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A Cielo Abierto

Autor: Chihara-chan

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Notas del fanfic:

Hola, este es un nuevo fanic. Lo siento, sé que no es momento para ésto, pero quiero informarles que estoy escribiendo la mitad del capítulo XII de Juegos de Atracción, espero puedan leerlo pronto. Y sin más preámbulo, deseo que les guste esta nueva historia, ya que al bloquearme con Juegos de Atracción, surgieron 2 ideas más, y esta es una de ellas ~^^ Espero puedan Disfruutarla! 

 

 

«A Cielo Abierto, Kuroshitsuji»

 Capítulo I. «Manifiesto, a un cielo Abierto».

 

 

Miércoles, 28 de Marzo del 2018.

 

El joven chico de cabellos azules grisáceos abrió sus orbes lenta y tímidamente, siendo abrazado por la luz del sol que entraba desde la ventana de aquel cuarto bañado en blanco. Pasaron unos cuantos segundos antes de que entrara en razón. Miró a su alrededor, tratando de palpar con sus manos el aire frío de la habitación, mientras entrecerraba sus ojos y se daba cuenta de lo que en ese momento le proporcionaba oxígeno Se quitó la máscara lentamente, frunció el ceño, se levantó rápidamente, pero una fuerte presión lo detuvo, obligándolo a sentarse nuevamente en la cama.

− Joder… ¿Qué es todo esto? — se preguntó sosteniendo su cara, sentía como si se le desprendería de su cuerpo en cualquier momento.

Se puso de pie, estaba desesperado, ¿Qué hacía ahí?, ¿Por qué estaba solo? ¿Dónde estaba Sebást…? Sintió un dolor punzante rodeando su cabeza, y la desesperación que sentía en ese momento lo enloquecía, se dirigió a la puerta. Inconvenientemente en ese momento, venía una enfermera, quién se sorprendió.

 

−¡Ahhh! — gritó al tropezar torpemente con el desnutrido niño. — ¡Des.. Despertó! — gritó nuevamente al mirar al peliazul con sorpresa, casi lo tumbaba al piso. El niño la miró con ira.

− ¡¿Dónde está Sebást…?! — sintió que su cabeza daba muchas vueltas nuevamente, y sus piernas perdieron el total control y equilibrio. La enfermera inmediatamente lo sostuvo entre sus brazos y lo ayudó a mantenerse en pie.

− ¿Está bien? — le preguntó.

− Por supuesto… que si… − le respondió mientras cerraba sus ojos y respiraba grandes estocadas de aire.

− Venga, está muy débil, necesita descansar, además, ¿A quién se le ocurre levantarse así después de haber estado en coma? — la chica de cabellos morados, gafas gigantescas y personalidad extrovertida lo ayudó a llegar a la cama.

− ¿En coma? — preguntó el niño, en un semblante de extrema sorpresa.

− ¡Si, así es! La verdad, vine a revisar el suero, pero me encontré con que había despertado.

 

Todo quedó en silencio por unos segundos, ahora ese sentimiento extremo de vacío que sintió al despertar… comenzaba a tener sentido. Todo comenzaba a tener sentido…mientras más pasaban los minutos, comenzaba a cuestionarse… ¿A quién estaba llamando al despertar?, ¿Conocía realmente a alguien llamado…Sebástian? Subió la mirada, se levantó dirigiéndose al espejo. Se miró fijamente, esa persona en el espejo…era como si no se reconociera. Un mechón de cabello tapaba su ojo derecho. Tragó saliva, dirigió temerosamente su mano hacia su cabello, estaba levemente largo, y descubrió su ojo derecho, sin saber exactamente qué esperaba encontrar. Quizás, aquel sueño se había vuelto ya, una realidad innegable  para él. Empezó a tocar su cara, acariciándola… donde alguna vez hubo mejillas… y que ahora estaban huecas.

− Oiga… − escuchó la voz de la chica, despertándolo por completo del trance en el que se encontraba. El peliazul volteó la mirada temblante, sin dejar de tocarse, y la interrumpió.

− ¿Qué me pasó? ¿Por cuánto tiempo estuve en coma?  — preguntó serio, tratando de no tartamudear, mirándola a los ojos que estaban debajo de esas gigantescas gafas.

− Casi… catorce meses — le respondió cabizbaja.

− Ya veo… − volvió a mirar al espejo, eso explicaba aquel semejante cabello que casi  llegaba a los hombros, aquel cuerpecillo tan delgado que con tanto esfuerzo mantenía de pie, con esas piernas delgadas y delicadas.

−Supongo que… mis padres no han venido a visitarme —

− ¿Ehh? — la chica lo miró con un semblante de preocupación. Nadie le había dicho qué responder a eso. — Esto… yo… no — murmuraba nerviosa, jugando con sus dedos infantilmente.

− ¿Qué ha pasado? ¡Te ordeno que me respondas! — alzó la voz.

La chica se sorprendió, hasta él mismo se tomó por sorpresa, ¿Qué había dicho?

− Lo siento… − tocó nuevamente su cabeza, algo mareado.

− N-No se preocupe, señorito — le sonrió. — Espere aquí un momento, por favor — se levantó con prisa y salió de la habitación. Al cerrarse la puerta, e chico se dirigió a la ventana, divisó una ciudad desconocida, un lugar desconocido para él, y un distorsionado recuerdo invadió su cabeza.

«¡Ciel, Rachel!»− la voz de su padre gritando su nombre y el de su madre, por último, un abrazo… que lo protegía.

Y nuevamente, mareado, cayó al piso respirando agitadamente, cerrando fuertemente un ojo, mientras que con el otro trataba de mantenerse consciente, tratando de aguantar, de procesar las aceleradas imágenes que se formaban en su cabeza.

− ¡Señorito! — gritó la chica abriendo la puerta y dejando de lado la silla de ruedas que traía. − ¡Le pedí que se quedara tranquilo en su cama! ¡Qué terco es! ¿Es mucho pedir, acaso? — dijo la chica levantándolo nuevamente del suelo. Y sentándolo en la silla de ruedas.

− Ya, ya estoy bien — le respondió. — ¿Y a dónde me llevas? −. La chica tragó saliva. — Donde se encuentra su padre — dijo dándole marcha a la silla.

− ¿Mi padre… está aquí? — le preguntó algo exaltado. — Así es. Creo que es hora de que sepa lo que sucedió — le recitaba mientras lo llevaba por los pasillos del amplio hospital el cual carecía de color, hasta el cielo era gris y contrastaba el blanco tapiz de sus paredes, haciendo aquel funesto día, más oscuro de lo que ya era.

El chico mantenía la calma ante todo lo que la chica le decía, no podía mostrar debilidad ante nadie…

− Entonces… mamá murió en aquel accidente, y papá aún está en coma.

− Exactamente, lo siento.

− ¿Por qué te disculpas? — le preguntó el chico seriamente.

− Pues, porque es lo que debería de hacerse… − respondió algo dudosa.

− Escucha, yo no necesito tu lástima, estoy bien y seguiré adelante, nadie puede traer a los muertos a la vida. La enfermera se sorprendió, y un leve sonrojo invadió sus mejillas. — Tienes razón — sonrió, − Ohh, por cierto… Un hombre ha estado viniendo desde su accidente… y las demás enfermeras han  dicho que ha sido él el que ha pagado toda la estadía de ambos aquí…. Y además… es extremadamente guapo — dijo sonriendo y tocando su cara.

− ¿Qué?, ¿Qué has dicho? — se volteó exaltadamente a mirar a la enfermera. − ¿Estás segura?

− Sí, por supuesto. Yo soy la enfermera encargada de usted  y su padre, ese hombre siempre viene a verlos, y hasta hace poco estaba en su habitación… pero creo que pasa mucho más tiempo en la  suya  que en la de su padre, ¿No será algún tío? — pregunta la pelimorada.

− ¡Imposible! Solo tenía una tía, hermana de mi madre, mi padre no tiene hermanos… que yo sepa. Y además, la tía Ann murió hace un mes — se llevó el dedo índice al rostro, pensativo. — Es decir… hace más  de un año.

− Exactamente, ya que el último año, lo ha pasado aquí — respondió.

− Entonces… − el chico miró la puerta a la que se dirigían.

− Si, hay que averiguar de quién se trata — sonrió decidida a abrir la puerta para encontrarse con aquel hombre tan apuesto.

Ya se acercaban a la habitación de su padre, realmente no le daba la cabeza para recordar, o adivinar de quién se trataba. La enfermera se posicionó frente a la puerta, y tocó dos veces para luego abrir sin previo aviso.

Todo pasó en cámara lenta, la puerta abriéndole paso a su mirada… para divisar a su padre en esa cama, con una máscara de oxígeno…y a su derecha… un hombre de tez pálida…era un color de piel casi muerto,  una mirada carmesí… cabellos azabaches, quien flechó su mirada en él. El mayor se levantó de la silla rápidamente al ver al niño frente a él.

−… Ciel — dijo su nombre, mientras lo miraba fijamente, con una mirada inocente.

−… ¿Quién eres? — preguntó con una seriedad extrema, tratando de intimidarlo. El de gabardina negra se quedó en silencio unos segundos, pensando en cómo respondería.

−… Un viejo amigo de Vincent — respondió. − Pero eso no importa, lo importante es que al fin… aunque sea tú despertaste… − sonrió. La enfermera vio a Ciel, quien por alguna razón permaneció callado,  y solo le sostenía la mirada a aquel hombre. — Por cierto, me llamo Michaelis, Sebástian Michaelis — le alzó la mano al niño.

− S… ¿Sebástian Michaelis?

− En efecto, joven — sonrió. A Ciel no le quedó claro el porqué de que ese nombre le parecía tan familiar, sentía como su estómago se revolvía de solo escucharlo. Sin más, y acorde a los modales que su padre le había inculcado, no le quedó de otra que tenderle su mano en respuesta de su presentación.

− Ciel Phantomhive — respondió en un apretón de manos.

− Muy bien, Ciel… ¿Puedo llamarte Ciel?

 − No — respondió sin más. A la enfermera le pareció extremadamente divertido de parte del menor, y disimuló una carcajada tosiendo un poco.

− Oh… Está bien… Joven — respondió Michaelis algo cortado. El mayor aclaró su garganta para seguir dictando lo que iba a decir.

− Hay algo que deberías saber — le dice el de gabardina acercándose a la cama de Vincent.

− ¿Qué podrá ser?

−  Usted jovencito, vivirá conmigo por un tiempo — respondió divertido. A Michaelis le había quedado más que claro que no le había caído muy bien que digamos al niño… Aunque a pesar de lo bien que Vincent le había hablado de él, no era ningún niño amable, educado, ni  mucho menos cariñoso.

− ¿Qué acabas de hablar? — se levantó de la silla exaltado. − ¿Estás loco? No te conozco, y no me das órdenes.

− Oh, bien. Si quiere vivir en el hospital, por mi está bien. Igualmente seguiré pagando  su estadía aquí — respondió encogiéndose de hombros. La de gafas ya empezaba a colorarse pase a como se trataban esos dos, era emocionante, divertido… y podría aceptarse que si fuesen pareja, fuese bastante romántico.

Ciel frunció el ceño, aquel hombre le caía de la patada, y de esas en los testículos.

− Yo me iré a casa, no me importa lo que digas — dijo sentándose en la silla de  ruedas nuevamente. — Vámonos — le dijo a la enfermera, quien le respondió afirmándole, y facilitándole su nombre. — Llámeme Maylene.

− Vale Maylene, vámonos.

− Me temo que eso no será posible, joven.

− ¿Haa? ¿Y eso por qué? “Señor Michaelis” — preguntó sarcástico mirándolo con un semblante de burla.

− Fácil. Son tres razones: La primera; es que no tiene dinero, ni ropa. La segunda, es que no  sabe en dónde está, quiero informarle que no estamos en East End. Y por último, pero no menos importante, su padre no puede cuidarlo, así que yo estoy a cargo de usted “Señorito Phantomhive” —  le lanzó una sonrisa triunfal.

Ciel tenía un tic en su ojo izquierdo, si tuviera un poder, sería el de lanzarle un rayo a ese idiota mojigato. Lo maldijo mentalmente, para luego calmarse, debía ser más inteligente que él.

− Vale, entiendo, y… ¿Dónde estamos? — le preguntó.

− En Liverpool.

−… Ya veo. Empezó a recordar, que la última vez, se dirigían a una cabaña de verano que quedaba cerca de Liverpool, donde tuvieron el accidente.

− Joven Ciel, creo que mañana podrá salir de alta del hospital — comentó la chica.

−…Ahh, sí — respondió algo ido.

− Bueno, yo ya me tengo que ir — dijo el mayor, arreglando un poco su gabardina negra. — Mañana vengo por usted a las 12:00 am sin falta, joven — lo miró. Ciel miró a otro lado con fastidio y apretó la boca.

− Hasta luego Señor — dijo la chica.

− Hasta pronto, señorita — dijo tomando su mano y besándola sutilmente. La enfermera quedó embelesada mirando cómo el hombre salía de la habitación.

− ¡Esto lo tienen que saber las demás enfermeras!

Mientras la enfermera hacía berrinches y se asomaba por la ventana para ver al hombre salir, Ciel estaba al costado de la cama de su padre, trataba de mostrarse tranquilo, verdaderamente a su padre no le caían los años, era bastante apuesto, era un hombre trabajador, honesto, un buen padre.

Quiso poner a andar la silla de ruedas por su cuenta, pero con brazos tan temblorosos y delgados,  le fue imposible, así que Maylene lo ayudó.

− ¿Tiene hambre, joven Ciel? — le preguntó.

− Mucha. Quiero pastel de chocolate.

− Jajajaja No puede comer cosas dulces aún, debe recuperar nutrientes y vitaminas — sonrió. — Debe comer todos sus vegetales.

− ¡Qué asco, no quiero vegetales Maylene! — le respondió con un leve puchero y algo enojado.

− Jajajaja Tendrá pastel cuando le den de alta, puede pedirle al señor Sebástian que le compre uno al salir, se ve que es muy amable.

− ¡Aagg! Jamás me caerá bien ese  idiota…

Ese hombre, se parecía al de sus sueños, ¿Ya lo había visto antes? Y si así fuera… ¿Por qué no lo recuerda?, ¿Qué hace aquí? Descúbranlo en el próximo capítulo de «A Cielo Abierto»

 

«¿Continuará? »

Notas finales:

Bien ~Espero que les haya gustado. Para los que quieran, pueden leer Juegos de Atracción, y también agregarme al Facebook, quisiera platicar con ustedes ^^ 

Jeylimar Escarleth  Agréguenme :3

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