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Maravillosas Heridas [Omegaverse] Un Cuento de Maravillas #4

Autor: soreto

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Notas del fanfic:

La útlima entrega de esta saga, vendran más historias originales ;)

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Los modales, la forma de hablar y comportarse; todo lo que se espera de ti, lo que esperan que tú seas, se enseñan en doctrinas aprendidas por generaciones, acorde a la estampa bajo la que naciste.

Pequeñas cosas sin importancia, pero que pueden formar la persona en la que te convertirás; era como si los sueños que formaras en tu mente, fueran idea prefabricadas, ilusiones que debías tener, para que siguieras un camino que fue trazado en el momento que descubrías lo que eras.

Lo que era un Omega.

En una casa de paredes de colores suaves, ventanas altas, y siempre cerradas, creció Keun Hye; un pequeño que permanecía callado, esperando lo que otros tenían que decirle, aun si sus padres fallecieron en un accidente cuando apenas era un bebe; su enseñanza, bajo estándares estrictos, fue impartida por sus abuelos, siempre bajo la excusa de buscar hacerlo por su bien.

En un pequeño universo, no más allá de las paredes de esa casa, creció el pequeño de ojos del color de la madera; siempre observando afuera de la venta, a una distancia prudente, no pensando en ir afuera; temía hacerlo. Fuera de cualquier peligro, como de la dureza de la realidad, simpre dentro de las limitaciones de lo que formo su hogar, así fue criado Hye, enseñado a ser todo lo que se buscaba en un Omega.

Como Omega que era, fue encerrado, escuchando cada día interminables monólogos para educarle. Creció bajo la ignorancia de lo crueldad externa; con fantasías basadas en lo que le dijeron durante su niñez, algo no exclusivo de sus abuelos, sino, que sus padres también procuraban recordarle lo que era, en cuanto supieron que era un Omega.

Cuando los padres de Hye murieron, sus abuelos le acogieron sin objetar, siendo los únicos familiares que le quedaban; los mayores, esperaban que el niño se resistiera a sus enseñanzas, algo que no paso, Hye recordaba lo que sus padres deseaban de el: dócil, dulce y amable, eran las palabras dichas por sus progenitores, repetidas infinidad de veces por sus abuelos; lo único, propio del Omega, era su carácter alegre, siempre optimista.

Las aspiraciones del Omega, eran simples, nacidas en expectativas ajenas, ilusiones ingenuas, que le hacían creer en la inocencia de las personas, generadas por la falta de malicia en el Omega; haciéndole creer en la bondad de otros, algo muy distinto a la realidad. Su felicidad, según le dijeron tantas veces quienes estaban encargados de cuidarle, era encontrar a alguien que lo protegiera. Hye siempre creyó en lo que aprendió en la eternidad de sus cuatro paredes, su felicidad estaba afuera esperándole; el dolor nunca llegaría a él.

El deseaba una familia, una pareja que le cuidase; como debía desear.

Los sueños propios, se mezclaron en algo difuso, se unieron en las ordenes de las personas que le guiaban al camino correcto:

A como se esperaba que viviera sus días;

si alguna vez, deseo algo, esto se diluyo para ser olvidado; él era un Omega, no se esperaba nada más, no se le pedía nada más.

—Así serás feliz Hye— le dijo su abuela, como siempre lo hacía al terminar sus lecciones de cómo comportarse—. ¿Quieres ser feliz?—pregunto la mujer, sonriendo ante la avidez de complacer del niño, de no más de doce años.

—Si abuela— contesto cortes, esperando ansioso por lo que se le dijera.

—Muy bien, si te portas como tiene que hacerlo todo Omega, la felicidad llegara— Finalizo la mujer, sintiéndose satisfecha por el excelente comportamiento de su nieto.

Él era feliz, los castigos físicos eran algo inimaginable para Hye, sus abuelos nunca le tocaron, o gritaron para reprenderlo; no había necesidad, las semillas de las ideas tradicionalistas estaban ya plantadas, bastando solamente las palabras para asegurar que el pequeño obedeciera. El dolor, la tristeza, o las peripecias naturales de la vida, le eran extrañas, por eso;  para él, era incomprensible el solo pensar en, que alguien deseara hacerle daño.

Por su ciega creencia en que solo existía la felicidad, la muerte de sus abuelos fue devastadora; dejándole a la deriva, desorientado de lo que tenía que hacer, Hye a sus dieciocho años, fue apoyado por el gobierno en darle sustento. El Omega pudo permanecer en la casa de sus abuelos, al ser el único heredero posible.

Servicial como era, solía buscar pequeñas labores, o trabajos para ocupar su mente, y alejar su soledad. Nunca aprendió a como ser independiente emocionalmente, así que complacer a otros, fue una de las formas, en que pudo superar su pesar; ingenuo como era propio de Hye, siempre pensando que toda maldad era algo absurdo, atrajo la atención de varios Alfas.

Él estaba vulnerable.

Expuesto a las intenciones más torcidas, comenzó a ser cortejados por distintos Alfas, que se acercaban atraídos por su encanto, como por la obediencia innata que mostraba; algo que nunca olvido, las doctrinas de su niñez se convirtieron en aquello que formó su personalidad.

Pero no solo aparecieron quienes buscaban sacar ventaja de la inocencia del joven, también estaban aquellos, que miraban preocupados su situación; aquellos que deseaban protegerlo, guiados quizá, en un principio por lo nobleza de Hye, para terminar deseando ver la sonrisa del Omega, una de esas personas, fue una Alfa mayor que el castaño: Park Shin.

Su relación fue todo lo que Hye pudo desear, o eso pensó hasta que los demonios de la mujer, como su naturaleza egoísta se hicieron presentes; su hogar comenzó a caer a pedazos, tras descubrir las imperfecciones de su hijo.

¿Por qué pasaba eso?

¿A dónde fue aquella mujer que siempre le cuidaba, que le quería como nadie?

¿Porque cambiaron las cosas?; si el siempre busco ser lo que se le pedía.

No entendía el comportamiento de su Alfa, tampoco podía creerlo; la maldad no era algo que entendiera, siempre creyendo en que toda persona era amable, siempre creyendo que la crueldad era nada más que mentiras. Quizá fuera alguien ingenuo, pero no tardo en aceptar la realidad del mundo fuera de aquellas cuatro paredes en las que creció.

—Suni, no importa lo que pase, aquí estoy—le decía cuando Park Shin no estaba, temiendo recibir aquella mirada de decepción de su Alfa, una que siempre le dedicaba la mujer cada que intentaba animar a Suni, diciéndole que nada de eso era culpa del niño. Los ojos de color avellana de Hye, iguales a los de su hijo, se humedecieron, volviéndose cristalinos, e incapaces de retener las lágrimas—. Puedes llorar si así lo quieres, ¿Esta bien?— se mordió el labio para no abandonarse al llanto.

—Yo no voy a llorar papá— declaro Suni, con una firmeza inusual para un niño de ocho años—. Porque así tú puedes llorar, así que si te sientes triste yo te abrazare— declaro el pequeño, abrazándole tan fuerte como sus manitas le permitían.

Existían tantas cosas que Hye aun creía, otras muchas que se desmoronaron llevadas como lo más fina arena por la crudeza de la realidad.

Se agacho para envolver a su hijo, el único que tuvo con su Alfa, siendo una de las razones, que Shin no quería encontrarse con la posibilidad de otro niño con carencias; Hye tampoco quiso otro hijo, no podía vivir siendo testigo del desprecio de quien amaba a sus hijos.

Y una parte de él,

Esperaba que quien amaba cambiara;

Lo creyó hasta que no pudo hacerlo más.

 

Notas finales:

Comenzamos con el final de este universo, en este volumen aprenderemos de Hye, también se centrara en la vida familiar de Suni y su hijo con Jian.

Este volumen sera largo, ya que se incluira el despúes de los hijos de Suni y Mo (lost lullaby).

Las actualizaciones seran semanales, ya que estoy trabajando otras dos historias, una de ellas finalizara pronto, sin mencionar que el trabajo me atormenta jaja.

como saben, también pueden encontrarme en wattpad como only_soreto

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