. No se avergonzaba de estar tan emocionado, pero sí de que ella lo adivinara tan rápidamente, como siempre lo hacía. El muchacho solía ir muchas noches a un local llamado The only ones, escondido en Shinjuku, donde diariamente actuaban grupos de rock que él adoraba. Era un fanático de la música de ese estilo, adoraba la música y ese era su sitio preferido.

-Podrías faltar algún día e irte con nosotros al karaoke o algo~.- Respondió con una dulce sonrisa su amiga. En realidad, ella estaba preocupada por lo sólo que le gustaba estar a su mejor amigo. Ella era una persona muy social, simpática, todo el mundo la quería y solía quedar con la gente de su clase después de una jornada de clases. Pero Syo era diferente, él adoraba estar solo con su música y nadie más. Por eso el chico negó con la cabeza.

-Ya sabes que no me gusta. Y además, si fueses menos al karaoke y estudiases más, no te habrían quedado dos asignaturas el semestre pasado.- Contestó el moreno con tono acusador, inclinando una ceja y señalándola de repente, a lo que ella respondió sobresaltada. Y de la sorpresa perdió el equilibrio en su silla, haciendo que su cuerpo cayera sin remedio al suelo. Todo el mundo se levantó corriendo a ayudarla, pero Syo permanecía ahí impasible, en frente suyo, con un gesto aburrido. A Mizuki siempre le pasaba lo mismo, después de todo. Se emocionaba y se caía de la silla, por jugar.

“Cabeza de chorlito...”, pensó el chico con cariño, sonriéndose. Realmente la quería con locura, pero era simplemente demasiado metomentodo. No le haría cambiar de opinión, porque él sabía que aquella noche sería especial. Quería ver urgentemente a Wild Century, y los vería en el bar de siempre.

 

 

 

Syo suspiró, mientras observaba emocionado la puerta de hierro que daba al bar The only ones, que estaba bajo tierra. Estaba situada en medio de Shinjuku, entre varios locales de bares y algún restaurante de comida rápida. El ambiente era oscuro, pero animado y lleno de luces. Aunque era normal, después de todo estaba en el barrio de las mafias. Vestía unos vaqueros oscuros, unas converse color negro, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero negra. Era Octubre y empezaba a hacer frío, por lo que había apostado por vestir más abrigado, aunque dentro con la emoción sabía que tendría calor. La gente comenzaba a entrar por la puerta, que se encontraba abierta. A la derecha de ésta había un cartel que, en letras rosa fucsia, decía “Wild Century”. Hinchó sus pulmones de aire y lo expulsó, disfrutando de aquel momento que amaba, al mismo tiempo que alguien lo empujaba desde atrás.

-¡Avanza, enano!- Gritaba un hombre de mediana edad, calvo y ancho. Él frunció el ceño. Odiaba que le llamaran enano. Era verdad que sólo medía 1'72, que era de corta estatura para ser un chico, pero era medianamente masculino. O quizás no, pero le gustaba pensar que sí. Suspiró y avanzó, entrando al local.

-¡Pero sin empujar!- Gritó de vuelta el chico de pelo negro.

 

~

 

El local era oscuro, en tonos granates y de suelo negro. Tenía numerosas mesas y sillas en el fondo de la sala, justo en frente del modesto escenario. A la izquierda de las sillas, en el fondo igualmente, estaba la barra del bar. El concierto ya había empezado, así que Syo tenía claro que hacer, rápidamente se colocó detrás del todo de la multitud, viendo emocionado como uno de sus grupos favoritos tocaba una canción cañera.

Él quería ser así. Era guitarrista y sabía cantar, y quería fervientemente estar en un grupo, ser famoso, pero tenía un gran problema. Su miedo escénico no le dejaba moverse en el escenario, se quedaba parado en medio, sin mediar palabra, sin poder hacer nada. Tenía demasiadas malas experiencias.

Pero en aquel momento nada le importaba. Sólo él y su música, así que como si de un niño pequeño se tratara comenzó a saltar y cantar los versos de la canción al mismo tiempo que los demás fans. Algún día llegaría no sólo a The Only One, con su grupo, si no al Saitama Arena o al Tokyo Dome. El Tokyo Dome... era como un sueño para él.

 

Y, en uno de los saltos notó que empujaba a alguien, a un cuerpo grande y duro. Se paró y rápidamente, sin decir nada más, se giró hacia aquella persona, preocupado.

-¡Lo siento!-Exclamó, inclinándose.

-¿Pero no tienes cuidado o qué?- Respondió inmediatamente la otra persona con desprecio, con un gesto de asco. Syo se incorporó frunciendo el ceño, enfadado por el trato.

-Eh, tío, relájate un...- Pero no pudo decir nada más. Se quedó mudo. Vio a aquel hombre, un tanto más alto que él, y se cortó todo el genio que iba a sacar de un momento a otro. Aquel chico con el que había chocado tenía el cabello blanquecino, alborotado. Su piel blanca y sus ojos verdes le hipnotizaron, haciendo que se quedara sin palabras.

Ese chico tenía algo especial. Su aroma, quizás. Pero le embriagaba, le dejaba sin palabras. Notó que sus mejillas se encendían al mirarle, y vio que él también se quedaba sin palabras por un momento, sorprendido. No se podía mover y no sabía por qué.

-E-Esto...- Susurró el chico de pelo negro. Pero el segundo esbozó un gesto burlón, ladeando la cabeza.

-¿El golpe te ha dejado tonto, enano?- Preguntó con picardía. Y Syo parpadeó un par de veces, para cerciorarse de que había oído correctamente. Frunció el ceño, malhumorado. Le daba igual lo que le causara aquel engreído en ese momento.

-¿A quién llamas enano, imbécil?- Respondió, encarándose. Mientras tanto, el otro se encogió de hombros.

-Claramente a ti. Eres tú el que me has empujado y encima has derramado mi bebida.- Y suspiró, mientras Syo le miraba aún perplejo. Era verdad y no se había dado cuenta hasta ese momento. Parte de la camisa grisácea que el chico llevaba estaba mojada. Pero aquello no le amedrentaría, para nada, ya que aquel tío seguía siendo un irrespetuoso. Se acercó un paso hacia él, encarándose aún más y cada vez más enfadado.

-Es culpa tuya por meterte en un sitio dónde la gente salta y tal.- Siguió contestando Syo con tono irónico, haciendo que el otro chico arqueara una ceja, señalando al chico moreno.

-¿Disculpa? Eres tú el maleducado. Cómprame otra cerveza.- Y Syo apretó los dientes y los puños. No se iba a dejar.

-A ti no te compro nada, tío.- El albino suspiró, desesperado por el comportamiento del menor.

-La juventud de hoy en día está podrida. Cómprame una cerveza, chaval.- Y entonces fue él el que se inclinó sobre Syo, amenazadoramente. Una lucha de miradas que hacía que saltaran chispas surgió entre los dos, haciendo que algunos de alrededor se giraran a mirar.

-Joder, está bien. Sólo para no armar aquí una pelea, que quede claro.- Terminó por decir el moreno, suspirando, poniendo los ojos en blanco y avanzando con furia hacia la barra. Por otro lado, el otro chico se sonrió a sí mismo, siguiéndole.

 

~

 

-Aquí tienes tu puñetera cerveza.- Gruñó Syo, dándole una gran jarra al chico de pelo blanco, que reposaba sobre la barra con gesto triunfador. Le dio un gran sorbo, apartándose después el cabello, mientras el menor le miraba aún enfadado.

-Olvidado entonces, enano. ¿Te han pedido el carné de identidad o algo?- Preguntó mirando hacia otro lado, haciendo que Syo arqueara una ceja.

-Pero tú de qué vas tío...- Susurró, para después apartar la mirada avergonzado.- Sí. Pero soy mayor de edad.

-¿¡En serio!? Quien lo diría.- Exclamó sorprendido y a carcajadas.

-Cállate.- Le ordenó el moreno. Pero aun así, aunque aquel tío le pareciese un imbécil, no podía evitar seguir sintiéndose embriagado por el aroma y el atractivo de él. Syo, que nunca se había planeado su sexualidad. Se sentía tan extraño. Se quedó mirándole hasta que éste cambió su expresión, hasta que pasó de estar sereno y burlón a nervioso y preocupado.

-¿Qué te ha picado...?-Preguntó Syo, pero rápidamente el albino le tomó de la muñeca, arrastrándole a la salida.- ¿¡Eh!? ¡Tío, suéltame! ¿Qué narices te pasa?- Exclamó, entre asustado y receloso, intentando zafarse de la mano del otro. Pero no podía, tenía mucha fuerza.

-Estate quieto, enano.- Le ordenó con seriedad el chico de pelo blanco. Entonces salieron al exterior y se alejaron unos metros de allí, soltándole.

Nada más soltarle y que Syo comprobara que su muñeca no estaba rota, comenzó a gritar.

-¿¡Pero de qué vas!? ¿¡A qué ha venido eso!? Si eres un atracador te juro que te denunciaré y...- No le dio tiempo a acabar la frase, pues el otro le tapó la boca, arrinconándole contra la pared.

-Escucha. Había un carterista, ¿vale?- Contestó fríamente, nervioso y malhumorado. Syo se liberó, volviendo a gritar. Pero el otro chico no parecía hacerle mucho caso y, en su lugar, miraba a todos lados en alerta.

-¡Pues denunciamos a la policía!- Volvió a alzar la voz el moreno, mirando a todos lados alarmado.

-¿Cómo te llamas enano?- Preguntó de pronto. Syo parpadeó un par de veces, perplejo, manteniéndose quieto por primera vez en toda la noche. No le entendía definitivamente, no sabía de qué iba y comenzaba a resultarle sospechoso. Quería correr, pero una vez más aquel olor embriagador hizo que se calmara.

-Syo Fujioka.- Respondió obedientemente. El hombre por fin le miró, clavando aquellos orbes tan atractivos en los ojos amarillentos de Syo, haciendo que éste se paralizara.

-Vale. Lo siento mucho, Syo-kun.- Dijo aún serio, frío, calculador, casi inquietante. Syo arqueó una ceja, a punto de decir “¿eh?”, sin saber por dónde saldría esa vez el misterioso albino, pero antes de que pudiese gesticular palabra, aquel chico le aprisionó aún más contra la pared, juntando los cuerpos de ambos, mientras elevaba su barbilla con una mano y finalmente le besaba ardientemente. Pero no era un beso cualquiera, si no un beso apasionado, una explosión. El moreno se quedó ahí quieto, con el flequillo largo casi tapándole sus orbes, que hacían notar su estado de terror y perplejidad. Cerró los ojos sin poder moverse, debido al aroma del mayor. Pero conforme se extendía más el beso, notaba que sus fuerzas iban flaqueando, que su cuerpo fallaba, que perdía toda energía. Como si estuviesen absorbiendo su alma, como si fuese a morir.

Y no quería morir.

 

Lo último que pudo ver fue como los ojos verdes de aquel extraño hombre, posados sobre los suyos, se volvían de un rojo fuego. Y cómo todo se volvía negro, profundo e infinito.

Como si estuviese muerto.

 

Pero quizás no estaba mal morir en ese momento, después de todo.

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