Login
Amor Yaoi
Fanfics yaoi en español

"Belleza Escondida" por ShineeLuhan

[Reviews - 29]   LISTA DE CAPITULOS
- Tamaño del texto +

Notas del capitulo:

Hola mis queridas lectoras

Estoy de vuelta con el segundo capítulo de la historia. Espero les guste lo que se viene.

Gracias por los cometarios que me hicieron llegar Martha19 y akron. Muchísimas gracias chicas!!!! Espero que se animen las demás a darme su punto de vista si les gusta o no la trama. En verdad que los apreciaré.

“CAPÍTULO DOS”

 

 

“Debería haber hecho un pedido”, pensó Will mientras llenaba el carro de la compra. Todos estaban pendientes de su persona, y algunas mujeres demasiado jóvenes para él, lo miraban casi con obscenidad. Les dedicó una dulce sonrisa, la misma que usaba siempre en sus tantos eventos de modelaje, y soltó una risita sádica.

 

Revisó la lista y se dirigió hacia la caja. “Ahora llega el momento”, pensó, viendo que todos se acercaban lentamente, como gatos al acecho. El cajero lo miraba expectante, aunque había mucha gente en la cola, los clientes lo miraban con descaro. Era lógico que el Dr. Lecter nunca saliera de su casa. ¿Qué había sido de la hospitalidad sureña?

 

--Es nuevo aquí- dijo el cajero, un rubio que llevaba un piercing en la ceja y mascaba chicle de modo bastante ruidoso.

 

--Sí. Es una isla preciosa- replicó el castaño.

 

--¿Está en el castillo que hay en el cabo?

 

--Soy el nuevo niñero del Dr. Lecter- explicó.

 

--¡Niñero!- exclamaron varias personas al unísono. Will los miró a los ojos, uno a uno.

 

--El Dr. Lecter espera la llegada de su hija, y yo estoy aquí para cuidarla.

 

--Oh, pobre niña- exclamó una señora mayor.

 

--¿Por qué?- preguntó Will, conociendo la respuesta.

 

--Tener un hombre tan horrible como padre.

 

--¿Conoce usted al Dr. Lecter?

 

--No exactamente.

 

--Entonces, ¿cómo puede saber cómo es?- preguntó, esperando que su rostro fuera la pura imagen de la inocencia.

 

--No sale de ese sitio- replicó el cajero- No lo hemos visto en cuatro años, ni siquiera Jack lo ha visto de cerca, y vive allí.

 

Will supuso que Jack era el guardia que aún no conocía.

 

--Está…está desfigurado- tartamudeó el niño que guardaba la compra en bolsas.

 

--Si no lo has visto, ¿cómo lo sabes?- el chico se encogió de hombros como si fuera obvio, aunque nadie había visto realmente a Hannibal Lecter- No veo que importancia puede tener su aspecto- dijo Will, intentando controlar su genio. Lo molestaba profundamente que se diera prioridad a la apariencia; era algo que él mismo sufría continuamente, aunque por las razones opuestas. La mayoría de las mujeres no le ofrecían su amistad, porque se imaginaban que se creería superior a ellas. Al ser un hombre fértil, temían que intentará arrebatarles a sus prospectos de hombres. En cambio los hombres se esforzaban en impresionarlo, para acostarse con él o llevarlo del brazo y lucirlo en una reunión social como si fuera un trofeo; no una persona. Ni siquiera su prometido había visto más allá del bello rostro que Dios le había dado. Parecía que nadie quería ver más allá de las cicatrices de Hannibal Lecter.

 

Se le hizo un nudo en el estómago y sintió cólera. Deseó proteger a ese hombre al que aún no conocía físicamente.

 

--Cargue esto a su cuenta y que lo lleven a casa- dijo Will, y se marchó, consciente de los ojos que se clavaban en su espalda.

 

En vez de regresar en taxi, volvió paseando por el pueblo, para calmarse. Pero lo asolaron los recuerdos de su infancia, cuando su madre lo obligaba a aparecer en anuncios de televisión y en concursos que solo provocaban envidia en los demás. Siempre lo odió. Cuando creció, y se convirtió en modelo independiente, decidió elegir él mismo los contratos adecuados. Era una apostura hipócrita, pero quería ir a la universidad y necesitaba el dinero.

 

Miró los escaparates, los cuidados porches y a los turistas e isleños que paseaban y hacían sus compras. Había dos viejos sentados junto al muelle, contándose historias y tallando madera; a juzgar por las virutas que había a sus pies, era un ritual diario. Sonrió al recordar a su abuelo en la mecedora tallando animales de madera para que él y sus hermanos jugaran; no había dinero para más. “Placeres sencillos para una vida sencilla”, decía siempre su abuelo, y el recuerdo de su cariño le levantó el ánimo.

 

Inhaló con fuerza la fresca brisa marina. En octubre hacía calor cuando el sol estaba alto, pero era temporada de huracanes, llovía a menudo y el aire era húmedo y frío. Se abrazó la cintura y aceleró el paso. Pronto salió del pueblo y tomó la carretera que llevaba a la casa.

 

Entró y puso la cafetera. Cuando se frotaba los brazos para entrar en calor oyó a alguien cortando leña. Frunció el ceño, se acercó a la puerta trasera y apartó la cortina. Todo su cuerpo se removió en su interior al ver la musculosa espalda desnuda de un varón que alzaba un hacha y partía un tronco de un solo golpe.

 

Hannibal Lecter…Era un hombre magnífico. Solo llevaba unos vaqueros y botas. Lo veía de perfil y, obviamente, era el lado que no tenía cicatrices, pero su rostro tenía rasgos definidos y aristocráticos. Su cabello platinado ondeaba al viento, demasiado largo y desaliñado. El imponente hombre colocó otro tronco y los músculos de sus brazos se hincharon cuando golpeó con el hacha, casi partiendo el tronco. Cortó dos más, e hizo una pausa, apoyando el hacha en el tocón. Al oírlo hablar comprendió que no estaba solo y se acercó a la ventana. Había un hombre de color mayor sentado en un banco, jugueteando con una navaja. Debía ser Jack Crawford y, aparentemente, además de guardia era amigo de Hannibal, quizá el único.

 

Jack dijo algo y sus rasgos se arrugaron como una manzana vieja. Llevaba una camiseta que ceñía su estómago y las rodillas de sus vaqueros estaban blancas por el desgaste. Los ojos de Will fueron de un hombre a otro; Hannibal, como si no supiera que estaba allí, siguió de espaldas. Vio unas brillantes cicatrices, como cortes de daga, que marcaban sus costillas. Debió ser algo muy doloroso, pensó Will, preguntándose cómo habría sido el accidente. De repente, el doctor echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, y al castaño lo sorprendió la profundidad y calidez del sonido. Lo alegró que no fuera totalmente ajeno a los placeres de la vida y controló su deseo de unirse a ellos. Si Hannibal quisiera que lo viese, se habría acercado.

 

El doctor dijo algo y Jack se impresionó y, con una sonrisa, se puso en pie y colocó un montón de troncos a sus pies. Hannibal los partió uno tras otro mientras Jack los recogía y apilaba. De pronto, Jack se detuvo y miró a Will. El castaño le devolvió la mirada. Hannibal dejó el hacha y agarró una sudadera con capucha.

 

--Perdón- dijo Will, saliendo- No tenía intención de molestar.

 

--Pues lo hizo- dijo Hannibal de espaldas a él, poniéndose la sudadera.

 

--Lo siento, me iré a otro sitio.

 

--No- el doctor suspiró, deseando darse la vuelta y mirarlo a los ojos- No puedo permitir que se sienta como si tuviera que evitar los lugares donde estoy yo.

 

--Pero eso es lo que pretende, ¿no? Preferiría que no estuviera aquí- vio que el hombre se tensaba- Lo menos que podemos hacer es ser honestos el uno con el otro, Dr. Lecter.

 

--Sí, es cierto- Hannibal apretó los labios- Admito que me disgusta no poder pasear libremente por mi casa.

 

--No tiene por qué esconderse.

 

--No me escondo. He elegido esta forma de vida, señor Graham; en los últimos cuatro años he comprendido que es lo mejor.

 

--La más fácil, querrá decir.

 

--No tiene nada de fácil.

 

--¿Y qué me dice de su hija? Espera a su papá y necesita que la consuelen. Ha perdido a su madre, por Dios santo.

 

Hannibal sintió una opresión en el pecho al imaginarse el dolor de Abigail, y deseó con toda el alma poder consolarla.

 

--Por eso lo contraté, señor Graham.

 

--¿Es que ni siquiera le importa?

 

Hannibal se puso rígido. ¿Importarle? No podía explicarle que cuando se enteró de que tenía una hija solo había sentido rabia y cólera hacia la madre de Abigail por abandonarlo sabiendo que estaba embarazada, por no darle la oportunidad de conocer a su hija. Su amor por su esposa desapareció cuando ella lo rechazó y lo sentenció a esa prisión. No podía olvidar el pasado.

 

--Sí, me importa, pero perdóneme si la paternidad no me ilusiona. Aún no me he acostumbrado a la idea- dijo, yendo hacia el garaje.

 

--Pues vaya acostumbrándose- espetó el castaño a su espalda- Llegará pasado mañana, deseando verlo. ¿Cómo quiere que le explique que su padre no quiere conocerla?

 

--Dígale la verdad, señor Graham- gritó el otro sin dejar de andar- Su padre no quiere provocarle pesadillas.

 

Will se quedó sin habla y cuando la recuperó Hannibal había desaparecido. Se volvió hacia Jack.

 

--Eso no ha ido nada bien, ¿verdad?

 

Jack lo estudió lentamente, evaluando y juzgando de una mirada. Su expresión era inescrutable y no reflejó el resultado.

 

--No, señor- respondió el guardia.

 

--Soy Will Graham.

 

--Eso dijo el Dr. Lecter.

 

--¿Qué más le dijo?

 

Con rostro impasible, el hombre de color se volvió y comenzó a apilar los troncos entre dos árboles. El montón medía al menos nueve metros de ancho y uno y medio de altura. Probablemente necesitaban la leña por si se iba la luz en las tormentas. La casa de piedra debía ser muy fría y húmeda.

 

--Todos los del pueblo piensan cosas horribles de él, pero usted ya lo sabe, ¿verdad?- dijo Will, admirándolo por guardar los secretos del Dr. Lecter, aunque tuviera que mentir para ello. Jack colocó unos troncos en el montón- ¿Puede al menos explicarme su rutina diaria para que no volvamos a pelearnos?

 

--No- dijo Jack mirándolo fijamente.

 

--¿Perdone?- el castaño abrió los ojos de par en par.

 

--El Dr. Lecter hace lo que quiere, señor, y si vuelve a encontrarse con él, supongo que tendrá que apañarse como pueda.

 

--Oh, es usted una gran ayuda, ¿lo sabía?- dijo con tono irónico mientras abría los brazos y los dejaba caer- Prefiere verlo encerrado como un topo en este palacio…- señaló el castillo-…¿o que conozca a su hija?

 

El guardia no contestó y se puso a cortar leña. Will comprendió que no le sacaría nada. Aun así, le puso una mano en el hombro.

 

--No me iré de aquí hasta que sepa que Abigail recibirá buenos cuidados y toneladas de amor- farfulló, alargando las palabras y exagerando su acento- ¿Me oye, señor Crawford?

 

--Sí, señor- un brillo divertido relampagueó en sus ojos negros- Llámeme Jack, señor.

 

--Y usted puede llamarme Will- accedió el castaño que lo llamara así. Se volvió hacia la casa y añadió- Van a traerme un pedido, y llegarán pronto. Si quiere seguir con su embuste, sospecho que más le vale borrar esa sonrisa de su rostro.

 

--Sí, Will- Jack parpadeó, luchando por contener una sonrisa aún mayor.

 

 

 

****

 

 

 

El dulce aroma del horno inundó la casa, y con él llegó un coro de risas. Hannibal decidió bajar, utilizando la antigua escalera de servicio, que llevaba años tapiada. Un laberinto de pasadizos se escondía tras las paredes; los corredores eran empinados y estrechos. No los había utilizado desde que los descubrió y sintió cierta vergüenza al hacerlo. Pero había gente en su casa y hacía años que solo él y Jack la recorrían. Ahora aquel precioso castaño de ojos azules estaba allí, cocinando. Verlo era tan tentador como el olor a chocolate horneado, pero sobre todo lo atrajo su risa, limpia, fresca y feliz. Algo en Will Graham tocaba su corazón. El ojiazulado lo desafiaba y se rebelaba, y él ansiaba hablarle, empujarlo hasta el límite, pero sabía que todo estaría perdido si veía su rostro. Su hija dependería de Will, únicamente de él.

 

Se detuvo al final del corredor y oprimió el resorte, sujetando la pared para que no se abriera del todo. Will estaba ante el horno, sacando una bandeja de galletas. Era una escena doméstica, que no había conocido con Alana, pero lo sorprendió aún más ver a tres personas sentadas alrededor de la mesa. Will les llevó un plato de galletas y se las ofreció. Invitados en su casa, por primera vez. Deseó enfadarse, deseó que se fueran porque no podía unirse a ellos. Verlo hablar tan animadamente solo consiguió que su asilamiento fuera más agónico y amargo.

 

Maldijo para sí el atractivo de Will; los dos hombres y la única mujer lo escuchaban embobados. Cuando fue a meter otra bandeja de galletas al horno, todos ladearon la cabeza para mirarle el trasero. Hannibal se preguntó si estaban allí para ver la casa, verlo a él o para ver a su nuevo niñero.

 

--Es una casa bastante grande- dijo el muchacho que solía llevar los pedidos.

 

--Sí, no se acaba nunca- comentó Will, dejando caer cucharadas de masa en otra bandeja.

 

--Da miedo- dijo la muchacha.

 

--A mí me encanta. Es grande e impresionante.

 

Hannibal, se apoyó en la pared, recordando que él había pensado lo mismo cuando vio la imponente estructura.

 

--¿Ya lo has visto?- preguntó el segundo adolescente.

 

--Claro.

 

--¿Es…es horrible?

 

Hannibal inmóvil, esperó la respuesta.

 

--A mí no me lo pareció.

 

Ni mentía ni daba información, y Hannibal se preguntó por qué actuaba así.

 

--Entonces, ¿por qué se esconde?

 

--Es un hombre solitario, y quizás sea porque no se le ha recibido bien y…- hizo una pausa, volvió la cabeza para mirarlos, con una chispa de pasión en los ojos- Les aviso que si una sola persona hace un comentario insultante a su hija, bueno…digamos que mi padre me enseñó a disparar un fusil y a despellejar las piezas cazadas.

 

Hannibal se tragó una carcajada y los invitados sonrieron, sin saber si el castaño hablaba en serio. Segundos después, le agradecieron el café, le dijeron que llamara si necesitaba algo y se marcharon.

 

Will cerró la puerta, volvió a la encimera, y comenzó a distribuir el resto de la masa. No conocía a ningún niño al que no le gustaran las galletas de chocolate, y esperaba que Abigail no fuera una excepción. Quería que la niña se sintiera bienvenida en la oscura casa.

 

De repente, percibió que no estaba solo y alzó los ojos. Lo vio, encajado entre la esquina y la puerta abierta de la despensa, una ancha sombra y unos vaqueros ajustados que contorneaban su figura hasta las caderas. Se preguntó cómo había llegado hasta allí sin que lo viera.

 

--Me gustaría creer que lo atrajo la receta de mi abuelita, pero no soy tan tonto.

 

--Listo y atractivo.

 

--¿Quiere una galleta?- Will se erizó de rabia, preguntándose por qué todo el mundo mencionaba su cara en los diez primeros segundos de conversación.

 

--No, gracias.

 

--¿Es la única persona a la que no le gustan las galletas de chocolate?

 

--No.

 

--Ah, no quiere salir a la luz. ¿Qué otras cosas se niega por permanecer en la oscuridad, Dr. Lecter?- lanzó una galleta en su dirección, y la mano de Hannibal la cazó al vuelo. El brazo volvió a la oscuridad- ¿Y qué le negará a Abigail?

 

--Las pesadillas, señor Graham.

 

--Llámeme Will. Creo que solo se engaña a sí mismo.

 

--No sabes nada de mí, rey de las pasarelas- se mofó el doctor, sarcástico.

 

--Tienes razón, no sé nada- golpeó el mostrador con la espátula- Ni tú de mí…, bestia- se volvió hacia la encimera y pulsó el temporizador del horno. Apretó los ojos, intentando olvidar. Ser “rey de las pasarelas” le había servido de bien poco; ni siquiera había sido capaz de retener a su propio prometido.

 

--Will- Hannibal se preguntó por qué parecía tan dolido. El nombre sonó como un gruñido profundo, como un trago de whisky, y Will lo paladeó, percibiendo una compasión que no deseaba. Todas las personas se fijaban en su rostro, era natural. Y Hannibal era un hombre como cualquier otro. ¿Qué otra cosa podía esperar?

 

--Lo siento- le dijo Will- Ese insulto fue muy cruel.

 

--Te has enfadado- Hannibal había oído cosas mucho peores, y aquella palabra no lo había afectado en lo absoluto- Dime por qué.

 

--No es nada- replicó, colocando las galletas en una lata y tapándolas.

 

--Mentiroso.

 

--Volvemos a insultarnos, ¿eh?- chasqueó la lengua, fue hacia la nevera y sacó carne y verduras. No se conocían lo suficiente para que le contara su pasado, ni sus problemas. Tenía mejores cosas que hacer. Puso la carne a marinar y peló y cortó las verduras consciente de su mirada, sentía su calor como si estuviera junto a un fuego- Estás observándome.

 

--¿Cómo lo sabes?

 

--Lo noto.

 

--¿Y qué sientes?- inquirió el otro.

 

Will se quedó quieto. Sus palabras le sonaron íntimas, casi como si las hubiera pronunciado en un momento de pasión y se le aceleró el corazón.

 

--Casi una invasión a mi privacidad- echó las verduras en un cuenco- Y no me gusta.

 

--Eres un hombre como para caerse de espaldas, Will. ¿Qué persona no te miraría hasta saciarse? Debes estar acostumbrado.

 

--Sí. Sé muy bien cuánto valora la gente el físico- murmuró el castaño.

 

--Yo también- comentó Hannibal con amargura.

 

--Bueno, entonces ya tenemos algo en común- sacó la última bandeja de galletas del horno y se volvió. Se había ido, percibió su ausencia como si un viento helado le azotara el rostro.

 

--Eso tampoco me gusta nada, Dr. Lecter- gritó con fuerza. No hubo respuesta, pero no la esperaba. Hannibal Lecter hacía lo que le venía en gana y el resto del mundo le importaba muy poco.

 

 

****

 

 

Hannibal bajó por la escalera de servicio para llevar la bandeja de la cena a la cocina. Limpió los platos, los metió en el lavavajillas y se comió una de las galletas que había en un plato sobre la mesa. Atravesó el comedor camino de la biblioteca, pero percibió una corriente de aire. Frunció el ceño, entró en el salón y se quedó paralizado. Todos sus músculos se tensaron al ver aquella figura conocida en la oscuridad. El ventanal estaba abierto y Will, de pie en el porche, apoyaba las manos en la barandilla. Una bata de gasa azul ondeaba a su espalda como el estandarte de un caballero y tenía el rostro alzado hacia el cielo oscuro. El viento jugueteaba con sus rizos castaños. Más allá, el mar se estrellaba contra la playa. A Hannibal le pareció que veía a un ángel.

 

--¿No es fantástico?- preguntó el castaño. Hannibal se quedó callado, sintiéndose atrapado en su propia casa- ¿No lo crees?- insistió, girándose ligeramente hacia el dueño del castillo.

 

--¿Te gusta este tiempo?- preguntó Hannibal, sabiendo que Will no podía verlo.

 

--Es mi tiempo preferido- Will miró de nuevo el mar. A lo lejos destellaban relámpagos- Tormentas, truenos y lluvia torrencial.

 

Hannibal comprendió que se había dado la vuelta para que pudiera acercarse, o irse, sin que lo viera. El gesto lo emocionó y, al mismo tiempo, lo intranquilizó. ¿Y si de repente Will encendía la luz y se ponía a gritar? Aun así, no pudo resistir la tentación de acercarse. Salió al balcón y se apoyó contra el ventanal.

 

--Gracias por la cena- Will se la había dejado en la puerta, sobre una mesita.

 

--De nada. No tienes por qué comer allí arriba solo.

 

--¿Sugieres que comamos como gente civilizada?

 

--¿Por qué no?

 

--Creo que sabes la respuesta.

 

--¿Y qué le voy a decir a Abigail? “Lo siento, perdiste a tu madre y en realidad no tienes padre, solo un benefactor”

 

--Dile lo que creas conveniente- dijo el doctor dolido.

 

--Sé que te importa, Lecter. He visto su dormitorio.

 

--Que no quiera que me vea no implica que no desee que esté cómoda aquí. ¿No lo entiendes? Es una niña. Un vistazo a lo que queda de mi cara y tendrá pesadillas durante una semana- negó con la cabeza- Prefiero evitarnos eso a los dos.

 

Will se acercó y notó que Hannibal se ponía rígido y se cruzaba de brazos. Era una postura tan defensiva que supo que no podía llegar hacia él, al menos en ese momento.

 

--¿De veras crees que una niña se conformará con las migajas?

 

--Te tendrá a ti.

 

--Soy un desconocido- susurró Will.

 

--Yo también.

 

--Eres un hombre imposible- exclamó con frustración, apretando los puños.

 

--Quiero protegerla- dijo Hannibal, tras un silencio.

 

--Evitar que te conozca no es la manera.

 

--¿Eres una autoridad en niños?- preguntó el doctor, con tono incrédulo.

 

--Tengo experiencia.

 

--¿En serio?

 

--No te gusta que la gente te vea desfigurado, y te escondes- dijo Will deseando darle una patada- Pero tú eres igual. Ves lo que quieres, Dr. Lecter. No tengo hijos, pero desearía tenerlos, puesto que soy un hombre fértil- ante esa mención, Hannibal tensó el cuerpo por la sorpresa que se llevó al enterarse que su hermoso niñero fuera uno de esos seres con un don especial- Fui profesor en la embajada durante años y estudié psicología infantil, eso debería servir para algo. Además, soy el mayor de dos hermanos. ¿Te vale con eso?- enfadado, se apartó de la barandilla para entrar, pero Hannibal lo agarró del brazo y lo atrajo hacia el ventanal.

 

--Sí, me vale.

 

Will se quedó sin aliento. Era un hombre alto e imponente; sus dedos casi le rodeaban el brazo y se sintió completamente inmerso ante su presencia. Su aroma varonil y el peligro de estar con él envuelto en sombras lo enredó como una cuerda de seda. Era demasiado misterioso y demasiado embriagador.

 

Sin embargo, no era su soledad ni su amargura lo que lo atraía. Era el hombre en sí: el que había sufrido y sobrevivido, el que no permitía que nadie se le acercara, el que protegía a los demás al tiempo que se protegía a sí mismo. Vio la sombra de su cabeza inclinarse y supo que deseaba besarlo. Casi deseó que lo hiciera.

 

--Hueles a…libertad- susurró el doctor, mientras cada célula de su cuerpo le gritaba que era un hombre y Will lo era también, y aunque eso era lo de menos, era tan cálido y hermoso, que le quitaba el aliento cada vez que lo veía.

 

A pesar de que Will oyó campanas de alarma en su cabeza, aunque sabía que estaba allí, disponible, y que probablemente era el primer contacto físico que Hannibal Lecter tenía en años, no pudo resistirse al deseo de tocarlo; alzó la mano y la puso sobre su fuerte y duro pecho.

 

Hannibal inhaló con fuerza y se apartó, adquiriendo conciencia de lo que estaba haciendo.

 

--No quiero tu compasión, y esto está mal- dijo, apartándolo. Will se tambaleó y el doctor se adentró en la casa, de vuelta a su cueva.

 

El castaño deseó decirle que en ese momento, en sus brazos, compasión era lo último que había sentido. Lo último de lo último.

 

 

CONTINUARÁ…

Notas finales:

Bueno, espero que les haya gustado el nuevo capítulo de hoy. Pobre Hannibal, se siente muy solo y frustrado. Pero todas sabemos que nuestro bello castaño lo ayudará a salir de ese profundo pozo en el cuál decidió hundirse todos esos años. Al menos Will pudo sentir el grande sexapil que derrocha nuestro doctor a pesar de no haberlo visto fijamente a la cara.


Espero me regalen un RW, que yo muy gustosa lo leeré y lo contestaré. Nos vemos la siguiente semana con la continuación de la historia. Bye Bye ^_^


PD. Es muy irónico y gracioso que el que sepa cocinar esta vez sea Will y no Hannibal ¿verdad? XD


Si quieres dejar un comentario al autor debes login (registrase).